ALTO CONSUELO

ABRÁZAME, RUBIA (III, Flashback)

Escrito por buch1965 15-03-2012 en General. Comentarios (1)

            La cosa empezó en una noche de ésas en las que la luna se quiere reconciliar con la Tierra y se acerca mucho a ella, convirtiéndose en una gran bola pálida, terrosa, deseosa de hacerle mimitos a nuestro planeta, para compensar todas las libertades que se había permitido hasta esa noche, de jugar con las mareas y con los ciclos biológicos a su antojo.

 

            Esa noche la Tierra no estaba para reconciliaciones y trataba de expulsar a la luna con vientos fríos y desapacibles.

 

            Pero la Luna era tan pesada, de vez en cuando…

 

            Barahona y yo que conocíamos esto nos metimos en un bar aquella noche, sabedores de que aquello podía no acabar bien, y sabiendo, sobre todo que con lo bebidos que íbamos, donde mejor estaríamos es en un bar de esos vacíos en los que al dueño no le importa perder un poco el tiempo, con tal de no echar el cierre.

 

-          Mi amigo un ron limón yo ron cola

-          No, espera. Yo quiero un café con leche. De repente me ha apetecido.

-          Eso entonces.

 

Sin saber, exactamente como me iba a caer el café, sobre la cama de rones limón que vestía mi estómago, me sentí, sin embargo, aliviado al coger la taza caliente con las dos manos. Y también me dio enorme pereza la copa fría tintineante de Barahona.

 

Tintineante.

 

El presunto dueño, pasó una bayeta por la barra y se vio en la necesidad de aclararnos que no iba a cerrar, que pasaba el paño para limpiar.

- Y ¿Cuándo va a cerrar? ¡Ya son las cinco de la mañana!

-  Hoy aquí no se cierra.

- ¿Abierto 24 horas?

-  Eso exclusivamente hoy.

 

Barahona me dijo que si pedíamos una baraja. Le dije que no, que era una pesadez, que sólo quería mi café. Que si una oca o un parchís, le dije que no. Que si un dominó. Que tampoco.

 

-          ¿Por qué no cierra hoy?

-          Porque hoy es día de luna gorda. Y puede venir Mortimer.

 

Barahona no dio muestras de percatarse del contenido de la conversación, porque se distrajo otra vez.

 

-          ¿Un backgammon?

-          No sé jugar a eso, Barahona. No pidas nada de jugar.

-          ¿Baraja ya te dije? ¿Quieres un smint? Y se palpó sus bolsillos

-          No, no quiero un smint para tomar con mi café con leche y sin azúcar ni preguntas.

 

Barahona miró al techo y se preguntó por qué salía conmigo.

-          Qué soso eres, tío.

-          Si, bueno, vaya planazo el tuyo. Yo me tomo el café y me largo.

-          Espera, espera, que quiero preguntarle más a este hombre.

 

Yo miré al techo, también.

-          ¿Quién es Mortimer?

-          Si se refiere al nombre, Mortimer, es Mortimer. Aunque a lo mejor se llama Ignacio, no lo sé. Yo le conozco por Mortimer.

-          ¿Pero se llama Ignacio?

-          NO tengo ni idea.

-          Pero has dicho Ignacio.

-          Es el primer nombre que se me ha ocurrido.

-          ¿El primer nombre que se te ha ocurrido es Ignacio?

-          Sí.

-          Pues es un nombre raro para que se te ocurra el primero.

-          Vale.

-          ¿Y este Mortimer es un cliente?

-          Es más que un cliente. Es a quien debo mi vida. Por eso le prometí que cada noche de luna gorda mi bar siempre estaría abierto para él.

 

Barahona se volvió hacia mí.

-          Levántate.

-          Barahona, no jodas tío.

-          Venga hombre, no quieres jugar a las cartas, ni al backgammon, levántate por lo menos.

 

Me levanté, susurrando (“Si lo llego a saber te digo que sí a la oca)

-          Perfecto, ahora dale la vuelta a la silla y siéntate como un mafioso.

-          ¿Así?

-          Exacto.

 

Barahona se acercó desde la barra hasta donde estaba yo,  Y también hizo lo mismo. Se sentó como un mafioso, con el respaldo hacia delante.

-          Y ahora cuéntenos esa historia, por Dios, eso sí no se recree usted que a estamos en un flashback. Y otro cafetito para mi abuelita, aquí. Yo roncola.

-          Pues bien señores,…

-          ¡Qué estás contando, hombre!

 

Y esa voz sonó desde el fondo, mientras se abría la puerta.

 

Mortimer, claro.

 

Sigue continuando

ABRÁZAME, RUBIA (II)

Escrito por buch1965 22-02-2012 en General. Comentarios (2)

-          ¿Tú sabes quién es ese?- dije dirigiéndome a mi derecha, pero sin apartar mi vista de “ése”.

-          Ni siquiera sé quién es usted, amigo-Me dijo un señor, que ocupaba el lugar donde debería estar Barahona.

-          Disculpe, no hablaba con usted.

 

Barahona se había puesto a mi izquierda.

 

-          Barahona, ¿Sabes quién es ese?

-          ¿El del jersey rojo de los 70?

-          No, hombre, dos sitios más a nuestra izquierda, enfrente

-          ¿El que tiene pinta de agitador de turbas?

-          No, perdón, tres sitios más a nuestra izquierda.

 

Un silencio de comprobación. Barahona reaccionó al fin y me miró (lo supe aunque yo no le mirase a él) con la boca abierta. Con toda la bocota abierta:

 

-          ¡Ostrás!

-          ¿Verdad?

-          Se parece un huevo…

-          No, tío, no se parece. Es.

-          ¿Pero puede ser?

-          ¿Puede?

 

Y lo dijimos los dos, compartiendo bocadillo

 

-          ¡Mortimer!

 

Y durante un momento, aliviados por la coincidencia, dejamos que los pajarillos asumieran algo de protagonismo. También el cura se coló entre los gorjeos, y se oían de coro sus sentidas palabras de recio consuelo cristiano. Es cierto, Barahona y yo dejamos que aquello ocurriese, pero no fue del todo voluntario…

 

…los dos teníamos la boca abierta, y como cocodrilos enemigos de Tarzán, un palo de asombro nos impedía cerrarla. Y el cura se crecía:

 

-…y eso es lo que sería verdaderamente triste, la desaparición de un espíritu, sin que otro lo sustituyese…

 

Para bien o para mal, aquél era un discurso que exigía de plena concentración para entenderlo, y por qué no confesarlo, la mejor capacidad de concentración que en la historia había exhibido yo no llegaría ni al 30%. Y Barahona no me ganaba. Así que tuvimos que volver a cuchichear, eso sí, con la boca un poco abierta.

 

-          Hay un error, seguro.

-          Hombre, claro.

-          ¿Imprimiste el email?

-          No, claro. ¿Y tú?

-          Tampoco.

-          Sería el hermano, o algo así ¿no?

-          ¿El hermano? Pero en el email decía Mortimer.

-          Es verdad, y Mortimer es un mote, no un apellido.

-          Claro. ¿no?

-          Pero si dices “claro”, luego no digas “¿no?, porque es muy desconcertante ¿no?

-          ¿Ya te pones exquisito con el lenguaje?

-          Esto es muy confuso. Para nosotros éste es el funeral de Mortimer.

-          Pero no para Mortimer. Él debería estar donde está el muerto.

-          Eso mismo opino yo.

-          Eso seguro ¿no?

-          Ya estamos con el “¿no?”

-          Pues ahora a ver a qué entierro hemos venido, pues desde luego el de Mortimer no es.

-          Recapacitemos: Nos mandan un email para pedirnos que vengamos al entierro de Mortimer, y resulta que Mortimer está asistiendo al entierro.

-          Sólo hay una cosa segura: Éste no es el entierro de Mortimer…¿no?

 

El Sol, del que no hacía tanto nos habíamos burlado por impotente, se había hecho fuerte sin hacerse notar.  Barahona y yo nos dimos cuenta, pero disimulamos para no tener que pedirle perdón.

 

-          Qué pérdida de tiempo, haberle llorado tanto.

-          ¿Tú llegaste a llorar?

-          No. Llorar-llorar no, pero me puse triste.

-          Yo creo que tendremos que hablar con él.

-          Puede que sí, pero esta vez no estoy seguro ¿no?

-          ¿No crees que deberíamos averiguar lo que pasa?

-          Pues verás-me dijo Mortimer, un poco cansado de cuchichear- lo que creo es que eso sería lo correcto si todo se mantiene dentro de lo terrenal.

-          ¿A qué te refieres?-dije yo para no estar tanto rato callado.

-          Pues verás. Imagínate que en realidad sólo le vemos tú y yo. Imagínate que es una especie de aparición, y que se nos hace visible a ti y a mí para darnos un mensaje. Y dentro de los tipos de mensaje puede ser un mensaje normal, del tipo “Hey chicos, revisad por casa que hay tres latas de foie-grass Mina, del bueno, que va a caducar, haced unos bocatas, que no se eche a perder”. Pero claro, también podría tratarse de otro tipo de mensaje.

-          ¿Otro tipo de mensaje? En el tono en el que lo has dicho, se debería escribir con inquietante cursiva.

-          Un mensaje como éste: “He venido para vengarme de vosotros, por el asunto de la rubia. ¿Creíais que estaba olvidado? En vida no me he vengado porque tenía miedo de las consecuencias, pero ahora puedo hacer lo que me dé la gana”

 

Me metí las manos en los bolsillos para disimular la inquietud, e incluso, para relajar el ambiente me permití una ligera carcajada. Por desgracia aquello me sacó de ambiente y me miró todo el mundo, con evidente hostilidad. Me pude colorado, o por lo menos note la temperatura de ponerse, y huí hacia adelante prosiguiendo la conversación.

-          Pero ¿Qué dices? ¿Crees que es un puto fantasma?

-          Si, bueno, le llamas “fantasma” y da risa, pero si le llamas “aparición” o “presencia”, la cosa cambia. Y ahora eres muy valiente, a mediodía, con un sol impotente, pero brillante, pero te quiero ver yo cuando caiga la noche, cuando te vayas a acostar y le veas sentado en la esquina de tu cama, todo pálido…

-          Ahora no está pálido, Barahona. Callémonos que nos van a echar, luego seguimos hablando. Ahora mientras habla el cura y molestan los pajarillos voy a pensar un ratillo en cómo conocimos a Mortimer.

 

Y tal como lo dije, se puso todo borroso.

 

Y como un preludio de lo importante que iba a ser este Flashback, se acabó la segunda parte:

 

Flashback “Cómo conocimos a Mortimer y qué pintó en nuestras vidas”

 

(continúa en la imprescindible III parte)

ABRÁZAME, RUBIA (I)

Escrito por buch1965 13-02-2012 en General. Comentarios (3)

Conducía Barahona. Brillaba el sol. No digo que fueran hechos relacionados, pero aseguro que no eran incompatibles.

 

Conducía Barahona y brillaba el sol. Otras veces no sería así. Pero aquél día 21 de Marzo, que ya le habían dado el banderazo oficial a la primavera, pero que ella, se lo tomaba con calma, desde luego, era lo que estaba pasando.

 

Y digo que la primavera se lo tomaba con calma, porque, aunque brillaba el sol, y se intuían gorjeos de pajarillos como fondo al ronco sonido del motor del viejo bmw de Barahona, el astro rey, apenas calentaba, y los pobres labriegos que nos íbamos encontrando por el camino iban arrebujados en sus toscas vestimentas rurales, con color y cara de frío.

 

Nos burlábamos del sol:

 

-          ¿Has visto? Mucho brillar y no calienta nada.

 

 

El gorjear indignado de los pajarillos se iba imponiendo poco a poco al roncar del motor, por un lado, porque la ventanilla trasera izquierda estaba estropeada y no se podía levantar, y, también porque Barahona conducía muy despacio, exhibiendo prudencia de forma osada. Yo no era experto ornitólogo, pero creía distinguir dos tipos de gorjeos diferentes. Uno correspondía al de las aves migratorias, recién llegadas de las lagunas de África, que esperaban que la primavera se les hubiese adelantado, y viendo que no, gorjeaban horrísonas blasfemias. Y el otro el de las familias enteras de jilgueros, cuyos antepasados se habían fugado de las jaulas hacía tiempo, y también estaban enfadados, con doble motivo; el retraso funcionarial de la primavera, y, por añadidura la invasión de las aves migratorias, una especie de turistas maleducados, que les peleaban el grano de las cosechas.

 

Me fijé en Barahona. Llevábamos tres o cuatro minutos en silencio, dejándonos invadir por el frío y las fragancias campestres, y me pregunté (Como cuando te preguntas ¿Qué clase de personas es realmente la tía Isabel?, después de más de veinte años de conocerla) lo que pensaría Barahona. Siempre había detalles nuevos que podías descubrir en las personas, por mucho que las conozcas. Me volvió a caer bien. Tras tantos años de amistad, me preguntaba en cada cambio de estación si Barahona me caía bien.

 

Y siempre me caía bien. Con sus gafas.

 

Me vio mirándole y me dijo, echando mano a su paquete de Chester

 

-          ¿Qué llevas?

 

Y yo mirando, con probablemente gracioso gesto, el revés de mi paquete de Lucky…

 

-           Embarazo chungo.

 

-          Te gano. Pulmones destrozados.

 

-          No es evidente que embarazo chungo sea menos grave que Pulmones destrozados.

 

-          ¿Perdón?- me dijo escandalizado.

 

-          Lo que oyes. Un embarazo chungo, por favor.

 

-          Creo que te oyes a ti mismo y no te estás creyendo. ¿No notas en ti mismo tu poca convicción?

 

 

Discutíamos alegremente. El aire que provenía de la ventanilla trasera, no era suficiente para mover nuestros cabellos, pero nosotros íbamos optimistas al encuentro de nuestro destino.

 

            Un entierro.

 

            Llegamos con la hora justita al pueblo; Barahona preguntó:

 

-          Señora, ¿El cementerio?

-          Pues arriba-dijo ella, “¿Dónde sino?” puso cara de pensar.

 

Cogimos la única carretera que iba hacia arriba, y nos encontramos una pradera que hacía las veces de parking, a rebosar de coches. Pudimos oír algunas palabras del cura, pero no conseguimos descifrarlas. La música, sin embargo, era de consuelo. La música de las palabras. Allí no tenían Banda Municipal que tocara acordes tristes.

 

Barahona aparcó como pudo y yo salí tras él, poniéndome la chaqueta a la par que andaba, sin conseguir atinar hasta que llegamos a un hueco que consideramos nuestro.

 

Y yo, de alma distraída, apenas recuperé el resuello, me empecé a fijar en la gente.

 

Y casi me caigo de culo.

 

(Continuará)

TRES RASPONCITOS EN EL ALMA ( y IV)

Escrito por buch1965 24-01-2012 en General. Comentarios (5)

Desde luego, no era la primera vez que hacía el paseíllo desde el despacho de mi Gran Bwana, hasta mi sitio, en estado de shock. Ya otras veces había experimentado esa sensación de oír en la lejanía las voces de los que apenas están a unos metros:

 

-          Tío…¿Qué te pasa, vas como borracho?

-          ¡Eh, que te vas rozando con los ficus!

-          ¿Vienes a comer con nosotros? Vamos a ir donde la Perra Viuda…

-          No te pega la corbata con la camisa…

-          Eso, jamás rayas con rayas…

 

Y todo eso me sonaba como una banda de susurradores, sin armonía, sin conexión. Yo miraba para abajo sin dar explicaciones. Claro, que era un coro tan insistente, que alguna vez tuve que escaparme de mí hondo penar, para contestar:

 

-          No señor, esto es una oficina, ¿Cómo cojones va a estar aquí la parada del 9?

 

 

Me cegaba la indignación. Era una indignación de esas que llevan en la receta humillación y decepción, o sea indignación arrabiata, y de las muchas cosas que no deseaba en aquel momento, destacaba, como bandera en Everest, la posibilidad de ver a Carita de Chocolate. ¿A quién le iba a extrañar, que levantando la mirada lentamente, de un modo increíblemente cuco, me encontrase de bruces con Carita de Chocolate?

 

- Hola- dije forzando mi mejor sonrisa herida.

- ¡Hey, hola!-dijo ella fingiendo gran placer.

- Qué pasa…-dije yo sin interrogaciones.

- ¡Hey!

- ¡Hey! Voy a apañar unas movidas.

- ¡Venga, yo voy a hablar por mi móvil! Luego te veo.

- Claro, claro…

 

“¿En serio?” Pensé yo. ¿Para qué me querría ver Carita de Chocolate? ¿Para burlarse de mí? ¿Para pedirme disculpas, acaso? Pero no parecía que ella creyese que había hecho algo malo. Sin embargo, de eso no cabía duda. Habría que esperar a la tarde, a ver qué pasaba.

 

Comí con Paulino, acepté comer con él, porque, de tan ofuscado que estaba, no pude ofrecer una excusa creíble, y, también porque pensé que mejor todo lo malo en un día, y abreviar el sufrimiento.

 

Bebí un montón de vino. O sea que para abreviar, abrevé.

 

A pesar de la conversación densa de Paulino, pude disfrutar durante un tiempo del Pote gallego y de las chuletas de cerdo, empapaditas en morapio del malo. Me dejé las natillas, aunque supe que me arrepentiría a las 5 o así.

 

Después de cinco vasitos de vino y el resto de las cosas, llegué a mi sitio un poco perjudicado, y me dio por cambiar la decoración. Arranqué la foto de un ternero en una cumbre, que nunca había significado nada para mí, y me senté, tras el esfuerzo, a contemplar el nuevo diseño. Y, entonces, la desazón que es capaz de agazaparse durante horas, hasta que te olvidas de ella, y cuando ya no te lo esperas, salta sobre ti…

 

Saltó sobre mí…

 

Y me vino una oleada furiosa de dolor, y un poco de ganas de llorar. Por supuesto, no iba a llorar, pero era una rabia incontenible. Está claro que podría haberlo hecho, y, más a esa hora que ya no quedaba casi nadie, y, que mi sitio tenía la ventaja de estar rodeado te tabiques altos, y proporcionaba una cantidad razonable de intimidad. Pero eso estaba descartado.

 

Tan sólo dejé que se me humedecieran un poco los ojos. Lo justo para permitir que mis cuencas oculares, contuvieran la inundación.

 

Y fue entonces, cuando alguien, se acercó por detrás y, delicadamente me tapó los ojos. Sin destaparlos de situó a mi lado me sujetó la cabeza, me la giró un poco, sin llegar a producirme un esguince, y tranquilamente me besó en los labios. Yo, de momento recé para que no hubiera sido Paulino, con eso me hubiera conformado. Pero al abrir los ojos, me encontré con el rostro pintarrajeado de Carita de Chocolate.

 

-¡Tú!, pero ¿Por qué?

- Porque me gustas.

- ¿Te gusto?

- Y mucho.

- ¿Es que el informe que tiene mi jefe, recomendándole que me despida no es cosa tuya?

- Sí, sí que es cosa mía.

- Mucho no lo entiendo. Perdona que te diga.

 

Carita de Chocolate se apartó teatralmente. Como de un brinquito, así, hacia atrás. Aprovechando su propio impulso se sentó sobre mi mesa, y, sin querer, me tiró al suelo una grapadora que yo jamás había usado. Lo hizo con su trasero de cojín reventón, cosa que no arregló el desaguisado, desde luego, pero le dio cierta gracia.

 

Me puso la manita bajo la barbilla y me levantó la cara para que la mirase. Fue un gesto bonito y tierno. Aunque lo hubiera sido más si yo hubiera sido ella, y ella, yo. Pero eso no podía ser; yo no era tan cabrón.

 

-          Tú tienes la mitad del encanto que hay sobre la Tierra. La otra mitad se la reparten los otros tres mil o cuatro mil millones de hombres que hay por ahí. Y utilizo la palabra encanto para resumir todo lo que un hombre puede tener que le gusta a una mujer pintarrajeada y sensible como yo. Eres cariñoso, eres atento, eres apañao, eres ¡gracioso!. En el poco tiempo que hemos estado codo a codo, me has dicho cosas que me han tenido riendo, hasta que he llegado a casa, e incluso alguna vez hasta que he bajado al perro, que no agacharme a recoger sus cositas podía, para no mearme encima…

-          Pero-dije yo alargando sobradamente la “e”, con esa forma de alargar que significa que sabes que te la van a meter doblada.

-          Simplemente, como profesional, eres una auténtica mierda. Cualquiera haría tu trabajo mejor que tú. Eres desorganizado, vago, anárquico, y ese cuento chino de que eres un artista es para reírse en tu cara. ¡Para eso hace falta talento, no creerlo por las buenas!

-          Un momento, un momento, pero si tú asentías cuando te contaba mis procedimientos…

-          ¡Te estaba sonsacando, gilipollas!

-          ¡Qué bien!, ¡Qué maja!

-          Yo no soy maja, atontao, yo soy profesional.

-          ¿Pero eres de la mafia o algo así?

-          Si fuera de la mafia te habría eliminado, allí se deshacen de los inútiles.

 

Juro que me endilgó un cuarto de hora de oprobios humillantes, haciendo que cada frase, por difícil que pareciese, fuese más injuriosa que la anterior. Hasta que remató con esta espectacular puñalada:

 

-          Pero eres majo a más no poder. ¿Vamos a mi casa? ¿Qué me dices?

 

Mi propia dignidad, herida, sí, pero poderosa como un transformer, se alzó ante mí, para impedirme una humillación aún mayor. Mi dignidad me impedía dar el paso.

 

Así que la aparté de un manotazo.

 

-          Pero ahorita mismo, princesa del chocolate.

 

Y cogí mi abrigo. Después me giré a cámara, y con el abrigo elegantemente cogido con un dedo, guiñé un ojo y susurré:

 

-          No te preocupes, dignidad, que si nos vemos en la necesidad de vengarnos, puedo en todo caso, echarle una mierda de polvo y dejarle a medias. Eso no me costará mucho.

 

Y dadno por terminada esta historia me fui, con mi orgullo, mi dignidad, y mi profesionalidad totalmente heridas. Tres rasponcitos de nada.

TRES RASPONCITOS EN EL ALMA ( III)

Escrito por buch1965 11-01-2012 en General. Comentarios (4)

Nuestra relación iba cogiendo poso de una manera natural, reposada. Ella asistía con interés real o fingido, que igual daba, a mis charlas sobre los procedimientos alternativos, o meramente artísticos, y ponía interesantes objeciones a mi estilo desenfadado de trabajar.

 

            Pero le encantaba.

 

-          Los apaches cerraban los ojos y pegaban el oído a la vía, para sentir el tren.

-          Pero a lo mejor por eso ya no quedan apaches.

-          Los ciegos son los que mejor toca el arpa.

-          Que nos parece, pero que puede ser porque al darnos cuenta de que son ciegos, no les exigimos mucho. Que ya nos parece mucho que encuentren el arpa. Y que ella conocía ciegos que no tenían ni idea de tocar el arpa.

-          Que sí…

-          Que no…

-          Que sí…

-          Que a lo mejor.

 

Yo imaginaba, en mi espíritu algo carcomido por la concupiscencia, pero de recias convicciones, que ella se encontraba a sí misma una vez que fermentaban en su cabeza, los argumentos que yo le había servido durante el día. Y, aunque, no con una claridad meridiana, sí que con sus gestos, con su menear la coleta mal hecha, con su media sonrisa de “hoy, a lo mejor me convences”, su mirarse de refilón en el cristal de la pecera, donde nadaban unos ignotos peces japoneses, su pulsar frenético del ratón, y sus preciosas piernas de “apuesto a que te gustaría nadar aquí un rato” , aprobaba, o más aún admiraba mi originalidad laboral.

 

Y fue la tercera noche de nuestras jornadas comunes que soñé que ya bailando al ritmo, con esa imperfección que tienen los sueños, de empezar cuando ya hace rato que han empezado, tú parecías pedir más ritmo con tu arquear espasmódico de espalda. Yo no sé por qué, pero no te lo concedí. Y me agarrabas de los hombros haciéndome un poco de daño, y querías, un momentito después, con tus manos en mi espalda, acelerar a toda costa. Y yo me resistía para fastidiarte y que lo pidieras con más ganas. Y tú lo hacías, pero sin decir ni una palabra, y yo quería que la dijeras, que lo pidieras por favor, pero seguramente tú ya sabías que el ritmo lo iba a mantener, y no hablabas. Entonces me cogiste del cuello, con fuerza. Y yo te tapé la boca. Y vi que tu ansia era infinita, y acelerabas tú, y yo te frenaba. Y ponías cara de enfado. Sin embargo, te mantenías en tus trece, y, con cada músculo de tu cuerpo (incluidos tus mofletes chocolateados) en máxima tensión. Y, cuando por un momento olvidaste que ibas, por fin llegaste. Me quedé boquiabierto, con tu intensidad, y llegué a pensar que te podía estar pasando algo malo. Pero luego no parecía tan malo lo que te pasaba…

 

Cuando llegaba mi turno, y yo preparaba el regadío, se puso el “The End”, merced a esa costumbre tan simpática que tienen los sueños de acabarse antes de acabarse.

 

-          Que pases al despacho.

 

Ahí estaba TNT Alina con sus mensajes indirectos. Pensé que si yo no estuviera loco por pegarle un lametón en el moflete a “Carita de Chocolate”, tal vez le hubiera intentado caer simpático a Alina. Reconozco que siempre me habían gustado las mujeres pequeñas, embutiditas y de malas pulgas, pero aún tenía por delante unos cuantos cuartos de hora para dedicárselos a “Carita de Chocolate”, y no veía muchas opciones para llegar a un acuerdo entre los tres.

 

            Aunque era un bonito tema para otro sueñito de esos que empiezan después y acaban antes de tiempo.

 

            No obstante, aprovechando que Alina se había dado la vuelta, ignorándome, aproveché para, con todo respeto, echarle una ojeada a su redondeado y prieto trasero. Y entré alegre y confiado, como un chavalín de excursión en la Fontaneda.

 

-          De puta madre.

 

Y esto, aunque lacónico, era grave. Era una regañina, pero peor aún, era una regañina que se había estado preparando. “Voy a decir una frase absurda, para que él me pregunte ¿Por qué? Y me dé pie a la regañina estructurada”. Pero yo no iba a participar de aquello

 

-          Ajá.

 

“Y ahora a ver como estructuras el discurso”

 

-          ¿Sabes lo que esto?-Me dijo el Gran Bwana, agitando unos papeles ante mis ojos.

 

 

Vosotros, mis amigos, ¿Queréis saberlo?