Si no habéis viajado a San Francisco, yo os cuento. El rollo de San Francisco es que viven al borde de una falla geológica de tres pares de cojones. El hecho diferencial es que el personal es conocedor de que tarde o temprano habrá allí un terremoto asolador, y, que saben que un día todo se acabará, todo incluyendo sus perras vidas.
No os cuento esto para que os den pena los habitantes de San Francisco, pero si os dan pena, no tengo nada que decir. Es más, esa pena vuestra habla bien alto y claro de que sois personas nobles y con sentimientos, que no os desentendéis de las cosas, como haría cualquier acémila, diciendo:
- Pues que se vayan a otro lado a vivir.
Así que la pena la respeto. Pero que no nos haga perder más tiempo, que no se trata de eso. Se trata de que veamos en perspectiva, la manera de vivir de un grupo de personas que sabe que su fin está ahí, acechante, insoslayable.
Porque, amigos míos, esa desazón destructiva, es la misma que la teníamos en mi trabajo, en una pequeña fábrica de material de escritorio. Porque allí trabajaba Elhom: El hombre que nos iba a matar a todos.
Elhom, llegó a nuestra oficina al principio de una primavera que, suponemos no por su causa, fue especialmente fría. El Sol, agotado y desanimado por haber gastado sus energías inútilmente durante el invierno, se arrugaba apenas veía aparecer a dos cúmulo-nimbos agarrados del bracete en alegre paseo por el zodiaco. Como ya se había prescindido de la calefacción, y la calefacción es tan orgullosa que no acude si no se le llama y se le pide perdón, y nadie lo hizo, el ambiente era verdaderamente helador, a juego, con la huidiza mirada de aquel Elhom. El Elhom del principio.
El de la mirada huidiza.
Los más sensibles, pronto supimos que Elhom era una amenaza. No ya sólo por su mencionada mirada, sino también por sus intencionados silencios. Acumulaba récords de días sin hablar, oculto a los enanitos infatigables que escriben el libro guinness, por eso no se supo de él. Pero el problema no eran ya los silencios en sí, sino lo reveladores, lo afilados que eran.
Silencios afilados. ¡Mira que concepto!
Su silencio ante nuestra risa, ante nuestro llanto, ante nuestra algarabía, ante nuestra charla. Ahí estaba él, donde quiera que se formase un corro. Estaba sí. Pero callado. Ningún comentario ni para bien ni para mal. Ninguna participación en el más divertido o provocador de los cotilleos, ninguna opinión ante problemas laborales colectivos, ante las siempre justas críticas al café, ningún comentario a las minifaldas de Reggie, la húngara de los ojos verdes.
Su silencio ante nuestro silencio. Su silencio de campana ronca.
Y luego estaba la otra evidencia, insoslayable para los sensibles. Las horas fijas de sus meadas y sus cafés. A las 10:04 meada. A las 10:16 café. A las 13:04 comida de menú, a las 13:54 café. A las 16:16 meada.
¿Cómo abstraerse a tales pruebas de maldad? ¿Por qué alguien permanecía mudo ante el mundo, con silencios afilados, y por qué seguía unos horarios tan estrictos? Pero sobre todo, ¿Por qué aquel día, en el que hablábamos del doble pivote y de lo bien que le sentaban las medias de rejilla a la húngara de los ojos verdes, se apartó del grupo y murmuró, de modo que solo lo oyera yo esta enigmática frase?
- Creo que os voy a matar a todos.
Más preguntas:
¿Por qué yo no le pregunté el motivo de esa frase? ¿Por qué no le dije que la repitiera?
A mí, alma sensible, como ya he dicho, y si lo digo otra vez, es que será verdad, me quedó muy claro. Me bastaba con que la hubiera dicho una vez. Nos quería matar a todos. Compartí mi inquietud.
- El caso- me dijo Reggie- es que yo, que le veo todos los días durante todo el tiempo la nuca, la veo ua nuca rara, con esos abuelillos ensortijados y ralos…
- Todos los abuelillos son ensortijados y ralos-interrumpió El Ogro.
- Todos no, zopenco.
No sabíamos por qué la húngara se sabía estás palabras, de hecho más que su saber, nos importaba su sabor. Pero ella continuó.
- Y ya no es sólo eso, es que además me pareció que un día, pensando que estaba solo, dijo “Me cago en todos los asturianos” o algo así.
- ¿En los asturianos? ¿No sería en los australianos?- dijo uno que se había juntado.
- ¡Anda! ¿Y por qué en los australianos?
- ¿Tú eres australiano acaso?
- Yo soy de Tomelloso, pero me molesta muchísimo que se metan con los australianos.
- ¿Y que se metan con los asturianos?
- Eso me da más igual, mira tú. También me caen bien los húngaros, nena.- dijo patéticamente uno de los adjuntos al debate., guiñoteando a Reggie.
Abandoné el debate estéril, y me acerqué a la oficina del comité. A lo lejos oía a Reggie, haciendo amigos (Dios mío si no estuviera que se rompía, la matarían sus compañeros)
- A mi los de Tomellosos me parecen gilipollas.
- Nena, yo es que no soy de Tomelloso-Tomelloso…
- ¡Que no me llames nena, pedazo de mierda!
Y llamé a la puerta. En aquel momento estaba cumpliendo con mi deber. Quería evitar una matanza.
¿Queréis ver como las cosas toman la senda del pánico?
Si me queréis leedme…
(COTINUARÁ)
Al doctor en Geología, gran estudioso del sistema triclínico, Evaristo Calzada, le dejaron echar raíces en la capital. Dejaron que sus raíces crecieran guiadas por la cofia dura y fiable, deseosa de profundizar en la tierra cálida que pronto consideró suya.
Y las raíces del doctor Calzada crecieron, hicieron lo que se esperaba de ellas, aunque de un modo inconsciente, ya sabéis, como hacen las cosas las raíces, simplemente tirando hacia abajo, sin sabe realmente, que cada mierdecilla de centímetro que conseguían avanzar, tenía algún tipo de consecuencia profunda en la vida de nuestro Evaristo.
Y, por fin el enraizamiento fue un hecho, y cuando la vida de Evaristo, era ya algo enraizado y sin sorpresas, cuando ya todo se había vuelto dulce de tanto masticarlo, cuando por fin lo inesperado ya no tenía suelo propicio donde crecer…
…le trasladaron.
Aquella capital de provincia, tenía su plaza, y dentro de la plaza su catedral. Y justo andando desde su nueva casa, donde estaba la nueva tierra, dispuesta para que crecieran sus nuevas raíces, como a 10 minutos, atravesando la plaza de la catedral, estaba su nuevo lugar de trabajo. De manera que Evaristo Calzada, nuevo titular de la plaza de geólogo del Insituto Geológico de cierta capital de provincia, atravesaba la plaza de la catedral cada día. Exactamente la atravesaba en tres minutos.
Y ¿sabéis? Eso no era normal.
De hecho lo normal era tardar como el triple. A la gente que iba caminando por la plaza de la catedral, turistas o naturales del lugar, les asaltaban hordas de gitanas, que prendían auténticos brotes verdes y los ponían en la mano de la gente, mientras les daban, por un lado las claves de su futuro, y les pedían a cambio un gesto económico.
Don Evaristo, que no era idiota (El sistema triclínico es complicadísimo, no como el monoclínico que es una majadería), pronto se percató de que por alguna razón, a él no le detenían las gitanas con sus ramitas. Le miraban sí, pero no le paraban. Pensó que podía ser por su porte distinguido involuntariamente intimidatorio, por algún tipo de respeto admirativo, o porque le veían con la boca cerrada y los dientes apretados, al modo de los que caminan con prisa, y tal vez pensaban las gitanas que él era iracundo y violento. Aunque en realidad, las gitanas confundían iracundia con gravedad, y virulencia con gafas ahumadas.
A Evaristo Calzada, este temor reverencial que le tenían las gitanas, acabó por parecerle la cosa más divertida de su nueva ciudad, a la expectativa de las cosas que pueden ocurrirle a uno cuando finalmente, echa raíces (Enamorarse, conocer gente, bares,…). De hecho, lo que al principio era una especie de anécdota diaria aislada, empezó a obsesionarle, y poco a poco, en cada caminata diaria por la plaza, iba buscando los grupos de gitanas y se metía por en medio, al principio discretamente, y al cabo de los días se metía a empujones, viendo que no le dirigían la palabra, para ver si alguna le tentaba con la ramita de olivo. Pero no. Ellas le miraban, luego bajaban la mirada, y se daban la vuelta.
Por supuesto que este desprecio apenas disimulado hizo mella en Evaristo Calzada, que empezó a sentirse ligeramente molesto al principio, y totalmente obsesionado al cabo de pocas semanas, ante el desdén de las gitanas. De hecho, este desdén, que para una persona normal, tal vez pasaría desapercibido, para un especialista en el sistema triclínico como Evaristo, se convirtió en el principal obstáculo para su felicidad por encima incluso del siempre descorazonador proceso de enraizamiento.
“¿Por qué las gitanas no me ofrecen ramitas de olivo para adivinarme el futuro?. Es evidente que no se van a hacer ricas con mi voluntad, puesto que soy geólogo, no estrella del rock, como Los Ciclones, pero yo he visto que paran a transeúntes de menores posibilidades que yo, y a ellos sí que les intentan adivinar el futuro. ¿Por qué a mí no? ¿Soy una especie de apestado?”
Y se hizo esta pregunta tantas veces, que se le acabó por dibujar en la frente. Tal vez no la pregunta completa, porque era muy larga, pero sí lo suficiente como para que se entendiera, con buena voluntad, claro.
Pero como las cosas son caprichosas, lo que era una obsesión activa, a fuerza de repetirse se aburrió y se convirtió en una obsesión dormida. Y, sí, estaba ahí, claro, pero solo hacía su trabajo de impedir a toda costa la felicidad de Evaristo, no daba espectáculo.
Cuando ya nuestro héroe se había acostumbrado a pasar sin ser asaltado por la plaza de la catedral (mudéjar o románica, no sé), sucedió de manera repentina que nuestro héroe se topó de forma repentina con un obstáculo que no podía ver, pero que de manera efectiva, le cortaba el paso.
Miró hacia abajo. Y entonces lo pudo ver. Una preciosa niña de mirada de fuego, de fuego negro, y de pelo negro y de tez oscura, pero sobre todo de mirada de fuego, estaba frente a él. Era tan bajita que ni siquiera levantando el brazo con cuya mano sostenía la ramita de olivo se hacía suficientemente visible.
- ¿Qué quieres, niña?
- Le digo el futuro por veinte euros.
- Ondiá, por veinte euros.
- Es mi primer día, señor, no puedo andar tirando los precios…
Pero la novedad pudo con la racanería de Evaristo Calzada, y emocionado porque al fin alguna gitana, le quisiese decir el futuro, le dio los veinte euros a la niña y le adelantó la mano.
- No, no me hace falta la mano, aquí todas sabemos su futuro.
- ¿Sabéis mi futuro todas?
- Sí, pero a las demás le daba usted pena y no se lo querían decir. Usted se va a morir pronto. Muy pronto. Ese es su futuro.
Una carcajada inquieta salió de la boca de Evaristo Calzada. Qué gracioso le pareció el desparpajo de la niña, y que poquitas ganas de pensar en la maldita profecía.
- ¿Y tú? ¿A ti no te doy pena?
- Sinceramente no, señor. A mí me da igual lo que le pase.
Casualmente Don Evaristo despareció de entre nosotros a los pocos días. Las gitanas, y la catedral (cualquiera que sea su estilo) aun siguen entre nosotros.
FIN
Como último homenaje a La Mocha, que si no se crece, no voy a explicar cómo se ríe de mi cuando voy de azul preguntando a voz en grito
- ¿Qué? ¿Qué tal se ha portado el pasaje hoy en el ALSA?
Ni tampoco, como cuando alguien destapó su tupper con su comidita de casa, ella lo olió de lejos y dijo:
- Joé, eso huele peor que la mierda de mi hijo cuando ha comido castañas.
Sólo quiero decir hoy, que es un gusto desayunar con ella. Que aprendo un montón de cosas. Y que tiene mogollón de estilo para perder aviones, o zapatos en el tren. Estas cosas y otras las cuenta en su blog, cuya dirección daré al que me lo pida.
A veces rapea, es lo malo que tiene.
Don Marcial, cargando con la pesadísima e incomodísima bolsa, se acercó a la puerta trasera de la furgoneta, y, a duras penas, consiguió abrirla, y empujar dentro la gigantesca bolsa. Luego cerró con violencia para que no se saliera nada. Claro que no fue suficientemente rápido, porque una especie de bufandita o pañoleta rosa, se salió y cayó a la calle. Sin darle importancia, y sin ni siquiera tratar de identificar exactamente la especie de pañoleta rosa, Don Marcial la guardó en el bolsillo de su abrigo negro, para no tener que ocuparse en abrir el portón de nuevo y que todo lo demás se cayera también a la calle.
Se volvió a meter en el tráfico de la ciudad, como si nunca se hubiera apartado de él. Dobló la primera esquina a la derecha, como se hace siempre, y con aceleración segura y dominando la fiereza natural del motor que cabalgaba, se fue cambiando de carril a su antojo, según le conviniera para llegar cuanto antes a su destino: La parroquia.
Pero pronto se dio cuenta de que había ido muy deprisa, e incluso que tenía demasiado tiempo, pues el párroco, del que todo el mundo recordaba su nombre, no llegaba hasta dos horas después.
El seguía conduciendo, tirando besitos ofensivos a los que le hacían alguna jugarreta, o simplemente insultándoles gravemente, por lo bajini, para tampoco organizar peleas que no interesaban a nadie.
Había acabado la ronda, y antes de llevar las cosas a su destino, pensó que tenía aún un rato para ir a visitar a su hermana. A su hermana hermana, porque Visi era monja en un convento del centro. Básicamente la visita a Visi, la hermana hermana (je,je) consistía en que se fumaban unos cigarrillos en a calle, porque Visi era monja, pero le encantaba fumarse de vez en cuando un lucky strike, con su hermano, y de paso con algunas de las hermanas de la congregación con las que ambos simpatizaban. Por ejemplo la hermana Flora, y la hermana Gloria. A las que Don Marcial cambiaba los nombres de vez en cuando (Floria y Glora), pero que a pesar de eso, no dudaban en fumar con los dos hermanos, como una vez al mes, medio ocultos, todos, de la severa mirada de la superiora por una tapia de ladrillo, bastante vintage, y del todo opaca, por suerte.
Cuando llegó al convento, Don Marcial, tras aparcar la furgoneta como pudo, saludó a la hermana que estaba de guardia, y entró, con el permiso de ésta a buscar a su hermana,y a sus dos compañeras fumadoras. Solo tuvo que esperar a su hermana un par de minutos.
- ¡Visi!, ¿Cómo estás?
- Hola, ¿Cómo estás tú? ¿Vamos a echar ese piti? ¡No veas si tengo mono!
- ¡Sobre la marcha! Tú sí que sabes ir al grano…
- Ya me conoces. Mira por ahí vienen Flora y Gloria, deben haber olido el tabaco a punto de prender…
- Si, je,je, menudas son esas dos también…
- ¿Habrás traído lucky suficiente, no?- preguntó Visi para asegurarse en una sola pregunta de que era su marca preferida la que había traído, y en cantidad.
- NO te preocupes, hay de sobra.
Llegaron Flora y Gloria.
- Floria, Glora, ¿Qué tal, hermanas?
- Bien. Vamos a ello entonces ¿no?
- Si que tenemos mono este mes, ¿eh?
Poco a poco, andandito., llegaron a su destino, se ocultaron tras la valla opaca y se dispusieron en corro, un modo bastante habitual de disponerse para el mal, en el ser humano.
- Saca, saca el material, Marcial.
Y esta es la clave de la historia.
Don Marcial metió la mano en el bolsillo derecho y sacó el paquete de Lucky, con su circulito verde. Todas, e incluso él , se pusieron un cigarrillo en la boca.
Después con algo de parsimonia para hacerles sufrir un poco, se metió la mano en el bolsillo izquierdo, pero se arrepintió de hacerles sufrir así, a unas buenas chicas, y aceleró el movimiento de salida, con la mala suerte de que al ir a prender el cigarrillo de Flora, vio que algo rosa colgaba del mechero. De hecho llegó a prender el mechero, y lo rosa se prendió también. Por miedo a quemarse y sin caer en qué era lo rojo, sacudió la mano, y aquello rosa, que ahora recordaba vagamente que se había caído de las bolsas de ropa que había metido en la furgoneta, y que luego el se lo había guardado en el bolsillo para no tener que abrir la furgo otra vez, quedó extendido en el patio, revelando su incómoda identidad.
Un tanga rojo chillón, semitranparente.
Flora tosió levemente. Gloria se quedó mirando fijamente. Visi solo dijo:
- ¡Alabado!
Solo Don Marcial, que encima se había puesto a pisotear el tanga para apagarlo dijo algo, aunque con el apuro, inconexo:
- Es de las bolsas. ¡Es de las bolsas! Por favor yo no hago estas cosas, no soy coleccionistas, ha sido casualidad, podía haber sido una bufanda, joder, que mala suerte. Es de las bolsas. ¡Es de las bolsas! Es de los pobres, para los pobres. ¡Es de las bolsas!
Y “Es de las bolsas” quedó como el estribillo de un salmo.
Y las monjas , como querían fumar, no dijeron nada. Pero, creedme que Don Marcial solo de pensar en lo que ellas podrían pensar, no volvió jamás a pisar el convento ni nada que se le parezca, casi desapareció para si mismo.
Ellas lo echaron de menos, al menos en teoría, porque, a partir de entonces, solo consiguieron que les diera tabaco un jubilado bonachón, que no es que se quejaran, pero…
…el tío fumaba condal.
FIN
Como decía, una de las cosas de desayunar con la Mocha, aparte de las risas, y de confirmar que existimos los que no podemos con nuestro pelo, es que da acceso a historias extraordinarias y entretenidísimas. Es como ir al cine, sabiendo que la peli siempre es buena. Pero también puedes escuchar grandes frases. Una mañana de Febrero, trajo unas magdalenas que venían retractiladas en la clásica bolsa infernal, imposible de abrir. Tras pelear con la bolsa unos momentos, la dejó sobre la mesa y dijo:
- Es inútil, chicos, para nosotros desayunarnos estas magdalenas hoy, tenía yo que haberme dejado de morder las uñas en Navidad.
¿No es genial?
Casa de Pilar (12,15 de la mañana, no importa el día)
Hay a quien la escena de la que formaba parte Pilar, le pueda parecer tierna. Bueno, la ternura es así, se esconde por ahí, y , en ocasiones solo se deja ver por alguna clase de pirado.
Pilar, con un fortuna entre los labios, removía un puchero con una cuchara de boj que sostenía con su mano izquierda. Con el brazo derecho, tenía sujeto a su pequeño Hugo, ya sabéis como se hace, pasando el brazo izquierdo bajo el trasero del pequeño, que acostumbrado el movimiento, se ocupaba tranquilamente de no dejar caer el chupete. Vestía una bata guateada que vio mejores tiempos, y de vez en cuando le daba un poco de tos, y se le caía un poco de ceniza en el puchero. Pero por un poco no íbamos a desandar lo andado.
Además, a ella no le gustaba que se le cayera ceniza en el puchero. No lo hacía por gusto. Era una especie de accidente reiterativo.
- ¡Nchts! ¡Otra vez, mierda!
- ¿Qué pasa?
Era la voz de Julio, el marido. Julio, les encantaba a las amigas de Pilar. El hombre callado, que no sonreía, que no era simpático con ellas cuando iban a visitarla. Que no les ofrecía café, y que, como mucho decía un ¿Qué hay? Pero muy bajito, y por supuesto, sin la mínima sonrisa. Era precisamente por eso, que muchas de las amigas de Pilar, como la mitad o así, estaban dispuestas a traspasar la línea. Pero esto forma parte de otra historia.
Julio apareció en la cocina, con su barriguita, claro, ataviado con su camiseta blanca sin mangas, su pelo del pecho sobresaliendo por encima del ¿Escote, se llama eso? Escote, y rascándose suavemente el hombro. De la mano no rascante, llevaba a Rudolf, un poco mayor que Hugo, y bastante malote. De, hecho como un eslabón más de una maligna cadena, de la mano de Rudolf, colgaba una katana de plástico (De momento).
Pero el cómo las katanas fueron mudando de piel con los años, es una historia la mar de interesante, aunque no es esta historia.
- ¿Qué pasa?- No es que Julio insistiera, es que retomamos su frase para hilar en condiciones la historia.
- ¿Eh? Nada, nada. Cógeme al niño.
- Pero ¿Dejo de rascarme el hombro?
- Si, ¡atjó! Si no supone mucho sacrificio.
Cuando Julio se hizo cargo del pequeño Hugo, dejándose de rascar el hombro, Pilar consiguió remover hasta hacer desaparecer las pruebas de la crema de verduras, y también apoyar el fortuna en un cenicero, y deja rde toser.
- Oye, Julio. Una cosita que te quiero comentar. Mi amiga Lili te pone ojitos, así que la próxima vez que venga haz el favor de sonreírla un poco.
- ¿Qué me pone ojitos? Pero ¿Cuál es, la rubita de los pechos descomunales?
- No, esa es Miriam, es la bajita de los rizos.
- Aaah, ah vale la sonrío lo que quieras.
- Otra cosita.
- Joder, yo creo que ya vale ¿no?
- Lo último, malas pulgas, que mira, ahora cuando me vaya a ver a mi madre, dejas que la crema enfríe y se la das a los críos. Luego les das el pollo que hay en horno. ¿Vale? Y que coman patatas, también.
- ¿Y yo?
- Tú lo mismo.
- Ah.
- Y ya la reúltima.
- Jodéee, ¿No te ibas de una puta vez?
- Van a venir de la parroquia, un señor que se llama Marcial, no le escupas por favor, y dale la bolsa de la ropa que hay en la terraza de la cocina. ¿De acuerdo?
- Joder, sí.
- ¿A qué hora vendrá?
- Entre 4 y 6.
- Eso en plena siesta para dar bien por culo.
- ¡Que no puedes dormir la siesta, que tienes que vigilar a los niños!
- Que ya, que ya.
- Bueno, me voy a cambiar y me voy.
- No será verdad…
Pero lo fue. Fue verdad porque no hay cosa más cierta que, al final, todo llega. Y cuando se cerró la puerta, Julio no llegó a sonreír, pero respiró tranquilo.
Y de alguna manera fue capaz de dar la comida a sus hijos. Y cuando el pequeño se durmió, vio que el otro, Rudolph estaba entretenido viendo una película no pata, y le venció el sueño. Aunque no por goleada, sino tiernamente.
- ¡Soy el pirata malo!. Gritaba el pequeño Rudolph a los cuatro vientos. Y desenvainó la katana, y descargó un golpe terrible, contra el bracete del sofá donde dormitaba su padre.
Pero el tercer golpe fue entre los ojos de Julio. Y se despertó.
- ¡Cabrón! Llamó a su hijo. Pero Rudolph seguía en lo suyo
- ¡Soy el pirata malooooo!
- ¡Te voy a…!
- ¡TRIIIIINIIIIINNNNNGGGGGG!
Eso fue el ruido bestial y estridente del maldito timbre. Julio se levantó frotándose la frente intentando calentarla para que se le pasase el dolor. Abrió la puerta y apareció Don Marcial.
- Buenas, vengo a por la ropa de la operación, de la operación ropa, vamos, de la cosa de la parroquia.
- ¿Qué?
- Lo de la ropa.
Por un momento Julio pensó que estaba delante de un marciano. Luego se le hizo todo familiar, y recordó que tenía que darle una bolsa a aquel individuo.
- ¡Ah, sí, un momento!
Y luego ya por fin recordó (Al coger la bolsa) que no la había podido cerrar en condiciones.
- Disculpe que se la dé abierta.
- Ah, no, no importa. Lo que importa de verdad es el detalle.
Y, Don Marcial, cogió como pudo la inmensa bolsa y se la llevó a la calle, donde tenía aparcada la furgoneta.
Y , aunque os pueda parecer que éste es un capítulo diletante y estúpido, lo cierto es que es del todo necesario. Dejamos a Don Marcial frente a su furgoneta, llena de bolsas de ropa, donde a duras penas cabe una más. Hugo, Rudolph, Pilar, y Julio, el sonrisas, ya no saldrán más. Se despiden de vosotros con la manita, y os piden que sigáis leyendo.
El autor os besa a todos cogiéndoos pellizco de los mofletes y os suplica que sigáis esta historia.
Tiene un final…
(Continuará)
Y, sin embargo, no es la historia de la Mocha lo que se va a contar aquí. Si no una historia proporcionada por la Mocha. No me gusta escribir historias basadas en hechos reales, porque no da para lucirse, pero, al mismo tiempo, me resisto a que no conozcáis ésta. Os aseguro que si desayunarais con la Mocha todos los días, conoceríais muchas de estas historias.
De esas que hacen la vida divertida, ya sabéis.
¡Viva la Mocha!
Parroquia San Fernando (Temprano, un día)
El cura párroco, Don Ángel, pegó el respingo de siempre, cuando entraba por la puerta de acceso de la iglesia, al gélido ambiente de la misma, desde el cálido y acogedor clima de su hogar. No se dejó afectar por el frío reinante, sin embargo, porque llevaba un problema en la cabeza y quería consultarlo con Don Marcial, un jubilado especialista en Marketing, aunque del Barça, que le resolvía, de vez en cuando alguna duda.
Don Marcial, que se había arrodillado, porque había estado pidiendo por una sobrina suya, para que no se enamorara de un malote, se incorporó cuando oyó llegar los pasos gordinflones y calvos, aunque con patillas, del párroco. De Don Ángel.
Se dieron la mano.
- Que digo yo, Don Marcial, que si le parece nos tomamos un café en La relojería, que aquí hace mucho frío.
- Bueno, si ponen cafés en la relojería.
- ¿Eh? ¡Ah, no, no, se llama así el bar de aquí al lado!
- ¡Aaaah! Ja,ja, ya decía yo, pues vamos, vamos.
Dos cafés con leche, alegremente humeantes eran, en la medida que pueden, testigos de la conversación.
Don Ángel:
- Tenemos, de donaciones de los vecinos, toneladas de cereales, legumbres, pasta, fruta, bombones, salsas, bollería fina…
- Loado sea el señor entonces.
- Loado sea siempre. En cualquier circunstancia.
- En cualquiera, Don Ángel. Deduzco que no ha terminado de contarme el problema, porque en lo que usted dice, no veo otra dificultad que la organización de los alimentos, y eso tiene usted capacidad de sobra…
- ¡Sí, sí! Por supuesto, eso lo tenemos resuelto. Mi hermana Marilia tiene mucha capacidad de organización. El asunto es otro. Resulta que sobrándonos alimentos, nos hallamos escasos de ropa. Y no me pregunte usted por qué, pero el caso es que los fieles, responden estupendamente cuando se trata de alimentar al hambriento, pero tienen menos sensibilidad para el tema de vestir al desnudo.
- Así que el problema es que falta ropa.
- Con el matiz de que nos sobra comida.
- Con ese matiz, claro. Pero no querrá usted que me coma yo toda la comida que sobra…
- ¡No, no, hombre de Dios! Más bien apelo a su ingenio, por si sabidas ambas variables, ve usted la posibilidad de combinarlas de tal forma que solucionen el problema.
Don Marcial se pasó la mano por la cara, comprobando con disgusto que le había quedado un poco áspera, que no había apurado bien al afeitarse. Esperó que no se le notase demasiado. Pero a la vez, mientras pensaba esto y se le colaba pegada a la pared, la exótica idea de que la segunda equipación del Racing era un espanto, una idea pechopalomo de puro brillante se le puso en primera fila para salir en portada:
- ¿Sabe usted lo que pienso Don Ángel?
- Ni por asomo, Don Marcial, que más quisiera yo…
- Verá, me da la sensación de que ya tiene usted una idea acerca de cómo solucionar esto, y que lo único que quiere es que yo se la corrobore. Y me va usted dirigiendo sutilmente hacia ella.
- Bueno, reconozco que ya tengo una idea, sí. Pero no tengo personalidad y no quiero apoyarla yo solo. ¿Se la cuento?
- Hágalo, cura intrigante, hágalo.
- Pues verá usted. Aprovechando la feliz circunstancia de contar con excedentes alimentarios, y la otra circunstancia de que nos han donado hace poco una furgoneta, podríamos organizar un intercambio con el vecindario, de modo que el conductor de la furgoneta se pasara por los pisos de la parroquia entregando macarrones y legumbres a cambio de jerséis, pulóveres, faldas plisadas…
- Entiendo, ropa en general…
- Sí, ropa, gabardinas, capas españolas, …
- Si, ropa, ropa…
- Y de este modo devolvemos la comida que nos sobra, y nos hacemos con ropa, que se demanda más ahora por parte de los pobres en general.
Don Marcial, se volvió a dececpcionar con su afeitado, pero en compensación, se sorprendió agradablemente con la idea del cura.
- Pues es una idea buenísima. ¡Caramba, después de todo cada vez me va a necesitar menos!
- Ahí es donde se equivoca. No tenemos conductor para la furgoneta.
- ¡Maldito liante!
- Ja,ja,ja
- Si, ja,ja,ja.
Don Ángel ya no aparecerá más en la historia. Si lo hará Don Marcial que es el protagonista. El segundo acto mola mucho porque se desarrolla en un piso que bla bla blá.
Os sorprenderá esta historia, no me dejéis ahora, en pleno calentón.
Continuará.
Sabrás de mí, que, aunque en el tren voy distraído, imaginándome vidas de fábula para los viajeros que veo desde mi sitio, no alcanzo a distraerme tanto, como para saltarme mi parada. En eso soy inflexible: Jamás me salto mi parada sin intención. Y no me bajo en el grupo, sino el primero o el último, porque tengo esa dignidad de no pelear por un hueco frente a la puerta.
-¡Pelead vosotros, chusma del diablo!
Espero a que terminen sus luchas territoriales, y cuando la manada sale por la puerta del vagón, yo simulo carearles con mi vara. Y me río un poco. Esto te haría gracia, piénsalo. Aunque de momento no lo verás, tú llegas en tu bakana (coche) todos los días. Y no ves lo chistes tan graciosos que hago en el tren.
Puedes apuntar eso en la oferta: Tío gracioso. Y no debe olvidársete lo de Gran Badajo, ya sé que no tiene importancia para ti, pero he pensado que ¿Por qué ocultarlo? Tampoco es algo para avergonzarse ¿no? Lo tengo y punto, como el elefante tiene su trompa, como la sartén tiene su mango, como los cometas tienen su cola…yo, sin mi enorme y descomunal calabacín, pues no soy yo. Es otro.
El viaje termina. Y ya, cuando entro por esa puerta, ya no pienso en la minería de datos, ni en si ponemos esto allí y bajamos esto allá, ni en nada de eso por lo que me pagan. Que no me paguen. Yo ya solo pienso en hacerme rémora de ti.
Por un poco no llego a tomar café contigo. Lo tomo con La Muerta Que Se Resiste a Desaparecer Del Mundo De Los Vivos (Lamu). Lamu paga mi frustración. Se extraña, dentro de su lógica distancia por su condición, de mis cambios de humor de una frase para otra. No quiero malgastar mi cuota de buen humor con Lamu, no quiero contarle chistes buenos.
Se marcha enseguida. Me quedo solo.
El tema de la melancolía cafetera lo tengo muy bien trabajado. ¿Lo reconoces? Cómo dejo que el café humee delante de mi, nublándome la mirada, que no se sabe a ciencia cierta si me salen las nubes de los ojos, o del café, y cómo me reclino sobre la mesita de la cafetería, y como meso mis cabellos y un poco mi perilla. Y cómo se adivina en mi cara, cuando alguien entra en la cafetería, que lo tomo como un ensayo para cuando entres tú, y que hago mis mejores gestos de entre aquellos no histriónicos.
Y tú, me lo estoy imaginando, preguntándote que cómo no acabo agotado de tener tanta vida en mi interior. Y yo te contesto, en interiorista también, que eso no es vida exactamente, que es movimiento, como el movimiento del melocotón primaveral de Luci. Que se mueve, si, de acuerdo. ¿Que muchos querrían un árbol en casa que diese esos melocotones? También de acuerdo. ¿Qué yo sería de esos? Tal vez.
Pero esto que lees…¿Es un homenaje a Luci y su increíble melocotón?
¡No!
Cuando trabajo me doy cuenta de la inconmensurable dimensión de mis inseguridades. Y mucho tiempo se me va en autopreguntas. ¿Estará bien esto, estará bien todo lo contrario? ¿Dará igual? ¿Estará mal lo contrario? Pero no trato, ¿Sabes? De averiguar lo correcto, simplemente paso revista a las muchísimas posibilidades que hay de equivocarse, y las comparo con la única que hay de acertar. Y señalo a la flaca y apolillada posibilidad de acertar, y me burlo al ponerla al lado de las cachas y magras posibilidades de equivocarse. Equivocarse o acertar. ¿Importa mucho? ¿No nos moriremos si acertamos?
Todo lo resuelvo aquí dentro. ¿Quieres verlo?
¿Compras? ¿Aceptas la oferta de este ser alegre? Al que ni siquiera las dudas le merman el optimismo. ¿Compras ser superficial y cariñoso? ¿este que se asusta con los gritos y el mal rollo, con el que no se puede mantener una conversación en serio? Si, esa clase de persona que se olvida de pagar el IBI por sistema, mujer, y que vive permanentemente aislado en su mundo interior, pero que le despiertas y va, y te sonríe,y, que por encima de todas las cosas te querrá para siempre? Y cuando vuelva cada mañana al mundo de los vivos, tras haber desaparecido de él durante la noche, antes de recordar siquiera la especie a la que pertenece, recordará quien eres tú.
Y lo más importante:
¿Que se calza un badajo tremendo?
¿Compras?
Ya sé que no, ya se que ese no es tu estilo. Solo me hace falta verte desde aquí hablar por teléfono con otra persona, y de otro tema que no tiene nada que ver, para saber que dices que no.
Que no. Que no.
Entonces:
¿Compras ser abandonado? ¿Recién negado? Que sale andando poco a poco, dándote la espalda, mientras consiente que el sol se le pose un breve instante sobre los hombros para deslumbrarte con un brillo repentino? ¿Compras tío que para que parezca que el efecto milagroso del sol lo ha hecho sin querer, no se vuelve para mirarte, porque cree que si no se vuelve te dará más pena? ¿Compras ser que se va a volver en el tren, desconsolado, pero sin soltar una lágrima y que solo va a hallar consuelo en el partido de la Champions?
Pero que sobre todo, amor eterno…
Se gasta un badajo monumental
¿Se anima , señora?
FIN
(Venta por catálogo)
Te diré que cada día, a las 6,05 vuelvo a nacer. Cuando suena el móvil, con su famosa sintonía “Qué más da, la primera que encuentre” no tengo ni idea de quién soy, bueno, de quién soy, digo, ni siquiera, en ese momento se a que especie pertenezco.
Mucha vida interior, es lo que yo tengo.
Ponte en mi lugar. Al despertar un individuo que no sabe, ni siquiera a que especie pertenece, que no sabe si está en las estepas heladas de Yakutia, en los oscuros pero cálidos rincones de las junglas de Borneo, o en el barrio de Salamanca. Así que lo cierto es que cada día un ser nuevo, sin estrenar, viene al mundo desde mi cama. Y, todos los días, por la ley de Hook, un ser cansado y vacío, muere en mi cama.
Mi cama, manantial y sumidero de la vida.
Pero enseguida me golpea con ruda colleja la conciencia de ser humano. “Soy humano” es la primera conclusión a la que llego cada día. Me doy cuenta porque sé que necesito ducharme. Y yo sé que esta necesidad no la sienten ni los gatos de madame de los clubes de alterne , ni los perros de jovenzuelo que comienza a abrumarse por la responsabilidad de tener perro.
- Soy humano.- Le digo al mundo. Y enciendo la radio.
No la oigo, no oigo la radio. Bajo el agua caliente y su ruidoso chorro, miro hacia abajo, nunca deja de sorprenderme el brutal tamaño de mi badajo. Y es entonces cuando recobro la memoria de mi vida anterior a hoy. Es entonces que me acuerdo como en el vestuario del cole se reían de mí, por tener un cacho ciruelo tan enorme. Ahora me gustaría echarme a la cara a aquellos risitas, y poder reírme a gusto de sus pichinas de alondra.
No puedo hacerlo, no están aquí, aparte de que me daría bastante corte que me estuvieran viendo ducharme todos aquí, la verdad. Pero la revelación de que he tenido una vida de la que me acuerdo, con la prometedora consecuencia de que no me morí ayer y volví a nacer hoy, hace que de repente me apetezca café, y que enseguida empiece a recordar que tengo un trabajo. Pero me doy cuenta que mi vertiginosa mente se puede aturullar, y que de momento quiero café.
Que mente esta mía, genial. Insiste en recordarme que los italianos dicen que no hay que lavar la cafetera. Y recuerdo que yo todos los días la friego a fondo para llevar la contraria a los italianos, y mientras me dejo hipnotizar por el rojo caliente de la vitro , me acuerdo de la Eurocopa, y de cómo mandamos a casa a los italianos, y como ese día de 2008 me di cuenta de que tenía corazón o algo, cuando las lágrimas calientes marcaron para siempre mis mejillas.
- ¡Tengo corazón o algo!
Sé que me gusta el café dulce como algo, pero no recuerdo como qué. Sé que no como unos caramelos gigantes que tengo en el salón. Sé que no como los tofes que arruinaron mis primeros empastes. Sé que no como el marron-glacé que vino en la cesta de navidad.
Por suerte lo tengo medido, sé que son tres cucharadas y dos pizcas.
Y cuando le pego el primer sorbo, apareces tú.
-¡Como tu sonrisa, coño, eso era!
Y me encanta darme cuenta de que hay un tú.
En realidad, por eso estoy tan contento. Porque existes. Sólo por eso, porque mía , de momento, no eres, ni has sido, que yo sepa. Que yo recuerde…
El resto de viajeros del cercanías , creo que notan mi euforia. Y eso hace que estén ofendidos. No se lo reprocho, a mí también me jode que la gente sea feliz, y más que lo de demuestre. No hay cosa más estúpida que el clásico viajero feliz, con su imbecilidad a cuestas, extendiéndose como una babosa por el asiento.
Pero en este caso soy yo, y yo sé que no soy una babosa.
Para esos momentos yo ya he recuperado toda la consciencia, y recuerdo casi todo. Recuerdo que hice la primera comunión, y recuerdo que soy raro, por lo visto. Y entremedias recuerdo un montón de cosas, buenas, malas y regulares.
Pero ahora mismo, tú lo ocupas todo.
Voy hacia ti.
¿Quién puede pedir más?
Continuará…
Hubo un momento, no sé si lo recordarás, después de complacer nuestros ardientes deseos, sobre todo los míos, que sospecho que quedaron mejor satisfechos que los tuyos, en los que asombrosamente, aun duraba la magia. Asombrosamente ¿verdad? O sea que después del tema, aún queríamos hablar y eso. Eso no me había pasado nunca. Ahí rodeados de los desconchones de las paredes, hundiéndonos en el desmadejado colchón, igual que antes nos habíamos hundido en el breve, pero profundo mar de la pasión más animal, y acertando a duras penas dos de cada tres veces a arrojar la ceniza en el cenicero, escuché tu historia dura de limpiadora, de madre soltera, de cómo poco a poco sacaste la cabeza, y entraste en una empresa, y te hicieron un poco jefa, y luego un poco más, nada exagerado. Y como te habías comprado el pisito desconchado, y que lo estabas arreglando poco a poco con tu esfuerzo. Y que al niño lo habías cuidado bien, que se había ido a Francia un tiempo, con su padre, que había pasado de ti, pero no de él.
Oye, pues me pareció una historia admirable. Me hubiera hecho falta que fueras un pelín más guapa, la verdad. Qué rabia. Solo por un poquito, o a lo mejor con que te operaras las tetas…
Mientras duraba la magia, quisiste saber quién era yo. Y cuando me lo preguntaste tú, fue la primera vez en mi vida que me lo pregunté yo.
Y tú y yo, al mismo tiempo escuchamos mi historia.
Empecé enchufado, con un puestecito majo, en oficina, que para lo poquito que había estudiado (No llegué a lo de las derivadas), era mucho más de lo que se podía esperar. Aunque claro, yo en aquella época, no me daba cuenta, y arriesgué. Me acusaron de unos chanchullos, sin ninguna piedad, y me pusieron de patitas en la calle.
- Pero ¿Lo hiciste?
- No es esa la cuestión.
Y ya supiste que ahí, a partir de los 16, había empezado mi cuesta abajo. Que me echaron de la chatarra, también, por algo parecido, que me hice un poco alcohólico. Que me rehabilité. Que volví a caer, y así, tantas veces, que ahora, te dije, que ahora no sabía si era o no. Supiste de mi historial de peleas perdidas. Supiste que no ingresé en prisión, por muy poco, pero, claro mi orgullo había permanecido intacto, porque robaba, sí, pero sólo a los cabrones de los turistas que venían a tocarse los cojones a nuestra ciudad.
- Pero estarían de vacaciones.
- No es esa la cuestión.
Al terminar mi historia, y sobre todo tras tu agresiva pregunta de que a qué me dedicaba ahora, y, mi terminante respuesta explicándote que ahora andaba de acá para allá, tuve la desagradable sensación de que no estabas del todo satisfecha con mi trayectoria levemente descendente.
Y se te notaba en la cara.
Y, aunque no eras guapa, guapa, lo que se dice guapa, pues consideré que eso no estaba bien. Y decidí sorprendente, aprovechar ese toque divino que tenéis las mujeres de sorprenderos, cuando os sorprenden.
- Dame media hora y nos encontramos en el bar. A tomar café.
Vestí a toda prisa mi velludo cuerpo, me miré al espejo y me eché en cara lo descuidado de mi entrecejo, y lo que me desfavorecía la cicatriz de chivato en el párpado. (“¿Así que fuiste a la poli?-No es esa la cuestión”)
Y desparecí media hora. Y tú no te ibas a creer lo que te tenía preparado.
Y cuando yo entré en el bar, ya estabas tú, tan erguidita, tan educadita sin haberte pedido aun tu café, que me asaltó el amor cálido, aunque no fueses muy guapa. Y con toda mi ilusión de aquella mañana que no me había lavado le dije al Lore que nos pusiese sendos cafetitos, aunque no dije “sendos”, claro, que yo esa palabra no la trabajaba. Y dije que a mí me lo vistiera con un chorrillo.
Como un niño, me presenté frente a ti con mi cajita de regalo. Estaba nervioso, mierda, ¿Recuerdas? Y deseé con toda mi alma que aquello te encantase.
La abrí. Y saqué de las orejitas a un precioso gatito. Apenas destetado, atigradito, flexible, gordito, mimosón. Y pusiste cara de sorpresa. Una “O” preciosa de tus labios pintados. Si hubieses sido un poco más guapa…
Le acariciaste, y me preguntaste que cómo se llamaba. Y te contesté que ni puta idea, que no era esa la cuestión. Y me dijiste que tú le pondrías nombre, y yo te dije que daba igual, que para qué. Que como le ibas a cuidar. Y yo ni contesté, porque no te comprendía.
Y, bueno, finalmente, yo creo que algo entendiste mal. Porque cuando te dije lo de verás que fiesta, y arrojé al gatito donde las pirañas te pusiste a gritar como una loca, y yo creía que era de excitación, y, joder, me insultaste, que si cabrón asesino, que no se qué. Y yo, fíjate, mientras el gato se desmembraba por los mordiscos de las depredadoras, alucinaba con tus insultos, y también con los del Lore, que decía que vaya tío más bestia, que qué animal.
Y me dijiste que creías que el gatito era para ti. Y yo te dije que no sabía pero que si querías uno para ti, que yo se lo había quitado a la madre que los amamantaba en una obra a dos manzanas de allí…que si querías iba a por uno para ti. Pero que para qué lo querías.
¿Coincides conmigo en que aquello fue el fin? Lo de “No vuelvas nunca más a cruzarte conmigo, hijo de puta.” Parecía un punto y final a nuestra relación.
Y lo que te quería decir es que te echo de menos. Aunque no seas muy guapa.
¿Y tú a mí, loquita de los gatos?
FIN
Me senté sí, con mi peloti perfumado, poderoso, y abrí la primera bolsa de peces. Resultaba increíble, ya lo sé, pero sólo con el ruido de la primera bolsa, se movieron las pirañas y se pegaron al cristal de la pecera mirando en mi dirección. Yo creo que hasta me miraron a mí. Me seguían con la mirada.
- Hola.
Ahora parece un hola muy claro, con su guión y su rotundidad de “¡hola!”, pero en aquel momento, era solo un murmullo, un prudente acompañamiento insonoro, de la magia de la depredación. Yo tenía entre mis manos un acontecimiento de la naturaleza. (Las pirañas oyen abrirse las bolsas, desde dentro de la pecera).
¿Cómo iba a oír tu “hola” tan silencioso?
¿Cómo?
Recuerdo que al no oírte, tampoco te presté más atención. Si que recuerdo borrosamente una cintura de mujer a mi lado, pero, sinceramente, me pareció un estorbo. Me parece que te fuiste. Y un poco más deprisa de la cuenta, de lo acostumbrado. Bueno, tampoco sabía yo como te solías ir tú.
Las pirañas se subieron a la superficie al unísono, y abrieron sus bocas hambrientas , esperando el maná. Y yo eché unos cuantos pececillos de los gordezuelos que estallaban en colores, y jodé…¡qué feria! Parecían los fuegos artificiales de mi pueblo. Rayos de fluidos verdes, naranjas, añiles, malvas, yo que sé, un escándalo. ¡Y luego los otros, los pequeñitos, aun mejor! Las pirañas se los tragaban de un bocado, y cuando estaban dentro se iluminaban, y aparte de que las pirañas se cagaban y meaban, es que además se encendían por dentro y se les veían las espinas y la ventresca. Fue el mejor espectáculo de mi vida. Fue de esos que no disfrutas del todo, porque desde que empieza temes que se acabe.
Y, claro, se acabó. Y me quedé con mi peloti perfumadito, mirando a la nada. Después de todo, las pirañas ya habían perdido su interés en mi, y me miraban como despreciativas. Me jodió bastante. Me parecieron unas ingratas, y, ojo, poco inteligentes, porque a lo mejor me enfadaba porque no me hacían caso y ya no les llevaba más peces chulos para que comiesen.
Me di la vuelta y allí estabas tú. La mujer más guapa del mundo, de las que no son muy guapas. Y recordé que ya me habías empezado a importar. Sentado elegantemente en mi taburete, levanté la mano sonriéndote y la sacudí, mientras musitaba un saludo genial:
-¡Hola!
La misma palabra, pero sonando patibularia dijiste tú
- Hola.
Y yo que me había inyectado sensibilidad aquella mañana, quise saber lo que te pasaba. Es verdad que desde mi sitio. Y sonriendo:
- ¿Pasa algo?
Y, coño, ni contestaste. Y me quise acercar a tu sitio, porque me tenías en ascuas, y parecía molestarte que hablásemos desde lejos, como si no quisieras que se enterase el resto de la parroquia. Y cuando estuve cerca de ti. Sentado a tu mesa, repetí mi mejor frase del día:
- ¿Pasa algo?
Seguías cruda:
- ¿A ti que te parece?
Pero yo no tenía opinión, cielo no demasiado azul, estrella no muy luminosa, yo estás preguntas así, tan inesperadas no las sé contestar. Y me da miedo intentarlo, porque si yo digo una cosa, y resulta que era otra, pues a lo mejor, innecesariamente te he recordado esa, y tú ya lo habías olvidado.
Yo me senté a tu lado, aunque con cierta prudencia, porque no conocía del todo tu carácter, y, no había necesidad ninguna de llevarme un bofetón delante de la parroquia. Pero no me diste, y eso te lo valoré.
- No sé. ¿Qué te pasa?
- ¿O sea que no lo sabes?
- No lo sé. Pero lo que sea que haya hecho si te ha dejado de ese mal humor, merece una buena mano de bofetadas. Estoy preparado.
Era un poco pronto para esa bala, tal vez. Pero casi consigo que sonrías.
- No estoy de broma. ¿A ti te parece normal? ¿Tú crees que puedes entrar aquí e ignorarme de esa forma? ¡Por favor que me levantado y todo a saludarte, y me has ignorado! ¡Pero vamos que si a ti te parece normal…!
- Ni siquiera me di cuenta de que estabas aquí, y ya si me dices que te has acercado a mí, y yo no me enteré, entonces es que estoy peor de lo que creía…lo siento. Ya sabes que con mi jueguecito de las pirañas pierdo el norte. Anda perdóname.
- Desde luego se ve que a ti lo de las pirañas te encanta. Y vamos tiene su gracia y tal, pero esa obsesión…
- ¿Y viste, princesa, como estallaban en colores?
- Ya, ya lo vi.
- ¿Y los eléctricos, que te pareció? ¡Se cagaban las pirañas! ¡Y luego se iluminaban, como un eructo lumínico!
- UN eructo ¿lumínico? Ja,ja.
- ¿Me perdonas, amor? NO volverá a suceder nunca más.
- Invítame a un vodkanaranja y te perdono…
- Jo, estoy sin un clavel, …
- Bueno, te invito yo, anda.
- Eres la mejor. ¿Subimos a tu casa, después?
- Ay que querrás, sinvergüenza…
- Ja,ja
- Ja,ja.
Este diálogo no dura para siempre. La tercera parte será otra cosa. Tanta chorrada y contemplación…por favor venid.
Continuará.
Ayer fue el día que decidí pararme a pensarlo. Y hoy, con el afán que da la claridad de ideas, te lo cuento.
Para lo bueno y para lo malo, recuerdo que nos conocimos en el Lore, el bar que tenía aquella pecera enorme, llena de pirañas. Un capricho del Lore. Recuerdo que yo entonces, gastaba enormes cantidades de dinero, en comprar peces de colores, en la tienda de animales de al lado, y, con el permiso duramente peleado (era pacifista, o socialdemócrata, no recuerdo) del Lore, me entretenía los viernes por la tarde, en ir arrojando pececillos vivos a las pirañas, y me divertía viendo como, los devoraban, las hijas de puta, partiéndolos a la mitad del primer bocado, y luego del segundo interrumpiendo las convulsiones espasmódicas, de las mitades que quedaban. Juro que era entretenidísimo. Ya echabas tú por allí tus cigarritos More, y tus carajillos en aquella época. Y si que me parece que no me fijaba en ti porque no eras guapa de romper, aunque, puedo decirte que me acostumbré a tus imperfecciones físicas, que no eran tantas, igual que supongo que tú te acostumbraste a mis rarezas, y a la pinta de solitario peligroso que me gastaba.
Un día, hablamos, aunque no consigo recordar por qué. Pero se me quedó grabado que dijiste que mi entretenimiento te parecía divertido, a pesar de que tu “amabas a los animales”. Me gustó tanto esa incoherencia, que empezó a parecerme irresistible tu manera de llevar la coleta, con esas gomas cutres y descoloridas, y tu sonrisa, amarilla, sí, pero amable y dulce. Y también ese hilo de olvidada juventud que destilaban los surcos de alrededor de tus ojos. Tus ojos casi negros, de un casi negro brillante, optimista.
Me costó, no te digo que no, pero ese día, deje que tú tiraras algún pececillo de esos a las pirañas, y no supiste, y de eso estoy orgulloso, que me jodía hasta el dolor físico dejarte lanzar a ti los pececillo, ¡Que me habían costado un huevo, y que eran mi puta diversión! Fue de justicia que me invitaras a un sol y sombra, me había dejado un capital en aquella tienda.
- Tenemos unos japoneses, pero necesitan más cuidados, hay que cambiarles el agua más a menudo.
- Eso no va a ser problema. ¿Son duros?
- ¿Duros? No sé, ¿Cómo duros?
- Correosos.
- Er..creo que sí.
- Pues póngamelos.
Ese día me fui a la pensión tan contento de haber hablado contigo. Me sorprendía pensando cosas para entretenerte al viernes siguiente, cuando volvieras a aparecer por el Lore. Pensaba en no quedar como un idiota inculto. No era misión fácil para todo un idiota inculto, pero había que liberarse de presión. Para quedarme tranquilo me bastaba con dar lo mejor de mí. Si con eso no bastaba, sabría que no estabas de dios, y punto.
Durante la semana, viví como en un paréntesis, seguía haciendo mis portes, con mi vieja furgoneta sin itv. Cobrando en metálico, para no dejar huellas al fisco. Todo como de costumbre. Aunque con la buena noticia de que a la semana siguiente, tendría un trabajo muy bien pagado en casa de un futbolista famoso. Un medio centro de escaso físico pero gran visión de juego, que no se lo pensaba dos veces a la ahora de chutar, y que metía el pie en cualquier circunstancia. Yo no era aficionado al fútbol como para saber más de él, pero sí que era consciente de que aquellos trabajos reportaban enormes beneficios adicionales, como propinas desorbitadas y regalos vendibles. Quién sabe si también podría afanar algo.
Los días me caían en la cabeza como cocos maduros, solo que sin provocarme traumatismos, y, por fin cuando llegó el viernes. Y yo ni siquiera me alegré, porque me parecía de justicia que ese viernes llegase de una maldita vez. ¡Sólo faltaría! El calendario solo había hecho su trabajo, no había que felicitarle ni nada.
Con mi mejor camisa, una que tenía todos los botones, y un buen lavado previo, me presenté en la tienda de animales de al lado del bar de Lore.
- Hoy quiero unos que tengan carácter, que luchen.
- Que luchen. No sé si le entiendo…
- Pues por ejemplo, que si se caen en una pecera llena pirañas luchen un poco, que no se dejen comer así como así.
Me sorprendió la franca sonrisa del vendedor.
- ¡Aaaaah! Pero usted los quiere para echarlos a las pirañas. ¡Tengo lo que usted necesita, hombre! ¿Cómo no lo dijo antes?
- Pues la verdad, no sabía que existía esa especialidad, para vender. Pero dígame, ¿Qué me ofrece?
- Pues verá, tengo estos peces regordetes, que estallan en fluidos de colores cuando un depredador los muerde. Y tengo estos otros, que son muy pequeñitos, pero se quedan vivos en el interior de las pirañas, y se iluminan una vez dentro, y dan descargas eléctricas, y las pirañas pierden el control de esfínteres…
Me llevé un buen puñado de cada, en una cutre bolsa de plástico, tan contento. Tanto que fui directo a la pecera y desde allí le pedí a Lore un gin tonic.
Y me olvidé de saludarte, siquiera. Bueno, tarde un poco. Mi querida princesa, al fin preciosa.
Te sigo contando en la siguiente entrega.
Caminaba apoyado al cariñoso mocho, procurando frotarlo bien fuerte contra el suelo, para que se “recogieran” las huellas famosas, pero eso no quitaba para que aquello fuese una especie de baile somnoliento. Un baile silencioso.
Pero imposible.
- A ver, cuando limpies mira desde todos los sitios, que las huellas se ven desde muchas partes y no se ven desde otras. Ven aquí para que lo veas.
- Lo creo todo.
- ¡Que vengas, coño!
Me torturó mucho darme cuenta de que aquella era una demostradora cansina. Una de esas que se empeña en demostrarte lo que no has puesto en duda, a lo mejor no porque te lo creas, sino porque no tienes maldita la gana de discutir.
- ¿Ves? ¿Ves? Mira el reflejo, ahí se ven las huellas.
- Estamos de acuerdo, miraré desde todos los ángulos.
- Y las recoges.
- Las recojo, sí.
Ella se puso a repasar unos muebles de madera con una gamuza y con un trapo impregnado en algo, alternativamente. Lo hacía con aire distraído, tal vez pensando en aquellas verbenas del pueblo, cuando algún mozo aún la sacaba a bailar, y no como ahora, que solo bailaba pasodobles con su cuñada. Claro que entonces, probablemente llevaba favorecedores leggins, y no calcetines ejecutivos azul artificial. Yo repasaba las huellas una y otra vez, tratando de nadar en mi mundo interior, pero ejerciendo la suficiente presión como para no ganarme una regañina de Madame Flagelo. Ya me había despedido de mi dignidad, y además no había nadie a la vista que pudiera demandármela.
Pero se ve que la vista engaña.
- ¡Pssst!
Detrás de un sofá de verano, asomaba la cabeza pelada de Calero Papo. Me espanté solo con imaginar que pudiera descubrirle la Flagelo. Vi que estaba distraída mirando los reflejillos de su última frotada sobre un ¿Sinfonier, secreter,…? que no tenía cucos tapetes de punto encima. Y le hablé a Calero gritándole escandalizado, pero en voz muy bajita.
- ¿Qué cojones haces aquí? Nos va a matar…
Calero abrió desmesuradamente los ojos en claro gesto de sorpresa.
- ¿La vieja?
- ¿Pilar? Sí, claro, Pilar. Nos va a matar.
- ¿La llamas Pilar?
- ¡Se llama así! ¿Qué quieres que le haga?
- El que te va a matar es Víctor
- ¿Victor?
- ¡El sargento, so gilipollas! ¿Quieres largarte de una vez? ¡Por tu culpa nos van a empurar a los tres! ¡Que hay que encalar el garaje, coño!
- Ya lo sé, pero creo que Pilar está emparentada con el general o algo.
En ese momento Calero Papo, estiró la mano y consiguió asirme del pantalón. Yo me deshice de su apretón mortal con el mocho. El me llamó cabrón o algo y se ocultó del todo tras el sofá.
- ¿Le pasa algo al sofá?
La voz de Pilar sonó tan cerca, que tuve que girarme y, al ver que estaba a mi lado, pegué un respingo involuntario, y se me escapó una cantidad despreciable de pis. Por suerte se debió ir escurriendo dentro de la bota.
- ¡Que si le pasa algo al sofá!
- No, no que estaba pensando yo que si luego, apartaba el sofá por si hay huellas debajo.
Ella se movió rápido hacia uno de los brazos del sofá, como una ardilla.
- Pues venga, agarra de ahí, que luego es tarde.
El temor de que descubriera a Calero Papo, me dio fuerzas para llevarle la contraria.
- No, que he pensado que luego, ahora me quiero concentrar en las huellas que se ven.
- ¡Anda, anda! ¡Agarra de ahí, que lo que no se haga ahora…!
Y yo, en una sorprendente y paradójica huída hacia adelante, le dije.
- ¡No! ¡Mierda no! ¡Quiero hacer un buen trabajo, coooño!
Y aquello fue tan sorprendente, que , pienso ahora que ella también se vio sorprendida. Por eso soltó el bracete de sofá, y se fue andando toda tiesa, murmurando, algo como “vale, vale…”. Y yo me quedé apoyado en mi mocho, temblando, en silencio.
Calero Papo, tan práctico, me sacó de mi mundo, y me dijo:
- ¡Bien tío, se la has pegado! ¡Ahora larguémonos! ¡Ya la has puesto en su sitio!
Nos interrumpió la Flagelo:
- ¡Ven para acá, mira esto!
Le susurré a Calero que aguantase un momento. Y me dirigí junto a Pilar. E incluso le pude decir con calor:
- Dime, Pilar.
- Pies solo quería decirte que estás haciendo un bien trabajo. Ese suelo te está quedando bien, He sido dura contigo, y creo que he podido sacar lo mejor de ti, pero sin duda el esfuerzo lo estás haciendo tú…
Para cuando la señora Pilar terminó de hablar, yo tenía los ojos arrasados en lágrimas. Y más me emocioné, cuando mirando el suelo descubrí que reflejaba cada rayo de luz que le llegaba. Y me costó volver a mi puesto, porque apenas me podía ver, por culpa de las lágrimas. Así que cuando Calero Papo, me dijo la ordinariez de:
- ¡Hala, vámonos a tomar por culo de aquí!
Tuve que decirle, en voz bien alta para que Pilar supiera que estaba allí:
- No, mira, te vas a ir tú. Este es mi puesto. Ahora lo sé. Te deseo mucha suerte con lo tuyo. A ti y al carnero, pero yo pertenezco a este lugar. Adiós Calero Papo.
Pilar se quedó mirando con media sonrisilla, como Calero Papo, completamente alucinado, se levantaba muy despacio, y, completamente en silencio, caminó sin saltarse ni un paso, hacia la salida. Me vi obligado a decirle una última frase:
- Una cosita te digo, Calero, hazme el favor de caminar pegadito a la derecha, que lo otro está fregado.
Y ahí debería haber acabado todo, en plan redondo. Digamos que la historia quedó un poco manchada, porque el Carnero debía estar esperando a Calero Papo, y se oyó la estúpida frase que soltó al encontrárselo.
- No te lo vas a creer. Dice que se queda con la vieja.
FIN
Nos gustaba la cosita esa de llegar a la compañía (O sea, el edificio de dormir) y hacer notar que nosotros no habíamos hecho las actividades propias de la compañía, sino que habíamos estado encalando el plantón. (Plantón: Edificio-garaje, donde se guardaban los vehículos de la policía militar).
Nos gustaba restregarle al personal por la cara, el día de permiso que nos daban los mandos, por haber salido voluntarios, y nos gustaba sentir las envidiosas respuestas de nuestro amados compañeros miserables:
- Pues no me cambio por vosotros ni de coña, todos los días tragando cal por un día de mierda.
Dormíamos a fondo, y por tanto las charlas con los compañeros duraban poco. Enseguida estábamos viéndonos con la altísima pared que había que encalar. Aunque simpre había algo de tiempo en el desayuno para disfrutar contra el despistado de turno.
- ¿Habéis cogido las cosas de acampada?
- Nosotros no acampamos. Nos quedamos encalando el plantón.
- ¡Ah, qué cabrones!
Y ese “Ah, qué cabrones”, tan interjectivo, nos sabía más dulce que las magdalenas y los churros descongelados revolcados en azúcar.
No se podía negar que éramos seres humanos.
Una mañana inopinada, minifaldera y apretada, una de las que nos gustan a los voluntarios, cuando ya llevábamos más de dos horas arreándole cal a la pared, y esperábamos ansiosamente al cervecero, apareció, en vez de este, una mujer.
Llevaba en la mano derecha una fregona, y en la izquierda un cubo. Vacío. Iba vestida con una bata celeste, que se abría, como las fauces de una bestia terrorífica, pero en vez de mostrar una dentadura sobrecogedora, podía, si había mala suerte con el viento, mostrar unos muslos blandos y blanquecinos, surcados de ríos varicosos, y recortados por debajo de las rodillas con unos calcetines azules, del tipo ejecutivos, que herían el magro de la mujer, insertándose en la carne, como queriendo formar parte de la ajada estructura. Unos pelillos separados, negros y gruesos como maromas, trataban de salir por la gomilla de los ejecutivos, sin conseguirlo. Otros pelillos, se encabritaban, y sin más, atravesaban el hilo del calcetín, intensificando su negritud para distinguirse orgullosamente de las fibras artificiales, azules ellas.
Y arriba la batalla se recrudecía. Los labios de verdad, en un gesto de vanidad, se habían desentendido de la línea del perfilador, y este a su vez del borde del pintalabios, formándose una suerte de empaste escalonado, que por increíble que parezca desfavorecía enormemente el resultado final.
Yo estaba al cargo del motonabo, abajo e indefenso, por tanto.
- Hola, soy Pilar. Me manda el sargento. Uno conmigo a recoger la sala de oficiales.
- Ah, no, no. Seguro que se confunde, nosotros somos voluntarios.
Y dije voluntarios con una entonación magistral, que dejaba a las claras que muchísimo cuidado con andar perturbando a los voluntarios. Pero a ella esta entonación tan intencionada no le impresionó gran cosa. O acaso es que no la notó. Como el que no nota la presencia de un tiburón en su piscina y se baña alegremente. El tiburón se acaba desconcertando.
- Pues a mí me manda el sargento.
- ¡Eh, que se ha atascado el motonabo!- sonó desde arriba.
- Un momento, buena mujer, voy a desatascar el moton…el cacharro.
- Me manda el sargento que venga uno.
- Que ya señora, que ya.
- ¿Pero vais a venir uno? ¿Tú me dices que no vas a venir?
- ¡Pero si yo no he dicho nada!
- ¿Entonces vienes?
- Bueno, pues, voy un momento.
Avisé a los chicos y me fui detrás de miss bata, por el acojone que me daba que se liara la cosa con un sargento de malhumor. Los chicos se quejaron algo amargamente, pero me pareció que le echaban mucha cara, a fin de cuentas el que se iba con miss glamour era yo.
- ¿Dónde vamos, pues?
- Ahí a la sala de oficiales.
- Ah.
Al principio iba andando detrás de ella, pero enseguida me puse a su lado, para no tener que verla. No se dirigió a mi hasta que llegamos a la sala de oficiales:
- Recoge esas huellas.
- ¿Cómo?
- Que cojas el mocho y recojas esas huellas.
- ¿Eh, que recoja?
- ¡Que limpies las huellas, coño!
- AH, no. Yo estoy con lo del motona…
- ¿Qué no? ¡Ahora mismo me voy a ver al sargento!
- Vale, vale, vale, vale…no ha problema, las recojo, ya luego voy a lo del motonabo.
- Ah. Ya me parecía a mi.
Y a mi. ¿De dónde iba a sacar agallas un corderito como yo?
Así que con mayor diligencia de la esperada, me agarré al mocho, y abrazado cálidamente a él (Pero pon agua limpia en el cubo, marranazo) esperé con ansia que la tercera parte de esta historia me liberara de mi terrible destino.
¿Estáis conmigo en esto?
Por una desgraciada concatenación de aviesas circunstancias (Habrá quien diga que las circunstancias no pueden ser aviesas, pero sí que pueden) una mañana, de las primeras de otoño, como la de hoy, quizá exactamente la primera, pero de hace muchísimos años, me vi, en lo mejor de mi poderosa juventud, subido a un andamio, por primera vez en mi vida, y junto a dos compañeros de infortunio, Calero Papo, y el Carnero.
Calero Papo, que solo era uno, y el Carnero, se manejaban con profesionalidad y soltura por el andamio, y no se me antojaba tal cosa disparatada, porque ellos eran de origen modesto y lo más seguro, es que en la adolescencia hubieran ayudado a construir sus propias casas a sus padres, cosa que yo no, por ser mi familia de posibles de toda la vida, con casa en Mallorca, y capaz de pagar hipotecas de casas ya construidas como el que chupa pirulíes.
Esa era la verdad.
Tres puestos había para tres soles como nosotros. Uno abajo, vigilando el motonabo, un artilugio que conseguía, mediante una goma en un bidón lleno de cal , una absorción justa y proporcionada de la misma, lanzando la cal absorbida manguera arriba hasta un pistolón que blandía el segundo de a bordo, y que aplicaba sobre la pared del inmueble, dejando una capa blanca, que hería los ojos como aparición divina.
El tercer componente del equipo, sujetaba al del pistolón, ya que por el deficiente diseño del andamio, tenía que aplicar la luminosa capa de blanco en peligroso escorzo, y teníamos orden de no perder miembros del equipo, siempre que pudiera evitarse.
Ya. Pero ¿El del motonabo qué hacía?
El motonabo era un aparato antediluviano, y cada dos por tres se atascaba con la grumosa mezcla con la que se había fabricado la sal. Entonces había que sacar la goma sorbedora del bidón, y sacudirla a golpes contra la parte de fuera del mismo.
Esa mañana que ya llevábamos un tercio de la fachada, el tercio inferior, por supuesto, encalado, me había situado yo de motonabista, y Calero Papo sujetaba a El Carnero, que aplicaba la mezlca purificadora, no ya con uniformidad propia del interés, sino con cierta habilidad suplementaria del que no es la primera vez que lo hace.
El Otoño, nunca pasa sin llamar porque es muy tímido o considerado, y por eso se retrasa siempre, así que hacía calor y hacia la una de la tarde mandaron a uno de por ahí (Uno de esos que anda por ahí sin hacer nada, a traernos un cubo lleno de hielo con tres cervecitas dentro)
Aproveché el siguiente atasco del motonabo para avisar a Calero Papo y a El Carnero de que nos habían traído unas cervezas.
-¡Cervezas!
Y me volví al criado:
- ¿Has escupido dentro?
Y me miró con ese tándem de dolor-tristeza de cuando alguien se ofende porque dudas de él.
- No pongas cara de echarte a llorar, nenaza, como hayas escupido te crujo. Lárgate.
Dejé resbalar un poco la mirada, al estilo presidiario, tras los pasos del humillado sirviente-soldadito, y haciendo como que no veía a Calero Papo y a El Carnero bajarse del andamio, pero a la vez extendiendo el brazo con las dos cervezas, hasta que llegaron y las cogieron. Luego cogí yo la mía.
Bebimos y fumamos recogiditos y a gusto, a la sombra, quizá, aunque era un sentimiento extraño para nosotros, hasta orgullosos del trabajo que estábamos haciendo, mientras veíamos como el resto de nuestra compañía hacía instrucción.
- ¿Seguimos?
Dijo El Carnero. Le tocaba Motonabo, así que para el era como no seguir. Simplemente golpear el tubo cuando oyera algún juramento. A mí me tocaba de sujetador de Calero Papo, que hacía de pistolero. Pistolero y Sujetador tenían que tener cuidado de que la cal no les cayera en la cara, aun así había veces que una racha de viento traidor y fementido, te dejaba la acara blanca de repente, y picaba un poco. Algunas mañanas no teníamos ni que afeitarnos, porque la cal había hecho de veet.
En resumen, que básicamente, que aunque mili al fin y al cabo, aquello era más o menos el paraíso, y durante algunos días fuimos razonablemente felices. Tres machotes pintando. Relevándose en las tareas, trabajando en equipo. No lo supe, pero en alguno de esos ingredientes había algo que contenía el germen de la felicidad.
Pero, claro, todo se termina jodiendo.
¿En este caso, queréis saber como?
Una vez que tuvo su vodka en la mano, que la polaca, dicho sea de paso le sirvió con estricta profesionalidad, el Arenque empezó a calibrar todo lo que iba a sentir en el futuro haber perdido aquella oportunidad. De momento no lo sentía tanto, porque aquello estaba de mujeres hermosas a rebosar, y mal se tendría que dar para no caer en gracia a alguna.
Se acercó al piano, y fue curioso que a medida que el se acercaba al piano, la gente que lo rodeaba se fue apartando, creando un efecto telón, y descubriendo ante el Arenque a una mujer morenaca, delgadita, pero curvilínea, que estaba tocando el piano con extraordinaria dulzura. Era una pieza (la canción) como de folklore americano, así tipo country, cantada por la hábil pianista con una voz dulce y sugerente, que él que no sabía inglés, supo enseguida que la letra era sobre el amor o las flores o el mar o el campo…
…but I shot a man in Reno
….just to wacht him die
Bien morenaca de pelo, como ha quedado dicho, tocaba la mujer sin embargo el piano con sus pálidas manos, y sus uñas negras de esmalte. No de descuido.
El Arenque, en cuanto vio que la cancioncita sobre las florecitas y los valles, tocaba a su fin, dio dos palmaditas rápidas a modo de aplauso de compromiso, y, quiso intentar lo que nunca le había salido bien.
- Deja que te invite a una copa, artistaza.
- Está bien-dijo ella sonriendo tímidamente.
Y juntos se encaminaron a la barra, con toda naturalidad, como si aquello le sucediese todos los días a el Arenque. El Arenque echó un vistacillo al reloj, con algo de disimulo, y cogió bastante impulso emocional, al darse cuenta de que sólo eran las 6, y que aún le quedaban otras 6 horas.
- ¿Qué tomas?
- Vodkanaranja-dijo ella.
- ¡Pues yo lo mismo! ¡ea!
Cuando tuvieron sus bebidas, el Arenque tuvo cuidado de no probar las almendras que les pusieron de aperitivo, porque cuando tomaba almendras, si se descuidaba, empezaba a lanzar felipos como un bellaco, y ahora era el momento de triunfar. No de los felipos. Por eso le sorprendió tanto verse a sí mismo tomando almendras apenas quince segundos después de proponerse no hacerlo.
Qué cosas.
- Te agradezco la invitación, ¿Eh? Pero en realidad ya sabes que en las Casas de Hadas Calientes no tiene sentido, puesto que las consumiciones son gratis.
- ¡Ah! ¡Sí, si, por supuesto! No pretendía engañarte con respecto a eso, me refería a que te tomaras una copa conmigo.
- Pero ¿No tienes miedo de que se te pase la hora? ¡Le pasa a todo el mundo!
- ¿Ah, que todos sabéis lo que me pasa?
- Todos, claro. Bueno, menos ese duende de ahí que no conocemos, y que por lo visto ha venido a olvidar la muerte de un amigo.
- ¡Pobre!
- Si, su mejor amigo fue ensartado por un desalmado.
- ¡Vaya!, pues lo siento horrores, chata. Pero lo que me preguntas de la hora, estoy tranquilo, aun me quedan 6 horas para llegar al sitio, y está a media hora.
- Pero no te confíes. La confianza será tu mayor enemigo.
- Nada, nada, todo controlado. No me confío, es decir, estoy serio y concentrado, pero también tranquilo.
- Bien, esa es la actitud. Así no tendrás problemas. Se podrá deshacer el encantamiento.
- Ese será el único encantamiento que se deshaga, porque el encantamiento que me producen tus piernas morenas, y el otro, el de tu voz de terciopelo, me parece a mí que no se deshace por las buenas.
- ¡Ja,ja,ja, anda hombre! Eso me decís todos y luego os cansáis de mi…
- ¡Yo no, yo no, yo no!
De repente apareció la sigilosa polaca, dirigiéndose a la morena.
- Será mejor que te ponga hielo en el vodkanaranja, con lo calentorra que estás ya lo habrás derretido.
- ¿Qué es lo que has dicho?
La polaca no se arredró:
- Que para ser tan finolis y tocar el piano tan ñoñamente, nos has salido inesperadamente putilla, vamos.
- Te has tenido que volver loca para meterte con un hada pianista. Recuerda que solo eres una becaria, y que sin sacar la varita mágica del bolso, te puedo convertir en lo que me de la gana.
- Si, puedes hacer lo que quieras de mí. Pero eso no cambia las cosas, calentorra. Así que ahora, si tienes lo que hay que tener conviérteme en lo que te de la gana. ¿Te atreves?
El Arenque no quería intervenir en una pelea entre hadas.
- Bueno, me voy a acercar a la terraza un momento que…
- ¡FLOASH!
Un rayo cegador voló desde la teórica posición de la musa morena, a la de la atractiva polaca, y tras estallar en la cara de la pobre, y disiparse la nube que se hizo a continuación, en vez de camarera polaca, apareció un…
- ¡Dios santo! No me lo puedo creer- se oyó por parte de una figurante.
- ¡Esto es demasiado!- dijo otra figurante.
- Lo cuento en el pueblo y no me creen…-dijo una con el pelo rizado.
Realmente asombroso, lo que apareció fue ni más ni menos que un kimono.
Y también apareció (se hizo patente) la impresión indudable de que aquel hada morena, pianista y con las uñas cuidaditas, en el fondo era, más que otra cosa, una arrabalera.
- No te jode, la zorra pelirroja…
De pronto se volvió hacia El Arenque, y como aprovechando el impulso del arrabal, le dijo, en toda la cara:
- Y tú y yo, y mi equipo de hadas calientes subalternas, vamos ahora a tener una charla. Venga, vamos.
La pianista le extendió la mano, y el Arenque se la ofreció porque pensó que tenía tiempo de sobra, y era cierto, y porque esta vez, no sería él quien se arrugase. No pudo evitar pensar en la palabra “equipo”, y en si de repente, cumpliría alguna de sus fantasías más irrealizables. “¿Cuántas serían? Al menos debían ser dos, para ser un equipo, más la jefa serían tres. Pero tal vez estábamos hablando de quince, más la jefa dieciséis…o cuarenta…¿Quién sabe”.
Estos y otros pensamientos de temas relacionados (¿Habrá bastante para todas? ¿Las hadas son todas tías? Las azafatas no son todas tías, por ejemplo) le acompañaron en el camino a la felicidad, que pasó por encima del kimono, ya abandonado y deshilachado, y que llegó a una especie de enorme salón, en cuyo centro, había una bañera, empotrada en el suelo, de no menos de cuarenta metros cuadrados, con un agua azulada, que se veía limpia, pero con todo, lo impresionante era el equipo de la pianista.
- Te presento a mi equipo. No te digo los nombres porque las irás conociendo a todas, y no tenemos toda la tarde, también debemos pensar en tu prueba.
- Me estás cayendo muy bien. Tú.
El equipo. Cincuenta y tres preciosidades de todos los colores y estructuras, cada una equipada con un irrigado cerebro, y otras cosas con interés primario. Y parecían simpatiquísimas. El Arenque no podía ni hablar ni fijar la mirada en ninguna de ellas. Y pensó que ojalá aquello fuese exactamente lo que parecía: El principio de una peli guarra.
- Arenque, desnúdate y metete en agua calentita, luego cuando te avisemos te levantas, a ver lo que nos puedes ofrecer.
Y así se hizo. El Arenque sentadito en la enorme bañera, viendo como las cincuenta y tres subalternas ejecutaban una danza tremenda alrededor de la bañera, y vio como se le acercaban en la bañera, y le iban susurrando al oído:
- ¿Qué nos vas a hacer, cochino?
- Si, cuando te levantes, guarro
- Si, guarro levántate, guarro.
Y el cerró los ojos
- Vístete guarro.
- Si, vístete.
- Guarro, vístete.
- ¡Cerdo, vístete!
Le extrañó el cambio de tono al Arenque. Y abrió los ojos. Y no os podeis imaginar lo que vio:
El estaba en el vagón del metro, de pie, agarrado a la barra, solo que con los pantalones bajados del todo. Y el pasaje, que era de cincuenta y tres personas de toda índole, le abucheaba. Y luego todo pasó rápido. Aparewci´ço un enorme vigilante jurado, le pegó un estacazo y se lo llevó. Y al salir del metro, vio que la taquillera era clavada al hada pelirroja.
Y le dijo:
- Hay un hada por ahí con tu cara. Si la ves, le dices de mi parte que es una hija de puta, y que no se hacen estas cosas.
FIN
- Pues ya estamos en el desenlace, así que tú dirás.- dijo el Arenque, todo dispuesto.
- Ya veo, ya. ¿Estás preparado?
- Preparadísimo. Estoy deseando que se olvide el día de hoy.
- Pues te deseo suerte en la prueba.
- Gracias, ¿Qué tengo que hacer?
- Es muy sencillo. Solo tienes que ir caminando por este sendero, llegar a una casa que está a una media hora. Entrar y volver aquí antes de la última campanada de media noche.
- ¡Pero si sólo son las tres de la tarde! Me da tiempo de sobra…
- No te pongas farruco, en esa casa tratarán de retenerte.
- ¿Por la fuerza? ¿Cómo un secuestro?
- No, no, mediante la tentación y el engaño, pero tú siempre decidirás cuando volver. Eso solo depende de ti, si te quieres ir te tendrán que dejar que te vayas.
- ¡Ea! Pues allá voy.
Y, bastante confiado y alegre, El Arenque se lanzó por el sendero, dispuesto a demostrar al hada panocha que él era merecedor de cualquier prodigio que cualquier hada tuviera que obrar para ayudarle. Se volvió antes de poder fijarse en las lindas florecillas violetas que acampaban en el borde del camino y le dijo al hada:
- ¿Nos damos dos besos?
- Ni uno.
Y entonces sí, entonces se fijó en las florecillas, y pensó que eran un buen augurio. Y se fue bastante optimista, casi acolchando el paso, como se hace cuando alguien está muy contento.
El camino rozaba la perfección. Suaves pendientes que no llegaban a cargar los gemelos, tierra compacta que procuraba un andar firme, pero relajado, y cómodas chicanes que permitían arrimarse ora un piano, ora el otro. La prueba, por otro lado, no parecía de mucha dificultad, así que todo se arreglaría fácilmente. Lo único que perturbaba la paz de El Arenque, era el recuerdo de Archie (El duendecillo), ensartado en su espada, quejándose y mirándole todo el rato.
Pero había sido un accidente, caramba.
Dejó atrás unas preciosas jaras pegajosas, que mostraban sin pudor sus flores blancas y como de trapo, y al mirar hacia la derecha, se encontró con la casa. La casa era de estilo colonial, con toda probabilidad, pero la enorme población de cigüeñas, apenas dejaba ver resquicio alguno de la fachada o del tejado, que ya se sabe que en arquitectura, es el tejado el que dicta el estilo. La puerta de entrada al jardín estaba abierta, y El Arenque la franqueó decidió, y sin fijarse en los delicados frutales que jalonaban el camino hacia la puerta de la casa, se acercó y llamó:
- ¡Toc, toc!
- ¡Pasa, chato!
Y pasó.
Era un inmenso salón, a cuya derecha, ocupando todo el largo, hasta la ventana del fondo, había una barra. Detrás de la barra, como 5 ó 6 espléndidas camareras, todas buenorras, la verdad, para atender a un montón de clientes, de toda condición; macarras, caballeros, mujeres guapísimas, mujeres hermosísimas, pálidas rubias, ardientes morenas, melancólicas altas, bulliciosas bajitas, y más camareras, todas de extraordinaria belleza, con plateadas bandejas llevando frescas y gigantescas cervezas, o coloridos cócteles, o vinos españoles.
El Arenque, escamado ante tal despliegue, y ciertamente impresionado, aunque todavía pensando en su prueba, más que en otra cosa, pegó un innecesario respingo cuando oyó una voz a su espalda.
- ¡Vaya, por fin un cliente guapo! ¿Qué vas a tomar?
Después del susto, El Arenque se volvió. Una excepcional camarera castaña, con el pelo muy suave y onduladito, y que si fuera terrícola (Es decir no perteneciente a aquel mundo como de nunca jamás), sería claramente polaca, y vestida de uniforme negro clásico hostelero, pero que lo portaba con la misma elegancia que una modelo llevaría un Caprile, esperaba su decisión. El Arenque no solía saber que tomar en los bares, y pedía lo mismo que pedía el anterior a él, lo cual había hecho que desarrollara un paladar a prueba de cualquier cosa, se vio en un apuro ante la falta de “anterior” y pidió lo primero que se le pasó por la cabeza.
- Ah, pues…un sol y sombra.
- ¿Con este calor?
- Ah, pues no, póngamelo con otro calor, si se puede elegir.
Aunque el chiste no era ninguna maravilla, la polaca se rio con muchísimas ganas, enseñando una boca descaradamente besable. Y El Arenque cogió confianza, y se sintió muy a gusto, y, aunque no se permitió descuidar la hora, por poder cumplir su prueba sin agobios, si que, por primera vez en mucho tiempo se sintió de buen humor y relajado. Y en cuanto tuvo su sol y sombra en la mano, (¡mierda no recordaba que fuese esa mezcla espantosa! ¡Se hubiera pedido un gin tonic!), se dedicó a pasear y a observar.
Aquel lugar tenía muchísimos ambientes. El Arenque se prometió salir antes de las 8 de la noche. Así que por mal que se diera, tenía cuatro horas para recorrer lo que correspondía a media hora, tiempo más que de sobra, y que le permitía disfrutar de la fiesta. O lo que fuera aquello.
Escuchó el clásico acorde de Fa sostenido menor de un piano. Se dirigió hacia ese encantador sonido, que ya había derivado por otros acordes y melodías, también bonitos, claro, pero no tan contundentes. Pegó un trago a su Sol y Sombra. Le dieron unas ganas terribles de vomitar.
- ¡Qué malo está esto, joder!-Cuentan que susurró.
- ¿Te traigo otra cosa, guapo?- Le respondió la polaca, que ya había cogido confianza, y le seguía a todas partes, con algo de sigilo.
- Pues mejor que sí. Un bitter con hielo.
- Al instante, príncipe. ¿Me llevo el sol y sombra?
- Por dios, sí. Gracias.
- De todas formas, tenemos vodka helado danés.
- ¡Ah, pues el vodka helado me vendrá bien! ¿Puede ser con zumo de naranja?
- Aquí puede ser, todo, y recalco todo, lo que tú quieras, amor.
- ¡Vaya!-sonrió El Arenque- ¿Así que todo?
La polaca le miró fijamente.
- Absolutamente todo.
Y el Arenque, pensó que toda una vida soñando con que alguna mujer, aunque no fuese ni la mitad de espectacular que la polaca, le dijese algo así. Y qué triste ver, que después, cuando llegaba la hora de la verdad, simple y llanamente…
…se arrugaba.
- Pues lo dicho, un vodkita.
Y la polaca se fue tras un indignado movimiento de melena, jurando en su lengua materna.
(Continuará)
Nota del Autor: Sé que dije que esta entrega era la última de este relato, y, creedme, me desprecio cuando miento así. Estoy temblando de rabia contra mi mismo, y, creo que me he dejado de respetar.
Si, aun así, os dignarais leer la siguiente y última entrega de este relato, ya sin mentiras ni ardides, este pobre y frío corazón tendría una alegría inmensa.
Inmensa, oiga.
Cierto era que el duendecillo (gnomo o enano del bosque, no estaba seguro El Arenque), estaba al otro lado, sin embargo, El Arenque estaba seguro de su pequeñez estructural por varios indicios; primero que tenía la cabeza desproporcionadamente grande con relación al cuerpo, segundo que estaba al lado de un manzano, y podía hacerse idea del tamaño de aquel ser, que no llegaba ni a la primera rama del árbol, pero la pista definitiva era que el pájaro llevaba una camiseta de manga larga roja, jubón verde y babuchas verdes también, y sobre todo un gorro típico de gnomo, en punta de color rojo, como la camiseta.
Enternecido por el aspecto bondadoso del duendecillo, pero no tanto como para ignorar que quizá tendría que destriparlo, El Arenque se cambió de mano la espada, y avanzó hacia el duendecillo con paso decidido. Éste le esperaba en actitud desafiante, apoyado sobre el tronco del manzano, con su hombro, con los brazos cruzados y sonriendo.
El Arenque seguía avanzando, el duendecillo seguía sonriendo. Por fin el duendecillo sonriente, le habló:
- Acércate y dame la espada, debo clavarla en el suelo y ver si eres capaz de desclavarla.
- ¿Rollo camelot?- dijo el Arenque, y dicho esto dio un traspiés, se cree que con la raíz desenterrada del manzano, y cayó hacia delante con el brazo armado extendido, de tan mala manera que la espada atravesó de parte a parte al duendecillo, que cayó pechos arriba, escupiendo sangre y temblando de mala manera.
- ¡Oh, mierda, que mala suerte!
La vista del duendecillo agonizante, perturbaba al pobre Arenque, que deseaba, o bien que aquello fuese un mal sueño, o bien que su misión al final fuese la de matar al duendecillo, y que aquello del desclavado fuese una farsa que había ideado el duendecillo para desarmarle.
-¡ Quítame la espada, por favor, me duele!
Con una mezcla perfecta de miedo, prudencia y conmiseración, el Arenque puso un pie en el pecho del duendecillo, y de un fuerte tirón, desensartó la espada del cuerpo del pobre¿bicho?. El cual tras un último e inquietante estertor, estiró la pata. El Arenque sintió alivio, porque aunque no quería matar a la criatura, tampoco quería asistir a una larga agonía que le recordraa a cada rato lo manazas que había sido. También pensó, con el objetivo de obtener un inmediato alivio, que lo que había matado no era un ser humano, de ningún modo, y que probablemente aquello se parecía más a un bicho que a un ser humano. Aunque, claro, también era cierto que iba vestido, al modo de los humanos. Pero no hay que dejar de tener en cuenta que a muchos perros se les viste con abriguitos y hasta gafas de sol, como a las personas, y nadie pretende que sean personas.
- ¡Bah, aquí no ha pasado nada! ¡Pues no hay problemas en el mundo!
Una vez tranquilizada su conciencia, cosa que no resultó fácil, pues estuvo a punto de recaer en la pena, cuando vio que las aves carroñeras del lugar la emprendían a violentos picotazos con el pobre duendecillo, una vez tranquilizada, como digo, se puso unas hierbas en los oídos para no oír el crepitar de las costillas del duende al ser rotas por los buitres, y renovado por dentro, se adentró en el bosque.
Luego, volvió sobre sus pasos, porque se había dejado la espada. La limpió de sangre y restos de vísceras sobre la hierba, y se la metió por el cinturón para no tener que llevarla con la mano, y volvió a emprender el camino de la espesura.
Buscaba, como ya habréis adivinado, el lugar donde clavar la espada y luego desclavarla, a poder ser sin que nadie notase la desaparición del duendecillo. Es difícil buscar algo, sin saber exactamente qué. Es decir el buscaba algo así como una marca en el suelo, un aspa, o en una roca, algo que tuviese que ver con clavar una espada en el suelo. ¿O es que acaso valía cualquier parte? A lo mejor era eso. Era que en realidad la prueba consistía en algo simbólico, como cuando alguien compra un coche a su primo y le paga un precio simbólico. Siendo así, a lo mejor pasaba la prueba simplemente pinchando en algo y luego desclavando. Aunque en realidad, técnicamente eso ya lo había hecho cuando había atravesado el pecho del notas del duendecillo. Y no había pasado nada.
Siguió mirando hacia el suelo, hasta que una voz familiar, le sacó de su búsqueda.
- ¡Pst! Aquí arriba.
Era ella, el hada pelirroja.
- Jodé, que alegría verte, verás-dijo El Arenque mientras se acercaba al hada.
- ¡Chém ché, ché! – Le interrumpió ella-Tira esa espada antes de acercarte a mí, no quiero que me pase a mi lo mismo que a Archie.
El obedeció
- ¡Ah! ¿Te has enterado? Pobre gnomo o duende o trasgo o elfo.
- Claro que me he enterado, eres un desastre. Su familia está destrozada.
Al Arenque le sobrevino el llanto.
- ¿LA familia? ¡Joder que espanto, que drama!
- Tranquilo, todo ha sido una broma.
- ¿Broma? ¿Entonces no lo he matado?
- ¡AH, no, no, eso sí! Lo has matado del todo. Pero que no tenía familia, era un solitario.
- Ah. Bueno, mejor.
El hada óxido férrico, saltó de la rama y se quedó de pie muy cerca de El Arenque.
- EN fin, ahora hay que hacer otra prueba.
- ¿Y la primera?
- La primera la anulo.
- ¿Pero exitosa o fracasada?
- He dicho que la anulo, sin más.
- Ya pero,…
- ¡Ni ya ni mi chirri pelirrojo, coño, como si no hubiese existido nunca!
- Es decir que la de ahora sería la primera, y no cuenta que se haya muerto el duendecillo. ¿Eh?
- Joder, esto va a ser agotador. Menos mal que solo queda el desenlace.
Desenlace que sería un privilegio para mi que leyerais aquí. Porque siempre será mejor que os enteréis de primera mano a que os lo cuenten otros.
Y, vamos, que me caéis bastante bien.
El Arenque boqueó al estilo de sus congéneres en la volantilla. (Volantilla: Aparejo de pesca, bastante cuco) y preguntó inquieto:
- Pero en plan metafórico, es decir no eres un hada madrina real, sino que eres una chica normal, pero que te he caído bien y quieres ayudarme, pero no es que seas hada-hada, de las de las varitas mágicas y eso… ¿no?
La pelirroja pareció enojarse ligeramente:
- A ver, majo, a ver si reflexionas un poco. ¿Cómo crees que lo sé todo de ti? ¿Crees que te he buscado en la wikipedia?
- Pero no tienes varita mágica…
- Porque tú lo digas…
Y la pelirroja, con gesto de aburrimiento, sacó de su bolso Coach, un pedazo de varita mágica de color rosa, impresionante, rematada con una estrella también rosa, pero que reflejaba la luz en muchos otros colores, de una manera irisada, especialmente, en un malva denso espectacular, que provocaba la envidia de los otros colores, más nobles y sinceros, si se quiere, pero que no tenían el alma, el talento del malva.
- ¿Pido tres deseos entonces?
El hada infló sus carrillos en un claro gesto de impaciencia, y luego expelió el aire manteniendo la lengua entre los labios, ejecutando una simpática pedorreta.
- No, majo, esto no funciona así. Yo no he salido de una lámpara vieja, ni llevo turbante. Soy genial en lo mío, si. Pero no soy un genio.
- ¿Y cómo funciona, pues?
- ¿No sabes cómo va lo de las hadas?
- ¡Pues no!- Dijo el Arenque un tanto enfadado.
El hada pelirroja, hizo otro gesto de impaciencia (Esta vez más leve, simplemente intensificó la mirada)
- A ver, simplemente tengo que comprobar que lo mereces, que eres tan buena persona que te mereces que yo intervenga. Entonces lo arreglaré.
- ¿Harás que se olviden todos de lo que hice, y que todo haya resultado como una especie de pesadilla?
- Eso podría hacerlo, hay muchas maneras de solucionar estas cosas. Pero, de todos modos lo primero es comprobar que lo mereces.
- Estoy preparado. Pregúntame.
- No hay preguntas. Son pruebas que tienes que superar.
- ¿Pruebas? ¿Pruebas físicas?
- No solo físicas, sino que exigen una mezcla de destreza, audacia y valor que determinarán si finalmente eres merecedor de que tu hada madrina, o sea yo, te ayude en este difícil trance. ¿Ya has hecho suficientes preguntitas?
- Si.
- ¡Pues que empiece el show, con la prueba número 1!
El Arenque se dispuso a prepararse. Pero no se preparó porque no sabía cuál era la prueba y no tenía ni idea de si tenía que prepararse para correr, para luchar con la espada, para restar un servicio liftado…
Por su parte el hada panocha se limitó a apuntar al azar con su varita mágica y ejecutar un golpe seco de muñeca, después del cual, se levantó una humareda espesa y morada, tal que a nadie le hubiera extrañado que el Arenque se despertase en el claro de un bosque completamente desconocido, a quizá miles de kilómetros del vagón de partida.
Como en efecto sucedió…
Cuando por fin, se disipó el humo, El Arenque se vio en un enorme claro de bosque, pretendió sacudirse los restos del viaje transmolecular, o lo que fuese y miró lo que estaba sujetando con su mano derecha, que le pesaba tanto. Y nada más mirar, como sucede tantas veces, salió de dudas, y también consciente de todo, pensó de refilón que el mundo de las hadas no era perfecto, ni cuidaban todos los detalles, porque él era zurdo y le habían puesto la espada en la derecha.
Se la cambió de mano y se lo apuntó para poder echárselo en cara al hadita pecosa en cuanto volviera. Este pensamiento se le fue incompleto porque le asaltó la sospecha de que tendría que matar un dragón, como hizo aquella vez San Wolffo. Y otros, también.
Y se preocupó, porque un dragón es peligroso.
Y sin dar tiempo a más, al otro lado del claro del bosque, precedido de la huida aventada de bandadas de pájaros sin especie ni raza, apareció, reluciente bajo el sol, un altivo, fiero, e inmenso…
…¿Duendecillo?
“¿Tendré que matar al duendecillo?” Se preguntó El Arenque.
Y no supo más, hasta la siguiente entrega.
Bajó al metro, como os decía, y lo hizo de un modo que yo no sé explicar, pero que resultó muy metafórico de su caída al abismo. Sacó de la cartera su abono mensual de transporte, miró por un momento su propia foto, se extrañó un poco de estar tan feo (Le pareció que su cabeza era algo trapezoidal) y sacando el ticket, lo pasó por el torno.
Funcionó.
Miró de derecha a izquierda y trató de calcular a cuantos de los que veía les habían echado de su trabajo, con el afán humano, de comprobar si eran número suficiente como para que lo suyo no fuese considerado una anomalía. Como para poder decirse a sí mismo que aquello pasaba en las mejores familias.
También pensó que el era como el típico sargento chiflado al que nunca ascienden por conflictivo e indisciplinado, pero que tiene una profesionalidad y un talento fuera de duda. Claro que lo suyo, fue más cosa de despiste que de rebeldía. El despiste no está bien visto.
Despistes no.
Linea 6, con el objetivo de deambular. Era la primera vez en su vida que iba a deambular. No es tan sencillo. Porque un inexperto como el Arenque sule hacerse el esquema clásico: “Deambularé. Pero ¿Por dónde?”. En realidad, preguntarse por dónde va uno a deambular, es incompatible con deambular. Se deambula por las buenas. Deambular con objetivo no es deambular, es merodear.
El caso es que ahí estaba el Arenque, metido en el vagón, y buscando un sitio para sentarse. Vio uno libre, pero no se sentó. Si hubieran sido más, se habría sentado, pero un solo sitio libre tiene el inconveniente de que a la siguiente parada se suba una embarazada de siete meses, y es un corte cederle el asiento, porque a lo mejor no está embarazada, la tripa era porque se había aficionado a los bocatas de queso manchego. Y también era un corte no cederle el asiento, porque el resto de los sentados te miraban instándote a la cesión.
En fin, un coñazo. Mejor no sentarse. La vida es complicada. Pensó entonces, agarrado a la barra del vagón, que no sabía los demás, que él sufría en oleadas. De repente le venía pensamientos amargos, emputecedores, destructivos. Pensaba que esta mañana era un genio de los informes auto-actualizables, y que un problema de despiste, es decir la mala suerte, le había convertido en un apestado. Si la gente del vagón supiese lo que había hecho, sin ninguna intención, abandonarían el vagón a la “mecagoendiez”. “A carajo sacao”
Pero igual que venía una racha emputecedora, le venía un aire fresco en forma de autoestima. Y le daba por pensar que en realidad los informes auto-actualizables eran un invento suyo, y que una idea como esa, tenía que poder venderse en cualquier sitio. Por ejemplo en los Estados Unidos, con sus millones de dólares, vagando por las calles.
Pero al instante, después de haber recuperado el resuello, venía una idea lúgubre, y pensaba que si la había sacado inoportunamente una vez, le podría volver a pasar en cualquier otra circunstancia inoportuna. Hasta en Estados Unidos. Con sus millones de dólares en alegres bandadas, sobrevolando los aparcamientos de varios pisos, y, y también porque no las capillas móviles, con sus reverendos sonrientes al volante.
- Perdona, ¿Te quieres sentar?
Quien esto le preguntaba era una compasiva pelirroja. Bastante guapa, porque no era pelirroja desde el rojo, sino que su cabello era castaño, y se había ido alegrando discretamente gracias a paseos por el campo, y algo de deporte urbano, y, finalmente se había plantado en rojo apagado, pero la mar de contento. Y eso se notaba, en el brillo y en otras cosas. Como además, la pelirroja tenía una sonrisa muy bonita, y una voz algo grave y dulce, El Arenque se vio obligado a contestar con una descarguita de su encantadoramente triste buen humor:
- No, muchísimas gracias, la tripita es por el queso.
- Ja,ja..No ya sé que no estás embarazado, pero como lo estás pasando tan mal…
- ¿Se me nota?
- Se te nota, pero bueno, aparte de eso, es que yo lo sé.
El Arenque arqueó la gesta pretendiendo ser divertido, y, casi consiguiéndolo.
- ¿Lo sabes? ¿En serio?
Y puso cara de sorpresa, que se consigue yendo a pronunciar una consonante palatal plosiva, pero sin llegar a pronunciarla.
- ¿Quizá has sacado la chorra en la cafetería de tu oficina a deshora?
Un viento frío como de la taiga, pero impropio en un vagón de la línea 6, se apoderó de lugar. El Arenque, a punto de pasar a pescado blanco, apenas pudo preguntar:
- ¿Acaso eres bruja?
Y la pelirroja hizo esta sorprendente declaración.
- ¿Bruja? Hasta cierto punto. Más bien soy tu hada madrina.
Y esta vez El Arenque casi se cae de culo. La sorpresa lo invadió todo, para disfrutar a sus anchas de su propio y demoledor efecto.
El vagón estaba a la altura de Condado de Bracamonte. Antes de llegar a la parada de Oficios del pasado, ocurrirían muchas cosas;
Que os cuento en la siguiente e imprescindible entrega.
Fue un accidente. El Arenque llevaba toda la mañana concentrado en un par de cosas, y que estaba supeditando todas sus necesidades a dar con la clave que le iba a permitir sacar un tipo de informe auto-actualizable y revolucionario, que le iba a sacar de pobre en el trabajo. Había conseguido mantener sus progresos en secreto, para poder venderlos todos juntos y recibir así una calurosa felicitación, cosa extraña en él, porque normalmente, solía ser un poco bocachanclas, y solía desvelar los secretos de sus diseños antes de tiempo, con lo que las expectativas crecían al mismo tiempo que menguaba el factor sorpresa, y cuando presentaba los informes resulta que ya los esperaba la dirección desde hacía tiempo.
Esta vez había conseguido dominar a la naturaleza, y no solo había mantenido su último, auto-actualizable, y revolucionario informe en secreto, sino que incluso durante las últimas horas, había obviado sus necesidades más elementales y acuciantes: El pis y el café.
Ya a punto de terminar su ilusionante proyecto, se levantó como hipnotizado, seguro del éxito y fue a premiarse.
Fue un accidente: Se puso delante de la máquina del café, cuando la cafetería de la oficina estaba llena de gente, y en vez de pulsar el botón del cortado, se sacó la chorra. Como para mear.
Tuvo mala suerte en que no se dio cuenta al instante, sino que tardó un ratito. De hecho sucedió que como estaba delante de la máquina, y de espaldas a la chusma, nadie se dio cuenta del pintoresco hecho de que llevara fuera el nardo, o sea que le podía haber dado tiempo a guardárselo, pero desgraciadamente, Bolibic, una cagaprisas, flaca y nerviosa, se asomó para decirle:
- ¿Acabas ya?
Y ahí fue cuando se dio cuenta de que la estaba cagando en algo. Que se encontraba raro en el Punto Café, con la chorra fuera, que eso no se correspondía. Pero ya terminó de ser consciente del todo, al mismo tiempo que la Bolibic abría desmesuradamente los ojos para decir:
- ¡Qué asco! ¡Por Dios! ¿Qué es eso?
- ¿Eh? ¡Ah!
“¡Ah!”, coincidió con la plenitud de su consciencia, y en un hábil, pero delator movimiento se la guardó.
- ¡Perdón!, ¡Espera!, ¡Perdón! ¡Me he confundido!
Pero ya era tarde. La Bolibic había salido corriendo, y pegando gritos histéricos.
La historia fue cruel con el Arenque. Le permitió pasar una tarde de locos, esperando la llamada de personal. Le permitió pasar una tarde oscura, creyendo ver censura en la mirada de sus compañeros, y a él le parecieron hipócritas, pues algunos eran cerdos reputados en todos los sentidos, y finalmente, y aunque Bolibic no había aparecido por ningún lado, le permitió hacerse ilusiones de que finalmente no iba a pasar nada, porque aquella tarde no había recibido ninguna llamada de personal.
Tal vez aquello quedase en nada.
Pero después de una noche de no pegar ojo, la clásica noche de infierno depresivo, llegó a su mesa, y vio una nota de si jefe.
“En cuanto llegues a mi despacho”
Y ahí estaba su jefe con el de personal.
Y, en menos de veinte minutos estaba, como se dice vulgarmente en la “puta calle”.
- Fue un despiste. Joder. Que soy yo.
- Pero ¿Quién eres tú a fin de cuentas? Y no dudo de tu palabra, pero esto no se puede consentir.
- Fue sin querer.
- No se puede consentir.
Le dieron algún dinero, claro. Pero básicamente estaba en un apuro.
Bajo el arco que formaban las miradas mayoritariamente críticas de sus compañeros, y consciente de un modo doloroso de que era el centro de atención, salió echando leches, dejándose unas ray-ban, la alfombrilla de ratón en la que salía una caricatura muy chula de Carl Perkins, y unos guantes de serraje, que nunca había utilizado, y que eran regalo de un proveedor cariñoso, aunque poco práctico.
Y ahí estaba la famosa puta calle, esperándole con los brazos abiertos, o al menos eso parecía si se contemplaba la doble avenida que salía en curvas convexas de la puerta de la Compañía.
El Arenque debía coger el metro, así que pensando en plan práctico, valoró lo que llevaba en su caja y se deshizo de ello en una papelera. Y de forma mecánica, se puso a pensar en si podría ocultar en futuras entrevistas los lamentables hechos que de un día para otro lo habían dejado solo y desheredado.
Entró en el metro.
Y le dio por pensar que si se hubiera equivocado al revés, si hubiera apretado el dispensador de jabón, pensando que le podía servir un cortado, pues no hubiera pasado nada.
Si queréis, en la siguiente entrega desvelamos más cositas y contamos otras que ocurrieron, muy reveladoras.
Continuará
¡Atiza!, no eres nadie zampando huevos rotos. Con el vino eres parca, pero con la comida no tienes fondo. ¿Cómo conservarás ese tipín? Yo, al contrario, me he confiado al vino, y este me proporciona un sopor irónico e ingenioso. Además no he comido mucho, porque no puedo hacer compatible el hambre, que no deja de ser una debilidad, con un sentimiento tan noble como el amor.
Fiel a la filosofía de “Si fracasas a la primera, niega que lo estuvieras intentando”, necesito gastar un momento en procurarme vías de escape. Del tipo:
- ¡No, no, no! No he dicho que me gustas. Me gustas como persona, ¿Tú entendiste qué…? ¡Ja,ja,ja! No, pero no te ofendas, eres monilla y tal, pero no eres mi tipo, a lo que yo me refería era a que…
Pero para que esta estratagema sea efectiva es necesario que yo adivine tu no. No vale de nada si yo desnudo del todo mis sentimientos y luego pretendo recular. Hay que ir despacito.
Pero el vino es más cabrón…
- Te amo.
- ¿Cómo?
- ¡Que te amo, coño!
- Pero ¿En plan…?
- Exacto. En ese plan. Me gusta cómo sonríes, me gusta cómo te emputeces, me gusta tu diseño y me gusta tu motor…
- Pero espera, espera…¿Qué quieres conseguir exactamente?
- Que seas mi pareja de mus ¿No te jode?
Te reíste con ganas ahí. Eso me gustó tanto, que hubiera ocultado otros tres millones de pérdidas en sus caóticos informes.
- Estoy centrada en mi trabajo. ¿Lo sabes?
Hora del farol:
- Yo no he venido aquí a convencerte, eso no tiene sentido. He venido a informarte, de modo que si pones obstáculos, aquí se acaba todo y tan amigos.
Eso te gustó, jodía. Eso de verme en plan capitán decidido, eso de que tomara el mando y controlara la situación, te gustó. Te gustó un poco. No digo que te gustara así para toda la vida. Pero eso de verme tan dispuesto… ¡Pero si hasta a mi mismo me parecí irresistible!
Seguí hablando para sujetar tu sonrisa.
- Una de las razones importantes por las que te quiero tanto es porque estás bastante buena. Más que bastante diría yo. Y eso es importante, no te creas. Y eso no cambia porque estés , ¿Cómo era? Ah, sí “centrada en tu trabajo”.
Lo digo entre comillas para que tú misma te des cuenta de la tontería que has dicho. Es el viejo truco de enfrentarte a tus chorradas, pero sin tener que desgastarme yo. De hecho te ves empujada a justificarte:
- Me refería a centrada, en el sentido de distraída de todo lo demás. Y no me doy cuenta a veces de las cosas que pasan alrededor. Pero dime, aparte de estar buena, como tú dices, ¿Hay algo más en mi que te guste?
No me pillas.
- Claro, ya te he dicho que el hecho de estar buena, es solo una de las razones importantes por las que me gustas, no la única, ni siquiera la primera.
- ¿Y cuál es la primera?
Yo quiero decir “tu inteligencia”, pero no quiero que suene tan ordinario, tan vulgar. No hay problema, las palabras buenas siempre las encuentro.
- Me gustas mucho, porque eres brillante. Muy brillante.
Se estaba cargando la atmósfera de amor contenido, en cualquier momento la iba a tener que besar, liberando toda la tensión. Pero necesitaba mi sorbete para quitarme la intención de la morcilla.
- Y así consideras que estoy a tu altura.
Eso se llama un torpedo en plena línea de flotación. Sólo existe una respuesta eficaz para ese tipo de proyectil. Y yo no había pasado tanto tiempo de estudio y reflexión, como para que un solo proyectil me pudiera mandar a pique. De modo que di la mejor respuesta posible.
- ¡Ja,ja,ja! (Toma contramedidas)
Y llegó el sorbete y llegó tu nosequé sobre culís de mango. Y me liberé un poco espiritualmente, porque se había levantado la aduana de los besos. Y llámalo movida psicológica, pero me sentí invencible. Y me dije “¡Basta de centrocampismo! ¡Basta de dar pases sin sentido! ¡Hay que tirar a puerta! Y un eco dentro de mi repitió “¡Hagan fuego! Y me di cuenta de que yo, esa frase, no la había dicho, y llegué a la conclusión de que por muy dentro de mí que estuviese, aquello no era un eco. Otra cosa sería, pero un eco, no.
Un eco, no.
Sentí la llamada.
- Discúlpame un momento, pero hasta los chicos encantadores que se merecen besos como yo, tenemos que ir al servicio de vez en cuando.
Y voy y me levanto, y tú esperas pacientemente. Y voy al servicio. Y me da un espeluquín cuando estoy frente a la pared. Y después me lavo muchísimo las manos, y me las seco muchísimo también. Exageradamente. Y al salir, como voy un poco cargadito me equivoco de salida, y sin querer me meto en la cocina.
Y ahí estás tú. La otra tú. Sentada en un rincón entre ollas, fumando con la mirada perdida, con un pañuelo horrible que no puede tapar tus cabellos rubios. ¡Ese poder de las rubias sobre mi!. No veo el color de tus ojos, pero sé que son color hielo profundo. Y me gusta lo profundo que fumas. Y me gusta cómo te relajas después de la faena. Después de dar de comer a gente como yo.
Salgo de la cocina, ahora atino con la puerta correcta. Y te veo ( A la primera tú). Y no estás tan atractiva como mi cocinerita. Y creo que ya no te quiero. Y te lo digo, un poco.
- Odio a los golden retriever en general. Me hice las fotos con un asqueroso chucho al que no conocía de nada. También salvé tu culo en la empresa, con la esperanza de que fuera mío. Estoy muy arrepentido. Me avergüenzo sólo de mirarte. Separemos nuestros caminos ahora. Antes de que me muera de vergüenza.
Te vas algo desconcertada, aunque pareces también aliviada. A mi ya me da igual. MI cocinerita rubia me espera. Me doy media vuelta mientras te vas, para dirigirme a la cocina de nuevo, pero ¡Un momento! ¿Quién eres tú, mulata? Una camarera que no había visto. ¡¡Dios mío!! ¡Qué cimbrearse más loco al caminar! Apuesto a que te arde la sagre latina por los cuatro costados…
FIN
Estamos delante de una fuente enorme de huevos rotos, variante morcilla, ya sabes; huevos, patatas, morcilla y pimientos de Padrón. Es tarde, y casi todos los clientes, a excepción de dos mujeres de cierta edad, que hablan de formas sin discutir, y nosotros, se han ido ya.
El cheff deambula tristemente por la sala, mendigando alguna palabra amable acerca de su mano con la carta. Pero ni tú ni yo, ni las fefas, hemos querido rebajar hasta tal punto nuestras peticiones de oreja.
- “Sólo has hecho tu trabajo, macho, está bueno y punto.”
Se queda sin oreja.
Tú y yo sabemos algunas cosas que no nos decimos. Por ejemplo, sabes que he hecho un buen trabajo. Que te he traído a un sitio elegante, y , si bien reconozco que la morcilla no es el mejor de los ingredientes para provocar ternura, tienes que pensar que precisamente esta arriesgada elección, dota de cierto carácter estiloso a esta maniobra de seducción. Le da un cierto sello original, como de canción de Green Day. Gran melodía, bonitos arreglos, pero el pájaro se da rimmel.
Sé que te van los contrastes.
Otra cosa que debes saber, es que este sábado de seducción, no es fruto del talento o del genio. Ha sido un trabajo planeado con mimo y ejecutado con precisión, con el único objetivo de despertar tu interés. Un trabajo lento y de alta costura, como no te puedes ni imaginar.
Por ejemplo, hace seis meses me enteré de que te gustaban los perros. Particularmente los Golden Retriever. Casualmente al lunes siguiente, en mi puesto de trabajo, estaban mis fotos en el retiro con un precioso Golden Retriever que para ti era de mi propiedad. EN realidad, yo ni conocía al Golden Retriever, ni a su pazguato dueño, que consintió en hacerme unas fotos mientras jugueteaba con su perro. Barato me pareció el precio de quedar ante él como un rarito, con tal de impresionarte. Pero es que me costó un huevo que te fijaras en esas fotos. Te tuve que llamar a mi sitio con una excusa improvisada, pero tu cara al ver las fotos, y tus grititos de placer, al ver al perro (O a mí, vaya usted a saber) me compensaron las dudas. Cuando vengas a vivir conmigo, me tendré que comprar uno. O mejor, unas semanas antes, te diré que se ha muerto, o mejor que se ha muerto en mis brazos, que no pude hacer nada por salvarlo, después de arrojarme bajo aquel camión. Pero ¡ojo! No soy estúpido, te lo contaré como de pasada, sin darle importancia, haciendo que seas tú la que pregunte, y yo haciéndome el modesto. Pero sin que parezca que me lo hago, o sea en plan natural.
Hice más cosas, no te creas. (No puedo creer que me esté venciendo el sueño, aquí delante de ti). Aquella vez que la cagaste en un informe, esa información que hizo que la empresa palmara 3 milloncejos de nada. ¿Cómo que no te acuerdas? Dije que el dato te lo había dado yo mal. Pero no era así. Lo más genial de esta sutil maniobra, fue no decirte que eras tú, la que se había equivocado, sino esperar a que tú misma te dieras cuenta. En cuanto analizaras un poco los números, te percatarías, y entonces me admirarías, por haber cargado yo las culpas, y además, y todavía más tierno, por no habérmelo querido cobrar inmediatamente. Clase que tiene uno, qué puedo decir…
Por cierto ¿A qué esperas para darte cuenta?
Mi reverso tenebroso se descojona pensando en cuantos sueños masculinos de la oficina acabaré frustrando, si tú te decides a ser un poco mía. Ahora solo los frustra la amiga Pilar. Con su fórmula infalible: Años, kilos, vestidos translúcidos y tangas. Así que pasaré a ser su competencia directa.
Me miras un poco, te acercas la copa de vino a los labios pero casi no bebes. ¡Cachis! Pero ya no hay nada que pare esto. En cuanto lleguen los postres (Mi sorbete de mandarina al sake, y tu lo que sea) te diré cuantas cosas siento por ti.
Y tú tendrás que decir algo. No como hasta ahora que no haces más que zampar morcilla.
¡Morenaca!
Bernardo perdió el amor. Fue de la noche a la mañana, y no una larga, desgarradora y agónica despedida, que es la que él había soñado. Pero es sabido que si las despedidas son largas, desgarradoras y agónicas, es que sigue habiendo amor. Y entonces lo que no hay es despedida.
Dos no son dramáticos si uno no quiere. Y ella no estaba por la labor del dramatismo. Él hubiera dicho que el dramatismo era una característica más femenina que masculina, así que se sentía desconcertado, al verse necesitando que alguien llorara, preferiblemente ella. Y si ella no lloraba, el tampoco podía permitírselo.
¡Con lo bonito que hubiera sido un irse hacia la puesta de sol! Un cálido y húmedo alejarse derrotado, dejando la responsabilidad de la cruel decisión en ella, sabiendo que la conciencia iría horadando su entereza poco a poco, y, que un día, sin saber exactamente a efectos prácticos en que quedaría aquello, se arrepentiría.
Pero ¿Cómo superar esto?
- ¡Hasta nunca pelao!
FIN
Ella (Amparo) se despertó, no le dio opción a la pereza, y tras ducharse enérgicamente, y hacer todos los lavatorios habituales con presteza, tomar un cafetito, y sentarse a pensar en la cocina, un rato, acerca de por qué tenía la sensación de que la tarde iba a ser histórica, se decidió a pintarse cuidadosamente.
La pintura no era un arte que Amparo utilizase a menudo, sin embargo, conocedora de sus defectos, se le daba bien, y conseguía disimular su prominente calavera, con bastante efecto, y, de hecho, eran esos días en los que ella tenía más éxito. Sucedía que luego no mantenía la tensión, y la mayoría de sus citas conseguían tarde o temprano verla de cerca sin pintar, y aquellos no eran tiempos de valor, en los que se pudiera mirar a la muerte cara a cara, sin sentir rechazo. Además los del pueblo ya no se la creían pintada, sabían lo que había debajo.
Se puso un vestido negro nada largo, y las medias más oscuras que encontró, y unos zapatos negros con un tacón lo suficientemente incómodo como para resultar irresistible.
Claro que, el hecho de que la pista del circo fuese arena, le restó un poco de glamour al aspecto general que tenía ella sentada en sus silla de pista, con sus piernas cruzadas con estilo, evitando el desafortunado aspecto que suelen tener las piernas de abajo en esos trances.
Y ella, que se sentía bien, y que irradiaba esa particular belleza que no se encuentra cuando se busca, pero que cuando no se acuerda nadie de ella, sale de dentro a ocupar su lugar.
Así que los payasos se distrajeron un poco, mirándola.
Y el maestro de ceremonias, con sus elegantes chorreras también se distrajo lo suyo.
Y los cinco hermanos trapecistas, que, de acuerdo, ejecutaron sus volteretas y equilibrios con toda profesionalidad, pero que entre tirabuzón y enganche, le echaban miraditas pícaras. Pero, hay muchas mujeres que se sienten desconcertadas si les entran cinco hermanos a la vez, por muy bielorrusos que sean. Y Amparo, era de esas.
Se apagaron las luces, y sonó el rugido cercano de un tigre. Se encendieron las luces y resulta que no eran tigres, sino leones. ¡Imposible adivinar! Y en medio de ellos, con poderoso tórax envuelto en brillante chalequillo abierto, y pantalones ajustados, pero ajustados ajustados, calzado con imponentes botas de cuero negro, y tocado con elegante pañuelo piratón, apareció el domador.
Amparo no pudo reprimir un suspiro hondo y tremendo, pero el resto del público femenino no pudo reprimir unos gritos desaforados y elocuentes.
- ¡Manga de zorritas calientes! – Se dijo Amparo, ya malherida por los celos de una relación visual de cuatro segundos y siete décimas.
No supo Amparo en que consistió exactamente el número del compacto domador. Pero le siguió en cada movimiento, se fijó en como con su mano firme sujetaba el aro ardiente por el que pasaban las fieras sin dudar, confiando en él. Y ella pensó que si él se lo ordenase, ella también pasaría por un aro ardiente, que coño.
Las zorritas calientes también se quedaron embobadas viendo como el apuesto domador agitaba el látigo, y pensaban que si a ellas les agitase el látigo así, con esa parsimonia ellas también se sentarían en el suelo, y sacarían su lengua relamiéndose los bigotes, (Caso de tenerlos que ya os digo yo que alguna sí que los tenía)
Amparo se concentro en el domador, para que nunca se le olvidase el tipo que le había hecho sentir tan salvaje, por el único que recordaba ella, sería capaz de cualquier cosa. Y se concentró tanto que viajó con su mente con el domador, al futuro y al pasado. Y cuando volvió la función había terminado y la gente se estaba marchando.
Y su domador se había ido también.
Ella había decidido quedarse, no obstante un rato, para poder seguir percibiendo olores, sensaciones, tesoritos inmateriales que pudiera utilizar para recordar en el futuro. Y se fueron apagando las luces. Y se fue quedando vacío y oscuro todo.
Y, alguien cogió su mano.
Y ella se pegó un susto morrocotudo y se le escapó un poquito de pis. Vio que quien le cogía la mano era el domador, y se quedó expectante, aunque con su independiente corazón latiendo a toda pastilla.
- Me llamo Iván. Quiero que vengas conmigo.
Ese mensaje simple y directo, la dulzura de la entonación extranjera, el hecho de que le dijera primero su nombre,…o que ella estaba ardiendo por dentro…¡Vaya usted a saber!. El hecho es que ella obedeció sin rechistar.
- Yo me llamo Amparo.
- Tú te llamas su alteza.
Iván se la llevo por estrechos pasillos, a lo largo de los cuales se fueron cruzando, como era de esperar con gente vestida de colores chillones, y de las más variadas formas y tamaños, como correspondía a un circo que se preciara. Pero lo más interesante para ella, era que todo el rato atravesaban puertas en las que ponía “PRIVADO, PROHIBIDO EL PASO” y cosas así, que a ella, si se me permite la expresión, cada vez le excitaban más.
Tras recorrer otros pocos metros, en un apartado, solo que aun cubierto por la carpa, llegaron a la enorme de jaula de los leones, que estaba al fondo de la estancia de paredes de lona.
- Te lo voy a hacer ahí dentro, que lo vean ellos.
- Vale.
- No debes de temer nada, ya han cenado, y después de cenar son solo gatitos.
- No temo nada.
Así que entraron.
Y, bueno, qué contaros, para qué subiros la temperatura. ¿Decir que ella no acertaba a desabrocharle a él porque estaba demasiado caliente, y esto le ponía más y más nerviosa? ¿Y le ponía más y más caliente? ¿Decir que frustrada por no poder desabrocharle y sentirle de una vez dentro, se dedicó a morderle por encima del pantalón. Y que los leones bostezaban. Entonces tendría que contar, lo que le pareció a ella que el correspondiera a sus mordiscos, pegándole a su vez enormes y dolorosos mordiscos en su trasero. Pero a ella le encantaban. Y se lo quiso agradecer con una morada de deseo ojos contra ojos. Y le miró. Y sintió su mordisco en el culo. Y entonces pensó que si le estaba mirando a la cara…¿Cómo podía ser que le estuviese el a su vez mordiendo el culo?
Y ella se giró, y vio a su vez que quien el mordía el culo era un león.
Y, en realidad, de hecho, más que mordérselo se lo estaba masticando. Y, ella se lo fue a echar en cara a Iván:
- Pero ¿No decías que ya habían cenado y que…?
Pero, desgraciadamente, a ella no le dio tiempo más, y el león la mordisqueó toda, dejando unos despojos irreconocibles. La experiencia de Iván le permitió salvar la vida, aprovechando que los leones se ententenían con ella. Pegó un ágil salto y salió por la trampilla de arriba. Era justo cuando llegó el crío que daba de cenar a los leones, Manolo.
- Iván que dice el jefe que no metas a ninguna tía hoy en la jaula de los leones , que no van a cenar hoy porque están un poco gordos y los han puesto a régimen. ¡Ahí vá! ¿Quién les ha dado carne?
- Joder, dijo Iván, menuda la que hay liada. Anda trae el caldero y la fregona. Y los dardos. Vaya currele que me espera esta noche…
En la morgue. A lo que íbamos:
Estamos en el depósito. El maquillador post mortem ha hecho un buen trabajo con Amparo. De acuerdo, no se parece en nada a ella, con su pinta cadavérica, pero al menos parecía un ser humano. Su amigo, que le acompaña a veces cuando trabaja le dice:
- NO se parece en nada.
Y el otro le responde ofendido:
- A ver, macho para conseguir que se pareciera a ella en vida solo tenía que haberla despellejado. Lo que he hecho es mejorarla. Y, de todas formas si te esperas diez años, ya verás si se parece a ella o no.
FIN
Sobre si técnicamente Amparo era guapa o no, pudo, de haber sido ella algo más popular, haberse suscitado un debate interesante. En un lado habrían estado, vestidos con sus túnicas virginales de góspel, el equipo de los “Bien mona que es”, y en el otro lado, vestidos a la patalallana, un heterogéneo grupo compuesto a su vez de grupúsculos, que aun estando de acuerdo en que era desagradable (Amparo), no se ponían de acuerdo en la razón. (Que si el carácter ácido, que si el gesto masculino, que si los andares desgarbados, que si todas estas cosas a la vez, que si ninguna de ellas y, en cambio no se podía soportar su voz estridente…)
El verdadero intríngulis de Amparo, es que siendo alta, morena, y de facciones agraciadas, sus ojos, sin embargo, se hundían más de la cuenta, presentando al mundo, en demasía el perfil de su calavera.
Así que quedaba un poco siniestra, un poco dibujada por Tim Burton, y eso no era apreciado por todo el mundo. Como no todo el mundo en el pueblo, conocía a Tim Burton, y además se habían quedado en el análisis superficial, el resultado final era que la chica tenía su éxito pero a la hora de la verdad, los chicos preferían quedar con otras.
Porque de hecho era bien grave que su calavera se insinuase tanto tras su fina piel. Que se viesen así de bien las redondas órbitas de sus ojos, y se notase perfectamente donde enganchaban sus dientes con la mandíbula. Y si comía, que lo hacía, se veían sus huesos moviéndose al ritmo esclavo de los tendones.
A nadie le gustaba eso. A nadie le gustaba que su circulación venosa facial y subcutánea no dejase lugar a la imaginación. Era así que en el pueblo, nuestra pobre Amparo no tenía grandes posibilidades de encontrar un hombre que la amase lo suficiente.
Porque por definición lo suficiente es bastante.
Puesta a pensar en frío, llegó a la conclusión de que la única solución a sus problemas era salir del pueblo. Pero se acercaba el día de San Maximiliano María Kolbe, patrón del pueblo, y no era cuestión de irse en plenas fiestas, cuando llegaba el circo. Su espectáculo preferido. El Circo Mónaco.
Ya se iría después.
(Además no se daba cuenta la tontita, de que en realidad esta era la segunda solución a sus problemas, la primera era salir del pueblo, pero la segunda era que gente nueva entrase al pueblo)
Por fin llegó el día del patrón, y el número fuerte, el circo (Puesto que la elección de reina de las fiestas se había convertido en la aburrida designación, año tras año, de Vanesa, la morenita de las curvas vertiginosas). En esta ocasión, Amparo, había sido diligente, y, recordando que nunca había conseguido estar lo suficientemente cerca, como para ver en toda su plenitud la función, ya estaba delante de la taquilla una hora antes de que la abriesen, para no quedarse sin una silla a pie de pista, como la de Jack Nicholson en el Staples Center.
Y se fue toda contenta, tras una hora de espera con su carísima entrada de a pie de pista, y su sonrisa un poco siniestra, como la de las banderas piratas.
Y, para celebrar que aquel era uno de esos días en los que hay un suceso tan importante que se planifica todo en función del suceso (Es decir, una final de copa de Europa, un concierto de Los Ciclones, o una paella de pollo y conejo para comer) se tomó un vermú rojo, y luego otro, y se fue a casa a comer y a echar la siesta hasta las siete, una hora antes de que empezara la función en el circo Mónaco, que había montado su modesta carpa en el recinto de la plaza de toros portátil.
Y las cosas se fueron haciendo según los planes. Unas patatas guisadas con carne, y dos vasitos de tinto de la Cooperativa, le dejaron en suerte ante una siesta pesada y feliz, en la que soñó que su piel se acolchaba un poco, y que ya no se le notaba tanto la calavera, y que estaba en la estación veinte minutos antes, peinada y lavada, y pintada, de que llegara el último tren. Y que cogía el tren, el último, e incluso lo cogía tan sobradita que tenía sitio para sentarse y entablar conversación con un atractivo joven, que tenía la barbilla partida, y, que por ello según algunas gitanas que se había topado a lo largo de su existencia, iba a tener cuatro niñas. Y a ella, bueno, no le venía mal tener cuatro niñas.
Pero hasta los días felices tienen sus momentos amargos, y el móvil despertador 3g, le despertó de su siesta a las 7 en punto. (Continuará)
En el desenlace, que es ya en la siguiente parte, todo se jode un poco. Os lo aviso porque si queréis un final feliz, lo mejor es quedarse aquí. Si lo queréis es un final sincero, leed la siguiente entrega.
Leed, leed la siguiente entrega.
Calculo que estaré de vuelta el lunes 8 con nuevas historias, espero que os sigan resultando agradables. A mí me seguirá resultando agradable escribir, y mucho más, desde luego si me seguís leyendo.
Sois bastante majos, la verdad.
Y yo tampoco soy malo del todo. Hacemos un buen equipo ¿Eh?
Besos.
Estuve en el concierto que Paul Mc Cartney dio hace un tiempo en Barcelona. En el Palau Sant Jordi. Yo, reconozco que estoy enfermo con Mc Cartney, y que cualquier canción que saque, o aunque sea una música de ascensor, me parecerá lo mejor que he oído en mi vida. De hecho, por ejemplo, la canción Dance Tonight, es una especie de cosilla hecha con un ukelele, pues yo la tengo en todos mis cacharros de escuchar música. Y siempre pienso, ¡Claro, es justo la canción que había que hacer ahora, y no esas mierdas de Coldplay!.
Así que es posible que hoy acabe de sacar las cosas de quicio. En el concierto, había un ratito que Macca se queda solo en el escenario con su brillante acústica, para tocar Blackbird, y we can work it out, (casi nada), pero antes de atacar la definitiva Here Today (una maravilla), lee en español unas palabras, comenzando por estas tres:
- Mi amigo John…
3 Palabras, sí. Mi amigo John. Porque después de peleas, envidias, carneros, respuestas a los carneros, …queda el hecho definitivo de que eran amigos con quince años. Qué grande ¿eh? Qué grande que después de todo queden esas tres palabras: Mi amigo John. Decid lo que queráis, pero era Mi amigo John. Si, Yoko y toda la mierda, pero Mi amigo John.
Pues ahí te voy, Wolffo.
No estoy valorando ahora que hayas tenido sacos de paciencia conmigo y mis cositas, que me hicieras padrino de tu hija, que me hayas implicado en tus proyectos, que me buscaras cuando desaparecí, y todo eso que no quiero ir desgranando, que tampoco hace falta que se sepa todo.
De lo que hablo es que cuando me diste tu libro, recién salido de la imprenta, con su portada, su título, y sus agradecimientos (Que ya ves tú la tontuna de idea…) se me vinieron las tres palabras a la cabeza.
- Mi amigo Jordi.
Se me vinieron estas tres palabras, pero no solas. Se vinieron con los calores y los fríos de entonces. Se me vinieron con tremendo orgullo de que persigas tus sueños hasta el final. Orgullo de otro ..¿Sabes lo difícil que es para mí sentir eso?
Enhorabuena, me encanta. (Ya me lo he leído entero, haz otro)
Wolffo es mi amigo, pero os aseguro que su libro de recetas no es vulgar. Os hará sentir mil cosas, todas cálidas, todas dulces. Y os reiréis que te cagas. Ya sabéis donde podéis averiguar cómo conseguirlo, en “Las peroratas de Wolffo”. Creo que aun no está disponible pero le queda poco.
Mi amigo Wolffo.
Le dio rabia que sus hebras disjuntas hubieran perdido el acomodo que tan dulcemente les dispuso la Tata con el peinecito marrón, y que cayeran bajo la gorra Ferrari en disposición “Amigos ya no tengo pelo, solo estas hebras”, y tomó la decisión de afeitarse la cabeza.
Ya lo tenía que haber decidido antes.
Los ojillos oscuros de Sepúlveda le miraban desde demasiado cerca. Tal vez pensaba que él estaba inconsciente por no haber respondido a su saludo, pero lo cierto es que esperaba que se incorporara el resto, sobre todo las chicas, y evitarse un cruce de palabras, por muy breve siempre lastimoso, con el amigo Sepúlveda.
- ¿Qué tal tío? Ya nos extrañaba tanto tiempo de baja, en ti. ¿Estás muy mal?
- YA ves tío, un catarro.
- ¿En serio?
- No, no, es broma. Estoy mal. Si.
Vio que no se atrevía a preguntarle si iba a palmar pronto, y él, la verdad, que tampoco quería decir algo así, sobre todo por no asustar a las chicas. Vio que Patricia entraba, tintineando alegremente sus pendientes, y caminando a pasitos rápidos sobre unos tacones bien favorecedores. Pero se quedó al fondo y le dijo hola con la mano, y tal vez un “¿Qué tal?” sin voz. Se sentó en un taburete. Él se olvidó de Sepúlveda, y se dirigió a ella.
-¡Hola Patri, me alegro mucho de verte!
Y ella sonrió y volvió a saludarle con la mano. Incluso, dijo algo como:
- ¿Cómo te encuentras?
- ¡Bien, Bien!
- Me quedo aquí para hacer sitio a los demás.
Al saludar con la mano, se dio cuenta de que había sacado de bajo las sábanas su esquelético brazo. Tal vez eso había espantado a Patricia. Volvió a meterlo bajo la sábana.
Y, aprovechando su visión de la habitación:
- ¿Y los demás?
- Miriam, la vasca sube ahora, esta aparcando.- Respondió Sepúlveda.
- ¿Miriam la vasca? ¿La conozco?
- No, pero es la que está…que ha venido a…que está con las cosillas, un poco hasta que tu…
- ¿Qué me está sustituyendo?
- ¡No, no! A ver, sustituyendo no…pero un poco. Sustituyendo, dice, ¡ja,ja!
- No importa, yo me voy a pedir la baja definitiva.
- ¿No vuelves?
- Si vuelvo te jiñas. ¿Y a qué viene Miriam, que no me conoce?
- A conocerte, claro.
- ¿A conocerme?
- Y, bueno, a preguntarte unas cosillas, que tiene dudas. Pero a conocerte.
- Ya, ¿Y los otros demás?
- Que vienen mañana, porque hoy les han liado para un rollo.
Todo aquello le pegó un poco de bajón. Casi se quita la gorra Ferrari, de hecho, pero le pudo el pudor. Sin embargo la situación se había vuelto tan desagradable que, no tenía muchas ganas de conversación. Ni de razonar.
Al menos Patri habló:
- ¿Por qué has dicho que si vuelves nos jiñamos?
- Porque me estoy muriendo, Patricia.
Y el pensó que diez años trabajando juntos habían servido para algo, porque abrió la boca de modo desmesurado, y se puso las manos en la cara. Dijo algo, pero como tenía las manos en la cara no se le entendió. El tuvo que preguntar.
- ¿Qué?
- ¿En serio? Repitió ella.
- Si, si. Bueno eso dice el Dr Ansúa. Que en cualquier momento vendrá el fatal desenlace. Que no hay esperanza para mi.
- ¿Y cómo estás?
- Si, tío-dijo Sepúlveda- ¿Cómo estás?
- Bien, dadas las circunstancias.
- ¿Y no hay ninguna esperanza, ninguna?- Preguntó Patri con un hilo de voz.
- No, Ninguna.
- ¡Vaya por Dios!
Y a él le pareció una expresión que no daba suficiente importancia a su estado. “Vaya por Dios” ¿Qué era eso?. Era lo mismo que hubiera dicho si se hubiera quedado sin un top negro de su talla en el Outlet.
- Si-corroboró Sepúlveda-la vida es una mierda. Pero bueno, estamos aquí para alegrarte los últimos momentos. Para eso somos amigos desde hace más de diez años. Además, tú no hubieras querido vernos sufrir, ¿Verdad?
- Eh, eh. Que aun estoy aquí. No es lo que hubiera querido, sino lo que creo.
- ¡Bueno, bueno, no te mosquees! Que nosotros no tenemos la culpa. ¿Verdad Patri?
- Perdona, salgo un momento, que tengo un sms.-dijo Patri.
- ¿Has visto?- comentó Sepúlveda-pues la tengo casi en el bote.
- ¡Pero, coño que me estoy muriendo, joder!
- Eh, eh, tranquilo, siempre estarás con nosotros.
Se oyó la voz grave y bastante sexy de Miriam la vasca, que, en sí, aparte de rubia, y con estilo, era un bellezón pálido.
- Sepúlveda, no aguanto más, tú y tu amiguita sois basura. Me dais asco. ¿Tú eres su amigo? ¡Tú eres un cabrón! ¡Tú no eres amigo de nadie! Y la zorrita de los pendientes lo mismo. ¡Anda vete! Y de camino la coges a ella. Y os volvéis a la oficina.
- Tú no eres nuestra jefa.
- Puedo contarle a todo el mundo el asco que me dais. ¿Quieres eso?
Sepúlveda recordó que Miriam la vasca estaba bien relacionada en la empresa, y decidió irse cabizbajo. Antes de eso, le hizo un gesto a él, con el pulgar hacia arriba, y musitó un reparador:
- Ánimo, tío.
Cuando Miriam la vasca, se quedó sola con él, cerró la puerta de la habitación y se acercó hasta donde el estaba, y, le puso las dos manos en sus mofletes resecos. Y con dulzura le besó en la frente, apartando un poco la visera Ferrari. Y le dijo:
- Ya. Ya sé que no te conozco. Y tú a mi tampoco. Sólo se una cosa de ti. Sé lo grandes que son tus cojones. Me encanta la gente que no es vulgar. La gente diferente, la gente como tú, que no quiere hacer ruido para irse. ¿Me dejas que te bese otra vez? No hacer ruido para irse. No he visto tanta clase junta en mi vida. ¿Sabes?.
Ya llevaba un rato él, tratando de contener sus lágrimas, pero, él sabía que cuando alguien le reconocía una cualidad, enseguida se le ponía la lágrima en el ojo, y en las circunstancias actuales, no podía contenerse, y, coño. Pues lloró.
Y ella seguía.
- Llora, llora fuerte, pero apóyate en mi blusa, porque ninguna mancha es más honrosa que la de tus lágrimas. Y te digo más, si nos hubiéramos conocido antes yo a ti no te dejo escapar.
Y así estuvo ella, un cuarto de hora, proporcionándole a él, el más ALTO CONSUELO que él había sentido jamás. E incluso para irse, le dijo:
- Mira, me voy porque no me puedo permitir enamorarme de ti. Mañana vuelvo.
Y se dio la vuelta para irse. Pero llevaba la indeleble mancha de sus lágrimas en la camisa. Y ella se dio la vuelta, le miró a él de arriba abajo, con amor, coño, con amor. Con un amor que nunca se vio. Y el no sabía que decir. Pero ella sí:
- NO sé si me harías un favor…
Y él le hubiera hecho cualquier favor.
En la cafetería del hospital, esperaban Patri y Sepúlveda. Charlaban animadamente. Apareció Miriam la vasca. Gritando.
- ¡Pedid champán, ya lo tengo!
- ¿En serio?
- Apunta,coño,apunta: “K:|Miscampañas\Documentos\AñoActual\Ferrari.ppt” la contraseña es Patri.
- Joder, que alivio, no teníamos nada.-dijo Sepúlveda.
- ¿Y él que tal?- preguntó Patricia.
- ¿Él?-respondió Miriam-si le llego a pedir su corazón sangrante latiendo me lo da.
- Joder, gracias Miriam tía no sabíamos como sacárselo.
- NO hay problema, cuando necesitéis a alguien sin escrúpulos, contad conmigo.
- Si, ja,ja,ja.
- Si,ja,ja,ja
- Si.
FIN
Le hizo mucha gracia darse cuenta que aun en su lamentable estado, estaba pensando en cómo resultar irresistible a sus compañeros de trabajo, que venían a visitarle a las 12,00h.
¿He dicho a sus compañeros? Me refería en sentido estricto a sus compañeras. Seis o siete chicas, que tenían seis o siete atractivos cada una. Si, aquel era un buen grupo.
Marginalmente, venían acompañadas por unos cuantos de sus compañeros, de los que se podía prescindir perfectamente, pero él, cuando le avisaron de que tendría aquella visita, prefirió no decir que vinieran solo chicas, ya que eso pondría en evidencia sus aviesas intenciones de seducir.
Y uno, aun moribundo, debía conservar las apariencias.
Le sorprendió comprobar cuantas cosas aparentemente tontas, conservan su importancia aun en los umbrales de la muerte. Todo lo que era ahora, lo era hasta la muerte.
- Del Madrid hasta la muerte.
- Del PP hasta la muerte.
- Le gustaba la navidad hasta la muerte.
- Tocaría mal la guitarra, hasta la muerte.
Bien, treinta y siete kilos menos que en sus tiempos lozanos, no facilitaban, precisamente, una puesta en escena sexy y colorida. Por suerte, la máscara de oxígeno (Obligatoria, ante el riesgo de un “Ataque definitivo”, según el doctor Ansúa), tapaba sus macilentos y ahora pellejosos mofletes, y el gotero (También obligatorio ante bla bla blá) distraía la atención. Debía centrar la atención en lo profundo de su mirada azul, y en cómo encaraba la recta final. Y contar como baza a favor, con el detalle tan bonito que tienen las mujeres de tener en cuenta tanto los detalles, como para sustituir lo global por algún detalle bonito. Son capaces de apreciar los detalles: Sensibilidad.
- ¿Me peinas un poquillo, guapetona?- le dijo a una enfermera que pasaba por allí.
- Llámeme hermana.
- Pero hermana guapetona, en todo caso.
Y la hermana le peinó con bastante dulzura, y le recordó a cuando su madre lo hacía, siendo el un enano. Y se acordó que entonces no pensaba que lo echaría de menos. De hecho no pensaba, en realidad.
Después de peinarlo, un poco dulcemente, como ya he dicho, la hermana guapetona y enfermera, cambió el gesto, y puso el gesto profesional de mirar el monitor. Y también de comprobar el gotero.
- Como os gusta a todas ese programa, tata.
- ¿Te traigo un vaso de agua?
El pensó que qué pena que no tuviese sed, porque sería un placer beber con sed, y ahora placeres tenía muy pocos.
Qué coño, no necesitaba agua.
- No, hermana. Gracias. Ahora vienen a verme mis compañeros del trabajo. ¿Cómo estoy?
- Muy guapo.
- Qué bueno eres conmigo, tata.
- Hermana.-dijo la monja enfermera, sonriendo, y se fue.
Miró un poco debajo de la sábana, y se vio flaquísimo.
- Ya puedo sacarme algún detalle deslumbrante, porque de tipo estoy fatal.
Una cabeza conocida asomó a la puerta. Era, la increíble Pat, con sus increíbles pendientes, en sus bonitas orejas y con su pelo casi rubio. Un poco largo, como en dos tonos. Ella asomó la cabeza y le miró. Él la sonrió, pero ella volvió a salir y dijo en voz alta que él oyó:
- Aquí no es, coño, aquí hay un viejo. ¿Qué habitación era?
Y el por un momento pensó:
- ¡Mierda se me olvidó ponerme el puto pañuelo!- pero cogió una gorra de Ferrari.-¡Me ha visto todo despeluchado! ¡Se lo contará a las otras! ¡Hay que reducir pérdidas!
Y luego oyó
- Era la 239 Es esta ¿No?
- ¿Es la 239 o la 293?
- La 239, que no soy disléxico.
Y se asomó la cabeza de Luis Sepúlveda que no era disléxico. Y su cabeza volvió a salir, para decir.
- ¡Eh, que está aquí, que es este!
Y volvió a entrar, para decir:
- ¡Hola campeón! ¿Cómo estás?
Y, los demás no se fijó, pero el Sepúlveda entró con una amplia sonrisa, que son embargo resultaba desagradable.
(CONTINUARÁ)
Yo al volante. De ida. Tan socarrón y altivo, tan al mediodía. Tan al sol por entre los valles. Mi bala de plata cruzaba como una flecha sobre el puente estrecho del pantano. Estrecho sí. Pero mi firme mano, y el peso de mi ciega confianza, hacían que, aun a escasos centímetros del borde del puente, no disminuyera en absoluto la velocidad, sino que, al contrario, la aumentase un poquito, quizá imprudentemente, a sabiendas de que ya estaba muy por encima del límite.
¡Bah!, La primavera le estaba pegando un buen repaso a las faldas de las colinas, que les salían por aquí y por allá sarpullidos de placer en forma de florecillas silvestres, tan pequeñas y tan pizpiretas.
Y nada de esto importaba mucho en realidad, porque a mi lado, sentada sobre su trasero mulato y festivalero, viajaba Isabel, la cubana. La joven brujita de los ojos negros. Viajaban ella y todo su glamour a mi lado, ella envuelta en un precioso vestidito medio lila quizá, pero algo cortito y yo iba disfrutando, aunque no en plan guarro, sino admirando dos piernas tan, tan…igualitas.
Ella iba callada, mirando al frente, y sin desviar la mirada del frente, más que para enviar algún sms por su móvil de última generación. Cualquiera hubiera dicho que era una borde altiva. Pero yo sabía que no.
Alcanzamos la autopista.
Y en la autopista nos hicimos menos iguales. Aun en las carreteras secundarias, con el balanceo por los baches, y lo corto de la velocidad, éramos dos seres humanos, que no se diferenciaban en el estatus, sino solo en detalles como las piernas de seda, el vestido lila y los pechos morenos y apretados. Que uno los tenía y el otro no.
Pero ya en la autopista se vio que yo era el chófer de su madre, y ella mi trabajo, un encargo de su madre. No sé porque pasó eso. No sé por qué la diferencia vino a interrumpir mis sueños de verano. Fue tal vez la compañía de los otros vehículos, o los camiones de transporte de animales vivos, o los “veículo longo”, o tal vez que se puso a hablar con sus amiguitos de la universidad de París La Sorbona, en ridículo francés.
Y que yo no entendía nada.
Pero definitivamente, cuando entendí que no pararíamos a hacerlo en los servicios de una gasolinera, fue cuando se quitó las gafas de sol, y mirando al frente, donde destacaban las enormes montañas de la cordillera cantábrica, me dijo, dirigiéndose a mi, por primera vez en todo el viaje.
- ¿Sabes? Cuanto más admiro estas magníficas montañas, más me doy cuenta de lo insignificante que eres.
FIN
Mucha gente no se cree que en Villalba de Guadarrama hay un microclima como un piano. Es gente que ha viajado mucho, que allá donde han ido les han explicado lo del microclima, para que no se les ocurriera ir a comprar mandarinas al pueblo de al lado, ni a tomar chatos a la capital: “Es que aquí el aire del monte hace como un reviraje que lo que consigue es que se enganche la humedad, y de ahí la clase especial de uva que tenemos.”
Todo este asunto del microclima se empezó a venir abajo, cuando un grupo de aguerridos excursionistas hizo oídos sordos a las recomendaciones de un gurú del microclima, y se fueron a comer un potaje de garbanzos al pueblo de al lado, y les supo a gloria bendita, y desde entonces funcionó el famoso “boca a boca”, diciendo que lo del microclima era un paparrucha.
Muchos grupos de excursionistas, desde entonces, abuchean a los lugareños que les salen con esas zarandajas, e incluso llegan a agredirles, hartos de tan manido asunto.
- ¡Microclima tu puta madre!- Se oye decir a algunos.
- ¡Microclima los cojones!- Se oye a otro.
- ¡Vamos venga!- Dice uno que no quiere discutir.
Pero esta justa indignación, no debe de hacernos pensar que el microclima no existe. Es decir que el hecho de que algunos hagan un uso interesado y fraudulento del microclima, no implica que este sea una falacia absoluta.
De hecho, como ya he dicho, en Villalba de Guadarrama hay un microclima.
Fue por eso, que al salir el sol aquel día de noviembre, lo vi tan resuelto y fortachón, que no me cupo duda alguna de que el microclima se había presentado en esa parte de la sierra, dispuesto a convertir un día a priori frío y desapacible, en una auténtica jornada tropical de “ya tu sabes mi amol”.
Por eso me aticé un mojito a la una. Pero sobre todo, por eso estaban abiertas las ventanas de mi salón a las dos. Y, gracias a eso pude escuchar a mi vecino de abajo, soltar la siguiente perla:
- ¡YO ESTOY GORDO! ¡TÚ ESTAS GORDA! ¡TUS HIJAS ESTÁN GORDAS!
Y tras un silencio fatigoso:
- ¿SE PUEDE SABER POR QUÉ COJONES HACES TANTA COMIDA?
Veo arces que no guardan el secreto
desde la luz de mi ventana abierta,
Veo al cotilla trasluz la sombra muerta
que con su orín pintó, en la pared, mi nieto.
¡Que hubiera sido, que no fui!-le espeto
al amargo dios, de la vida incierta
¿Por qué tu recuerdo siempre despierta
en mi la necesidad de estarme quieto?
Quieto sí. Quieto siempre yo me quedo.
Quieto al ladito del cálido fuego,
ocultándome de otro latigazo.
Ascendió a oficial el soldado miedo.
dígame adiós tu recuerdo, hasta luego
que verse así, mi amor, es un coñazo.
Tú fuiste mi línea del horizonte,
mi Norte, mi Sur, mi sueño, mi vela,
mi limbo, mi infierno, mi luz, mi estela,
tú fuiste mi mar, mi ciudad, mi monte
Tú fuiste mi abismo, pero también mi remonte
mi calle, mi casa, mis juegos, mi escuela
tú fuiste mi prima, mi nuera, mi tía, mi abuela
y el cuerno punzante del rinoceronte.
¿Dije antes mi abuela? NO, perdón, dispensa
Mi abuela sorbía la sopa de forma estridente
Y dormía rugiendo, como las fieras
Pero el resto lo fuiste, y de forma intensa
y hoy mi triste corazón se arrepiente,
de no haber hecho nunca que lo supieras.
Y ya que lo conseguiste…¿No habría que celebrarlo?
Un temible tándem, en el que pedaleaban, por un lado mi poderosa conciencia con su infatigable ritmo que movía exigentes desarrollos, y que me quería echar en cara la falta de confianza que había demostrado en el Búfalo, y por otro lado la irresistible realidad, grandísima escaladora, que me seguía a todas partes con el cuentito de que yo jamás le había dirigido la palabra a el Búfalo, me impedía dar satisfacción a mi creciente curiosidad sobre cómo el amigo Búfalo había logrado ganar el duelo.
¿Habría estudiado? Pero yo no recordaba haberlo visto escribir ni una palabra. Y también es cierto que yo no era un ejemplo de capacidad de observación. Quizá habría escrito sin que yo lo observase. A fin de cuentas, me habían robado tabaco de esa manera. Pero mi instinto me decía que no. Que con algún misterioso y hábil mecanismo, el Búfalo había conseguido su propósito.
Resolví preguntarle. Un día a la salida de una particularmente asfixiante clase de geografía. (No ya por el calor climatológico en sí, es que además el tema era la geopolítica del África Negra, y yo me imbuía de los factores climáticos de las regiones que estudiábamos) le esperé a la salida. Recuerdo que encontré el valor de dirigirme a él con la vieja táctica de no pensar en ello. Así que muy decidido y, creyendo derrotada de antemano a mi timidez, le miré.
Y fue él quien me habló.
- ¿Tú que miras, soplapollas?
- ¿Yo? Nada. Que…
- ¿Que qué miras, te he dicho?
- ¡Que nada, que quería hablar con De Miguel, que está detrás de ti!
Bueno, pues aun así al pasar me atizó una colleja.
De manera que mi curiosidad plegó velas ante la hostilidad de el Búfalo, y se fue haciendo pequeña, hasta no ser enemigo frente a mi gigantesca cobardía. Pero aquello no iba a quedar así. Sólo tenía que esperar un tiempo, mantenerme alejado y volvería a la carga.
Veintidós años me parecieron un lapso razonable.
No, por favor, esta manera de hablar no significa que no pasara nada en aquellos veintidós años. Soplaron vientos, cayeron lluvias, los indicadores económicos se pusieron de todos los colores, me convertí en un atractivo ejecutivo de una multinacional, tuve tres novias, no se quedaron, tuve tres amigos, tampoco se quedaron, y la verdad que todo lo que empezó siendo importante en este relato, se sumergió en el mar del olvido, como una yogurtera, y nunca más se supo.
Hasta aquel día.
- ¡Ring!
- ¿Diga?
- Soy Vergara.
- ¿Quién?
- Vergara el que aprendió a ser diestro.
- ¿Quién?
- ¡¡Del cole, hombre!!
- ¡Vergara, ahora caigo! Perdóname chico, soy más despistado. ..¿Cómo te va? ¿Te casas? No es que me importe pero ¿Cómo es que tienes mi teléfono.
- ¿Tu teléfono? Me dio tu número Márquez.
- ¿Márquez?
- Sí, hombre, el que decía que se había enrollado con la chica que limpiaba en su casa.
- Ese era Arias ¿no?
- ¿Arias? No, no, era Márquez. ¿O era Arias? Lo mismo eran los dos.
- ¡Anda! ¿Y cómo tenía Márquez mi teléfono?
- Ah, pues eso no lo sé. Oye que te quería comentar una cosa.
- Dime, dime.
- ¿Te acuerdas de Willy, el Grajo?
- ¿El Grajo? Sí, claro, el de las chaquetas imposibles y las corbatas muy difíciles.
- ..pantalones milagrosos…
- Si, el de Historia, si. El grajo.
- Pues te tengo que dar una mala noticia: Ha hecho su última migración.
- ¿A dónde?
- Vamos, que, en fin, que se ha muerto, que ha palmado, el pobre.
- Ostrás…
Como ocurre en la alta literatura muchas veces, todo el desprecio y el odio (Bueno que no era odio, sino asquito) se me presentó en el acto, señalándome con su enorme dedo índice de color negro, y gritándome como solo los dedos índices gigantes de color negro saben hacerlo.
- ¡Injusto, injusto!
Ahora me daba pena, el pobre Willy. Tendría su nombre de verdad. Y tal vez él me hubiera tenido cariño. Esperaba que no. ¡Que me hubiese odiado hasta la muerte!, bueno eso tampoco, no fuera que me persiguiera en plan fantasma…Seguro que tenía familia…espero que no una linda cría de tres años regordeta y con enormes ojos azules, preciosa, sino un repulsivo adolescente de 16, amargo y que no le doliese tanto…
Sería todo más llevadero.
Un luminoso día nos recibió en el cementerio. Hasta gorjeaban los pajarillos en un tono completamente irrespetuoso, desmadrado. Algunos de estos pájaros tenían el pecho lila, de un lila tan vivo, que hacía juego con las chaquetas de los empleados de la funeraria, tan falsamente compungidos.
- Prefiero que finjan a que canten rumbitas, la verdad.- Dijo alguien.
Cuando me acerqué al cementerio, iba con la sospecha de que me encontraría a todos mis ex compañeros allí, en plan plañidera profesional, haciendo una ceremonia colectiva de la emoción. Pero que va. Allí había un cura, sí, y unos empleados de la funeraria, también. Y los pájaros, los del pecho lila y los normales. Y una señora mayor, supongo que la viuda, que no lloró gran cosa, ni dijo muchos “ayes” ni “¿Qué me has hechos”?y un señor de oscuro, con gafas de sol. Que todo el mundo, excepto yo, sabía que tenía que ser el Búfalo.
NI siquiera estaba Vergara. Él, que me había llamado para avisarme del entierro.
Después de decirle adiós con la manita, a Willy el Grajo, me acerqué a la cafetería del tanatorio, a fumar a gusto y a tomarme un cafetito, que se agradecen mucho en esos días de pájaros de pecho lila y curas ortodoxos. Y aunque bien se merecía el Grajo, unos pensamientos agradables, lo cierto es que ni ese esfuerzo hice, dedicándome en cuerpo y alma, al pensamiento de que necesitaba encontrar una novia buena y que me quisiera. Que le gustara tomar cañas conmigo, y que nos riéramos de nuestras cosas, y, yo a mi vez quererla también, y…
- ¡Hombre, mi soplapollitas preferido!
Brusco, pero eficaz.
- ¿Búf…Blázquez?
- Búfalo, Búfalo, en el trabajo me llaman así también. Dame un abrazo, tío.
- ¡Cómo no!
- Joder, cuánto tiempo.
- Si, je,je.
Me tenía un poco confundido la cordialidad de el Búfalo. De acuerdo, que ya había pasado mucho tiempo desde que habíamos estado en el cole, y que todas las zarandajas de la adolescencia se tenían que pasar, pero que de atizarme a collejas pasara a reclamarme abrazos calientes…
Tuvimos una charlita casi agradable y pasamos de los cafetitos a las cañas. Es verdad que yo no estaba del todo a gusto, poniéndome morado de cañas en la cafetería de un tanatorio, mientras a mí alrededor se cocían todos los grados de la tristeza, desde la tristeza aullante, hasta la apagada por la infravalorada resignación.
Pero el Búfalo y yo cada vez estábamos más cocidos, y éramos, dentro del respeto, cada vez más cariñosos el uno con el otro. Nos íbamos pagando las cañas el uno al otro, por riguroso turno, y, coño, nos estábamos como queriendo, dentro de una estricta heterosexualidad, por supuesto.
Hubo un silencio, y sin solución de continuidad, otro. Y entonces me dijo sonriendo:
- ¿Quieres saber cómo lo hice?
Yo no sabía a qué demonios se refería, pero tenía unas inmensas ganas de caerle bien, y no me parecía oportuno, ni cortés preguntarle a lo que se refería, dado además el aire misterioso e interesante con que lo había preguntado.
- ¡Pues claro!
Y fue, el estilo sencillo y leve con el que desgranó su historia, lo que me hizo al fin recordar.
“¿Recuerdas? Todo empezó cuando el Grajo me retó delante de todos. Ahora pienso que aquello era lo único que podía provocar que me esforzara en algo. Si te digo la verdad, llegué incluso a pensar en estudiar. Pero enseguida rechacé una idea tan estúpida. Si estudiaba el que ganaba el reto, en el fondo era él. Presumiría de haber conseguido encauzar a un antisistema, y me pondría a mí como ejemplo de sus hazañas. Pero, por otro lado, si suspendía, también ganaba él, así que la única forma en que podía ganar yo, era aprobar haciendo trampas. Y así empecé a pensar y a pensar. Pensé como no había pensado en mi vida.
Fue una experiencia.
Y, de tanto pensar se me ocurrió que podía seguirle, a ver si así se me ocurría algo. Y durante un tiempo le seguí. Le seguía a distancia, prácticamente a todas partes. Y durante días, me pareció que no iba a dar sus frutos. De hecho te confieso que llegué a pensar en abandonar. Y en las del abandono estaba cuando se me apareció su figura en sueños. Con su carpeta blanca gastada a cuestas. Siempre con ella. Y fíjate…
- ¿Me pides otra caña?
- Claro.
…Y fíjate que me di cuenta de una cosa. La carpeta estaba siempre. Nunca tenía una cartera, ni una bolsa ni nada. Todo lo llevaba a cuestas, y fue entonces ( Y es posible que no te lo creas) fue entonces cuando algún loco diablo oculto me guió por la senda del talento que yo no había transitado jamás, y me obligó a diseñar el plan perfecto.
Y llegó el día del examen. Y, conforme a mi plan, no escribí nada. Bueno, de hecho, aunque el plan no fuera ese, tampoco hubiera escrito nada, excepto quizá mi nombre y la fecha.
- Pero entonces, si no escribiste nada ¿Cómo aprobaste…?
- ¡Calla, coño!
De todas formas, no escribir nada, formaba parte del plan. Así que permanecí haciendo como que escribía (cosa bastante difícil), durante todo el tiempo. Y cuando por fin acabó el suplicio, aproveché la melé que se forma siempre al final de los exámenes, para escabullirme sin entregar el mío.
- ¿No lo entregaste? ¿Hiciste el cambiazo? ¿Pero cómo?
- Cálla la bocota ya, hombre.
Con toda tranquilidad, y esperando tener la pequeña suerte de que no corrigiera los exámenes aquella misma tarde, me fui a casa, y rellené el examen con ayuda de los libros. Eso, si, teniendo cuidado de no sacar una nota que no fuera creíble. Un 6 podía valer. Incluso casi era mejor un poco menos.
A la mañana siguiente, casi deslizándome por encima del rocío que se había condensado en el parque, pero pensando más en Rocío Corredor, una del cole de al lado, entré en clase del Grajo con la única misión de deslizar mi examen en su carpeta blanca…
- Pero no podías, éramos muchos testigos. Era muy difícil acercarte a la carpeta sin que te viera.
Exacto. Era imposible, y aquí viene la parte artística del asunto.
Esperé pacientemente a que terminara la clase. Vi al Willy salir con su carpeta blanca, repletita de papeles, y obedeciendo al diablillo que me había inspirado, me acerqué a un crío de los de primero de EGB, de esos inocentes, de 6 años o así y le dije:
- Chaval, mira…¿Ves a ese señor de allí?, dile que se le ha caído esto.
Y le di el examen, y vi desde lejos y medio oculto, cómo el Grajo, con su aire distraído habitual, acariciaba la cabeza del muchacho, y se metía el examen en la carpeta, junto con sus hermanitos. ¿Qué te parece?
- Macho, me dejas loca, me parece brillante. ¡Dos cañas!
Y esta es un poco la movida, espero queridos lectores, que os haya gustado, en cualquier caso, podéis contar con mi amor incondicional. Eso sí.
Si, si, los vectores no son cosa fácil (Y tú lo conseguiste)
En otras ocasiones que yo haya visto, los “duelos al sol”, una vez que se plantean adquieren un notable protagonismo, de manera que ya no dejan el papel protagonista hasta que se llevan a cabo. No fue el caso, aquí una vez que se supo que Willy “El grajo” y el Búfalo se enfrentarían en un examen de arte y muy señor mío, la cosa decayó, y tomaron su importancia otras cositas cotidianas, como el rumor de que Rufus era adoptado, o que a Vergara sus padres le llevaban a una escuela para que el chico aprendiera a escribir con la derecha, ya que era zurdo redomado.
Eso sí, las cosas cambiaron un poco desde aquel momento. Por ejemplo, Willy ya no preguntaba en clase a El Búfalo, seguramente con el afán de que nadie le acusase una vez ganada la apuesta de acosar al pobre herbívoro. Willy eligió desde ese momento a otras víctimas, víctimas que no tenían nada que ver con el duelo. Víctimas como yo.
- Angulo, ¿Cuáles son las características del neoclásico?
- No sé, ¿Moderación?
- Moderación.
- Si, como sencillez, como una vuelta a los esquemas del renacimiento.
Eso es lo que tenía yo, Angulo, muy buen rollito que envolvía una piedra de no tener ni puñetera idea. Creí dar con la frase ideal y la lancé.
- Una huida de los esquemas recargados del barroco.
Willy que tenía el hombre su sentido del humor, expandió sus brazos y sobreactuó un tanto para decir:
- ¡Un pañuelo, dadme un pañuelo! Qué frase tan bonita nos has dicho, Angulo. Te agradezco que seas tan lírico.
- De nada,- dije yo tranquilamente para desactivar las risas de los pelotillas.
- Hala, pues ahora descansa. ¿Melero?
Esto yo sé porque lo hacía, preguntaba a uno de los top gun, después de preguntarme a mí, porque mi respuesta no había sido lo suficientemente mala para que pudiera ser ridícula por si misma, y entonces necesitaba a un top gun para que quedara más patente. Y ni que decir tiene, Melero cumplió su cometido y desgranó una efectista descripción del neoclásico, que dejaba mi respuesta a la altura del betún. Pero a mí me daba igual, mi respuesta no había sido tan mala. Después, Willy “El grajo” se volvió hacia mí.
- ¿Has entendido?
- Sí, si. (Pero lo dije con la “u”, más despectivo: Sú, Sú)
Y miré, amenazadoramente, sí, pero sin que se pudiera probar ante un tribunal que mi mirada era amenazadora, al listillo de Melero.
Lo más importante, para mi desolación, es que el “Duelo al Sol” no formaba parte de las conversaciones del recreo, ni de ninguna otra conversación. Y para mi era decepcionante, porque yo me había empapado de cómo se había desarrollado todo, y quería saber cómo acababa, y que se viviera intensamente, y que todo el mundo estuviera pendiente. Pero a todo el mundo parecía darle igual. Seguramente es que todos daban por ganador del duelo a Willy, y nadie creía que el Búfalo pudiera hacer el esfuerzo de estudiar, aunque fuera sólo para un día. Bueno, de hecho, el Búfalo, aparentemente, se había rendido. Realmente sólo le veía observando, a su vez a Willy, durante los recreos y la hora de comer. Se hizo tan íntimo del Willy, como la carpetilla blanca que este siempre llevaba consigo, llena de papeles a reventar, y sin cerrar, como correspondía al clásico profesor desordenado.
El día del examen-duelo, la primavera, que había perdido un diente, en justa venganza pegó media vuelta de tuerca al clima, y la temperatura, un poco calurosa de por sí, subió un poco.
Pero no estábamos para zarandajas, ante la pasividad de la clase, que no la mía, allí se estaba llevando a cabo un duelo. Willy empezó a repartir las hojas, que según pude ver llevaban un sello anticambiazo, y las preguntas estaban correctamente mecanografiadas, dejando un espacio suficiente para las respuestas. Especialmente para mis respuestas, que solían ser cortas, aunque a mi me gustaba llamarlas concisas.
Me fijé que al darle sus hojas de examen a el Búfalo, el Willy lo hizo con cierta suficiencia, no digo que las arrojase a la cara de el Búfalo, pero sí que las dejo deslizar sobre su mesa con cierta displicencia. Esto me hizo juzgar a Willy como mediocre y sin clase ninguna, como un ganador de los pequeños. Si en vez de eso, le hubiera dicho, “Te deseo buena suerte muchacho”, pues hubiera entrado a mis altares, donde habría podido tomar café con Kempes y Mc Cartney, entre otros. Pero al final, mejor que fuera mediocre y capullo, así mis preferencias estaban claras.
- ¡Con el Búfalo perdedor a muerte!
Me concentré un poco en mi propio examen. Estaba muy pulcro, con su huequito para el nombre (Nombre:Juan) para los apellidos: (Apellidos: Rubio Alcázar) y para la fecha (Fecha: ….), y en seguida sin saludar, la primera hoja y el primer disgusto: Características Diferenciales del Neoclásico. Pensé que mierda, que ojalá hubiese prestado más atención a lo que había dicho el Melero no hacía tanto. Pensé que a lo mejor si hacía un esfuerzo para recordar…pero enseguida descubrí el camino fácil, tal vez la siguiente pregunta. Pero tras leer la siguiente pregunta llegué a la conclusión de que era más ardua que la primera. Por no hablar del resto de preguntas, que si quien pinto esto, que si quien pinto aquello, que si describe el estilo impresionista y cita tres ejemplos. ¡Tres! Y yo con la duda de si “Las señoritas de Avignon” era un cuadro impresionista, y caso se serlo, si sería de Degas. Y si era ¿Sería Degas impresionista, a su vez? Y el de “Esplendor en la hierba” ¿Era un cuadro o era un peli? Porque si era peli no me valía para nada. De ese no tenía claro el título, pero si que recuerdo que salía un paisano y unas mujeres todos tumbados en plan incómodo, merendando o haciendo el tonto…
Todas las preguntas, hasta la 10 eran extraordinariamente difíciles. De modo que hice un trabajito de aliño, extendiendo y dando de sí a tope todos los conocimientos que yo tenía del área, y buscando vericuetos y perífrasis que me dieran un perfil que añadir, al siempre parcial que ofrece la simple y desnuda sabiduría.
Diez minutos después, y con cincuenta de examen por delante, estaba en disposición de observar detenidamente a los contendientes. Willy, y el Búfalo.
Y la decepción fue tremenda. Mayor aun que cuando me di cuenta de que jamás aprobaría el examen. Por lo que veía desde mi sitio, el Búfalo solo tenía puesto su nombre, y la fecha. Y, aunque no se había llegado a echar atrás en el asiento, como hacía otras veces, no escribía nada. Sólo hacía como que estaba a punto de empezar a escribir. Y así gastó el tiempo. Con esa postura de estar a punto de poner algo en el papel. Y sin acabar de ponerlo. Y yo, muy decepcionado, sobre todo con la falta de lucha, me dediqué a mi propio examen. Lo redondeé lo mejor que supe, y cuando Willy dijo lo que siempre decía:
- Cinco, cuatro, tres, dos uno…¡Se acabó, señores!. Entreguen el examen ¡Ya!
Me levanté a la vez que todos, como siempre, y entregué mi examen metiendo la mano por entre la melée que se formaba alrededor de la mesa de Willy.
La mesa de Willy “El grajo”.
Willy metió los exámenes en su carpetilla blanca sin cerrar, la que llevaba siempre, de cartulina reblandecida por el sudor de su mano, y a lo mejor por el cambio climático, y se fue.
Y el se iría a sus cosas, no lo dudo, a cuidar a sus hijos o a ver una obra de teatro, o lo que sea que hacen los que pueden dormir después de catear a hordas de víctimas adolescentes. Pero a mi me dejó la decepción de ganar el duelo de una forma fría y terapéutica, por la vía no romántica de la fuerza. No con imaginación, no con estilo.
Solo teniendo razón. ¡Qué gris!
El asunto fue que no teníamos guardia del tiempo, y vino una semana con prisa, y pasó. Y llevaba otra pegada al culo, en plan macarra y esa otra también pasó. Y eso era un tiempo más que razonable para que a Willy le diera tiempo a corregir los exámenes y para que nos dijera los resultados.
Y entró de prisa en la clase, imponiendo silencio con su paso apretado, con su carpetita sobada bajo el brazo, y musitando un “buenas tardes” nada cariñoso.
Como intimidador.
La respuesta (como la voluntad de los electores) no fue unánime, sino que cada uno dio la medida de su propio estado de ánimo, ya fuera respondón, amenazante, timorato, pazguato, crecidito, alegre, ignorante...pero lo cierto es que la resultante de todo aquello fue un “Buenas tardes” intimidado.
Pero esto daba igual. Lo importante vino sin anunciarse. Willy cogió la carpetita blanca sobada que nunca se olvidaba, y fue sitio por sitio, recitando las notas en voz alta, al tiempo que nos daba los exámenes corregidos.
- Muy bien, Ariza, un 7,75. Obregón, un 5,5, lo puedes hacer mejor. Müller, un 4,5, sigue así y te estrellarás, ya te dije que te estás confiando, y ahora empieza el sprint final. Maldonado, un 1,75, a ti no te digo nada, tú verás.
Y así iba caso por caso, el Grajo, repartiendo premios y castigos, en su papel de dios. Me tocó el turno.
- 3,75. Enhorabuena.
Pues me sobró el sarcasmito. Para lo que había estudiado un 3,75 era un meritorio y más que digno “insuficiente”. Pero por lo visto no había tenido suficiente:
- ¡Ah, y te recuerdo que “Esplendor en la hierba” es una película, tal vez quisieras referirte a “Desayuno en la hierba”.
La clase se descojonó a gusto, incluso Maldonado, con su 1,75. El becerro. En aquel momento deseé que la mujer de Willy se lo estuviera haciendo con Domi, el jardinero. También lo deseaba por Domi, que era un tipo anciano, aunque muy majo, y que se merecía una alegría.
Willy sacó un examen. Y se dirigió al establo del Búfalo. Lo llevaba en la mano izquierda y la levantó un poco. Y se dirigió a él. Y yo pensé que encima de ganarle, le quería humillar. El perro sarnoso de Willy “El Grajo”:
- Blázquez. ¿Te acuerdas de la apuesta que teníamos?
- Si.
- Pues enhorabuena, lo has conseguido, 5,75. Yo cumpliré mi palabra.
Y me quedé tan alucinado que ni siquiera me puse a analizar cómo demonios podía haber ocurrido.
Pero llegué a saberlo. Y os lo quiero contar, si sois tan amables de seguirme a la tercera parte de esta historia tan inverosímil.
(Continuará)
A ti, por aprobar los vectores.
Willy “El Grajo”, a pesar de su doble mote , y de no tener cuello, y de usar chaquetas de espiguilla de los años 70, y a pesar de que sus camisas no fueran de colores nobles y maduros como el rojo o azul, sino de mezclas bastardas entre ellos y otros colores cachorros, era nuestro profesor de historia.
Ya asomaba sus napias la primavera por entre los pijos prados de mi colegio, y, por tanto, ya habíamos dejado atrás las siniestras costumbres funerarias de los mesopotámicos, y las más pintorescas aun de los Egipcios. Los más adelantados ya sabían que Apis no era solo una marca de foie grass, y que hubo gente en la antigüedad que sacaba los cerebros de los muertos por las fosas nasales, y que tenían tiempo para establecer delirantes relaciones matemáticas entre las distancias estelares y las aristas de las pirámides.
Ya habíamos dejado atrás a los griegos y a los romanos, sin que nos quedara claro si Ulises, Júpiter, y Hércules habían existido de verdad, o eran como Platón, una tremenda y pesada fantasía.
Willy era un hombre de método y de procedimiento, no se saltaba ni un solo hecho importante del pasado, y cuando nos vimos en el Renacimiento y el Barroco, ya llevábamos encima no solo la pesada carga de los principales hechos de la humanidad, sino también todos los motivos y distinciones entre las diferentes manifestaciones artísticas.
Sobre todo catedrales y tal.
Desde el escepticismo y la inmadurez, que infundían en mi la creencia de que el arte no hay que explicarlo, sino que hay que verlo u oírlo, se me hacía muy cuesta arriba seguir las afanosas y procedimentales explicaciones de Willy, y con la música de fondo de palabras como capitel, cruz latina y gárgolas, me sumergía en un reparador sopor, que no era en si un estado de somnolencia absoluto, sino una especia de estado de vigilia, que me permitía el clásico entretenimiento de observar sin ser visto.
A la mayoría, tipos serios y maduros, y buena gente quizá, como Alemany o La Porta el pelirrojo, no merecía la pena observarles, se limitaban a subrayar sus libros con líneas perfectas bajo las palabras precisas. Estoy seguro de que no subrayaban a lo bobo, como Romero o Sangrador. En cualquier caso subrayadores finos o de brocha gorda daban lo mismo, ninguno de ellos cumplía su misión de entretenerme. Ahora bien, en toda manada hay dos o tres ejemplares que hacen algo de particular. Y en especial, uno que siempre resultaba de lo más entretenido era Blázquez.
El Búfalo.
El Búfalo siempre estaba haciendo algo divertido. Y no de cara a la galería, como hacía por ejemplo el Cherokee, que siempre miraba a hurtadillas con su cara de indio malo, a ver si el público se reía. No, el Búfalo era más profesional en eso. No era un showman. El dejaba una grapadora boca arriba en la silla de Sanchidrián, cuando este se levantaba a contestar alguna pregunta absurda del Willy, y ni siquiera se reía cuando Sanchi pegaba un gritito al sentarse al notar que se le grapaba el culo. Como gamberro era de lo más serio.
La mañana en la que empezaron a suceder los hechos que aquí se narran, Willy estaba desgranando un surrealista repertorio de descripciones de edificios y objetos barrocos, entrando en detalles inverosímiles acerca de por qué una simple silla, o la fachada de una panadería de Salamanca se hacían de una forma y no de otra. Llevaba Willy cinco minutos de exposición, cuando observé que El Búfalo se agachaba a ratos tras su pupitre y luego se levantaba poniendo cara de que no estaba haciendo nada malo. En realidad según pude ver realizando un pequeño escorzo, estaba comiéndose un señor bocata. El hecho en si, no es que tuviera mayor gracia, pero la verdad es que la cara que ponía El Búfalo al incorporarse, el esfuerzo que hacía para que no se escapara el atún con mayonesa de sus inflados mofletes, y el disimulo que se traía para masticar sin que se notara, resultaba un conjunto de lo más gracioso. En serio, podéis fiaros de mí.
Ni que decir tiene que El Búfalo se comió todo el bocata tranquilamente, e incluso una vez terminado se limpió los morros con una servilleta, esto ya lo hizo sin ningún disimulo porque a nadie podían echarle en cara que se limpiara los morros. A fin de cuentas eso no demostraba nada.
Sin embargo Willy, de apariencia ridícula, no era del todo gilipollas, y estaba descontento con todo el sector de las malas notas de clase, y específicamente con el enorme herbívoro. No ya por su escaso rendimiento, sino porque con independencia de que se pudieran probar ante un juez sus fechorías, lo cierto es que era una mala influencia para los demás. Especialmente para los que no teníamos personalidad, como yo, y éramos más influenciables.
Así que aquella mañana, el amigo Willy, cerró antes del final de la clase el libro de texto, y miró directamente a el Búfalo. Le miró a través de sus enormes gafas de los años 70, un poco de señora, la verdad, y ante el extraño silencio, que se hizo, el Búfalo, que andaba distraído en hacer la digestión del bocata, le miró también, y he aquí lo extraño, el Willy, tenido por pacato y cobardón, le sostuvo la mirada, y, agarraos de donde más os duela…¡le habló!.
- A ti esto te importa un carajo. ¿Verdad?
EL Búfalo no era un macarra, simplemente quería pasar por el colegio sin dejar huella. Así que buscaba un conflicto ni nada de eso. De manera que no contestó. Y a pesar de su apodo, no dijo ni mú.
Pero Willy por una vez no se arredró.
- ¿Tú me puedes decir de que he estado hablando la última hora?
El Búfalo podría haber seguido sin contestar, pero seguro que no quería estirar las cosas hasta ese punto, se conformaba con que aquello quedase en un inútil estirón de orejas y ya. Suspender no le era un hecho desconocido que le fuese a provocar un río de lágrimas. Así que optó por una respuesta escurridiza.
- ¿Qué le diga yo a usted lo que ha dicho usted?
- Que me digas de que he hablado en la clase, Blázquez.
- Del barroco y eso ¿no?
- ¿Me puedes especificar un poco más?
- De las causas y eso. También de una silla.
Se hizo un poco de silencio, le tocaba el turno al Willy, y seguramente quería decir algo importante. Algo que fuera tenido en cuenta.
- Al principio estaba enfadado contigo, pero ¿Sabes? Ya me da igual. Creía que no estudiabas porque no querías, pero ahora veo que eres incapaz de aprobar aunque solo sea una vez. De hecho, para demostrarte de lo que estoy seguro de lo que digo, si apruebas el próximo examen, fíjate lo que te digo, te apruebo en Junio directamente.
- Hecho.
Y así, de una manera tan fina quedó planteado el duelo al sol.
No os perdáis los disparos.(Continuará)
TENGO UNOS PANTALONES DE TELA DE JUICIO, MI AMOR, QUE ABRIGAN LAS PIERNAS DE MIS FALSAS ESPERANZAS
Sollozos breves (Una toma)
A la pregunta de si Julio está disgustado por haber nacido capaz de ponerse en el pellejo de los demás y sentir lo que sienten, la respuesta de los expertos es que no.
En cambio Clara, cantarina, cítrica, inquieta y revirada, maliciosa, pizpireta, gatuna y aguda, no pone tan de acuerdo a los expertos, porque su malicia es espontánea y no surgida de la reflexión. Lo cual, a decir de algunos, resta maldad a su maldad, y a decir de otros, todo lo contrario, hace de la suya una maldad pura y genuina, en todo su esplendor natural.
Y, bueno luego estoy yo, que también soy un experto, y que no sé qué decir.
Desde hace un verano, los besos que Julio lanza persiguen a Clara, pero siendo besos nobles y convencionales no consiguen doblar su trayectoria y cazarla cuando ella dobla las esquinas, que es siempre. Porque su vida es tortuosa y porque nunca se para.
- Dile lo que sientes.
- No. Las mujeres que me gustan a mi son las malas. Son las que quieren saber lo que sientes para poder torturarte más fácilmente.
Clara canta en un grupo modesto, pero canta versos que no llevan sílabas, sino navajas de matar. Las lanza con fuerza y Julio, cuando la ve cantar (Fingiendo que no le gusta con locura, para revalorizarse en el mercado de los gusanos) siente que cada pincho va contra él, y, en el fondo disfruta, porque al menos es el centro de atención.
Lo que nadie sabe, por ahora, es que un día, ese día en el que Julio mire la bolsa de las expectativas que tienen los demás en él, y compruebe que está vacía, es entonces cuando se decidirá a ir a por lo que quiere.
Aunque ya no quede tiempo, claro.
Las lágrimas, no de nenaza, sino, lo típico, de rabia e impotencia, se acumulaban en mis ojos, y hacían brillos preciosos, pero delataban mi angustia. Mi dignidad se había hecho una coleta a toda prisa y había salido corriendo, y solo quedaba lo más pobre de mí como ser:
Yo.
Y lo peor es que no había visos de que pudiera tener una reacción positiva, y quedar como un hombre, aunque fuera desorejado. Porque dentro de mi sólo cabía el enorme deseo de conservar mis dos orejas. Y si había aun un huequito, lo ocupaba la pena de comprobar lo mucho que se habían torcido las cosas desde que me había bajado del barco. La queja amarga de comprobar cómo la mala suerte había gobernado mis actos desde que estaba en oriente.
Habló el jefe:
- Te atamos ¿no?
- No sé.
- Sí, hombre, es mejor para ti. Ten en cuenta que si te mueves te va a doler más.
El jefe se puso a afilar el enorme cuchillo que le había traído el chino pelota, con una de esas piedras pesadas y suaves, gustosas de tocar. Y yo pensé, con cierto juicio, que si quería salvar a mi oreja de ser amputada, era mucho más productivo hacerlo antes, que a posteriori. Porque una vez con la oreja en la mano…
Así que me armé de valor y de positivismo, pensando que aun tenía mi oreja en su sitio.
- Una cosita…
El jefe paró de afilar el cuchillo por un instante y fijó su vista en mí. Pero en vez de decirme una palabra, hizo el clásico gesto inquisitorial, coñazo de explicar pero muy evidente. Me sentí autorizado a hablar.
- ¿Estamos seguros de que no existe una manera de salvar mi oreja?
El jefe negó con la cabeza. Pero esta vez se molestó en hablar.
- Lo siento no.
Y recuerdo que justo ese fue el momento en que empecé a asumir que me iba a quedar sin oreja, y que además la amputación me iba a doler lo suyo.
Trago amargo. Me desinflé, y temí que iba a llorar. Si para alguien como yo resulta vergonzoso llorar por su vida, calculad las toneladas de vergüenza fría que me iba a costar llorar por una oreja. Pero, el jefe no lo había dicho todo.
-…a no ser que…
- ¿Si?
Así que había una posibilidad. Tal vez tenía que resolver una prueba, traducir algo del mandarín, comerme una docena de escorpiones picantes y picajosos, aguantar 4 minutos sin respirar, juntar los codos por detrás, matar a mi familia, lo que fuera.
- Haré lo que sea, por favor jefe.
Y en ese momento desvié la mirada y pillé a De-Miao negando con la cabeza, y pensé que no sabía si eso era bueno o malo, ni tampoco para quien, y además yo solo quería mantener mi oreja. Así que miré preguntando al jefe.
- Te queda la opción del “Regomello del dragón”.
- ¿Y qué es? ¿Roer tendones de mono? ¿Rechupetear mocos de pavo?
- No, no es nada de eso.
- ¿Y qué es?
- No te lo puedo decir, solo te puedo decir que salvarás tu oreja.
- ¿Y las manos?
- No te quedará ninguna secuela física.
- ¿O sea que es una movida mental? ¡Con eso puedo!
- ¿Prefieres el regomello?
- Sin duda.
- Pues a tomar por culo, regomello. De-Miao llama a “Asador Shanghai” y que lo preparen todo.
- Pero, pero
- ¡Pero, pero, pero ná!
Me vendaron los ojos y me subieron a un coche. Me traté de fijar en las veces que girábamos a la izquierda y a la derecha, y las veces que frenábamos, tratando de hacerme con una memoria sensorial del viaje, pero que va. Menuda mierda, cuando paramos definitivamente, ya no me acordaba de nada. Como para trabajar en “Rastros”. En cuanto entramos en el asador, me quitaron la venda de los ojos, e hice un pequeño gesto de rebeldía en plan “malditos malandrines”.
Me sentaron a una mesa. En concreto en la 27, aunque podía haber sido en cualquiera, porque aquel asador estaba completamente vacío. También mediante una hábil estratagema, consiguieron atarme las manos a los bracetes de la silla.
- ¡Bribones!-Dije por quedar bien, y porque me parecía un poco fuerte llamarlos “hijos de puta”.
Y me dejaron solo. ¿Ofendidos quizá? Tampoco quise ofenderles, encima de que me habían dado la oportunidad de conservar mi oreja a cambio de una estúpida prueba psicológica. Debía aprender a mantener mi boca cerrada.
Olía a pollo al ajillo. Una enorme fuente de rico pollo al ajillo apareció de las manos de un, insignificante para esta historia, camarero. La dejó frente a mi, aunque un poco alejada. Me pareció una tontería de tortura. Después de todo, si que sufriría por no poderme comer todo aquel pollo con aquel ajo picadito y doradito, pero vamos comparado con una oreja…
Después volvió el camarero, con una fuente de ternera encebollada en una mano, y un plato vacío y unos cubiertos en la otra. Lo dejó frente a mi también.
Quise ponerme a pensar, pero enseguida me distrajo la cadencia ultrarrápida de unos pasos de geisha.. Y , como por prodigio apareció ante mí la más luminosa de las geishas que hayáis podido imaginar. Todita de arribita a abajito vestidita de blanco. Y con esos labios de mentira, repintados que se acaban antes de los de verdad, y ese cutis tan blanco y esos ojos tan negros. Y tan menudita, tan delicada.
“Ahora sí que mola la tortura esta, se me va a poner a tiro y no me va a dejar ni rozarla”.
Me sonrió levemente, el camarero le retiró la silla, también levemente, y ella se sentó levemente. Y, bueno, yo tampoco me lo creía, pero la chorba empezó a comer. La boquita, que por efecto del pintalabios parecía pequeña y apiñonada, se ensanchaba al máximo, como las fauces de un felino, para tragar grandes pedazos de pollo, recubiertos de ajito tostado. Y se lo comió todo. Todo el pollo. Y después de todo el pollo, toda la ternera y toda la cebolla.
Y no sé como lo hacía pero seguía pareciendo encantadora.
El camarero trajo una fuente de patatas asadas con pimentón, que mirta que es cargante el pimentón con la patata, y la tía se las zampó a pequeños bocados, y sin beber. Tampoco había agua de todas formas. Fallo del camarero.
Y vinieron unas sardinas asadas, y corrieron la misma suerte que el pollo y la ternera. Y también vinieron un par de raciones generosas de boquerones en vinagre (que vaya mejunje que se le tenía que estar haciendo ahí dentro) y se las zampó.
- Joder bebe algo, le tuve que decir.
Ella paró durante un momento de tragar, y me miró a la cara, rebañó el ajo y el perejil, que los boquerones hacía tiempo que habían pasado a mejor vida , y dijo algo en japonés que sonó como:
- ¡Rodolfo, trae ya la pepsi!
Y, coño, será casualidad pero el camarero apareció con una botella de pepsi max de dos litros. Y la dejó frente a la geisha. La chica la destapó, y observé cómo se la bebía de una sola vez, a gaznate continuo. Y se incorporó, y se limpió el morro con el dorso de la mano, pero muy finamente, y dejó la botella sobre la mesa. Y me sonrió dulcemente.
Y se inclinó sobre mi.
Y abrió su boquita pintada.
Y se acercó aun más.
Y, yo abrí mi boquita.
Y, justo fue entonces, sin tiempo a reaccionar que entendí lo que era el regomello del dragón.
Fue el eructo más violento al que me había enfrentado hasta entonces. El gas se introdujo a toda presión en mi gaznate, arrastrando el aroma a ajo y cebolla a medio digerir, con recuerdos a sardina y a boquerón avinagrado. El aire debió llegar hasta mi estómago, allí se expandió y me infló como un globo, que hasta se me dilataron las cuencas oculares. Después volvió a salir contundentemente por mi boca de nuevo, dejando en cada premolar cada repugnante aroma que había entrado.
El regomello del dragón. Un eructo en toda la cara. Pedazo de eructo.
Hubiera preferido que me cortaran las dos orejas, coño, porque no se me borró nunca de mi memoria sensorial. Ni volvía a comer pollo al ajillo, ternera encebollada, sardinas, o boquerones.
Eso sí, me ha quedado un bronceado de puta madre.
Fin
La principal razón por la que yo no puedo ser un héroe ortodoxo (O de ningún tipo, bien pensado) es que a mí lo real, lo prosaico me tiene de esclavo. A mí me puede la sed, me pueden las ganas de mear, me puede la concupiscencia en general…
Y el hambre es mi señora absoluta. Mi ama. Dominatrix. El hambre me lleva con la correa, hace que me siente, y hace que me levante, hace que haga lo que sea con tal de satisfacerla.
Un esclavo de lo mundano, por alguna razón que existía y yo desconocía, no podía estar llamado para la gloria.
Yo había ligado mi dignidad, a no pedirle comida al De-Miao, a pesar de lo que me había dicho su jefe. Pensaba que en cierto modo me mantenía por encima de él, el hecho de que él comiera y yo permaneciera estoicamente en riguroso ayuno. Me imaginaba al pobre asiático comiendo con ansia, pero al mismo tiempo alucinando con mi hieratismo y mi ayuno riguroso, sin probar bocado.
- ¿Comida? ¿Quieres comer?
- Si.
Mis propósitos. ¿Habrase visto cosa más escurridiza? ¿Más voluble? Con qué facilidad cambian. Cómo a primera vista aparecen como imprescindibles, y cómo mi mente veterana los consigue transformar en caprichos tontos y poco prácticos.
Pero no era yo el inconstante. Lo que pasaba era que la persona que tenía los principios rigurosos, no era la misma que luego se los saltaba. Por lo tanto todo era legal y no había de que avergonzarse, después de todo. Ventajas de tener un alma en multipropiedad.
Me encontré siguiendo a De-Miao por una puerta que aparentemente llevaba a la calle, pero que antes te dejaba en un rinconcillo apenas visible, que llevaba a una especie de cocina, donde había una mesa…
…toda puesta.
Una hermosa fuente de filetes empanados, una especie de salsa de tomate, una enorme sopera llena de pasta humeante, que podría ser perfectamente protagonista, pero que aceptaba sin indignidad el papel de guarnición, por el que sin embargo tenía que luchar como si fuese una principiante con un plato redondo de patatas fritas cortadas cuadradas, con un grupo de pimientos de padrón, con un tarro de salsa barbacoa, otro de guacamole, y con una cesta de pan con, al menos dos barras cortadas en trozos grandes y morenotes, lejos de aquellos trocitos de baguette que cortan en otros sitios, que te están diciendo:”Come poco pan, que solo tengo una barra para seis”.
Y yo demostrando a De-Miao, y a mí mismo que soy un tío sensible; simplemente lloré. Aunque luego es verdad que se me olvidaron las lágrimas y comí. Comí, comí, comí. Comí tanto que De-Miao tuvo que decirme:
- Cuidado, hombre, que te va a dar algo.
Y lo decía porque cada dos por tres me ponía a dar hipadas violentas, completamente añusgado con el pan. (Nota de Buch: Dedico el vocablo “Añusgado” a Guiss que me lo enseñó. El vocablo.) Cuando vi que De-Miao se preocupaba tanto por mí, y, quizá como consecuencia de estar ya alimentado y sentirme fuerte, me puse sardónico:
- ¿Tienes miedo que me muera? Así no podríais cobrar recate ¿eh?
- ¿Rescate? ¡Que no tarado! Que tú eres para entrenamiento. Lo más seguro que te cortemos una oreja o un dedo y te dejemos ir.
- ¡Ja,ja,ja! Me reí yo, para forzar que aquel demonio se riera también y llegáramos juntos a la conclusión de que aquello era una broma.
- Ji.
Y esa mierda de risa no me confirmó que lo de mi oreja fuese una simple broma. Todo lo contrario, hacía sospechar que no lo era. De hecho, cuando De-Miao siguió hablando, la cosa perdió cualquier indicio de que alguna vez hubiera podido ser una broma.
- Ahora cuando vuelva el jefe de ver al Gran Jefe, nos dirá lo que hacemos contigo. Pero vamos, por lo que yo le conozco, seguro que es oreja. O tal vez un dedo.
Animado por el vino, aunque en parte descorazonado por el cariz que tomaban las cosas, me dispuse a ejecutar la siesta más amarga e inquietante que había hecho en mi vida. En un continuo e incómodo estado, gobernado por el pensamiento único: “Ay mi oreja, ay mi dedo”. Siesta temerosa, deseando que llegara el jefe, para que me informara de lo que iban a hacer conmigo, y al mismo tiempo deseando que no llegara.
Y de tema de fondo: “La heráldica”.
Y justo cuando los leones rampantes y el almendro en flor, derrotaban a la realidad, la muy zorra se reconstruía por si sola, como un Terminator, y me devolvía a la angustia. Y tanto me fatigaron los paseos de por los campos de gules, y las vueltas a la vida real, que finalmente, casi ahí mismo en mitad del escudo…me dormí.
Y bien que me pesó, porque ya no recordé nada más hasta que sonó la llave girando en la puerta, y sincronizado con mi lento y coqueto abrir de ojos, entró en la estancia el jefe, que sin poderse contener, y sin la menor delicadeza, bien por mala fe, o porque no le daba importancia a mi angustia me soltó:
- Has tenido suerte. La oreja.
Y sin que sonaran las gaitas, ni hubiese un terremoto o un griterío en la calle, añadió:
- De-Miao, acércame el cuchillo. Porque prefieres a mano ¿no?
Y esta última frase la dijo mirándome a mí. Y yo, con mi folklórica costumbre de retrasar lo inevitable, más cuando los hechos se desarrollan a velocidades excesivas dije;
- Pero ¿Es ahora? No ¿Verdad? Esto llevará una ceremonia o algo ¿no? Por favor ¿no?
Y, al mismo tiempo se me metían en la cabeza pensamientos estúpidos.
- Si me dan a elegir, ¿Qué oreja les doy?
- ¿Podré pillar después de faltarme una oreja?
- ¿Hay famosos sin una oreja aparte de Van Gogh?
- ¿Me lo podré tapar con el pelo de forma que no parezca que me lo he tapado con el pelo?
- ¿Trato de llevarme mi oreja amputada y voy corriendo a un cirujano implantador? ¿Cuánto me costará eso?
Y cuando los pensamientos iban circulando a una velocidad más que respetable, el jefe decidió contestar mi pregunta:
- ¿Ahora dices? NO, no, hombre. Por lo menos queda un cuarto de hora, hasta que afile el cuchillo. Prefieres a mano ¿No?
Continuará.
Lo bueno que tiene el reino de los sueños, aunque no sean producidos por la somnolencia natural y armónica, sino por la violencia y la sinrazón de un golpe en la cabeza, es que mientras permaneces en él, no pasas frío, ni calor, ni calamidades ni circunstancias penosas.
Y lo malo que tiene, es que como si no. Porque cuando estás en él, en realidad no disfrutas nada. Solo te das cuenta cuando ha terminado. Y a veces, cuando sales del reino de los sueños, la vida te tiene preparadas unas ocupaciones que no te dejan pensar en lo bien que te lo habías pasado soñando.
- Ve despertando.
Así sin gritos. Una voz sin sentimientos. Justo a tiempo me di cuenta de que no debía abrir los ojos hasta hacerme una idea de la situación, para que me diera tiempo a pensar. Pero por otro lado, también me di cuenta de que si no abría los ojos no me iba a dar cuenta de la situación, y todo lo más que podría pensar serían tontadas.
No sabía si abrir los ojos o no. Pero mientras no los abría, permanecían cerrados, así que estaba de hecho tomando una decisión. Tal vez mi subconsciente estaba pensando que mientras no los abriera no tendría que enfrentarme a las enormes dificultades que esperaban a los seres humanos que eran golpeados en la cabeza mientras meaban en un cochino tualé del sureste de Asia. Y esas debían ser unas dificultades de padre y muy señor mío.
No me dolía terriblemente la cabeza, y me parecía extraño, pero sí que la notaba como entrecomillada. Aun así oía lo que se decía a mí alrededor.
- Pero ¿Para qué te di el cloroformo? No hacía falta que le pegaras.
- No sé, jefe. Me aturullé.
- Así que le golpeaste en la cabeza y luego le aplicaste el cloroformo.
- Creo que sí. O al revés. Es que no lo sé bien. En realidad es que nunca he tenido un jefe español, a mi mis jefes anteriores no me daban cloroformo, solo me daban la pistola, y si acaso una porra. Algunas veces nos daban spray de pimienta, pero nos hacía primero probarlo en perros por la calle, y a mi me daba pena y…
- Joder, pero cállate ya, De-Miao, manía tienes de contarme tu vida…
La curiosidad mató al gato. Así que llevé a cabo una maniobra de gran habilidad. Abrí los ojos, pero muy poco a poco, sin dejarme atrapar por el ansia de ver. Los abrí tan poco que no veía nada. Tan poco, que aunque los abrí un poco más, unas quince veces, tampoco veía nada. Supuse que por acelerar un poco el proceso no pasaba nada. Había que conseguir abrirlos y ver, sin que se notase, sigilosa y lentamente, dulcemente.
- ¡Anda, mira, De-Miao! Ya se ha despertado. ¿Qué tal, hombre?
- Estoy bien, jefe. Con unos apurillos económicos que..
- ¿Qué dices, gili? ¡Le pregunto a él!
- ¡Ah, vale, vale!
A través de mis ojillos entreabiertos, distinguí como el que parecía el jefe de los dos, se acercaba hacía mi y se iba agachando conforme se acercaba, así que yo debía estar sentado en el suelo, y apoyado contra una pared. No quise abrir del todo los ojos para que pensase que me había hecho mucho daño su esbirro, y que aun estaba herido, porque si pensaba herirme, ya creería que estaba el trabajo hecho, y si no, pues pensaría que se estaba excediendo y me trataría mejor. Acercó mucho su cara a la mía. Le podía haber mordido la nariz, pero no tuve agallas.
- Digo que como estás…
Respondí como si me costara un mundo, pero negándolo con palabras, para que el siguiese pensando que estaba mal el por culpa del golpe de su esbirro, pero que trataba de ocultarlo, y se reafirmase en su mente la gravedad de mi estado (…Este tío no es ningún quejica, de modo que debe estar mal de verdad)
- Eh, eh… Estoy…bien…creo…casi. ¡Ah! Perdón.
Pedir perdón por quejarme un poquito, fue un adorno brillante. Aunque como todo adorno, un tanto inútil, porque el conocido como el jefe, el occidental, me agarró de la mano y tiró hacia arriba de mi con una fuerza que yo no me esperaba. Cuando me vi de pie no se me ocurrió volver a derrumbarme , porque eso era la clásica cosa que te costaba un puñetazo en las costillas, y, mira, en las pelis un puñetazo en las costillas duraba un par de secuencias, como mucho, pero en la vida real, te estaba doliendo toda la peli, y eso sin contar con que la vida real tiene detalles simpáticos como que se te rompa una costilla, te perfore un pulmón, el tema se complique con un principio de anemia ferropénica, y un amago de dengue y adiós muy buenas que mala suerte tuvo el pobre y se nos fue.
Y de eso nada.
Pude echar un ojito a la estancia donde estaba. Dos sillas donde habían estado sentados el jefe y De-Miao, frente a una televisión pequeñita. Una mesa de madera un poco arrugada, los restos de una comida. Un teléfono, una mesilla sobre la que se apoyaba, y de reojo vi la pared contra la que yo había estado sentado…
- ¿Querrás saber lo que haces aquí, no?
Estaba fatigado de hacerme el herido…
- La verdad, si. ¿Estoy secuestrado? Os advierto que no tengo dinero.
- ¿No tienes dinero? ¿Nada?
- Me refiero a que no tengo grandes sumas de dinero. Yo soy un asalariado.
- Bueno, pero ¿Y qué quieres que yo le haga?
- ¿Yo? ¿Qué qué quiero yo que tú le hagas? ¡¡Pues nada!! Pero no vas a poder pedir un gran rescate…
El jefe me miró desconcertado, y luego estalló en una risotada tan pegadiza que yo la hubiera acompañado de no ser porque yo ya había visto demasiadas películas donde ocurre que el malo se ríe, el bueno le acompaña sin saber por qué, y entonces el malo se para de reír de repente y saca una pistola y le pega un tiro en mitad del entrecejo al bueno, que muere riendo. Cuando paró de reír, seguramente decepcionado porque no le di ocasión para matarme, hizo esta sorprendente declaración:
- ¿Rescate? Ah, no, no, por dios, tú no estás aquí para que pidamos un rescate por ti.
- ¿Ah no?
- No, hombre. Tú eres de entrenamiento. Te retendremos aquí unos días y luego te dejaremos marchar, casi intacto.
Así de principio, no entendí bien lo de casi intacto, pero es que De-Miao me estaba despistando porque andaba de acá para allá, encendía la tele, la apagaba, hacía ejercicios, se relajaba. En resumen, me tenía medio distraído.
- Bueno, te dejo que me tengo que ir a ver al superjefe, a nuestro Fumanchú., para entendernos. No cabrees a De-Miao ¿Eh?
Yo estaba por decirle “Hasta luego, tío”, cuando la expresión “casi intacto” llegó a mi centro neurológico, desnudándose por completo y enseñándome en parte, su terrible significado oculto. Y en otra parte no, porque la expresión jugaba con las luces y las sombras, y no me acababa de enseñar, ejem, esto…el chochete.
Así que pregunté
- ¡Un momento, un momento! ¿Casi intacto? ¿Qué significa?
- Luego te cuento. Oye no cabrees a De-Miao, y dile que te haga algo de comer si tienes hambre. Luego vuelvo y te pongo al día.
Yo lo mismo. En el siguiente capítulo os pongo al día.
(Continuará)
No es que no ocurran ciertas cosas, lo que pasa es que a la gente le da miedo contarlas. Algunas de estas cosas que ocurren, se adoban con una buena capa de mentiras, se consigue que no se pueda discernir lo que es imposible y mentira de lo que es imposible y verdad, de los que es posible pero mentira y de lo que es posible y verdad.
Esta mezcolanza de adobo y realidad se conoce con el nombre de leyenda.
Cuando llegué a aquella oscura y lloviznosa parte del extremo oriente, después de un largo viaje en ferry desde la curiosa Manila, no quedé decepcionado. Me esperaba que el puerto me recibiese con una noche calurosa y lluviosa, y que un bullicioso enjambre de pequeños orientales estuviese recorriendo las dársenas a toda velocidad, comerciando, llevando paquetes, vociferando, gastándose bromas, comiendo esa apetitosa pasta extraña, o exquisitos trozos de pescado grande en los pequeños puestos, que, a miles se disponían en toda la línea del muelle.
Pues bien, de esto que me esperaba no hace falta corregir nada, o, por lo menos las diferencias fueron tan sutiles que no merece la pena escribir otro párrafo entero. Lo esperado fue lo que encontré.
Una vez abajo, recién desembarcado del ferry, metí las manos en los bolsillos y aspiré muy fuerte, tratando de imbuirme del espíritu oriental que lo impregnaba todo, y manteniéndome apartado de la ruta enloquecida de los rapidísimos nativos que se entrecruzaban de acá para allá sin reparar en los occidentales que como yo, sin maleta…
- ¿Sin maleta? ¡Cago en la puta!
Si uno es capaz de galopar a lomos de la fantasía durante horas, lo menos que le puede pasar es que se olvide la maleta en el barco, no tiene nada que ver con ser gilipollas, aunque el hecho de que te pase, tampoco te exime de serlo. Me di media vuelta para volver a subir al barco, pero la gente no hacía más que bajar por la pasarela, y solo era de un sentido, así que esperé abajo, pero haciendo gestos como de querer pasar, por si algún alma bondadosa se apiadaba de mí y me cedía el paso.
Sin embargo todos parecían recordar con rencor, como me había abierto yo paso a empellones, para ser el primero en desembarcar…aunque sin equipaje, claro. Por eso los demás eran más lentos. Una vez más mi éxito era un fracaso disfrazado.
Esperé pacientemente, y, cuando llegó mi turno, subí por la pasarela a grandes zancadas, pasé por delante de un marinero, que distraído fumaba tabaco barato, e incluso para aflojar la situación le medio expliqué en plena carrera el porqué de mí subida al barco:
- Verás chato, que se me olvidó la maleta…
No creo que me entendiera mi castellano (Ni cualquier otro), ya que se limitó a encogerse de hombros, dándome a entender que a él aquello le importaba bien poco, y a observar como yo hacía un encantador además al descubrir mi maleta solita, sobre la cubierta, pero sana y salva.
De cómo bajé del barco con ella, y me quedé otra vez de pie en el muelle saboreando la peculiar atmósfera de los muelles orientales (Si, con sus platos de pasta humeantes y la lluvia con calor), no cuento más.
Me metí en pleno bullicio, con la esperanza de encontrar a un taxi, con la misma naturalidad que una tortuguita recién salida del huevo va al encuentro del mar. En lo que yo estiraba el cuello para encontrar aunque fuera un ciclomotor-taxi, percibí un tremendo olor a cuervo estancado, que por inesperado (Eso no sale en las películas) afectó de manera notable a mi ánimo, asaltando la diligencia de mi espíritu este negro pensamiento:
- A ver si esto no es tan guay…
Esquivando viandantes pequeños y frenéticos con mi cuerpo, pero chocándolos con la maleta que llevaba arrastrando sobre sus preciosos ruedines con linda bandita blanca, se apoderó de mi una agradable sensación de apetito, y recordé a mi maestro de kárate:
- ¿Tú que estás aquí, por el rollo filosófico o porque eres violento?
- Por el rollo filosófico, claro.
- Te advierto que a mí me da igual, con tal de que me pagues.
- Aun así. Es por el rollo filosófico.
- Vale, vale.
Me quedé un tanto confuso porque aunque la persona a la que quería recordar era, efectivamente mi maestro de kárate, no se trataba de aquella conversación, sino de cuando me dijo lo que era un glotón:
- Tú y yo, mi querido discípulo somos glotones. A uno que le gusta comer, la perspectiva de una buena comida le llena la boca de saliva, pero a un glotón, además, le llena los ojos de lágrimas. Comemos hasta con el alma.
Entre tanto pensamiento, el apetito había pasado de ser una sensación agradable, a ser un niño molesto, que me tiraba de la chaqueta en dirección a los puestos de pasta caliente humeante y trozos de pescado. Así que no es extraño, no necesita de mucha explicación el que me viera a continuación sentado en la barra de un puesto con mil cosas para comer, despreocupado del taxi, centrado en lo que más me gustaba del mundo.
Me metía la pasta en grandes cantidades, y además estaba bastante picante, así que también trasegaba cerveza mala y fría en enormes jarras, una jarra y otra y otra. Y más.
Y luego, otra más.
Bebí tal cantidad de cerveza que me parecía que la luna influía sobre mi mar interior. Y primero fui consciente de que necesitaba mear, y un segundo después me entraron muchísimas ganas. Pagué y pregunte por la “toilette”.
- Ahí detrás, occidental.
La encontré. Y justo antes de terminar de escanciar una relajante, pura y reparadora meada, tuve la ocasión de recibir un golpe en la cabeza que lo dejó todo a oscuras.
Perdí el conocimiento. Y no lo recuperé hasta que llegó la segunda parte.
¡Marchando!
(Continuará)
La cosa estaba así:
En primer lugar, sobre el raíl autoservicio, las dos viejitas. Estaban justo delante de los pudines, las magdalenas, y unas baguettes de aspecto tierno y sexy. Detrás de ellas, pero respirando la pelusa de la espalda del abrigo de Doña Alicia, la más retrasada de las dos, un servidor, y pegadito a mí, absorbiendo todo el rebufo, el primer francés bigotón, y luego todos los demás. Pero nadie debe pensar que se trataba de una escena silenciosa. La base de la banda sonora, era la conversación de las dos abuelitas, mientras que la protesta airada de los indígenas trabajadores, (Trabajamos y tenemos derecho a alimentarnos), hacía como de sección rítmica, porque entraba en intervalos de tiempo más o menos regulares.
Y yo, contribuía lo mío, con las pequeñas explosiones de mi tremenda indignación con los dos bandos. Eran como las explosioncitas de los petazetas, continuas y crecientes.
Una canción de tres pistas, vaya.
Durante un tiempo, mantuve a salvo mi orgullo de abandonado, aguantando el tirón, sin mendigar mimos, sin llamar, sin pasabaporaquis, y cuando me sentía mal, me ayudaba pensar que mi orgullo estaba intacto, y que ella debía pensar “joé, que tío no da una sola señal de debilidad”. Y pensaba también que, probablemente ahora le estaría contando al nuevo novio que tuviera, que me admiraba mucho por mi temple y mi clase, porque no mendigaba amor. Y así le iría pasando con todos sus novios, y también con los novios de sus amigas, y entonces, inevitablemente, yo me estaría convirtiendo en una especie de leyenda. Tanto que en unos años la gente se preguntaría si de verdad existí o era un personaje salido de la imaginación de sí mismo.
Esto duró un par de semanas. Al cabo de las cuales decidí que el orgullo era caro, y que, en todo caso no tendría nada que perder si me enteraba de lo que era de mi Verónica.
Así que volví al parque.
Allí estaba, y se estaba riendo. A grandes carcajadas, con toda su bocota imperfecta. Era imposible que no se estuviera riendo de mi. Por buena voluntad que pusiese, por más que tratara de apelar a mi propia clase, yo notaba que se reía de mí. Y, ¡Por dios! ¿Hacía falta dar esas enormes carcajadas?
Así que no fue difícil tomar la decisión de darme media vuelta y desaparecer para siempre. No era necesario que ella supiese que yo sabía que utilizaba las culadas de sus torpes alumnos, como excusa para reírse de mí. Porque eso exigiría de mí una reacción.
Cada vez más apretado entre los franceses y las viejas, yo ya no sentía hambre ni nada. Solo quería salir de allí. A no ser que el asesinato de dos viejecillas quedara impune, en cuyo caso era un plan que me apetecía. Casi me conformaba con irme sin que pasara nada más, pero entre los cuerpos de las dos ancianitas, divisé una lucida media baguette, ideal para untar con un poco de mantequilla, y metiendo hábilmente mi mano, entre las dos locas, traté de hacerme con ella, intentando evitar un escándalo en plan: “¡Se ha colado, se ha colado!”.
Doña Alicia se adelantó ligeramente, y entorpeció mi maniobra, retiré la mano, y ella, de forma aparentemente involuntaria dejó el camino libre.
Entretanto los franceses casi rugían.
Volví a adelantar la mano, y otra vez Doña Alicia se interpuso sin verme, obstruyendo el camino. Y retiré, y volví, y cuando no tenía distancia, tenía camino, y cuando tenía camino, no tenía distancia.
- ¡Dios, que coñazo!
Y los franceses ya aullaban al sol. Aunque el sol no estaba allí dentro, afortunadamente.
Y, de verme tan presionado hice una cosa, que es difícil de contar y que parezca justificable, pero a la séptima vez que doña Alicia me obstruyó, en fin, bueno, esto…, levanté mi mano y le aticé una levísima colleja en su nuca arrugada.
Fue casi una caricia, por dios.
De hecho doña Alicia no se dio verdaderamente cuenta del hecho. La que se dio cuenta, y abrió los ojos de un modo que tuvo que dolerle, pero dolerle mucho, fue doña Irene. Que no dijo ni mú, y salió disparada. Al huir félido de Doña Irene, pareció reaccionar doña Alicia, y se llevó la mano a la nuca y se volvió mirando con toda la fiereza de la que era capaz, pero sin abrir tanto los ojos como la estúpida de su amiga.
- ¿Pero qué haces chico?
Y se llevó la mano a su nuca, teóricamente dolorida (Pero que no, aquello no había sido ni un muevecabezas) Y se frotó la nuca con la mano, y salieron unos pocos micro fideos de roña, pero yo no quise hacer daño con eso, y lo pasé por alto, pues a aquellas alturas yo ya estaba muy arrepentido de haber dado el paso de la collejita, y quería reservarme puntos (Pues yo no he hablado de la mierda que tiene usted en el cuello) por si se complicaban las cosas.
- ¿Me has pegado?
Casi al mismo tiempo, o casi un poco antes o casi un poco después, una enorme mano de marinero bretón se posó sobre mi hombro, y no solo se posó, sino que apretó. Y tanto apretó que yo, que al principio lo ignoraba no tuve más remedio que morar a la cara del enorme francés, y escuchar una especie de regañina, y un dedo de la mano que no sujetaba mi hombro, delante de mi nariz, meneándose de lado a lado, diciendo que no, claramente, que no tenía que haberle dado aquella colleja a la abuela.
- Perdone señora, me choqué con mi mano en su pescuezo.
Y salió uno de esos inoportunos y escandalosos amantes de la verdad, que estaba sentado y al que, como ocurre tradicionalmente nadie había llamado. Se trataba de uno de los miembros del grupo; Gerardo, de edad mediana, de cultura mediana y de suprema estupidez, que tenía la necesidad de intervenir en lo que fuera:
- No es cierto, Alicia, no es cierto, te ha dado una colleja con todas las de la ley- dijo tuteando a la anciana.
- Tú pegaste a la vieja,-acertó a decir también el francés.
- ¡Que no coño! -Dije con enorme desprecio, para que la atención se fijase en el desprecio, y no en la endeblez del argumento.
- Pero chaval, -dijo el bobo entrometido mediocre-lo he visto perfectamente, si hasta has sacado la lengua cuando has ejecutado el golpe.
- ¿Qué? ¿Acaso no saca la lengua Michael Jordan cuando lanza un tiro libre?
- ¡Claro que la saca! Porque lo quiere meter, igual que tú la sacabas porque le querías pegar.
- ¡Pero, pero, pero…!
- ¡Pero, pero, pero, pero..ná!
Un “pero” más, sumado a un “ná”. Si alguien conoce una mayor provocación que lo diga. Me vi en la obligación de pegarle un empujón “medio defensivo” al mediocre, con la mala suerte de que el muy imbécil tenía una niña de unos cuatro años que se puso a llorar a voz en grito cuando su padre se cayó patas arriba. Y el padre, el mediocre, fue muy responsable del llanto de su niña llorica, porque en vez de caer dignamente, lo hizo con gran estrépito, y agitando los brazos y las piernas, como una tortuga…
El francés bigotón que tuve tanto tiempo al rebufo me empujó a mí, tomando el papel de vengador, que nadie le había adjudicado, pero que se hizo con él, merced seguramente a que no dormía bien, por los gritos que le daba su conciencia cada noche, tratando de recordarle sus seguramente horribles pecados.
Y llegó la otra, Irene, acompañada de señores con gorra y porra. Y uno de esos señores aprovechó que yo estaba estudiando la manera de noquear al fornido francés, y me atizó un porrazo en donde llevaría el dorsal de extremo izquierdo, y me dolió mucho, y aproveché la maniobra para derrumbarme intentando dar pena, pero por el contrario, la niña de cuatro años, se rió ruidosamente, (lo oí mientras caía a besar el suelo), y el resto del personal soltaba palabras hirientes:
- Cobarde
- Abusón
- Mamarracho.
Y esta última me dolió especialmente. ¿Qué tenía que ver ahí el mamarracho?
Pues ahí va la moraleja de esta historia. Que el ardor de la batalla, no puede obnubilar el juicio hasta el punto de que se utilicen palabras (Como mamarracho o tarugo) que no son adecuadas en absoluto.
FIN
Me divertía con el juego que me había propuesto mi mente. Un poquito cruel, claro, por su parte, porque a fin de cuentas por alguna razón que dolía, Verónica ya no estaba conmigo. Y eso me hacía cachitos el corazón, porque yo, como cualquiera que la hubiera conocido, seguía amando a Verónica. Pero a este dolor que me proporcionaba mi mente perversa, se sumaba el que me hacían padecer las dos abuelitas plastas, con sus conversaciones, y sus indecisiones, pero sobre todo con su exasperante lentitud.
Su
Exasperante
Lentitud.
- ¿Dónde va, Alicia?
- A por las gafas, Irene.
- ¡Ay, no, no! No vaya usted, no me deje sola.
Pecas. Verónica usaba pecas en su cara. Muchas mujeres odian las pecas, las suyas, luego en realidad les gustan si les salen a sus amigas, pero me impresionó de Verónica que en ningún momento se lamentase de las suyas.
Tal vez era un poco pronto, para esa clase de confidencias.
Ella se estaba arreglando algo de los cordones, o el velcro o las ruedas de sus patines, que me fijé, guardaban riguroso turno en fila india. Yo, lo que tengo es que en seguida puedo entablar una conversación:
- ¿No frenan?
- Si que frenan.
- Si no frenan ten cuidado.
- Es que si que frenan, ya te lo he dicho. ¿Eres sordo?
- Ja, ja, ja.
- Me resultas simpático.
- Y no soy contrahecho.
- No, bueno pero yo tampoco soy fea.
- No, claro ni mucho menos. Si estuviésemos juntos,¿Cuál de los dos piensas tú que diría la gente que ha tenido más suerte?
- Sin duda tú.
- Ja,ja,ja.
- Si. Ja,ja,ja.
No me quedó otra opción que besarla enseguida. Por suerte estaba sentada, porque la agarré con una fuerza, que si llega a estar de pie se me escapa rodando sobre sus patines de rueditas blancas de princesa patinadora.
- ¿Un café?
- Eso mejor era antes del beso.¿No?
Y ante ese callejón sin salida, nos fuimos a vivir juntos.
Y al principio todo fue sobre ruedas.(Ja,ja,ja)
Tenía unas ganas terribles de liarme a collejas con las dos momias. No sé que era lo que me contenía. Solo sé que mentalmente no hacía más que repetir: ¡Putas, putas, putas!, cada vez que se paraban. Y se paraban siempre. Los trabajadores indígenas que estaban detrás de mí, empezaban a dar muestras de una impaciencia a duras penas contenida. Probablemente estaban pensando: ¡Frescas, frescas, frescas! El primero de ellos, el bigotón, me presionaba acercándose a mi más de la cuenta, y, joder seré un tarado, pero no puedo soportar que los hombres se me acerquen demasiado. Así que me empezó a poner nervioso el bigotitos, y todos sus jodidos amiguitos. Por suerte, se empezaron a quejar en voz alta en francés, de manera que no se entendía bien. Se sabía que se quejaban porque miraban a las ancianas, y, porque el bigotón me miró con cara de cómplice como diciendo, “Vamos a achuchar a estas dos viejas españolas plastas”. Pero jamás debió pensar la palabra “españolas” en voz alta y con ese tonito despectivo, porque el españolazo que hay en mí, eligió ese momento para visitar mis entrañas ibéricas, y en menos de dos segundos, me encontré replicándole (Por supuesto, sólo con la mente)
- Tu eres un listo, y por listo te vas a enterar de que para estar tú a la altura de estas dos viejecitas, necesitas un crecimiento mental que ni te digo. ¡Soplapollas!
- Pero, pero, pero…me dijo con la mente el bigotón, balbuceante.
- Ni pero ni pera, la guantá que te voy a meter-pensé yo.
- Pero, pero, pero…
Una vez más, salí victorioso del debate mental (jamás había perdido ninguno). Sin embargo el amigo galo, parecía no haberse dado cuenta, porque lejos de humillar, seguía crecido, dando cada vez voces más altas, y protestas más evidentes.
Las mesozoicas no se daban por aludidas, y discutían sobre las bondades del desayuno “salado” frente al otro. Y era de estas charlas que no tienen fin, porque nadie escucha a nadie. ¿Y por qué, si eran amigas y no se escuchaban entre ellas, se supone que iban a escuchar a unos franceses gruñones o a la vena pulsante de un compatriota cabreado con todos?
Durante un tiempo, que se negaba a dejarse calificar de corto o largo, sino que solo estuvo allí, Verónica y yo, mantuvimos una preciosa canción que era interpretada por la orquesta más completa que han visto los tiempos. Primero los timbales, que anunciaban el volar de los clarinetes, luego las dulces voces blancas de un coral de lo más pura, también entraban y salían los violines. Lo que pasa que los violines eran más bien despistadillos y a veces se dejaban la puerta abierta, y entonces ¿Quién entraba? Exacto: Los vientos, momento que aprovechaban las cuerdas para resfriarse y dar paso a unos pizzicatos armónicamente estornudados.
Realmente era tan grandioso, que acabó por hartarnos la musiquita del amor, y pedíamos a gritos un poco de silencio. Así que cerramos la puerta, y estuvimos unas canciones fuera de la sala de conciertos. Y es verdad que se estaba más tranquilo, pero claro, también era más aburrido. De mutuo acuerdo decidimos volver a abrir la puerta, y cuando lo hicimos, la sala de conciertos estaba vacía. Tan solo quedaba un paisano, rascando con una cucharilla una botella de anís, y cantando jotas obscenas.
Así que ella me dejó.
- No eres lo que busco-dijo.
- No, soy lo que has encontrado-dije yo meses después mentalmente.
¡Ja! El campeón de los debates mentales.
La ira se hacía dueña de mi, y de la sala del desayuno.
(Continuará, apreciados amigos, continuará)
Por estar la mermelada, no en los cómodos tarritos que tanto gustan a las mujeres, sino en recipientes de cristal, que había que servirse en un platito, la siguiente parada, no fue solo precipitada, sino prolongada. Frené zapatilleando con frenesí y duras penas pude sujetarme a tiempo de evitar la embestida contra doña Irene, que precedía a su amiga, Doña Alicia, y así las dos quedaron momentáneamente a salvo.
La mano temblorosa de Doña Alicia cogió la cucharilla, que necesitaba poco para tintinear. Primero porque tintinear es lo que se espera que haga una cucharilla, y que además ellas lo hacen con gusto, y segundo, porque el tembleque de Doña Alicia, era un aliado natural de la cucharilla para entregarse a un loco tintineo. Era como darle un soplete de acetileno a Nerón.
Con el afán de bajar mi temperatura, traté de mirar hacia otro lado, aunque mi oído era capaz de distinguir cuando metían la cucharilla en la mermelada de albaricoque, y cuando era en la de melocotón, y también si era en la de moras, pero pensé que de moras no tomarían porque es una mermelada riquísima pero en todo caso, muy incómoda. El caso es que la variedad y frecuencia de los tintineos, impedían que mi espíritu se asentase, y, aunque me da vergüenza confesarlo, empecé a odiar a muerte a las dos abuelitas. De hecho con las mismas, cuando por fin acabaron de joder con la mermelada, yo pasé por delante de ella sin tomarla en un gesto decidió y triunfal de : “Mira, por vuestra culpa no tomo mermelada”.
Mi gesto no pareció afectarles gran cosa, porque se pararon otra vez antes de alcanzar un buen ritmo, delante de la bollería fina. Y yo otra vez zapatilleé desprevenido, y se me aceleró el corazón, creo que porque me dio miedo acabar atropellando a una de las dos ancianas. Esta vez me volví para no cabrearme de verdad, e intenté no oír su estúpida conversación.
Pero sí que la oí.
- Usted siempre ha tenido un pelo estupendo, Irene.
- ¡Calle, calle! Y usted.
- ¿Eh? No, el mío es fino, el suyo es muy fuerte , y siempre de un color caoba rojizo muy bonito.
- Bueno, pero es teñido.
- ¿Eh? Pero elije usted muy bien el color, eso también se lo digo.
- ¡Ande, ande! ¿Tendrán paparajotes aquí?
- ¿Eh? Mejor que no, no puedo tomarlos por la tensión.
- Mujer por uno…
- ¿Eh? ¿Uno?
Vi que venían hacia mi varios desayunadores, que no pertenecían a mi grupo vacacional y turístico, sino que tenían pinta de indígenas, de gente que estaba trabajando, porque traían cara de hambre. El primero de ellos, un presunto francés, joven y bigotón, seguro que muy profesional en su empresa, pero sin la suficiente confianza para que le dieran un puesto, en plan “el chico vale, pero es cortito, está bien donde está”. El hombre, seguido por una manada de ejemplares adultos de la misma especie,. Se acercaba a toda velocidad a mi posición, arramplando con toda la comida que se ponía a su alcance, con tal avidez que daba la sensación de que hasta se fumaban el poleo. Las bandejas sonaban en “vibrato”, y vaciaban el mostrador a su paso, como se vacía de colillas el cenicero de un coche, cuando se le aplica la fuerza implacable de un aspirador de gasolinera.
Y llegaron donde estaba yo, detenido ante la lentitud e indecisión de las abuelitas, y tuvieron que detenerse, y yo tuve un ataque de vergüenza bestial, pensando en que las abuelas “slowmotion” eran españolas, y entonces mi mente abandonó a mi avergonzado ser, y se dedicó a bailar al son del vibrato de las bandejas, y me trajo en son de paz, un presente: El recuerdo de Verónica.
- Perdona que me fuera, tío. Pero te traigo un regalo inolvidable. Verónica, la patinadora. Su recuerdo.
- A ver, mente listilla, si es inolvidable no me hace falta su recuerdo, ya lo tengo. Es como si yo te regalo a ti la facultad de ser extracorpórea.
- ¿Quieres distraerte o no?
- Bueno, va.
Y, tal y como hace la mente esas cosas, como sin darle importancia, se me metió Verónica.
Fue muy fácil coincidir. Yo quise atravesar por el parque, porque iba caminando de vuelta a casa, y no quería llegar pronto, porque entonces mi vecino preferido, 3ºD, me hubiera encontrado en casa antes de que el se pusiera el pijama, y entonces me hubiera contado todas las observaciones que ha hecho sobre defectos que ha visto en las obras de la comunidad, y querría alistarme para una revolución o algo, y yo ni quería formar parte de su revolución, ni quería caerle mal.
- ¿Esto que son caracolas, Doña Irene?
- Yo creo que son torteles, pero franceses.
- ¿Quiere uno?
- NO sé si debo. ¿Llevan manzana?
Así que atravesando el parque, pegaba un buen rodeo y provocaba la puesta de pijama de mi vecino, que era bastante pijamista, a decir verdad, y me ahorraba el discurso de alistamiento. Pues no bien hube pasado la plazoleta con el monumento a los anfibios del planeta, me encontré en una explanada asfaltada, donde patinaba un montón de gente. Unos de ellos patinaban obedeciendo, y otros, que iban de rojo, patinaban dando voces.
- ¡Grand piruette!
- 360
- ¡Up!
- ¡Rizo cubano!
Y montones de expresiones crípticas.
Me senté a fumar un gustoso cigarro, a ver si conseguía aprender aunque fuera algo de teoría sobre patinaje. Y antes de que aprendiera siquiera como se frenaba. Una de los de rojo, los de las voces, vino cerca de mí, y frenó en una ágil curva.
- ¿Te importa que me siente aquí a descansar?
- ¡No, que me va a importar!
A mí siempre me habían gustado las gimnastas, las bailarinas y las patinadoras, solo por el hecho de serlo, y si conocía a alguna que no me gustase, me enfadaba y pensaba en el fondo de mi mismo…
- ¿Y por qué no tienen croissants?
- ¿No tienen?
- Yo no los veo.
- Póngase las gafas, Alicia.
- Las tengo que ir a buscar a la habitación, guárdeme el turno, Irene.
…que no podía ser gimnasta, bailarina o patinadora quien no tuviese aspecto de gimnasta, bailarina o patinadora. Pero en ese momento no veía el problema por ningún sitio. Porque esa mujer morena, con media melena, un poco despeinada, y curvas tipo campana de Gauss, debajo de un vestidito rojo de batalla, unos leotardos negros ajustados que permitían adivinar la fortaleza de unas piernas de acero al vanadio, hubiera podido ser no ya gimnasta, bailarina o patinadora, sino simplemente diosa del bien, o princesa del mal, o lo que ella hubiera querido.
No era fácil que quisiera ser mía. ¿Eh?
Nota: El autor comparte con los lectores y demás gente de bien, lo inmoral y deplorable que resulta insultar a las ancianas. Es por ello que aclara que él no es el protagonista del relato, sino otro señor, y que por eso mismo no comparte necesariamente, las expresiones despectivas e insultos que vierte su boquita.
El hecho de ser una ciudad corsaria no la hace única. También hay ciudades corsarias en el norte de Creta, y en la costa de Italia.
Nos ha jodido.
Lo que yo no he visto en otra ciudad, es ese carácter que tiene Saint Malo de ciudad “sumergida”. Me refiero a que el carácter marino no es por cercanía al mar, ni por la refrescante brisa que aparece al atardecer, es un carácter marino tan característico, tan profundo, que esta ciudad tiene a la fuerza que estar sumergida.
Sus habitantes no se han dado cuenta y siguen respirando y viviendo como si tal cosa.
Y los turistas hacemos lo mismo.
Como buen turista, ya de mañana, mi hambre institucional dominaba mi indefinida personalidad, sin dejar que se desarrollara por sus abstractos caminos , sometiendo mi cuerpo y mi mente a sus dictados. Yo podría pensar, desde la ventana de mi cuco, pero más bien mugriento hotel, que qué mar tan bonito, o qué espuma tan blanca, o qué cetáreas más cuadraditas. Pero el hambre, cruel señor, me hizo vestir a toda prisa, y bajar aceleradamente las escaleras, teniendo el buen juicio de no permitirme esperar al ascensor, por ser esta espera esencialmente inútil, ya que los ascensores de los hoteles siempre vienen rellenos de gente que se ha metido a presión con sus maletas, y no cabes, pero es que además, los “apretaos” te miran de arriba abajo tan ofendidos…que, en fin, ¿Qué necesidad tenía yo de eso?
Y aun, caramba, aun estaba yo ágil de sobra para bajar las escaleras medio volando, equilibrando centrífuga y centrípeta con mi brazo sujeto a la barandilla. Y bajé así, muchísimo más rápido de lo que yo pensaba, y, lo mejor de todo, sin tener que frenar abajo del todo, pues la puerta del comedor quedaba justo en mi trayectoria.
Donde si tuve que frenar fue delante del montón de bandejas que había dispuestas para facilitar el autoservicio, porque si no me quedaba sin ella, y porque justo al principio del raíl por donde se deslizan las bandejas, con la intención de servirse su desayuno, estaban dos delicadas y encantadoras viejecillas valencianas, que hacían el viaje en nuestro grupo, y que con su voz temblorosa y como de latón, me dieron los buenos días. Bueno, una de ellas, la que no era sorda, me dio los buenos días, mientras yo frenaba y me cogía una bandejita, y toda clase de cubiertos, no fuera a ser que hubiera huevos revueltos, y, que por no coger tenedor, me quedara a dos velas (No pasaba nada porque me los hacía en bocata, pero es más incómodo, y luego que es un rollo echarse los huevos revueltos en el pan, con la cucharilla de haber removido el café, que deja regustillo, aunque la rechupetees bien y sea imaginario)
Una de las doñas, como digo me dio los buenos días, con el ya citado chirrido tembloroso encantador que dejan los ochenta en la voz.
- Buenos días.
- Señora. – Dije yo. Pero muy elegantemente, no Señora a secas, sino como preguntando, o sea que mi respuesta más bien fue:
- ¿Señora…?
A su vez la doña se volvió hacia su compañera sorda, que la precedía en el carril del autoservicio, y le preguntó:
- Doña Alicia ¿Ha saludado ya al muchacho?
- ¿Eh? ¿Al muchacho?
Renunciando a saber por qué dos viejas amigas viejas se trataban de usted, y en el fondo dándome igual, porque yo solo quería desayunar, me salí de la cola, un par de pasos, para que la sorda Doña Alicia me pudiese ver y cumplir con su amiga, y por ende conmigo. Me vio y dijo:
- Sí, si. Es muy guapo el chico.
Ganada la tregua con sus amables palabras, por fin nos pusimos en marcha. Al frente de la cola, con paso dubitativo Doña Alicia, arrastrando su bandeja con una mano y el fino bastón con la otra. De aspecto estaba peor Doña Alicia que la otra, que se llamaba Doña Irene, creo. Doña Alicia aparte de sordear y cojear, era como más menuda, y debilucha, a sopapos ganaba de lejos Doña Irene, sin embargo Doña Irene, que como ya he dicho caminaba algo mejor, a cambio tenía algo de tembleque, y además, que se teñía el pelo y se maquillaba muchísimo, con lo que los años se le quedaban enganchados. Y ya eran demasiados para llevarlos colgando del colorete.
Avanzábamos, en cierto modo. Yo me mantenía tras ellas, porque por algún resto de mi educación no me parecía bien salirme del carril y adelantarlas, de modo que me pregunté que en qué consistía ser civilizado, y me respondí que en no adelantarlas. Ya sé que un orangután hubiera saltado por encima de ellas. Ya lo sé.
Pasamos por delante de unos sobres de infusiones, que no tenían (palabra de honor) ningún interés. Por favor, nadie desayuna manzanilla, ni poleo, ni té verde, que se sepa. Sin embargo, Doña Alicia se paró, con lo cual paró Doña Irene, y yo también y un poquillo apurado. Y cogió uno de los sobres y lo trató de leer. Intento nulo, lo acercaba, lo alejaba pero no caía. Doña Irene se lo quitó de las manos:
- ¡A ver déjeme a mi! ¡Huy pues tampoco!
- Es manzanilla, señora-dije aún atento.
Lo más asombroso del caso es que me miraron ¡Enfadadas! Y me dijeron:
- ¡No, no, eso no lo queremos!
- Ah, no manzanilla no.
- ¿Y lo verde qué es?
- Poleo
- ¡Ah, no, no, poleo no queremos!
- ¿Y lo azul?
- Té verde
- ¡Ah, no, no eso no lo queremos!
- ¿Y ustedes que quieren?
- Nosotras queremos café, ¿verdad doña Alicia?
- Nosotras queremos café, aunque a veces me suelta la tripa.
- Señoras si quieren café, esta al final en las jarras.
Las dos miraron al final, a ver si les estaba mintiendo, y muy lentamente reanudaron la marcha. Y yo lo hice también. Solo que esta vez, a diferencia de la primera que reanudé la marcha; me santigüé.
A la mañana siguiente, mi pusilánime espíritu de la conquista se había ido a mear, y su lugar, en el azul terciopelo sofá de mis sentimientos profundos, lo ocupaba el agobio. Os voy a ahorrar el sofoco irracional que sentí cuando me crucé con el portero, en cuya aviesa mirada creí reconocer que sabía toda la historia. La espada del sentido común no tardo en atravesar esa tontería de conjetura, y me libré de aquel absurdo asunto. Pero qué ratito pasé…
Luego también me parecieron torvas, aviesas o siniestras, yo que sé, las miradas del conductor del autobús, la mirada del conserje del colegio. Y todas las miradas más que me crucé hasta entrar en clase. Y en aquel momento me pareció que todo el mundo me llevaba echando en cara toda la mañana que le había robado un beso a la hermana de López. Parecía que el jardinero, aunque aparentemente encorvado sobre las matas de siempre, se esforzaba en señalarme con la tijera, queriéndome decir:
- Eso no está bien, muchacho, y pagarás por ello.
Traté de imbuirme de cierto espíritu optimista, y, encontré el consuelo de que, al menos, no había ido la Policía a buscarme , a sacarme de mi casa, con mi trapo de cocina de cuadros rojos claros y oscuros echado por la cabeza. Y eso sería por algo. Eso sería porque ella no dijo nada o bien porque aquello no se consideraba abuso.
De pronto López. Con el rostro más severo que yo había visto en mi vida. No tardó en espetarme:
- ¿Qué piensas hacer?
- No sé. ¿Casarme?
- ¿Casarte? Lo del ensayo, gilipollas, ¿Vas a rebelarte, como nosotros?
- Lo del ensayo, lo del ensayo. Si. No. No sé.
Esto prácticamente me dio la respuesta que yo quería. López no sabía nada, o sea que Cristina López no se había dio de la lengua. Al menos con él. Y tan rápido como llegó el agobio, se tuvo que ir porque una euforia irresistible lo sacó a empellones de mis adentros. Y se quedó la euforia. Y la euforia es buena chica, pero muy mala consejera. De hecho me hizo decir.
- ¿El ensayo? ¡Verás la que voy a liar! Vosotros dejadme solo.
Y fue así que mi mente apenas unas horas antes del ensayo, influida por la euforia, se lanzó a elucubrar un plan aproximadamente perfecto, para salir de las garras del Gang de López y arrojarme acto seguido en los brazos de Cristina López.
No me enteré de nada de la clase de matemáticas, (límites y vectores, por lo visto), y menos aun de la de lengua, aunque alcancé a saber que había una cosa que se llamaba monema, y otra que se llamaba fonema, y que no eran la misma cosa.
La clase de Tutoría Grupal, a pesar de su apasionante contenido (reciedumbre), también cayó en saco roto, por encima de los aspavientos de Don Fermín, que se acaloraba criticando a la sociedad de consumo, nos llamaba pijos, y pegaba golpes en la mesa, que resonaban como rugidos de león. Y yo mientras, como un clavadista cualquiera, me arrojaba, brazos en cruz, en el regazo del procedimiento. Y, según el procedimiento, lo primero que hay que saber antes de trazar un plan es el objetivo. El objetivo era Cristina López. Yo quería estar con Cristina López, al menos durante un tiempo, veinte mil años, o así. Para lo cual necesitaba el apoyo, o al menos el respeto de su hermano López. Porque yo necesitaba en el futuro, asistir regularmente a casa de los López, y esto era imposible si no conseguía caerle bien a López. López y su banda de malhechores iban a liar una revolución en la clase de Música, yo no era revolucionario, pero si quedaba como un cobarde y no les apoyaba, no me ganaría el afecto de López y sus marginales. Pero tampoco podía pasarme de apoyo, porque me podían expulsar del colegio, y eso no era bueno, si no me garantizaba el amor eterno o por veinte mil años, de Cristina López.
Problema perfectamente planteado.
Y perfectamente intacto.
Por más que estrujaba mi cerebro, no era capaz de adelantar nada.
- Tengo que ir al servicio, me encuentro mal.- le dije a Don Fermín.
- Entonces deberías ir al médico, no al servicio, al servicio se va…
- Creo que es cagalera, Don Fermín.
- Ah, pues ve, ve. No se hable más.
Y allí, sentadito como para obrar, pero sin obrar, me entregué otra vez al procedimiento. Y el procedimiento, lejos de ayudarme, me tuvo confundido durante horas, de manera que llegó la hora del ensayo…
…sin que se me hubiera ocurrido nada…
Cuando entré en la sala de ensayo, los del Septimino ya estaban allí todos juntos, con cara de ir a levantarse una camiseta reivindicativa o algo así. Le guiñé un ojo a López, tratando de ser guay, y me sorprendí poniendo cara de “Estoy liado con tu hermana, cuñadete, pero no te lo voy a pasar por la cara, simplemente que lo sepas”.
Me di cuenta de que el guiño, había sorprendido un tanto a López, que no articuló palabra, aunque hizo ademán de dejarme un sitio a su lado. Yo, sin embargo escogí la compañía de un individuo que estaba en el coro desde el principio, pero que era un especialista en pasar desapercibido, y del que a duras penas conocíamos su sexo, pero ni su nombre, ni su edad.
Y entonces entró el director. Don Félix. Aquello era muy raro. Y el ambiente, también
- Escuchadme por favor.
- Gurrumblu gurrumblu (murmullos)
- Escuchadme, va…
- Gurrumblu, gurrumblu
- Venga, silencio, señores…
- Gurrumblu, gurrumblu
- ¡¡Que os calléis, COÑO!!
- Gurrum.
Cuando por fin se hizo el silencio, que se acabó haciendo, tras una lucha extenuante contra el gurrum, Don Félix se tomó un instante de respiro. Tal vez quiso dejar claro que había ganado el silencio, y que el silencio formaba parte de su equipo, como una manivela, formaba parte de un molinillo de café. Pero nada dura para siempre, y el respiro tocó a su fin.
- Queridos alumnos, tengo que contaros una terrible noticia. No me andaré con rodeos, porque aquí tenemos ya todos, pelo en muchos sitios. Don José ha sido hallado muerto esta mañana en su despacho. Probablemente asesinado.
De la manera en que lo dijo, parecía que después iba a decir, “El que haya sido que salga, que no le va a pasar nada”, pero en cambio, siguió dando detalles del asunto.
- Al parecer, por los ojos enrojecidos, las petequias, y el color amoratado de sus extremidades, y sobre todo, por el olor a almendras que impregnaba su despacho, puede haber sido envenenado con ácido cianhídrico.
Aunque impresionado por la notica, hay que tener en cuenta que yo era un adolescente, un distraído, y, quizá por eso miré a donde estaba López, en cuya cara se dibujaba una mueca de espanto. Por supuesto, la situación era espantosa, pero la verdad, nuestro papel era permanecer impresionados sin decir ni mú, ni hacer gestos.
Salimos de allí en silencio, respetuosamente. ¿Un asesinato en el colegio? ¿Quién sería el asesino? Incluso estábamos un poco asustados. Tal vez desde el punto de vista egoísta, pensábamos que aquel asesino podía tomarla con alguno de nosotros, especialmente con uno mismo. Eso era lo peor.
Nos dieron el día libre. Cogí mi elegante cartera, y me di cuenta de que por medio día me había olvidado de Cristina López. Pero no bien hube doblado el recodo del pasillo de los servicios, encaminándome a la salida, sentí que me agarraban del hombro, y me arrastraban a los baños. Era el septimino del Bollete en pleno, que me esperaba allí. El mismo López estaba ahí.
- ¡Tío, qué huevos tienes, coño, que héroe, te lo has cargado!
- ¿Qué?
- Al Sapo, tío no te habíamos tomado en serio, qué cojones. Eres nuestro jefe supremo.
- Ah, pero…(Y entonces caí en la cuenta de que creían que lo había matado yo) ¿Cómo?
- Por eso me guiñaste el ojo, tío, tú hiciste el trabajito…
- No, pero no quiero hablar de eso.
- ¿Vamos a mi casa a hacer planes para el futuro?
- He besado a tu hermana.
- ¿Si…? Er…fenomenal ¿no? ¿Vamos a mi casa?
- Hala, vamos.
Y, así fue, como tuve más facilidades para acceder a Cristina. Así fue como fue que durante una temporada, fui un asiduo de la casa de López, y de vez en cuando hablaba con Cristina, a la que tenía un tanto atemorizada, pero al mismo tiempo sentía cierta atracción morbosa por mí. La Policía determinó que la muerte había sido de un ataque al corazón, y que el sospechoso olor a almendras, no era sino medio kilo de almendras que el muy ladino se había zampado.
Así que encima López pensó que yo había engañado a la policía.
Finalmente Cristina López tuvo más miedo que morbo, y temiendo que la agarrara de los mofletes otra vez en cualquier parte, hizo por evitarme. Pero no sufría, porque en realidad yo, aunque no fehacientemente, era casi un asesino y no estaba para perder el tiempo con adolescentes estúpidas, ni para enseñar los trucos de la calle a sus hermanos.
Yo ahora tenía otras aspiraciones.
FIN
Como era de esperar, durante toda aquella reunión de revolucionarios adolescentes, sin cerveza, un aire de frialdad envolvió a mi persona. En teoría, que no en la realidad, como ya sabéis, amigos, les había salvado de la expulsión segura, y la había cagado con las cervezas. Eso sería un empate, hasta para el árbitro más riguroso. Sin embargo, la última e injusta impresión es la que cuenta, y ninguno de ellos se dirigió a mí en toda la tarde, ni me echaron coca cola en el vaso, ni nada. De hecho, si no les hubiera “salvado” de la expulsión segura, probablemente me habrían echado a patadas.
No obstante, todas las facultades que yo tenía para perderme en casas ajenas, las tenía asimismo de perspicaz y pillo, y así pude enterarme de que tenían la pretensión de organizar una auténtica revolución en el siguiente ensayo, poniéndose todos en pie y anunciando que se iban del coro, porque no les podían obligar a sacrificar los recreos.
Ni que decir tiene, que ese rollo revolucionario, a mí no me iba en absoluto. Bien porque siempre fui un analista frío de causas y consecuencias, o bien porque desde los cinco años tenía un ataque de cobardía galopante (Que aun hoy, ya con una edad, pido a Dios me lo cure) aquella historia me tenía un poco despeinado. Porque no era la clásica aventura de la que puedes pasar, porque si pasas, ya has tomado partido. (¡Como odié desde entonces las encrucijadas!) Cagigal, el del pelo pintado, escogió ese momento para dirigirme la palabra.
- ¿Y tú, que vas a hacer?
- Bien, yo…
- ¿Te rajas?- dijo Wasmón.
No era yo ambicioso en ese momento, me conformaba con salir del paso, y no hacía falta que fuera con brillantez, simplemente salir del paso.
- No me gusta meterme en los temas sin pensarlo.
Ahí, muy astutamente, guardé silencio, para mediante el procedimiento de las miradas furtivas, tener una idea del efecto que mis palabras tenían en la concurrencia. Desde luego constaté que el mirar de López era de la clase “No me esperaba algo mejor de ti, y el de los demás era de expectación, seguramente esperando el mirar de López. Una vez los demás se aseguraron de lo que significaba la mirada de López, se miraron entre ellos, y cuando sus propias miradas constataron que estaban todos de acuerdo en que la mirada de López hacia mí era reprobatoria…
…me reprobaron con la mirada.
Entonces yo continué.
- Desde luego habrá que hacer algo. Lo que no podemos es quedarnos con los brazos cruzados.
- Claro, tolili, -dijo López- nosotros vamos a liarla en el ensayo. ¿Qué es lo que vas a hacer tú?
Ya estábamos con las preguntitas. Y en mi cabeza solo estaba besar de una vez a Cristina López, y me daba igual que hubiera una revolución en marcha. Me daba igual si los jemeres rojos tomaban el colegio e implantaban la enseñanza obligatoria del birmano.
Estos pensamientos, como calderos colgados de sogas, desecaron casi por completo el lago de mi paciencia.
- ¡Que no sé lo que voy a hacer! ¡Ya os lo diré!
Wasmón saltó:
- ¡Anda ¡ Mira el gilipollitas…!
Y los demás, también:
- ¡Qué se ha creído, que se largue!
- ¡Fuera de aquí!
- ¡Ganapán!
- ¡Que se pire!
Y yo quise mantener mi dignidad intacta, aunque fuera solo un día más.
- ¡Pues me voy! ¡No hace falta que digáis más!
Y me puse en pie. Y añadí en tono conciliador:
- Lo único que alguien me acompañe hasta la puerta, que no sé salir. Por favor.
No se rió nadie. Pero sucedió que justo en ese momento estaba por ahí la hasta entonces inaccesible Cristina, que pasaba hacia la cocina. Según pasaba dijo las palabras mágicas:
- Ven, yo te acompaño.
Y fue una manera de decirlo, que mis verdaderos amigos me decía que no, pero yo creo que sí, fue una manera de decirlo extraordinariamente dulce. Como pidiéndome guerra, me pareció. Y encima abrió la puerta, salió, me llamó al ascensor, y se quedó a esperar a que llegara. Educadita. Y, sin yo saber muy bien lo que me pasaba por la cabeza en ese momento, le aharré a la vez de sus mofletes, me acerqué su cara, y le pegué un pico cálido y suave. Hasta lento. Y como cobardica que soy, me di media vuelta, y salí disparado escaleras abajo sin querer oír nada.
Y del tirón, hasta mi casa. Y sin decir nada a nadie, no fuese que contaminasen el puro estado de mi espíritu enamorado, hice el paripé de cenar, contesté mecánicamente a un par de preguntas de mis padres, e insulté a mi hermano pequeño echándole en cara sus defecto físicos (orejón, narigón, culibajo, etc). Después de tanta rutina, por fin pude abrazar a mi almohada, y susurrarle en su flanco toda clase de promesas y súplicas dirigidas a Cristina López. También pensé que a lo mejor la telepatía no era un cuento chino, y me ultraconcentré en dirigirle mis mejores pensamientos a Cristina. Incluso le mentí por la mente, porque le pensé que nunca había amado a nadie hasta que la ví a ella, y no era verdad, también me gustó un montón Anita la de la farmacia, y una vecina que me sacaba un montón de años, y alguna más. Pero enseguida dejé de pensar en eso. No fuera que me pillara.
Así que estuve disfrutando como un burro, dentro de mi propia cabeza, claro. Y me imaginé muy lindas historias, con final feliz. Y tanto era así, que ni siquiera me puse la radio deportiva para conciliar el sueño.
Ni para conciliar albaranes, tampoco.
Y en lo más dulce del colacao, como aquel que dice, me asaltó una terrible inquietud. ¿Acaso ella se habría ofendido, y le había comentado a su mafioso hermano, y a sus no menos mafiosos compañeros del septimino la historia? ¿Puede que llegase al salón con los ojos arrasados en lágrimas diciendo que yo había abusado de ella? ¿Podía entonces presentarse en aquel mismo momento la policía en mi casa y detenerme delante de mis padres, y que en el lío se despertaran amigos y vecinos, y que yo por no haber podido disponer de una buena abogada (Guiss ocupada en un caso de estupro) tuviera que apechugar con treinta años por abusos libidinosos y obscenos?
Y no pegué ojo en toda la noche.
Y al día siguiente se despejó todo el embrollo. Preguntadme cómo.
Que os lo voy a contar.
Besos.
Qué puedo decir, vi la posibilidad de hacerme con unos puntos extra, y sin pensármelo mucho, no fuera que se pudriera la idea, dije estas palabras con voz potente:
- ¡Don Félix! Buenos días.
- ……….
- ¿En la piscina? No aquí no ha entrado nadie.
- ………
- ¿Yo? Estaba pensando. Y paseando.
Por allí había algún solitario (De esos que coleccionaban minerales, o leían los atlas de la tierra media) que debía pensar que yo estaba loco, pero los que yo quería que reaccionasen, reaccionaron, porque, aunque no los pude ver, si que pude oír como con pasos apresurados y redoblantes, se dirigían a la salida de abajo del recinto de la piscina, a salvo de la ira de Don Félix. Que, estaba solo en mi imaginación.
Enseguida, en plena borrachera eufórica de cuando los planes, aunque modestos, salen bien, di un rodeo para encontrármelos a la salida de debajo de la piscina, y poder cobrar mis puntos cuanto antes. Corriendo como un atleta de cuatrocientos, pude llegar justo a tiempo, cuando el Septimino salía de la piscina.
- ¡Joder, López, lo que me ha costado distraerlo! AL final os habéis salvado.
López sonrió y fue como si lo hubiera hecho Cristina (Que la verdad, con tanta euforia, si la hubiera pillado en ese momento en el maizal...)
- ¿Fuiste tú?
- SI, tío.
Después, los demás, conforme iban saliendo por el agujero de la valla de rombitos, me iban preguntando. Pero esos no eran hermanos de mi chica.
- ¿Fuiste tú?
- Si, colega.
- ¿Fuiste tú?
- Si, tronco.
- ¿Fuiste tú?
- Si, coño. Si.
Los chicos se sentaron en la grada anexa al recinto de la piscina, junto al agujero de la huida, y resollaron. Yo me quedé un poco aparte, para que pareciera que les tenía respeto, y que no tenía interés en hacerme amigo de ellos, para poder aparecer en casa de López de una manera natural, y que una vez en casa de López se bajasen todos al bar a tomar Coca Colas, y me dejasen sólo en la casa, con Cristina, y la pudiera besar en serio, con total impunidad…
Pero la verdad. No vi ninguna inquietud por parte del Septimino en compensar mis desvelos porque no fuesen castigados. Decidí forzar un poco la situación, alejándome un par de pasos y mirando en otra dirección, como si me interesara el partido de mini basket de los parvulitos (16-7 y total superioridad de los azules, aunque cargados de personales, sobre todo los “hombres” de juego interior)
Y no pasó nada. Bueno, nada que me afectase, porque comenzaron a cuchichear entre ellos, medio riéndose y tal, sin mostrar ni un ápice de puto agradecimiento. Y, por ende, de respeto. Y, ante el éxito de la táctica, insistí. Y ya me fijé de veras en el partido de los parvulitos, e incluso, para fingir más intensamente la indiferencia, hice un ademán de saludo a alguien lejano, que podía estar pasando por allí, pero que, desgraciadamente, era inexistente.
La mentira era la dueña de mi vida.
Pero la arrendataria era Cristina López.
Sabido que la característica principal de mi personalidad, era el largo recorrido que tenía mi constancia para mejorar, me rendí, y comencé a caminar despacio hacia el edificio de aulas donde se situaba la mía. Y (¡Qué cabrón es el destino!) fue en ese momento, que, oí.
- Va. Es de confianza. ¿Le incluimos?
- No. No tiene cojones, nos va a dejar tirados.
- Si nos deja tirados lo apalizamos, al cabrón.
- Si, cabrón de mierda, puto cobarde.
- Pero todavía no nos ha dejado en la estacada.
- No, todavía no.
- Entonces no lo insultemos todavía.
- Todavía no.
- Le voy a llamar.
Me chistaron, pero yo, a pesar del ansia, no me di la vuelta, porque quería adornarme y que pensaran que yo no los necesitaba.
- ¡Eh! ¿Estás sordo?
Ya sí que me di la vuelta. A salvo mi orgullo, y estando perfectamente claro que tan solo López me era necesario. Así que me dirigí a él, ya que era él quien a su vez parecía dirigir a aquellos rebeldes de pacotilla, tan heterogéneos, tan de distintos tamaños.
- ¿Sí?
- Esta tarde, en mi casa. A las 7h. Trae ganchitos o algo. Te advierto que si nos traicionas te mataremos. ¿Lo entiendes?
- Allí estaré.
Y así fue como se quedó sin contestar la chulesca e innecesaria pregunta de “¿Lo entiendes?”
Aquella tarde tras franquear la puerta lo primero que hice fue contenerme y no olisquear el aire, en busca de trazas de la hembra. No quería que pareciese que estaba en plena berrea, aunque de hecho, lo estaba.
Cuando me abrió López, muy cariñosamente me preguntó:
- ¿Qué has traído?
- Pistachos. Y almendras garrapiñadas.
- ¿Por qué? Te dije ganchitos.
- Pues yo entendí ganchitos o algo. Y he traído algo.
López miró hacia el cielo parpadeando deprisa, como demostrando la enorme paciencia que tenía conmigo, y me dijo:
- Anda, pasa- todo condescendiente.
Le seguí, porque de toda la vida me he perdido yo en todas las casas. Llegamos finalmente al salón, y allí estaba el Septimino del Bollete al completo. En el centro de la mesa unas cuantas fuentecillas de cristal, pintadas con los alegres colores de los panchitos, los ganchitos amarillos, los naranjas, y palomitas de maíz, pero del tipo coloreadas. Un festín para los ojos.
Un ángel se apareció bajo el marco de la puerta y le dijo a su hermano
- López, no hagáis ruido que estoy estudiando.
- Vale, pero vete ya.
Viendo a Cristina, puse en marcha algunas de mis mejores poses interesantes, preparando el terreno para la conquista. Despertando el interés. Lo mismo que el pavo real despliega el alegre colorido de su cola, para despertar el interés de la pava. Lo mismo que el alce pisotea la nieve y se encabrita, como hacen los caballos, haciendo en realidad el trabajo de las cabras, que son quienes deberían encabritarse.
Cagigal, que creo que no llevaba pelo, sino que lo tenía pintado, dijo señalándome:
- Si no están tus padres que vaya a por cerveza. ¿No?
- Sí, claro, que vaya, dijo Wasmón.
Ante votación tan decantada, me puse en pie, y en aras de mi integración en el grupo me dirigí a la puerta murmurando algo en la línea de “Venga, iré, para que no os pongáis pesados”.
Salí por la puerta por donde había entrado, ya con cierta tensión por no encontrar la salida, que es algo que me suele pasar en todas las casas que no son la mía. Giré a la derecha, que es por donde hay que girar el 51% de las veces, y me encontré con un pasillo que me resultaba vagamente familiar, y en medio de él una puerta entreabierta. Asomé la testuz y ví a mi amada inclinada sobre un libro, toda formal y sentadita, y a la luz y al amor de una lamparita tipo flexo. Estudiando.
Me atreví:
- Perdona.
Se dio la vuelta y me miró tan guapa.
- ¿Si?
¡Pedazo de sí!
- ¿Cómo demonios se sale de aquí? Es que soy tonto…
Reconocer la propia tontería suele dar puntos.
- ¿Ya te vas?
- No, es que me han mandado a por cerveza…
- ¿Qué?
Y pasó volando por mi lado hacia el salón. Y desde su cuarto, la escuché regañar a López.
- ¡López, si bebes cerveza a papá vas!
- ¿Quién te ha dicho que vamos a hacer eso, listilla?
- ¡El niño ese, tu amiguito!
- Pero qué gilipollas…
Le sonreí cuando me cruce con ella, y ella a mi no. Cuando llegué al salón, de los chicos ninguno sonreía. Me echaron en cara mi torpeza con un respetuoso silencio, excepto Wasmón, que era más bocazas.
- ¡Pero que gilipollas!
(Continuará)
Todo aquel que me conoce (Que no digo que eso sea ni bueno ni malo ni regular) sabe que odio irme de vacaciones sin los deberes hechos. Y esta vez lo tenía calculado para no tener que odiarme en absoluto. Había planeado cada minuto, para que el final de la presente historia (La paradójica historia del septimino del bollete) coincidiera con mi salida de vacaciones.
Lamentablemente, un cúmulo de nefastas coincidencias, entre las que destaca, mi actual asunción de la Presidencia de mi comunidad de vecinos, período que casualmente, coincide quizás con una nueva época de futuro y esperanza, y, en suma de libertad y progreso, pues como digo, un conjunto de desgraciadas coincidencias, me obliga a coger mis odiosas vacaciones sin haber finalizado la historia.
Perdón.
Vosotros, lectores, que tanto bueno merecéis, sois los que tenéis la lumbre acogedora de la misericordia que ahora os pido, no solo para alumbrar mi camino futuro, sino que aprovechando la otra propiedad de las oxidaciones rápidas exotérmicas, os pido el calor de vuestros nobles sentimientos.
Me espera un viaje por Francia, en plan Normandía, Bretaña, País del Loira, París. Me apetece mucho, pero entre vosotros y yo, ya estoy deseando volver para veros.
Sois tan majos.
Hasta el día 22 de Septiembre, que traeré algo pensado.
Efectivamente, la revolución que se había montado en un rincón aparentemente insonorizado de la sala de los sándwiches, fue tan gorda, que ya nunca que se mencionó la clase de música, sin que se hablara de aquella revolución.
Fue de estos terremotos que al principio no son sino un suave mecer, nada de molestas vibraciones ni mucho menos sacudidas violentas. Llegó el día del primer ensayo, y lo único que llamó la atención fueron las siete ausencias que enumero: Bollete, Wasmón, López, Merino, Aparicio, Cagigal y Bárcenas. De hecho lo normal es que Bárcenas no apareciese nunca, así que eran seis las ausencias inusuales, especialmente notable la de Wasmón, el que tenía más talento, más ganas, y más de todo, para formar parte del coro. Don José tomó buena nota de los ausentes de aquel día. Como siempre. Solo que hizo un comentario que de por sí era inocente, pero que marcó una época:
- ¡Vaya, siete! Un septimino.
Y vio que la primera ausencia de la lista era la de Bollete. Y completó diciendo:
- Mira tú. El septimino del Bollete.
Y los mismos siete faltaron al siguiente ensayo. Aunque se supone Bárcenas faltaba por su cuenta.
La preciosa Cristina López revoloteaba por mis pensamientos, vestida de cuero, azotando sin cesar a mis neuronas para exprimir cualquier idea que sirviera para verla. Y, yo seguía diciendo su nombre una y otra vez, y cuando lo decía siete veces, a la octava lo decía con acento mexicano. No sé por qué.
Luego, antes de que ella siguiese torturando a mis pobres neuronas siguió Don José.
- A ver nenetes, el concierto del próximo día se ha suspendido, por motivos muy dolorosos. Pero que a vosotros no os incumben. Sin embargo, los ensayos de la próxima semana se siguen manteniendo.
Ensayé rutinariamente, porque yo estaba todo el rato de la mano con Cristina López, bailando, riendo, fumando, gastando bromas a los caballos de patas peludas de parques en los que yo no había estado en mi vida. Teniendo una especie de sexo ultrarromántico muy de mi gusto a decir verdad, y completamente desconocido para mí en aquella época, como el resto del sexo, para qué mentir. Pero con la inmensa ventaja de que en el mismo sueño cabían Cristina López, la de inglés, su falda negra, una del barrio, a la que cruelmente llamaban la “Chumi”, pero que a mi me caía bien, y cuantas mujeres quisiesen aparecer, bien sabido que allí mandaba Cristina. Cristina López.
El sexo se acaba. Y este se acabó con el ensayo. Aunque volvió a reanudarse al poco de salir, y siguió apareciendo una temporada. Qué cosas.
Cuando le dan las olimpiadas a una cuidad, lo hace con tanto tiempo de antelación, pensamos que no va a llegar nunca. Sin embargo luego volvernos a acordarnos cuando quedan tres semanas para los Juegos, y suspiramos aliviados de que no nos hayan encargado a nosotros las obras ni nada de eso, que se nos había ido al santo al cielo.
Y pasó lo mismo con el siguiente ensayo. Que me acordé cuando ya salía disparado hacía el recreo. Lo que me produjo una enorme desazón. Cambié el rumbo sobre la marcha, y me trasladé, llevando sobre mí la enorme losa que representaba mi amor pendiente con Cristina López, al aula de música. Llegué un pelín tarde, y asistí a una escena que tuve que interpretar sobre la marcha.
Don José se inclinaba sobre Benito, mientras se sujetaba los tirantes con los pulgares. Se podía pensar que le estaba escupiendo, pero no lo que hacía era dictarle:”…conocidos como el Septimino del Bollete a que expliquen su ausencia repetida de los ensayos el próximo día tal del cual”.
Pregunté después del ensayo, para no quedarme con mi propia explicación, que no era de fiar, y lo que había pasado es que Don José, había decidido llegar a una sanción ejemplar y disciplinaria, al grupo conocido como “Septimino del Bollete”. Que era lo que yo había pensado desde el principio.
Cristina López, que sepas que te amo.
Eso también lo pensaba desde el principio.
Y, llegó el fin de semana, y me pude alejar de mis problemas y ansias con los amigos de verdad, con los machos con los que había coincidido en libertad, en el mismo ecosistema, y no con esos con los que me había juntado en cautividad, en la misma jaula, en el cole. Pero, noches incluidas, aquel fin de semana se me hizo corto, y tuve que volver enseguida al colegio, más ansioso de lo que yo mismo esperaba, deseando oír noticias de Cristina.
Aquel lunes, estuve pendiente de López desde el principio. No me sentaba cerca de él, sino de Morientes, un chaval con un apenas perceptible sobrepeso, pero al que su madre llevaba torturando desde hacía muchos años, poniéndole una tartera con acelgas o espinacas o judías verdes o cualquiera de esas porquerías. El pobre no se las comía, pero eso le obligaba a saquear otras tarteras más apetitosas. Y todo el mundo, especialmente los que se traían filetes empanados le temían y evitaban. Yo no, porque comía en el colegio, y el comedor del colegio era territorio “wongo” (sagrado) para él, y nunca entraba porque le gustaba comer al aire libre. Pero Morientes no era la cuestión. Antes del recreo me había llevado dos regañinas leves (reconvenciones) y probablemente injustas, no en el sentido de que no las mereciera, sino que probablemente otros que las merecían más que yo (Por ejemplo, el propio Morientes que se pasó la mañana olisqueando rastros de otras tarteras) no se las habían llevado.
Llegó el recreo y seguí a López. Desdeñé incluso una “Cuádriga Brutal” y eso que tocaba hacer volar al pequeño Costa, ligero y volátil, pero lo primero era lo primero. Seguí a una distancia prudencial a López, mi cuñado, como yo pensaba, cariñosamente. Entre la mezcla caótica de niños, preadolescentes, adolescentes y jovenzuelos que era aquel colegio, formal y cristiano en su profesorado, tenía mis problemas para mantener la distancia. Sin embargo, mi determinación, basada en mis sentimientos dulces por Cristina López, hizo posible que dándolo todo de mí, consiguiera no perderle, hasta que se metió por el agujero de la valla de la piscina, y accedió al recinto de la misma.
Cosa que estaba prohibida. Acceder al recinto de la piscina fuera de la clase de deportes y de temporada, era una infracción gravísima. De modo que no le seguí hasta dentro, dentro. Si no que me quedé ahí fuera. Como esperando.
Mi determinación no daba para tanto.
Desde fuera, no obstante, alcanzaba, si se prestaba la suficiente atención, a escuchar los murmullos e incluso, en momentos de especial excitación a oír claramente la conversación. Simplemente se trataba de mantener la concentración y la atención durante un período relativamente largo de tiempo.
Como si fuera tan fácil.
Una cosa era identificar al Septimino del Bollete al completo, otra muy diferente, saber qué voz correspondía a cada uno de los componentes del mencionado septimino, y lo que ya era la leche, era entender lo que decían.
Y, una vez más sin saber cómo, tuve una idea genial.
Buenísima.
No creo que queráis quedaros sin saber cuál fue esa idea. ¿Eh?
Pero faltaba algo. ¿Por qué, si todo había sido tan desastroso, don José (a) El sapo, no había dicho nada? ¿Tal vez porque a falta de la segunda misa no quería ponernos nerviosos? ¿Tal vez porque después de todo, en el fondo de su helado corazón, nos había perdonado desde antes incluso de que cantásemos mal? ¿Tal vez porque le daba igual? ¿Tal vez porque quería que estuviésemos preguntando todo el rato estas preguntas? ¿Tal vez?
Si. Tal vez.
De nuevo entre Bollete y Wasmón, porque, aunque nadie nos había dicho que debíamos conservar los puestos de la primera misa, exactamente, nosotros, todos, lo dimos por supuesto. Y sin tiempo para chorradas, comenzó la intro del primer tema. Y fue en ese ratito de concentración que solemos tener los artistas, justo mientras dura la intro, hasta el cabezazo liberador del maestro, que decidí que seguiría a Wasmón. Que entraría después que él, y que no intentaría concentrarme en lo mío, sino no desafinar con respecto a nuestro Wasmón. Seguro que él sabía lo que había que hacer. Y si él sabía lo que había que hacer, yo haría lo mismo que él.
Comenzamos a cantar, y ya me relajé, por así decirlo en los brazos de Wasmón. El era mi capitán y le seguiría ciegamente, así que a los acordes de la primera canción, pude fijarme en los feligreses. En un señor. En una señora. En una abuela.
En un niño. En un niño en un cestillo de niño.
En otro señor.
En una mujer altísima. ¿Sería la madre de Vázquez? Porque Vázquez también era alto. Aunque más cabezón que la mujer aquella. Y con más heridas en los brazos. (De la cuadriga brutal, claro)
Una morena delgadita y preciosa. Que sonreía solo con la cara. Que se la podía amar para siempre.
Y que no era sino la hermana de López.
¡La hermana de López, la hermana de López!
Cristina López.
Yo sabía quién era, porque fui una vez a un cumpleaños en casa de López, que me imagino que era el cumpleaños de López, porque no iba a invitar a sus compañeros de clase al cumpleaños de su padre. Y tuve tiempo para verla, y para enamorarme de ella. Claro, así cantaba yo el Oh Sanutaris, totalmente independizado de Wasmón, que estaba tan concentrado en la interpretación, que incluso se permitía algún quiebro gitano por libre. Bollete no cantaba, solo movía la boca, y ni siquiera se sabía bien la letra. Y eso que, aunque en latín bien declinado, las letras eran bien sencillas, por cortitas.
Ajena a estas cuitas, la hermana de López seguía ahí, con su vestidito azul, y su suficiencia de nena de quince, mayor que nosotros, pero tal vez no inaccesible. Tal vez. Como antes.
Yo no conocía bien a López. No sabía si era de esos a los que no les gustaba que la gente se ligara a su hermana. Aunque el a mí me conocía lo suficiente para saber que me gustaba lo escabroso para los recreos, me gustaban los detalles sórdidos, y eso me ponía, seguramente en la lista de no recomendables para Cristina López. Estaba visto que trataría de hacerme la vida imposible en los recreos, si se me ocurría acercarme a su hermana. Pero…¿Quién se resistía a la morena y expresiva hermana de López?
Me di cuenta de que sonaba el Ave Verum, y yo no hacía ni caso. Seguramente don José (a) El sapo, nos preparaba una bronca de campeonato. Pero a mí ya me daba igual, sólo pensaba en acercarme a la familia López tras la misa, aunque también debía