COSAS QUE PASARÁN A PARTIR DE AHORA

Amiguitos, esto es lo que va a pasar ahora. He tenido una idea literaria, cañón, mientras reflexionaba sobre mi película favorita: Big Fish. El por qué reflexiono sobre películas, es algo que yo tampoco alcanzo a entender, si alguien viniera y me dijera: “¿Qué haces?” Yo no contestaría jamás: “Estoy reflexionando sobre una peli”. Pero, en fin, el triste caso es que lo hago.

¿Dónde está el hilo? Ah, sí, ya lo tengo. Bueno, pues estaba reflexionando sobre Big Fish, y las causas últimas de que esa película, esa historia, más bien, me causase tanta fascinación, y descubrí que me encantaba la convivencia original que hace entre lo real y lo fantástico, y como se ve que lo fantástico surge de lo real, pero que podría serlo incluso, si nosotros queremos. Eso me gusta mucho. Me hace sentir un montón, y para los que no tenemos corazón ni sentimientos, es importante cada cosa que podemos sentir. Para los que somos de piedra perfecta pulida, es conmovedor descubrir nuestro impulso sensible.

¿Qué no?

Abro otro blog, porque voy a empezar a contar historias en un nuevo formato. Se trata de un diario que me apetece escribir. (Nada del todo real, de eso no soy capaz)

Claro que si abro otro, pues cerraré este, porque me conozco y sé que no soy capaz de llevar dos caballos al tiempo, y mucho menos discernir qué idea utilizo en un lado y cual en otro. Fue como cuando me hice con un juego de rallys para pc. El maldito juego quería que yo diseñara el coche. Le tuve que decir que hiciera el favor de darme un coche ya diseñado (input), que yo había comprado un juego para conducir, no para ser una puñetera escudería.

Cambiaré de nick y todo, así que el que quiera que le envíe la nueva dirección, que me lo deje dicho aquí, y con mucho gusto se la mandaré.

Bueno, hay algunos como Guiss, Kotts, MAL, Wolffo, Foss, Pampas, Isabel Rojas (el talentazo), y alguno más que me olvido que lo recibirán quieran o no, porque han adquirido el compromiso de quererme a toda costa, y me ponga como me ponga, y eso es parte del precio.

A todos: Este blog, hasta que se escacharró el contador, contaba unos 8.000 visitantes únicos. Para mí es la repera. Es que 100 ya me parece el no va más. Es por ellos que me gusta tanto esto (Bueno, más por ellas) y cuando alguien dice que se ha reído o que le ha gustado mucho o algo así, tengo una sensación muy cálida. Lo mejor que soy capaz de sentir.

O sea. Muchas gracias. Nos vemos en lo otro ¿No?

MARGA MONEGROS: ¡Queremos ser tus amigos!(IV)

Confieso que rodamos. En el primer hotel que vimos, que por desgracia era carísimo, pero que sirvió al menos para llegar hasta el final. Algunas veces. Y lo mejor es que fue de esas ocasiones en las que nada existe alrededor. Nada existe lejos, ni cerca, ni a media distancia.

Todo lo que no éramos nosotros, sumado, no llegaba a importar un pimiento. Y si tuviera que recordar cómo llegamos hasta allí, o como hablé con el de recepción, me vería en un aprieto, porque yo no recordaba realmente nada que no fuera ella y si mirada.

La tarde fue cortísima, y vino la noche, empujándola porque seguramente quería quedarse a pasarlo bien. Encendimos las lámparas, sin acertar en un buen rato qué interruptor encendía qué lámpara, descorrimos las cortinas, encendimos la tele. Hablamos. Yo tenía hambre:

-       ¿Nos vamos a cenar?

-       Sí, pero quiero decirte una cosa.

-       Tú dirás.

-       Es que quiero hacer una cosa. ¿Tú alguna vez has dicho “A la mierda con todo”.

-       Decirlo no sé, pero fijo que lo he pensado.

-       ¿Lo hacemos?

-       ¿Mandarlo todo a la mierda?

-       Sí, hombre, pero no sigas ni hablando ni pensando en ello, simplemente hagámoslo.

-       Pero si hacemos eso…¿Podemos ir a cenar de todas formas?

-       Ja,ja. Sí podemos.

-       Pues entonces adelante, hagámoslo.

 

Y cenamos riéndonos muchísimo, y, después de cenar con abundancia, aún nos quedamos un ratito en la mesa tomando chupitos dulces, y bien cargados.

Y en gran número.

Y luego fuimos a bailar, sobre todo ella, gran especialista en salsa. Y luego, por qué no, a un karaoke, donde pude interpretar a mis anchas “Starting Over” que me salió fenomenal, tanto que un grupo de escoceses que estaban allí celebrando algo, me aplaudió a rabiar.

Y entre tanta actividad, por difícil que resulte de creer, yo pensaba.

Pensaba que sí. Que a la mierda o como decían en esa peli “¿Pero qué coño?”. Que ya había llevado una vida pensando todo lo que hacía, preocupado por el qué dirán, y que el mundo estaba lleno de gente arrastrándose por ahí, y, sí, daban un poco de ascopena pero no se morían por las calles ni eran torturados.

Vamos, que no era para tanto. Que la población mundial hacía como que no, pero que todos sabíamos de un modo discreto, que siempre había una especie de red de seguridad. Que los que decían “Me lancé al mundo sin red de seguridad”, en el fondo mentían, porque había un entramado de subsidios, limosnas, ayhijoquepenamedas, tomamuchachounamanzanas, quierespasarlanochecalientes, y otras redes de seguridad que hacían que lo que parecían actos de valor no fuesen más que pequeños juegos.

Marga y yo nos comimos la noche sin cubiertos, y volvimos al hotel para ver amanecer, y para rodar un poco, aunque ya no en las mismas condiciones que la tarde anterior. Lo cierto es que, conmovido por el polvo recién echado, y mientras llenaba mis pulmones con una rica mezcla de tabacos turcos y virginianos, que respondía al crítptico nombre de Lucky Strike, le dije:

-       Lo dejo todo. Y vivimos tú y yo. Seré músico callejero o mimo o quietista. Algo que me permita estar contigo.

-       Vale- dijo ella y sonrió.

 

Pero me pareció que la conversación se quedaba en nada, y para darme un bañito de vanidad, bajo precio por la renuncia sacrificada que yo acababa de hacer, le pregunté qué era lo que le gustaba de mí.

-       Me gustan los raros.

 

Y puse la tele.

Y después, tan considerado, esperé a las 10,00 am. Y llamé para despedirme del trabajo. Y el jefe se cabreó un poco, y me dijo que así no se hacían las cosas. Y yo que lo sentía pero que tenía algo mejor. Y él que se alegraba pero que así no se hacían las cosas. Y yo que había cumplido la ley, porque se lo decía con quince días, pero que como tenía más de quince días de vacaciones que ya no iba a aparecer más, y que se podían quedar con el finiquito, que no lo quería que yo era un señor, y él que señor sería, pero que había quedado fatal y que me dieran por el culo. Y yo que si quería la clave de mi pc, y él que sí, y yo que la clave es “serás jefe pero maricón”, y él colgó.

Marga no oyó nada porque estaba en la ducha. Yo me di media vuelta en la cama y traté de dormir, y ya en plan generoso, me di al sueño reparador, y, por sorpresa, abandoné el mundo de la felicidad segura, y me zambullí en el de la felicidad probable.

Ya era un hombre de riesgo.

Soñé con candelabros de luces titilantes. Los candelabros de luces titilantes no me dieron felicidad, pero tampoco me sumieron en la desgracia, así que cuando desperté, me hallé que no estaba de ningún humor, ni bueno ni malo. Pero enseguida, cuando desperté, vi que ella dormía de espaldas a mi, enseñando un hombro. No es que me apeteciera realmente, pero me dije que no me venía mal ganar unos puntitos a cuenta de despertarla con suaves besitos en el hombro. En el suyo. Y además yo ya era un hombre de riesgo, y no podía andarme parando en valoraciones. Así que lo hice, y le di varios besitos seguidos y repicantes en su hombro moreno.

Ella, por toda respuesta se puso a roncar.

Así que los besitos los subí un puñado de decibelios. Y otro puñado. Y tuve que darle un buen mordisco para que se despertara. Y cuando se despertó me pregunté que qué necesidad tenía yo de despertarla. Pero cuando me preguntaba eso, ella se puso a frotarse el hombro con incredulidad. Cosa que, bien pensado, no se hace tan a menudo en la vida.

-       Quédate ahí, cariño.

 

La dejé frotándose el hombro, con incredulidad, me vestí a lo guarro, y bajé a por un desayuno en condiciones. Puse de todo en la bandeja. Subí a toda prisa. Son obviar la velocidad constante del ascensor, por supuesto.

-       Te he traído magdalenas valencianas, no sé si te gustan.

-       ¿Hay café?

-       Claro.- Y como no podía señalar porque tenía las manos ocupadas con la bandeja, miré a la cafetera con toda intención.

 

Desayunamos juntos. Muy bien. Echando risitas y eso. Y caímos otra vez en el rodamiento a continuación. Y nos hicimos suscriptores del “Do not disturb” durante varias horas.

Fue ella la que se bajó del mundo del rodamiento, para poner un pie en el mundo real. Señaló a la pared, donde un orondo reloj marcaba la una y media.

-       No puede ser esa hora. ¿Verdad?

-       Es la hora que a ti te guste. ¿Cuál quieres que ponga?

-       No, en serio., ¿es la una?

-       La una y media.¿Tienes prisa?

-       Si, joé, le dije a nuestro jefe que a las dos estaría allí.

-       ¿Le dijiste? ¡Pero si ya no es nuestro jefe!, ¿No?

-       ¿Ah no?

-       Yo le he llamado esta mañana, cuando estabas en la ducha. ¿Tú cuando lo vas a hacer?

-       ¿Yo? Pero ¿De qué hablas?

-       Lo que dijiste de ser dueños de nuestro destino y que todo importa un carajo. Lo que hablamos ayer, y lo que después te dije yo, que me haría quietista.

 

Ella abrió la boca de un modo desmesurado, como una pitón cuando se traga una liebre. Y dijo muy despacio:

-       Pero, era todo broma, ¿no? Al menos por mi parte.

 

Y yo me quedé algo confuso, hasta que reaccioné, lleno de estilo.

-       ¡Pues claro tonta, te estaba vacilando! ¡Ya te vale!

 

Ella se empezó a reír y me tiró la almohada, mientras se vestía. Yo también reía, solo que reía desconsolado.

Me vestí y la acompañé al trabajo, cuando llegamos a la oficina, murmuré una excusa de no se qué que se me había olvidado, y le dije que fuera entrando que yo no tardaría mucho.

Y ahí la dejé. Y yo me volví a mi casa.

 

Y salí de su vida, como hacen los grandes, sin decir una palabra. Y yo estaba dispuesto a ser un desgraciado desde el día 3 hasta el día del fin del mundo.

Pero que bien desaparecí.

MARGA MONEGROS: ¡Queremos ser tus amigos!(III)

Una cosa que me pasaba (una tara) es que yo no quería tener a Marga, bebiendo en la misma fuente de chistes que los otros dos cabestros. Por eso, de una manera no del todo consciente, decidí no ser simpático, ni atractivo ni irresistible, como de costumbre. Prefería que Marga no se riera, a que se rieran los otros dos.

            El tupamaro pidió macarrones con salchichas y coles de bruselas, dos primeros, porque era de esos que no se conforman con aportar nada, sino que además les gusta dar el coñazo.

-       ¿Los macarrones llevan las salchichas de carnicero o tipo oscar mayer?

 

Y yo, que ya llevaba amargado un rato, pensaba que qué mierda de pregunta era esa, y que qué más daba.

- Pues no sé. Salchichas, no les tengo mirado el pedigrí.

- Bien, entonces tomaré eso. ¿Las coles de Bruselas vienen con mucho caldo?

- No sé que es mucho. A ver…hum…cazo y un tercio.

- ¿Cazo pequeño?

- Comparado con el grande, sí.

- En ese caso tomaré las coles de Bruselas, sí.

 

Después de que pidiera el maleducado de El Tupamaro, le tocó el turno a Marga. (Me tocaba a mí, pero hice un gesto caballeroso y le cedí la palabra)

-       A ver, yo quiero lentejitas y luego escalope.

 

Eso fue definitivo, porque yo sé que si hubiera dicho “lentejas” no hubiera pegado nada con la espectacular colonia de bvlgari que nos daba a olfatear, pero “lentejitas” ya parecía otra cosa.

Ya me hubiera gustado a mí, empatar en glamour con Marga, o al menos quedar cerca, pero como yo sólo me limpiaba los zapatos, cuando ya parecían los de un agricultor después de replantar pimientos italianos, me dije que el intento era inútil, y me relajé para disfrutar de un sólido primero como la sopa templada sin querer de cocido, y los siempre triunfantes huevos fritos con chistorra y patatas.

El Mendru lo mismo que El Tupamaro. ¡Que piensen ellos!

El Mendru y El Tupamaro, se pusieron a hablar de esa cosa que los ignorantes llamamos informática, pero que no lo es, Marga parecía aburrida, y yo estaba dedicado a comer con bastante ansia.

-       Me he bajado el Catacrok III. ¡Es salvaje! Si coges el cañonako brutal, flipas.

-       ¿Lo crackeaste?

-       No hizo falta, me dejaron un programa que me parece que es el que usan en la NASA, que baja cualquier cosa.

-       ¿En la NASA?

-       Sí, sí.

-       ¡Qué fuerte, Félix! Me lo tienes que dejar.

-       Ya te digo.

 

No quería permanecer por más tiempo en modo torpe, así que me dirigí a Marga para que no pensara que yo era raro.

-       ¿Y tú que en qué trabajabas antes?

-       En una agencia de viajes.

-       Te saldrían tirados los viajes.

-       Que va, nos los cobraban casi igual. Es que era una agencia pequeñita.

-       ¿Cómo se llama?

-       Trátame de tú…

-       Me refiero a la Agencia.

-       ¡Ah!, da igual, no la conoces…

-       Prueba…

-       He dicho que no la conoces.

-       Ah.

-       Oye ¿Tú te echas sal?

-       No, a mi me gusta…

-       Entonces pásamela, por favor.

-       Claro, claro.

 

Y así fue toda la comida. Yo sin brillo y ella atizándome. Los dos tortolitos, Mendru, y El Tupamaro (Félix, por lo visto) hablando de matar seres extraños con megafusiles, a cuenta de la NASA.

            La NASA esa que sus “aes” no tienen escalones.

 

            Los cuatro terminamos de comer, y después cruzamos la calle en dirección a la oficina. Parecíamos los Beatles cruzando Abbey Road, porque los zapatos de Mendru eran color carne, e iba con el paso cambiado. Al terminar de cruzar, Marga, que iba delante de mí, se dio la vuelta repentinamente y tuvimos un choque gratísimo.

 

-       ¡Me he olvidado el móvil! ¿Me acompañas?

-       ¡Claro!

 

Mendru hizo ademán de acompañarnos, y El Tupamaro, me imagino que también, aunque confieso que no le vi. Sólo le dije a Mendru:

-       ¡Deja, deja, ya la acompaño yo!

 

Y fue esa vez de las pocas que capté señales. Porque yo la vi coger el móvil. Y yo creía firmemente que ella lo sabía. Que no había buscado en su bolso, así que…

Tenía que besarla.

 

            Cuando estoy a punto de besar a alguien lo sé, porque soy yo mismo. Pero si no lo fuera lo sabría también, solo porque dedico un rato a buscar escapatorias para el caso de que la víctima me haga la cobra. (¡Eh, eh, que era broma, que creída! Ja,ja). Incluso también dedico un rato a bajar del éter una buena frase que pueda cerrar la tranquila inquietud que queda después de un beso.

            Lo cierto es que para no pensar mucho más le dije:

 

-       Espera ¿Me acompañas a sacar pasta?

-       Claro.

 

Así que según vi el primer cajero a cubierto, entré, y le supliqué a su vez que entrara conmigo. Era de un banco que no era el mío, que seguramente me cobraría una comisión obscena, pero, yo tampoco era un miserable, y en los temas del amor no hay que escatimar. Ni hay que escamotear, ni hay que gimotear.

Mientras una de mis manos la sujetaba por la cintura, y la otra tecleaba con dejadez el número secreto, mis labios se acercaron poco a poco a los suyos, y dejamos al fin un beso para la historia. Confirmé que quería veinte euros, que no me importaba la desorbitada comisión que me pedían, que no quería recibo ni conocer mi saldo, y quise repetir, y ella también. Y mientras mi mano mundana recogía el billete, en mi cabeza surgieron dos dudas, no una delante de otra, sino simultáneas, dudas que no pretenden ser las primeras, sino que conscientes de su valor esperan pacientemente su turno, incluso se ceden el paso, porque en el fondo saben, que serán apreciadas no por ser las primeras, sino por ser las más grandes.

La una era “¿No está siendo todo demasiado fácil?”

La otra: “¿Qué hacemos ahora?”

La primera duda la aparté de mi y la dejé de espaldas a la pared para que no siguiese molestando. La segunda la resolví sobre la marcha.

-       ¿Nos vamos a tomar algo por ahí, antes y pasamos de volver a trabajar?

-       Con una condición.

-       ¿Cuál, morena?

-       Que me des otro besazo de esos.

 

Y me reí de Usain Bolt batiendo el record del mundo de los 100 metros lisos. ¿Ël era feliz? El no sabía lo que era la felicidad, la felicidad era amiga mía, desde ese momento.

 

Aunque luego todo se fue al demonio, la verdad.

(Continuará)

MARGA MONEGROS: ¡Queremos ser tus amigos!(II)

Mejor ser vistosa, que no serlo.

 

Día 2

            Me encontré a Mendru en el bar, antes de entrar. Yo estaba antes, y, él simplemente, como hacen algunos de forma poco educada, me bajó de algún satélite de Neptuno.

-       ¡Qué! ¿Todo el fin de semana pensando en la vistosilla, eh?

 

Comer, desayunar y cosas así (Yo que sé, limpiarse las gafas, estar triste,…) deben de ser cosas íntimas, y confieso que me violentó tener que aguantar que Mendru me viera tomando mi café, y, sobre todo tener que asistir a su toma, me pareció innecesario, y eso me puso un poco de mal humor. Así que hice como que no entendía-

 

-       ¿En quién?

-       La vistosilla.

-       No, yo estuve viendo el fútbol.

-       El Madrid, qué mierda…

 

Los comentarios técnicos de los partidos, que hacía el amigo Mendru, no tenían tampoco mayor interés. No se aprendía nada con ellos, y, además, estaba seguro de que ni siquiera había visto el partido. De todas formas, yo no quería tener una tertulia futbolística con él, ni nada. Solo quería que le diese un desmayo, se formase un buen jaleo y poder escabullirme de allí sin más.

Y a ser posible, no volver a verlo nunca más.

 

-       Está buenísima ¿Eh? Si, café con leche , dos churros y dos porras.

-       Otro café con leche para mí, por favor.

 

Ya que le tenía que aguantar, al menos que fuese con otro café. Uno de los descubrimientos tontos de ese día, me encantan esas dos palabras juntas: “Otro café”.

 

            Yo no vi entrar a Marga Monegros, sino que me la tuvo que señalar el camarero cuando le pedimos la cuenta.

-       Les invita aquella señorita.

 

Esa era ella, la de negro. Me dio una vergüenza muy intensa que nos invitara a los dos al mismo tiempo, porque podía pensar que Mendru y yo éramos la misma cosa, incluso podría hablar en estos términos con sus amigas:

 

-       Hoy invité a dos panolis de la oficina.

 

Y ella no se iba a molestar en precisar, que verdaderamente panoli era uno nada más, que el otro era encantador, inteligente y sensible, muy masculino.

De manera que a partir de aquel instante, traté de diferenciarme de Mendru en el mayor número de detalles posible: Fui a darle las gracias, y Mendru también lo hizo, le ayudé a ponerse el abrigo, y Mendru también lo hizo, le abrí la puerta del bar, y Mendru también lo hizo, le dije que le invitaría a comer a cambio de su invitación al café, y Mendru se apuntó. Estaba claro que el mundo consistía en ella y en mi.

¿Qué hacía allí Mendru? Ni siquiera era una opción.

 

Entramos en la oficina un poco por separado, porque ella apretó visiblemente el paso, y a mí no me parecía digno hacer lo mismo, de modo que yo quedé rezagado. Mendru quedó en medio, como un pointer entre presa y cazador, y yo, a varios cuerpazos de distancia.

Todos trabajaban brillantemente cuando yo llegué. Hasta Marga que se había quedado en chaquetita y vestidito y medias negritas tupidas pero sugerentes, estaba estudiando unos procedimientos inútiles que le habían largado para que no diera el coñazo. El tupamaro, que se sentaba enfrente de Marga, me hizo unos bizqueos admirativos a cuenta de ella, cuando yo pasaba por detrás de ella a sentarme en mi demasiado lejano puesto.

Sólo era el día 2 y aquella oficina, que hasta el día 1 había sido un ejemplo de productividad, tenía toda la pinta de haberse convertido en una especie de templo para la adoración de la diosa Marga. No es que encendiésemos velas ni llevásemos túnicas, pero mirado desde el pasillo, su puesto, que no era nada del otro mundo, recogía una especie de luz, que luego irradiaba, haciendo invisible, no ya al tupamaro, que era un ser vulgar fácilmente evanescente en luz, sino a cualquier persona que se hallase cerca, cualquiera que fuera su brillo personal.

Pero yo me puse mis gafas de sol.

-       ¿Tienes con quien comer hoy?

-       No. (Y sonrió)

-       ¡Pues te jodes! ¡No, no, que es broma! ¿Quieres venir conmigo?

-       Bueno, es que tengo que ir al baño, y luego coger el bolso…

-       Yo te espero aquí, hasta el 2014, pero ni un minuto más.

-       Ja,ja…vale.

 

Apareció en su ausencia, directamente desde Inoportunilandia, el pestoso Mendru.

-       ¿Qué haces para comer?

-       No. Yo voy a ir a comer con Marga.

-       ¡Ah, yo voy con vosotros!, ¡Voy a por el abrigo!

-       ¡Como tardes más de un minuto nos vamos sin ti, que hay prisa!

 

Maldije, sí. Maldije bastante. Mendru era como tener un hijo al que quieres ocultar. ¿Cómo salir de la bolsa de Mendru? ¿Cómo salir de la influencia de Mendru?

-       Ya estoy aquí-dijo la diosa.

-       ¿Te has pintado los labios?- Te queda fenomenal.

-       Sí, hay que arreglarse un poco, la naturaleza no hace todo el trabajo.

-       En tu caso dejó bastante adelantado.

-       Ja,ja. Muchas gracias.

-       Escucha, tenemos que esperar al Mendru.

-       ¿Mendru? ¿Quién es? ¿El del bar de esta mañana?

-       El mismo, se ha apuntado, pero no le quiero, y ni siquiera sé su nombre, eso sí, no conviene que sepa que le llamamos Mendru, no sé si le gustaría.

-       ¿Te preocupa mucho herirle?

-       Me preocupa que pienses que no me preocupa herirle.

 

Precisamente el Mendru, venía dando grandes pasos. Se traía al Tupamaro.

No era una gran mitad de día 2.

No os echaría en cara que no quisiérais saber como acaba esto. Porque tiene mala pinta. La verdad.

(Continuará)

MARGA MONEGROS:¡Queremos ser tus amigos!

A Robin Meade, la mujer masticable.

Día 1

            En “Servicios Informáticos Humildes” todos somos grandes profesionales. Artistas diría yo. Pero no sólo artistas. No sólo grandes trailers con descomunales semirremolques rellenos hasta el límite de talento. Sino que además poseemos todos, sin excepción, una capacidad de sacrificio ilimitada, y una motivación a prueba de bomba.

            Puede parecer que esta situación es perfecta, en una empresa. Y, no lo voy a negar, probablemente lo es, pero para mí no es fácil. Llevo ya un tiempo de grandísimo profesional, y me he dado cuenta de que soy uno más. Ni mejor ni peor. Ser uno de la manada, sin que se me distinga bien, no cabe en mi personalidad con mi inmenso orgullo (injustificado tal vez, pero no por eso inexistente), y, sinceramente no tengo capacidad para distinguirme como aún mejor profesional, porque eso lo limita mi capacidad.

-       Tienes demasiado orgullo para tu capacidad.- Me dijo mi yo noble, pero me dí un trago de tippex y lo olvidé. El tippex estaba caducado y, a lo mejor, me convertí, durante un rato en folclorista, pero no me queda memoria de eso, así que no es seguro.

 

Solo me queda pues, aparte del café humeante, y un donut revenido, una sola salida; Convertirme en un ser mediocre, con medio talento, y media capacidad de sacrificio. Así se me distinguirá bien, y en el camino ya se me ocurrirán otras cualidades a desarrollar, pero ya desde el cerro iluminado de la excepción.

Ha llegado la nueva. Marga. Me alegro. No la he visto pasar, pero me ha comentado Carmela que va con la nariz muy para arriba (Demasiado, en sus palabras, notorio defecto, y que va con “aires” y que es vistosa). En cambio, Mendru, el que se tiñe todo el pelo menos las patillas, me ha dicho:

-       ¿Vistosa? Pues vistosa, será, a mi me parece otra cosa.

 

Las misteriosas palabras de Mendru, no impidieron que olvidara a Marga enseguida, porque quería aprovechar la tarde haciendo algunas cosas mediocres, y conseguir llevar mi leyenda a lo terrenal, separándola de las otras leyendas.

AL principio no fue fácil. Mi brillante talento emitía una luz como de alambre de magnesio incandescente, que no era fácil de tapar. Fue de a pocos, una conclusión rutinaria en un análisis de ventas aquí, un par de faltas de ortografía en sendos informes por allá, un darle la razón a un cliente sin discutir nada…en fin, un trabajo metódico, lento, de procedimiento.

Ahora que lo pienso, ¡Qué inmensa paradoja! Un trabajo perfecto para ser imperfecto.

Mendru me chistó:

-       ¡Pst!, Mira, ahora sale “la vistosa” del despacho del bwana…

 

Se ve que las palabras, es decir cada una por su lado, no lo dicen todo. Claro que era vistosa la muchacha. ¡Nos ha jodido! Vistosa, sí. Pero un montón de cosas más. ¿Es mentir decir “Es muy vistosa? No sé, pero ¿Qué más da como se llame? Es ocultar información, eso seguro.

Me puse en pie, con la excusa interna de estirarme, pero en realidad, quería, (miserablemente) observar a Marga en todo su esplendor. Nada de cerdadas, por favor, simplemente una observación general. Nadie me tiró un cacho de pan mojado en agua, como hacen con los osos del zoo cuando se ponen de pie, pero al menos tuve una visión de conjunto para hacerme una idea. Y aquella mujer era mucho más que vistosa, cago en diez.

Para empezar tenía el pelo largo, sí, aunque no exageradamente. Pero lo agudo del pelo es que era del mismo color que debía ser el de Furia. (Furia, el famoso caballo, ya sabéis: “¡Furia!  Es la voz de Joe, el único que sabe montarlo.”) Por delante llevaba el flequillo difícil, el que le queda mal a todo el mundo, excepto a ella, pero es que sus ojos, sus ojos eran color avellana en el horno, pero que cuando se están tostando llaman al encargado para que limpie el corral de un vecino, y el hombre corta el fuego del horno para que no se le quemen y al pobre lo secuestran y se deja las avellanas a medio hacer. De los labios creo que aun no he dicho nada, pero estoy seguro de que había auténticas bofetadas entre los pintalabios en su bolso para ser el escogido. (Con el rimmel ya se había puesto la cosa más seria, porque había habido muertes, y ya la mujer llevaba solo uno, 12 rimmeles muertos en reyerta, enorme tragedia)

Y no quiero seguir con las zonas innobles, no quiero que se distraiga la atención de lo que era Marga en realidad. Era el tipo de mujer que hacía que los hombres nos avergonzáramos de ser unos cerdos.

Incluso los que no lo eran.

Una de las cosas que no pueden ver los que trabajan fuera de las rutinarias oficinas, es como se va haciendo un pco de noche, y como se van yendo todos a su hogar. Vale, el Kalahari tendrá lo suyo y el bestial Pacífico también, pero nosotros, los grises oficinistas vemos anochecer arropaditos, y venos las lindas caritas de los que se van, tras haberlo dado todo, a su casa, a pelear en otras guerras o a disfrutar de la paz, cuando toque.

Y a dormir en una cama de verdad.

Hago por coincidir con Marga, pero se ha esfumado. En lugar de eso coincido con el tupamaro (Un invierno apareció con poncho)

No es lo mismo, creo.

A ver que viene con el día 2.

(Continuará)

EL HOMBRE QUE NOS IBA A MATAR A TODOS (IV, Final devastador)

Deseé, que del mismo modo que los garbanzos, donde cuecen bien es en la olla a presión, mi cerebro fuese igual que un garbanzo, y funcionase a pleno rendimiento bajo la presión de aquel secuestro. Secuestro lo llamaba para no caer en palabras mayores, porque aquello hasta el momento era un secuestro con un solo asesinato, pero podría convertirse en un genocidio o un cacho de holocausto del carajo.

 

            Yo pensaba en un plan inteligente. Algo que me convirtiera en un héroe.

 

            Elhom borró la pizarra. Y mirando a Barrientos le dijo:

-       Trae un proyector.

-       ¿Yo?

-       Si, tú. Tráelo.

-       Pero ¿De dónde?

 

Elhom, en otra actitud claramente docente, levantó el mentón, y trasladó el diálogo a todo el respetable.

-       ¡A ver señores!, Le hecho de que estemos secuestrados, bueno que lo estéis, no significa que seamos gilipollas. ¿Dónde está el proyector?

 

Contestamos todos a una.

-       ¡En el armarito del material de oficina! (Aunque no salió muy simultáneo que digamos)

-       ¿Te has enterado, Barrientos?

-       Si.

-       Pues hala.

 

En menos que canta un gallo, y eso que tuvo que esquivar el cadáver que estaba en el suelo, Barrientos había traído el proyector, lo había enchufado y le había pasado la conexión a Elhom, quien conector en mano buscaba un pc cercano.

            Digo a veces que la vida es puta, por esas cosas que pasan, esas casualidades que no son necesarias, tú ya sabes en tu sucio fondo, que van a ocurrir, pero mantienes una especie de ligera esperanza, en que aquella es una de esas veces en las que te equivocas. De esas veces.

 

            Elhom me miró.

-       Enchúfate esto que ahora te voy a dar un CD.

-       Me conecté un poco nervioso, pero a la vez despreocupado sin valorar que le estaba escribiendo un email a un colega. Sin valorar que a veces, en cuanto te conectas, lo que tienes en la pantalla de tu pc, de repente, sin transiciones de ningún tipo, aparece en toda la pantallota gigante de proyección, la vileda, con letras enormes. Y no has tenido la precaución de no poner en Asunto: La hiena Elhom.

-       ¿La hiena Elhom? ¿Soy yo?

-       No, peor es otra cosa, ya lo quito dame el cd.

-       Ni se te ocurra quitarlo. A ver que pone.

 

Y, todos pudieron leer

“A: Gusano de Seda

De: Calma Atroz

Asunto: La hiena Elhom.

Gusano, ya otras veces te habré hablado de la hiena de Elhom. Es un psicópata solitario y peligroso, al que nadie quiere, y que probablemente no ha conocido mujer, (en el caso de que sean las mujeres las que le interesen, cosa no comprobada hasta hora) Pues bien, este desecho de tienta, que no se pincharía ni Carmela Matas, la de Administración, esa que te dije que era tan desagradable, que incluso me parecía que hedía, que es amiga de la Escocida, esa que anda raro, y que decimos que se monta a su caballo, ¿Sabes quién te digo? Bueno, pero el caso es Elhom, el pobrecillo psicópata, que en su momento pensamos que podía ser un asesino en serie, resulta que se nos ha quedado en nada. Su sombra parecía la de un titán, pero cuando el sol ha alcanzado su altura correspondiente, la que permite ver las cosas en su  justa dimensión, se ve que apenas es un ratoncillo de tripita gris, y ahora me río cuando pienso en lo acojonado que me tenía. Es un pobre diablo, y, aunque mañana se me presentara con una escopeta de doble cañón del mayor calibre que se haya fabricado, me enfrentaría a él y le diría cuatro cositas bien dichas, y luego le haría un desplante, a ver si el palomo tenía huevos a dispararme. Que seguro que no.

Pero a lo que iba ¿Crees que, por lo que te he dicho hasta ahora, me podré zumbar a Reggie? Me la estoy trabajando de cojones desde lo del ascensor, yo creo que come en mi manita, he hecho una jugada maestra. He cogido a mi amigo Requejo, ese que es superdesagradable, que le canta el aliento (Bueno, de hecho te he dicho que es mi amigo para disimular, es medio gilipollas) y le he azuzado para entrar a Reggie (Es un perro fiel, hace lo que le digo) con dos o tres veces que le he dejado sólo con ella ha desplegado sus encantos definitivos, y ahora, apareceré yo, y sólo por comparación, seré como el sol que llega tras la tormenta, y me será fácil palmotear su rígido culo, ya sabes.

Joé, me tienen todos harto en esta oficina de mierda. Son unos gilipollas.

¿Tú que tal, tío?”

 

Elhom apenas movió un músculo de la cara para decir.

-       Ahora que todo el mundo en esta oficina te adora, Pon este CD.

Y yo, sin nada que perder, por haber sufrido el naufragio, obedecí.

 

En cuanto el lector de CD comenzó a llevar a cabo su cometido, se iluminó la diapositiva con una luz verde, que en un alejamiento de plano se convirtió en un bosque de Avellanos o de Abedules (No estoy seguro, lo único que sabía seguro era que los árboles empezaban con “A”)

-       Prestad atención, por favor, dijo Elhom.

 

Y todos obedecimos, aunque yo me fijé en mis compañeros, y vi que más que odiar a Elhom que era quien de verdad se lo merecía, el odio del aire era canalizado hacia mi persona. Absolutamente todos mis compañeros me miraban con asco-odio o algo así.

De repente empezó a sonar “Imagine”, pero como orquestada por Ray Coniff, o uno de esos, con chaqueta de lentejuelas y zapatos rojos. Y, comenzaron a salir subtítulos.

Sin voces. Sólo letreros, donde se leían mensajes como de amor, y concordia o algo así.

“TE SALEN DE DENTRO EL ODIO Y EL DESPRECIO

PARECE QUE LO NATURAL ES ODIARSE

Y ODIARSE ES SER INFELIZ

¿ES NATURAL SER INFELIZ?”

 

“AH…

POR CIERTO

MALLANC

NO ESTÁ MUERTO, ERA UN JUEGO”

Y

OTRA COSITA

¿OS HA MOLADO ESTA PERFORMANCE?

SOMOS LA COMPAÑÏA DE TEATRO

PLANETITA AMOR

SI QUERÉIS COLABORAR, HACEDLO DE INMEDIATO

BESITOS.”

 

Cuando se apagó la pantalla, ya estaba de pie Mallanc, recogiendo en una boina la pasta que la gente le arrojaba por doquier. Se limpiaba la salsa de tomate de la tripa y recibía los cumplidos con una amplísima sonrisa. Nunca la vió tan gorda.

¿Entonces?

Elhom tomó la palabra:

-       Chicos, compañeros, jefes, todos. Lamento haberos dado este susto. Pero no había otra forma de concienciaros de que el odio no conduce a ninguna parte. Hace tiempo que Mallanc y yo estamos reflexionando, tanto en voz alta como en voz baja, y hemos hecho esta simulación para estimular la solidaridad en el género humano. ¡Basta de odio!

-       ¡Si, basta!-Bramó toda la oficina. Y luego siguió Elhom.

-       Lo único que ha sido real es el email que hemos leído. Aunque os pido que no le odiéis, tampoco. Simplemente tenedle pena como un inadaptado que es.

 

Y, lectores, cuando ya lo tenía todo perdido, y estaba sentado mirando hacia dentro, noté la voz de Reggie, que susurrando cerca de mi oreja, casi rozándola, me dijo:

-       Eres muy malo, muy miserable.

E hizo una pausa. Y luego continuó y me dijo, otorgándome un triunfo in extremis:

-       ¿Tú sabes lo cacho perra que me pone eso?

 

FIN

EL HOMBRE QUE NOS IBA A MATAR A TODOS (III, Pañales para todos)

Esa mañana resultó objetivamente más fría que muchas del invierno, pero como era ya entrada la primavera, nadie la tomó en serio. Lo mismo que a Elhom. Hacía más de dos meses de los rumores y peligros, y la cosa se había calmado. También se había calmado mi furor magiar. Confieso que no fue una cosa espontánea. Reggie había rehusado más de una docena de citas no vinculantes conmigo, y eso unido a que lo que yo verdaderamente quería era un vínculo estrecho con ella, había hecho cundir en mi espíritu la tristeza, que además nunca aparece si no es de la mano de su hermanito el desánimo, lo cual había tenido como consecuencia que Reggie para mí se convirtiera en una especie de cariátide.

            Eso ella ya lo había hecho, ni siquiera me dio tiempo a mirar cariátide en el diccionario. Y ya después ¿Para qué lo iba a mirar? Seguramente significaba “Zorra desdeñosa” o algo así.

            Ya algunas veces, en los eternos viajes ferroviarios de mi infancia, había tenido ocasión de masticar las correosas mantecadas que vendían a bordo, y que a duras penas conseguía pasar con un poco de agua, así que no supuso una novedad para mí, masticar el desdén.

            Aquella mañana me repetía el desdén. Me reclotaba su sabor explosivo, y especialmente cuando Reggie paseaba su trasero de pan duro, pasillo arriba, pasillo abajo. Igual que antiguamente el pan  se guardaba en una bolsa de punto, igualmente Reggie guardaba el suyo bajo un elegante vestido de punto. Pensé, por un momento, que tal vez Reggie lo que quería era que yo me sirviera, y que la besara a traición en el pasillo, y luego le diese una suave palmada en el trasero.

            Y luego pensé que no.

            Y luego, otra vez que sí.

            Y, aquel día ya no pude pensar más en eso.

 

            Resulta que se oyeron unos gritos, y que por la puerta del pasillo, apareció Bakunin con las manos en alto. Y detrás de Bakunin, estaba Elhom, apuntándole con un pedazo de escopeta de dos cañones, trasladándolo a patadas. Realmente no le hacía falta la escopeta, porque las patadas eran contundentes y sonoras, y le acabaría matando con otro par. La casualidad, gran cariátide quiso que Elhom detuviera su avance, y, desde luego, el de Bakunin, delante justo de donde nos sentábamos “Ninfa Silenciosa” y yo.

            No pude evitar, dentro del desconcierto general (Por supuesto), cruzar mi mirada con la de Bakunin, para poder expresarle la mitad del desprecio que sentía por él, por listo y por gilipollas. Incluso mímicamente vocalicé enfáticamente la expresión “Gilipollas, eres gilipollas”. Asegurándome de que la entendiera de quilla a perilla.

            No hubo tiempo para más. Al mismo tiempo que “Ninfa Silenciosa” boqueaba de espanto, en una mueca graciosísima, que en otras circunstancias me habría hecho reír, Elhom en un aplaudible uso del imperativo, nos exigió silencio.

-       ¡Callaos, callaos! ¡Callaos! ¡Al que se calle no lo mato!

 

Y lo que es la gente, tan sensible a los estímulos positivos, que se callaron sobre la marcha. Aunque eso sí, “Ninfa silenciosa” seguía boqueando. Yo, tan varonil, traté de tranquilizarla, sin ni siquiera mirarla. O sea que en realidad, me limité a desear que se tranquilizara, sin mucho compromiso.

Por otro lado, “Ninfa Silenciosa” tenía el cuello larguísimo.

 

Bonet se había quedado a medio sentar, de manera que sus nalgas estaban en contacto con la silla, pero no apoyadas del todo, eran sus brazos, cuyas manos tenía puestas sobre la mesa, los que sujetaban su peso, y le empezaban a temblar.

-       ¡Os voy a matar a todos, hijos de puta!-dijo Elhom, y empujó a Bakunin hacia una silla vacía, sobre la que quedó un tanto desmadejado, como una marioneta.

 

De repente, esta historia dejó de tener un aspecto festivalero, de algún rincón, salió una figura a toda velocidad, tal vez corriendo, no digo que no, pero pareció todo que volando…

…pero reventó en pleno vuelo. Yo no sé qué tipo de munición estaría usando Elhom, pero debía de ser para cazar tricerátops, porque juro que la tripa de Mallanc, el catalán se hizo pedazos. Eso sí que fue desmadejarse.

-       ¡No se mueve nadie!- dijo Elhom, usando la expresión clásica de los profesores de gimnasia. (Nada de : “Que no se mueva nadie”, sino “No se mueve nadie”).

 

Y nadie se movió.

Y hubo un rato pequeño de silencio. Yo aproveché para tratar de intuir el sonido de las sirenas de los coches de policía, y de hecho me pareció oírlas. Apenas audibles. Pensé que tal vez habían puesto las sirenas en modo discreto, para poder capturar a Elhom por sorpresa. Pero de un solo vistazo a la calle, vi como los obreros del edificio en construcción del otro lado de la manzana, salían a tomarse el bocadillo. Y luego me di cuenta de que el “modo silencio” no tenía sentido en las sirenas de los coches de policía.

Elhom gritó:

-       ¿Sabéis por qué ha muerto este hombre? ¿Cómo se llama?

-       Mallanc, -dijo Bonet- y aprovechó para sentarse.

-       ¿Sabéis por qué ha muerto Mallanc? ¡Quiero respuestas! ¡Venga!

-       ….

-       ….

-       ….

-       ¡Vamos, que alguien diga algo!

Una vocecilla femenina hizo su aparición

-       ¡Ejem!

-       ¡Adelante, di lo que sea!

-       Señor, que con todo respeto, yo no sé por qué se ha muerto este tío, como no sea porque le ha pegado usted un tiro. Pero es que yo no soy de aquí, yo venía a recoger un pedido, si no le importa que me vaya…

-       ¡Cállate! No te vas a ir.

 

Y dicho esto Elhom se volvió y en la pizarra vileda que tenía detrás, mientras sujetaba el mortífero escopetón con la izquierda, y a medio volverse, tal cual un consultor, escribió:

            “- Un tiro”.

-       ¡Tu Almeida! ¿Por qué ha muerto Mallanc?

Almeida se levantó poco a poco, y sin esforzarse en disimular que había pasado a ser vasallo del miedo, dijo con voz temblorosa:

-       ¿Por insolidario?

 

En vez de pegarle otro tiro a Almeida, que sí que se lo merecía, se volvió a la pizarra, y en ella quedó reflejado:

“- Un tiro

-       Insolidario”

-       Más cositas- dijo Elhom.

 

Y la gente, podéis creerlo o no, empezó a aportar sus ideas. Y, vale, la mayoría eran morralla, pero había algunas que merecían la pena. De este modo al cabo de solo cinco minutos en la pizarra se exhibía el siguiente texto:

-       Un tiro

-       Insolidario

-       No hacer equipo

-       No consultar

-       Egoísmo

-       No cohesión

-       Falta de serenidad.

 

Y al final Elhom;

-¡No, no es ninguna de estas! ¡Mallanc murió por gilipollas!

 

Y fue al oír eso, cuando me di cuenta de que aquel era un problema para que lo resolviera alguien como yo.

Sí, yo mismo.

(Continuará)

EL HOMBRE QUE NOS IBA A MATAR A TODOS (II,Senda del pánico)

Pasé sin oír invitación alguna. Lo hice, no por falta de educación, sino porque por otras veces que yo había estado del lado de la puerta del llamado, sabía que no apetece mucho gritar y estás deseando que el llamante pase de una vez.

Con su barba tupida y negra, y sus gafas correspondientes, el líder sindical aporreó confusa y repetidamente las teclas, de tal modo que, de no ser un respetable líder sindical, cualquiera hubiera pensado que estaba viendo páginas calientes en la red.

-       Tú me dirás, majo.- Me dijo con exagerada calidez.

-       Vengo a poner en conocimiento, en tu…, en vuestro, en el conocimiento, en el conocimiento de la línea sindical, que,…

Enseguida supe que había cometido el terrible error de comenzar a hablar con una estructura que no me era familiar, sólo por dar importancia a la denuncia, y, vi, con creciente angustia, como las salidas airosas gramaticales se habían extinguido, y ante mí, un inabarcable muro, me obligaba a empezar de nuevo. No cometería el mismo error.

-       Que digo que Elhom nos va a matar.

-       ¿Elhom?- me dijo Bakunin tras sus gafas de embalsamar la expresión- ¿A quién? ¿A quién va a matar?

-       A todos. Lo ha dicho él, no me lo estoy inventando.

-       ¿Has llamado a la policía?

-       No.

-       ¿Deberías hacerlo? ¿Qué piensas?

-       ¿Yo? ¡Pero es que no solo me va a matar a mí! ¿Por qué tengo que llamar yo?

-       ¿Quieres hablar con un psicólogo?

-       ¿Quién yo? ¡El chiflado es Elhom!

-       A ver- dijo Bakunin, suponiendo que todo eso que me estás contando sea verdad. ¿Qué se supone que tenemos que hacer desde aquí? A fin de cuentas nosotros defendemos a los trabajadores…

-       ¡Pues eso! ¡Pues eso! Elhom va a matar trabajadores ¡Defendednos!

-       …y tan trabajador es Elhom, como tú. O un poquito más si me apuras.

-       ¿Un poquito más? Perdona, yo tengo una trayectoria…

-       …mira mientras que no se dé el hecho luctuoso aquí no hay distingos. Además tu trayectoria, si me lo permites, es más bien de peloteo, por lo que dicen. Que te van los despachos, se comenta…

-       ¿Los despachos? ¡No te consiento…!

-       Y no puedo estar aquí perdiendo más el tiempo. Vuelve con pruebas, o ve a la policía.

-       ¿Me estás echando?

-       Si. Déjame en paz, por favor.

 

Salí al sol del mediodía, a encontrarme con su suave caricia, y, de paso, a fumarme un reparador cigarro. Después de encenderlo y pegar una honda calada, miré al frente y reconocí (avergonzándome por ello) el húngaro trasero de Reggie. Como si me hubiera visto se dio la vuelta, y, para mi alivio, también fui capaz de reconocer su rostro. Sobre todo sus ojos hondos, inescrutables, bandidos robacorazones, no me extraña que conviertan a hombres, en gusanos pelotas y babosos.

Aunque eso no me iba a ocurrir a mí:

-       Estás guapísima, Reggie. Me encantan las medias esas como de cuero. Y también las uñas rojas, y los botines esos con los taconazos. Y también me gusta cómo eres capaz de cuidar de tu hijo pequeño tú sola. Sin ayuda. Francamente, te admiro.

-       ¡Mierda de semana! ¿Verdad?-dijo sin darse por aludida.

-       Y tanto, una auténtica mierda.

Me chocó pensar que la naturaleza había dotado de aquellos ojos y aquel cuerpazo, a una boca tan malhablada.

-       Bueno, me subo, que ya he terminado el cigarro.

-       ¡Yo también!- dije, tirando el mío entero.

 

Subimos en el ascensor, y yo, lejos de parecer un tío decidido y arriesgado, por alguna misteriosa razón que nunca comprenderé, fijé mi mirada en el suelo del ascensor, con la íntima convicción de que una vez fuera, no recordaría de qué color era el ascensor. Salí tras ella sin mirarle el culo, y sin ser consciente de que había olvidado a Elhom, hasta que me senté en mi sitio, y mi mente se puso a trabajar.

¿Estaba yo seguro de haber oído aquello? ¿No era el momento, tal vez de la duda razonable? ¿Había dicho: Os voy a matar a todos? ¿Tal vez había dicho: Me quedo calvo de todos modos? La duda siempre acecha, aunque me lo volviera a decir en mi cara, al cuarto de hora volvería a dudar. Porque de una cosa estaba seguro: Ya no recordaba como era el suelo del ascensor.

Lo que si sabía, era lo que tenía que hacer.

Y cómo me miraría admirada Reggie, porque es lo que tienen las del Este, les gustamos los tíos decididos y con mala follá.

Y en eso es en lo que yo me quería convertir. En un tío decidido, flaco y con cicatriz en la cara, rapado y serio. Que la gente al verme dijera:

-       ¿Ves a ese? Es una fiera. Acabó con Elhom.

-       ¿Cómo?

-       De un guantazo. Ya ves.

 

Y yo alejándome, mi lucky strike en la izquierda, y con el brazo derecho, sujetando a la hasta entonces rebelde Reggie.

 

(No obstante no garantizo que esto acabe exactamente así. Lo comprobamos en la parte III y definitiva)

EL HOMBRE QUE NOS IBA A MATAR A TODOS (I, Elhom)

Si no habéis viajado a San Francisco, yo os cuento. El rollo de San Francisco es que viven al borde de una falla geológica de tres pares de cojones. El hecho diferencial es que el personal es conocedor de que tarde o temprano habrá allí un terremoto asolador, y, que saben que un día todo se acabará, todo incluyendo sus perras vidas.

No os cuento esto para que os den pena los habitantes de San Francisco, pero si os dan pena, no tengo nada que decir.  Es más, esa pena vuestra habla bien alto y claro de que sois personas nobles y con sentimientos, que no os desentendéis de las cosas, como haría cualquier acémila, diciendo:

-       Pues que se vayan a otro lado a vivir.

 

Así que la pena la respeto. Pero que no nos haga perder más tiempo, que no se trata de eso. Se trata de que veamos en perspectiva, la manera de vivir de un grupo de personas que sabe que su fin está ahí, acechante, insoslayable.

Porque, amigos míos, esa desazón destructiva, es la misma que la teníamos en mi trabajo, en una pequeña fábrica de material de escritorio.  Porque allí trabajaba Elhom: El hombre que nos iba a matar a todos.

Elhom, llegó a nuestra oficina al principio de una primavera que, suponemos no por su causa, fue especialmente fría. El Sol, agotado y desanimado por haber gastado sus energías inútilmente durante el invierno, se arrugaba apenas veía aparecer a dos cúmulo-nimbos agarrados del bracete en alegre paseo por el zodiaco. Como ya se había prescindido de la calefacción, y la calefacción es tan orgullosa que no acude si no se le llama y se le pide perdón, y nadie lo hizo, el ambiente era verdaderamente helador, a juego, con la huidiza mirada de aquel Elhom. El Elhom del principio.

El de la mirada huidiza.

Los más sensibles, pronto supimos que Elhom era una amenaza. No ya sólo por su mencionada mirada, sino también por sus intencionados silencios. Acumulaba récords de días sin hablar, oculto a los enanitos infatigables que escriben el libro guinness, por eso no se supo de él. Pero el problema no eran ya los silencios en sí, sino lo reveladores, lo afilados que eran.

Silencios afilados. ¡Mira que concepto!

Su silencio ante nuestra risa, ante nuestro llanto, ante nuestra algarabía, ante nuestra charla. Ahí estaba él, donde quiera que se formase un corro. Estaba sí. Pero callado. Ningún comentario ni para bien ni para mal. Ninguna participación en el más divertido o provocador de los cotilleos, ninguna opinión ante problemas laborales colectivos, ante las siempre justas críticas al café, ningún comentario a las minifaldas de Reggie, la húngara de los ojos verdes.

Su silencio ante nuestro silencio. Su silencio de campana ronca.

Y luego estaba la otra evidencia, insoslayable para los sensibles. Las horas fijas de sus meadas y sus cafés. A las 10:04 meada. A las 10:16 café. A las 13:04 comida de menú, a las 13:54 café. A las 16:16 meada.

¿Cómo abstraerse a tales pruebas de maldad? ¿Por qué alguien permanecía mudo ante el mundo, con silencios afilados, y por qué seguía unos horarios tan estrictos? Pero sobre todo, ¿Por qué aquel día, en el que hablábamos del doble pivote y de lo bien que le sentaban las medias de rejilla a la húngara de los ojos verdes, se apartó del grupo y murmuró, de modo que solo lo oyera yo esta enigmática frase?

-       Creo que os voy a matar a todos.

 

Más preguntas:

¿Por qué yo no le pregunté el motivo de esa frase? ¿Por qué no le dije que la repitiera?

 

A mí, alma sensible, como ya he dicho, y si lo digo otra vez, es que será verdad, me quedó muy claro. Me bastaba con que la hubiera dicho una vez. Nos quería matar a todos. Compartí mi inquietud.

-       El caso- me dijo Reggie- es que yo, que le veo todos los días durante todo el tiempo la nuca, la veo ua nuca rara, con esos abuelillos ensortijados y ralos…

-       Todos los abuelillos son ensortijados y ralos-interrumpió El Ogro.

-       Todos no, zopenco.

 

No sabíamos por qué la húngara se sabía estás palabras, de hecho más que su saber, nos importaba su sabor. Pero ella continuó.

 

-       Y ya no es sólo eso, es que además me pareció que un día, pensando que estaba solo, dijo “Me cago en todos los asturianos” o algo así.

-       ¿En los asturianos? ¿No sería en los australianos?- dijo uno que se había juntado.

-       ¡Anda! ¿Y por qué en los australianos?

-       ¿Tú eres australiano acaso?

-       Yo soy de Tomelloso, pero me molesta muchísimo que se metan con los australianos.

-       ¿Y que se metan con los asturianos?

-       Eso me da más igual, mira tú. También me caen bien los húngaros, nena.- dijo patéticamente uno de los adjuntos al debate., guiñoteando a Reggie.

 

Abandoné el debate estéril, y me acerqué a la oficina del comité. A lo lejos oía a Reggie, haciendo amigos (Dios mío si no estuviera que se rompía, la matarían sus compañeros)

 

-       A mi los de Tomellosos me parecen gilipollas.

-       Nena, yo es que no soy de Tomelloso-Tomelloso…

-       ¡Que no me llames nena, pedazo de mierda!

 

Y llamé a la puerta. En aquel momento estaba cumpliendo con mi deber. Quería evitar una matanza.

¿Queréis ver como las cosas toman la senda del pánico?

Si me queréis leedme…

(COTINUARÁ)

EL HOMBRE INVISIBLE DE LA PLAZA DE LA CATEDRAL

Al doctor en Geología, gran estudioso del sistema triclínico, Evaristo Calzada, le dejaron echar raíces en la capital. Dejaron que sus raíces crecieran guiadas por la cofia dura y fiable, deseosa de profundizar en la tierra cálida que pronto consideró suya.

 

            Y las raíces del doctor Calzada crecieron, hicieron lo que se esperaba de ellas, aunque de un modo inconsciente, ya sabéis, como hacen las cosas las raíces, simplemente tirando hacia abajo, sin sabe realmente, que cada mierdecilla de centímetro que conseguían avanzar, tenía algún tipo de consecuencia profunda en la vida de nuestro Evaristo.

            Y, por fin el enraizamiento fue un hecho, y cuando la vida de Evaristo, era ya algo enraizado y sin sorpresas, cuando ya todo se había vuelto dulce de tanto masticarlo, cuando por fin lo inesperado ya no tenía suelo propicio donde crecer…

            …le trasladaron.

 

            Aquella capital de provincia, tenía su plaza, y dentro de la plaza su catedral. Y justo andando desde su nueva casa, donde estaba la nueva tierra, dispuesta para que crecieran sus nuevas raíces, como a 10 minutos, atravesando la plaza de la catedral, estaba su nuevo lugar de trabajo. De manera que Evaristo Calzada, nuevo titular de la plaza de geólogo del Insituto Geológico de cierta capital de provincia, atravesaba la plaza de la catedral cada día. Exactamente la atravesaba en tres minutos.

 

            Y ¿sabéis? Eso no era normal.

 

            De hecho lo normal era tardar como el triple. A la gente que iba caminando por la plaza de la catedral, turistas o naturales del lugar, les asaltaban hordas de gitanas, que prendían auténticos brotes verdes y los ponían en la mano de la gente, mientras les daban, por un lado las claves de su futuro, y les pedían a cambio un gesto económico.

 

            Don Evaristo, que no era idiota (El sistema triclínico es complicadísimo, no como el monoclínico que es una majadería), pronto se percató de que por alguna razón, a él no le detenían las gitanas con sus ramitas. Le miraban sí, pero no le paraban. Pensó que podía ser por su porte distinguido involuntariamente intimidatorio, por algún tipo de respeto admirativo, o porque le veían con la boca cerrada y los dientes apretados, al modo de los que caminan con prisa, y tal vez pensaban las gitanas que él era iracundo y violento. Aunque en realidad, las gitanas confundían iracundia con gravedad, y virulencia con gafas ahumadas.

            A Evaristo Calzada, este temor reverencial que le tenían las gitanas, acabó por parecerle la cosa más divertida de su nueva ciudad, a la expectativa de las cosas que pueden ocurrirle a uno cuando finalmente, echa raíces (Enamorarse, conocer gente, bares,…). De hecho, lo que al principio era una especie de anécdota diaria aislada, empezó a obsesionarle, y poco a poco, en cada caminata diaria por la plaza, iba buscando los grupos de gitanas y se metía por en medio, al principio discretamente, y al cabo de los días se metía a empujones, viendo que no le dirigían la palabra, para ver si alguna le tentaba con la ramita de olivo. Pero no. Ellas le miraban, luego bajaban la mirada, y se daban la vuelta.

 

            Por supuesto que este desprecio apenas disimulado hizo mella en Evaristo Calzada, que empezó a sentirse ligeramente molesto al principio, y totalmente obsesionado al cabo de pocas semanas, ante el desdén de las gitanas. De hecho, este desdén, que para una persona normal, tal vez pasaría desapercibido, para un especialista en el sistema triclínico como Evaristo, se convirtió en el principal obstáculo para su felicidad por encima incluso del siempre descorazonador proceso de enraizamiento.

 

            “¿Por qué las gitanas no me ofrecen ramitas de olivo para adivinarme el futuro?. Es evidente que no se van a hacer ricas con mi voluntad, puesto que soy geólogo, no estrella del rock, como Los Ciclones, pero yo he visto que paran a transeúntes de menores posibilidades que yo, y a ellos sí que les intentan adivinar el futuro. ¿Por qué a mí no? ¿Soy una especie de apestado?”

 

            Y se hizo esta pregunta tantas veces, que se le acabó por dibujar en la frente. Tal vez no la pregunta completa, porque era muy larga, pero sí lo suficiente como para que  se entendiera, con buena voluntad, claro.

 

            Pero como las cosas son caprichosas, lo que era una obsesión activa, a fuerza de repetirse se aburrió y se convirtió en una obsesión dormida. Y, sí, estaba ahí, claro, pero solo hacía su trabajo de impedir a toda costa la felicidad de Evaristo, no daba espectáculo.

            Cuando ya nuestro héroe se había acostumbrado a pasar sin ser asaltado por la plaza de la catedral (mudéjar o románica, no sé), sucedió de manera repentina que nuestro héroe se topó de forma repentina con un obstáculo que no podía ver, pero que de manera efectiva, le cortaba el paso.

            Miró hacia abajo. Y entonces lo pudo ver. Una preciosa niña de mirada de fuego, de fuego negro, y de pelo negro y de tez oscura, pero sobre todo de mirada de fuego, estaba frente a él. Era tan bajita que ni siquiera levantando el brazo con cuya mano sostenía la ramita de olivo se hacía suficientemente visible.

-       ¿Qué quieres, niña?

-       Le digo el futuro por veinte euros.

-       Ondiá, por veinte euros.

-       Es mi primer día, señor, no puedo andar tirando los precios…

 

Pero la novedad pudo con la racanería de Evaristo Calzada, y emocionado porque al fin alguna gitana, le quisiese decir el futuro, le dio los veinte euros a la niña y le adelantó la mano.

-       No, no me hace falta la mano, aquí todas sabemos su futuro.

-       ¿Sabéis mi futuro todas?

-       Sí, pero a las demás le daba usted pena y no se lo querían decir. Usted se va a morir pronto. Muy pronto. Ese es su futuro.

Una carcajada inquieta salió de la boca de Evaristo Calzada. Qué gracioso le pareció el desparpajo de la niña, y que poquitas ganas de pensar en la maldita profecía.

-       ¿Y tú? ¿A ti no te doy pena?

-       Sinceramente no, señor. A mí me da igual lo que le pase.

 

Casualmente Don Evaristo despareció de entre nosotros a los pocos días. Las gitanas, y la catedral (cualquiera que sea su estilo) aun siguen entre nosotros.

FIN

LA HISTORIA DE LA MOCHA (III, El desenlace)

Como último homenaje a La Mocha, que si no se crece, no voy a explicar cómo se ríe de mi cuando voy de azul preguntando a voz en grito

-       ¿Qué? ¿Qué tal se ha portado el pasaje hoy en el ALSA?

 

Ni tampoco, como cuando alguien destapó su tupper con su comidita de casa, ella lo olió de lejos y dijo:

-       Joé, eso huele peor que la mierda de mi hijo cuando ha comido castañas.

 

Sólo quiero decir hoy, que es un gusto desayunar con ella. Que aprendo un montón de cosas. Y que tiene mogollón de estilo para perder aviones, o zapatos en el tren. Estas cosas y otras las cuenta en su blog, cuya dirección daré al que me lo pida.

A veces rapea, es lo malo que tiene.

 

            Don Marcial, cargando con la pesadísima e incomodísima bolsa, se acercó a la puerta trasera de la furgoneta, y, a duras penas, consiguió abrirla, y empujar dentro la gigantesca bolsa. Luego cerró con violencia para que no se saliera nada. Claro que no fue suficientemente rápido, porque una especie de bufandita o pañoleta rosa, se salió y cayó a la calle. Sin darle importancia, y sin ni siquiera tratar de identificar exactamente la especie de pañoleta rosa, Don Marcial la guardó en el bolsillo de su abrigo negro, para no tener que ocuparse en abrir el portón de nuevo y  que todo lo demás se cayera también a la calle.

 

            Se volvió a meter en el tráfico de la ciudad, como si nunca se hubiera apartado de él. Dobló la primera esquina a la derecha, como se hace siempre, y con aceleración segura y dominando la fiereza natural del motor que cabalgaba, se fue cambiando de carril a su antojo, según le conviniera para llegar cuanto antes a su destino: La parroquia.

 

            Pero pronto se dio cuenta de que había ido muy deprisa, e incluso que tenía demasiado tiempo, pues el párroco, del que todo el mundo recordaba su nombre, no llegaba hasta dos horas después.

            El seguía conduciendo, tirando besitos ofensivos a los que le hacían alguna jugarreta, o simplemente insultándoles gravemente, por lo bajini, para tampoco organizar peleas que no interesaban a nadie.

 

            Había acabado la ronda, y antes de llevar las cosas a su destino, pensó que tenía aún un rato para ir a visitar a su hermana. A su hermana hermana, porque Visi era monja en un convento del centro. Básicamente la visita a Visi, la hermana hermana (je,je) consistía en que se fumaban unos cigarrillos en a calle, porque Visi era monja, pero le encantaba fumarse de vez en cuando un lucky strike, con su hermano, y de paso con algunas de las hermanas de la congregación con las que ambos simpatizaban. Por ejemplo la hermana Flora, y la hermana Gloria. A las que Don Marcial cambiaba los nombres de vez en cuando (Floria y Glora), pero que a pesar de eso, no dudaban en fumar con los dos hermanos, como una vez al mes, medio ocultos, todos, de la severa mirada de la superiora por una tapia de ladrillo, bastante vintage, y del todo opaca, por suerte.

            Cuando llegó al convento, Don Marcial, tras aparcar la furgoneta como pudo, saludó a la hermana que estaba de guardia, y entró, con el permiso de ésta a buscar a su hermana,y a sus dos compañeras fumadoras. Solo tuvo que esperar a su hermana un par de minutos.

 

-       ¡Visi!, ¿Cómo estás?

-       Hola, ¿Cómo estás tú? ¿Vamos a echar ese piti? ¡No veas si tengo mono!

-       ¡Sobre la marcha! Tú sí que sabes ir al grano…

-       Ya me conoces. Mira por ahí vienen Flora y Gloria, deben haber olido el tabaco a punto de prender…

-       Si, je,je, menudas son esas dos también…

-       ¿Habrás traído lucky suficiente, no?- preguntó Visi para asegurarse en una sola pregunta de que era su marca preferida la que había traído, y en cantidad.

-       NO te preocupes, hay de sobra.

 

Llegaron Flora y Gloria.

-       Floria,  Glora, ¿Qué tal, hermanas?

-       Bien. Vamos a ello entonces ¿no?

-       Si que tenemos mono este mes, ¿eh?

 

Poco a poco, andandito., llegaron a su destino, se ocultaron tras la valla opaca y se dispusieron en corro, un modo bastante habitual de disponerse para el mal, en el ser humano.

-       Saca, saca el material, Marcial.

 

Y esta es la clave de la historia.

Don Marcial metió la mano en el bolsillo derecho y sacó el paquete de Lucky, con su circulito verde. Todas, e incluso él , se pusieron un cigarrillo en la boca.

Después con algo de parsimonia para hacerles sufrir un poco, se metió la mano en el bolsillo izquierdo, pero se arrepintió de hacerles sufrir así, a unas buenas chicas, y aceleró el movimiento de salida, con la mala suerte de que al ir a prender el cigarrillo de Flora, vio que algo rosa colgaba del mechero. De hecho llegó a prender el mechero, y lo rosa se prendió también. Por miedo a quemarse y sin caer en qué era lo rojo, sacudió la mano, y aquello rosa, que ahora recordaba vagamente que se había caído de las bolsas de ropa que había metido en la furgoneta, y que luego el se lo había guardado en el bolsillo para no tener que abrir la furgo otra vez, quedó extendido en el patio, revelando su incómoda identidad.

Un tanga rojo chillón, semitranparente.

 

Flora tosió levemente. Gloria se quedó mirando fijamente. Visi solo dijo:

-       ¡Alabado!

 

Solo Don Marcial, que encima se había puesto a pisotear el tanga para apagarlo dijo algo, aunque con el apuro, inconexo:

 

-       Es de las bolsas. ¡Es de las bolsas! Por favor yo no hago estas cosas, no soy coleccionistas, ha sido casualidad, podía haber sido una bufanda, joder, que mala suerte. Es de las bolsas. ¡Es de las bolsas! Es de los pobres, para los pobres. ¡Es de las bolsas!

 

Y “Es de las bolsas” quedó como el estribillo de un salmo.

Y las monjas , como querían fumar, no dijeron nada. Pero, creedme que Don Marcial solo de pensar en lo que ellas podrían pensar, no volvió jamás a pisar el convento ni nada que se le parezca, casi desapareció para si mismo.

Ellas lo echaron de menos, al menos en teoría, porque, a partir de entonces,  solo consiguieron que les diera tabaco un jubilado bonachón, que no es que se quejaran, pero…

 

 

…el tío fumaba condal.

 

FIN

LA HISTORIA DE LA MOCHA (II)

Como decía, una de las cosas de desayunar con la Mocha, aparte de las risas, y de confirmar que existimos los que no podemos con nuestro pelo, es que da acceso a historias extraordinarias y entretenidísimas. Es como ir al cine, sabiendo que la peli siempre es buena. Pero también puedes escuchar grandes frases. Una mañana de Febrero, trajo unas magdalenas que venían retractiladas en la clásica bolsa infernal, imposible de abrir. Tras pelear con la bolsa unos momentos, la dejó sobre la mesa y dijo:

-       Es inútil, chicos, para nosotros desayunarnos estas magdalenas hoy, tenía yo que haberme dejado de morder las uñas en Navidad.

¿No es genial?

Casa de Pilar (12,15 de la mañana, no importa el día)

Hay a quien la escena de la que formaba parte Pilar, le pueda parecer tierna. Bueno, la ternura es así, se esconde por ahí, y , en ocasiones solo se deja ver por alguna clase de pirado.

Pilar, con un fortuna entre los labios, removía un puchero con una cuchara de boj que sostenía con su mano izquierda. Con el brazo derecho, tenía sujeto a su pequeño Hugo, ya sabéis como se hace, pasando el brazo izquierdo bajo el trasero del pequeño, que acostumbrado el movimiento, se ocupaba tranquilamente de no dejar caer el chupete. Vestía una bata guateada que vio mejores tiempos, y de vez en cuando le daba un poco de tos, y se le caía un poco de ceniza en el puchero. Pero por un poco no íbamos a desandar lo andado.

Además, a ella no le gustaba que se le cayera ceniza en el puchero. No lo hacía por gusto. Era una especie de accidente reiterativo.

-       ¡Nchts! ¡Otra vez, mierda!

-       ¿Qué pasa?

 

Era la voz de Julio, el marido. Julio, les encantaba a las amigas de Pilar. El hombre callado,             que no sonreía, que no era simpático con ellas cuando iban a visitarla. Que no les ofrecía café, y que, como mucho decía un ¿Qué hay? Pero muy bajito, y por supuesto, sin la mínima sonrisa. Era precisamente por eso, que muchas de las amigas de Pilar, como la mitad o así, estaban dispuestas a traspasar la línea. Pero esto forma parte de otra historia.

Julio apareció en la cocina, con su barriguita, claro, ataviado con su camiseta blanca sin mangas, su pelo del pecho sobresaliendo por encima del ¿Escote, se llama eso? Escote, y rascándose suavemente el hombro. De la mano no rascante, llevaba a Rudolf, un poco mayor que Hugo, y bastante malote. De, hecho como un eslabón más de una maligna cadena, de la mano de Rudolf, colgaba una katana de plástico (De momento).

Pero el cómo las katanas fueron mudando de piel con los años, es una historia la mar de interesante, aunque no es esta historia.

-       ¿Qué pasa?- No es que Julio insistiera, es que retomamos su frase para hilar en condiciones la historia.

-       ¿Eh? Nada, nada. Cógeme al niño.

-       Pero ¿Dejo de rascarme el hombro?

-       Si, ¡atjó! Si no supone mucho sacrificio.

 

Cuando Julio se hizo cargo del pequeño Hugo, dejándose de rascar el hombro, Pilar consiguió remover hasta hacer desaparecer las pruebas de la crema de verduras, y también apoyar el fortuna en un cenicero, y deja rde toser.

-       Oye, Julio. Una cosita que te quiero comentar. Mi amiga Lili te pone ojitos, así que la próxima vez que venga haz el favor de sonreírla un poco.

-       ¿Qué me pone ojitos? Pero ¿Cuál es, la rubita de los pechos descomunales?

-       No, esa es Miriam, es la bajita de los rizos.

-       Aaah, ah vale la sonrío lo que quieras.

-       Otra cosita.

-       Joder, yo creo que ya vale ¿no?

-       Lo último, malas pulgas, que mira, ahora cuando me vaya a ver a mi madre, dejas que la crema enfríe y se la das a los críos. Luego les das el pollo que hay en horno. ¿Vale? Y que coman patatas, también.

-       ¿Y yo?

-       Tú lo mismo.

-       Ah.

-       Y ya la reúltima.

-       Jodéee, ¿No te ibas de una puta vez?

-       Van a venir de la parroquia, un señor que se llama Marcial, no le escupas por favor, y dale la bolsa de la ropa que hay en la terraza de la cocina. ¿De acuerdo?

-       Joder, sí.

-       ¿A qué hora vendrá?

-       Entre 4 y 6.

-       Eso en plena siesta para dar bien por culo.

-       ¡Que no puedes dormir la siesta, que tienes que vigilar a los niños!

-       Que ya, que ya.

-       Bueno, me voy a cambiar y me voy.

-       No será verdad…

 

Pero lo fue. Fue verdad porque no hay cosa más cierta que, al final, todo llega. Y cuando se cerró la puerta, Julio no llegó a sonreír, pero respiró tranquilo.

Y de alguna manera fue capaz de dar la comida a sus hijos. Y cuando el pequeño se durmió, vio que el otro, Rudolph estaba entretenido viendo una película no pata, y le venció el sueño. Aunque no por goleada, sino tiernamente.

-       ¡Soy el pirata malo!. Gritaba el pequeño Rudolph a los cuatro vientos. Y desenvainó la katana, y descargó un golpe terrible, contra el bracete del sofá donde dormitaba su padre.

 

Pero el tercer golpe fue entre los ojos de Julio. Y se despertó.

-       ¡Cabrón! Llamó a su hijo. Pero Rudolph seguía en lo suyo

-       ¡Soy el pirata malooooo!

-       ¡Te voy a…!

-       ¡TRIIIIINIIIIINNNNNGGGGGG!

 

Eso fue el ruido bestial y estridente del maldito timbre. Julio se levantó frotándose la frente intentando calentarla para que se le pasase el dolor. Abrió la puerta y apareció Don Marcial.

-       Buenas, vengo a por la ropa de la operación, de la operación ropa, vamos, de la cosa de la parroquia.

-       ¿Qué?

-       Lo de la ropa.

 

Por un momento Julio pensó que estaba delante de un marciano. Luego se le hizo todo familiar, y recordó que tenía que darle una bolsa a aquel individuo.

-       ¡Ah, sí, un momento!

 

Y luego ya por fin recordó (Al coger la bolsa) que no la había podido cerrar en condiciones.

-       Disculpe que se la dé abierta.

-       Ah, no, no importa. Lo que importa de verdad es el detalle.

 

Y, Don Marcial, cogió como pudo la inmensa bolsa y se la llevó a la calle, donde tenía aparcada la furgoneta.

 

            Y , aunque os pueda parecer que éste es un capítulo diletante y estúpido, lo cierto es que es del todo necesario. Dejamos a Don Marcial frente a su furgoneta, llena de bolsas de ropa, donde a duras penas cabe una más. Hugo, Rudolph, Pilar, y Julio, el sonrisas, ya no saldrán más. Se despiden de vosotros con la manita, y os piden que sigáis leyendo.

El autor os besa a todos cogiéndoos pellizco de los mofletes y os suplica que sigáis esta historia.

Tiene un final…

(Continuará)

LA HISTORIA DE LA MOCHA (I)

Y, sin embargo, no es la historia de la Mocha lo que se va a contar aquí. Si no una historia proporcionada por la Mocha. No me gusta escribir historias basadas en hechos reales, porque no da para lucirse, pero, al mismo tiempo, me resisto a que no conozcáis ésta. Os aseguro que si desayunarais con la Mocha todos los días, conoceríais muchas de estas historias.

            De esas que hacen la vida divertida, ya sabéis.

 

            ¡Viva la Mocha!

 

Parroquia San Fernando (Temprano, un día)

            El cura párroco, Don Ángel, pegó el respingo de siempre, cuando entraba por la puerta de acceso de la iglesia, al gélido ambiente de la misma, desde el cálido y acogedor clima de su hogar. No se dejó afectar por el frío reinante, sin embargo, porque llevaba un problema en la cabeza y quería consultarlo con Don Marcial, un jubilado especialista en Marketing, aunque del Barça, que le resolvía, de vez en cuando alguna duda.

            Don Marcial, que se había arrodillado, porque había estado pidiendo por una sobrina suya, para que no se enamorara de un malote, se incorporó cuando oyó llegar los pasos gordinflones y calvos, aunque con patillas, del párroco. De Don Ángel.

            Se dieron la mano.

 

-       Que digo yo, Don Marcial, que si le parece nos tomamos un café en La relojería, que aquí hace mucho frío.

-       Bueno, si ponen cafés en la relojería.

-       ¿Eh? ¡Ah, no, no, se llama así el bar de aquí al lado!

-       ¡Aaaah! Ja,ja, ya decía yo, pues vamos, vamos.

 

 

Dos cafés con leche, alegremente humeantes eran, en la medida que pueden, testigos de la conversación.

 

            Don Ángel:

 

-       Tenemos, de donaciones de los vecinos, toneladas de cereales, legumbres, pasta, fruta, bombones, salsas, bollería fina…

-       Loado sea el señor entonces.

-       Loado sea siempre. En cualquier circunstancia.

-       En cualquiera, Don Ángel. Deduzco que no ha terminado de contarme el problema, porque en lo que usted dice, no veo otra dificultad que la organización de los alimentos, y eso tiene usted capacidad de sobra…

-       ¡Sí, sí! Por supuesto, eso lo tenemos resuelto. Mi hermana Marilia tiene mucha capacidad de organización. El asunto es otro. Resulta que sobrándonos alimentos, nos hallamos escasos de ropa. Y no me pregunte usted por qué, pero el caso es que los fieles, responden estupendamente cuando se trata de alimentar al hambriento, pero tienen menos sensibilidad para el tema de vestir al desnudo.

-       Así que el problema es que falta ropa.

-       Con el matiz de que nos sobra comida.

-       Con ese matiz, claro. Pero no querrá usted que me coma yo toda la comida que sobra…

-       ¡No, no, hombre de Dios! Más bien apelo a su ingenio, por si sabidas ambas variables, ve usted la posibilidad de combinarlas de tal forma que solucionen el problema.

 

Don Marcial se pasó la mano por la cara, comprobando con disgusto que le había quedado un poco áspera, que no había apurado bien al afeitarse. Esperó que no se le notase demasiado. Pero a la vez, mientras pensaba esto y se le colaba pegada a la pared, la exótica idea de que la segunda equipación del Racing era un espanto, una idea pechopalomo de puro brillante se le puso en primera fila para salir en portada:

-       ¿Sabe usted lo que pienso Don Ángel?

-       Ni por asomo, Don Marcial, que más quisiera yo…

-       Verá, me da la sensación de que ya tiene usted una idea acerca de cómo solucionar esto, y que lo único que quiere es que yo se la corrobore. Y me va usted dirigiendo sutilmente hacia ella.

-       Bueno, reconozco que ya tengo una idea, sí. Pero no tengo personalidad y no quiero apoyarla yo solo. ¿Se la cuento?

-       Hágalo, cura intrigante, hágalo.

-       Pues verá usted. Aprovechando la feliz circunstancia de contar con excedentes alimentarios, y la otra circunstancia de que nos han donado hace poco una furgoneta, podríamos organizar un intercambio con el vecindario, de modo que el conductor de la furgoneta se pasara por los pisos de la parroquia entregando macarrones y legumbres a cambio de jerséis, pulóveres, faldas plisadas…

-       Entiendo, ropa en general…

-       Sí, ropa, gabardinas, capas españolas, …

-       Si, ropa, ropa…

-       Y de este modo devolvemos la comida que nos sobra, y nos hacemos con ropa, que se demanda más ahora por parte de los pobres en general.

 

Don Marcial, se volvió a dececpcionar con su afeitado, pero en compensación, se sorprendió agradablemente  con la idea del cura.

-       Pues es una idea buenísima. ¡Caramba, después de todo cada vez me va a necesitar menos!

-       Ahí es donde se equivoca. No tenemos conductor para la furgoneta.

-       ¡Maldito liante!

-       Ja,ja,ja

-       Si, ja,ja,ja.

 

Don Ángel ya no aparecerá más en la historia. Si lo hará Don Marcial que es el protagonista. El segundo acto mola mucho porque se desarrolla en un piso que bla bla blá.

Os sorprenderá esta historia, no me dejéis ahora, en pleno calentón.

Continuará.

ME APENO CUANDO TE ALEJAS DE MI (II)

Sabrás de mí, que, aunque en el tren voy distraído, imaginándome vidas de fábula para los viajeros que veo desde mi sitio, no alcanzo a distraerme tanto, como para saltarme mi parada. En eso soy inflexible: Jamás me salto mi parada sin intención. Y no me bajo en el grupo, sino el primero o el último, porque tengo esa dignidad de no pelear por un hueco frente a la puerta.

-¡Pelead vosotros, chusma del diablo!

Espero a que terminen sus luchas territoriales, y cuando la manada sale por la puerta del vagón, yo simulo carearles con mi vara. Y me río un poco. Esto te haría gracia, piénsalo. Aunque de momento no lo verás, tú llegas en tu bakana (coche) todos los días. Y no ves lo chistes tan graciosos que hago en el tren.

Puedes apuntar eso en la oferta: Tío gracioso. Y no debe olvidársete lo de Gran Badajo, ya sé que no tiene importancia para ti, pero he pensado que ¿Por qué ocultarlo? Tampoco es algo para avergonzarse ¿no? Lo tengo y punto, como el elefante tiene su trompa, como la sartén tiene su mango, como los cometas tienen su cola…yo, sin mi enorme y descomunal calabacín, pues no soy yo. Es otro.

El viaje termina. Y ya, cuando entro por esa puerta, ya no pienso en la minería de datos, ni en si ponemos esto allí y bajamos esto allá, ni en nada de eso por lo que me pagan. Que no me paguen. Yo ya solo pienso en hacerme rémora de ti.

            Por un poco no llego a tomar café contigo. Lo tomo con La Muerta Que Se Resiste a Desaparecer Del Mundo De Los Vivos (Lamu). Lamu paga mi frustración. Se extraña, dentro de su lógica distancia por su condición, de mis cambios de humor de una frase para otra. No quiero malgastar mi cuota de buen humor con Lamu, no quiero contarle chistes buenos.

            Se marcha enseguida. Me quedo solo.

            El tema de la melancolía cafetera lo tengo muy bien trabajado. ¿Lo reconoces? Cómo dejo que el café humee delante de mi, nublándome la mirada, que no se sabe a ciencia cierta si me salen las nubes de los ojos, o del café, y cómo me reclino sobre la mesita de la cafetería, y como meso mis cabellos y un poco mi perilla. Y cómo se adivina en mi cara, cuando alguien entra en la cafetería, que lo tomo como un ensayo para cuando entres tú, y que hago mis mejores gestos de entre aquellos no histriónicos.

            Y tú, me lo estoy imaginando, preguntándote que cómo no acabo agotado de tener tanta vida en mi interior. Y yo te contesto, en interiorista también, que eso no es vida exactamente, que es movimiento, como el movimiento del melocotón primaveral de Luci.  Que se mueve, si, de acuerdo. ¿Que muchos querrían un árbol en casa que diese esos melocotones? También de acuerdo. ¿Qué yo sería de esos? Tal vez.

            Pero esto que lees…¿Es un homenaje a Luci y su increíble melocotón?

            ¡No!

 

            Cuando trabajo me doy cuenta de la inconmensurable dimensión de mis inseguridades. Y mucho tiempo se me va en autopreguntas. ¿Estará bien esto, estará bien todo lo contrario? ¿Dará igual? ¿Estará mal lo contrario? Pero no trato, ¿Sabes? De averiguar lo correcto, simplemente paso revista a las muchísimas posibilidades que hay de equivocarse, y las comparo con la única que hay de acertar. Y señalo a la flaca y apolillada posibilidad de acertar, y me burlo al ponerla al lado de las cachas y magras posibilidades de equivocarse. Equivocarse o acertar. ¿Importa mucho? ¿No nos moriremos si acertamos?

 

            Todo lo resuelvo aquí dentro. ¿Quieres verlo?

 

            ¿Compras? ¿Aceptas la oferta de este ser alegre? Al que ni siquiera las dudas le merman el optimismo. ¿Compras ser superficial y cariñoso? ¿este que se asusta con los gritos y el mal rollo, con el que no se puede mantener una conversación en serio? Si, esa clase de persona que se olvida de pagar el IBI por sistema, mujer, y que vive permanentemente aislado en su mundo interior, pero que le despiertas y va, y te sonríe,y, que por encima de todas las cosas te querrá para siempre? Y cuando vuelva cada mañana al mundo de los vivos, tras haber desaparecido de él durante la noche, antes de recordar siquiera la especie a la que pertenece, recordará quien eres tú.

 

Y lo más importante:

 

 ¿Que se calza un badajo tremendo?

 

¿Compras?

            Ya sé que no, ya se que ese no es tu estilo. Solo me hace falta verte desde aquí hablar por teléfono con otra persona, y de otro tema que no tiene nada que ver, para saber que dices que no.

Que no. Que no.

 

Entonces:

 

¿Compras ser abandonado? ¿Recién negado? Que sale andando poco a poco, dándote la espalda, mientras consiente que el sol se le pose un breve instante sobre los hombros para deslumbrarte con un brillo repentino? ¿Compras tío que para que parezca que el efecto milagroso del sol lo ha hecho sin querer, no se vuelve para mirarte, porque cree que si no se vuelve te dará más pena? ¿Compras ser que se va a volver en el tren, desconsolado, pero sin soltar una lágrima y que solo va a hallar consuelo en el partido de la Champions?

Pero que sobre todo, amor eterno…

Se gasta un badajo monumental

 

¿Se anima , señora?

 

FIN

ME APENO CUANDO TE ALEJAS DE MI

(Venta por catálogo)

 

            Te diré que cada día, a las 6,05 vuelvo a nacer. Cuando suena el móvil, con su famosa sintonía “Qué más da, la primera que encuentre” no tengo ni idea de quién soy, bueno, de quién soy, digo, ni siquiera, en ese momento se a que especie pertenezco.

            Mucha vida interior, es lo que yo tengo.

 

            Ponte en mi lugar. Al despertar un individuo que no sabe, ni siquiera a que especie pertenece, que no sabe si está en las estepas heladas de Yakutia, en los oscuros pero cálidos rincones de las junglas de Borneo, o en el barrio de Salamanca. Así que lo cierto es que cada día un ser nuevo, sin estrenar, viene al mundo desde mi cama. Y, todos los días, por la ley de Hook, un ser cansado y vacío, muere en mi cama.

            Mi cama, manantial y sumidero de la vida.

            Pero enseguida me golpea con ruda colleja la conciencia de ser humano. “Soy humano” es la primera conclusión a la que llego cada día. Me doy cuenta porque sé que necesito ducharme. Y yo sé que esta necesidad no la sienten ni los gatos de madame de los clubes de alterne , ni los perros de jovenzuelo que comienza a abrumarse por la responsabilidad de tener perro.

 

-       Soy humano.- Le digo al mundo. Y enciendo la radio.

 

No la oigo, no oigo la radio. Bajo el agua caliente y su ruidoso chorro, miro hacia abajo, nunca deja de sorprenderme el brutal tamaño de mi badajo. Y es entonces cuando recobro la memoria de mi vida anterior a hoy. Es entonces que me acuerdo como en el vestuario del cole se reían de mí, por tener un cacho ciruelo tan enorme. Ahora me gustaría echarme a la cara a aquellos risitas, y poder reírme a gusto de sus pichinas de alondra.

No puedo hacerlo, no están aquí, aparte de que me daría bastante corte que me estuvieran viendo ducharme todos aquí, la verdad. Pero la revelación de que he tenido una vida de la que me acuerdo, con la prometedora consecuencia de que no me morí ayer y volví a nacer hoy, hace que de repente me apetezca café, y que enseguida empiece a recordar que tengo un trabajo. Pero me doy cuenta que mi vertiginosa mente se puede aturullar, y que de momento quiero café.

Que mente esta mía, genial. Insiste en recordarme que los italianos dicen que no hay que lavar la cafetera. Y recuerdo que yo todos los días la friego a fondo para llevar la contraria a los italianos, y mientras me dejo hipnotizar por el rojo caliente de la vitro , me acuerdo de la Eurocopa, y de cómo mandamos a casa a los italianos, y como ese día de 2008 me di cuenta de que tenía corazón o algo, cuando las lágrimas calientes marcaron para siempre mis mejillas.

 

-       ¡Tengo corazón o algo!

 

Sé que me gusta el café dulce como algo, pero no recuerdo como qué. Sé que no como unos caramelos gigantes que tengo en el salón. Sé que no como los tofes que arruinaron mis primeros empastes. Sé que no como el marron-glacé que vino en la cesta de navidad.

Por suerte lo tengo medido, sé que son tres cucharadas y dos pizcas.

Y cuando le pego el primer sorbo, apareces tú.

-¡Como tu sonrisa, coño, eso era!

 

Y me encanta darme cuenta de que hay un tú.

 

En realidad, por eso estoy tan contento. Porque existes. Sólo por eso, porque mía , de momento, no eres, ni has sido, que yo sepa. Que yo recuerde…

 

El resto de viajeros del cercanías , creo que notan mi euforia. Y eso hace que estén ofendidos. No se lo reprocho, a mí también me jode que la gente sea feliz, y más que lo de demuestre. No hay cosa más estúpida que el clásico viajero feliz, con su imbecilidad a cuestas, extendiéndose como una babosa por el asiento.

Pero en este caso soy yo, y yo sé que no soy una babosa.

 

Para esos momentos yo ya he recuperado toda la consciencia, y recuerdo casi todo. Recuerdo que hice la primera comunión, y recuerdo que soy raro, por lo visto. Y entremedias recuerdo un montón de cosas, buenas, malas y regulares.

Pero ahora mismo, tú lo ocupas todo.

Voy hacia ti.

¿Quién puede pedir más?

Continuará…

¡QUE EL SEÑOR TE LLEVE! (III, Fin)

Hubo un momento, no sé si lo recordarás, después de complacer nuestros ardientes deseos, sobre todo los míos, que sospecho que quedaron mejor satisfechos que los tuyos, en los que asombrosamente, aun duraba la magia. Asombrosamente ¿verdad? O sea que después del tema, aún queríamos hablar y eso. Eso no me había pasado nunca. Ahí rodeados de los desconchones de las paredes, hundiéndonos en el desmadejado colchón, igual que antes nos habíamos hundido en el breve, pero profundo mar de la pasión más animal, y acertando a duras penas dos de cada tres veces a arrojar la ceniza en el cenicero, escuché tu historia dura de limpiadora, de madre soltera, de cómo poco a poco sacaste la cabeza, y entraste en una empresa, y te hicieron un poco jefa, y luego un poco más, nada exagerado. Y como te habías comprado el pisito desconchado, y que lo estabas arreglando poco a poco con tu esfuerzo. Y que al niño lo habías cuidado bien, que se había ido a Francia un tiempo, con su padre, que había pasado de ti, pero no de él.

 

Oye, pues me pareció una historia admirable. Me hubiera hecho falta que fueras un pelín más guapa, la verdad. Qué rabia. Solo por un poquito, o a lo mejor con que te operaras las tetas…

Mientras duraba la magia, quisiste saber quién era yo. Y cuando me lo preguntaste tú, fue la primera vez en mi vida que me lo pregunté yo.

Y tú y yo, al mismo tiempo escuchamos mi historia.

Empecé enchufado, con un puestecito majo, en oficina, que para lo poquito que había estudiado (No llegué a lo de las derivadas), era mucho más de lo que se podía esperar. Aunque claro, yo en aquella época, no me daba cuenta, y arriesgué. Me acusaron de unos chanchullos, sin ninguna piedad, y me pusieron de patitas en la calle.

-       Pero ¿Lo hiciste?

-       No es esa la cuestión.

 

Y ya supiste que ahí, a partir de los 16, había empezado mi cuesta abajo. Que me echaron de la chatarra, también, por algo parecido, que me hice un poco alcohólico. Que me rehabilité. Que volví a caer, y así, tantas veces, que ahora, te dije, que ahora no sabía si era o no. Supiste de mi historial de peleas perdidas. Supiste que no ingresé en prisión, por muy poco, pero, claro mi orgullo había permanecido intacto, porque robaba, sí, pero sólo a los cabrones de los turistas que venían a tocarse los cojones a nuestra ciudad.

-       Pero estarían de vacaciones.

-       No es esa la cuestión.

 

Al terminar mi historia, y sobre todo tras tu agresiva pregunta de que a qué me dedicaba ahora, y, mi terminante respuesta explicándote que ahora andaba de acá para allá, tuve la desagradable sensación de que no estabas del todo satisfecha con mi trayectoria levemente descendente.

Y se te notaba en la cara.

Y, aunque no eras guapa, guapa, lo que se dice guapa, pues consideré que eso no estaba bien. Y decidí sorprendente, aprovechar ese toque divino que tenéis las mujeres de sorprenderos, cuando os sorprenden.

-       Dame media hora y nos encontramos en el bar. A tomar café.

 

Vestí a toda prisa mi velludo cuerpo, me miré al espejo y me eché en cara lo descuidado de mi entrecejo, y lo que me desfavorecía la cicatriz de chivato en el párpado. (“¿Así que fuiste a la poli?-No es esa la cuestión”)

Y desparecí media hora. Y tú no te ibas a creer lo que te tenía preparado.

 

Y cuando yo entré en el bar, ya estabas tú, tan erguidita, tan educadita sin haberte pedido aun tu café, que me asaltó el amor cálido, aunque no fueses muy guapa. Y con toda mi ilusión de aquella mañana que no me había lavado le dije al Lore que nos pusiese sendos cafetitos, aunque no dije “sendos”, claro, que yo esa palabra no la trabajaba. Y dije que a mí me lo vistiera con un chorrillo.

Como un niño, me presenté frente a ti con mi cajita de regalo. Estaba nervioso, mierda, ¿Recuerdas? Y deseé con toda mi alma que aquello te encantase.

La abrí. Y saqué de las orejitas a un precioso gatito. Apenas destetado, atigradito, flexible, gordito, mimosón. Y pusiste cara de sorpresa. Una “O” preciosa de tus labios pintados. Si hubieses sido un poco más guapa…

Le acariciaste, y me preguntaste que cómo se llamaba. Y te contesté que ni puta idea, que no era esa la cuestión. Y me dijiste que tú le pondrías nombre, y yo te dije que daba igual, que para qué. Que como le ibas a cuidar. Y yo ni contesté, porque no te comprendía.

Y, bueno, finalmente, yo creo que algo entendiste mal. Porque cuando te dije lo de verás que fiesta, y arrojé al gatito donde las pirañas te pusiste a gritar como una loca, y yo creía que era de excitación, y, joder, me insultaste, que si cabrón asesino, que no se qué. Y yo, fíjate, mientras el gato se desmembraba por los mordiscos de las depredadoras, alucinaba con tus insultos, y también con los del Lore, que decía que vaya tío más bestia, que qué animal.

Y me dijiste que creías que el gatito era para ti. Y yo te dije que no sabía pero que si querías uno para ti, que yo se lo había quitado a la madre que los amamantaba en una obra a dos manzanas de allí…que si querías iba a por uno para ti. Pero que para qué lo querías.

¿Coincides conmigo en que aquello fue el fin? Lo de “No vuelvas nunca más a cruzarte conmigo, hijo de puta.” Parecía un punto y final a nuestra relación.

Y lo que te quería decir es que te echo de menos. Aunque no seas muy guapa.

¿Y tú a mí, loquita de los gatos?

 

           

 

FIN

¡QUE EL SEÑOR TE LLEVE! (II, Formas estridénticas)

Me senté sí, con mi peloti perfumado, poderoso, y abrí la primera bolsa de peces. Resultaba increíble, ya lo sé, pero sólo con el ruido de la primera bolsa, se movieron las pirañas y se pegaron al cristal de la pecera mirando en mi dirección. Yo creo que hasta me miraron a mí. Me seguían con la mirada.

-       Hola.

 

Ahora parece un hola muy claro, con su guión y su rotundidad de “¡hola!”, pero en aquel momento, era solo un murmullo, un prudente acompañamiento insonoro, de la magia de la depredación. Yo tenía entre mis manos un acontecimiento de la naturaleza. (Las pirañas oyen abrirse las bolsas, desde dentro de la pecera).

 

¿Cómo iba a oír tu “hola” tan silencioso?

¿Cómo?

 

Recuerdo que al no oírte, tampoco te presté más atención. Si que recuerdo borrosamente una cintura de mujer a mi lado, pero, sinceramente, me pareció un estorbo. Me parece que te fuiste. Y un poco más deprisa de la cuenta, de lo acostumbrado. Bueno, tampoco sabía yo como te solías ir tú.

Las pirañas se subieron a la superficie al unísono, y abrieron sus bocas hambrientas , esperando el maná. Y yo eché unos cuantos pececillos de los gordezuelos que estallaban en colores, y jodé…¡qué feria! Parecían los fuegos artificiales de mi pueblo. Rayos de fluidos verdes, naranjas, añiles, malvas, yo que sé, un escándalo. ¡Y luego los otros, los pequeñitos, aun mejor! Las pirañas se los tragaban de un bocado, y cuando estaban dentro se iluminaban, y aparte de que las pirañas se cagaban y meaban, es que además se encendían por dentro y se les veían las espinas y la ventresca. Fue el mejor espectáculo de mi vida. Fue de esos que no disfrutas del todo, porque desde que empieza temes que se acabe.

Y, claro, se acabó. Y me quedé con mi peloti perfumadito, mirando a la nada. Después de todo, las pirañas ya habían perdido su interés en mi, y me miraban como despreciativas. Me jodió bastante. Me parecieron unas ingratas, y, ojo, poco inteligentes, porque a lo mejor me enfadaba porque no me hacían caso y ya no les llevaba más peces chulos para que comiesen.

Me di la vuelta y allí estabas tú. La mujer más guapa del mundo, de las que no son muy guapas. Y recordé que ya me habías empezado a importar. Sentado elegantemente en mi taburete, levanté la mano sonriéndote y la sacudí, mientras musitaba un saludo genial:

-¡Hola!

 

La misma palabra, pero sonando patibularia dijiste tú

-       Hola.

 

Y yo que me había inyectado sensibilidad aquella mañana, quise saber lo que te pasaba. Es verdad que desde mi sitio. Y sonriendo:

 

-       ¿Pasa algo?

 

Y, coño, ni contestaste. Y me quise acercar a tu sitio, porque me tenías en ascuas, y parecía molestarte que hablásemos desde lejos, como si no quisieras que se enterase el resto de la parroquia. Y cuando estuve cerca de ti. Sentado a tu mesa,  repetí mi mejor frase del día:

-       ¿Pasa algo?

 

Seguías cruda:

-       ¿A ti que te parece?

Pero yo no tenía opinión, cielo no demasiado azul, estrella no muy luminosa, yo estás preguntas así, tan inesperadas no las sé contestar. Y me da miedo intentarlo, porque si yo digo una cosa, y resulta que era otra, pues a lo mejor, innecesariamente te he recordado esa, y tú ya lo habías olvidado.

Yo me senté a tu lado, aunque con cierta prudencia, porque no conocía del todo tu carácter, y, no había necesidad ninguna de llevarme un bofetón delante de la parroquia. Pero no me diste, y eso te lo valoré.

-       No sé. ¿Qué te pasa?

-       ¿O sea que no lo sabes?

-       No lo sé. Pero lo que sea que haya hecho si te ha dejado de ese mal humor, merece una buena mano de bofetadas. Estoy preparado.

 

Era un poco pronto para esa bala, tal vez. Pero casi consigo que sonrías.

-       No estoy de broma. ¿A ti te parece normal? ¿Tú crees que puedes entrar aquí e ignorarme de esa forma? ¡Por favor que me levantado y todo a saludarte, y me has ignorado! ¡Pero vamos que si a ti te parece normal…!

-       Ni siquiera me di cuenta de que estabas aquí, y ya si me dices que te has acercado a mí, y yo no me enteré, entonces es que estoy peor de lo que creía…lo siento. Ya sabes que con mi jueguecito de las pirañas pierdo el norte. Anda perdóname.

-       Desde luego se ve que a ti lo de las pirañas te encanta. Y vamos tiene su gracia y tal, pero esa obsesión…

-       ¿Y viste, princesa, como estallaban en colores?

-       Ya, ya lo vi.

-       ¿Y los eléctricos, que te pareció? ¡Se cagaban las pirañas! ¡Y luego se iluminaban, como un eructo lumínico!

-       UN eructo ¿lumínico? Ja,ja.

-       ¿Me perdonas, amor? NO volverá a suceder nunca más.

-       Invítame a un vodkanaranja y te perdono…

-       Jo, estoy sin un clavel, …

-       Bueno, te invito yo, anda.

-       Eres la mejor. ¿Subimos a tu casa, después?

-       Ay que querrás, sinvergüenza…

-       Ja,ja

-       Ja,ja.

 

Este diálogo no dura para siempre. La tercera parte será otra cosa. Tanta chorrada y contemplación…por favor venid.

Continuará.

¡QUE EL SEÑOR TE LLEVE! (I)

Ayer fue el día que decidí pararme a pensarlo. Y hoy, con el afán que da la claridad de ideas, te lo cuento.

Para lo bueno y para lo malo, recuerdo que nos conocimos en el Lore, el bar que tenía aquella pecera enorme, llena de pirañas. Un capricho del Lore. Recuerdo que yo entonces, gastaba enormes cantidades de dinero, en comprar peces de colores, en la tienda de animales de al lado, y, con el permiso duramente peleado (era pacifista, o socialdemócrata, no recuerdo) del Lore, me entretenía los viernes por la tarde, en ir arrojando pececillos vivos a las pirañas, y me divertía viendo como, los devoraban, las hijas de puta, partiéndolos a la mitad del primer bocado, y luego del segundo interrumpiendo las convulsiones espasmódicas, de las mitades que quedaban. Juro que era entretenidísimo. Ya echabas tú por allí tus cigarritos More, y tus carajillos en aquella época. Y si que me parece que no me fijaba en ti porque no eras guapa de romper, aunque, puedo decirte que me acostumbré a tus imperfecciones físicas, que no eran tantas, igual que supongo que tú te acostumbraste a mis rarezas, y a la pinta de solitario peligroso que me gastaba.

Un día, hablamos, aunque no consigo recordar por qué. Pero se me quedó grabado que dijiste que mi entretenimiento te parecía divertido, a pesar de que tu “amabas a los animales”. Me gustó tanto esa incoherencia, que empezó a parecerme irresistible tu manera de llevar la coleta, con esas gomas cutres y descoloridas, y tu sonrisa, amarilla, sí, pero amable y dulce. Y también ese hilo de olvidada juventud que destilaban los surcos de alrededor de tus ojos. Tus ojos casi negros, de un casi negro brillante, optimista.

Me costó, no te digo que no, pero ese día, deje que tú tiraras algún pececillo de esos a las pirañas, y no supiste, y de eso estoy orgulloso, que me jodía hasta el dolor físico dejarte lanzar a ti los pececillo, ¡Que me habían costado un huevo, y que eran mi puta diversión! Fue de justicia que me invitaras a un sol y sombra, me había dejado un capital en aquella tienda.

-       Tenemos unos japoneses, pero necesitan más cuidados, hay que cambiarles el agua más a menudo.

-       Eso no va a ser problema. ¿Son duros?

-       ¿Duros? No sé, ¿Cómo duros?

-       Correosos.

-       Er..creo que sí.

-       Pues póngamelos.

 

Ese día me fui a la pensión tan contento de haber hablado contigo. Me sorprendía pensando cosas para entretenerte al viernes siguiente, cuando volvieras a aparecer por el Lore. Pensaba en no quedar como un idiota inculto. No era misión fácil para todo un idiota inculto, pero había que liberarse de presión. Para quedarme tranquilo me bastaba con dar lo mejor de mí. Si con eso no bastaba, sabría que no estabas de dios, y punto.

 

Durante la semana, viví como en un paréntesis, seguía haciendo mis portes, con mi vieja furgoneta sin itv. Cobrando en metálico, para no dejar huellas al fisco. Todo como de costumbre. Aunque con la buena noticia de que a la semana siguiente, tendría un trabajo muy bien pagado en casa de un futbolista famoso. Un medio centro de escaso físico pero gran visión de juego, que no se lo pensaba dos veces a la ahora de chutar, y que metía el pie en cualquier circunstancia. Yo no era aficionado al fútbol como para saber más de él, pero sí que era consciente de que aquellos trabajos reportaban enormes beneficios adicionales, como propinas desorbitadas y regalos vendibles. Quién sabe si también podría afanar algo.

Los días me caían en la cabeza como cocos maduros, solo que sin provocarme traumatismos, y, por fin cuando llegó el viernes. Y yo ni siquiera me alegré, porque me parecía de justicia que ese viernes llegase de una maldita vez. ¡Sólo faltaría! El calendario solo había hecho su trabajo, no había que felicitarle ni nada.

Con mi mejor camisa, una que tenía todos los botones, y un buen lavado previo, me presenté en la tienda de animales de al lado del bar de Lore.

-       Hoy quiero unos que tengan carácter, que luchen.

-       Que luchen. No sé si le entiendo…

-       Pues por ejemplo, que si se caen en una pecera llena pirañas luchen un poco, que no se dejen comer así como así.

 

Me sorprendió la franca sonrisa del vendedor.

-       ¡Aaaaah! Pero usted los quiere para echarlos a las pirañas. ¡Tengo lo que usted necesita, hombre! ¿Cómo no lo dijo antes?

-       Pues la verdad, no sabía que existía esa especialidad, para vender. Pero dígame, ¿Qué me ofrece?

-       Pues verá, tengo estos peces regordetes, que estallan en fluidos de colores cuando un depredador los muerde. Y tengo estos otros, que son muy pequeñitos, pero se quedan vivos en el interior de las pirañas, y se iluminan una vez dentro, y dan descargas eléctricas, y las pirañas pierden el control de esfínteres…

 

Me llevé un buen puñado de cada, en una cutre bolsa de plástico, tan contento. Tanto que fui directo a la pecera y desde allí le pedí a Lore un gin tonic.

Y me olvidé de saludarte, siquiera. Bueno, tarde un poco. Mi querida princesa, al fin preciosa.

Te sigo contando en la siguiente entrega.

LA CAL, EL ANDAMIO, EL MOTONABO (III, Estocolmo existe)

Caminaba apoyado al cariñoso mocho, procurando frotarlo bien fuerte contra el suelo, para que se “recogieran” las huellas famosas, pero eso no quitaba para que aquello fuese una especie de baile somnoliento. Un baile silencioso.

 

            Pero imposible.

 

-       A ver, cuando limpies mira desde todos los sitios, que las huellas se ven desde muchas partes y no se ven desde otras. Ven aquí para que lo veas.

-       Lo creo todo.

-       ¡Que vengas, coño!

 

Me torturó mucho darme cuenta de que aquella era una demostradora cansina. Una de esas que se empeña en demostrarte lo que no has puesto en duda, a lo mejor no porque te lo creas, sino porque no tienes maldita la gana de discutir.

-       ¿Ves? ¿Ves? Mira el reflejo, ahí se ven las huellas.

-       Estamos de acuerdo, miraré desde todos los ángulos.

-       Y las recoges.

-       Las recojo, sí.

 

Ella se puso a repasar unos muebles de madera con una gamuza y con un trapo impregnado en algo, alternativamente. Lo hacía con aire distraído, tal vez pensando en aquellas verbenas del pueblo, cuando algún mozo aún la sacaba a bailar, y no como ahora, que solo bailaba pasodobles con su cuñada. Claro que entonces, probablemente llevaba favorecedores leggins, y no calcetines ejecutivos azul artificial. Yo repasaba las huellas una y otra vez, tratando de nadar en mi mundo interior, pero ejerciendo la suficiente presión como para no ganarme una regañina de Madame Flagelo. Ya me había despedido de mi dignidad, y además no había nadie a la vista que pudiera demandármela.

Pero se ve que la vista engaña.

 

-       ¡Pssst!

 

 Detrás de un sofá de verano, asomaba la cabeza pelada de Calero Papo. Me espanté solo con imaginar que pudiera descubrirle la Flagelo. Vi que estaba distraída mirando los reflejillos de su última frotada sobre un ¿Sinfonier, secreter,…? que no tenía cucos tapetes de punto encima. Y le hablé a Calero gritándole escandalizado, pero en voz muy bajita.

-       ¿Qué cojones haces aquí? Nos va a matar…

Calero abrió desmesuradamente los ojos en claro gesto de sorpresa.

-       ¿La vieja?

-       ¿Pilar? Sí, claro, Pilar. Nos va a matar.

-       ¿La llamas Pilar?

-       ¡Se llama así! ¿Qué quieres que le haga?

-       El que te va a matar es Víctor

-       ¿Victor?

-       ¡El sargento, so gilipollas! ¿Quieres largarte de una vez? ¡Por tu culpa nos van a empurar a los tres! ¡Que hay que encalar el garaje, coño!

-       Ya lo sé, pero creo que Pilar está emparentada con el general o algo.

 

En ese momento Calero Papo, estiró la mano y consiguió asirme del pantalón. Yo me deshice de su apretón mortal con el mocho. El me llamó cabrón o algo y se ocultó del todo tras el sofá.

-       ¿Le pasa algo al sofá?

 

La voz de Pilar sonó tan cerca, que tuve que girarme y, al ver que estaba a mi lado, pegué un respingo involuntario, y se me escapó una cantidad despreciable de pis. Por suerte se debió ir escurriendo dentro de la bota.

 

-       ¡Que si le pasa algo al sofá!

-       No, no que estaba pensando yo que si luego, apartaba el sofá por si hay huellas debajo.

 

Ella se movió rápido hacia uno de los brazos del sofá, como una ardilla.

 

-       Pues venga, agarra de ahí, que luego es tarde.

 

El temor de que descubriera a Calero Papo, me dio fuerzas para llevarle la contraria.

-       No, que he pensado que luego, ahora me quiero concentrar en las huellas que se ven.

-       ¡Anda, anda! ¡Agarra de ahí, que lo que no se haga ahora…!

 

Y yo, en una sorprendente y paradójica huída hacia adelante, le dije.

 

-       ¡No! ¡Mierda no! ¡Quiero hacer un buen trabajo, coooño!

 

Y aquello fue tan sorprendente, que , pienso ahora que ella también se vio sorprendida. Por eso soltó el bracete de sofá, y se fue andando toda tiesa, murmurando, algo como “vale, vale…”. Y yo me quedé apoyado en mi mocho, temblando, en silencio.

Calero Papo, tan práctico, me sacó de mi mundo, y me dijo:

 

-       ¡Bien tío, se la has pegado! ¡Ahora larguémonos! ¡Ya la has puesto en su sitio!

 

Nos interrumpió la Flagelo:

-       ¡Ven para acá, mira esto!

 

Le susurré a Calero que aguantase un momento. Y me dirigí junto a Pilar. E incluso le pude decir con calor:

 

-       Dime, Pilar.

-       Pies solo quería decirte que estás haciendo un bien trabajo. Ese suelo te está quedando bien, He sido dura contigo, y creo que he podido sacar lo mejor de ti, pero sin duda el esfuerzo lo estás haciendo tú…

 

Para cuando la señora Pilar terminó de hablar, yo tenía los ojos arrasados en lágrimas. Y más me emocioné, cuando mirando el suelo descubrí que reflejaba cada rayo de luz que le llegaba. Y me costó volver a mi puesto, porque apenas me podía ver, por culpa de las lágrimas. Así que cuando Calero Papo, me dijo la ordinariez de:

-       ¡Hala, vámonos a tomar por culo de aquí!

 

Tuve que decirle, en voz bien alta para que Pilar supiera que estaba allí:

 

-       No, mira, te vas a ir tú. Este es mi puesto. Ahora lo sé. Te deseo mucha suerte con lo tuyo. A ti y al carnero, pero yo pertenezco a este lugar. Adiós Calero Papo.

 

Pilar se quedó mirando con media sonrisilla, como Calero Papo, completamente alucinado, se levantaba muy despacio, y, completamente en silencio, caminó sin saltarse ni un paso, hacia la salida. Me vi obligado a decirle una última frase:

-       Una cosita te digo, Calero, hazme el favor de caminar pegadito a la derecha, que lo otro está fregado.

 

Y ahí debería haber acabado todo, en plan redondo. Digamos que la historia quedó un poco manchada, porque el Carnero debía estar esperando a Calero Papo, y se oyó la estúpida frase que soltó al encontrárselo.

 

-       No te lo vas a creer. Dice que se queda con la vieja.

FIN

LA CAL, EL ANDAMIO, EL MOTONABO (II, Ausencias nefastas)

Nos gustaba la cosita esa de llegar a la compañía (O sea, el edificio de dormir) y hacer notar que nosotros no habíamos hecho las actividades propias de la compañía, sino que habíamos estado encalando el plantón. (Plantón: Edificio-garaje, donde se guardaban los vehículos de la policía militar).

Nos gustaba restregarle al personal por la cara, el día de permiso que nos daban los mandos, por haber salido voluntarios, y nos gustaba sentir las envidiosas respuestas de nuestro amados compañeros miserables:

-       Pues no me cambio por vosotros ni de coña, todos los días tragando cal por un día de mierda.

 

Dormíamos a fondo, y por tanto las charlas con los compañeros duraban poco. Enseguida estábamos viéndonos con la altísima pared que había que encalar. Aunque simpre había algo de tiempo en el desayuno para disfrutar contra el despistado de turno.

-       ¿Habéis cogido las cosas de acampada?

-       Nosotros no acampamos. Nos quedamos encalando el plantón.

-       ¡Ah, qué cabrones!

 

Y ese “Ah, qué cabrones”, tan interjectivo,  nos sabía más dulce que las magdalenas y los churros descongelados revolcados en azúcar.

            No se podía negar que éramos seres humanos.

 

            Una mañana inopinada, minifaldera y apretada, una de las que nos gustan a los voluntarios, cuando ya llevábamos más de dos horas arreándole cal a la pared, y esperábamos ansiosamente al cervecero, apareció, en vez de este, una mujer.

 

            Llevaba en la mano derecha una fregona, y en la izquierda un cubo. Vacío. Iba vestida con una bata celeste, que se abría, como las fauces de una bestia terrorífica, pero en vez de mostrar una dentadura sobrecogedora, podía, si había mala suerte con el viento, mostrar unos muslos blandos y blanquecinos, surcados de ríos varicosos, y recortados por debajo de las rodillas con unos calcetines azules, del tipo ejecutivos, que herían el magro de la mujer, insertándose en la carne, como queriendo formar parte de la ajada estructura. Unos pelillos separados, negros y gruesos como maromas, trataban de salir por la gomilla de los ejecutivos, sin conseguirlo. Otros pelillos, se encabritaban, y sin más, atravesaban el hilo del calcetín, intensificando su negritud para distinguirse orgullosamente de las fibras artificiales, azules ellas.

            Y arriba la batalla se recrudecía. Los labios de verdad, en un gesto de vanidad, se habían desentendido de la línea del perfilador, y este a su vez del borde del pintalabios, formándose una suerte de empaste escalonado, que por increíble que parezca desfavorecía enormemente el resultado final.

            Yo estaba al cargo del motonabo, abajo e indefenso, por tanto.

 

-       Hola, soy Pilar. Me manda el sargento. Uno conmigo a recoger la sala de oficiales.

-       Ah, no, no. Seguro que se confunde, nosotros somos voluntarios.

 

Y dije voluntarios con una entonación magistral, que dejaba a las claras que muchísimo cuidado con andar perturbando a los voluntarios. Pero a ella esta entonación tan intencionada no le impresionó gran cosa. O acaso es que no la notó. Como el que no nota la presencia de un tiburón en su piscina y se baña alegremente. El tiburón se acaba desconcertando.

-       Pues a mí me manda el sargento.

-       ¡Eh, que se ha atascado el motonabo!- sonó desde arriba.

-       Un momento, buena mujer, voy a desatascar el moton…el cacharro.

-       Me manda el sargento que venga uno.

-       Que ya señora, que ya.

-       ¿Pero vais a venir uno? ¿Tú me dices que no vas a venir?

-       ¡Pero si yo no he dicho nada!

-       ¿Entonces vienes?

-       Bueno, pues, voy un momento.

 

Avisé a los chicos y me fui detrás de miss bata, por el acojone que me daba que se liara la cosa con un sargento de malhumor. Los chicos se quejaron algo amargamente, pero me pareció que le echaban mucha cara, a fin de cuentas el que se iba con miss glamour era yo.

-       ¿Dónde vamos, pues?

-       Ahí a la sala de oficiales.

-       Ah.

 

Al principio iba andando detrás de ella, pero enseguida me puse a su lado, para no tener que verla. No se dirigió a mi hasta que llegamos a la sala de oficiales:

-       Recoge esas huellas.

-       ¿Cómo?

-       Que cojas el mocho y recojas esas huellas.

-       ¿Eh, que recoja?

-       ¡Que limpies las huellas, coño!

-       AH, no. Yo estoy con lo del motona…

-       ¿Qué no? ¡Ahora mismo me voy a ver al sargento!

-       Vale, vale, vale, vale…no ha problema, las recojo, ya luego voy a lo del motonabo.

-       Ah. Ya me parecía a mi.

 

Y a mi. ¿De dónde iba a sacar agallas un corderito como yo?

 

Así que con mayor diligencia de la esperada, me agarré al mocho, y abrazado cálidamente a él (Pero pon agua limpia en el cubo, marranazo) esperé con ansia que la tercera parte de esta historia me liberara de mi terrible destino.

 

¿Estáis conmigo en esto?

 

LA CAL, EL ANDAMIO, EL MOTONABO (I, Musical de cuartel)

Por una desgraciada concatenación de aviesas circunstancias (Habrá quien diga que las circunstancias no pueden ser aviesas, pero sí que pueden) una mañana, de las primeras de otoño, como la de hoy, quizá exactamente la primera, pero de hace muchísimos años, me vi, en lo mejor de mi poderosa juventud, subido a un andamio, por primera vez en mi vida, y junto a dos compañeros de infortunio, Calero Papo, y el Carnero.

Calero Papo, que solo era uno, y el Carnero, se manejaban con profesionalidad y soltura por el andamio, y no se me antojaba tal cosa disparatada, porque ellos eran de origen modesto y lo más seguro, es que en la adolescencia hubieran ayudado a construir sus propias casas a sus padres, cosa que yo no, por ser mi familia de posibles de toda la vida, con casa en Mallorca, y capaz de pagar hipotecas de casas ya construidas como el que chupa pirulíes.

Esa era la verdad.

Tres puestos había para tres soles como nosotros. Uno abajo, vigilando el motonabo, un artilugio que conseguía, mediante una goma en un bidón lleno de cal , una absorción justa y proporcionada de la misma, lanzando la cal absorbida manguera arriba hasta un pistolón que blandía el segundo de a bordo, y que aplicaba sobre la pared del inmueble, dejando una capa blanca, que hería los ojos como aparición divina.

El tercer componente del equipo, sujetaba al del pistolón, ya que por el deficiente diseño del andamio, tenía que aplicar la luminosa capa de blanco en peligroso escorzo, y teníamos orden de no perder miembros del equipo, siempre que pudiera evitarse.

Ya. Pero ¿El del motonabo qué hacía?

El motonabo era un aparato antediluviano, y cada dos por tres se atascaba con la grumosa mezcla con la que se había fabricado la sal. Entonces había que sacar la goma sorbedora del bidón, y sacudirla a golpes contra la parte de fuera del mismo.

 

Esa mañana que ya llevábamos un tercio de la fachada, el tercio inferior, por supuesto, encalado, me había situado yo de motonabista, y Calero Papo sujetaba a  El Carnero, que aplicaba la mezlca purificadora, no ya con uniformidad propia del interés, sino con cierta habilidad suplementaria del que no es la primera vez que lo hace.

 

El Otoño, nunca pasa sin llamar porque es muy tímido o considerado, y por eso se retrasa siempre, así que hacía calor y hacia la una de la tarde mandaron a uno de por ahí (Uno de esos que anda por ahí sin hacer nada, a traernos un cubo lleno de hielo con tres cervecitas dentro)

 

Aproveché el siguiente atasco del motonabo para avisar a Calero Papo y a El Carnero de que nos habían traído unas cervezas.

-¡Cervezas!

Y me volví al criado:

-       ¿Has escupido dentro?

 

Y me miró con ese tándem de dolor-tristeza de cuando alguien se ofende porque dudas de él.

-       No pongas cara de echarte a llorar, nenaza, como hayas escupido te crujo. Lárgate.

 

Dejé resbalar un poco la mirada, al estilo presidiario, tras los pasos del humillado sirviente-soldadito, y haciendo como que no veía a Calero Papo y a El Carnero bajarse del andamio, pero a la vez extendiendo el brazo con las dos cervezas, hasta que llegaron y las cogieron. Luego cogí yo la mía.

 

Bebimos y fumamos recogiditos y a gusto, a la sombra, quizá, aunque era un sentimiento extraño para nosotros, hasta orgullosos del trabajo que estábamos haciendo, mientras veíamos como el resto de nuestra compañía hacía instrucción.

-       ¿Seguimos?

 

Dijo El Carnero. Le tocaba Motonabo, así que para el era como no seguir. Simplemente golpear el tubo cuando oyera algún juramento. A mí me tocaba de sujetador de Calero Papo, que hacía de pistolero. Pistolero y Sujetador tenían que tener cuidado de que la cal no les cayera en la cara, aun así había veces que una racha de viento traidor y fementido, te dejaba la acara blanca de repente, y picaba un poco. Algunas mañanas no teníamos ni que afeitarnos, porque la cal había hecho de veet.

 

En resumen, que básicamente, que aunque mili al fin y al cabo, aquello era más o menos el paraíso, y durante algunos días fuimos razonablemente felices. Tres machotes pintando. Relevándose en las tareas, trabajando en equipo. No lo supe, pero en alguno de esos ingredientes había algo que contenía el germen de la felicidad.

 

Pero, claro, todo se termina jodiendo.

¿En este caso, queréis saber como?

EL ARENQUE EN EL ABISMO (VI, Fin, Ahora sí que sí)

Una vez que tuvo su vodka en la mano, que la polaca, dicho sea de paso le sirvió con estricta profesionalidad, el Arenque empezó a calibrar todo lo que iba a sentir en el futuro haber perdido aquella oportunidad. De momento no lo sentía tanto, porque aquello estaba de mujeres hermosas a rebosar, y mal se tendría que dar para no caer en gracia a alguna.

            Se acercó al piano, y fue curioso que a medida que el se acercaba al piano, la gente que lo rodeaba se fue apartando, creando un efecto telón, y descubriendo ante el Arenque a una mujer morenaca, delgadita, pero curvilínea, que estaba tocando el piano con extraordinaria dulzura. Era una pieza (la canción) como de folklore americano, así tipo country, cantada por la hábil pianista con una voz dulce y sugerente, que él que no sabía inglés, supo enseguida que la letra era sobre el amor o las flores o el mar o el campo…

…but I shot a man in Reno

….just to wacht him die

 

            Bien morenaca de pelo, como ha quedado dicho, tocaba la mujer sin embargo el piano con sus pálidas manos, y sus uñas negras de esmalte. No de descuido.

            El Arenque, en cuanto vio que la cancioncita sobre las florecitas y los valles, tocaba a su fin, dio dos palmaditas rápidas a modo de aplauso de compromiso, y, quiso intentar lo que nunca le había salido bien.

-       Deja que te invite a una copa, artistaza.

-       Está bien-dijo ella sonriendo tímidamente.

 

Y juntos se encaminaron a la barra, con toda naturalidad, como si aquello le sucediese todos los días a el Arenque. El Arenque echó un vistacillo al reloj, con algo de disimulo, y cogió bastante impulso emocional, al darse cuenta de que sólo eran las 6, y que aún le quedaban otras 6 horas.

-       ¿Qué tomas?

-       Vodkanaranja-dijo ella.

-       ¡Pues yo lo mismo! ¡ea!

 

Cuando tuvieron sus bebidas, el Arenque tuvo cuidado de no probar las almendras que les pusieron de aperitivo, porque cuando tomaba almendras, si se descuidaba, empezaba a lanzar felipos como un bellaco, y ahora era el momento de triunfar. No de los felipos. Por eso le sorprendió tanto verse a sí mismo tomando almendras apenas quince segundos después de proponerse no hacerlo.

Qué cosas.

-       Te agradezco la invitación, ¿Eh? Pero en realidad ya sabes que en las Casas de Hadas Calientes no tiene sentido, puesto que las consumiciones son gratis.

-       ¡Ah! ¡Sí, si, por supuesto! No pretendía engañarte con respecto a eso, me refería a que te tomaras una copa conmigo.

-       Pero ¿No tienes miedo de que se te pase la hora? ¡Le pasa a todo el mundo!

-       ¿Ah, que todos sabéis lo que me pasa?

-       Todos, claro. Bueno, menos ese duende de ahí que no conocemos, y que por lo visto ha venido a olvidar la muerte de un amigo.

-       ¡Pobre!

-       Si, su mejor amigo fue ensartado por un desalmado.

-       ¡Vaya!, pues lo siento horrores, chata. Pero lo que me preguntas de la hora, estoy tranquilo, aun me quedan 6 horas para llegar al sitio, y está a media hora.

-       Pero no te confíes. La confianza será tu mayor enemigo.

-       Nada, nada, todo controlado. No me confío, es decir, estoy serio y concentrado, pero también tranquilo.

-       Bien, esa es la actitud. Así no tendrás problemas. Se podrá deshacer el encantamiento.

-       Ese será el único encantamiento que se deshaga, porque el encantamiento que me producen tus piernas morenas, y el otro, el de tu voz de terciopelo, me parece a mí que no se deshace por las buenas.

-       ¡Ja,ja,ja, anda hombre! Eso me decís todos y luego os cansáis de mi…

-       ¡Yo no, yo no, yo no!

De repente apareció la sigilosa polaca, dirigiéndose a la morena.

-       Será mejor que te ponga hielo en el vodkanaranja, con lo calentorra que estás ya lo habrás derretido.

-       ¿Qué es lo que has dicho?

La polaca no se arredró:

-       Que para ser tan finolis y tocar el piano tan ñoñamente, nos has salido inesperadamente putilla, vamos.

-       Te has tenido que volver loca para meterte con un hada pianista. Recuerda que solo eres una becaria, y que sin sacar la varita mágica del bolso, te puedo convertir en lo que me de la gana.

-       Si, puedes hacer lo que quieras de mí. Pero eso no cambia las cosas, calentorra. Así que ahora, si tienes lo que hay que tener conviérteme en lo que te de la gana. ¿Te atreves?

 

El Arenque no quería intervenir en una pelea entre hadas.

-       Bueno, me voy a acercar a la terraza un momento que…

-       ¡FLOASH!

 

Un rayo cegador voló desde la teórica posición de la musa morena, a la de la atractiva polaca, y tras estallar en la cara de la pobre, y disiparse la nube que se hizo a continuación, en vez de camarera polaca, apareció un…

-       ¡Dios santo! No me lo puedo creer- se oyó por parte de una figurante.

-       ¡Esto es demasiado!- dijo otra figurante.

-       Lo cuento en el pueblo y no me creen…-dijo una con el pelo rizado.

 

Realmente asombroso, lo que apareció fue ni más ni menos que un kimono.

Y también apareció (se hizo patente) la impresión indudable de que aquel hada morena, pianista y con las uñas cuidaditas, en el fondo era, más que otra cosa, una arrabalera.

-       No te jode, la zorra pelirroja…

 

De pronto se volvió hacia El Arenque, y como aprovechando el impulso del arrabal, le dijo, en toda la cara:

-       Y tú y yo, y mi equipo de hadas calientes subalternas, vamos ahora a tener una charla. Venga, vamos.

 

La pianista le extendió la mano, y el Arenque se la ofreció porque pensó que tenía tiempo de sobra, y era cierto, y porque esta vez, no sería él quien se arrugase. No pudo evitar pensar en la palabra “equipo”, y en si de repente, cumpliría alguna de sus fantasías más irrealizables. “¿Cuántas serían? Al  menos debían ser dos, para ser un equipo, más la jefa serían tres. Pero tal vez estábamos hablando de quince, más la jefa dieciséis…o cuarenta…¿Quién sabe”.

Estos y otros pensamientos de temas relacionados (¿Habrá bastante para todas? ¿Las hadas son todas tías? Las azafatas no son todas tías, por ejemplo) le acompañaron en el camino a la felicidad, que pasó por encima del kimono, ya abandonado y deshilachado, y que llegó a una especie de enorme salón, en cuyo centro, había una bañera, empotrada en el suelo, de no menos de cuarenta metros cuadrados, con un agua azulada, que se veía limpia, pero con todo, lo impresionante era el equipo de la pianista.

-       Te presento a mi equipo. No te digo los nombres porque las irás conociendo a todas, y no tenemos toda la tarde, también debemos pensar en tu prueba.

-       Me estás cayendo muy bien. Tú.

 

El equipo. Cincuenta y tres preciosidades de todos los colores y estructuras, cada una equipada con un irrigado cerebro, y otras cosas con interés primario. Y parecían simpatiquísimas. El Arenque no podía ni hablar ni fijar la mirada en ninguna de ellas. Y pensó que ojalá aquello fuese exactamente lo que parecía: El principio de una peli guarra.

-       Arenque, desnúdate y metete en agua calentita, luego cuando te avisemos te levantas, a ver lo que nos puedes ofrecer.

 

Y así se hizo. El Arenque sentadito en la enorme bañera, viendo como las cincuenta y tres subalternas ejecutaban una danza tremenda alrededor de la bañera, y vio como se le acercaban en la bañera, y le iban susurrando al oído:

 

-       ¿Qué nos vas a hacer, cochino?

-       Si, cuando te levantes, guarro

-       Si, guarro levántate, guarro.

 

Y el cerró los ojos

-       Vístete guarro.

-       Si, vístete.

-       Guarro, vístete.

-       ¡Cerdo, vístete!

 

Le extrañó el cambio de tono al Arenque. Y abrió los ojos. Y no os podeis imaginar lo que vio:

            El estaba en el vagón del metro, de pie, agarrado a la barra, solo que con los pantalones bajados del todo. Y el pasaje, que era de cincuenta y tres personas de toda índole, le abucheaba. Y luego todo pasó rápido. Aparewci´ço un enorme vigilante jurado, le pegó un estacazo y se lo llevó. Y al salir del metro, vio que la taquillera era clavada al hada pelirroja.

Y le dijo:

 

-       Hay un hada por ahí con tu cara. Si la ves, le dices de mi parte que es una hija de puta, y que no se hacen estas cosas.

FIN

EL ARENQUE EN EL ABISMO (V, Casi desenlace, La destreza no lo es todo)

-       Pues ya estamos en el desenlace, así que tú dirás.- dijo el Arenque, todo dispuesto.

-       Ya veo, ya. ¿Estás preparado?

-       Preparadísimo. Estoy deseando que se olvide el día de hoy.

-       Pues te deseo suerte en la prueba.

-       Gracias, ¿Qué tengo que hacer?

-       Es muy sencillo. Solo tienes que ir caminando por este sendero, llegar a una casa que está a una media hora. Entrar y volver aquí antes de la última campanada de media noche.

-       ¡Pero si sólo son las tres de la tarde! Me da tiempo de sobra…

-       No te pongas farruco, en esa casa tratarán de retenerte.

-       ¿Por la fuerza? ¿Cómo un secuestro?

-       No, no, mediante la tentación y el engaño, pero tú siempre decidirás cuando volver. Eso solo depende de ti, si te quieres ir te tendrán que dejar que te vayas.

-       ¡Ea! Pues allá voy.

 

Y, bastante confiado y alegre, El Arenque se lanzó por el sendero, dispuesto a demostrar al hada panocha que él era merecedor de cualquier prodigio que cualquier hada tuviera que obrar para ayudarle. Se volvió antes de poder fijarse en las lindas florecillas violetas que acampaban en el borde del camino y le dijo al hada:

-       ¿Nos damos dos besos?

-       Ni uno.

 

Y entonces sí, entonces se fijó en las florecillas, y pensó que eran un buen augurio. Y se fue bastante optimista, casi acolchando el paso, como se hace cuando alguien está muy contento.

El camino rozaba la perfección. Suaves pendientes que no llegaban a cargar los gemelos, tierra compacta que procuraba un andar firme, pero relajado, y cómodas chicanes que permitían arrimarse ora un piano, ora el otro. La prueba, por otro lado, no parecía de mucha dificultad, así que todo se arreglaría fácilmente. Lo único que perturbaba la paz de El Arenque, era el recuerdo de Archie (El duendecillo), ensartado en su espada, quejándose y mirándole todo el rato.

Pero había sido un accidente, caramba.

            Dejó atrás unas preciosas jaras pegajosas, que mostraban sin pudor sus flores blancas y como de trapo, y al mirar hacia la derecha, se encontró con la casa. La casa era de estilo colonial, con toda probabilidad, pero la enorme población de cigüeñas, apenas dejaba ver resquicio alguno de la fachada o del tejado, que ya se sabe que en arquitectura, es el tejado el que dicta el estilo. La puerta de entrada al jardín estaba abierta, y El Arenque la franqueó decidió, y sin fijarse en los delicados frutales que jalonaban el camino hacia la puerta de la casa, se acercó y llamó:

-       ¡Toc, toc!

-       ¡Pasa, chato!

 

Y pasó.

Era un inmenso salón, a cuya derecha, ocupando todo el largo, hasta la ventana del fondo, había una barra. Detrás de la barra, como 5 ó 6 espléndidas camareras, todas buenorras, la verdad, para atender a un montón de clientes, de toda condición; macarras, caballeros, mujeres guapísimas, mujeres hermosísimas, pálidas rubias, ardientes morenas, melancólicas altas, bulliciosas bajitas, y más camareras, todas de extraordinaria belleza, con plateadas bandejas llevando frescas y gigantescas cervezas, o coloridos cócteles, o vinos españoles.

El Arenque, escamado ante tal despliegue, y ciertamente impresionado, aunque todavía pensando en su prueba, más que en otra cosa, pegó un innecesario respingo cuando oyó una voz a su espalda.

-       ¡Vaya, por fin un cliente guapo! ¿Qué vas a tomar?

 

Después del susto, El Arenque se volvió. Una excepcional camarera castaña, con el pelo muy suave y onduladito, y que si fuera terrícola (Es decir no perteneciente a aquel mundo como de nunca jamás), sería claramente polaca, y vestida de uniforme negro clásico hostelero, pero que lo portaba con la misma elegancia que una modelo llevaría un Caprile, esperaba su decisión. El Arenque no solía saber que tomar en los bares, y pedía lo mismo que pedía el anterior a él, lo cual había hecho que desarrollara un paladar a prueba de cualquier cosa, se vio en un apuro ante la falta de “anterior” y pidió lo primero que se le pasó por la cabeza.

-       Ah, pues…un sol y sombra.

-       ¿Con este calor?

-       Ah, pues no, póngamelo con otro calor, si se puede elegir.

 

Aunque el chiste no era ninguna maravilla, la polaca se rio con muchísimas ganas, enseñando una boca descaradamente besable. Y El Arenque cogió confianza, y se sintió muy a gusto, y, aunque no se permitió descuidar la hora, por poder cumplir su prueba sin agobios, si que, por primera vez en mucho tiempo se sintió de buen humor y relajado. Y en cuanto tuvo su sol y sombra en la mano, (¡mierda no recordaba que fuese esa mezcla espantosa! ¡Se hubiera pedido un gin tonic!), se dedicó a pasear y a observar.

Aquel lugar tenía muchísimos ambientes. El Arenque se prometió salir antes de las 8 de la noche. Así que por mal que se diera, tenía cuatro horas para recorrer lo que correspondía a media hora, tiempo más que de sobra, y que le permitía disfrutar de la fiesta. O lo que fuera aquello.

Escuchó el clásico acorde de Fa sostenido menor de un piano. Se dirigió hacia ese encantador sonido, que ya había derivado por otros acordes y melodías, también bonitos, claro, pero no tan contundentes. Pegó un trago a su Sol y Sombra. Le dieron unas ganas terribles de vomitar.

 

-       ¡Qué malo está esto, joder!-Cuentan que susurró.

-       ¿Te traigo otra cosa, guapo?- Le respondió la polaca, que ya había cogido confianza, y le seguía a todas partes, con algo de sigilo.

-       Pues mejor que sí. Un bitter con hielo.

-       Al instante, príncipe. ¿Me llevo el sol y sombra?

-       Por dios, sí. Gracias.

-       De todas formas, tenemos vodka helado danés.

-       ¡Ah, pues el vodka helado me vendrá bien! ¿Puede ser con zumo de naranja?

-       Aquí puede ser, todo, y recalco todo, lo que tú quieras, amor.

-       ¡Vaya!-sonrió El Arenque- ¿Así que todo?

 

La polaca le miró fijamente.

-       Absolutamente todo.

 

Y el Arenque, pensó que toda una vida soñando con que alguna mujer, aunque no fuese ni la mitad de espectacular que la polaca, le dijese algo así. Y qué triste ver, que después, cuando llegaba la hora de la verdad, simple y llanamente…

            …se arrugaba.

 

-       Pues lo dicho, un vodkita.

 

Y la polaca se fue tras un indignado movimiento de melena, jurando en su lengua materna.

(Continuará)

 

Nota del Autor: Sé que dije que esta entrega era la última de este relato, y, creedme, me desprecio cuando miento así. Estoy temblando de rabia contra mi mismo, y, creo que me he dejado de respetar.

Si, aun así, os dignarais leer la siguiente y última entrega de este relato, ya sin mentiras ni ardides, este pobre y frío corazón tendría una alegría inmensa.

Inmensa, oiga.

EL ARENQUE EN EL ABISMO (IV, Duendecillo malvado)

Cierto era que el duendecillo (gnomo o enano del bosque, no estaba seguro El Arenque), estaba al otro lado, sin embargo, El Arenque estaba seguro de su pequeñez estructural por varios indicios; primero que tenía la cabeza desproporcionadamente grande con relación al cuerpo, segundo que estaba al lado de un manzano, y podía hacerse idea del tamaño de aquel ser, que no llegaba ni a la primera rama del árbol, pero la pista definitiva era que el pájaro llevaba una camiseta de manga larga roja, jubón verde y babuchas verdes también, y sobre todo un gorro típico de gnomo, en punta de color rojo, como la camiseta.

Enternecido por el aspecto bondadoso del duendecillo, pero no tanto como para ignorar que quizá tendría que destriparlo, El Arenque se cambió de mano la espada, y avanzó hacia el duendecillo con paso decidido. Éste le esperaba en actitud desafiante, apoyado sobre el tronco del manzano, con su hombro, con los brazos cruzados y sonriendo.

El Arenque seguía avanzando, el duendecillo seguía sonriendo. Por fin el duendecillo sonriente, le habló:

-       Acércate y dame la espada, debo clavarla en el suelo y ver si eres capaz de desclavarla.

-       ¿Rollo camelot?- dijo el Arenque, y dicho esto dio un traspiés, se cree que con la raíz desenterrada del manzano, y cayó hacia delante con el brazo armado extendido, de tan mala manera que la espada atravesó de parte a parte al duendecillo, que cayó pechos arriba, escupiendo sangre y temblando de mala manera.

-       ¡Oh, mierda, que mala suerte!

 

La vista del duendecillo agonizante, perturbaba al pobre Arenque, que deseaba, o bien que aquello fuese un mal sueño, o bien que su misión al final fuese la de matar al duendecillo, y que aquello del desclavado fuese una farsa que había ideado el duendecillo para desarmarle.

-¡ Quítame la espada, por favor, me duele!

 

Con una mezcla perfecta de miedo, prudencia y conmiseración, el Arenque puso un pie en el pecho del duendecillo, y de un fuerte tirón, desensartó la espada del cuerpo del pobre¿bicho?. El cual tras un último e inquietante estertor, estiró la pata. El Arenque sintió alivio, porque aunque no quería matar a la criatura, tampoco quería asistir a una larga agonía que le recordraa a cada rato lo manazas que había sido. También pensó, con el objetivo de obtener un inmediato alivio, que lo que había matado no era un ser humano, de ningún modo, y que probablemente aquello se parecía más a un bicho que a un ser humano. Aunque, claro, también era cierto que iba vestido, al modo de los humanos. Pero no hay que dejar de tener en cuenta que a muchos perros se les viste con abriguitos y hasta gafas de sol, como a las personas, y nadie pretende que sean personas.

 

-       ¡Bah, aquí no ha pasado nada! ¡Pues no hay problemas en el mundo!

Una vez tranquilizada su conciencia, cosa que no resultó fácil, pues estuvo a punto de recaer en la pena, cuando vio que las aves carroñeras del lugar la emprendían a violentos picotazos con el pobre duendecillo, una vez tranquilizada, como digo, se puso unas hierbas en los oídos para no oír el crepitar de las costillas del duende al ser rotas por los buitres, y renovado por dentro, se adentró en el bosque.

Luego, volvió sobre sus pasos, porque se había dejado la espada. La limpió de sangre y restos de vísceras sobre la hierba, y se la metió por el cinturón para no tener que llevarla con la mano, y volvió a emprender el camino de la espesura.

Buscaba, como ya habréis adivinado, el lugar donde clavar la espada y luego desclavarla, a poder ser sin que nadie notase la desaparición del duendecillo. Es difícil buscar algo, sin saber exactamente qué. Es decir el buscaba algo así como una marca en el suelo, un aspa, o en una roca, algo que tuviese que ver con clavar una espada en el suelo. ¿O es que acaso valía cualquier parte? A lo mejor era eso. Era que en realidad la prueba consistía en algo simbólico, como cuando alguien compra un coche a su primo y le paga un precio simbólico. Siendo así, a lo mejor pasaba la prueba simplemente pinchando en algo y luego desclavando. Aunque en realidad, técnicamente eso ya lo había hecho cuando había atravesado el pecho del notas del duendecillo. Y no había pasado nada.

Siguió mirando hacia el suelo, hasta que una voz familiar, le sacó de su búsqueda.

-       ¡Pst! Aquí arriba.

 

Era ella, el hada pelirroja.

-       Jodé, que alegría verte, verás-dijo El Arenque mientras se acercaba al hada.

-       ¡Chém ché, ché! – Le interrumpió ella-Tira esa espada antes de acercarte a mí, no quiero que me pase a mi lo mismo que a Archie.

El obedeció

-       ¡Ah! ¿Te has enterado? Pobre gnomo o duende o trasgo o elfo.

-       Claro que me he enterado, eres un desastre. Su familia está destrozada.

 

Al Arenque le sobrevino el llanto.

-       ¿LA familia? ¡Joder que espanto, que drama!

-       Tranquilo, todo ha sido una broma.

-       ¿Broma? ¿Entonces no lo he matado?

-       ¡AH, no, no, eso sí! Lo has matado del todo. Pero que no tenía familia, era un solitario.

-       Ah. Bueno, mejor.

 

El hada óxido férrico, saltó de la rama y se quedó de pie muy cerca de El Arenque.

-       EN fin, ahora hay que hacer otra prueba.

-       ¿Y la primera?

-       La primera la anulo.

-       ¿Pero exitosa o fracasada?

-       He dicho que la anulo, sin más.

-       Ya pero,…

-       ¡Ni ya ni mi chirri pelirrojo, coño, como si no hubiese existido nunca!

-       Es decir que la de ahora sería la primera, y no cuenta que se haya muerto el duendecillo. ¿Eh?

-       Joder, esto va a ser agotador. Menos mal que solo queda el desenlace.

 

Desenlace que sería un privilegio para mi que leyerais aquí. Porque siempre será mejor que os enteréis de primera mano a que os lo cuenten otros.

 

Y, vamos, que me caéis bastante bien.

EL ARENQUE EN EL ABISMO (III, HADA MADRINA)

El Arenque boqueó al estilo de sus congéneres en la volantilla. (Volantilla: Aparejo de pesca, bastante cuco) y preguntó inquieto:

 

-       Pero en plan metafórico, es decir no eres un hada madrina real, sino que eres una chica normal, pero que te he caído bien y quieres ayudarme, pero no es que seas hada-hada, de las de las varitas mágicas y eso… ¿no?

 

La pelirroja pareció enojarse ligeramente:

-       A ver, majo, a ver si reflexionas un poco. ¿Cómo crees que lo sé todo de ti? ¿Crees que te he buscado en la wikipedia?

-       Pero no tienes varita mágica…

-       Porque tú lo digas…

 

Y la pelirroja, con gesto de aburrimiento, sacó de su bolso Coach, un pedazo de varita mágica de color rosa, impresionante, rematada con una estrella también rosa, pero que reflejaba la luz en muchos otros colores, de una manera irisada, especialmente, en un malva denso espectacular, que provocaba la envidia de los otros colores, más nobles y sinceros, si se quiere, pero que no tenían el alma, el talento del malva.

 

-       ¿Pido tres deseos entonces?

 

El hada infló sus carrillos en un claro gesto de impaciencia, y luego expelió el aire manteniendo la lengua entre los labios, ejecutando una simpática pedorreta.

-       No, majo, esto no funciona así. Yo no he salido de una lámpara vieja, ni llevo turbante. Soy genial en lo mío, si. Pero no soy un genio.

-       ¿Y cómo funciona, pues?

-       ¿No sabes cómo va lo de las hadas?

-       ¡Pues no!- Dijo el Arenque un tanto enfadado.

 

El hada pelirroja, hizo otro gesto de impaciencia (Esta vez más leve, simplemente intensificó la mirada)

-       A ver, simplemente tengo que comprobar que lo mereces, que eres tan buena persona que te mereces que yo intervenga. Entonces lo arreglaré.

-       ¿Harás que se olviden todos de lo que hice, y que todo haya resultado como una especie de pesadilla?

-       Eso podría hacerlo,  hay muchas maneras de solucionar estas cosas. Pero, de todos modos lo primero es comprobar que lo mereces.

-       Estoy preparado. Pregúntame.

-       No hay preguntas. Son pruebas que tienes que superar.

-       ¿Pruebas? ¿Pruebas físicas?

-       No solo físicas, sino que exigen una mezcla de destreza, audacia y valor que determinarán si finalmente eres merecedor de que tu hada madrina, o sea yo, te ayude en este difícil trance. ¿Ya has hecho suficientes preguntitas?

-       Si.

-       ¡Pues que empiece el show, con la prueba número 1!

 

El Arenque se dispuso a prepararse. Pero no se preparó porque no sabía cuál era la prueba y no tenía ni idea de si tenía que prepararse para correr, para luchar con la espada, para restar un servicio liftado…

Por su parte el hada panocha se limitó a apuntar al azar con su varita mágica y ejecutar un golpe seco de muñeca, después del cual, se levantó una humareda espesa y morada, tal que a nadie le hubiera extrañado que el Arenque se despertase en el claro de un bosque completamente desconocido, a quizá miles de kilómetros del vagón de partida.

Como en efecto sucedió…

 

Cuando por fin, se disipó el humo, El Arenque se vio en un enorme claro de bosque, pretendió sacudirse los restos del viaje transmolecular, o lo que fuese y miró lo que estaba sujetando con su mano derecha, que le pesaba tanto. Y nada más mirar, como sucede tantas veces, salió de dudas, y también consciente de todo, pensó de refilón que el mundo de las hadas no era perfecto, ni cuidaban todos los detalles, porque él era zurdo y le habían puesto la espada en la derecha.

Se la cambió de mano y se lo apuntó para poder echárselo en cara al hadita pecosa en cuanto volviera. Este pensamiento se le fue incompleto porque le asaltó la sospecha de que tendría que matar un dragón, como hizo aquella vez San Wolffo. Y otros, también.

Y se preocupó, porque un dragón es peligroso.

 

Y sin dar tiempo a más, al otro lado del claro del bosque, precedido de la huida aventada de bandadas de pájaros sin especie ni raza, apareció, reluciente bajo el sol, un altivo, fiero, e inmenso…

…¿Duendecillo?

 

“¿Tendré que matar al duendecillo?” Se preguntó El Arenque.

 

Y no supo más, hasta la siguiente entrega.

EL ARENQUE EN EL ABISMO (II)

Bajó al metro, como os decía, y lo hizo de un modo que yo no sé explicar, pero que resultó muy metafórico de su caída al abismo. Sacó de la cartera su abono mensual de transporte, miró por un momento su propia foto, se extrañó un poco de estar tan feo (Le pareció que su cabeza era algo trapezoidal) y sacando el ticket, lo pasó por el torno.

 

            Funcionó.

 

            Miró de derecha a izquierda y trató de calcular a cuantos de los que veía les habían echado de su trabajo, con el afán humano, de comprobar si eran número suficiente como para que lo suyo no fuese considerado una anomalía. Como para poder decirse a sí mismo que aquello pasaba en las mejores familias.

 

            También pensó que el era como el típico sargento chiflado al que nunca ascienden por conflictivo e indisciplinado, pero que tiene una profesionalidad y un talento fuera de duda. Claro que lo suyo, fue más cosa de despiste que de rebeldía. El despiste no está bien visto.

 

            Despistes no.

 

            Linea 6, con el objetivo de deambular. Era la primera vez en su vida que iba a deambular. No es tan sencillo. Porque un inexperto como el Arenque sule hacerse el esquema clásico: “Deambularé. Pero ¿Por dónde?”. En realidad, preguntarse por dónde va uno a deambular, es incompatible con deambular. Se deambula por las buenas. Deambular con objetivo no es deambular, es merodear.

            El caso es que ahí estaba el Arenque, metido en el vagón, y buscando un sitio para sentarse. Vio uno libre, pero no se sentó. Si hubieran sido más, se habría sentado, pero un solo sitio libre tiene el inconveniente de que a la siguiente parada se suba una embarazada de siete meses, y es un corte cederle el asiento, porque a lo mejor no está embarazada, la tripa era porque se había aficionado a los bocatas de queso manchego. Y también era un corte no cederle el asiento, porque el resto de los sentados te miraban instándote a la cesión.

            En fin, un coñazo. Mejor no sentarse. La vida es complicada. Pensó entonces, agarrado a la barra del vagón, que no sabía los demás, que él sufría en oleadas. De repente le venía pensamientos amargos, emputecedores, destructivos. Pensaba que esta mañana era un genio de los informes auto-actualizables, y que un problema de despiste, es decir la mala suerte, le había convertido en un apestado. Si la gente del vagón supiese lo que había hecho, sin ninguna intención, abandonarían el vagón a la “mecagoendiez”. “A carajo sacao”

            Pero igual que venía una racha emputecedora, le venía un aire fresco en forma de autoestima. Y le daba por pensar que en realidad los informes auto-actualizables eran un invento suyo, y que una idea como esa, tenía que poder venderse en cualquier sitio. Por ejemplo en los Estados Unidos, con sus millones de dólares, vagando por las calles.

           

            Pero al instante, después de haber recuperado el resuello, venía una idea lúgubre, y pensaba que si la había sacado inoportunamente una vez, le podría volver a pasar en cualquier otra circunstancia inoportuna. Hasta en Estados Unidos. Con sus millones de dólares en alegres bandadas, sobrevolando los aparcamientos de varios pisos, y, y también porque no las capillas móviles, con sus reverendos sonrientes al volante.

 

-       Perdona, ¿Te quieres sentar?

 

Quien esto le preguntaba era una compasiva pelirroja. Bastante guapa, porque no era pelirroja desde el rojo, sino que su cabello era castaño, y se había ido alegrando discretamente gracias a paseos por el campo, y algo de deporte urbano, y, finalmente se había plantado en rojo apagado, pero la mar de contento. Y eso se notaba, en el brillo y en otras cosas. Como además, la pelirroja tenía una sonrisa muy bonita, y una voz algo grave y dulce, El Arenque se vio obligado a contestar con una descarguita de su encantadoramente triste buen humor:

-       No, muchísimas gracias, la tripita es por el queso.

-       Ja,ja..No ya sé que no estás embarazado, pero como lo estás pasando tan mal…

-       ¿Se me nota?

-       Se te nota, pero bueno, aparte de eso, es que yo lo sé.

El Arenque arqueó la gesta pretendiendo ser divertido, y, casi consiguiéndolo.

-       ¿Lo sabes? ¿En serio?

 

Y puso cara de sorpresa, que se consigue yendo a pronunciar una consonante palatal plosiva, pero sin llegar a pronunciarla.

 

-       ¿Quizá has sacado la chorra en la cafetería de tu oficina a deshora?

 

Un viento frío como de la taiga, pero impropio en un vagón de la línea 6, se apoderó de lugar. El Arenque, a punto de pasar a pescado blanco, apenas pudo preguntar:

-       ¿Acaso eres bruja?

Y la pelirroja hizo esta sorprendente declaración.

 

-       ¿Bruja? Hasta cierto punto. Más bien soy tu hada madrina.

 

Y esta vez El Arenque casi se cae de culo. La sorpresa lo invadió todo, para disfrutar a sus anchas de su propio y demoledor efecto.

            El vagón estaba a la altura de Condado de Bracamonte. Antes de llegar a la parada de Oficios del pasado, ocurrirían muchas cosas;

Que os cuento en la siguiente e imprescindible entrega.

 

EL ARENQUE EN EL ABISMO (I)

Fue un accidente. El Arenque  llevaba toda la mañana concentrado en un par de cosas, y que estaba supeditando todas sus necesidades a dar con la clave que le iba a permitir sacar un tipo de informe auto-actualizable y revolucionario, que le iba a sacar de pobre en el trabajo. Había conseguido mantener sus progresos en secreto, para poder venderlos todos juntos y recibir así una calurosa felicitación, cosa extraña en él, porque normalmente, solía ser un poco bocachanclas, y solía desvelar los secretos de sus diseños antes de tiempo, con lo que las expectativas crecían al mismo tiempo que menguaba el factor sorpresa, y cuando presentaba los informes resulta que ya los esperaba la dirección desde hacía tiempo.

 

            Esta vez había conseguido dominar a la naturaleza, y no solo había mantenido su último, auto-actualizable, y revolucionario informe en secreto, sino que incluso durante las últimas horas, había obviado sus necesidades más elementales y acuciantes: El pis y el café.

 

            Ya a punto de terminar su ilusionante proyecto, se levantó como hipnotizado, seguro del éxito y fue a premiarse.

 

            Fue un accidente: Se puso delante de la máquina del café, cuando la cafetería de la oficina estaba llena de gente, y en vez de pulsar el botón del cortado, se sacó la chorra. Como para mear.

            Tuvo mala suerte en que no se dio cuenta al instante, sino que tardó un ratito. De hecho sucedió que como estaba delante de la máquina, y de espaldas a la chusma, nadie se dio cuenta del pintoresco hecho de que llevara fuera el nardo, o sea que le podía haber dado tiempo a guardárselo, pero desgraciadamente, Bolibic, una cagaprisas, flaca y nerviosa, se asomó para decirle:

 

-       ¿Acabas ya?

 

Y ahí fue cuando se dio cuenta de que la estaba cagando en algo. Que se encontraba raro en el Punto Café, con la chorra fuera, que eso no se correspondía. Pero ya terminó de ser consciente del todo, al mismo tiempo que la Bolibic abría desmesuradamente los ojos para decir:

-       ¡Qué asco! ¡Por Dios! ¿Qué es eso?

-       ¿Eh? ¡Ah!

 

“¡Ah!”, coincidió con la plenitud de su consciencia, y en un hábil, pero delator movimiento se la guardó.

-       ¡Perdón!, ¡Espera!, ¡Perdón! ¡Me he confundido!

 

Pero ya era tarde. La Bolibic había salido corriendo, y pegando gritos histéricos.

 

            La historia fue cruel con el Arenque. Le permitió pasar una tarde de locos, esperando la llamada de personal. Le permitió pasar una tarde oscura, creyendo ver censura en la mirada de sus compañeros, y a él le parecieron hipócritas, pues algunos eran cerdos reputados en todos los sentidos, y finalmente, y aunque Bolibic no había aparecido por ningún lado, le permitió hacerse ilusiones de que finalmente no iba a pasar nada, porque aquella tarde no había recibido ninguna llamada de personal.

            Tal vez aquello quedase en nada.

 

            Pero después de una noche de no pegar ojo, la clásica noche de infierno depresivo, llegó a su mesa, y vio una nota de si jefe.

 

            “En cuanto llegues a mi despacho”

Y ahí estaba su jefe con el de personal.

            Y, en menos de veinte minutos estaba, como se dice vulgarmente en la “puta calle”.

 

-       Fue un despiste. Joder. Que soy yo.

-       Pero ¿Quién eres tú a fin de cuentas? Y no dudo de tu palabra, pero esto no se puede consentir.

-       Fue sin querer.

-       No se puede consentir.

 

Le dieron algún dinero, claro. Pero básicamente estaba en un apuro.

 

Bajo el arco que formaban las miradas mayoritariamente críticas de sus compañeros, y consciente de un modo doloroso de que era el centro de atención, salió echando leches, dejándose unas ray-ban, la alfombrilla de ratón en la que salía una caricatura muy chula de Carl Perkins, y unos guantes de serraje, que nunca había utilizado, y que eran regalo de un proveedor cariñoso, aunque poco práctico.

 

Y ahí estaba la famosa puta calle, esperándole con los brazos abiertos, o al menos eso parecía si se contemplaba la doble avenida que salía en curvas convexas de la puerta de la Compañía.

El Arenque debía coger el metro, así que pensando en plan práctico, valoró lo que llevaba en su caja y se deshizo de ello en una papelera. Y de forma mecánica, se puso a pensar en si podría ocultar en futuras entrevistas los lamentables hechos que de un día para otro lo habían dejado solo y desheredado.

 

Entró en el metro.

Y le dio por pensar que si se hubiera equivocado al revés, si hubiera apretado el dispensador de jabón, pensando que le podía servir un cortado, pues no hubiera pasado nada.

Si queréis, en la siguiente entrega desvelamos más cositas y contamos otras que ocurrieron, muy reveladoras.

Continuará

HUEVOS ROTOS (VARIEDAD MORCILLA) Y TÚ (II-Desenlace)

¡Atiza!, no eres nadie zampando huevos rotos. Con el vino eres parca, pero con la comida no tienes fondo. ¿Cómo conservarás ese tipín? Yo, al contrario, me he confiado al vino, y este me proporciona un sopor irónico e ingenioso. Además no he comido mucho, porque no puedo hacer compatible el hambre, que no deja de ser una debilidad, con un sentimiento tan noble como el amor.

            Fiel a la filosofía de “Si fracasas a la primera, niega que lo estuvieras intentando”, necesito gastar un momento en procurarme vías de escape. Del tipo:

-       ¡No, no, no! No he dicho que me gustas. Me gustas como persona, ¿Tú entendiste qué…? ¡Ja,ja,ja! No, pero no te ofendas, eres monilla y tal, pero no eres mi tipo, a lo que yo me refería era a que…

 

Pero para que esta estratagema sea efectiva es necesario que yo adivine tu no. No vale de nada si yo desnudo del todo mis sentimientos y luego pretendo recular. Hay que ir despacito.

Pero el vino es más cabrón…

-       Te amo.

-       ¿Cómo?

-       ¡Que te amo, coño!

-       Pero ¿En plan…?

-       Exacto. En ese plan. Me  gusta cómo sonríes, me gusta cómo te emputeces, me gusta tu diseño y me gusta tu motor…

-       Pero espera, espera…¿Qué quieres conseguir exactamente?

-       Que seas mi pareja de mus ¿No te jode?

 

Te reíste con ganas ahí. Eso me gustó tanto, que hubiera ocultado otros tres millones de pérdidas en sus caóticos informes.

-       Estoy centrada en mi trabajo. ¿Lo sabes?

 

Hora del farol:

 

-       Yo no he venido aquí a convencerte, eso no tiene sentido. He venido a informarte, de modo que si pones obstáculos, aquí se acaba todo y tan amigos.

 

Eso te gustó, jodía. Eso de verme en plan capitán decidido, eso de que tomara el mando y controlara la situación, te gustó. Te gustó un poco. No digo que te gustara así para toda la vida. Pero eso de verme tan dispuesto… ¡Pero si hasta a mi mismo me parecí irresistible!

Seguí hablando para sujetar tu sonrisa.

-       Una de las razones importantes por las que te quiero tanto es porque estás bastante buena. Más que bastante diría yo. Y eso es importante, no te creas. Y eso no cambia porque estés , ¿Cómo era? Ah, sí “centrada en tu trabajo”.

 

Lo digo entre comillas para que tú misma te des cuenta de la tontería que has dicho. Es el viejo truco de enfrentarte a tus chorradas, pero sin tener que desgastarme yo. De hecho te ves empujada a justificarte:

-       Me refería a centrada, en el sentido de distraída de todo lo demás. Y no me doy cuenta a veces de las cosas que pasan alrededor. Pero dime, aparte de estar buena, como tú dices, ¿Hay algo más en mi que te guste?

 

No me pillas.

-       Claro, ya te he dicho que el hecho de estar buena, es solo una de las razones importantes por las que me gustas, no la única, ni siquiera la primera.

-       ¿Y cuál es la primera?

 

Yo quiero decir “tu inteligencia”, pero no quiero que suene tan ordinario, tan vulgar. No hay problema, las palabras buenas siempre las encuentro.

 

-       Me gustas mucho, porque eres brillante. Muy brillante.

 

Se estaba cargando la atmósfera de amor contenido, en cualquier momento la iba a tener que besar, liberando toda la tensión. Pero necesitaba mi sorbete  para quitarme la intención de la morcilla.

-       Y así consideras que estoy a tu altura.

 

Eso se llama un torpedo en plena línea de flotación. Sólo existe una respuesta eficaz para ese tipo de proyectil. Y yo no había pasado tanto tiempo de estudio y reflexión, como para que un solo proyectil me pudiera mandar a pique. De modo que di la mejor respuesta posible.

 

-       ¡Ja,ja,ja! (Toma contramedidas)

 

Y llegó el sorbete y llegó tu nosequé sobre culís de mango. Y me liberé un poco espiritualmente, porque se había levantado la aduana de los besos. Y llámalo movida psicológica, pero me sentí invencible. Y me dije “¡Basta de centrocampismo! ¡Basta de dar pases sin sentido! ¡Hay que tirar a puerta! Y un eco dentro de mi repitió “¡Hagan fuego! Y me di cuenta de que yo, esa frase, no la había dicho, y llegué a la conclusión de que por muy dentro de mí que estuviese, aquello no era un eco. Otra cosa sería, pero un eco, no.

Un eco, no.

            Sentí la llamada.

 

-       Discúlpame un momento, pero hasta los chicos encantadores que se merecen besos como yo, tenemos que ir al servicio de vez en cuando.

 

Y voy y me levanto, y tú esperas pacientemente. Y voy al servicio. Y me da un espeluquín cuando estoy frente a la pared. Y después me lavo muchísimo las manos, y me las seco muchísimo también. Exageradamente. Y al salir, como voy un poco cargadito me equivoco de salida, y sin querer me meto en la cocina.

Y ahí estás tú. La otra tú. Sentada en un rincón entre ollas, fumando con la mirada perdida, con un pañuelo horrible que no puede tapar tus cabellos rubios. ¡Ese poder de las rubias sobre mi!. No veo el color de tus ojos, pero sé que son color hielo profundo. Y me gusta lo profundo que fumas. Y me gusta cómo te relajas después de la faena. Después de dar de comer a gente como yo.

Salgo de la cocina, ahora atino con la puerta correcta. Y te veo ( A la primera tú). Y no estás tan atractiva como mi cocinerita. Y creo que ya no te quiero. Y te lo digo, un poco.

-       Odio a los golden retriever en general. Me hice las fotos con un asqueroso chucho al que no conocía de nada. También salvé tu culo en la empresa, con la esperanza de que fuera mío. Estoy muy arrepentido. Me avergüenzo sólo de mirarte. Separemos nuestros caminos ahora. Antes de que me muera de vergüenza.

 

Te vas algo desconcertada, aunque pareces también aliviada. A mi ya me da igual. MI cocinerita rubia me espera. Me doy media vuelta mientras te vas, para dirigirme a la cocina de nuevo, pero ¡Un momento! ¿Quién eres tú, mulata? Una camarera que no había visto. ¡¡Dios mío!! ¡Qué cimbrearse más loco al caminar! Apuesto a que te arde la sagre latina por los cuatro costados…

 

 

FIN

HUEVOS ROTOS (VARIEDAD MORCILLA) Y TÚ (I)

Estamos delante de una fuente enorme de huevos rotos, variante morcilla, ya sabes; huevos, patatas, morcilla y pimientos de Padrón. Es tarde, y casi todos los clientes, a excepción de dos mujeres de cierta edad, que hablan de formas sin discutir, y nosotros, se han ido ya.

El cheff deambula tristemente por la sala, mendigando alguna palabra amable acerca de su mano con la carta. Pero ni tú ni yo, ni las fefas, hemos querido rebajar hasta tal punto nuestras peticiones de oreja.

-       “Sólo has hecho tu trabajo, macho, está bueno y punto.”

 

Se queda sin oreja.

Tú y yo sabemos algunas cosas que no nos decimos. Por ejemplo, sabes que he hecho un buen trabajo. Que te he traído a un sitio elegante, y , si bien reconozco que la morcilla no es el mejor de los ingredientes para provocar ternura, tienes que pensar que precisamente esta arriesgada elección, dota de cierto carácter estiloso a esta maniobra de seducción. Le da un cierto sello original, como de canción de Green Day. Gran melodía, bonitos arreglos, pero el pájaro se da rimmel.

Sé que te van los contrastes.

Otra cosa que debes saber, es que este sábado de seducción, no es fruto del talento o del genio. Ha sido un trabajo planeado con mimo y ejecutado con precisión, con el único objetivo de despertar tu interés. Un trabajo lento y de alta costura, como no te puedes ni imaginar.

Por ejemplo, hace seis meses me enteré de que te gustaban los perros. Particularmente los Golden Retriever. Casualmente al lunes siguiente, en mi puesto de trabajo, estaban mis fotos en el retiro con un precioso Golden Retriever que para ti era de mi propiedad. EN realidad, yo ni conocía al Golden Retriever, ni a su pazguato dueño, que consintió en hacerme unas fotos mientras jugueteaba con su perro. Barato me pareció el precio de quedar ante él como un rarito, con tal de impresionarte. Pero es que me costó un huevo que te fijaras en esas fotos. Te tuve que llamar a mi sitio con una excusa improvisada, pero tu cara al ver las fotos, y tus grititos de placer, al ver al perro (O a mí, vaya usted a saber) me compensaron las dudas. Cuando vengas a vivir conmigo, me tendré que comprar uno. O mejor, unas semanas antes, te diré que se ha muerto, o mejor que se ha muerto en mis brazos, que no pude hacer nada por salvarlo, después de arrojarme bajo aquel camión. Pero ¡ojo! No soy estúpido, te lo contaré como de pasada, sin darle importancia, haciendo que seas tú la que pregunte, y yo haciéndome el modesto. Pero sin que parezca que me lo hago, o sea en plan natural.

 

Hice más cosas, no te creas. (No puedo creer que me esté venciendo el sueño, aquí delante de ti). Aquella vez que la cagaste en un informe, esa información que hizo que la empresa palmara 3 milloncejos de nada. ¿Cómo que no te acuerdas? Dije que el dato te lo había dado yo mal. Pero no era así. Lo más genial de esta sutil maniobra, fue no decirte que eras tú, la que se había equivocado, sino esperar a que tú misma te dieras cuenta. En cuanto analizaras un poco los números, te percatarías, y entonces me admirarías, por haber cargado yo las culpas, y además, y todavía más tierno, por no habérmelo querido cobrar inmediatamente. Clase que tiene uno, qué puedo decir…

 

Por cierto ¿A qué esperas para darte cuenta?

 

Mi reverso tenebroso se descojona pensando en cuantos sueños masculinos de la oficina acabaré frustrando, si tú te decides a ser un poco mía. Ahora solo los frustra la amiga Pilar. Con su fórmula infalible: Años, kilos, vestidos translúcidos y tangas. Así que pasaré a ser su competencia directa.

 

Me miras un poco, te acercas la copa de vino a los labios pero casi no bebes. ¡Cachis! Pero ya no hay nada que pare esto. En cuanto lleguen los postres (Mi sorbete de mandarina al sake, y tu lo que sea) te diré cuantas cosas siento por ti.

Y tú tendrás que decir algo. No como hasta ahora que no haces más que zampar morcilla.

¡Morenaca!

 

MIEL SOBRE AUTOCOMPASIÓN

Bernardo perdió el amor. Fue de la noche a la mañana, y no una larga, desgarradora y agónica despedida, que es la que él había soñado. Pero es sabido que si las despedidas son largas, desgarradoras y agónicas, es que sigue habiendo amor. Y entonces lo que no hay es despedida.

            Dos no son dramáticos si uno no quiere. Y ella no estaba por la labor del dramatismo. Él hubiera dicho que el dramatismo era una característica más femenina que masculina, así que se sentía desconcertado, al verse necesitando que alguien llorara, preferiblemente ella. Y si ella no lloraba, el tampoco podía permitírselo.

            ¡Con lo bonito que hubiera sido un irse hacia la puesta de sol! Un cálido y húmedo alejarse derrotado, dejando la responsabilidad de la cruel decisión en ella, sabiendo que la conciencia iría horadando su entereza poco a poco, y, que un día, sin saber exactamente a efectos prácticos en que quedaría aquello, se arrepentiría.

 

            Pero ¿Cómo superar esto?

 

-       ¡Hasta nunca pelao!

FIN

AMPARO, LA SUERTE (II- Como lo siento)

Ella (Amparo) se despertó, no le dio opción a la pereza, y tras ducharse enérgicamente, y hacer todos los lavatorios habituales con presteza, tomar un cafetito, y sentarse a pensar en la cocina, un rato, acerca de por qué tenía la sensación de que la tarde iba a ser histórica, se decidió a pintarse cuidadosamente.

La pintura no era un arte que Amparo utilizase a menudo, sin embargo, conocedora de sus defectos, se le daba bien, y conseguía disimular su prominente calavera, con bastante efecto, y, de hecho, eran esos días en los que ella tenía más éxito. Sucedía que luego no mantenía la tensión, y la mayoría de sus citas conseguían tarde o temprano verla de cerca sin pintar, y aquellos no eran tiempos de valor, en los que se pudiera mirar a la muerte cara a cara, sin sentir rechazo. Además los del pueblo ya no se la creían pintada, sabían lo que había debajo.

Se puso un vestido negro nada largo, y las medias más oscuras que encontró, y unos zapatos negros con un tacón lo suficientemente incómodo como para resultar irresistible.

Claro que, el hecho de que la pista del circo fuese arena, le restó un poco de glamour al aspecto general que tenía ella sentada en sus silla de pista, con sus piernas cruzadas con estilo, evitando el desafortunado aspecto que suelen tener las piernas de abajo en esos trances.

Y ella, que se sentía bien, y que irradiaba esa particular belleza que no se encuentra cuando se busca, pero que cuando no se acuerda nadie de ella, sale de dentro a ocupar su lugar.

Así que los payasos se distrajeron un poco, mirándola.

Y el maestro de ceremonias, con sus elegantes chorreras también se distrajo lo suyo.

Y los cinco hermanos trapecistas, que, de acuerdo, ejecutaron sus volteretas y equilibrios con toda profesionalidad, pero que entre tirabuzón y enganche, le echaban miraditas pícaras. Pero, hay muchas mujeres que se sienten desconcertadas si les entran cinco hermanos a la vez, por muy bielorrusos que sean. Y Amparo, era de esas.

Se apagaron las luces, y sonó el rugido cercano de un tigre. Se encendieron las luces y resulta que no eran tigres, sino leones. ¡Imposible adivinar! Y en medio de ellos, con poderoso tórax envuelto en brillante chalequillo abierto, y pantalones ajustados, pero ajustados ajustados, calzado con imponentes botas de cuero negro, y tocado con elegante pañuelo piratón, apareció el domador.

Amparo no pudo reprimir un suspiro hondo y tremendo, pero el resto del público femenino no pudo reprimir unos gritos desaforados y elocuentes.

-       ¡Manga de zorritas calientes! – Se dijo Amparo, ya malherida por los celos de una relación visual de cuatro segundos y siete décimas.

 

No supo Amparo en que consistió exactamente el número del compacto domador. Pero le siguió en cada movimiento, se fijó en como con su mano firme sujetaba el aro ardiente por el que pasaban las fieras sin dudar, confiando en él. Y ella pensó que si él se lo ordenase, ella también pasaría por un aro ardiente, que coño.

Las zorritas calientes también se quedaron embobadas viendo como el apuesto domador agitaba el látigo, y pensaban que si a ellas les agitase el látigo así, con esa parsimonia ellas también se sentarían en el suelo, y sacarían su lengua relamiéndose los bigotes, (Caso de tenerlos que ya os digo yo que alguna sí que los tenía)

Amparo se concentro en el domador, para que nunca se le olvidase el tipo que le había hecho sentir tan salvaje, por el único que recordaba ella, sería capaz de cualquier cosa. Y se concentró tanto que viajó con su mente con el domador, al futuro y al pasado. Y cuando volvió la función había terminado y la gente se estaba marchando.

Y su domador se había ido también.

Ella había decidido quedarse, no obstante un rato, para poder seguir percibiendo olores, sensaciones, tesoritos inmateriales que pudiera utilizar para recordar en el futuro. Y se fueron apagando las luces. Y se fue quedando vacío y oscuro todo.

Y, alguien cogió su mano.

Y ella se pegó un susto morrocotudo y se le escapó un poquito de pis. Vio que quien le cogía la mano era el domador, y se quedó expectante, aunque con su independiente corazón latiendo a toda pastilla.

-       Me llamo Iván. Quiero que vengas conmigo.

 

Ese mensaje simple y directo, la dulzura de la entonación extranjera, el hecho de que le dijera primero su nombre,…o que ella estaba ardiendo por dentro…¡Vaya usted a saber!. El hecho es que ella obedeció sin rechistar.

-       Yo me llamo Amparo.

-       Tú te llamas su alteza.

 

Iván se la llevo por estrechos pasillos, a lo largo de los cuales se fueron cruzando, como era de esperar con gente vestida de colores chillones, y de las más variadas formas y tamaños, como correspondía a un circo que se preciara. Pero lo más interesante para ella, era que todo el rato atravesaban puertas en las que ponía “PRIVADO, PROHIBIDO EL PASO” y cosas así, que a ella, si se me permite la expresión, cada vez le excitaban más.

Tras recorrer otros pocos metros, en un apartado, solo que aun cubierto por la carpa, llegaron a la enorme de jaula de los leones, que estaba al fondo de la estancia de paredes de lona.

-       Te lo voy a hacer ahí dentro, que lo vean ellos.

-       Vale.

-       No debes de temer nada, ya han cenado, y después de cenar son solo gatitos.

-       No temo nada.

 

Así que entraron.

 

Y, bueno, qué contaros, para qué subiros la temperatura. ¿Decir que ella no acertaba a desabrocharle a él porque estaba demasiado caliente, y esto le ponía más y más nerviosa? ¿Y le ponía más y más caliente? ¿Decir que frustrada por no poder desabrocharle y sentirle de una vez dentro, se dedicó a morderle por encima del pantalón. Y que los leones bostezaban. Entonces tendría que contar, lo que le pareció a ella que el correspondiera a sus mordiscos, pegándole a su vez enormes y dolorosos mordiscos en su trasero. Pero a ella le encantaban. Y se lo quiso agradecer con una morada de deseo ojos contra ojos. Y le miró. Y sintió su mordisco en el culo. Y entonces pensó que si le estaba mirando a la cara…¿Cómo podía ser que le estuviese el a su vez mordiendo el culo?

Y ella se giró, y vio a su vez que quien el mordía el culo era un león.

Y, en realidad, de hecho, más que mordérselo se lo estaba masticando. Y, ella se lo fue a echar en cara a Iván:

-       Pero ¿No decías que ya habían cenado y que…?

 

Pero, desgraciadamente, a ella no le dio tiempo más, y el león la mordisqueó toda, dejando unos despojos irreconocibles. La experiencia de Iván le permitió salvar la vida, aprovechando que los leones se ententenían con ella. Pegó un ágil salto y salió por la trampilla de arriba. Era justo cuando llegó el crío que daba de cenar a los leones, Manolo.

 

-       Iván que dice el jefe que no metas a ninguna tía hoy en la jaula de los leones , que no van a cenar hoy porque están un poco gordos y los han puesto a régimen. ¡Ahí vá! ¿Quién les ha dado carne?

-       Joder, dijo Iván, menuda la que hay liada. Anda trae el caldero y la fregona. Y los dardos. Vaya currele que me espera esta noche…

 

En la morgue. A lo que íbamos:

 

Estamos en el depósito. El maquillador post mortem ha hecho un buen trabajo con  Amparo. De acuerdo, no se parece en nada a ella, con su pinta cadavérica, pero al menos parecía un ser humano. Su amigo, que le acompaña a veces cuando trabaja le dice:

 

-       NO se parece en nada.

Y el otro le responde ofendido:

-       A ver, macho para conseguir que se pareciera a ella en vida solo tenía que haberla despellejado. Lo que he hecho es mejorarla. Y, de todas formas si te esperas diez años, ya verás si se parece a ella o no.

 

 

 

FIN

AMPARO, LA SUERTE (I)

Sobre si técnicamente Amparo era guapa o no, pudo, de haber sido ella algo más popular, haberse suscitado un debate interesante. En un lado habrían estado, vestidos con sus túnicas virginales de góspel, el equipo de los “Bien mona que es”, y en el otro lado, vestidos a la patalallana, un heterogéneo grupo compuesto a su vez de grupúsculos, que aun estando de acuerdo en que era desagradable (Amparo), no se ponían de acuerdo en la razón. (Que si el carácter ácido, que si el gesto masculino, que si los andares desgarbados, que si todas estas cosas a la vez, que si ninguna de ellas y, en cambio no se podía soportar su voz estridente…)

 

El verdadero intríngulis de Amparo, es que siendo alta, morena, y de facciones agraciadas, sus ojos, sin embargo, se hundían más de la cuenta, presentando al mundo, en demasía el perfil de su calavera.

Así que quedaba un poco siniestra, un poco dibujada por Tim Burton, y eso no era apreciado por todo el mundo. Como no todo el mundo en el pueblo, conocía a Tim Burton, y además se habían quedado en el análisis superficial, el resultado final era que la chica tenía su éxito pero a la hora de la verdad, los chicos preferían quedar con otras.

Porque de hecho era bien grave que su calavera se insinuase tanto tras su fina piel. Que se viesen así de bien las redondas órbitas de sus ojos, y se notase perfectamente donde enganchaban sus dientes con la mandíbula. Y si comía, que lo hacía, se veían sus huesos moviéndose al ritmo esclavo de los tendones.

A nadie le gustaba eso. A nadie le gustaba que su circulación venosa facial y subcutánea no dejase lugar a la imaginación. Era así que en el pueblo, nuestra pobre Amparo no tenía grandes posibilidades de encontrar un hombre que la amase lo suficiente.

Porque por definición lo suficiente es bastante.

 

Puesta a pensar en frío, llegó a la conclusión de que la única solución a sus problemas era salir del pueblo. Pero se acercaba el día de San Maximiliano María Kolbe, patrón del pueblo, y no era cuestión de irse en plenas fiestas, cuando llegaba el circo. Su espectáculo preferido. El Circo Mónaco.

Ya se iría después.

(Además no se daba cuenta la tontita, de que en realidad esta era la segunda solución a sus problemas, la primera era salir del pueblo, pero la segunda era que gente nueva entrase al pueblo)

 

Por fin llegó el día del patrón, y el número fuerte, el circo (Puesto que la elección de reina de las fiestas se había convertido en la aburrida designación, año tras año, de Vanesa, la morenita de las curvas vertiginosas). En esta ocasión, Amparo, había sido diligente, y, recordando que nunca había conseguido estar lo suficientemente cerca, como para ver en toda su plenitud la función, ya estaba delante de la taquilla una hora antes de que la abriesen, para no quedarse sin una silla a pie de pista, como la de Jack Nicholson en el Staples Center.

Y se fue toda contenta, tras una hora de espera con su carísima entrada de a pie de pista, y su sonrisa un poco siniestra, como la de las banderas piratas.

Y, para celebrar que aquel era uno de esos días en los que hay un suceso tan importante que se planifica todo en función del suceso (Es decir, una final de copa de Europa, un concierto de Los Ciclones, o una paella de pollo y conejo para comer) se tomó un vermú rojo, y luego otro, y se fue a casa a comer y a echar la siesta hasta las siete, una hora antes de que empezara la función en el circo Mónaco, que había montado su modesta carpa en el recinto de la plaza de toros portátil.

Y las cosas se fueron haciendo según los planes. Unas patatas guisadas con carne, y dos vasitos de tinto de la Cooperativa, le dejaron en suerte ante una siesta pesada y feliz, en la que soñó que su piel se acolchaba un poco, y que ya no se le notaba tanto la calavera, y que estaba en la estación veinte minutos antes, peinada y lavada, y pintada, de que llegara el último tren. Y que cogía el tren, el último, e incluso lo cogía tan sobradita que tenía sitio para sentarse y entablar conversación con un atractivo joven, que tenía la barbilla partida, y, que por ello según algunas gitanas que se había topado a lo largo de su existencia, iba a tener cuatro niñas. Y a ella, bueno, no le venía mal tener cuatro niñas.

 

Pero hasta los días felices tienen sus momentos amargos, y el móvil despertador 3g, le despertó de su siesta a las 7 en punto. (Continuará)

 

En el desenlace, que es ya en la siguiente parte, todo se jode un poco. Os lo aviso porque si queréis un final feliz, lo mejor es quedarse aquí. Si lo queréis es un final sincero, leed la siguiente entrega.

Leed, leed la siguiente entrega.

 

UNA SEMANA DE VACACIONES

 

 

Calculo que estaré de vuelta el lunes 8 con nuevas historias, espero que os sigan resultando agradables. A mí me seguirá resultando agradable escribir, y mucho más, desde luego si me seguís leyendo.

            Sois bastante majos, la verdad.

 

            Y yo tampoco soy malo del todo. Hacemos un buen equipo ¿Eh?

 

            Besos.

MI AMIGO WOLFFO.

Estuve en el concierto que Paul Mc Cartney dio hace un tiempo en Barcelona. En el Palau Sant Jordi. Yo, reconozco que estoy enfermo con Mc Cartney, y que cualquier canción que saque, o aunque sea una música de ascensor, me parecerá lo mejor que he oído en mi vida. De hecho, por ejemplo, la canción Dance Tonight, es una especie de cosilla hecha con un ukelele, pues yo la tengo en todos mis cacharros de escuchar música. Y siempre pienso, ¡Claro, es justo la canción que había que hacer ahora, y no esas mierdas de Coldplay!.

Así que es posible que hoy acabe de sacar las cosas de quicio. En el concierto, había un ratito que Macca se queda solo en el escenario con su brillante acústica, para tocar Blackbird, y we can work it out, (casi nada), pero antes de atacar la definitiva Here Today (una maravilla), lee en español unas palabras, comenzando por estas tres:

-       Mi amigo John…

 

3 Palabras, sí. Mi amigo John. Porque después de peleas, envidias, carneros, respuestas a los carneros, …queda el hecho definitivo de que eran amigos con quince años. Qué grande ¿eh? Qué grande que después de todo queden esas tres palabras: Mi amigo John. Decid lo que queráis, pero era Mi amigo John. Si, Yoko y toda la mierda, pero Mi amigo John.

 

Pues ahí te voy, Wolffo.

No estoy valorando ahora que hayas tenido sacos de paciencia conmigo y mis cositas, que me hicieras padrino de tu hija, que me hayas implicado en tus proyectos, que me buscaras cuando desaparecí, y todo eso que no quiero ir desgranando, que tampoco hace falta que se sepa todo.

De lo que hablo es que cuando me diste tu libro, recién salido de la imprenta, con su portada, su título, y sus agradecimientos (Que ya ves tú la tontuna de idea…) se me vinieron las tres palabras a la cabeza.

-       Mi amigo Jordi.

 

Se me vinieron estas tres palabras, pero no solas. Se vinieron con los calores y los fríos de entonces. Se me vinieron con tremendo orgullo de que persigas tus sueños hasta el final. Orgullo de otro ..¿Sabes lo difícil que es para mí sentir eso?

Enhorabuena, me encanta. (Ya me lo he leído entero, haz otro)

 

Wolffo es mi amigo, pero os aseguro que su libro de recetas no es vulgar. Os hará sentir mil cosas, todas cálidas, todas dulces. Y os reiréis que te cagas. Ya sabéis donde podéis averiguar cómo conseguirlo, en “Las peroratas de Wolffo”. Creo que aun no está disponible pero le queda poco.

 

Mi amigo Wolffo.

PRETÉRITO GANSO (II)- FINAL

Le dio rabia que sus hebras disjuntas hubieran perdido el acomodo que tan dulcemente les dispuso la Tata con el peinecito marrón, y que cayeran bajo la gorra Ferrari en disposición “Amigos ya no tengo pelo, solo estas hebras”, y tomó la decisión de afeitarse la cabeza.

 

            Ya lo tenía que haber decidido antes.

 

            Los ojillos oscuros de Sepúlveda le miraban desde demasiado cerca. Tal vez pensaba que él estaba inconsciente por no haber respondido a su saludo, pero lo cierto es que esperaba que se incorporara el resto, sobre todo las chicas, y evitarse un cruce de palabras, por muy breve siempre lastimoso, con el amigo Sepúlveda.

 

-       ¿Qué tal tío?  Ya nos extrañaba tanto tiempo de baja, en ti. ¿Estás muy mal?

-       YA ves tío, un catarro.

-       ¿En serio?

-       No, no, es broma. Estoy mal. Si.

 

Vio que no se atrevía a preguntarle si iba a palmar pronto, y él, la verdad, que tampoco quería decir algo así, sobre todo por no asustar a las chicas. Vio que Patricia entraba, tintineando alegremente sus pendientes, y caminando a pasitos rápidos sobre unos tacones bien favorecedores. Pero se quedó al fondo y le dijo hola con la mano, y tal vez un “¿Qué tal?” sin voz. Se sentó en un taburete. Él se olvidó de Sepúlveda, y se dirigió a ella.

-¡Hola Patri, me alegro mucho de verte!

 

Y ella sonrió y volvió a saludarle con la mano. Incluso, dijo algo como:

 

-       ¿Cómo te encuentras?

-       ¡Bien, Bien!

-       Me quedo aquí para hacer sitio a los demás.

 

Al saludar con la mano, se dio cuenta de que había sacado de bajo las sábanas su esquelético brazo. Tal vez eso había espantado a Patricia. Volvió a meterlo bajo la sábana.

Y, aprovechando su visión de la habitación:

 

-       ¿Y los demás?

-       Miriam, la vasca sube ahora, esta aparcando.- Respondió Sepúlveda.

-       ¿Miriam la vasca? ¿La conozco?

-       No, pero es la que está…que ha venido a…que está con las cosillas, un poco hasta que tu…

-       ¿Qué me está sustituyendo?

-       ¡No, no! A ver, sustituyendo no…pero un poco. Sustituyendo, dice, ¡ja,ja!

-       No importa, yo me voy a pedir la baja definitiva.

-       ¿No vuelves?

-       Si vuelvo te jiñas. ¿Y a qué viene Miriam, que no me conoce?

-       A conocerte, claro.

-       ¿A conocerme?

-       Y, bueno, a preguntarte unas cosillas, que tiene dudas. Pero a conocerte.

-       Ya, ¿Y los otros demás?

-       Que vienen mañana, porque hoy les han liado para un rollo.

 

Todo aquello le pegó un poco de bajón. Casi se quita la gorra Ferrari, de hecho, pero le pudo el pudor. Sin embargo la situación se había vuelto tan desagradable que, no tenía muchas ganas de conversación. Ni de razonar.

            Al menos Patri habló:

-       ¿Por qué has dicho que si vuelves nos jiñamos?

-       Porque me estoy muriendo, Patricia.

 

Y el pensó que diez años trabajando juntos habían servido para algo, porque abrió la boca de modo desmesurado, y se puso las manos en la cara. Dijo algo, pero como tenía las manos en la cara no se le entendió. El tuvo que preguntar.

 

-       ¿Qué?

-       ¿En serio? Repitió ella.

-       Si, si. Bueno eso dice el Dr Ansúa. Que en cualquier momento vendrá el fatal desenlace. Que no hay esperanza para mi.

-       ¿Y cómo estás?

-       Si, tío-dijo Sepúlveda- ¿Cómo estás?

-       Bien, dadas las circunstancias.

-       ¿Y no hay ninguna esperanza, ninguna?- Preguntó Patri con un hilo de voz.

-       No, Ninguna.

-       ¡Vaya por Dios!

 

Y a él le pareció una expresión que no daba suficiente importancia a su estado. “Vaya por Dios” ¿Qué era eso?. Era lo mismo que hubiera dicho si se hubiera quedado sin un top negro de su talla en el Outlet.

 

-       Si-corroboró Sepúlveda-la vida es una mierda. Pero bueno, estamos aquí para alegrarte los últimos momentos. Para eso somos amigos desde hace más de diez años. Además, tú no hubieras querido vernos sufrir, ¿Verdad?

-       Eh, eh. Que aun estoy aquí. No es lo que hubiera querido, sino lo que creo.

-       ¡Bueno, bueno, no te mosquees! Que nosotros no tenemos la culpa. ¿Verdad Patri?

-        Perdona, salgo un momento, que tengo un sms.-dijo Patri.

-       ¿Has visto?- comentó Sepúlveda-pues la tengo casi en el bote.

-       ¡Pero, coño que me estoy muriendo, joder!

-       Eh, eh, tranquilo,  siempre estarás con nosotros.

 

Se oyó la voz grave y bastante sexy de Miriam la vasca, que, en sí, aparte de rubia, y con estilo, era un bellezón pálido.

 

-       Sepúlveda, no aguanto más, tú y tu amiguita sois basura. Me dais asco. ¿Tú eres su amigo? ¡Tú eres un cabrón! ¡Tú no eres amigo de nadie! Y la zorrita de los pendientes lo mismo. ¡Anda vete! Y de camino la coges a ella. Y os volvéis a la oficina.

-       Tú no eres nuestra jefa.

-       Puedo contarle a todo el mundo el asco que me dais. ¿Quieres eso?

 

Sepúlveda recordó que Miriam la vasca estaba bien relacionada en la empresa, y decidió irse cabizbajo. Antes de eso, le hizo un gesto a él, con el pulgar hacia arriba, y musitó un reparador:

 

-       Ánimo, tío.

 

Cuando Miriam la vasca, se quedó sola con él, cerró la puerta de la habitación y se acercó hasta donde el estaba, y, le puso las dos manos en sus mofletes resecos. Y con dulzura le besó en la frente, apartando un poco la visera Ferrari. Y le dijo:

 

-       Ya. Ya sé que no te conozco. Y tú a mi tampoco. Sólo se una cosa de ti. Sé lo grandes que son tus cojones. Me encanta la gente que no es vulgar. La gente diferente, la gente como tú, que no quiere hacer ruido para irse. ¿Me dejas que te bese otra vez? No hacer ruido para irse. No he visto tanta clase junta en mi vida. ¿Sabes?.

 

Ya llevaba un rato él, tratando de contener sus lágrimas, pero, él sabía que cuando alguien le reconocía una cualidad, enseguida se le ponía la lágrima en el ojo, y en las circunstancias actuales, no podía contenerse, y, coño. Pues lloró.

 

Y ella seguía.

-       Llora, llora fuerte, pero apóyate en mi blusa, porque ninguna mancha es más honrosa que la de tus lágrimas. Y te digo más, si nos hubiéramos conocido antes yo a ti no te dejo escapar.

 

Y así estuvo ella, un cuarto de hora, proporcionándole a él, el más ALTO CONSUELO que él había sentido jamás. E incluso para irse, le dijo:

 

-       Mira, me voy porque no me puedo permitir enamorarme de ti. Mañana vuelvo.

 

Y se dio la vuelta para irse. Pero llevaba la indeleble mancha de sus lágrimas en la camisa. Y ella se dio la vuelta, le miró a él de arriba abajo, con amor, coño, con amor. Con un amor que nunca se vio. Y el no sabía que decir. Pero ella sí:

 

-       NO sé si me harías un favor…

Y él le hubiera hecho cualquier favor.

 

 

En la cafetería del hospital, esperaban Patri y Sepúlveda. Charlaban animadamente. Apareció Miriam la vasca. Gritando.

-       ¡Pedid champán, ya lo tengo!

-       ¿En serio?

-       Apunta,coño,apunta: “K:|Miscampañas\Documentos\AñoActual\Ferrari.ppt” la contraseña es Patri.

-       Joder, que alivio, no teníamos nada.-dijo Sepúlveda.

-       ¿Y él que tal?- preguntó Patricia.

-       ¿Él?-respondió Miriam-si le llego a pedir su corazón sangrante latiendo me lo da.

-       Joder, gracias Miriam tía no sabíamos como sacárselo.

-       NO hay problema, cuando necesitéis a alguien sin escrúpulos, contad conmigo.

-       Si, ja,ja,ja.

-       Si,ja,ja,ja

-       Si.

FIN

PRETÉRITO GANSO (I)

Le hizo mucha gracia darse cuenta que aun en su lamentable estado, estaba pensando en cómo resultar irresistible a sus compañeros de trabajo, que venían a visitarle a las 12,00h.

¿He dicho a sus compañeros? Me refería en sentido estricto a sus compañeras. Seis o siete chicas, que tenían seis o siete atractivos cada una. Si, aquel era un buen grupo.

Marginalmente, venían acompañadas por unos cuantos de sus compañeros, de los que se podía prescindir perfectamente, pero él, cuando le avisaron de que tendría aquella visita, prefirió no decir que vinieran solo chicas, ya que eso pondría en evidencia sus aviesas intenciones de seducir.

Y uno, aun moribundo, debía conservar las apariencias.

 

Le sorprendió comprobar cuantas cosas aparentemente tontas, conservan su importancia aun en los umbrales de la muerte. Todo lo que era ahora, lo era hasta la muerte.

-       Del Madrid hasta la muerte.

-       Del PP hasta la muerte.

-       Le gustaba la navidad hasta la muerte.

-       Tocaría mal la guitarra, hasta la muerte.

 

Bien, treinta y siete kilos menos que en sus tiempos lozanos, no facilitaban, precisamente, una puesta en escena sexy y colorida. Por suerte, la máscara de oxígeno (Obligatoria, ante el riesgo de un “Ataque definitivo”, según el doctor Ansúa), tapaba sus macilentos y ahora pellejosos mofletes, y el gotero (También obligatorio ante bla bla blá) distraía la atención. Debía centrar la atención en lo profundo de su mirada azul, y en cómo encaraba la recta final. Y contar como baza a favor, con el detalle tan bonito que tienen las mujeres de tener en cuenta tanto los detalles, como para sustituir lo global por algún detalle bonito. Son capaces de apreciar los detalles: Sensibilidad.

-       ¿Me peinas un poquillo, guapetona?- le dijo a una enfermera que pasaba por allí.

-       Llámeme hermana.

-       Pero hermana guapetona, en todo caso.

 

Y la hermana le peinó con bastante dulzura, y le recordó a cuando su madre lo hacía, siendo el un enano. Y se acordó que entonces no pensaba que lo echaría de menos. De hecho no pensaba, en realidad.

Después de peinarlo, un poco dulcemente, como ya he dicho, la hermana guapetona y enfermera, cambió el gesto, y puso el gesto profesional de mirar el monitor. Y también de comprobar el gotero.

-       Como os gusta a todas ese programa, tata.

-       ¿Te traigo un vaso de agua?

 

El pensó que qué pena que no tuviese sed, porque sería un placer beber con sed, y ahora placeres tenía muy pocos.

Qué coño, no necesitaba agua.

-       No, hermana. Gracias. Ahora vienen a verme mis compañeros del trabajo. ¿Cómo estoy?

-       Muy guapo.

-       Qué bueno eres conmigo, tata.

-       Hermana.-dijo la monja enfermera, sonriendo, y se fue.

 

Miró un poco debajo de la sábana, y se vio flaquísimo.

-       Ya puedo sacarme algún detalle deslumbrante, porque de tipo estoy fatal.

 

Una cabeza conocida asomó a la puerta. Era, la increíble Pat, con sus increíbles pendientes, en sus bonitas orejas y con su pelo casi rubio. Un poco largo, como en dos tonos. Ella asomó la cabeza y le miró. Él la sonrió, pero ella volvió a salir y dijo en voz  alta que él oyó:

-       Aquí no es, coño, aquí hay un viejo. ¿Qué habitación era?

 

Y el por un momento pensó:

 

-       ¡Mierda se me olvidó ponerme el puto pañuelo!- pero cogió una gorra de Ferrari.-¡Me ha visto todo despeluchado! ¡Se lo contará a las otras! ¡Hay que reducir pérdidas!

Y luego oyó

 

-       Era la 239 Es esta ¿No?

-       ¿Es la 239 o la 293?

-       La 239, que no soy disléxico.

 

Y se asomó la cabeza de Luis Sepúlveda que no era disléxico. Y su cabeza volvió a salir, para decir.

 

-       ¡Eh, que está aquí, que es este!

 

Y volvió a entrar, para decir:

 

-       ¡Hola campeón! ¿Cómo estás?

 

Y, los demás no se fijó, pero el Sepúlveda entró con una amplia sonrisa, que son embargo resultaba desagradable.

 

(CONTINUARÁ)

LA MÁGICA INSIGNIFICANCIA

Yo al volante. De ida. Tan socarrón y altivo, tan al mediodía. Tan al sol por entre los valles. Mi bala de plata cruzaba como una flecha sobre el puente estrecho del pantano. Estrecho sí. Pero mi firme mano, y el peso de mi ciega confianza, hacían que, aun a escasos centímetros del borde del puente, no disminuyera en absoluto la velocidad, sino que, al contrario, la aumentase un poquito, quizá imprudentemente, a sabiendas de que ya estaba muy por encima del límite.

¡Bah!, La primavera le estaba pegando un buen repaso a las faldas de las colinas, que les salían por aquí y por allá sarpullidos de placer en forma de florecillas silvestres, tan pequeñas y tan pizpiretas.

Y nada de esto importaba mucho en realidad, porque a mi lado, sentada sobre su trasero mulato y festivalero, viajaba Isabel, la cubana. La joven brujita de los ojos negros. Viajaban ella y todo su glamour a mi lado, ella envuelta en un precioso vestidito medio lila quizá, pero algo cortito y yo iba disfrutando, aunque no en plan guarro, sino admirando dos piernas tan, tan…igualitas.

Ella iba callada, mirando al frente, y sin desviar la mirada del frente, más que para enviar algún sms por su móvil de última generación. Cualquiera hubiera dicho que era una borde altiva. Pero yo sabía que no.

Alcanzamos la autopista.

 

Y en la autopista nos hicimos menos iguales. Aun en las carreteras secundarias, con el balanceo por los baches, y lo corto de la velocidad, éramos dos seres humanos, que no se diferenciaban en el estatus, sino solo en detalles como las piernas de seda, el vestido lila y los pechos morenos y apretados. Que uno los tenía y el otro no.

Pero ya en la autopista se vio que yo era el chófer de su madre, y ella mi trabajo, un encargo de su madre. No sé porque pasó eso. No sé por qué la diferencia vino a interrumpir mis sueños de verano. Fue tal vez la compañía de los otros vehículos, o los camiones de transporte de animales vivos, o los “veículo longo”, o tal vez que se puso a hablar con sus amiguitos de la universidad de París La Sorbona, en ridículo francés.

Y que yo no entendía nada.

 

Pero definitivamente, cuando entendí que no pararíamos a hacerlo en los servicios de una gasolinera, fue cuando se quitó las gafas de sol, y mirando al frente, donde destacaban las enormes montañas de la cordillera cantábrica, me dijo, dirigiéndose a mi, por primera vez en todo el viaje.

 

-       ¿Sabes? Cuanto más admiro estas magníficas montañas, más me doy cuenta de lo insignificante que eres.

 

 

FIN

¡TUS HIJAS ESTÁN GORDAS!

Mucha gente no se cree que en Villalba de Guadarrama hay un microclima como un piano. Es gente que ha viajado mucho, que allá donde han ido les han explicado lo del microclima, para que no se les ocurriera ir a comprar mandarinas al pueblo de al lado, ni a tomar chatos a la capital: “Es que aquí el aire del monte hace como un reviraje que lo que consigue es que se enganche la humedad, y de ahí la clase especial de uva que tenemos.”

Todo este asunto del microclima se empezó a venir abajo, cuando un grupo de aguerridos excursionistas hizo oídos sordos a las recomendaciones de un gurú del microclima, y se fueron a comer un potaje de garbanzos al pueblo de al lado, y les supo a gloria bendita, y desde entonces funcionó el famoso “boca a boca”, diciendo que lo del microclima era un paparrucha.

Muchos grupos de excursionistas, desde entonces, abuchean a los lugareños que les salen con esas zarandajas, e incluso llegan a agredirles, hartos de tan manido asunto.

-       ¡Microclima tu puta madre!- Se oye decir a algunos.

-       ¡Microclima los cojones!- Se oye a otro.

-       ¡Vamos venga!- Dice uno que no quiere discutir.

 

Pero esta justa indignación, no debe de hacernos pensar que el microclima no existe. Es decir que el hecho de que algunos hagan un uso interesado y fraudulento del microclima, no implica que este sea una falacia absoluta.

 

De hecho, como ya he dicho, en Villalba de Guadarrama hay un microclima.

 

Fue por eso, que al salir el sol aquel día de noviembre, lo vi tan resuelto y fortachón, que no me cupo duda alguna de que el microclima se había presentado en esa parte de la sierra, dispuesto a convertir un día a priori frío y desapacible, en una auténtica jornada tropical de “ya tu sabes mi amol”.

Por eso me aticé un mojito a la una. Pero sobre todo, por eso estaban abiertas las ventanas de mi salón a las dos. Y, gracias a eso pude escuchar a mi vecino de abajo, soltar la siguiente perla:

 

-       ¡YO ESTOY GORDO! ¡TÚ ESTAS GORDA! ¡TUS HIJAS ESTÁN GORDAS!

Y tras un silencio fatigoso:

-       ¿SE PUEDE SABER POR QUÉ COJONES HACES TANTA COMIDA?

VERSOS AL TRASLUZ COTILLA (Soneto de Trastero)

Veo arces que no guardan el secreto
desde la luz de mi ventana abierta,
Veo al cotilla trasluz la sombra muerta
que con su orín pintó, en la pared, mi nieto.

¡Que hubiera sido, que no fui!-le espeto
al amargo dios, de la vida incierta
¿Por qué tu recuerdo siempre despierta
en mi la necesidad de estarme quieto?

Quieto sí. Quieto siempre yo me quedo.
Quieto al ladito del cálido fuego,
ocultándome de otro latigazo.

Ascendió a oficial el soldado miedo.
dígame adiós tu recuerdo, hasta luego
que verse así, mi amor, es un coñazo.

TU FUISTE, TU FUISTE, TU FUISTE (Soneto cajún)

Tú fuiste mi línea del horizonte,
mi Norte, mi Sur, mi sueño, mi vela,
mi limbo, mi infierno, mi luz, mi estela,
tú fuiste mi mar, mi ciudad, mi monte

Tú fuiste mi abismo, pero también mi remonte
mi calle, mi casa, mis juegos, mi escuela
tú fuiste mi prima, mi nuera, mi tía, mi abuela
y el cuerno punzante del rinoceronte.

¿Dije antes mi abuela? NO, perdón, dispensa
Mi abuela sorbía la sopa de forma estridente
Y dormía rugiendo, como las fieras

Pero el resto lo fuiste, y de forma intensa
y hoy mi triste corazón se arrepiente,
de no haber hecho nunca que lo supieras.

PODRÍA SER UN WESTERN COMO “DUELO AL SOL” (III)-FIN

Y ya que lo conseguiste…¿No habría que celebrarlo?

 

            Un temible tándem, en el que pedaleaban, por un lado mi poderosa conciencia con su infatigable ritmo que movía exigentes desarrollos, y que me quería echar en cara la falta de confianza que había demostrado en el Búfalo, y por otro lado la irresistible realidad, grandísima escaladora, que me seguía a todas partes con el cuentito de que yo jamás le había dirigido la palabra a el Búfalo, me impedía dar satisfacción a mi creciente curiosidad sobre cómo el amigo Búfalo había logrado ganar el duelo.

 

            ¿Habría estudiado? Pero yo no recordaba haberlo visto escribir ni una palabra. Y también es cierto que yo no era un ejemplo de capacidad de observación. Quizá habría escrito sin que yo lo observase. A fin de cuentas, me habían robado tabaco de esa manera. Pero mi instinto me decía que no. Que con algún misterioso y hábil mecanismo, el Búfalo había conseguido su propósito.

 

            Resolví preguntarle. Un día a la salida de una particularmente asfixiante clase de geografía. (No ya por el calor climatológico en sí, es que además el tema era la geopolítica del África Negra, y yo me imbuía de los factores climáticos de las regiones que estudiábamos) le esperé a la salida. Recuerdo que encontré el valor de dirigirme a él con la vieja táctica de no pensar en ello. Así que muy decidido y, creyendo derrotada de antemano a mi timidez, le miré.

 

            Y fue él quien me habló.

 

-          ¿Tú que miras, soplapollas?

-          ¿Yo? Nada. Que…

-          ¿Que qué miras, te he dicho?

-          ¡Que nada, que quería hablar con De Miguel, que está detrás de ti!

 

 

Bueno, pues aun así al pasar me atizó una colleja.

 

 

De manera que mi curiosidad plegó velas ante la hostilidad de el Búfalo, y se fue haciendo pequeña, hasta no ser enemigo frente a mi gigantesca cobardía. Pero aquello no iba a quedar así. Sólo tenía que esperar un tiempo, mantenerme alejado y volvería a la carga.

 

Veintidós años me parecieron un lapso razonable.

 

No, por favor, esta manera de hablar no significa que no pasara nada en aquellos veintidós años. Soplaron vientos, cayeron lluvias, los indicadores económicos se pusieron de todos los colores, me convertí en un atractivo ejecutivo de una multinacional, tuve tres novias, no se quedaron, tuve tres amigos, tampoco se quedaron, y la verdad que todo lo que empezó siendo importante en este relato, se sumergió en el mar del olvido, como una yogurtera, y nunca más se supo.

 

Hasta aquel día.

 

-          ¡Ring!

-          ¿Diga?

-          Soy Vergara.

-          ¿Quién?

-          Vergara el que aprendió a ser diestro.

-          ¿Quién?

-          ¡¡Del cole, hombre!!

-          ¡Vergara, ahora caigo! Perdóname chico, soy más despistado. ..¿Cómo te va? ¿Te casas? No es que me importe pero ¿Cómo es que tienes mi teléfono.

-          ¿Tu teléfono? Me dio tu número Márquez.

-          ¿Márquez?

-          Sí, hombre, el que decía que se había enrollado con la chica que limpiaba en su casa.

-          Ese era Arias ¿no?

-          ¿Arias? No, no, era Márquez. ¿O era Arias? Lo mismo eran los dos.

-          ¡Anda! ¿Y cómo tenía Márquez mi teléfono?

-          Ah, pues eso no lo sé. Oye que te quería comentar una cosa.

-          Dime, dime.

-          ¿Te acuerdas de Willy, el Grajo?

-          ¿El Grajo? Sí, claro, el de las chaquetas imposibles y las corbatas muy difíciles.

-          ..pantalones milagrosos…

-          Si, el de Historia, si. El grajo.

-          Pues te tengo que dar una mala noticia: Ha hecho su última migración.

-          ¿A dónde?

-          Vamos, que, en fin, que se ha muerto, que ha palmado, el pobre.

-          Ostrás…

 

 

Como ocurre en la alta literatura muchas veces, todo el desprecio y el odio (Bueno que no era odio, sino asquito) se me presentó en el acto, señalándome con su enorme dedo índice de color negro, y gritándome como solo los dedos índices gigantes de color negro saben hacerlo.

 

-          ¡Injusto, injusto!

 

 

Ahora me daba pena, el pobre Willy. Tendría su nombre de verdad. Y tal vez él me hubiera tenido cariño. Esperaba que no. ¡Que me hubiese odiado hasta la muerte!, bueno eso tampoco, no fuera que me persiguiera en plan fantasma…Seguro que tenía familia…espero que no una linda cría de tres años regordeta y con enormes ojos azules, preciosa, sino un repulsivo adolescente de 16, amargo y que no le doliese tanto…

 

                        Sería todo más llevadero.

 

Un luminoso día nos recibió en el cementerio. Hasta gorjeaban los pajarillos en un tono completamente irrespetuoso, desmadrado. Algunos de estos pájaros tenían el pecho lila, de un lila tan vivo, que hacía juego con las chaquetas de los empleados de la funeraria, tan falsamente compungidos.

 

-          Prefiero que finjan a que canten rumbitas, la verdad.- Dijo alguien.

 

 

Cuando me acerqué al cementerio, iba con la sospecha de que me encontraría a todos mis ex compañeros allí, en plan plañidera profesional, haciendo una ceremonia colectiva de la emoción. Pero que va. Allí había un cura, sí, y unos empleados de la funeraria, también. Y los pájaros, los del pecho lila y los normales. Y una señora mayor, supongo que la viuda, que no lloró gran cosa, ni dijo muchos “ayes” ni “¿Qué me has hechos”?y un señor de oscuro, con gafas de sol. Que todo el mundo, excepto yo, sabía que tenía que ser el Búfalo.

 

NI siquiera estaba Vergara. Él, que me había llamado para avisarme del entierro.

 

Después de decirle adiós con la manita, a Willy el Grajo, me acerqué a la cafetería del tanatorio, a fumar a gusto y a tomarme un cafetito, que se agradecen mucho en esos días de pájaros de pecho lila y curas ortodoxos. Y aunque bien se merecía el Grajo, unos pensamientos agradables, lo cierto es que ni ese esfuerzo hice, dedicándome en cuerpo y alma, al pensamiento de que necesitaba encontrar una novia buena y que me quisiera. Que le gustara tomar cañas conmigo, y que nos riéramos de nuestras cosas, y, yo a mi vez quererla también, y…

 

-          ¡Hombre, mi soplapollitas preferido!

 

Brusco, pero eficaz.

 

-          ¿Búf…Blázquez?

-          Búfalo, Búfalo, en el trabajo me llaman así también. Dame un abrazo, tío.

-          ¡Cómo no!

-          Joder, cuánto tiempo.

-          Si, je,je.

 

Me tenía un poco confundido la cordialidad de el Búfalo. De acuerdo, que ya había pasado mucho tiempo desde que habíamos estado en el cole, y que todas las zarandajas de la adolescencia se tenían que pasar, pero que de atizarme a collejas pasara a reclamarme abrazos calientes…

Tuvimos una charlita casi agradable y pasamos de los cafetitos a las cañas. Es verdad que yo no estaba del todo a gusto, poniéndome morado de cañas en la cafetería de un tanatorio, mientras a mí alrededor se cocían todos los grados de la tristeza, desde la tristeza aullante, hasta la apagada por la infravalorada resignación.

 

Pero el Búfalo y yo cada vez estábamos más cocidos, y éramos, dentro del respeto, cada vez más cariñosos el uno con el otro. Nos íbamos pagando las cañas el uno al otro, por riguroso turno, y, coño, nos estábamos como queriendo, dentro de una estricta heterosexualidad, por supuesto.

 

Hubo un silencio, y sin solución de continuidad, otro. Y entonces me dijo sonriendo:

 

-          ¿Quieres saber cómo lo hice?

 

Yo no sabía a qué demonios se refería, pero tenía unas inmensas ganas de caerle bien, y no me parecía oportuno, ni cortés preguntarle a lo que se refería, dado además el aire misterioso e interesante con que lo había preguntado.

 

-          ¡Pues claro!

 

Y fue, el estilo sencillo y leve con el que desgranó su historia, lo que me hizo al fin recordar.

 

“¿Recuerdas? Todo empezó cuando el Grajo me retó delante de todos. Ahora pienso que aquello era lo único que podía provocar que me esforzara en algo. Si te digo la verdad, llegué incluso a pensar en estudiar. Pero enseguida rechacé una idea tan estúpida. Si estudiaba el que ganaba el reto, en el fondo era él. Presumiría de haber conseguido encauzar a un antisistema, y me pondría a mí como ejemplo de sus hazañas. Pero, por otro lado, si suspendía, también ganaba él, así que la única forma en que podía ganar yo, era aprobar haciendo trampas. Y así empecé a pensar y a pensar. Pensé como no había pensado en mi vida.

 

Fue una experiencia.

 

Y, de tanto pensar se me ocurrió que podía seguirle, a ver si así se me ocurría algo. Y durante un tiempo le seguí. Le seguía a distancia, prácticamente a todas partes. Y durante días, me pareció que no iba a dar sus frutos. De hecho te confieso que llegué a pensar en abandonar. Y en las del abandono estaba cuando se me apareció su figura en sueños. Con su carpeta blanca gastada a cuestas. Siempre con ella. Y fíjate…

 

-          ¿Me pides otra caña?

-          Claro.

 

…Y fíjate que me di cuenta de una cosa. La carpeta estaba siempre. Nunca tenía una cartera, ni una bolsa ni nada. Todo lo llevaba a cuestas, y fue entonces ( Y es posible que no te lo creas) fue entonces cuando algún loco diablo oculto me guió por la senda del talento que yo no había transitado jamás, y me obligó a diseñar el plan perfecto.

 

Y llegó el día del examen. Y, conforme a mi plan, no escribí nada. Bueno, de hecho, aunque el plan no fuera ese, tampoco hubiera escrito nada, excepto quizá mi nombre y la fecha.

 

-          Pero entonces, si no escribiste nada ¿Cómo aprobaste…?

-          ¡Calla, coño!

 

 

De todas formas, no escribir nada, formaba parte del plan. Así que permanecí haciendo como que escribía (cosa bastante difícil), durante todo el tiempo. Y cuando por fin acabó el suplicio, aproveché la melé que se forma siempre al final de los exámenes, para escabullirme sin entregar el mío.

 

-          ¿No lo entregaste? ¿Hiciste el cambiazo? ¿Pero cómo?

-          Cálla la bocota ya, hombre.

 

Con toda tranquilidad, y esperando tener la pequeña suerte de que no corrigiera los exámenes aquella misma tarde, me fui a casa, y rellené el examen con ayuda de los libros. Eso, si, teniendo cuidado de no sacar una nota que no fuera creíble. Un 6 podía valer. Incluso casi era mejor un poco menos.

 

A la mañana siguiente, casi deslizándome por encima del rocío que se había condensado en el parque, pero pensando más en Rocío Corredor, una del cole de al lado, entré en clase del Grajo con la única misión de deslizar mi examen en su carpeta blanca…

 

-          Pero no podías, éramos muchos testigos. Era muy difícil acercarte a la carpeta sin que te viera.

 

Exacto. Era imposible, y aquí viene la parte artística del asunto.

 

Esperé pacientemente a que terminara la clase. Vi al Willy salir con su carpeta blanca, repletita de papeles, y obedeciendo al diablillo que me había inspirado, me acerqué a un crío de los de primero de EGB, de esos inocentes, de 6 años o así y le dije:

 

-          Chaval, mira…¿Ves a ese señor de allí?, dile que se le ha caído esto.

 

Y le di el examen, y vi desde lejos y medio oculto, cómo el Grajo, con su aire distraído habitual, acariciaba la cabeza del muchacho, y se metía el examen en la carpeta, junto con sus hermanitos. ¿Qué te parece?

 

-          Macho, me dejas loca, me parece brillante. ¡Dos cañas!

 

 

Y esta es un poco la movida, espero queridos lectores, que os haya gustado, en cualquier caso, podéis contar con mi amor incondicional. Eso sí.

 

PODRÍA SER UN WESTERN COMO “DUELO AL SOL” (II)

Si, si, los vectores no son cosa fácil (Y tú lo conseguiste)

 

 

En otras ocasiones que yo haya visto, los “duelos al sol”, una vez que se plantean adquieren un notable protagonismo, de manera que ya no dejan el papel protagonista hasta que se llevan a cabo. No fue el caso, aquí una vez que se supo que Willy “El grajo” y el Búfalo se enfrentarían en un examen de arte y muy señor mío, la cosa decayó, y tomaron su importancia otras cositas cotidianas, como el rumor de que Rufus era adoptado, o que a Vergara sus padres le llevaban a una escuela para que el chico aprendiera a escribir con la derecha, ya que era zurdo redomado.

 

Eso sí, las cosas cambiaron un poco desde aquel momento. Por ejemplo, Willy ya no preguntaba en clase a El Búfalo, seguramente con el afán de que nadie le acusase una vez ganada la apuesta de acosar al pobre herbívoro. Willy eligió desde ese momento a otras víctimas, víctimas que no tenían nada que ver con el duelo. Víctimas como yo.

 

-          Angulo, ¿Cuáles son las características del neoclásico?

-          No sé, ¿Moderación?

-          Moderación.

-          Si, como sencillez, como una vuelta a los esquemas del renacimiento.

 

Eso es lo que tenía yo, Angulo, muy buen rollito que envolvía una piedra de no tener ni puñetera idea. Creí dar con la frase ideal y la lancé.

 

-          Una huida de los esquemas recargados del barroco.

 

Willy que tenía el hombre su sentido del humor, expandió sus brazos y sobreactuó un tanto para decir:

 

-          ¡Un pañuelo, dadme un pañuelo! Qué frase tan bonita nos has dicho, Angulo. Te agradezco que seas tan lírico.

-          De nada,- dije yo tranquilamente para desactivar las risas de los pelotillas.

-          Hala, pues ahora descansa. ¿Melero?

 

 

Esto yo sé porque lo hacía, preguntaba a uno de los top gun, después de preguntarme a mí, porque mi respuesta no había sido lo suficientemente mala para que pudiera ser ridícula por si misma, y entonces necesitaba a un top gun para que quedara más patente. Y ni que decir tiene, Melero cumplió su cometido y desgranó una efectista descripción del neoclásico, que dejaba mi respuesta a la altura del betún. Pero a mí me daba igual, mi respuesta no había sido tan mala. Después, Willy “El grajo” se volvió hacia mí.

 

-          ¿Has entendido?

-          Sí, si. (Pero lo dije con la “u”, más despectivo: Sú, Sú)

 

 

Y miré, amenazadoramente, sí, pero sin que se pudiera probar ante un tribunal que mi mirada era amenazadora, al listillo de Melero.

 

Lo más importante, para mi desolación, es que el “Duelo al Sol” no formaba parte de las conversaciones del recreo, ni de ninguna otra conversación. Y para mi era decepcionante, porque yo me había empapado de cómo se había desarrollado todo, y quería saber cómo acababa, y que se viviera intensamente, y que todo el mundo estuviera pendiente. Pero a todo el mundo parecía darle igual. Seguramente es que todos daban por ganador del duelo a Willy, y nadie creía que el Búfalo pudiera hacer el esfuerzo de estudiar, aunque fuera sólo para un día. Bueno, de hecho, el Búfalo, aparentemente, se había rendido. Realmente sólo le veía observando, a su vez a Willy, durante los recreos y la hora de comer. Se hizo tan íntimo del Willy, como la carpetilla blanca que este siempre llevaba consigo, llena de papeles a reventar, y sin cerrar, como correspondía al clásico profesor desordenado.

 

El día del examen-duelo, la primavera, que había perdido un diente, en justa venganza pegó media vuelta de tuerca al clima, y la temperatura, un poco calurosa de por sí, subió un poco.

 

Pero no estábamos para zarandajas, ante la pasividad de la clase, que no la mía, allí se estaba llevando a cabo un duelo. Willy empezó a repartir las hojas, que según pude ver llevaban un sello anticambiazo, y las preguntas estaban correctamente mecanografiadas, dejando un espacio suficiente para las respuestas. Especialmente para mis respuestas, que solían ser cortas, aunque a mi me gustaba llamarlas concisas.

 

            Me fijé que al darle sus hojas de examen a el Búfalo, el Willy lo hizo con cierta suficiencia, no digo que las arrojase a la cara de el Búfalo, pero sí que las dejo deslizar sobre su mesa con cierta displicencia. Esto me hizo juzgar a Willy como mediocre y sin clase ninguna, como un ganador de los pequeños. Si en vez de eso, le hubiera dicho, “Te deseo buena suerte muchacho”, pues hubiera entrado a mis altares, donde habría podido tomar café con Kempes y Mc Cartney, entre otros. Pero al final, mejor que fuera mediocre y capullo, así mis preferencias estaban claras.

 

-          ¡Con el Búfalo perdedor a muerte!

 

Me concentré un poco en mi propio examen. Estaba muy pulcro, con su huequito para el nombre (Nombre:Juan) para los apellidos: (Apellidos: Rubio Alcázar) y para la fecha (Fecha: ….), y en seguida sin saludar, la primera hoja y el primer disgusto: Características Diferenciales del Neoclásico. Pensé que mierda, que ojalá hubiese prestado más atención a lo que había dicho el Melero no hacía tanto. Pensé que a lo mejor si hacía un esfuerzo para recordar…pero enseguida descubrí el camino fácil, tal vez la siguiente pregunta. Pero tras leer la siguiente pregunta llegué a la conclusión de que era más ardua que la primera. Por no hablar del resto de preguntas, que si quien pinto esto, que si quien pinto aquello, que si describe el estilo impresionista y cita tres ejemplos. ¡Tres! Y yo con la duda de si “Las señoritas de Avignon” era un cuadro impresionista, y caso se serlo, si sería de Degas. Y si era ¿Sería Degas impresionista, a su vez? Y el de “Esplendor en la hierba” ¿Era un cuadro o era un peli? Porque si era peli no me valía para nada. De ese no tenía claro el título, pero si que recuerdo que salía un paisano y unas mujeres todos tumbados en plan incómodo, merendando o haciendo el tonto…

 

Todas las preguntas, hasta la 10 eran extraordinariamente difíciles. De modo que hice un trabajito de aliño, extendiendo y dando de sí a tope todos los conocimientos que yo tenía del área, y buscando vericuetos y perífrasis que me dieran un perfil que añadir, al siempre parcial que ofrece la simple y desnuda sabiduría.

 

Diez minutos después, y con cincuenta de examen por delante, estaba en disposición de observar detenidamente a los contendientes. Willy, y el Búfalo.

 

Y la decepción fue tremenda.  Mayor aun que cuando me di cuenta de que jamás aprobaría el examen. Por lo que veía desde mi sitio, el Búfalo solo tenía puesto su nombre, y la fecha. Y, aunque no se había llegado a echar atrás en el asiento, como hacía otras veces, no escribía nada. Sólo hacía como que estaba a punto de empezar a escribir. Y así gastó el tiempo. Con esa postura de estar a punto de poner algo en el papel. Y sin acabar de ponerlo. Y yo, muy decepcionado, sobre todo con la falta de lucha, me dediqué a mi propio examen. Lo redondeé lo mejor que supe, y cuando Willy dijo lo que siempre decía:

 

-          Cinco, cuatro, tres, dos uno…¡Se acabó, señores!. Entreguen el examen ¡Ya!

 

Me levanté a la vez que todos, como siempre, y entregué mi examen metiendo la mano por entre la melée que se formaba alrededor de la mesa de Willy.

 

La mesa de Willy “El grajo”.

 

 

Willy metió los exámenes en su carpetilla blanca sin cerrar, la que llevaba siempre, de cartulina reblandecida por el sudor de su mano, y a lo mejor por el cambio climático, y se fue.

 

Y el se iría a sus cosas, no lo dudo, a cuidar a sus hijos o a ver una obra de teatro, o lo que sea que hacen los que pueden dormir después de catear a hordas de víctimas adolescentes. Pero a mi me dejó la decepción de ganar el duelo de una forma fría y terapéutica, por la vía no romántica de la fuerza. No con imaginación, no con estilo.

 

Solo teniendo razón. ¡Qué gris!

 

 

El asunto fue que no teníamos guardia del tiempo, y vino una semana con prisa, y pasó. Y llevaba otra pegada al culo, en plan macarra y esa otra también pasó. Y eso era un tiempo más que razonable para que a Willy le diera tiempo a corregir los exámenes y para que nos dijera los resultados.

 

Y entró de prisa en la clase, imponiendo silencio con su paso apretado, con su carpetita sobada bajo el brazo, y musitando un “buenas tardes” nada cariñoso.

 

Como intimidador.

 

La respuesta (como la voluntad de los electores) no fue unánime, sino que cada uno dio la medida de su propio estado de ánimo, ya fuera respondón, amenazante, timorato, pazguato, crecidito, alegre, ignorante...pero lo cierto es que la resultante de todo aquello fue un “Buenas tardes” intimidado.

 

Pero esto daba igual. Lo importante vino sin anunciarse. Willy cogió la carpetita blanca sobada que nunca se olvidaba, y fue sitio por sitio, recitando las notas en voz alta, al tiempo que nos daba los exámenes corregidos.

 

-          Muy bien, Ariza, un 7,75. Obregón, un 5,5, lo puedes hacer mejor. Müller, un 4,5, sigue así y te estrellarás, ya te dije que te estás confiando, y ahora empieza el sprint final. Maldonado, un 1,75, a ti no te digo nada, tú verás.

 

Y así iba caso por caso, el Grajo, repartiendo premios y castigos, en su papel de dios. Me tocó el turno.

 

-          3,75. Enhorabuena.

 

 

Pues me sobró el sarcasmito. Para lo que había estudiado un 3,75 era un meritorio y más que digno “insuficiente”. Pero por lo visto no había tenido suficiente:

 

-          ¡Ah, y te recuerdo que “Esplendor en la hierba” es una película, tal vez quisieras referirte a “Desayuno en la hierba”.

 

La clase se descojonó a gusto, incluso Maldonado, con su 1,75. El becerro. En aquel momento deseé que la mujer de Willy se lo estuviera haciendo con Domi, el jardinero. También lo deseaba por Domi, que era un tipo anciano, aunque muy majo, y que se merecía una alegría.

 

Willy sacó un examen. Y se dirigió al establo del  Búfalo. Lo llevaba en la mano izquierda y la levantó un poco. Y se dirigió a él. Y yo pensé que encima de ganarle, le quería humillar. El perro sarnoso de Willy “El Grajo”:

 

-          Blázquez. ¿Te acuerdas de la apuesta que teníamos?

-          Si.

-          Pues enhorabuena, lo has conseguido, 5,75. Yo cumpliré mi palabra.

 

 

Y me quedé tan alucinado que ni siquiera me puse a analizar cómo demonios  podía haber ocurrido.

 

Pero llegué a saberlo. Y os lo quiero contar, si sois tan amables de seguirme a la tercera parte de esta historia tan inverosímil.

(Continuará)

PODRÍA SER UN WESTERN COMO “DUELO AL SOL” (I)

A ti, por aprobar los vectores.

 

Willy “El Grajo”, a pesar de su doble mote , y de no tener cuello, y de usar chaquetas de espiguilla de los años 70, y a pesar de que sus camisas no fueran de colores nobles y maduros como el rojo o azul, sino de mezclas bastardas entre ellos y otros colores cachorros, era nuestro profesor de historia.

 

Ya asomaba sus napias la primavera por entre los pijos prados de mi colegio, y, por tanto, ya habíamos dejado atrás las siniestras costumbres funerarias de los mesopotámicos, y las más pintorescas aun de los Egipcios. Los más adelantados ya sabían que Apis no era solo una marca de foie grass, y que hubo gente en la antigüedad que sacaba los cerebros de los muertos por las fosas nasales, y que tenían tiempo para establecer delirantes relaciones matemáticas entre las distancias estelares y las aristas de las pirámides.

 

Ya habíamos dejado atrás a los griegos y a los romanos, sin que nos quedara claro si Ulises, Júpiter, y Hércules habían existido de verdad, o eran como Platón, una tremenda y pesada fantasía.

 

Willy era un hombre de método y de procedimiento, no se saltaba ni un solo hecho importante del pasado, y cuando nos vimos en el Renacimiento y el Barroco, ya llevábamos encima no solo la pesada carga de los principales hechos de la humanidad, sino también todos los motivos y distinciones entre las diferentes manifestaciones artísticas.

 

Sobre todo catedrales y tal.

 

Desde el escepticismo y la inmadurez, que infundían en mi la creencia de que el arte no hay que explicarlo, sino que hay que verlo u oírlo, se me hacía muy cuesta arriba seguir las afanosas y procedimentales explicaciones de Willy, y con la música de fondo de palabras como capitel, cruz latina y gárgolas, me sumergía en un reparador sopor, que no era en si un estado de somnolencia absoluto, sino una especia de estado de vigilia, que me permitía el clásico entretenimiento de observar sin ser visto.

 

A la mayoría, tipos serios y maduros, y buena gente quizá, como Alemany o La Porta el pelirrojo, no merecía la pena observarles, se limitaban a subrayar sus libros con líneas perfectas bajo las palabras precisas. Estoy seguro de que no subrayaban a lo bobo, como Romero o Sangrador. En cualquier caso subrayadores finos o de brocha gorda daban lo mismo, ninguno de ellos cumplía su misión de entretenerme. Ahora bien, en toda manada hay dos o tres ejemplares que hacen algo de particular. Y en especial, uno que siempre resultaba de lo más entretenido era Blázquez.

 

 

El Búfalo.

 

El Búfalo siempre estaba haciendo algo divertido. Y no de cara a la galería, como hacía por ejemplo el Cherokee, que siempre miraba a hurtadillas con su cara de indio malo, a ver si el público se reía. No, el Búfalo era más profesional en eso. No era un showman. El dejaba una grapadora boca arriba en la silla de Sanchidrián, cuando este se levantaba a contestar alguna pregunta absurda del Willy, y ni siquiera se reía cuando Sanchi pegaba un gritito al sentarse al notar que se le grapaba el culo. Como gamberro era de lo más serio.

 

La mañana en la que empezaron a suceder los hechos que aquí se narran, Willy estaba desgranando un surrealista repertorio de descripciones de edificios y objetos barrocos, entrando en detalles inverosímiles acerca de por qué una simple silla, o la fachada de una panadería de Salamanca se hacían de una forma y no de otra. Llevaba Willy cinco minutos de exposición, cuando observé que El Búfalo se agachaba a ratos tras su pupitre y luego se levantaba poniendo cara de que no estaba haciendo nada malo. En realidad según pude ver realizando un pequeño escorzo, estaba comiéndose un señor bocata. El hecho en si, no es que tuviera mayor gracia, pero la verdad es que la cara que ponía El Búfalo al incorporarse, el esfuerzo que hacía para que no se escapara el atún con mayonesa de sus inflados mofletes, y el disimulo que se traía para masticar sin que se notara, resultaba un conjunto de lo más gracioso. En serio, podéis fiaros de mí.

 

Ni que decir tiene que El Búfalo se comió todo el bocata tranquilamente, e incluso una vez terminado se limpió los morros con una servilleta, esto ya lo hizo sin ningún disimulo porque a nadie podían echarle en cara que se limpiara los morros. A fin de cuentas eso no demostraba nada.

 

Sin embargo Willy, de apariencia ridícula, no era del todo gilipollas, y estaba descontento con todo el sector de las malas notas de clase, y específicamente con el enorme herbívoro. No ya por su escaso rendimiento, sino porque con independencia de que se pudieran probar ante un juez sus fechorías, lo cierto es que era una mala influencia para los demás. Especialmente para los que no teníamos personalidad, como yo, y éramos más influenciables.

 

Así que aquella mañana, el amigo Willy, cerró antes del final de la clase el libro de texto, y miró directamente a el Búfalo. Le miró a través de sus enormes gafas de los años 70, un poco de señora, la verdad, y ante el extraño silencio, que se hizo, el Búfalo, que andaba distraído en hacer la digestión del bocata, le miró también, y he aquí lo extraño, el Willy, tenido por pacato y cobardón, le sostuvo la mirada, y, agarraos de donde más os duela…¡le habló!.

 

-          A ti esto te importa un carajo. ¿Verdad?

 

EL Búfalo no era un macarra, simplemente quería pasar por el colegio sin dejar huella. Así que buscaba un conflicto ni nada de eso. De manera que no contestó. Y a pesar de su apodo, no dijo ni mú.

 

Pero Willy por una vez no se arredró.

 

-          ¿Tú me puedes decir de que he estado hablando la última hora?

 

El Búfalo podría haber seguido sin contestar, pero seguro que no quería estirar las cosas hasta ese punto, se conformaba con que aquello quedase en un inútil estirón de orejas y ya. Suspender no le era un hecho desconocido que le fuese a provocar un río de lágrimas. Así que optó por una respuesta escurridiza.

 

-          ¿Qué le diga yo a usted lo que ha dicho usted?

-          Que me digas de que he hablado en la clase, Blázquez.

-          Del barroco y eso ¿no?

-          ¿Me puedes especificar un poco más?

-          De las causas y eso. También de una silla.

 

 

Se hizo un poco de silencio, le tocaba el turno al Willy, y seguramente quería decir algo importante. Algo que fuera tenido en cuenta.

 

-          Al principio estaba enfadado contigo, pero ¿Sabes? Ya me da igual. Creía que no estudiabas porque no querías, pero ahora veo que eres incapaz de aprobar aunque solo sea una vez. De hecho, para demostrarte de lo que estoy seguro de lo que digo, si apruebas el próximo examen, fíjate lo que te digo, te apruebo en Junio directamente.

-          Hecho.

 

 

Y así, de una manera tan fina quedó planteado el duelo al sol.

 

No os perdáis los disparos.(Continuará)

TENGO

TENGO UNOS PANTALONES DE TELA DE JUICIO, MI AMOR, QUE ABRIGAN LAS PIERNAS DE MIS FALSAS ESPERANZAS

Sollozos breves (Una toma)

 

 

            A la pregunta de si Julio está disgustado por haber nacido capaz de ponerse en el pellejo de los demás y sentir lo que sienten, la respuesta de los expertos es que no.

 

            En cambio Clara, cantarina, cítrica, inquieta y revirada, maliciosa, pizpireta, gatuna y aguda, no pone tan de acuerdo a los expertos, porque su malicia es espontánea y no surgida de la reflexión. Lo cual, a decir de algunos, resta maldad a su maldad, y a decir de otros, todo lo contrario, hace de la suya una maldad pura y genuina, en todo su esplendor natural.

 

            Y, bueno luego estoy yo, que también soy un experto, y que no sé qué decir.

 

 

            Desde hace un verano, los besos que Julio lanza persiguen a Clara, pero siendo besos nobles y convencionales no consiguen doblar su trayectoria y cazarla cuando ella dobla las esquinas, que es siempre. Porque su vida es tortuosa y porque nunca se para.

 

-          Dile lo que sientes.

-          No. Las mujeres que me gustan a mi son las malas. Son las que quieren saber lo que sientes para poder torturarte más fácilmente.

 

 

Clara canta en un grupo modesto, pero canta versos que no llevan sílabas, sino navajas de matar. Las lanza con fuerza y Julio, cuando la ve cantar (Fingiendo que no le gusta con locura, para revalorizarse en el mercado de los gusanos) siente que cada pincho va contra él, y, en el fondo disfruta, porque al menos es el centro de atención.

 

Lo que nadie sabe, por ahora, es que un día, ese día en el que Julio mire la bolsa de las expectativas que tienen los demás en él, y compruebe que está vacía, es entonces cuando se decidirá a ir a por lo que quiere.

 

Aunque ya no quede tiempo, claro.

EL REGOMELLO DEL DRAGÓN (IV, Fin)

Las lágrimas, no de nenaza, sino, lo típico, de rabia e impotencia, se acumulaban en mis ojos, y hacían brillos preciosos, pero delataban mi angustia. Mi dignidad se había hecho una coleta a toda prisa y había salido corriendo, y solo quedaba lo más pobre de mí como ser:

 

Yo.

 

Y lo peor es que no había visos de que pudiera tener una reacción positiva, y quedar como un hombre, aunque fuera desorejado. Porque dentro de mi sólo cabía el enorme deseo de conservar mis dos orejas. Y si había aun un huequito, lo ocupaba la pena de comprobar lo mucho que se habían torcido las cosas desde que me había bajado del barco. La queja amarga de comprobar cómo la mala suerte había gobernado mis actos desde que estaba en oriente.

 

            Habló el jefe:

 

-          Te atamos ¿no?

-          No sé.

-          Sí, hombre, es mejor para ti. Ten en cuenta que si te mueves te va a doler más.

 

El jefe se puso a afilar el enorme cuchillo que le había traído el chino pelota, con una de esas piedras pesadas y suaves, gustosas de tocar. Y yo pensé, con cierto juicio, que si quería salvar a mi oreja de ser amputada, era mucho más productivo hacerlo antes, que a posteriori. Porque una vez con la oreja en la mano…

 

Así que me armé de valor y de positivismo, pensando que aun tenía mi oreja en su sitio.

 

-          Una cosita…

 

El jefe paró de afilar el cuchillo por un instante y fijó su vista en mí. Pero en vez de decirme una palabra, hizo el clásico gesto inquisitorial, coñazo de explicar pero muy evidente. Me sentí autorizado a hablar.

 

-          ¿Estamos seguros de que no existe una manera de salvar mi oreja?

 

El jefe negó con la cabeza. Pero esta vez se molestó en hablar.

 

-          Lo siento no.

 

 

Y recuerdo que justo ese fue el momento en que empecé a asumir que me iba a quedar sin oreja, y que además la amputación me iba a doler lo suyo.

 

Trago amargo. Me desinflé, y temí que iba a llorar. Si para alguien como yo resulta vergonzoso llorar por su vida, calculad las toneladas de vergüenza fría que me iba a costar llorar por una oreja. Pero, el jefe no lo había dicho todo.

 

-…a no ser que…

- ¿Si?

 

Así que había una posibilidad. Tal vez tenía que resolver una prueba, traducir algo del mandarín, comerme una docena de escorpiones picantes y picajosos, aguantar 4 minutos sin respirar, juntar los codos por detrás, matar a mi familia, lo que fuera.

 

-          Haré lo que sea, por favor jefe.

 

Y en ese momento desvié la mirada y pillé a De-Miao negando con la cabeza, y pensé que no sabía si eso era bueno o malo, ni tampoco para quien, y además yo solo quería mantener mi oreja. Así que miré preguntando al jefe.

 

-          Te queda la opción del “Regomello del dragón”.

-          ¿Y qué es? ¿Roer tendones de mono? ¿Rechupetear mocos de pavo?

-          No, no es nada de eso.

-          ¿Y qué es?

-          No te lo puedo decir, solo te puedo decir que salvarás tu oreja.

-          ¿Y las manos?

-          No te quedará ninguna secuela física.

-          ¿O sea que es una movida mental? ¡Con eso puedo!

-          ¿Prefieres el regomello?

-          Sin duda.

-          Pues a tomar por culo, regomello. De-Miao llama a “Asador Shanghai” y que lo preparen todo.

-          Pero, pero

-          ¡Pero, pero, pero ná!

 

Me vendaron los ojos y me subieron a un coche. Me traté de fijar en las veces que girábamos a la izquierda y a la derecha, y las veces que frenábamos, tratando de hacerme con una memoria sensorial del viaje, pero que va. Menuda mierda, cuando paramos definitivamente, ya no me acordaba de nada. Como para trabajar en “Rastros”. En cuanto entramos en el asador, me quitaron la venda de los ojos, e hice un pequeño gesto de rebeldía en plan “malditos malandrines”.

 

 

            Me sentaron a una mesa. En concreto en la 27, aunque podía haber sido en cualquiera, porque aquel asador estaba completamente vacío. También mediante una hábil estratagema, consiguieron atarme las manos a los bracetes de la silla.

 

-          ¡Bribones!-Dije por quedar bien, y porque me parecía un poco fuerte llamarlos “hijos de puta”.

 

Y me dejaron solo. ¿Ofendidos quizá? Tampoco quise ofenderles, encima de que me habían dado la oportunidad de conservar mi oreja a cambio de una estúpida prueba psicológica. Debía aprender a mantener mi boca cerrada.

 

Olía a pollo al ajillo. Una enorme fuente de rico pollo al ajillo apareció de las manos de un, insignificante para esta historia, camarero. La dejó frente a mi, aunque un poco alejada. Me pareció una tontería de tortura. Después de todo, si que sufriría por no poderme comer todo aquel pollo con aquel ajo picadito y doradito, pero vamos comparado con una oreja…

 

Después volvió el camarero, con una fuente de ternera encebollada en una mano, y un plato vacío y unos cubiertos en la otra. Lo dejó frente a mi también.

 

Quise ponerme a pensar, pero enseguida me distrajo la cadencia ultrarrápida de unos pasos de geisha.. Y , como por prodigio apareció ante mí la más luminosa de las geishas que hayáis podido imaginar. Todita de arribita a abajito vestidita de blanco. Y con esos labios de mentira, repintados que se acaban antes de los de verdad, y ese cutis tan blanco y esos ojos tan negros. Y tan menudita, tan delicada.

 

            “Ahora sí que mola la tortura esta, se me va a poner a tiro y no me va a dejar ni rozarla”.

 

            Me sonrió levemente, el camarero le retiró la silla, también levemente, y ella se sentó levemente. Y, bueno, yo tampoco me lo creía, pero  la chorba empezó a comer. La boquita, que por efecto del pintalabios parecía pequeña y apiñonada, se ensanchaba al máximo, como las fauces de un felino, para tragar grandes pedazos de pollo, recubiertos de ajito tostado. Y se lo comió todo. Todo el pollo. Y después de todo el pollo, toda la ternera y toda la cebolla.

 

            Y no sé como lo hacía pero seguía pareciendo encantadora.

 

            El camarero trajo una fuente de patatas asadas con pimentón, que mirta que es cargante el pimentón con la patata, y la tía se las zampó a pequeños bocados, y sin beber. Tampoco había agua de todas formas. Fallo del camarero.

 

            Y vinieron unas sardinas asadas, y corrieron la misma suerte que el pollo y la ternera. Y también vinieron un par de raciones generosas de boquerones en vinagre (que vaya mejunje que se le tenía que estar haciendo ahí dentro) y se las zampó.

 

-          Joder bebe algo, le tuve que decir.

 

 

Ella paró durante un momento de tragar, y me miró a la cara, rebañó el ajo y el perejil, que los boquerones hacía tiempo que habían pasado a mejor vida , y dijo algo en japonés que sonó como:

 

-          ¡Rodolfo, trae ya la pepsi!

 

Y, coño, será casualidad pero el camarero apareció con una botella de pepsi max de dos litros. Y la dejó frente a la geisha. La chica la destapó, y observé cómo se la bebía de una sola vez, a gaznate continuo. Y se incorporó, y se limpió el morro con el dorso de la mano, pero muy finamente, y dejó la botella sobre la mesa. Y me sonrió dulcemente.

 

Y se inclinó sobre mi.

 

Y abrió su boquita pintada.

 

Y se acercó aun más.

 

Y, yo abrí mi boquita.

 

Y, justo fue entonces, sin tiempo a reaccionar que entendí lo que era el regomello del dragón.

 

Fue el eructo más violento al que me había enfrentado hasta entonces. El gas se introdujo a toda presión en mi gaznate, arrastrando el aroma a ajo y cebolla a medio digerir, con recuerdos a sardina y a boquerón avinagrado. El aire debió llegar hasta mi estómago, allí se expandió y me infló como un globo, que hasta se me dilataron las cuencas oculares. Después volvió a salir contundentemente por mi boca de nuevo, dejando en cada premolar cada repugnante aroma que había entrado.

 

El regomello del dragón. Un eructo en toda la cara. Pedazo de eructo.

 

 

Hubiera preferido que me cortaran las dos orejas, coño, porque no se me borró nunca de mi memoria sensorial. Ni volvía a comer pollo al ajillo, ternera encebollada, sardinas, o boquerones.

 

Eso sí, me ha quedado un bronceado de puta madre.

 

Fin

EL REGOMELLO DEL DRAGÓN (III, ¿Es miedo o pesar?)

La principal razón por la que yo no puedo ser un héroe ortodoxo (O de ningún tipo, bien pensado) es que a mí lo real, lo prosaico me tiene de esclavo. A mí me puede la sed, me pueden las ganas de mear, me puede la concupiscencia en general…

 

            Y el hambre es mi señora absoluta. Mi ama. Dominatrix. El hambre me lleva con la correa, hace que me siente, y hace que me levante, hace que haga lo que sea con tal de satisfacerla.

 

            Un esclavo de lo mundano, por alguna razón que existía y yo desconocía, no podía estar llamado para la gloria.

 

            Yo había ligado mi dignidad, a no pedirle comida al De-Miao, a pesar de lo que me había dicho su jefe. Pensaba que en cierto modo me mantenía por encima de él, el hecho de que él comiera y yo permaneciera estoicamente en riguroso ayuno. Me imaginaba al pobre asiático comiendo con ansia, pero al mismo tiempo alucinando con mi hieratismo y mi ayuno riguroso, sin probar bocado.

 

-          ¿Comida? ¿Quieres comer?

-          Si.

 

Mis propósitos. ¿Habrase visto cosa más escurridiza? ¿Más voluble? Con qué facilidad cambian. Cómo a primera vista aparecen como imprescindibles, y cómo mi mente veterana los consigue transformar en caprichos tontos y poco prácticos.

 

Pero no era yo el inconstante. Lo que pasaba era que la persona que tenía los principios rigurosos, no era la misma que luego se los saltaba. Por lo tanto todo era legal y no había de que avergonzarse, después de todo. Ventajas de tener un alma en multipropiedad.

 

Me encontré siguiendo a De-Miao por una puerta que aparentemente llevaba a la calle, pero que antes te dejaba en un rinconcillo apenas visible, que llevaba a una especie de cocina, donde había una mesa…

 

…toda puesta.

 

Una hermosa fuente de filetes empanados, una especie de salsa de tomate, una enorme sopera llena de pasta humeante, que podría ser perfectamente protagonista, pero que aceptaba sin indignidad el papel de guarnición, por el que sin embargo tenía que luchar como si fuese una principiante con un plato redondo de patatas fritas cortadas cuadradas, con un grupo de pimientos de padrón, con un tarro de salsa barbacoa, otro de guacamole, y con una cesta de pan con, al menos dos barras cortadas en trozos grandes y morenotes, lejos de aquellos trocitos de baguette que cortan en otros sitios, que te están diciendo:”Come poco pan, que solo tengo una barra para seis”.

 

Y yo demostrando a De-Miao, y a mí mismo que soy un tío sensible; simplemente lloré. Aunque luego es verdad que se me olvidaron las lágrimas y comí. Comí, comí, comí. Comí tanto que De-Miao tuvo que decirme:

 

-          Cuidado, hombre, que te va a dar algo.

 

 

Y lo decía porque cada dos por tres me ponía a dar hipadas violentas, completamente añusgado con el pan. (Nota de Buch: Dedico el vocablo “Añusgado” a Guiss que me lo enseñó. El vocablo.) Cuando vi que De-Miao se preocupaba tanto por mí, y, quizá como consecuencia de estar ya alimentado y sentirme fuerte, me puse sardónico:

 

-          ¿Tienes miedo que me muera? Así no podríais cobrar recate ¿eh?

-          ¿Rescate? ¡Que no tarado! Que tú eres para entrenamiento. Lo más seguro que te cortemos una oreja o un dedo y te dejemos ir.

-          ¡Ja,ja,ja! Me reí yo, para forzar que aquel demonio se riera también y llegáramos juntos a la conclusión de que aquello era una broma.

-          Ji.

 

Y esa mierda de risa no me confirmó que lo de mi oreja fuese una simple broma. Todo lo contrario, hacía sospechar que no lo era. De hecho, cuando De-Miao siguió hablando, la cosa perdió cualquier indicio de que alguna vez hubiera podido ser una broma.

 

-          Ahora cuando vuelva el jefe de ver al Gran Jefe, nos dirá lo que hacemos contigo. Pero vamos, por lo que yo le conozco, seguro que es oreja. O tal vez un dedo.

 

Animado por el vino, aunque en parte descorazonado por el cariz que tomaban las cosas, me dispuse a ejecutar la siesta más amarga e inquietante que había hecho en mi vida. En un continuo e incómodo estado, gobernado por el pensamiento único: “Ay mi oreja, ay mi dedo”. Siesta temerosa, deseando que llegara el jefe, para que me informara de lo que iban a hacer conmigo, y al mismo tiempo deseando que no llegara.

 

Y de tema de fondo: “La heráldica”.

 

Y justo cuando los leones rampantes y el almendro en flor, derrotaban a la realidad, la muy zorra se reconstruía por si sola, como un Terminator, y me devolvía a la angustia. Y tanto me fatigaron los paseos de por los campos de gules, y las vueltas a la vida real, que finalmente, casi ahí mismo en mitad del escudo…me dormí.

 

Y bien que me pesó, porque ya no recordé nada más hasta que sonó la llave girando en la puerta, y sincronizado con mi lento y coqueto abrir de ojos, entró en la estancia el jefe, que sin poderse contener, y sin la menor delicadeza, bien por mala fe, o porque no le daba importancia a mi angustia me soltó:

 

-          Has tenido suerte. La oreja.

 

Y sin que sonaran las gaitas, ni hubiese un terremoto o un griterío en la calle, añadió:

 

-          De-Miao, acércame el cuchillo. Porque prefieres a mano ¿no?

 

Y esta última frase la dijo mirándome a mí. Y yo, con mi folklórica costumbre de retrasar lo inevitable, más cuando los hechos se desarrollan a velocidades excesivas dije;

 

-          Pero ¿Es ahora? No ¿Verdad? Esto llevará una ceremonia o algo ¿no? Por favor ¿no?

 

 

Y, al mismo tiempo se me metían en la cabeza pensamientos estúpidos.

 

-          Si me dan a elegir, ¿Qué oreja les doy?

 

-          ¿Podré pillar después de faltarme una oreja?

 

 

-          ¿Hay famosos sin una oreja aparte de Van Gogh?

 

-          ¿Me lo podré tapar con el pelo de forma que no parezca que me lo he tapado con el pelo?

 

 

-          ¿Trato de llevarme mi oreja amputada y voy corriendo a un cirujano implantador? ¿Cuánto me costará eso?

 

 

Y cuando los pensamientos iban circulando a una velocidad más que respetable, el jefe decidió contestar mi pregunta:

 

-          ¿Ahora dices? NO, no, hombre. Por lo menos queda un cuarto de hora, hasta que afile el cuchillo. Prefieres a mano ¿No?

 

 

Continuará.

EL REGOMELLO DEL DRAGÓN (II, Reino de sueños)

Lo bueno que tiene el reino de los sueños, aunque no sean producidos por la somnolencia natural y armónica, sino por la violencia y la sinrazón de un golpe en la cabeza, es que mientras permaneces en él, no pasas frío, ni calor, ni calamidades ni circunstancias penosas.

 

Y lo malo que tiene, es que como si no. Porque cuando estás en él, en realidad no disfrutas nada. Solo te das cuenta cuando ha terminado. Y a veces, cuando sales del reino de los sueños, la vida te tiene preparadas unas ocupaciones que no te dejan pensar en lo bien que te lo habías pasado soñando.

 

-          Ve despertando.

 

Así sin gritos. Una voz sin sentimientos. Justo a tiempo me di cuenta de que no debía abrir los ojos hasta hacerme una idea de la situación, para que me diera tiempo a pensar. Pero por otro lado, también me di cuenta de que si no abría los ojos no me iba a dar cuenta de la situación, y todo lo más que podría pensar serían tontadas.

 

No sabía si abrir los ojos o no. Pero mientras no los abría, permanecían cerrados, así que estaba de hecho tomando una decisión. Tal vez mi subconsciente estaba pensando que mientras no los abriera no tendría que enfrentarme a las enormes dificultades que esperaban a los seres humanos que eran golpeados en la cabeza mientras meaban en un cochino tualé del sureste de Asia. Y esas debían ser unas dificultades de padre y muy señor mío.

 

No me dolía terriblemente la cabeza, y me parecía extraño, pero sí que la notaba como entrecomillada. Aun así oía lo que se decía a mí alrededor.

 

-          Pero ¿Para qué te di el cloroformo? No hacía falta que le pegaras.

-          No sé, jefe. Me aturullé.

-          Así que le golpeaste en la cabeza y luego le aplicaste el cloroformo.

-          Creo que sí. O al revés. Es que no lo sé bien. En realidad es que nunca he tenido un jefe español, a mi mis jefes anteriores no me daban cloroformo, solo me daban la pistola, y si acaso una porra. Algunas veces nos daban spray de pimienta, pero nos hacía primero probarlo en perros por la calle, y a mi me daba pena y…

-          Joder, pero cállate ya, De-Miao, manía tienes de contarme tu vida…

 

La curiosidad mató al gato. Así que llevé a cabo una maniobra de gran habilidad. Abrí los ojos, pero muy poco a poco, sin dejarme atrapar por el ansia de ver. Los abrí tan poco que no veía nada. Tan poco, que aunque los abrí un poco más, unas quince veces, tampoco veía nada. Supuse que por acelerar un poco el proceso no pasaba nada. Había que conseguir abrirlos y ver, sin que se notase, sigilosa y lentamente, dulcemente.

 

-          ¡Anda, mira, De-Miao! Ya se ha despertado. ¿Qué tal, hombre?

-          Estoy bien, jefe. Con unos apurillos económicos que..

-          ¿Qué dices, gili? ¡Le pregunto a él!

-          ¡Ah, vale, vale!

 

A través de mis ojillos entreabiertos, distinguí como el que parecía el jefe de los dos, se acercaba hacía mi y se iba agachando conforme se acercaba, así que yo debía estar sentado en el suelo, y apoyado contra una pared. No quise abrir del todo los ojos para que pensase que me había hecho mucho daño su esbirro, y que aun estaba herido, porque si pensaba herirme, ya creería que estaba el trabajo hecho, y si no, pues pensaría que se estaba excediendo y me trataría mejor. Acercó mucho su cara a la mía. Le podía haber mordido la nariz, pero no tuve agallas.

 

-          Digo que como estás…

 

Respondí como si me costara un mundo, pero negándolo con palabras, para que el siguiese pensando que estaba mal el por culpa del golpe de su esbirro, pero que trataba de ocultarlo, y se reafirmase en su mente la gravedad de mi estado (…Este tío no es ningún quejica, de modo que debe estar mal de verdad)

 

-          Eh, eh… Estoy…bien…creo…casi. ¡Ah! Perdón.

 

Pedir perdón por quejarme un poquito, fue un adorno brillante. Aunque como todo adorno, un tanto inútil, porque el conocido como el jefe, el occidental, me agarró de la mano y tiró hacia arriba de mi con una fuerza que yo no me esperaba. Cuando me vi de pie no se me ocurrió volver a derrumbarme , porque eso era la clásica cosa que te costaba un puñetazo en las costillas, y, mira, en las pelis un puñetazo en las costillas duraba un par de secuencias, como mucho, pero en la vida real, te estaba doliendo toda la peli, y eso sin contar con que la vida real tiene detalles simpáticos como que se te rompa una costilla, te perfore un pulmón, el tema se complique con un principio de anemia ferropénica, y un amago de dengue y adiós muy buenas que mala suerte tuvo el pobre y se nos fue.

 

Y de eso nada.

 

Pude echar un ojito a la estancia donde estaba. Dos sillas donde habían estado sentados el jefe y De-Miao, frente a una televisión pequeñita. Una mesa de madera un poco arrugada, los restos de una comida. Un teléfono, una mesilla sobre la que se apoyaba, y de reojo vi la pared contra la que yo había estado sentado…

 

-          ¿Querrás saber lo que haces aquí, no?

 

Estaba fatigado de hacerme el herido…

-          La verdad, si. ¿Estoy secuestrado? Os advierto que no tengo dinero.

-          ¿No tienes dinero? ¿Nada?

-          Me refiero a que no tengo grandes sumas de dinero. Yo soy un asalariado.

-          Bueno, pero ¿Y qué quieres que yo le haga?

-          ¿Yo? ¿Qué qué quiero yo que tú le hagas? ¡¡Pues nada!! Pero no vas a poder pedir un gran rescate…

 

El jefe me miró desconcertado, y luego estalló en una risotada tan pegadiza que yo la hubiera acompañado de no ser porque yo ya había visto demasiadas películas donde ocurre que el malo se ríe, el bueno le acompaña sin saber por qué, y entonces el malo se para de reír de repente y saca una pistola y le pega un tiro en mitad del entrecejo al bueno, que muere riendo. Cuando paró de reír, seguramente decepcionado porque no le di ocasión para matarme, hizo esta sorprendente declaración:

 

 

-          ¿Rescate? Ah, no, no, por dios, tú no estás aquí para que pidamos un rescate por ti.

-          ¿Ah no?

-          No, hombre. Tú eres de entrenamiento. Te retendremos aquí unos días y luego te dejaremos marchar, casi intacto.

 

 

Así de principio, no entendí bien lo de casi intacto, pero es que De-Miao me estaba despistando porque andaba de acá para allá, encendía la tele, la apagaba, hacía ejercicios, se relajaba. En resumen, me tenía medio distraído.

 

-          Bueno, te dejo que me tengo que ir a ver al superjefe, a nuestro Fumanchú., para entendernos. No cabrees a De-Miao ¿Eh?

 

Yo estaba por decirle “Hasta luego, tío”, cuando la expresión “casi intacto” llegó a mi centro neurológico, desnudándose por completo y enseñándome en parte, su terrible significado oculto. Y en otra parte no, porque la expresión jugaba con las luces y las sombras, y no me acababa de enseñar, ejem, esto…el chochete.

 

            Así que pregunté

 

-          ¡Un momento, un momento! ¿Casi intacto? ¿Qué significa?

-          Luego te cuento. Oye no cabrees a De-Miao, y dile que te haga algo de comer si tienes hambre. Luego vuelvo y te pongo al día.

 

 

Yo lo mismo. En el siguiente capítulo os pongo al día.

 

(Continuará)

EL REGOMELLO DEL DRAGÓN (I)

No es que no ocurran ciertas cosas, lo que pasa es que a la gente le da miedo contarlas. Algunas de estas cosas que ocurren, se adoban con una buena capa de mentiras, se consigue que no se pueda discernir lo que es imposible y mentira de lo que es imposible y verdad, de los que es posible pero mentira y de lo que es posible y verdad.

 

Esta mezcolanza de adobo y realidad se conoce con el nombre de leyenda.

 

           

 

            Cuando llegué a aquella oscura y lloviznosa parte del extremo oriente, después de un largo viaje en ferry desde la curiosa Manila, no quedé decepcionado. Me esperaba que el puerto me recibiese con una noche calurosa y lluviosa, y que un bullicioso enjambre de pequeños orientales estuviese recorriendo las dársenas a toda velocidad, comerciando, llevando paquetes, vociferando, gastándose bromas, comiendo esa apetitosa pasta extraña, o exquisitos trozos de pescado grande en los pequeños puestos, que, a miles se disponían en toda la línea del muelle.

 

 

            Pues bien, de esto que me esperaba no hace falta corregir nada, o, por lo menos las diferencias fueron tan sutiles que no merece la pena escribir otro párrafo entero. Lo esperado fue lo que encontré.

 

            Una vez abajo, recién desembarcado del ferry, metí las manos en los bolsillos y aspiré muy fuerte, tratando de imbuirme del espíritu oriental que lo impregnaba todo, y manteniéndome apartado de la ruta enloquecida de los rapidísimos nativos que se entrecruzaban de acá para allá sin reparar en los occidentales que como yo, sin maleta…

 

-          ¿Sin maleta? ¡Cago en la puta!

 

 

Si uno es capaz de galopar a lomos de la fantasía durante horas, lo menos que le puede pasar es que se olvide la maleta en el barco, no tiene nada que ver con ser gilipollas, aunque el hecho de que te pase, tampoco te exime de serlo. Me di media vuelta para volver a subir al barco, pero la gente no hacía más que bajar por la pasarela, y solo era de un sentido, así que esperé abajo, pero haciendo gestos como de querer pasar, por si algún alma bondadosa se apiadaba de mí y me cedía el paso.

 

Sin embargo todos parecían recordar con rencor, como me había abierto yo paso a empellones, para ser el primero en desembarcar…aunque sin equipaje, claro. Por eso los demás eran más lentos. Una vez más mi éxito era un fracaso disfrazado.

 

Esperé pacientemente, y, cuando llegó mi turno, subí por la pasarela a grandes zancadas, pasé por delante de un marinero, que distraído fumaba tabaco barato, e incluso para aflojar la situación le medio expliqué en plena carrera el porqué de mí subida al barco:

 

-          Verás chato, que se me olvidó la maleta…

 

No creo que me entendiera mi castellano (Ni cualquier otro), ya que se limitó a encogerse de hombros, dándome a entender que a él aquello le importaba bien poco, y a observar como yo hacía un encantador además al descubrir mi maleta solita, sobre la cubierta, pero sana y salva.

 

De cómo bajé del barco con ella, y me quedé otra vez de pie en el muelle saboreando la peculiar atmósfera de los muelles orientales (Si, con sus platos de pasta humeantes y la lluvia con calor), no cuento más.

 

Me metí en pleno bullicio, con la esperanza de encontrar a un taxi, con la misma naturalidad que una tortuguita recién salida del huevo va al encuentro del mar. En lo que yo estiraba el cuello para encontrar aunque fuera un ciclomotor-taxi, percibí un tremendo olor a cuervo estancado, que por inesperado (Eso no sale en las películas) afectó de manera notable a mi ánimo, asaltando la diligencia de mi espíritu este negro pensamiento:

 

-          A ver si esto no es tan guay…

 

Esquivando viandantes pequeños y frenéticos con mi cuerpo, pero chocándolos con la maleta que llevaba arrastrando sobre sus preciosos ruedines con linda bandita blanca, se apoderó de mi una agradable sensación de apetito, y recordé a mi maestro de kárate:

 

-          ¿Tú que estás aquí, por el rollo filosófico o porque eres violento?

-          Por el rollo filosófico, claro.

-          Te advierto que a mí me da igual, con tal de que me pagues.

-          Aun así. Es por el rollo filosófico.

-          Vale, vale.

 

Me quedé un tanto confuso porque aunque la persona a la que quería recordar era, efectivamente mi maestro de kárate, no se trataba de aquella conversación, sino de cuando me dijo lo que era un glotón:

 

-          Tú y yo, mi querido discípulo somos glotones. A uno que le gusta comer, la perspectiva de una buena comida le llena la boca de saliva, pero a un glotón, además, le llena los ojos de lágrimas. Comemos hasta con el alma.

 

 

Entre tanto pensamiento, el apetito había pasado de ser una sensación agradable, a ser un niño molesto, que me tiraba de la chaqueta en dirección a los puestos de pasta caliente humeante y trozos de pescado. Así que no es extraño, no necesita de mucha explicación el que me viera a continuación sentado en la barra de un puesto con mil cosas para comer, despreocupado del taxi,  centrado en lo que más me gustaba del mundo.

 

Me metía la pasta en grandes cantidades, y además estaba bastante picante, así que también trasegaba cerveza mala y fría en enormes jarras, una jarra y otra y otra. Y más.

 

Y luego, otra más.

 

Bebí tal cantidad de cerveza que me parecía que la luna influía sobre mi mar interior. Y primero fui consciente de que necesitaba mear, y un segundo después me entraron muchísimas ganas. Pagué y pregunte por la “toilette”.

 

-          Ahí detrás, occidental.

 

 

La encontré. Y justo antes de terminar de escanciar una relajante, pura y reparadora meada,  tuve la ocasión de recibir un golpe en la cabeza que lo dejó todo a oscuras.

 

Perdí el conocimiento. Y no lo recuperé hasta que llegó la segunda parte.

 

¡Marchando!

 

(Continuará)

YO TARUGO (IV) FIN

 

La cosa estaba así:

 

En primer lugar, sobre el raíl autoservicio, las dos viejitas. Estaban justo delante de los pudines, las magdalenas, y unas baguettes de aspecto tierno y sexy. Detrás de ellas, pero respirando la pelusa de la espalda del abrigo de Doña Alicia, la más retrasada de las dos, un servidor, y pegadito a mí, absorbiendo todo el rebufo, el primer francés bigotón, y luego todos los demás. Pero nadie debe pensar que se trataba de una escena silenciosa. La base de la banda sonora, era la conversación de las dos abuelitas, mientras que la protesta airada de los indígenas trabajadores, (Trabajamos y tenemos derecho a alimentarnos), hacía como de sección rítmica, porque entraba en intervalos de tiempo más o menos regulares.

 

Y yo, contribuía lo mío, con las pequeñas explosiones de mi tremenda indignación con los dos bandos. Eran como las explosioncitas de los petazetas, continuas y crecientes.

 

Una canción de tres pistas, vaya.

 

Durante un tiempo, mantuve a salvo mi orgullo de abandonado, aguantando el tirón, sin mendigar mimos, sin llamar, sin pasabaporaquis, y cuando me sentía mal, me ayudaba pensar que mi orgullo estaba intacto, y que ella debía pensar “joé, que tío no da una sola señal de debilidad”. Y pensaba también que, probablemente ahora le estaría contando al nuevo novio que tuviera, que me admiraba mucho por mi temple y mi clase, porque no mendigaba amor. Y así le iría pasando con todos sus novios, y también con los novios de sus amigas, y entonces, inevitablemente, yo me estaría convirtiendo en una especie de leyenda. Tanto que en unos años la gente se preguntaría si de verdad existí o era un personaje salido de la imaginación de sí mismo.

 

Esto duró un par de semanas. Al cabo de las cuales decidí que el orgullo era caro, y que, en todo caso no tendría nada que perder si me enteraba de lo que era de mi Verónica.

 

Así que volví al parque.

 

 

            Allí estaba, y se estaba riendo. A grandes carcajadas, con toda su bocota imperfecta. Era imposible que no se estuviera riendo de mi. Por buena voluntad que pusiese, por más que tratara de apelar a mi propia clase, yo notaba que se reía de mí. Y, ¡Por dios! ¿Hacía falta dar esas enormes carcajadas?

 

            Así que no fue difícil tomar la decisión de darme media vuelta y desaparecer para siempre. No era necesario que ella supiese que yo sabía que utilizaba las culadas de sus torpes alumnos, como excusa para reírse de mí. Porque eso exigiría de mí una reacción.

             Cada vez más apretado entre los franceses y las viejas, yo ya no sentía hambre ni nada. Solo quería salir de allí. A no ser que el asesinato de dos viejecillas quedara impune, en cuyo caso era un plan que me apetecía. Casi me conformaba con irme sin que pasara nada más, pero entre los cuerpos de las dos ancianitas, divisé una lucida media baguette, ideal para untar con un poco de mantequilla, y metiendo hábilmente mi mano, entre las dos locas, traté de hacerme con ella, intentando evitar un escándalo en plan: “¡Se ha colado, se ha colado!”.

 

            Doña Alicia se adelantó ligeramente, y entorpeció mi maniobra, retiré la mano, y ella, de forma aparentemente involuntaria dejó el camino libre.

 

            Entretanto los franceses casi rugían.

 

            Volví a adelantar la mano, y otra vez Doña Alicia se interpuso sin verme, obstruyendo el camino. Y retiré, y volví, y cuando no tenía distancia, tenía camino, y cuando tenía camino, no tenía distancia.

 

-          ¡Dios, que coñazo!

 

 

Y los franceses ya aullaban al sol. Aunque el sol no estaba allí dentro, afortunadamente.

 

Y, de verme tan presionado hice una cosa, que es difícil de contar y que parezca justificable, pero a la séptima vez que doña Alicia me obstruyó, en fin, bueno, esto…, levanté mi mano y le aticé una levísima colleja en su nuca arrugada.

 

Fue casi una caricia, por dios.

 

De hecho doña Alicia no se dio verdaderamente cuenta del hecho. La que se dio cuenta, y abrió los ojos de un modo que tuvo que dolerle, pero dolerle mucho, fue doña Irene. Que no dijo ni mú, y salió disparada. Al huir félido de Doña Irene, pareció reaccionar doña Alicia, y se llevó la mano a la nuca y se volvió mirando con toda la fiereza de la que era capaz, pero sin abrir tanto los ojos como la estúpida de su amiga.

 

-          ¿Pero qué haces chico?

 

Y se llevó la mano a su nuca, teóricamente dolorida (Pero que no, aquello no había sido ni un muevecabezas) Y se frotó la nuca con la mano, y salieron unos pocos micro fideos de roña, pero yo no quise hacer daño con eso, y lo pasé por alto, pues a aquellas alturas yo ya estaba muy arrepentido de haber dado el paso de la collejita, y quería reservarme puntos (Pues yo no he hablado de la mierda que tiene usted en el cuello) por si se complicaban las cosas.

 

-          ¿Me has pegado?

 

Casi al mismo tiempo, o casi un poco antes o casi un poco después, una enorme mano de marinero bretón se posó sobre mi hombro, y no solo se posó, sino que apretó. Y tanto apretó que yo, que al principio lo ignoraba no tuve más remedio que morar a la cara del enorme francés, y escuchar una especie de regañina, y un dedo de la mano que no sujetaba mi hombro, delante de mi nariz, meneándose de lado a lado, diciendo que no, claramente, que no tenía que haberle dado aquella colleja a la abuela.

 

-          Perdone señora, me choqué con mi mano en su pescuezo.

 

 

Y salió uno de esos inoportunos y escandalosos amantes de la verdad, que estaba sentado y al que, como ocurre tradicionalmente nadie había llamado. Se trataba de uno de los miembros del grupo; Gerardo, de edad mediana, de cultura mediana y de suprema estupidez, que tenía la necesidad de intervenir en lo que fuera:

 

-          No es cierto, Alicia, no es cierto, te ha dado una colleja con todas las de la ley- dijo tuteando a la anciana.

-          Tú pegaste a la vieja,-acertó a decir también el francés.

-          ¡Que no coño! -Dije con enorme desprecio, para que la atención se fijase en el desprecio, y no en la endeblez del argumento.

-          Pero chaval, -dijo el bobo entrometido mediocre-lo he visto perfectamente, si hasta has sacado la lengua cuando has ejecutado el golpe.

-          ¿Qué? ¿Acaso no saca la lengua Michael Jordan cuando lanza un tiro libre?

-          ¡Claro que la saca! Porque lo quiere meter, igual que tú la sacabas porque le querías pegar.

-          ¡Pero, pero, pero…!

-          ¡Pero, pero, pero, pero..ná!

 

Un “pero” más, sumado a un “ná”. Si alguien conoce una mayor provocación que lo diga. Me vi en la obligación de pegarle un empujón “medio defensivo” al mediocre, con la mala suerte de que el muy imbécil tenía una niña de unos cuatro años que se puso a llorar a voz en grito cuando su padre se cayó patas arriba. Y el padre, el mediocre, fue muy responsable del llanto de su niña llorica, porque en vez de caer dignamente, lo hizo con gran estrépito, y agitando los brazos y las piernas, como una tortuga…

 

El francés bigotón que tuve tanto tiempo al rebufo me empujó a mí, tomando el papel de vengador, que nadie le había adjudicado, pero que se hizo con él, merced seguramente a que no dormía bien, por los gritos que le daba su conciencia cada noche, tratando de recordarle sus seguramente horribles pecados.

 

Y llegó la otra, Irene, acompañada de señores con gorra y porra. Y uno de esos señores aprovechó que yo estaba estudiando la manera de noquear al fornido francés, y me atizó un porrazo en donde llevaría el dorsal de extremo izquierdo, y me dolió mucho, y aproveché la maniobra para derrumbarme intentando dar pena, pero por el contrario, la niña de cuatro años, se rió ruidosamente, (lo oí mientras caía a besar el suelo), y el resto del personal soltaba palabras hirientes:

 

-          Cobarde

-          Abusón

-          Mamarracho.

 

Y esta última me dolió especialmente. ¿Qué tenía que ver ahí el mamarracho?

 

 

Pues ahí va la moraleja de esta historia. Que el ardor de la batalla, no puede obnubilar el juicio hasta el punto de que se utilicen palabras (Como mamarracho o tarugo) que no son adecuadas en absoluto.

 

 

FIN

YO TARUGO (III)

Me divertía con el juego que me había propuesto mi mente. Un poquito cruel, claro, por su parte, porque a fin de cuentas por alguna razón que dolía, Verónica ya no estaba conmigo. Y eso me hacía cachitos el corazón, porque yo, como cualquiera que la hubiera conocido, seguía amando a Verónica. Pero a este dolor que me proporcionaba mi mente perversa, se sumaba el que me hacían padecer las dos abuelitas plastas, con sus conversaciones, y sus indecisiones, pero sobre todo con su exasperante lentitud.

 

Su

 

 

Exasperante

 

 

Lentitud.

 

 

-          ¿Dónde va, Alicia?

-          A por las gafas, Irene.

-          ¡Ay, no, no! No vaya usted, no me deje sola.

 

Pecas. Verónica usaba pecas en su cara. Muchas mujeres odian las pecas, las suyas, luego en realidad les gustan si les salen a sus amigas, pero me impresionó de Verónica que en ningún momento se lamentase de las suyas.

Tal vez era un poco pronto, para esa clase de confidencias.

 

 

Ella se estaba arreglando algo de los cordones, o el velcro o las ruedas de sus patines, que me fijé, guardaban riguroso turno en fila india. Yo, lo que tengo es que en seguida puedo entablar una conversación:

 

-          ¿No frenan?

-          Si que frenan.

-          Si no frenan ten cuidado.

-          Es que si que frenan, ya te lo he dicho. ¿Eres sordo?

-          Ja, ja, ja.

-          Me resultas simpático.

-          Y no soy contrahecho.

-          No, bueno pero yo tampoco soy fea.

-          No, claro ni mucho menos. Si estuviésemos juntos,¿Cuál de los dos piensas tú que diría la gente que ha tenido más suerte?

-          Sin duda tú.

-          Ja,ja,ja.

-          Si. Ja,ja,ja.

 

No me quedó otra opción que besarla enseguida. Por suerte estaba sentada, porque la agarré con una fuerza, que si llega a estar de pie se me escapa rodando sobre sus patines de rueditas blancas de princesa patinadora.

 

-          ¿Un café?

-          Eso mejor era antes del beso.¿No?

 

Y ante ese callejón sin salida, nos fuimos a vivir juntos.

 

Y al principio todo fue sobre ruedas.(Ja,ja,ja)

 

Tenía unas ganas terribles de liarme a collejas con las dos momias. No sé que era lo que me contenía. Solo sé que mentalmente no hacía más que repetir: ¡Putas, putas, putas!, cada vez que se paraban. Y se paraban siempre. Los trabajadores indígenas que estaban detrás de mí, empezaban a dar muestras de una impaciencia a duras penas contenida. Probablemente estaban pensando: ¡Frescas, frescas, frescas! El primero de ellos, el bigotón, me presionaba acercándose a mi más de la cuenta, y, joder seré un tarado, pero no puedo soportar que los hombres se me acerquen demasiado. Así que me empezó a poner nervioso el bigotitos, y todos sus jodidos amiguitos. Por suerte, se empezaron a quejar en voz alta en francés, de manera que no se entendía bien. Se sabía que se quejaban porque miraban a las ancianas, y, porque el bigotón me miró con cara de cómplice como diciendo, “Vamos a achuchar a estas dos viejas españolas plastas”. Pero jamás debió pensar la palabra “españolas” en voz alta y con ese tonito despectivo, porque el españolazo que hay en mí, eligió ese momento para visitar mis entrañas ibéricas, y en menos de dos segundos, me encontré replicándole (Por supuesto, sólo con la mente)

 

-          Tu eres un listo, y por listo te vas a enterar de que para estar tú a la altura de estas dos viejecitas, necesitas un crecimiento mental que ni te digo. ¡Soplapollas!

-          Pero, pero, pero…me dijo con la mente el bigotón, balbuceante.

-          Ni pero ni pera, la guantá que te voy a meter-pensé yo.

-          Pero, pero, pero…

 

Una vez más, salí victorioso del debate mental (jamás había perdido ninguno). Sin embargo el amigo galo, parecía no haberse dado cuenta, porque lejos de humillar, seguía crecido, dando cada vez voces más altas, y protestas más evidentes.

 

Las mesozoicas no se daban por aludidas, y discutían sobre las bondades del desayuno “salado” frente al otro. Y era de estas charlas que no tienen fin, porque nadie escucha a nadie. ¿Y por qué, si eran amigas y no se escuchaban entre ellas, se supone que iban a escuchar a unos franceses gruñones o a la vena pulsante de un compatriota cabreado con todos?

 

 

Durante un tiempo, que se negaba a dejarse calificar de corto o largo, sino que solo estuvo allí, Verónica y yo, mantuvimos una preciosa canción que era interpretada por la orquesta más completa que han visto los tiempos. Primero los timbales, que anunciaban el volar de los clarinetes, luego las dulces voces blancas de un coral de lo más pura, también entraban y salían los violines. Lo que pasa que los violines eran más bien despistadillos y a veces se dejaban la puerta abierta, y entonces ¿Quién entraba? Exacto: Los vientos, momento que aprovechaban las cuerdas para resfriarse y dar paso a unos pizzicatos armónicamente estornudados.

 

Realmente era tan grandioso, que acabó por hartarnos la musiquita del amor, y pedíamos a gritos un poco de silencio. Así que cerramos la puerta, y estuvimos unas canciones fuera de la sala de conciertos. Y es verdad que se estaba más tranquilo, pero claro, también era más aburrido. De mutuo acuerdo decidimos volver a abrir la puerta, y cuando lo hicimos, la sala de conciertos estaba vacía. Tan solo quedaba un paisano, rascando con una cucharilla una botella de anís, y cantando jotas obscenas.

 

Así que ella me dejó.

 

-          No eres lo que busco-dijo.

-          No, soy lo que has encontrado-dije yo meses después mentalmente.

 

¡Ja! El campeón de los debates mentales.

 

 

La ira se hacía dueña de mi, y de la sala del desayuno.

 

(Continuará, apreciados amigos, continuará)

YO TARUGO (II)

Por estar la mermelada, no en los cómodos tarritos que tanto gustan a las mujeres, sino en recipientes de cristal, que había que servirse en un platito, la siguiente parada, no fue solo precipitada, sino prolongada. Frené zapatilleando con frenesí y duras penas pude sujetarme a tiempo de evitar la embestida contra doña Irene, que precedía a su amiga, Doña Alicia, y así las dos quedaron momentáneamente a salvo.

 

            La mano temblorosa de Doña Alicia cogió la cucharilla, que necesitaba poco para tintinear. Primero porque tintinear es lo que se espera que haga una cucharilla, y que además ellas lo hacen con gusto, y segundo, porque el tembleque de Doña Alicia, era un aliado natural de la cucharilla para entregarse a un loco tintineo. Era como darle un soplete de acetileno a Nerón.

 

            Con el afán de bajar mi temperatura, traté de mirar hacia otro lado, aunque mi oído era capaz de distinguir cuando metían la cucharilla en la mermelada de albaricoque, y cuando era en la de melocotón, y también si era en la de moras, pero pensé que de moras no tomarían porque es una mermelada riquísima pero en todo caso, muy incómoda. El caso es que la variedad y frecuencia de los tintineos, impedían que mi espíritu se asentase, y, aunque me da vergüenza confesarlo, empecé a odiar a muerte a las dos abuelitas. De hecho con las mismas, cuando por fin acabaron de joder con la mermelada, yo pasé por delante de ella sin tomarla en un gesto decidió y triunfal de : “Mira, por vuestra culpa no tomo mermelada”.

 

            Mi gesto no pareció afectarles gran cosa, porque se pararon otra vez antes de alcanzar un buen ritmo, delante de la bollería fina. Y yo otra vez zapatilleé desprevenido, y se me aceleró el corazón, creo que porque me dio miedo acabar atropellando a una de las dos ancianas. Esta vez me volví para no cabrearme de verdad, e intenté no oír su estúpida conversación.

 

            Pero sí que la oí.

 

 

-          Usted siempre ha tenido un pelo estupendo, Irene.

-          ¡Calle, calle! Y usted.

-          ¿Eh? No, el mío es fino, el suyo es muy fuerte , y siempre de un color caoba rojizo muy bonito.

-          Bueno, pero es teñido.

-          ¿Eh? Pero elije usted muy bien el color, eso también se lo digo.

-          ¡Ande, ande! ¿Tendrán paparajotes aquí?

-          ¿Eh? Mejor que no, no puedo tomarlos por la tensión.

-          Mujer por uno…

-          ¿Eh? ¿Uno?

 

 

Vi que venían hacia mi varios desayunadores, que no pertenecían a mi grupo vacacional y turístico, sino que tenían pinta de indígenas, de gente que estaba trabajando, porque traían cara de hambre. El primero de ellos, un presunto francés, joven y bigotón, seguro que muy profesional en su empresa, pero sin la suficiente confianza para que le dieran un puesto, en plan “el chico vale, pero es cortito, está bien donde está”. El hombre, seguido por una manada de ejemplares adultos de la misma especie,. Se acercaba a toda velocidad a mi posición, arramplando con toda la comida que se ponía a su alcance, con tal avidez que daba la sensación de que hasta se fumaban el poleo. Las bandejas sonaban en “vibrato”, y vaciaban el mostrador a su paso, como se vacía de colillas el cenicero de un coche, cuando se le aplica la fuerza implacable de un aspirador de gasolinera.

 

            Y llegaron donde estaba yo, detenido ante la lentitud e indecisión de las abuelitas, y tuvieron que detenerse, y yo tuve un ataque de vergüenza bestial, pensando en que las abuelas “slowmotion” eran españolas, y entonces mi mente abandonó a mi avergonzado ser, y se dedicó a bailar al son del vibrato de las bandejas, y me trajo en son de paz, un presente: El recuerdo de Verónica.

 

-          Perdona que me fuera, tío. Pero te traigo un regalo inolvidable. Verónica, la patinadora. Su recuerdo.

-          A ver, mente listilla, si es inolvidable no me hace falta su recuerdo, ya lo tengo. Es como si yo te regalo a ti la facultad de ser extracorpórea.

-           ¿Quieres distraerte o no?

-          Bueno, va.

 

Y, tal y como hace la mente esas cosas, como sin darle importancia, se me metió Verónica.

 

Fue muy fácil coincidir. Yo quise atravesar por el parque, porque iba caminando de vuelta a casa, y no quería llegar pronto, porque entonces mi vecino preferido, 3ºD, me hubiera encontrado en casa antes de que el se pusiera el pijama, y entonces me hubiera contado todas las observaciones que ha hecho sobre defectos que ha visto en las obras de la comunidad, y querría alistarme para una revolución o algo, y yo ni quería formar parte de su revolución, ni quería caerle mal.

 

 

-          ¿Esto que son caracolas, Doña Irene?

-          Yo creo que son torteles, pero franceses.

-          ¿Quiere uno?

-          NO sé si debo. ¿Llevan manzana?

 

Así que atravesando el parque, pegaba un buen rodeo y provocaba la puesta de pijama de mi vecino, que era bastante pijamista, a decir verdad, y me ahorraba el discurso de alistamiento. Pues no bien hube pasado la plazoleta con el monumento a los anfibios del planeta, me encontré en una explanada asfaltada, donde patinaba un montón de gente. Unos de ellos patinaban obedeciendo, y otros, que iban de rojo, patinaban dando voces.

 

-          ¡Grand piruette!

-          360

-          ¡Up!

-          ¡Rizo cubano!

 

Y montones de expresiones crípticas.

 

Me senté a fumar un gustoso cigarro, a ver si conseguía aprender aunque fuera algo de teoría sobre patinaje. Y antes de que aprendiera siquiera como se frenaba. Una de los de rojo, los de las voces, vino cerca de mí, y frenó en una ágil curva.

 

-          ¿Te importa que me siente aquí a descansar?

-          ¡No, que me va a importar!

 

A mí siempre me habían gustado las gimnastas, las bailarinas y las patinadoras, solo por el hecho de serlo, y si conocía a alguna que no me gustase, me enfadaba y pensaba en el fondo de mi mismo…

 

 

-          ¿Y por qué no tienen croissants?

           

-          ¿No tienen?

 

-          Yo no los veo.

 

-          Póngase las gafas, Alicia.

 

-          Las tengo que ir a buscar a la habitación, guárdeme el turno, Irene.

 

…que no podía ser gimnasta, bailarina o patinadora quien no tuviese aspecto de gimnasta, bailarina o patinadora. Pero en ese momento no veía el problema por ningún sitio. Porque esa mujer morena, con media melena, un poco despeinada, y curvas tipo campana de Gauss, debajo de un vestidito rojo de batalla, unos leotardos negros ajustados que permitían adivinar la fortaleza de unas piernas de acero al vanadio, hubiera podido ser no ya gimnasta, bailarina o patinadora, sino simplemente diosa del bien, o princesa del mal, o lo que ella hubiera querido.

 

No era fácil que quisiera ser mía. ¿Eh?

YO TARUGO (I)

Nota: El autor comparte con los lectores y demás gente de bien, lo inmoral y deplorable que resulta insultar a las ancianas. Es por ello que aclara que él no es el protagonista del relato, sino otro señor, y que por eso mismo no comparte necesariamente, las expresiones despectivas e insultos que vierte su boquita.

 

El hecho de ser una ciudad corsaria no la hace única. También hay ciudades corsarias en el norte de Creta, y en la costa de Italia.

 

            Nos ha jodido.

 

            Lo que yo no he visto en otra ciudad, es ese carácter que tiene Saint Malo de ciudad “sumergida”. Me refiero a que el carácter marino no es por cercanía al mar, ni por la refrescante brisa que aparece al atardecer, es un  carácter marino tan característico, tan profundo, que esta ciudad tiene a la fuerza que estar sumergida.

 

            Sus habitantes no se han dado cuenta y siguen respirando y viviendo como si tal cosa.

 

            Y los turistas hacemos lo mismo.

 

 

            Como buen turista, ya de mañana, mi hambre institucional dominaba mi indefinida personalidad, sin dejar que se desarrollara por sus abstractos caminos , sometiendo mi cuerpo y mi mente a sus dictados. Yo podría pensar, desde la ventana de mi cuco, pero más bien mugriento hotel, que qué mar tan bonito, o qué espuma tan blanca, o qué cetáreas más cuadraditas. Pero el hambre, cruel señor, me hizo vestir a toda prisa, y bajar aceleradamente las escaleras, teniendo el buen juicio de no permitirme esperar al ascensor, por ser esta espera esencialmente inútil, ya que los ascensores de los hoteles siempre vienen rellenos de gente que se ha metido a presión con sus maletas, y no cabes, pero es que además, los “apretaos” te miran de arriba abajo tan ofendidos…que, en fin, ¿Qué necesidad tenía yo de eso?

 

            Y aun, caramba, aun estaba yo ágil de sobra para bajar las escaleras medio volando, equilibrando centrífuga y centrípeta con mi brazo sujeto a la barandilla. Y bajé así, muchísimo más rápido de lo que yo pensaba, y, lo mejor de todo, sin tener que frenar abajo del todo, pues la puerta del comedor quedaba justo en mi trayectoria.

 

            Donde si tuve que frenar fue delante del montón de bandejas que había dispuestas para facilitar el autoservicio, porque si no me quedaba sin ella, y porque justo al principio del raíl por donde se deslizan las bandejas, con la intención de servirse su desayuno, estaban dos delicadas y encantadoras viejecillas valencianas, que hacían el viaje en nuestro grupo, y que con su voz temblorosa y como de latón, me dieron los buenos días. Bueno, una de ellas, la que no era sorda, me dio los buenos días, mientras yo frenaba y me cogía una bandejita, y toda clase de cubiertos, no fuera a ser que hubiera huevos revueltos, y, que por no coger tenedor, me quedara a dos velas (No pasaba nada porque me los hacía en bocata, pero es más incómodo, y luego que es un rollo echarse los huevos revueltos en el pan, con la cucharilla de haber removido el café, que deja regustillo, aunque la rechupetees bien y sea imaginario)

 

            Una de las doñas, como digo me dio los buenos días, con el ya citado chirrido tembloroso  encantador que dejan los ochenta en la voz.

 

-          Buenos días.

-          Señora. – Dije yo. Pero muy elegantemente, no Señora a secas, sino como preguntando, o sea que mi respuesta más bien fue:

-          ¿Señora…?

 

 

A su vez la doña se volvió hacia su compañera sorda, que la precedía en el carril del autoservicio, y le preguntó:

 

-          Doña Alicia ¿Ha saludado ya al muchacho?

-          ¿Eh? ¿Al muchacho?

 

Renunciando a saber por qué dos viejas amigas viejas se trataban de usted, y en el fondo dándome igual, porque yo solo quería desayunar, me salí de la cola, un par de pasos, para que la sorda Doña Alicia me pudiese ver y cumplir con su amiga, y por ende conmigo. Me vio y dijo:

 

-          Sí, si. Es muy guapo el chico.

 

Ganada la tregua con sus amables palabras, por fin nos pusimos en marcha. Al frente de la cola, con paso dubitativo Doña Alicia, arrastrando su bandeja con una mano y el fino bastón con la otra. De aspecto estaba peor Doña Alicia que la otra, que se llamaba Doña Irene, creo. Doña Alicia aparte de sordear y cojear, era como más menuda, y debilucha, a sopapos ganaba de lejos Doña Irene, sin embargo Doña Irene, que como ya he dicho caminaba algo mejor, a cambio tenía algo de tembleque, y además, que se teñía el pelo y se maquillaba muchísimo, con lo que los años se le quedaban enganchados. Y ya eran demasiados para llevarlos colgando del colorete.

 

Avanzábamos, en cierto modo. Yo me mantenía tras ellas, porque por algún resto de mi educación no me parecía bien salirme del carril y adelantarlas, de modo que me pregunté que en qué consistía ser civilizado, y me respondí que en no adelantarlas. Ya sé que un orangután hubiera saltado por encima de ellas. Ya lo sé.

 

Pasamos por delante de unos sobres de infusiones, que no tenían (palabra de honor) ningún interés. Por favor, nadie desayuna manzanilla, ni poleo, ni té verde, que se sepa. Sin embargo, Doña Alicia se paró, con lo cual paró Doña Irene, y yo también y un poquillo apurado. Y cogió uno de los sobres y lo trató de leer. Intento nulo, lo acercaba, lo alejaba pero no caía. Doña Irene se lo quitó de las manos:

 

-          ¡A ver déjeme a mi! ¡Huy pues tampoco!

 

-          Es manzanilla, señora-dije aún atento.

 

 

Lo más asombroso del caso es que me miraron ¡Enfadadas! Y me dijeron:

 

-          ¡No, no, eso no lo queremos!

-          Ah, no manzanilla no.

-          ¿Y lo verde qué es?

-          Poleo

-          ¡Ah, no, no, poleo no queremos!

-          ¿Y lo azul?

-          Té verde

-          ¡Ah, no, no eso no lo queremos!

-          ¿Y ustedes que quieren?

-          Nosotras queremos café, ¿verdad doña Alicia?

-          Nosotras queremos café, aunque a veces me suelta la tripa.

-          Señoras si quieren café, esta al final en las jarras.

 

Las dos miraron al final, a ver si les estaba mintiendo, y muy lentamente reanudaron la marcha. Y yo lo hice también. Solo que esta vez, a diferencia de la primera que reanudé la marcha; me santigüé.

LA PARADÓJICA HISTORIA DEL SEPTIMINO DEL BOLLETE (VIII El espíritu de la conquista. F

A la mañana siguiente, mi pusilánime espíritu de la conquista se había ido a mear, y su lugar, en el azul terciopelo sofá de mis sentimientos profundos, lo ocupaba el agobio. Os voy a ahorrar el sofoco irracional que sentí cuando me crucé con el portero, en cuya aviesa mirada creí reconocer que sabía toda la historia. La espada del sentido común no tardo en atravesar esa tontería de conjetura, y me libré de aquel absurdo asunto. Pero qué ratito pasé…

 

Luego también me parecieron torvas, aviesas o siniestras, yo que sé, las miradas del conductor del autobús, la mirada del conserje del colegio. Y todas las miradas más que me crucé hasta entrar en clase. Y en aquel momento me pareció que todo el mundo me llevaba echando en cara toda la mañana que le había robado un beso a la hermana de López. Parecía que el jardinero, aunque aparentemente encorvado sobre las matas de siempre, se esforzaba en señalarme con la tijera, queriéndome decir:

 

-          Eso no está bien, muchacho, y pagarás por ello.

 

Traté de imbuirme de cierto espíritu optimista, y, encontré el consuelo de que, al menos, no había ido la Policía a buscarme , a sacarme de mi casa, con mi trapo de cocina de cuadros rojos claros y oscuros echado por la cabeza. Y eso sería por algo. Eso sería porque ella no dijo nada o bien porque aquello no se consideraba abuso.

 

De pronto López. Con el rostro más severo que yo había visto en mi vida. No tardó en espetarme:

 

-          ¿Qué piensas hacer?

-          No sé. ¿Casarme?

-          ¿Casarte? Lo del ensayo, gilipollas, ¿Vas a rebelarte, como nosotros?

-          Lo del ensayo, lo del ensayo. Si. No. No sé.

 

 

Esto prácticamente me dio la respuesta que yo quería. López no sabía nada, o sea que Cristina López no se había dio de la lengua. Al menos con él. Y tan rápido como llegó el agobio, se tuvo que ir porque una euforia irresistible lo sacó a empellones de mis adentros. Y se quedó la euforia. Y la euforia es buena chica, pero muy mala consejera. De hecho me hizo decir.

 

-          ¿El ensayo? ¡Verás la que voy a liar! Vosotros dejadme solo.

 

Y fue así que mi mente apenas unas horas antes del ensayo, influida por la euforia, se lanzó a elucubrar un plan aproximadamente perfecto, para salir de las garras del Gang de López y arrojarme acto seguido en los brazos de Cristina López.

 

 

 

No me enteré de nada de la clase de matemáticas, (límites y vectores, por lo visto), y menos aun de la de lengua, aunque alcancé a saber que había  una cosa que se llamaba monema, y otra que se llamaba fonema, y que no eran la misma cosa.

 

La clase de Tutoría Grupal, a pesar de su apasionante contenido (reciedumbre), también cayó en saco roto, por encima de los aspavientos de Don Fermín, que se acaloraba criticando a la sociedad de consumo, nos llamaba pijos, y pegaba golpes en la mesa, que resonaban como rugidos de león. Y yo mientras, como un clavadista cualquiera, me arrojaba, brazos en cruz, en el regazo del procedimiento. Y, según el procedimiento, lo primero que hay que saber antes de trazar un plan es el objetivo. El objetivo era Cristina López. Yo quería estar con Cristina López, al menos durante un tiempo, veinte mil años, o así. Para lo cual necesitaba el apoyo, o al menos el respeto de su hermano López. Porque yo necesitaba en el futuro, asistir regularmente a casa de los López, y esto era imposible si no conseguía caerle bien a López. López y su banda de malhechores iban a liar una revolución en la clase de Música, yo no era revolucionario, pero si quedaba como un cobarde y no les apoyaba, no me ganaría el afecto de López y sus marginales. Pero tampoco podía pasarme de apoyo, porque me podían expulsar del colegio, y eso no era bueno, si no me garantizaba el amor eterno o por veinte mil años, de Cristina López.

 

Problema perfectamente planteado.

 

Y perfectamente intacto.

 

Por más que estrujaba mi cerebro, no era capaz de adelantar nada.

 

-          Tengo que ir al servicio, me encuentro mal.- le dije a Don Fermín.

-          Entonces deberías ir al médico, no al servicio, al servicio se va…

-          Creo que es cagalera, Don Fermín.

-          Ah, pues ve, ve. No se hable más.

 

 

 

Y allí, sentadito como para obrar, pero sin obrar, me entregué otra vez al procedimiento. Y el procedimiento, lejos de ayudarme, me tuvo confundido durante horas, de manera que llegó la hora del ensayo…

 

…sin que se me hubiera ocurrido nada…

 

 

Cuando entré en la sala de ensayo, los del Septimino ya estaban allí todos juntos, con cara de ir a levantarse una camiseta reivindicativa o algo así. Le guiñé un ojo a López, tratando de ser guay, y me sorprendí poniendo cara de “Estoy liado con tu hermana, cuñadete, pero no te lo voy a pasar por la cara, simplemente que lo sepas”.

 

Me di cuenta de que el guiño, había sorprendido un tanto a López, que no articuló palabra, aunque hizo ademán de dejarme un sitio a su lado. Yo, sin embargo escogí la compañía de un individuo que estaba en el coro desde el principio, pero que era un especialista en pasar desapercibido, y del que a duras penas conocíamos su sexo, pero ni su nombre, ni su edad.

 

Y entonces entró el director. Don Félix. Aquello era muy raro. Y el ambiente, también

 

-          Escuchadme por favor.

-          Gurrumblu gurrumblu (murmullos)

-          Escuchadme, va…

-          Gurrumblu, gurrumblu

-          Venga, silencio, señores…

-          Gurrumblu, gurrumblu

-          ¡¡Que os calléis, COÑO!!

-          Gurrum.

 

Cuando por fin se hizo el silencio, que se acabó haciendo, tras una lucha extenuante contra el gurrum, Don Félix se tomó un instante de respiro. Tal vez quiso dejar claro que había ganado el silencio, y que el silencio formaba parte de su equipo, como una manivela, formaba parte de un molinillo de café. Pero nada dura para siempre, y el respiro tocó a su fin.

 

-          Queridos alumnos, tengo que contaros una terrible noticia. No me andaré con rodeos, porque aquí tenemos ya todos, pelo en muchos sitios. Don José ha sido hallado muerto esta mañana en su despacho. Probablemente asesinado.

 

De la manera en que lo dijo, parecía que después iba a decir, “El que haya sido que salga, que no le va a pasar nada”, pero en cambio, siguió dando detalles del asunto.

 

-          Al parecer, por los ojos enrojecidos, las petequias, y el color amoratado de sus extremidades, y sobre todo, por el olor a almendras que impregnaba su despacho, puede haber sido envenenado con ácido cianhídrico.

 

Aunque impresionado por la notica, hay que tener en cuenta que yo era un adolescente, un distraído, y, quizá por eso miré a donde estaba López, en cuya cara se dibujaba una mueca de espanto. Por supuesto, la situación era espantosa, pero la verdad, nuestro papel era permanecer impresionados sin decir ni mú, ni hacer gestos.

 

 

Salimos de allí en silencio, respetuosamente. ¿Un asesinato en el colegio? ¿Quién sería el asesino? Incluso estábamos un poco asustados. Tal vez desde el punto de vista egoísta, pensábamos que aquel asesino podía tomarla con alguno de nosotros, especialmente con uno mismo. Eso era lo peor.

Nos dieron el día libre. Cogí mi elegante cartera, y me di cuenta de que por medio día me había olvidado de Cristina López. Pero no bien hube doblado el recodo del pasillo de los servicios, encaminándome a la salida, sentí que me agarraban del hombro, y me arrastraban a los baños. Era el septimino del Bollete en pleno, que me esperaba allí. El mismo López estaba ahí.

 

-          ¡Tío, qué huevos tienes, coño, que héroe, te lo has cargado!

-          ¿Qué?

-          Al Sapo, tío no te habíamos tomado en serio, qué cojones. Eres nuestro jefe supremo.

-          Ah, pero…(Y entonces caí en la cuenta de que creían que lo había matado yo) ¿Cómo?

-          Por eso me guiñaste el ojo, tío, tú hiciste el trabajito…

-          No, pero no quiero hablar de eso.

-          ¿Vamos a mi casa a hacer planes para el futuro?

-          He besado a tu hermana.

-          ¿Si…? Er…fenomenal ¿no? ¿Vamos a mi casa?

-          Hala, vamos.

 

 

Y, así fue, como tuve más facilidades para acceder a Cristina. Así fue como fue que durante una temporada, fui un asiduo de la casa de López, y de vez en cuando hablaba con Cristina, a la que tenía un tanto atemorizada, pero al mismo tiempo sentía cierta atracción morbosa por mí. La Policía determinó que la muerte había sido de un ataque al corazón, y que el sospechoso olor a almendras, no era sino medio kilo de almendras que el muy ladino se había zampado.

 

Así que encima López pensó que yo había engañado a la policía.

 

Finalmente Cristina López tuvo más miedo que morbo, y temiendo que la agarrara de los mofletes otra vez en cualquier parte, hizo por evitarme. Pero no sufría, porque en realidad yo, aunque no fehacientemente, era casi un asesino y no estaba para perder el tiempo con adolescentes estúpidas, ni para enseñar los trucos de la calle a sus hermanos.

 

Yo ahora tenía otras aspiraciones.

 

FIN

LA PARADÓJICA HISTORIA DEL SEPTIMINO DEL BOLLETE (VII Encrucijadas no)

Como era de esperar, durante toda aquella reunión de revolucionarios adolescentes, sin cerveza, un aire de frialdad envolvió a mi persona. En teoría, que no en la realidad, como ya sabéis, amigos, les había salvado de la expulsión segura, y la había cagado con las cervezas. Eso sería un empate, hasta para el árbitro más riguroso. Sin embargo, la última e injusta impresión es la que cuenta, y ninguno de ellos se dirigió a mí en toda la tarde, ni me echaron coca cola en el vaso, ni nada. De hecho, si no les hubiera “salvado” de la expulsión segura, probablemente me habrían echado a patadas.

 

            No obstante, todas las facultades que yo tenía para perderme en casas ajenas, las tenía asimismo de perspicaz y pillo, y así pude enterarme de que tenían la pretensión de organizar una auténtica revolución en el siguiente ensayo, poniéndose todos en pie y anunciando que se iban del coro, porque no les podían obligar a sacrificar los recreos.

 

            Ni que decir tiene, que ese rollo revolucionario, a mí no me iba en absoluto. Bien porque siempre fui un analista frío de causas y consecuencias, o bien porque desde los cinco años tenía un ataque de cobardía galopante (Que aun hoy, ya con una edad, pido a Dios me lo cure) aquella historia me tenía un poco despeinado. Porque no era la clásica aventura de la que puedes pasar, porque si pasas, ya has tomado partido. (¡Como odié desde entonces las encrucijadas!) Cagigal, el del pelo pintado, escogió ese momento para dirigirme la palabra.

 

-          ¿Y tú, que vas a hacer?

-          Bien, yo…

-          ¿Te rajas?- dijo Wasmón.

 

No era yo ambicioso en ese momento, me conformaba con salir del paso, y no hacía falta que fuera con brillantez, simplemente salir del paso.

 

-          No me gusta meterme en los temas sin pensarlo.

 

 

Ahí, muy astutamente, guardé silencio, para mediante el procedimiento de las miradas furtivas, tener una idea del efecto que mis palabras tenían en la concurrencia. Desde luego constaté que el mirar de López era de la clase “No me esperaba algo mejor de ti, y el de los demás era de expectación, seguramente esperando el mirar de López. Una vez los demás se aseguraron de lo que significaba la mirada de López, se miraron entre ellos, y cuando sus propias miradas constataron que estaban todos de acuerdo en que la mirada de López hacia mí era reprobatoria…

 

…me reprobaron con la mirada.

 

Entonces yo continué.

-          Desde luego habrá que hacer algo. Lo que no podemos es quedarnos con los brazos cruzados.

-          Claro, tolili, -dijo López- nosotros vamos a liarla en el ensayo. ¿Qué es lo que vas a hacer tú?

 

Ya estábamos con las preguntitas. Y en mi cabeza solo estaba besar de una vez a Cristina López, y me daba igual que hubiera una revolución en marcha. Me daba igual si los jemeres rojos tomaban el colegio e implantaban la enseñanza obligatoria del birmano.

 

            Estos pensamientos, como calderos colgados de sogas, desecaron casi por completo el lago de mi paciencia.

 

-          ¡Que no sé lo que voy a hacer! ¡Ya os lo diré!

 

Wasmón saltó:

 

-          ¡Anda ¡ Mira el gilipollitas…!

 

Y los demás, también:

 

-          ¡Qué se ha creído, que se largue!

-          ¡Fuera de aquí!

-          ¡Ganapán!

-          ¡Que se pire!

 

 

Y yo quise mantener mi dignidad intacta, aunque fuera solo un día más.

 

-          ¡Pues me voy! ¡No hace falta que digáis más!

 

Y me puse en pie. Y añadí en tono conciliador:

 

-          Lo único que alguien me acompañe hasta la puerta, que no sé salir. Por favor.

 

No se rió nadie. Pero sucedió que justo en ese momento estaba por ahí la hasta entonces inaccesible Cristina, que pasaba hacia la cocina. Según pasaba dijo las palabras mágicas:

 

-          Ven, yo te acompaño.

 

Y fue una manera de decirlo, que mis verdaderos amigos me decía que no, pero yo creo que sí, fue una manera de decirlo extraordinariamente dulce. Como pidiéndome guerra, me pareció. Y encima abrió la puerta, salió, me llamó al ascensor, y se quedó a esperar a que llegara. Educadita. Y, sin yo saber muy bien lo que me pasaba por la cabeza en ese momento, le aharré a la vez de sus mofletes, me acerqué su cara, y le pegué un pico cálido y suave. Hasta lento. Y como cobardica que soy, me di media vuelta, y salí disparado escaleras abajo sin querer oír nada.

 

Y del tirón, hasta mi casa. Y sin decir nada a nadie, no fuese que contaminasen el puro estado de mi espíritu enamorado, hice el paripé de cenar, contesté mecánicamente a un par de preguntas de mis padres, e insulté a mi hermano pequeño echándole en cara sus defecto físicos (orejón, narigón, culibajo, etc). Después de tanta rutina, por fin pude abrazar a mi almohada, y susurrarle en su flanco toda clase de promesas y súplicas dirigidas a Cristina López. También pensé que a lo mejor la telepatía no era un cuento chino, y me ultraconcentré en dirigirle mis mejores pensamientos a Cristina. Incluso le mentí por la mente, porque le pensé que nunca había amado a nadie hasta que la ví a ella, y no era verdad, también me gustó un montón Anita la de la farmacia, y una vecina que me sacaba un montón de años, y alguna más. Pero enseguida dejé de pensar en eso. No fuera que me pillara.

 

Así que estuve disfrutando como un burro, dentro de mi propia cabeza, claro. Y me imaginé muy lindas historias, con final feliz. Y tanto era así, que ni siquiera me puse la radio deportiva para conciliar el sueño.

 

Ni para conciliar albaranes, tampoco.

 

 

Y en lo más dulce del colacao, como aquel que dice, me asaltó una terrible inquietud. ¿Acaso ella se habría ofendido, y le había comentado a su mafioso hermano, y a sus no menos mafiosos compañeros del septimino la historia? ¿Puede que llegase al salón con los ojos arrasados en lágrimas diciendo que yo había abusado de ella? ¿Podía entonces presentarse en aquel mismo momento la policía en mi casa y detenerme delante de mis padres, y que en el lío se despertaran amigos y vecinos, y que yo por no haber podido disponer de una buena abogada (Guiss ocupada en un caso de estupro) tuviera que apechugar con treinta años por abusos libidinosos y obscenos?

 

 

Y no pegué ojo en toda la noche.

 

            Y al día siguiente se despejó todo el embrollo. Preguntadme cómo.

 

            Que os lo voy a contar.

 

            Besos.

LA PARADÓJICA HISTORIA DEL SEPTIMINO DEL BOLLETE (VI Ni tú, ni yo, el amor.)

Qué puedo decir, vi la posibilidad de hacerme con unos puntos extra, y sin pensármelo mucho, no fuera que se pudriera la idea, dije estas palabras con voz potente:

 

-          ¡Don Félix! Buenos días.

-          ……….

-          ¿En la piscina? No aquí no ha entrado nadie.

-          ………

-          ¿Yo? Estaba pensando. Y paseando.

 

 

Por allí había algún solitario (De esos que coleccionaban minerales, o leían los atlas de la tierra media) que debía pensar que yo estaba loco, pero los que yo quería que reaccionasen, reaccionaron, porque, aunque no los pude ver, si que pude oír como con pasos apresurados y redoblantes, se dirigían a la salida de abajo del recinto de la piscina, a salvo de la ira de Don Félix. Que, estaba solo en mi imaginación.

 

Enseguida, en plena borrachera eufórica de cuando los planes, aunque modestos, salen bien, di un rodeo para encontrármelos a la salida de debajo de la piscina, y poder cobrar mis puntos cuanto antes. Corriendo como un atleta de cuatrocientos, pude llegar justo a tiempo, cuando el Septimino salía de la piscina.

 

-          ¡Joder, López, lo que me ha costado distraerlo! AL final os habéis salvado.

 

López sonrió y fue como si lo hubiera hecho Cristina (Que la verdad, con tanta euforia, si la hubiera pillado en ese momento en el maizal...)

 

-          ¿Fuiste tú?

-          SI, tío.

 

Después, los demás, conforme iban saliendo por el agujero de la valla de rombitos, me iban preguntando. Pero esos no eran hermanos de mi chica.

 

-          ¿Fuiste tú?

-          Si, colega.

 

 

-          ¿Fuiste tú?

-          Si, tronco.

 

-          ¿Fuiste tú?

 

-          Si, coño. Si.

 

 

Los chicos se sentaron en la grada anexa al recinto de la piscina, junto al agujero de la huida, y resollaron. Yo me quedé un poco aparte, para que pareciera que les tenía respeto, y que no tenía interés en hacerme amigo de ellos, para poder aparecer en casa de López de una manera natural, y que una vez en casa de López se bajasen todos al bar a tomar Coca Colas, y me dejasen sólo en la casa, con Cristina, y la pudiera besar en serio, con total impunidad…

 

Pero la verdad. No vi ninguna inquietud por parte del Septimino en compensar mis desvelos porque no fuesen castigados. Decidí forzar un poco la situación, alejándome un par de pasos y mirando en otra dirección, como si me interesara el partido de mini basket de los parvulitos (16-7 y total superioridad de los azules, aunque cargados de personales, sobre todo los “hombres” de juego interior)

 

Y no pasó nada. Bueno, nada que me afectase, porque comenzaron a cuchichear entre ellos, medio riéndose y tal, sin mostrar ni un ápice de puto agradecimiento. Y, por ende, de respeto. Y, ante el éxito de la táctica, insistí. Y ya me fijé de veras en el partido de los parvulitos, e incluso, para fingir más intensamente la indiferencia, hice un ademán de saludo a alguien lejano, que podía estar pasando por allí, pero que, desgraciadamente, era inexistente.

 

La mentira era la dueña de mi vida.

 

Pero la arrendataria era Cristina López.

 

Sabido que la característica principal de mi personalidad, era el largo recorrido que tenía mi constancia para mejorar, me rendí, y comencé a caminar despacio hacia el edificio de aulas donde se situaba la mía. Y (¡Qué cabrón es el destino!) fue en ese momento, que, oí.

 

-          Va. Es de confianza. ¿Le incluimos?

-          No. No tiene cojones, nos va a dejar tirados.

-          Si nos deja tirados lo apalizamos, al cabrón.

-          Si, cabrón de mierda, puto cobarde.

-          Pero todavía no nos ha dejado en la estacada.

-          No, todavía no.

-          Entonces no lo insultemos todavía.

-          Todavía no.

-          Le voy a llamar.

 

Me chistaron, pero yo, a pesar del ansia, no me di la vuelta, porque quería adornarme y que pensaran que yo no los necesitaba.

 

-          ¡Eh! ¿Estás sordo?

Ya sí que me di la vuelta. A salvo mi orgullo, y estando perfectamente claro que tan solo López me era necesario. Así que me dirigí a él, ya que era él quien a su vez parecía dirigir a aquellos rebeldes de pacotilla, tan heterogéneos, tan de distintos tamaños.

 

-          ¿Sí?

-          Esta tarde, en mi casa. A las 7h. Trae ganchitos o algo. Te advierto que si nos traicionas te mataremos. ¿Lo entiendes?

-          Allí estaré.

 

 

Y así fue como se quedó sin contestar la chulesca e innecesaria pregunta de “¿Lo entiendes?”

 

 

Aquella tarde tras franquear la puerta lo primero que hice fue contenerme y no olisquear el aire, en busca de trazas de la hembra. No quería que pareciese que estaba en plena berrea, aunque de hecho, lo estaba.

 

Cuando me abrió López, muy cariñosamente me preguntó:

 

-          ¿Qué has traído?

-          Pistachos. Y almendras garrapiñadas.

-          ¿Por qué? Te dije ganchitos.

-          Pues yo entendí ganchitos o algo. Y he traído algo.

 

López miró hacia el cielo parpadeando deprisa, como demostrando la enorme paciencia que tenía conmigo, y me dijo:

 

-          Anda, pasa- todo condescendiente.

 

 

Le seguí, porque de toda la vida me he perdido yo en todas las casas. Llegamos finalmente al salón, y allí estaba el Septimino del Bollete al completo. En el centro de la mesa unas cuantas fuentecillas de cristal, pintadas con los alegres colores de los panchitos, los ganchitos amarillos, los naranjas, y palomitas de maíz, pero del tipo coloreadas. Un festín para los ojos.

 

Un ángel se apareció bajo el marco de la puerta y le dijo a su hermano

 

-          López, no hagáis ruido que estoy estudiando.

-          Vale, pero vete ya.

 

Viendo a Cristina, puse en marcha algunas de mis mejores poses interesantes, preparando el terreno para la conquista. Despertando el interés. Lo mismo que el pavo real despliega el alegre colorido de su cola, para despertar el interés de la pava. Lo mismo que el alce pisotea la nieve y se encabrita, como hacen los caballos, haciendo en realidad el trabajo de las cabras, que son quienes deberían encabritarse.

 

Cagigal, que creo que no llevaba pelo, sino que lo tenía pintado, dijo señalándome:

 

-          Si no están tus padres que vaya a por cerveza. ¿No?

-          Sí, claro, que vaya, dijo Wasmón.

 

Ante votación tan decantada, me puse en pie, y en aras de mi integración en el grupo me dirigí a la puerta murmurando algo en la línea de “Venga, iré, para que no os pongáis pesados”.

 

Salí por la puerta por donde había entrado,  ya con cierta tensión por no encontrar la salida, que es algo que me suele pasar en todas las casas que no son la mía. Giré a la derecha, que es por donde hay que girar el 51% de las veces, y me encontré  con un pasillo que me resultaba vagamente familiar, y en medio de él una puerta entreabierta. Asomé la testuz y ví a mi amada inclinada sobre un libro, toda formal y sentadita, y a la luz y al amor de una lamparita tipo flexo. Estudiando.

 

Me atreví:

 

-          Perdona.

 

Se dio la vuelta y me miró tan guapa.

 

-          ¿Si?

 

¡Pedazo de sí!

 

-          ¿Cómo demonios se sale de aquí? Es que soy tonto…

 

Reconocer la propia tontería suele dar puntos.

 

-          ¿Ya te vas?

-          No, es que me han mandado a por cerveza…

-          ¿Qué?

 

Y pasó volando por mi lado hacia el salón. Y desde su cuarto, la escuché regañar a López.

 

-          ¡López, si bebes cerveza a papá vas!

 

-          ¿Quién te ha dicho que vamos a hacer eso, listilla?

 

-          ¡El niño ese, tu amiguito!

 

-          Pero qué gilipollas…

 

 

Le sonreí cuando me cruce con ella, y ella a mi no. Cuando llegué al salón, de los chicos ninguno sonreía. Me echaron en cara mi torpeza con un respetuoso silencio, excepto Wasmón, que era más bocazas.

 

-          ¡Pero que gilipollas!

 

 

(Continuará)

ESTA VEZ POR POCO

Todo aquel que me conoce (Que no digo que eso sea ni bueno ni malo ni regular) sabe que odio irme de vacaciones sin los deberes hechos. Y esta vez lo tenía calculado para no tener que odiarme en absoluto. Había planeado cada minuto, para que el final de la presente historia (La paradójica historia del septimino del bollete) coincidiera con mi salida de vacaciones.

Lamentablemente, un cúmulo de nefastas coincidencias, entre las que destaca, mi actual asunción de la Presidencia de mi comunidad  de vecinos, período que casualmente, coincide quizás con una nueva época de futuro y esperanza, y, en suma de libertad y progreso, pues como digo, un conjunto de desgraciadas coincidencias, me obliga a coger mis odiosas vacaciones sin haber finalizado la historia.

 

Perdón.

 

Vosotros, lectores, que tanto bueno merecéis, sois los que tenéis la lumbre acogedora de la misericordia que ahora os pido, no solo para alumbrar mi camino futuro, sino que aprovechando la otra propiedad de las oxidaciones rápidas exotérmicas, os pido el calor de vuestros nobles sentimientos.

 

Me espera un viaje por Francia, en plan Normandía, Bretaña, País del Loira, París. Me apetece mucho, pero entre vosotros y yo, ya estoy deseando volver para veros.

 

 

Sois tan majos.

 

Hasta el día 22 de Septiembre, que traeré algo pensado.

LA PARADÓJICA HISTORIA DEL SEPTIMINO DEL BOLLETE (V Revolución en suerte contraria)

Efectivamente, la revolución que se había montado en un rincón aparentemente insonorizado de la sala de los sándwiches, fue tan gorda, que ya nunca que se mencionó la clase de música, sin que se hablara de aquella revolución.

 

            Fue de estos terremotos que al principio no son sino un suave mecer, nada de molestas vibraciones ni mucho menos sacudidas violentas. Llegó el día del primer ensayo, y lo único que llamó la atención fueron las siete ausencias que enumero: Bollete, Wasmón, López, Merino, Aparicio, Cagigal y Bárcenas. De hecho lo normal es que Bárcenas no apareciese nunca, así que eran seis las ausencias inusuales, especialmente notable la de Wasmón, el que tenía más talento, más ganas, y más de todo, para formar parte del coro. Don José tomó buena nota de los ausentes de aquel día. Como siempre. Solo que hizo un comentario que de por sí era inocente, pero que marcó una época:

 

-          ¡Vaya, siete! Un septimino.

 

Y vio que la primera ausencia de la lista era la de Bollete. Y completó diciendo:

 

-          Mira tú. El septimino del Bollete.

 

Y los mismos siete faltaron al siguiente ensayo. Aunque se supone Bárcenas faltaba por su cuenta.

 

La preciosa Cristina López revoloteaba por mis pensamientos, vestida de cuero, azotando sin cesar a mis neuronas para exprimir cualquier idea que sirviera para verla. Y, yo seguía diciendo su nombre una y otra vez, y cuando lo decía siete veces, a la octava lo decía con acento mexicano. No sé por qué.

 

Luego, antes de que ella siguiese torturando a mis pobres neuronas siguió Don José.

 

-          A ver nenetes, el concierto del próximo día se ha suspendido, por motivos muy dolorosos. Pero que a vosotros no os incumben. Sin embargo, los ensayos de la próxima semana se siguen manteniendo.

 

 

Ensayé rutinariamente, porque yo estaba todo el rato de la mano con Cristina López, bailando, riendo, fumando, gastando bromas a los caballos de patas peludas de parques en los que yo no había estado en mi vida. Teniendo una especie de sexo ultrarromántico muy de mi gusto a decir verdad, y completamente desconocido para mí en aquella época, como el resto del sexo, para qué mentir. Pero con la inmensa ventaja de que en el mismo sueño cabían Cristina López, la de inglés, su falda negra, una del barrio, a la que cruelmente llamaban la “Chumi”, pero que a mi me caía bien, y cuantas mujeres quisiesen aparecer, bien sabido que allí mandaba Cristina. Cristina López.

 

 

El sexo se acaba. Y este se acabó con el ensayo. Aunque volvió a reanudarse al poco de salir, y siguió apareciendo una temporada. Qué cosas.

 

Cuando le dan las olimpiadas a una cuidad, lo hace con tanto tiempo de antelación, pensamos que no va a llegar nunca. Sin embargo luego volvernos a acordarnos cuando quedan tres semanas para los Juegos, y suspiramos aliviados de que no nos hayan encargado a nosotros las obras ni nada de eso, que se nos había ido al santo al cielo.

 

Y pasó lo mismo con el siguiente ensayo. Que me acordé cuando ya salía disparado hacía el recreo. Lo que me produjo una enorme desazón. Cambié el rumbo sobre la marcha, y me trasladé, llevando sobre mí la enorme losa que representaba mi amor pendiente con Cristina López, al aula de música. Llegué un pelín tarde, y asistí a una escena que tuve que interpretar sobre la marcha.

 

Don José se inclinaba sobre Benito, mientras se sujetaba los tirantes con los pulgares. Se podía pensar que le estaba escupiendo, pero no lo que hacía era dictarle:”…conocidos como el Septimino del Bollete a que expliquen su ausencia repetida de los ensayos el próximo día tal del cual”.

 

Pregunté después del ensayo, para no quedarme con mi propia explicación, que no era de fiar, y lo que había pasado es que Don José, había decidido llegar a una sanción ejemplar y disciplinaria, al grupo conocido como “Septimino del Bollete”. Que era lo que yo había pensado desde el principio.

 

Cristina López, que sepas que te amo.

 

Eso también lo pensaba desde el principio.

 

 

Y, llegó el fin de semana, y me pude alejar de mis problemas y ansias con los amigos de verdad, con los machos con los que había coincidido en libertad, en el mismo ecosistema, y no con esos con los que me había juntado en cautividad, en la misma jaula, en el cole. Pero, noches incluidas, aquel fin de semana se me hizo corto, y tuve que volver enseguida al colegio, más ansioso de lo que yo mismo esperaba, deseando oír noticias de Cristina.

 

Aquel lunes, estuve pendiente de López desde el principio. No me sentaba cerca de él, sino de Morientes, un chaval con un apenas perceptible sobrepeso, pero al que su madre llevaba torturando desde hacía muchos años, poniéndole una tartera con acelgas o espinacas o judías verdes o cualquiera de esas porquerías. El pobre no se las comía, pero eso le obligaba a saquear otras tarteras más apetitosas. Y todo el mundo, especialmente los que se traían filetes empanados le temían y evitaban. Yo no, porque comía en el colegio, y el comedor del colegio era territorio “wongo” (sagrado) para él, y nunca entraba porque le gustaba comer al aire libre. Pero Morientes no era la cuestión. Antes del recreo me había llevado dos regañinas leves (reconvenciones) y probablemente injustas, no en el sentido de que no las mereciera, sino que probablemente otros que las merecían más que yo (Por ejemplo, el propio Morientes que se pasó la mañana olisqueando rastros de otras tarteras) no se las habían llevado.

 

Llegó el recreo y seguí a López. Desdeñé incluso una “Cuádriga Brutal” y eso que tocaba hacer volar al pequeño Costa, ligero y volátil, pero lo primero era lo primero. Seguí a una distancia prudencial a López, mi cuñado, como yo pensaba, cariñosamente. Entre la mezcla caótica de niños, preadolescentes, adolescentes y jovenzuelos que era aquel colegio, formal y cristiano en su profesorado, tenía mis problemas para mantener la distancia. Sin embargo, mi determinación, basada en mis sentimientos dulces por Cristina López, hizo posible que dándolo todo de mí, consiguiera no perderle, hasta que se metió por el agujero de la valla de la piscina, y accedió al recinto de la misma.

 

Cosa que estaba prohibida. Acceder al recinto de la piscina fuera de la clase de deportes y de temporada, era una infracción gravísima. De modo que no le seguí hasta dentro, dentro. Si no que me quedé ahí fuera. Como esperando.

 

Mi determinación no daba para tanto.

 

Desde fuera, no obstante, alcanzaba, si se prestaba la suficiente atención, a escuchar los murmullos e incluso, en momentos de especial excitación a oír claramente la conversación. Simplemente se trataba de mantener la concentración y la atención durante un período relativamente largo de tiempo.

 

Como si fuera tan fácil.

 

Una cosa era identificar al Septimino del Bollete al completo, otra muy diferente, saber qué voz correspondía a cada uno de los componentes del mencionado septimino, y lo que ya era la leche, era entender lo que decían.

 

Y, una vez más sin saber cómo, tuve una idea genial.

 

Buenísima.

 

No creo que queráis quedaros sin saber cuál fue esa idea. ¿Eh?

 

LA PARADÓJICA HISTORIA DEL SEPTIMINO DEL BOLLETE (IV La hermana de López)

Pero faltaba algo. ¿Por qué, si todo había sido tan desastroso, don José (a) El sapo, no había dicho nada? ¿Tal vez porque a falta de la segunda misa no quería ponernos nerviosos? ¿Tal vez porque después de todo, en el fondo de su helado corazón, nos había perdonado desde antes incluso de que cantásemos mal? ¿Tal vez porque le daba igual? ¿Tal vez porque quería que estuviésemos preguntando todo el rato estas preguntas? ¿Tal vez?

 

Si. Tal vez.

 

De nuevo entre Bollete y Wasmón, porque, aunque nadie nos había dicho que debíamos conservar los puestos de la primera misa, exactamente, nosotros, todos, lo dimos por supuesto. Y sin tiempo para chorradas, comenzó la intro del primer tema. Y fue en ese ratito de concentración que solemos tener los artistas, justo mientras dura la intro, hasta el cabezazo liberador del maestro, que decidí que seguiría a Wasmón. Que entraría después que él, y que no intentaría concentrarme en lo mío, sino no desafinar con respecto a nuestro Wasmón. Seguro que él sabía lo que había que hacer. Y si él sabía lo que había que hacer, yo haría lo mismo que él.

 

Comenzamos a cantar, y ya me relajé, por así decirlo en los brazos de Wasmón. El era mi capitán y le seguiría ciegamente, así que a los acordes de la primera canción, pude fijarme en los feligreses. En un señor. En una señora. En una abuela.

 

En un niño. En un niño en un cestillo de niño.

 

En otro señor.

 

En una mujer altísima. ¿Sería la madre de Vázquez? Porque Vázquez también era alto. Aunque más cabezón que la mujer aquella. Y con más heridas en los brazos. (De la cuadriga brutal, claro)

 

Una morena delgadita y preciosa. Que sonreía solo con la cara. Que se la podía amar para siempre.

 

Y que no era sino la hermana de López.

 

¡La hermana de López, la hermana de López!

 

Cristina López.

 

Yo sabía quién era, porque fui una vez a un cumpleaños en casa de López, que me imagino que era el cumpleaños de López, porque no iba a invitar a sus compañeros de clase al cumpleaños de su padre. Y tuve tiempo para verla, y para enamorarme de ella. Claro, así cantaba yo el Oh Sanutaris, totalmente independizado de Wasmón, que estaba tan concentrado en la interpretación, que incluso se permitía algún quiebro gitano por libre. Bollete no cantaba, solo movía la boca, y ni siquiera se sabía bien la letra. Y eso que, aunque en latín bien declinado, las letras eran bien sencillas, por cortitas.

 

Ajena a estas cuitas, la hermana de López seguía ahí, con su vestidito azul, y su suficiencia de nena de quince, mayor que nosotros, pero tal vez no inaccesible. Tal vez. Como antes.

 

Yo no conocía bien a López. No sabía si era de esos a los que no les gustaba que la gente se ligara a su hermana. Aunque el a mí me conocía lo suficiente para saber que me gustaba lo escabroso para los recreos, me gustaban los detalles sórdidos, y eso me ponía, seguramente en la lista de no recomendables para Cristina López. Estaba visto que trataría de hacerme la vida imposible en los recreos, si se me ocurría acercarme a su hermana. Pero…¿Quién se resistía a la morena y expresiva hermana de López?

 

Me di cuenta de que sonaba el Ave Verum, y yo no hacía ni caso. Seguramente don José (a) El sapo, nos preparaba una bronca de campeonato. Pero a mí ya me daba igual, sólo pensaba en acercarme a la familia López tras la misa, aunque también debía deshacerme de mi familia. ¿Qué hacer con mis padres? Y por otro lado ¿Cómo hacer que mis padres no se diesen cuenta de mis intenciones? Aún mi padre…pero mi madre era una mujer de alta clase, que querría intervenir en el asunto de mi cruce. Ante todo discreción.

 

“…hazme tu rostro ver, en la aflicción”.

 

Cantaban bien ahora los chicos, parecía que todos tomaban como líder a Wasmón, y tanto los de su propia voz, como los de las otras voces, parecían haber mejorado mucho. Yo, por mi parte ya me había ido en espíritu del coro, y estaba ocupadísimo enamorándome de la hermana de López, por un lado, y elaborando planes para poder hablar con ella, por el otro.

 

Vestido azul y tacones. Se agradecen tanto los tacones. ¿Quién los habría inventado? Gracias, en todo caso.

 

Inopinadamente, llegó el aleluya final. Y mi primer pensamiento fuera del tema universal Cristina López, fue de desazón. De ninguna manera podía sentirme satisfecho como artista. Había abandonado a mis compañeros, y, aunque quizá no se habían dado cuenta, mi hasta ahora existente conciencia no me dejaba estar de buen humor.

 

Este arreón final, esta mejoría coral, no debida a mi aportación, precisamente, nos valió librarnos de la bronca de Don José (a) El sapo, que se conformó con un lacónico:

 

-          Ensayos lunes,  miércoles y viernes de esta semana. Y el domingo otra vez actuación. Inútiles.

 

Liberado y feliz, mi cometido era sencillo, seguir a López hasta su familia, esquivando a la mía. Me puse tras su espalda sin que el lo notase, siguiéndole entre las hordas de padres y madres, que o bien abrazaban a sus hijos (Los de Wasmón) o bien les echaban en cara que no habían hecho la cama (Los de Merino), o bien les echaban en cara no un tema específico, sino una forma de vivir (Los de Bollete).

 

-          Mejor te dedicabas más a las matemáticas y menos a la farándula, hijo mío.

 

El inútil de López no encontraba a sus padres, ni a su hermana. De pronto se paró y miró con cara desorientado. Y se dio la vuelta. Y me miró.

 

-          ¿Has visto a mis padres?

 

Yo, si algo tengo en la vida, aparte de un pelo vigoroso y brillante,  habilidad para adaptarme al entorno, capacidad de orientación, oído musical, sentido del equilibrio, extenso vocabulario, gracia, chispa, encanto, facilidad para los idiomas, figura atlética, sentido de la justicia y cultura a mansalva, es, sin duda ninguna , la capacidad de reacción.

 

 

-          No. ¿Y tú a los míos?

-          Si, allí están.

 

Y bien tonto fui, que miré y justo me miraron. Y se dirigieron hacia mí sin más miramientos, por cierto. Tuve que abandonar a mi presa (López), y disfrutar de una sesión de cariño con mis padres, que, a los 14 es una cosa que no valora demasiado, la verdad.

 

Sin embargo, fui capaz de recibir los exagerados parabienes, sin abandonar del todo la cacería, al menos con la mirada, y, de refilón pude ver como la familia López, se reunía en tiernos abrazos, incluida mi Cristina. Cristina López. Tuve la lejana sensación, sumido en la niebla del cariño colectivo que inundaba la sala de que podría interesarme que Cristina López hubiese sido mi hermana, para verla siempre, aunque sospecho que eso hubiese influido en mis sentimientos, y de tenerla siempre por casa, ya no me habría gustado ni nada.

 

Porque somos complicaditos, los seres humanos. ¿No?

 

 

Aparicio, pequeño y con el pelo rubio y ondulado, muy femenino, se me acercó aprovechando la circunstancia y me dijo con alguna discreción:

 

-          La hermana de López está buenísima, lo estamos comentando.

 

 

Y me dolió porque Cristina López era un descubrimiento personal. Yo veía su verdadero atractivo, que iba más allá de lo buena que estaba. Y que no se podía explicar con simples palabras. Y no era para compartir, ni para comentar. Así que le di a Aparicio la ración de alpiste que me estaba pidiendo, por animal:

 

-          ¿Tus padres han pasado de venir?

 

Solo su respuesta (No su gesto de dolor, ni su voz compungida) me confirmó que me había pasado, y que a lo mejor debería controlar el momento y lugar de mis estallidos de cólera:

 

-          Mis padres fallecieron al año pasado. ¿No recuerdas?

 

Y, por si esto fuera poco, mi madre oyó la última frase de Aparicio, y le pasó la mano por la cabeza, y le dedicó unas palabras tan cariñosas que no quiero mencionarlas, porque aun me duele pensar en aquello. Me hicieron sentir como un verdugo vocacional.

 

 

Y, bien. Este mar de sentimientos tan agitado era sin duda interesantísimo, pero un coñazo si lo comparamos con la revolución que estaban montando Bollete y otros seis, en un rincón de la sala.

 

Eso sí que tuvo tela.

 

Por favor no os perdáis el siguiente episodio.

 

Por favor…

SONETO DINÁMICO (Interrumpimos la emisión, perdón)

Perdón, se me ha colado este soneto y no quiero que se escape, os lo pongo ahora, antes de que se me vaya sin avisar. Después seguiremos con la apasionante historia que nos traemos entre manos.

 

Correr detrás de ti. ¿Existe otra cosa?
No, hasta donde me alcanza la vista,
en realidad no digo que no exista,
sino que si existe, a mi mirar rebosa.

 

Ah, esquiva liebre, gazapo rosa,
relámpago fugaz, atleta en pista
reina del zigzag, ardilla lista
o el compendio de todas: raposa.

 

Divina bailarina, yo noble bruto
ligera muleta, tu rojo vestido,
habrán caído más altas torres.

 

Pero persiguiéndote es como yo disfruto
así que no te extrañes si te pido
que el placer de alcanzarte… me lo ahorres

LA PARADÓJICA HISTORIA DEL SEPTIMINO DEL BOLLETE (III Hoy debutas)

El soñado debut de los artistas tuvo lugar, no como tantas otras cosas, en el momento y lugar señalado. Los chicos de 14, nosotros, estábamos con nuestros trajes, que, por nuestra edad y espíritu nos quedaban como disfraces, nuestra chaqueta azul, nuestro pantalón gris, y, luego la anarquía de las corbatas, que no era tal, más bien dependía de que la madre de turno fuese modernilla u ortodoxa.

 

            De la manera que yo lo recuerdo estábamos en la parte del comedor que quedaba separada de un flanco de la capilla, por una especie de biombo que se había retirado para la ocasión. En ese anexo, estaba el primero Don José, sentado a su órgano, y dando la espalda al pueblo, bueno al flanco del pueblo que, a su vez, miraba al altar. Y frente a Don José, ocupando las viejas sillas de comedor de plástico naranja, y que hacían muchísimo ruido cuando nos sentábamos, nosotros.

 

            Lo que es el coro, vamos.

 

            No estábamos sentados de cualquier manera, con los amiguitos. Estábamos organizados por voces, a, saber, primera, segunda y tercera. Y cada silla tenía un cartelito que indicaba si debía ser ocupado por un primera , un segunda o un tercera.

 

No fue nada inverosímil por tanto, que me sentara entre Bollete y Wasmón, del que no he dicho nada hasta ahora pero que era una magnífica voz y un mejor muchacho.

 

De la primera canción, que se cantaba bastante al principio, me quedó la sensación de que habíamos hecho una auténtica mierda. La gente entraba cada uno por su lado, hasta el punto de que no solo había tres voces, sino que cada una de las voces se dividía entre los que entraban tarde, los que entraban pronto, y los que entraban a tiempo. De manera que, por un cálculo inmediato se deducía que eran nueve modos distintos de ver la misma canción. El único consuelo que yo tenía era pensar que los fieles no se sabían la canción, ni siquiera es probable que la conocieran, así que podían pensar que se trataba de una extraña canción barroca que se cantaba con nueve melodías arrítmicas distintas.

 

Don Floro, el celebrante, con sus gafas tipo kissinger, y su aspecto de bailongo solitario barbudo, con jersey estrecho, encima del poyete en un concierto de los puntos, puso un clarísimo gesto de crisis, pero resistió la tentación de hacer algún comentario destructivo en medio de la celebración. En cambio Don José (a) El Sapo, en cuanto le sacó el último acorde al órgano, un acorde estridente y cabreado, se echó las manos a la cabeza, y empezó a negar con el gesto. Y, hablando sin voz, pero poniendo cara de que gritaba, decía:

 

-          ¡Miradme a mí! ¡Miradme a mí!

 

 

Y eso, cuando menos, era una redundancia.

 

 

Pero una de las cosas buenas que tienen en común el fútbol, y las misas con coro dominicales, es que no hay tiempo para lamentarse. Enseguida llega la siguiente jornada, en un caso, y la siguiente canción, o pieza, mejor, en el otro. Ya sonaba la introducción del “Oh Sanutaris”, cuando Bollete me dijo:

 

-          Mira, el “Panis Angelicus”

 

Y, corroborando la teoría, de que no tener personalidad es malo, deseché mi idea, y abracé la de Bollete, y fue la clase de abrazo que resulta ser un error, pues todo el coro comenzó con el “Oh, sanutaris”, mientras que nosotros conseguíamos una notable disonancia con los acordes del “Panis angelicus”.

 

Bollete era un inconsciente, pero yo estuve un rato largo mirando a la cara de El Sapo, intentando averiguar, no ya si había advertido la pifia, que eso seguro que sí, sino si había identificado a los autores. Y al no poder darme cuenta de eso, pensé que la creencia de que no nos había identificado era mucho más práctica que la contraria, porque eso permitía estar tranquilo durante la misa.

 

Eso sí, Don Floro mantenía su cara de crisis.

 

De crisis gorda.

 

 

El resto del repertorio, se sacó adelante sin errores garrafales, y sin que nadie comentara nada en particular, excepto si obviamos la casualidad de que la homilía de Don Floro, versase sobre el trabajo bien hecho, y la profesionalidad y el cariño con que deben hacerse las cosas. También aladió algo sobre el respeto a quienes perciben nuestro trabajo, y que era un ineludible deber del cristiano, hacer las cosas bien.

 

Nos despedimos de la misa con un alegre “aleluya”, y nos encerramos en un aula, para reponer fuerzas.

 

-          ¡Sandwiches de Rodilla!- olfateó Bollete.

 

Y salió disparado, yo creo que volando por encima de las sillas. No era el único hambriento del coro, porque hubo otros tantos que al oír lo de los sándwiches salieron corriendo por encima de las sillas y de los tercera voz, que eran más bien canijos.

 

Cuando tras un rato prudencial, vi que las fieras se habían adelantado lo suficiente, tomé también el camino del aula con el piscolabis, un poquieto por delante de los cobardes-cobardes, porque tampoco quería quedarme sin comida. Cuando llegué las fieras ya estaban saciadas. Habían comido deprisa, y estaban pegando sorbos de Coca cola. Todos se lanzaban a por al Coca Cola como bestias, y en segundo lugar a por al Fanta Naranja, pero, yo, listo como una ardilla, fui directo a por la Fanta de Limón, que es lo que menos gusta (Incluso a mi, pero yo bebo cualquier cosa con gas), y me pude poner un vaso gigantesco.

 

Eso sí. Estaba caliente, la Fanta.

 

Me pasó igual con los sandwiches. Ya no quedaban de salmón ahumado ni de queso batido con anchoas, o con tomate, pero sí que había suficientes de queso con nueces, de foie-grass, y de salami. Y algún trozo suelto de alguno de ensaladilla. Probé un mordisco de queso con nueces, y me supo mal, pero no lo suficientemente mal para dejarlo sobre la bandeja y que se lo acabara un cobarde-cobarde, mi hambre era persistente, y aun sin terminar el primero, agarré un segundo, y aun un tercero. Y se me hizo una bola intragable, que no resultó ser tal, pues de un empujón me la metí hasta el esófago. Y luego di un buen trago de fanta de limón caliente. Y me dolió un huevo cómo la bola pasó rascando las paredes de mi esófago, expandiéndolo hasta ponerlo a punto de estallar.

 

Más fanta limón caliente.

 

Pero tenía más hambre, y todavía no habían llegado las hienas cobardes-cobardes, de manera que aun quedaban sándwiches y me zampé otros tres. Y otra vez bola y otra vez fanta limón. Sin aprender en la puta vida, lo que duelen las bolas de sándwich.

 

Por fin llegaron las hienas cobardes-cobardes, flanqueando a Don José, charlando con él, yo que sé, de fusas, corcheas y semicorcheas. Y también imaginando argumentos para contrarrestar que alguna de las hienas dijese:

 

-          Don José, no quedan sándwiches.

 

Y entonces yo empezaría con la vieja guardia de “Aquí vamos a estar esperándoos hasta que a los señoritos les apetezca venir tranquilamente y eso”

 

Desgraciadamente, no hizo falta ninguna. Porque Don Jposé (a) El Sapo le dijo a Benito:

 

-          Secretario, saca la otra bandeja de debajo de la mesa.

 

 

Y, yo hasta los ojos de sándwiches, asistí al triste espectáculo de ver, como las hienas estrenaban una bandeja con los mejores sándwiches. Y sin poderlo soportar, pegué un larguísimo trago de fanta de limón caliente.

 

Dramático fin, por venir.

LA PARADÓJICA HISTORIA DEL SEPTIMINO DEL BOLLETE (II Sin Adornos)

Por fin mi turno. Tal y como recuerdo yo la prueba ahora (Cuando ya aparecen las primeras canas, cuando los golpes han dejado de ser gratis, y, sobre todo cuando recuerdas de dónde viene cada herida), no duró, seguramente más de diez segundos, tal vez quince.

 

            Recuerdo que me concentré en la entrada, con toda mi capacidad de atención, olvidando las presuntas burlas de Pelopaja, y, sobre todo de Merino, el tío más cruel que os podríais echar a la cara.

 

            La entrada del “Qué alegría cuando me dijeron…”, la hizo Don José (a) el Sapo, de una manera muy profesional, haciendo que casi no hiciera falta el gesto que, como si el fuera pianista en un cabaret, y yo la prima donna con vaporosas enaguas del mismo, me hizo con la cabeza para que empezara a cantar.

 

            Y debo decir que al principio me pudo un poco el nervio, y que tal vez el primer “Qué” se me escapó medio tono por encima de lo deseado. Pero fui listo, en vez de tratar de hacerle ver que me había dado cuenta del error, cosa que me hubiera desconcentrado, traté de reducir el medio tono de más, y ya el resto de la frase me quedó clavada. Tan rápidamente me adapté a la tonalidad y riqueza cromática de la canción, que las siguientes frases las somaticé, y empecé a disfrutar, hasta tal punto que casi hice una coreografía gestual, y cuando llegué a la parte de “Ya están pisando nuestros pies”, puse un poco de cara de fastidio y todo.

 

            (Debo aclarar que con el tiempo, alguien me explicó que “Ya están pisando nuestros pies…”, no significaba que alguien estuviera dedicándose a pisar los pies de los cristianos, sino que enlazaba con la siguiente frase de la canción; “Tus umbrales Jerusalén”. Es decir que eran nuestros pies, los que pisaban los umbrales de Jerusalén, y no que algún impío estuviera pisándonos.)

 

            Si no del agrado, si que le debió parecer correcta a Don José (a) El Sapo, mi interpretación, porque sin más dilación ordenó a su secretario (Benito), que me apuntara al coro. Y ya sabiendo aquello, que disfruté como un éxito, por haber sido tan infrecuentes hasta entonces, los triunfos de mi vida, no presté más atención al resto de la selección, y me conformé con enterarme, de que al fin éramos veintidós.

 

            No todos heterosexuales. (Estaba Padilla, que a veces traía zapatos y cinturón a juego)

 

 

            Aquí empezó a pasar como en las películas. Hubo un esfuerzo colectivo, escatimado al gran público, de aprendizaje de canciones sacras, en latín. Obsesión de don José (a) El Sapo: Todas las canciones en latín, y bien declinadas. Cada voz aprendía su parte, y se ensayaba por separado. Luego al final del ensayo los tres grupos cantábamos a la vez, y muchas veces el resultado fue armonioso y mágico. Y así, durante un tiempo, los veintidós, sacrificamos recreos, con todo lo que conllevaba: Canicas a mentis, canicas a veras, cuadrigas, picahuevos, fútbol, conversaciones ultrasecretas (¡Qué buena está la madre de Sanz!), cigarrillos de marcas heterodoxas, correduría de rumores crueles, imitaciones poco técnicas pero con guión cuidado de los profesores más conocidos, transmisión de leyendas urbanas (Don Joaquín, (a) el Gasterópodo, castra renos, con los dientes, por las noches), alardes de fin de semana,…

 

            Vaya, los recreos. ¡Que de cosas tenían dentro!

 

            El sacrificio, claro, no cayó en saco roto, y de una manera discreta e inesperada, comenzó a dar sus frutos. Pronto pulimos el “Ave Verum, corpus natus, de María virgine…”, y nos quedó de lo más razonable, al menos en los ensayos. Y qué decir del “Oh, sanutaris ostia” que salvo por la parte de:

 

-          Aquí no llegáis, nenetes, aquí tengo que meter órgano.

 

Era de lo más audible.

 

 

La única concesión al idioma patrio (Al de entonces) era el conocido tema “Cerca de ti, Señor”. Se ve que al cantarlo en español, nos sentíamos más confiados que con el latín, y eso nos hacía dar el máximo, porque la verdad es que lo convertimos en lo que podríamos llamar el sencillo de aquel momento. Desafortunadamente, había una parte de la canción en la que no decíamos la misma letra. Casi no se notaba, pero Don José se dio cuenta a la primera.

 

Unos decían “Tu grande y tierno amor…”

 

Otros decían “Tu gran ,y  eterno amor…”

 

Y otros decían cualquier cosa, porque nunca se aprendían bien las letras.

 

-          Decid lo que sea, pero todos lo mismo. Mis sapetes.

 

 

Cuando todos teníamos dentro la idea de que la vida era un ensayo, nos fue comunicada por el director de nuestro colegio Don Félix, la fecha para nuestro debut. El día 27 de Abril, del año en que teníamos catorce, Domingo. Misas de 12 y de 1.

 

 

 

 

            Y, mirad, podemos disimular un cuarto de hora más. Elucubrando sobre las fantasías que Arias revelaba sobre su relación con la asistenta que trabajaba en su casa, que según la describía él, era una especie de hada calentorra que adivinaba sus deseos, y lo mejor de todo, los cumplía, y por pura afición. Pero no merece la pena perder el tiempo con algo que no siquiera era verosímil.

 

            Ni tampoco hay que ahondar en cómo Romero fue acusado por el Sapo de cantar en falsete los agudos. Y cómo Romero lo negó sin saber ni siquiera lo que era un falsete.

 

-          ¿Yo? No, no.

 

A cambio os desvelaré algo mucho más importante:

 

 

López estaba en el coro.

 

 

Y, encima el día del debut llegó.

 

 

Cuando os enteréis de lo que pasó…

 

LA PARADÓJICA HISTORIA DEL SEPTIMINO DEL BOLLETE (I)

-          Yo soy el sapo, y vosotros mis sapetes. (Don José)

 

El profesor de música, Don José (a) El sapo, probablemente como muestra de respeto a la Princesa del Guisante, jamás nos enseñó a tocar la flauta. El sabía que los que de nosotros teníamos algún interés por la música, bebíamos de las fuentes del Rythm & Blues, del Rock and Roll, o en algún caso, del Techno-pop y del Rock Sinfónico, aun ignorando lo que eran, pero que Händel, Haydn, Mozart y Chopin, y no digamos Falla, Sibelius y Mahler, eran considerados unos palizas, o bien unos desconocidos.

 

Así que Don José, no tenía esperanza ni ganas con respecto a nosotros. Él no quería que nuestra ignorancia enturbiase su felicidad, así que nos dio por perdidos, en cuanto nos echó el ojo encima, y se conformó muy rápido con enseñarnos el clásico solfeo básico, que no nos obligó a entender, ni nada, tan solo a persignarnos con las notas. Él conocía su mote, que solo aludía a su aspecto físico, concretamente a su elíptico cuello, lo aceptaba, y nos ponía mote a nosotros. A Mariano Gancedo le llamaba Serenín, porque le recordaba a un cámara que se llamaba así de cuando trabajo en la televisión peruana, a Carrascosa le llamaba Aldo, porque se parecía a un célebre, para Don José, director de orquesta que respondía a ese nombre. Pero lo mejor, a Fuentes del Río le llamaba “Hidrauliquín”.

 

Don José.

 

Don José, que no quería desasnarnos en lo musical, y nosotros que éramos felices en nuestros establos de la pretendida ignorancia, funcionamos juntos durante un tiempo. Él sólo se reía de nosotros en clase, y nosotros hacíamos bromas a sus espaldas sin ninguna clase. Pero, bueno, nosotros teníamos 14 años, y el más de setenta. (O eso nos parecía).

 

-          Así que eres nuevo.

-          Si.

-          ¿Y cómo te llamas?

-          Emilio Blázquez Ariza.

-          No, eso es muy largo, te llamaremos Fausto. Porque eres colorado.

-          Si.

-          ¿Y de qué colegio vienes, Fausto?

-          Del Claudio Coello…

-          Muy bien Faustito, del Claudio Coello. ¿Nenes? Faustito viene del colegio Claudio Coello. ¿Me puedes decir quién era Claudio Coello?

-          ¿Claudio Coello? No sé.

-          ¿Cómo Faustito? ¿No sabes quien era Claudio Coello? Eso es intolerable. Mañana quiero una biografía de Claudio Coello de 20 folios. ¿Vale?

-          Si.

-          Hala Faustito, ve a sentarte.

Y al día siguiente:

 

-          Faustinín, ¿Dónde estás?

-          Aquí.

-          ¿Tienes la biografía de Claudio Coello?

-          Sí.

-          Pues tráemela, y no sabes lo que te lo agradezco, así me entero yo quien era el pájaro ese. Je,je.

 

 

Tal vez a Faustinín no le hizo gracia aquél día la coñita de Don José (a) El sapo.  A los demás, sí. Sin embargo, y, por cierto sentido de la justicia que debía tener, cuando a los dos días pidió un voluntario para ser su secretario, (aprobado seguro, sin exámenes) hubiera nombrado seguro a Fausto, pero el muy idiota ni se presentó . Así que el nombrado fue otro; Benito, con gafotas y color de sietemesino.

 

El colegio, religioso, o de inspiración religiosa, si se prefiere, encarnado en la persona de su Director, Don Félix, tuvo un día una inquietud muy grande, con relación a la misa de los domingos, que se celebraba en la capilla del colegio (Más grande que algunas iglesias de muchos barrios), en sesión de 12 y de 1, y a la que asistían numerosísimos padres, en compañía de esa clase de hijos a los que no le importa que se encuentren padres y profesores.

 

Nada que temer.

 

La inquietud, en fin, se dio a conocer en un desayuno de profesores, en el que don José, que jamás tomaba cocacola, sino infusiones, y bizcochos, tuvo que escuchar de los labios llenos de migas de Don Félix:

 

-          Jose, quiero que organices un coro.

-          ¿Un coro?

-          Si. Para que cante en las misas de los domingos.

-          Pero un coro como ¿De chicos de aquí? ¿De los nenetes?

-          Claro. Con los alumnos. Las misas de los Domingos quedan muy sosas sin un coro.

 

 

Nunca sabremos si la cara de irónico fastidio que se le quedó a Don José después de oír aquello y hasta que fue al servicio, fue una pose para seguir sobrado, y era la verdad que realmente le entusiasmaba la idea, o bien el hombre estaba ante un trabajo inútil y lo sabía. Pero no importaba mucho eso. Lo que realmente importaba era que comenzó a hacer el trabajo.

 

Todas las letras del curso de cuando tienes 14, cuyo ordinal ahora no voy a intentar recordar, participamos en la selección de voces para el coro. Don José se sentaba al piano, y Benito, su secretario gafotas (Y que, ojo, yo creo que ser secretario de Don José, le marcó tanto que ya fue secretario para siempre) nos iba llamando uno por uno, y entonces Don José nos hacía cantar la de “Qué alegria cuando me dijeron…” . Benito nos llamaba por nuestros nombres, y Don José por nuestros apodos. Así:

 

-          Alciturri, Ignacio.- decía Benito.

-          ¡Hombre, Bollete!. – Decía Don José.

 

 

Y, en menos de cinco segundos, se oía el veredicto:

 

 

-          Bollete, muy bien!

 

Y con el dedo en alto, y poniéndose el pulgar de la otra mano bajo el tirante, decía con un tono estudiadamente benevolente.

 

 

-          Secretario. Apunta a nuestro Bollete. Primera.

 

Esto quería decir que Bollete por su tono agudo, o por vaya usted a saber qué, entraría en el grupo de las primeras voces.

 

 

Y cuando sucedía lo contrario, el veredicto tampoco se hacía esperar.

 

-          ¡Nada, nada, fuera! ¡Octava baja! ¿Ya nos está cambiando la voz?- Y esto lo decía con la voz burlescamente grave. Y seguía diciendo.

-          A Pelopaja le cambió la voz. Felicitadle nenetes, es ya todo un hombre. No le hemos castrado cuando hacía falta.

 

Pero Pelop…Schleittner se iba riendo por lo bajo, porque el no quería entrar en el coro.

 

 

-          ¡Faustirrinín, nene ¡ ¿Ahora tu? ¡Adelante, adelante!

-          Te sabes la canción ¿no? Oye, muy buena la biografía de Claudio Coello. ¡Qué personaje tan interesante!

 

Pero el tío era tan hábil que mientras hablaba, ya estaba haciendo la introducción al piano de “Qué alegría…”. Cuando llegó el momento de la entrada, le hizo una seña clara e inequívoca a Fausto, que por otro lado ya había escuchado aquel día unas treinta veces la cancioncita. Aun así. La cosa no salió bien:

 

 

-          ¡Fuera, Fausto, fuera! No tienes oído. Te vas a inflar a hacer biografías este año. Si hay alguien más como Fausto que no salga, por favor. Secretario, cuantos tenemos.

-          Catorce, Don José.

-          ¡Muy mal, secretario, muy mal! Necesitamos diez más. Hala, llama al siguiente.

 

 

Mientras llegaba mi turno, me entretuve en mirar la colleja canosa y gruesa de Don José. Y me admiré de lo impecable que resultaba, en comparación con el canijo de Benito, su secretario, que siempre llevaba las gafas sucias. Como con legañas.

 

Bueno, ya han sido demasiadas emociones por hoy.

 

Yo al menos estoy de lo más nervioso.

 

Continuará.

UNA PÁTINA DE REALIDAD, RELLENA DE REALIDAD (VI, Lo diría. FIN)

Se me hacía interminable la espera. Mi culo había dejado de sentir el dolor del primer impacto, el que había sufrido un rato antes, todavía en pleno juego, y esperaba, buceando en genuina inquietud, contando los segundos que faltaban para los tres impactos de la sentencia. Dicho más claro, es como cuando el mismo culo, siente el fresquito del alcohol que impregna el algodón del practicante, antes de que te perfore sin remisión.

 

 

Mi cabeza, tan lejana, en ocasiones, a mi culo, y tan cercana otras veces, sufría también el agobio de la espera, aunque con cierta distancia, a fin de cuentas ella no iba a recibir los impactos.

 

 

No ¿Verdad?

 

Traté de alejar aquellos pensamientos de mi cabeza, pero no me quedaba con qué. Tanto mi cabeza como mi culo estaban ocupados en mantenerse a flote sin zozobrar en el pánico.

 

-          ¿Vais a contar hasta tres?

-          ¿Tú contaste hasta tres cuando le disparaste a la cara?

 

No respondí, porque aquella pregunta era, claramente, una provocación. Y, así, tan distraído, ocupado en nadar en inquietud, y al mismo tiempo, tratando de no zozobrar en el pánico, fue como se me vino una especie de solución. La solución, debo decir, entró en mi porque venía lubricada con una tonelada de inspiración, porque lo que era evidente, es que mi tensión, esperando el primer impacto, e incluso tratando de intuirlo tan inútil como inevitablemente, hacía que mis musas no lo tuviesen fácil para introducir ideas salvadoras en mi cabeza. Así que supongo que la llenaron de escupitajos de inspiración. Como ya dije.

 

Mis musas…¡Qué ordinarias, las pobres!

 

 

Pero, ¿Cuál era la idea? ¿Cuál? Vosotros ya sabéis.

 

Caro. Pensar en Caro. Eso, aunque a primera vista pareciera algo abstracto y sin sentido, la realidad es que me había funcionado en otros momentos comprometidos de mi vida. Los pensamientos bonitos. La filosofía peterpan.

 

Y, yo que cuando quiero soy muy capaz de concentrarme hasta que duela, me concentré en Caro utilizando cada cosa capaz de percibir que hubiera en mi ser. Y lo hice de tal modo, que bueno, se que parecerá una tontería, pero pude oír perfectamente abrirse la puerta del cuarto, y hasta, me pareció que decía algo:

 

-          ¿Qué hacéis? ¡Hala!

 

 

Y hasta noté una alpargata femenina, que apoyándose en mi culo indefenso, presionaba levemente. Luego soltaba de repente. Y la nalga derecha se soltaba a su vez de la presión en un impaciente bamboleo tembloroso.

 

 

-          ¡Ah, qué asco!

 

La herida de la nalga había dejado de dolerme, pero en cambio, el haber constatado que mi ensoñación no era tal, sino percepción genuina de la realidad, y, sobre todo, el haberme dado cuenta traumáticamente, de que Caro, de momento,  no me tenía ningún cariño, y de que mi culo pompero le daba asco,  dolía como un rasponazo en el codo.

 

Y la acumulación de problemas no era de desdeñar. Porque aun estaba pendiente la sentencia. Y tres disparos en frío, delante de mi amada no correspondiente, podían humillarme hasta el infinito.

 

Caro cambió su tono de voz, de la mujer rockera y malota que había puesto su alpargata sobre mi nalga, a una voz casi dulce y suplicante.

 

-          Por favor. ¿Me puedo quedar a verlo? ¿Por favor?

 

Y por su si esto fuera poco añadió con un poco más de azúcar.

 

-          ¿Por favor?

 

 

Afortunadamente, y a pesar de todo lo malo que era, el amigo Isma tenía aun en el fondo de los bolsillos, mezclado con pelusa de no barrer , un poco de sentido común.

 

-          ¡Que no, no seas coñazo! Lárgate.

 

 

Marcos, fiel a su papel de no tan cabrón, me hizo un flaco favor intercediendo por Caro.

 

-          Déjala, ¿Qué daño puede hacernos?

-          ¿A ti te gusta mi hermana o qué?

-          NO, a mi las hermanas en general no me gustan. Ni sunque sean las tuyas.

-          Bueno, pues que se quede.

 

 

Y como cambiando de cámara, para mirar a Caro añadió

 

-          ¡Quédate! Pero por favor no des por saco.

 

Y, claro, la suerte estaba echada. Lo único que podía hacer ahora era soportar la humillación y el dolor con una entereza tan notoria, que todos, y desde luego Caro más que ninguno, se quedaran boquiabiertos. Y que Caro quisiera a toda costa algo conmigo. Y entonces yo haría lo que suelo en estos casos; Rechazarla. Pero eso sería una estrategia para que se volviera aun más loca por mí. Y volvería a rechazarla. Pero si rechazarla era una estrategia para tenerla. ¿Para qué rechazarla? ¡Ay, yo que sé!

 

Y después de todo (pensaba mientras se preparaba todo) tal vez aquel fusilamiento no era sino un truco. Tal vez solo querían saber si yo era lo suficientemente valiente, como para aguantar psicológicamente. Tal vez a última hora se anulase todo y me colmasen de besos y abrazos. Por si acaso era así, y pensando que debía adornarme un poco dije con voz recia:

 

-          ¿Qué pasa que no disparáis? ¿No tenéis cojones? ¡Venga coño!

 

 

Se hizo un silencio incómodo. Después, pero habiendo respetado la pausa, Isma dijo un helado:

 

-          Marco. Tu turno.

-          ¡Voy!

 

 

El alegre “¡Voy!” de Marco, me dejó perplejo. “¿No decíamos que éste no era tan cabrón? Sonaron tres pasos. Y sonó un silencio. Y después:

 

-          ¡Pum!

 

Y no me dolió nada.

 

-          ¡No le has dado, imbécil!

 

 

Sonreí un poco. Un disparo menos. Así son las cosas, un fallito y solo quedan dos. Con un poco de suerte…

 

-          ¡Venga, repite!

 

 

Por poco pierdo la frialdad de héroe, y protesto. Había sido una tontería por mi parte pensar que las reglas eran fijas. Como en todo, las reglas son fijas, sí. Pero porque las fija el que tiene la sartén por el mango.

 

-          ¡Pum!

 

¡Dios, ese sí! Una perforación al rojo cruzó mi sistema nervioso. Casi me sale el grito involuntario, epro todo mi ser, yo al margen, quizá, se concentró en sofocar el grito de la humillación. Y lo consiguió. Sin embargo, se me quedó ahí a las puertas, por delante de las encías pero retenido por los labios y los mofletes. Pero aguanté. Que pase el siguiente.

 

-          ¿Te duele?

-          Si me doliese lo diría. Esto no duele nada. Me da risa.

-          Raúl. Dale.

 

De nuevo el silencio.

 

-          ¡Pum!

 

Totalmente inesperado. Como fuera de cuentas. Demasiado pronto. Por suerte me pilló sin aire en los pulmones, de lo contrario hubiera pegado un estridente aullido autohumillante. Pero lo que me salió fue un amargo quejido inaudible. Y una lagrimita cuca, que se me escapó a escondidas.

 

El culo me ardía no ya por las dos heridas recientes, sino también porque la herida anterior se había sumado al coro doliente, como los profesores que te suspenden su asignatura, porque ya hay otra que te han cateado.

 

-          Bueno, valiente, ahora me toca a mí.

 

 

Si, ese era Isma. Y el “valiente” lo había dicho para burlarse, pero también rabioso, porque no me había oído gritar. Y eso le podía hacer sospechar que podría acabar acostándome con su preciosa hermana. Dulce Caro.

 

 

-          ¡Pum!

 

Y aunque no podía más. Sí que podía. Había domesticado al dolor. Como los chinos. Y, sinceramente, creo que me podían haber disparado diez veces más, y no hubiesen arrancado ni un gemido de mí. Así que me adorné.

 

-          Bueno, pues ya está. Soltadme y sigamos jugando o iros a vuestra casa.

-          La verdad es que estoy impresionado.

 

Podéis creer tranquilamente que Isma no es de los que dicen que está impresionado si no lo está. Los tres chicos se pusieron de cara a mi, y me dieron palmaditas en la cara, felicitándome por mi hombría efusivamente. También imagino que Caro estaría más que impresionada, por mi resistencia al dolor, aunque no sé que haría detrás de mí. Pero su silencio era sinónimo de enamoramiento, eso seguro. Isma elevó la mirada por encima de mi cabeza, hacia Caro que estaba detrás de mí, y dijo:

 

-          Caro, procede a la desinfección.

-          ¿Desinfección?- respondí sagaz.

-          Si, claro, con alcohol.

 

Y un chorro de alcohol helado empezó a recorrer mi culo herido. Y fue demasiado para mi.

 

 

-          ¡No, no, no! ¡Por favoooooor! ¡AaaaaayyyyyY! ¡Ayyyy! ¡Nooo!

 

Y el reguero de fuego del alcohol helado me mordió con toda su furia, sin hacer caso de mis gritos de queja, y sacándome lágrimas gigantes y enrojecedoras.

 

 

 

Ya veis, que forma de cagarla a última hora.

 

 

El próximo nos va a encantar: “La paradójica historia del septimino del bollete”.

UNA PÁTINA DE REALIDAD, RELLENA DE REALIDAD (V, Cara Caro)

Para lo que era yo, no tardé mucho en enfriar mi ira, y darme cuenta de que lo que había hecho no era una cosa fácil de pasar por alto. Creo que fue de esas cosas que uno está mucho tiempo ansiando que se olviden, y cuanta más ansia le pone uno para olvidarla, más tesón le ponen cuantos le rodean a uno, en recordarla. ¿Acaso hay una frase más desagradable que la famosa “Esto es gravísimo” o “Esto no va a quedar así” o “Atente a las consecuencias”?

 

            Cuando el silencio terminó de patear el trasero de las últimas resonancias del disparo, y se decidió a hacerse dueño del rancho, fue que Raúl cerró su asombrada boca, y empezó a palparse la cara, buscando algún agujero que, afortunadamente no existía. Por suerte mi cinismo seguía intacto tras los hechos, y me rehíce tratando de adornarme y de aligerar la escena a base de convicción.

 

-          No te palpes, si hubiera querido te hubiera dado en toda la cara. Pero no quise. No vuelvas a hacerlo.

 

Y si las cosas hubieran estado de dios, ahí se habría acabado todo. En una leve advertencia. Pero las cosas me miraron un poco bizcas. Se rieron femeninamente, y me dieron a entender dirigiéndose las unas a las otras, en lugar de a mí, que no. Que no estaban de dios.

 

 

-          ¿Me has disparado a la cara? ¡No me lo puedo creer!

 

Mi culo lanzaba gritos silenciosos de dolor, minando la paciencia que exigía una buena actuación. Y así, se resentía mi sólido argumentario.

 

-          No te he disparado a la cara, si lo hubiera hecho lo habrías notado. Ya no tendrías cara, te lo aseguro.

-          ¿Me has disparado a la cara?

-          No. Desde luego que no. Ya te digo que…

-          ¿Me has disparado a la cara?

-          Soy un excelente tirador….y…

-          ¡Me has disparado a la cara! ¡Esto es gravísimo!

 

Se dio la vuelta, el Raúl, y yo no me atreví a recargar de nuevo y disparar a su culo, aunque era perfectamente legal. Tuve la tentación de hacerlo, claro, pero las cosas tenían pintas de estar peligrosas, y no quería yo empeorarlas.

 

Raúl abrió la puerta y empezó a gritar:

 

-          ¡Cruz y raya! ¡Cruz y raya! ¡Venid! ¡Cruz y raya!

 

Me pareció que estaba un poco histérico y todo, y esa fue la cara que puse (LA de que me parecía que estaba un poco histérico) con lo que conseguí un efecto despreciativo nada despreciable. Raúl, todo nerviosismo, se besó los índices cruzados en aspa, y volvió a dar otras tres o cuatro veces su grito de guerra. Incluso un apócope:

 

-          Cruci, cruci, cruci.

 

Su persistencia en la histeria tuvo su premio, y se oyeron las voces de los otros dos, mi amigo Isma, y el Marcos (Marcos, el que era no tan cabrón como Raúl), que gritaban a su vez “¡Cruci, cruci!”, para que no hubiese un accidente. Que era lo que yo deseaba, un accidente que fuese la salida a un cerco que se estrechaba cada vez más en torno a mí.

 

El cataclismo, tan esquivo cuando se le convoca no apareció, y pronto me vi acorralado ante la mirada seria y reprobadora  (manda huevos) de aquellos tres marginado, que me miraban ahora como magistrados del supremo.

 

Aprovechando el tiempo de tensión, mientras me miraban convirtiéndome en un chivo expiatorio, Raúl, explicó en términos análogos a la verdad todo el incidente, aunque con una cierta pátina de realidad, cubría una historia, que de acuerdo, era verdad, pero pintada de un color, que…también era verdad, pero que lo que perseguía es que yo cayera mal. Eso se veía. Y, en realidad todo fue tan rápido que quedé a merced de los caimanes son tener opción a defenderme. O defenderme con mucha torpeza.

 

-          El me disparó a las pelotas.

-          ¡Miente una vez más!. Le di en la garcilla, pero el se dio la vuelta para proteger su culo, que era a donde yo disparaba.

-          ¡Pues no! Te equivocas.

 

La sentencia vino sobre mí, pisándome el ánimo, y sabiendo que uno de aquellos jueces implacables, era el joputa del Isma, mi amigo, ¡Que me había hecho matar a un gato!

 

-          Danos la escopeta.

-          Sí, hombre.

-          Danos la escopeta. puedes recibir tu castigo y luego irte a tu casa, o ser un fugitivo toda la vida, y que cada vez que uno de nosotros te vea, podrá abrir fuego contra ti, hasta agujerearte de arriba abajo.

 

 

Sentido práctico llevaba yo encima en aquella época dos o tres arrobas, fácilmente. De manera que tras valorar la situación a velocidad de vértigo, entregué mi arma, y me dispuse a recibir mi castigo, creyendo que se trataría de algo psicológico. Pero yo no sé por qué creí eso. NO lo sé ahora, y, por mas que me rebusco, no consigo imaginar la razón por la que entregué mi arma.

 

Como hienas, saltaron sobre mí y me redujeron al instante. Me doblaron los brazos por detrás de la espalda y me dolió. Y se arreglaron de tal forma que pronto me tuvieron con los brazos a la espalda, y sujeto por la cabeza a una tubería. Por decirlo finamente: En pompa. Y entonces sucedió una de esas cosas que son hechas por los malos, sólo para demostrar que son malos. Uno de ellos, metió una navaja por dentro de mi cinturilla, y me rajó el pantalón y resto de protecciones interiores, hasta dejar mi culo al aire.

 

Entonces tuve dudas.

 

Y alguien, que por la voz me pareció Isma, levantó la voz para decir:

 

-          Esta es nuestra sentencia: Por haber contravenido el estricto reglamento del tiroalculo, te condeno a recibir tres disparos en el mismo culo, careciendo por completo de protección.

 

Y yo, que tenía enormes temores, suspiré aliviado.

 

 

¿Suspiré aliviado? Sí. Y me temo que no sabía lo que hacía.

 

 

(Continuará.)

UNA PÁTINA DE REALIDAD, RELLENA DE REALIDAD (IV, Perdón, gato rabón)

Tras atravesar sórdidos pasillos, siempre tratando de aplacar el miedo a la oscuridad, oponiéndolo al miedo a los disparos, conseguí abrir una puerta con cierto estruendo, (tal vez fue solo un ruidito, pero yo quería ser muy silencioso), y encontré una habitación extrañamente iluminada, por la luz que entraba a través de una minúscula ventanita situada en la pared contraria a la puerta. Esto me permitió ver, que ya era algo. Ver lo bueno, un antiguo proyector, una especie de banco de iglesia, y una estantería plagada de cintas enlatadas. Y además un sinfín de objetos locos y pequeños, desperdigados entre estantería, suelo y banco ( Una muñeca siniestra, paradójicamente sin brazos, unas gafas de sol, una condecoración o similar, un envoltorio de pitagol, un cacho de rodapié, un babero, un pato de goma, un salero, una taza, un rulo.)

 

            Un letrero en la pared de frente a la puerta, debajo del ventanuco:

 

            “Raquel, te quiero”.

 

            Y otro, algo más abajo, no tan envejecido por el paso del tiempo

 

            “Bárbara te quiero”

 

            Aunque parecía que la letra era la misma.

 

            Y aun seguía

 

            “Raquel te quiero”

 

            El miedo, los nervios, o las natillas, que se habían mezclado sin pudores con el estofado, me empujaron a pensar que yo quería que Caro me llamara a mi Caro, y luego pensé que estaba muy bien pensar estúpidos juegos de palabras en italiano, pero que me arriesgaba a recibir un tiro en el culo. Me senté en el banco de la iglesia de cara a la puerta, dispuesto a escuchar la partida, pero de ningún modo a tomar parte en ella. El caso es que el silencio imperaba en el cine. Bueno, esa clase de silencio que no es tal, sino que va sobre un lecho de niños alegres jugando fuera. Una risa acá, un grito allá, una advertencia prohibitoria tipo madre, un ladrido único de un perro pequeño con mal carácter.

 

            Una rápida carrera escaleras arriba delante de mi puerta, me sacó de mi ensimismamiento. Si hubiera sido un participante ambicioso, hubiera salido detrás del corredor, y le hubiera disparado, tratando de ganar algunos puntos. Pero mi ser estaba ocupado al completo por mi inmensa cobardía, y no quedaba sitio para la ambición de ganar el juego. De momento empatar me servía, y empatar pasaba por mantener impar el número de mis agujeros traseros.

            Todos los que allí no eran yo, sabían del juego mucho más que mi modesta persona. Por lo tanto me hice fuerte mentalmente y decidí no ir a averiguar las causas de aquellas carreras, cosa que por otro lado (El ir a averiguar) es la causa principal de muerte en las películas de terror. Si que tuve el buen juicio, de pensar en el diseño de alguna estrategia eficaz a utilizar caso de que alguien abriera la puerta.

 

            Y pensé, considerando el problema como un todo, que tendría una única solución, una especie de estrategia ganadora. Y después en vez de verlo como un todo, lo vi como un conjunto de ramas intrincadas y retorcidas, y cada bifurcación de ramas retorcidas, a su vez como un conjunto de pequeñas mini bifurcaciones, cada una con su intríngulis y su solución.

 

            Millones de soluciones.

 

            ¿Por qué era yo incapaz de encontrar siquiera una?

 

 

            Mi miedo infatigable cabalgaba sobre mí. Ni por un momento se había bajado de mi grupa. Pero tal vez había perdido algo de peso. O yo me había acostumbrado. Pero tenía una pequeña inquietud. Todavía no se había oído ningún…

 

-          ¡Pum!

-          ¡Aaaaaahh!

 

Y lo que antes de oírse aquel disparo y su certificador alarido, era una pequeña inquietud, paso a convertirse un instante después en una inquietud cachas y gigantesca. (Y con gafas). No era una broma, no era choteo. La batalla era real, y mi culo estaba expuesto. De repente mi corazón se aceleró. Me di cuenta que con tanta estrategia deshilachada, no me había acordado de cargar la escopeta. Creía recordar que la escopeta se cargaba con un sencillo movimiento que permitía que el cañón se articulase sobre la culata y bla bla blá. Pero, puestos  a pensar, pensé que aquello debía estar gobernado por una especie de resorte oculto, una palanquita plateada, que busqué frenéticamente con mis dedos, toqueteando aquí y allá, presurosos y acelerados, como si buscasen el ombligo de mi Caro. Y creo que debí dar con el resorte, porque el cañón se dobló, y me quedé aguantando la escopeta de mala manera, mientras buscaba en mi bolsillo la bolsita de los perdigones. Advertí que era imposible sujetar la escopeta con los brazos, mientras intentaba buscar los perdigones en mi bolsillo, así que, de modo natural, no es por nada, me salió un gesto muy cinegético, que fue el famoso gesto de sujetar la escopeta entre las piernas (duelo de cañones), medio sujetarlo con una de las manos, y con la otra buscar en uno de los bolsillos. Luego cambiar. Este baile de posturas me hizo dar vueltas en torno a mi propio ser, mediante ridículos saltitos, de manera que , para cuando conseguí encontrar la bolsa de los perdigones, abrirla, coger uno, meterlo en el cañón y cerrar la escopeta, me vi de espaldas a la puerta, y con el culo en perfecta y tensa pompa.

 

En una posición, no solo indigna, sino, lo que es peor, vulnerable.

Y destilando esa mala suerte que sólo tienen los expertos buscadores de mala suerte, se abrió la puerta del cuartucho. Y yo supe enseguida lo que significaba eso. De manera que, instintivamente hice un par de cosas a la vez, en primer lugar cerré los ojos para poder soportar el terrible dolor que se le avecinaba a mis nalgas, y en segundo lugar y más importante, me giré dando una perfecta vuelta de gran bailarín, porque se me había apuntado en el coco que sólo podían disparar a mi culo y…

 

-          ¡Pum!

-          ¡Clinc!

 

 

Me encontré de frente a una figura que no reconocía, y me di cuenta enseguida que me habían disparado a las pelotas, pero que por suerte la garcilla había parado el tiro. De ahí el característico sonido metálico. Miré a mis pelotas, o por mejor hablar, a la garcilla, y luego a la figura que de pie sostenía la escopeta aun, después de hacer el disparo.

 

-          ¿Marcos?

-          No. Yo soy Raúl, el más hijoputa.

-          Me has disparado a las pelotas.

-          ¡Perdóname, perdóname!

 

Me sorprendí en la cima de la indignación. No era una sensación frecuente para mí. Consistía en la seguridad plena de que no vas a saber perdonar. Nunca. Que el rencor que sientes es eterno. Noté que me temblaba el labio inferior, que no me resultaba fácil articular palabra. Así que me callé mientras el otro seguía suplicando.

 

-          ¡Por favor, por favor, perdóname! No te he hecho daño ¿Verdad?

 

Y reconozco, que cuanto más se humillaba el desgraciado, más se aplacaba mi ira. En ese aspecto me comportaba como un dios griego y apolíneo. Incluso me pareció, que dos lágrimas echaban una carrera de cuadrigas por las medio hirsutas mejillas del gusano, que a punto había estado de reventarme las pelotas.

 

 

-          ¡Cállate un momento! Tengo que pensar.

 

Y me di la vuelta haciendo como que buscaba algo. Y para mi sorpresa sentí una horrible laceración sangrante en mi culo, mientras escuchaba el acorde más frecuente de la tarde.

 

 

-          ¡Pum!

 

Y me reí de mi mismo, un poco, pensando que no era nada vulgar ser tan estúpido como yo, para creer el arrepentimiento de aquel cabronazo. Así que yo no era nada vulgar. Eso me ponía contento. Pero no era suficiente para contener la ira que me salía de la indignación, que a su vez salía de la humillación y del dolor. Del dolor de culo que tenía tan bestia, que hacía efervescencia con mi cabreo. Así qeu me di la vuelta, y ante el alzar de brazos del cerdo, y un ridículo “¡Eh, eso no vale!” le pegué un tiro apuntando a su cara de traidor embustero. Con intención de matarle, si queréis que os diga la verdad.

 

 

Y la verdad tiene su valor, por si misma.

 

 

Solo me atreveré a terminar esta historia, de vuestra mano.

 

¿Se me tiende alguna?

UNA PÁTINA DE REALIDAD, RELLENA DE REALIDAD (III, Riesgo súbito)

Después de que, como predije (Y esto me trajo una cálida brisa de orgullo),  la abuela me brindara la última ración de estofado, y de yo aceptarla, mi subconsciente sopló sobre la ya titilante llamita de la necesidad, y ese soplido que apagó esa llamita, sirvió a su vez para avivar los carbones encendidos de la pasión ciega. Así que hice un comentario para fijar la atención.

 

Para fijar la atención en mí. La de Caro. Para fijar la atención de Caro, en mi.

 

 

-          ¡Huy, creo que tengo sangre del gato en la camiseta!

 

 

Y la miré a los ojos.

 

 

Y no pasó nada mágico, por el momento. No pude distinguir en ella ningún gesto, ni de “Adelante el semáforo está en verde, y estoy de lo más dispuesta”. Ni tampoco un gesto de asco del tipo “Que te pires, baboso”. Pero gracias  a la sensibilidad de mis tentáculos psicológicos, si que me di cuenta de que la relación entre Isma y Caro era la clásica de hermanos sin química, que se van aguantando como pueden hasta que se liberan el uno del otro y adiós. En estas circunstancias, la amistad con Isma, que me había permitido comer en la misma mesa que Caro, podría resultar a la postre una losa que me impidiera la relación con ella. Por lo tanto se daba la circunstancia de que Isma era un pieza a sacrificar. Ya pensaría cómo.

 

 

-          No tienes nada de sangre de nada en la camiseta- dijo Isma sin que nadie le preguntara.

 

La vuela apareció con una enorme fuente de natillas, que por haber estado en la nevera venían temblorosas, a pesar de la capa de galletas maría que las cubría.

 

-          ¿Tienes huevos para jugar al tiro al culo?-preguntó Isma.

-          ¡Pues claro, que chorrada! – dije yo, seguro de mi mismo en apariencia, pero con una siniestra sospecha rondándome el espíritu.

-          Pero ¿sabes lo que es?

 

Miré a Caro, pero ella estaba entretenida explicándole a la Abuela lo que iba a hacer aquella tarde, y yo me despisté un poco tratando de coger la onda, pero a la vez escuchando a Isma, el pesado. Que no se callaba.

 

-          Es un juego de caza individual. Cuatro amigos nos vemos en el cine abandonado, con nuestras escopetas de perdigones, todos contra todos, solo se puede disparar al culo, se hace un cuarto de hora de tregua para buscar escondites y empieza el juego.

-          Ah…¿Eso? Si claro. A eso he jugado mil veces. Pero tiene que ser esta tarde, porque mañana tengo una movida y pasado otra.

 

Ahí estaba yo, preservando mi valor, pero al mismo tiempo, seguro de que una cosa así no se puede organizar en dos horas. Y dentro de mí, habitaba sin yo darme cuenta la total y completa seguridad de que nada saldría de la forma en que yo estaba seguro de que iba a salir.

 

Y no. Yo tampoco lo entiendo.

 

Pero se organizó en dos horas. Tal cual.

 

 

El cine Ideal tuvo sus momentos de gloria, seguramente, pero yo no llegué a conocerlos. No sé las circunstancias en que fue abandonado, no sé si el dueño, con su sombrero de gangster, cerró la puerta una noche lluviosa, y le dijo “Ahí te quedas”, o si fue que cada vez iba menos gente, hasta que un día, que había programa doble no fue nadie, y la taquillera tampoco fue, o fue y se murió, pero como no fue nadie, nadie se dio cuenta.

 

EL caso es que el cine estaba abandonado desde hacía muchísimos años, y era un lugar ideal para juegos de escondite, y juegos de bestias como el tiro al culo. Era un enrevesado laberinto en tres plantas, comunicadas por el gran espacio que era el patio de butacas, con su bar abandonado, su habitación de proyector abandonado, sus almacenitos de películas abandonados ellos y abandonadas ellas. Mil rincones para apostarse y poder tirar al culo con total impunidad.

 

Yo había ido a mi casa, y me había uniformado reglamentariamente , con una garcilla cubriéndome las pelotas, , aunque el mango se me clavaba en la tripa y me impedía agacharme cómodamente, con tres calzoncillos gordos, para los disparos en el culo, y con unas cinco camisetas gordas también, por si a alguien le fallaba la puntería. Un sombrero de hípica, de un tío mío inconstante, que después probó a tocar el violín, y unas gafas de sol que me tuve que quitar al entrar en el cine, porque no se veía nada.

 

Me senté en una especie de sala de espera (Abandonada, por supuesto), a esperar a los chicos, y sobre todo a Isma, que le había pedido una escopeta de perdigones para mi, a un primo suyo.(¿Óscar, Edu, Benito?...), ya que él iba a usar la de su abuelo. Tan orgulloso.

 

            Llegó.

 

-          ¡¡Pero que haces, tío!! Levántate de ese sofá. ¿No ves que está lleno de pulgón?

 

 

Ya no me dejo de picar la piel en toda la tarde.

 

            Después de que Isma me entregara el armamento y la munición, y sin dar tiempo a pensar en cosas como el clima, ni las distensiones de ligamentos, ni a cruzar tres o cuatro palabras, que hubieran sido en su mayoría adverbios y verbos copulativos, llegaron los otros dos terroristas. A uno de ellos lo conocía algo, de haber tomado mistelas en el coronas, pero al cuarto ni siquiera lo había visto. Era de esos ejemplares silenciosos, que tenía toda la pinta de no sonreír, y dedicar el tiempo que le llevaran las presuntas sonrisas a maltratar a su hermano menor, y caso de no tenerlo a maltratar igualmente, a un grupo de primos entusiastas, de los que van todos juntos a clase de judo.

 

            Marco, y Raúl, respectivamente.

 

 

            Estuvimos un rato recordando, o en mi caso, estableciendo las reglas que iban a regular el singular juego. LA regla principal, como ya se ha dicho, era que no se podía abrir fuego contra nadie que estuviese de frente, sino que solo se podía dispara al culo, de modo que la confrontación directa no era fácil. Sin más preámbulos, nos dirigimos al centro del patio de butacas, tan abandonado como el resto del cine, y a la cuenta de tres, salimos corriendo cada uno en una dirección.

 

 

            Y ya fue en esa especie de soledad oscura que me invadió, cuando conseguí, al fin, ser lo suficientemente libre, como para dejarme atrapar por el pánico.

 

            Fue por eso, que nada más atravesar la puerta de la esquina que me correspondió, comencé a bajar escaleras hacia el sótano más profundo que encontrase, donde pegaría mi trasero a una pared, esperando el fin del mundo. Porque lo que no iba a consentir es que nadie me disparara en el culo.

 

 

Estrategia un tanto defensiva, lo reconozco.

 

SI me seguís a la cuarta parte, os ofrezco mi cuerpo y lo podréis usar como más os plazca. ¿No es tentador? ¿no?

UNA PÁTINA DE REALIDAD, RELLENA DE REALIDAD (II, Estofado Caro)

El abuelo de Isma, había construido la cabaña, como un anexo a su verdadera casa, y concretamente anexa al garaje, que nunca guardó un coche, pero si, en ocasiones un solitario cochino que se mataba en Enero, aperos de labranza, como un trillo, unas sierras y cuchillos con los que dar fin al cochino, y una vieja Mobylette que ya había soltado sus mejores pedorretas, y que probablemente ya no arrancaría más, cubierta con un mandil de carnicero o algo así.

 

            Y encima, en lo que es la vivienda, estaba la abuela, que ya no iba al pescado a la lonja, ni remendaba, y que había sobrevivido al atropello del R-8, porque ese día estaba en la capital, a 50 km de distancia.

 

            Eso la salvó.

 

 

            Acabábamos de asesinar al gato, y nos habíamos dado media vuelta, cuando traté de dispersar algo de mi culpa…

 

-          El tiro que tú le diste era mortal de necesidad.

-          ¡Hum no sé, no sé, estos bicho son malos de matar!

-          ¡Que si!

-          ¡Que no sé!

 

Verdaderamente, me extrañó ese empeño suyo, en discutir, total a él que más le daba, si ya era un cabronazo genuino. En cambio yo…

 

 

La abuela llegó a la cabaña, imagino que tras un largo viaje desde la casa.

 

-          Te quedas a comer. ¿no?- dijo mirando a Isma.

-          Abuela, yo soy tu nieto. MI amigo es éste. Es a él al que le invitas a comer. Yo siempre como aquí.

-          Tanto da. Sois dos ¿no?

-          Si, abuela.

 

Yo no conocía, o al menos no recordaba que tal se le daba la cocina a la abuela de Isma, pero con tal de comer con Caro, lo mismo me daba, aunque tuviera que comer mondas de patata.

 

Tras un breve momento dedicado a abluciones varias, y que me llevó al pasado, no porque hubiera que lavarse las manos antes de comer, que eso lo veía bien, sino porque la hicimos a instancias de la abuela, y me hizo gracia como nos obligó a mí y a Isma a lavarnos las manos. Yo me las lavé a fondo, para ser huésped bien cumplido, pero Isma se limitó a abrir el grifo y cerrarlo después.

 

-          Pero ¿Qué más te da lavártelas de verdad?

-          ¡Que se joda, por plasta!

 

Al salir del baño, se ve que salí ciego, como los morlacos en feria, y me choqué de morros con Caro, con tal intensidad, que después de pedirle perdón, me apeteció mucho fumarme un cigarro, cosa que no hice porque Isma era no fumeta, y supuse que la abuela y Caro, tampoco fumaban. Y yo no quería descubrir delante de Caro mis vicios, antes de que supiese como había liquidado al gato, con qué cojones.

 

Caro era de pueblo, si. Pero no lo parecía. Sólo tenía 17 años o así. Pero con sus bonitos vaqueros que ocupaban la demarcación de segunda piel, solo que en azul, su bonita camisa blanca sin motivo alguno, y unas “bailarinas” azules, como un poco más oscuras que los vaqueros, y por aquí y por allí se veían pedazos de piel morena, muy morena. También ayudaba su pelo negro, un poco corto, pero muy vivaz, que se entretenía en reflejar en plan barroco, cada rayo de sol, uno en una dirección y otro en otra, cegándome. Por no hablar de su mirada verde…

 

Y tampoco quiero hablar de otras cosas que constituían el armazón de su leyenda. De cómo sabía montar a caballo. De cómo la vi, en cierta ocasión, galopando a lomos de un caballo, de cómo me impresionó la fuerza con la que clavaba las espuelas en los flancos del animal. Y como cada espuelazo de ella en el flanco del caballo, era un voto más a su favor en la urna de mi loca pasión. Por suerte, tuve la frialdad de aprender ese día que seguramente ella, que era autoritaria con los animales, no estaba a favor de los blanditos que no sabían castigarles.

 

Por eso me cargué al gato, claro.

 

Una vez sentados a la mesa, ella enfrente de mí, toda rica, con su vasito de agua, llegó la abuela con un puchero que olía de maravilla. Aunque debo decir que yo no estaba para pucheros, porque yo si amo, no como y si como, no amo. Sin embargo, así que la abuela removió la garcilla dentro del puchero, un doméstico y tranquilo aroma me invadió, apagando la tea de mi pasión inmediata amorosa, pero en el mismo impulso encendiendo la antorcha de mi voraz apetito. Y pensé “Lo importante es tener apetito, ya luego se irá viendo de qué. Ahora es estofado, pero después este estofado será Caro, ji, ji, ji” Y viendo la gracia que tenía mi chiste, no me explico cómo aguanté la risa.

 

La abuela nos sirvió a grandes pucherazos y sin dar tiempo a nada, nos fuimos suministrando mojicones enormes de pan sediento, que se bebían la salsa y se cebaban en realidad para nosotros. Los guisantes rodaban en medio de aquella coreografía excelsa, haciendo temblar a la delicada ternera que parecía que tenía miedo de mi tenedor. Había patatas, también, pero yo no había reparado en ellas. Como son tan orgullosas les pareció mal, y se vengaron guardando celosamente el calor, hasta que al dar en ellas, y meterme una en la boca, lo soltó repentinamente, y tragué de forma apresurada, siendo peor aquel irreflexivo remedio, porque la quemazón, tan ágil que es, pasó enseguida al gaznate y al esternón, sin que pudiera refrigerar diciendo puta ni nada.

-          ¿Quién es esta zorrita?-Dijo la abuela señalando a Caro.

-          ¡Abuela, que soy tu nieta, joder!

-          Dice la verdad, abuela, es tu nieta.

-          Si-corroboré yo.

-          Ah, perdona hija.

 

Yo ya empezaba a angustiarme, porque me resultaba difícil recoger a los locos guisantes con mi tenedor, y perdía el tiempo, y el Isma ya se estaba poniendo más cucharadas de estofado, y Caro parecía gozar de buen apetito. Con respecto a la abuela, no le tenía tanto miedo, era lenta, y seguramente me ofrecería a mi antes de comer ella. Era de estas sacrificadas.

 

Sin embargo, un delicado equilibrio se estaba dando en mi interior. De la que se apagaba la antorcha del hambre, se iba encendiendo la del “romanticismo rápido”, y fue por eso que empecé ya a pensar en la manera de conquistar a Caro, sin quitar ojo de las últimas raciones de estofado,y  de aquellos malditos muertos de hambre.

 

Querréis saber más ¿no? Yo sí.

 

 

Os quiero decir que este maldito blog no me está dejando responder a los comentarios. Me buscaré la vida para hacerlo. Perdón “Me bujcaré la vida”

UNA PÁTINA DE REALIDAD, RELLENA DE REALIDAD (I)

Menos ciertas miradas, todo lo demás pierde, visto de cerca. ¡Cuantas veces decimos que algo es perfecto, y cuando al fin lo tenemos ante nosotros, empezamos a verle defectos, que crecen como la mejorana en Mayo, y terminan por tapar el conjunto.

 

            ¿Cuántas veces? Un huevo ¿No?

 

            Y cualquier idealización, sufre las consecuencias de chocar repetidamente contra los muros gordos de la vida real. Se visten caballos con tules de seda rosa para llevar a las princesas, ese es el sueño, pero luego los caballos se cagan en los tules y llenan los salones de mierda, y, si, siguen llevando sus tules, pero tós cagaos, que apestan…

 

            Yo esto lo supe desde que nací. Por eso, durante una época de mi vida, me dediqué a cazar gatos.

 

            Si, claro, ya sé que es de lo más sórdido. Pero tiene su por qué.

 

 

            Era yo entonces un muchacho de 19 años, terminando de aprender a ser panadero, que me junté por afinidad de espíritu ( A él le gustaba vivir grandes aventuras y a mi leer grandes aventuras), con Isma, que luego fue mi amigo durante una razonable etapa de la vida. Isma y Gaby, pues (Gaby era yo) aburridos, pero con espíritu de aventura, nos enzarzamos en hacer grandes planes en la cabaña que su abuelo (difunto unos años antes por haberle atropellado el único R8 que aun recorría las calles del pueblo con sus ITV pasadas, en los ratos que otros, menos inquietos, dormían la afamada y rica siesta del cura.

 

            Uno de esos recortes de mañana, en el cual estábamos especialmente juguetones con las malas ideas, andaba yo revolviendo sus discos de Bob Marley cuando me fijé en un tubo negro que asomaba detrás de un catre abandonado. Tiré de él, y saqué una escopeta de perdigones, casi reluciente. A la vez que decía:

 

-          ¿Qué es esto? ¡Anda!

 

Expresión que atrajo la mirada de Isma, con la misma rapidez que el despliegue de penacho de la abubilla hembra atrae la mirada pequeña de la abubilla macho, y en menor grado de otros machos de ave, como el tordo. Isma me miró en plan abubilla excitada y exclamó:

 

-          ¡Anda la escopeta de mi abuelo!

 

Y se persignó tres o cuatro veces a toda leche, mientras besaba con ruidosos besitos el cañón del arma. Después de liarse las manos persignándose, se dirigió a un mueble viejo, y abrió una puerta como de secreter. (¿Sinfonier?). Y después abrió un cajoncito pequeño. De él extrajo unas bolas oscuras, que inmediatamente después que los lectores, deduje que eran perdigones. Y después de llegar a esa deducción quise seguir oensando, pero no pude, porque me distrajo Isma, dirigiéndose a la ventana, con el arma plegada, como los buenos, y metiendo los perdigones en la recámara, o como coño se diga. Se asomó, y se apostó, como se apostaría un explorador del lejano oeste con su cazadora de flecos marrón clarita, y me dijo:

 

-          ¡Hazte acá!

 

Obedecí tiernamente, y me puse a su lado en la ventana. Miré hacia afuera, y distinguí lo que podría ser su objetivo: Una botella de cerveza, no se veía la marca, pero era de cebada selecta, y tenía algún tipo de certificado de la UE, que…

 

-          ¡Pum! ¡miau!

-          Ni has tocado la botella.

-          ¿Qué botella? Al gato lo he dejado seco.

-          ¿Qué gato?

 

Nos acercamos, a través de la ventana de la cabaña (No asustarse, era una cabaña construida sobre el suelo, no sobre una secuoya de trescientos metros) y, le seguí.

 

-          ¡Mira! Ahí está.

 

Efectivamente, respirando con dificultad, y sangrando sin ella, el gato estaba tumbado de medio lado. Un hilo de sangre le salía de algún sitio, y el rojo escarlata profanaba aquel cacho de piel blanca, que luego se volvía de canela clarito.

 

Tuve muchas ganas de llorar. Me sentí fatal. De hecho no distinguía bien al gato, por la profundidad del océano de lágrimas que me separaba de él. Por suerte Isma no se dio cuenta. No podía pasar ante Isma como un cobardón. Por una razón muy clara: Me gustaba su hermana Caro. Y creo que ella podía ser tan bestia como él. Nunca podría aceptarme si corría el rumor de que yo era un blando. De que me rajaba. De pronto me dijo

 

-          Lo voy a rematar. Está sufriendo.

 

Y yo, como sin darle importancia, con ese pedazo de talento que la cabrona de la naturaleza me dio para interpretar grandes papeles, le dije:

 

-          ¡Por favor, por favor, déjame a mí!

 

Y el muy perro me dejó.

 

Y yo lo hice.

 

 

Y parecía que me mereciera que la vida me diera un descanso. Pero no pasaron ni dos horas y volví a tener dificultades.

 

Amigos…

CARTA DE AMOR, MUY CONMOVEDORA (Una toma, ¡Toma!)

Día del fin del mundo de 2008

 

Mujer extraordinaria:

 

Claro que te amo. ¿Qué pregunta es esa? ¿No has notado en mi mirada, aparte de mi irrefrenable pasión por ti, el leve acento de tristeza, por la enorme distancia que me queda recorrer hasta merecerte? ¿No te has parado a pensar, sobre todo en esos momentos en los que cierras con las dos manos tu novela preferida, y levantas la mirada tratando de enfocar la lejanía, en esos momentos de reflexión, que yo vivo en perpetuo equilibrio inestable, siempre tratando de estirar el cuello, para dejar de parecer un gusano, y que me salgan manitas, y patitas, y siquiera parecer un ser humano para aproximarme miserablemente a tu categoría de diosa?

 

No te puedo pedir, que desde tu inmensa altura, te fijes en los detalles de mi ridículo avatar. ¿Por qué has de saber tú si sufro? ¿Quién soy yo para contaminarte con mi frustración eterna, de no tener ni la esperanza de que consigas ver mi ruinosa ralea desde tu categoría?

 

Es por esta razón, tesoro incalculable, que, a pesar de tu inteligencia y sabiduría (y discreción, que no tiene que ver aquí, pero que por ser tan abundante no quiero pasarla por alto) te tengo que explicar que vosotros, los dioses, os movéis, o hacéis las cosas que hagáis (tocar la lira, beber agua de las fuentes, etc) en vuestro paraíso o como se llame. Sin embargo los gusanos nos arrastramos penosamente, por lo terrenal, tropezando continuamente con las irregularidades del nuestra azarosa existencia, con obstáculos, con basura, con el mal, en definitiva.

 

Y es ahí, justo, mi amor, donde entra la profesora de la escola de samba con la que me pillaste arrastrándome el otro día, cuando volviste de tu viaje de forma imprevista.

 

Como tú ya sabes, se puede dudar de la rectitud de las ejecuciones y tu abandono es una ejecución. Pero la misercordia siempre engrandece a los grandes.

 

¡Misericordia, pues!

 

P.D: Si te pillo en el maizal…

VIRGINIA TOMA EL CAFÉ CON UN TERROR (Buch, con corazón prestado)

Virginia, que muchas veces buscó culpas, para conseguir su papel de culpable, toma el café con un terror.

 

El abandono.

 

Andar sola por la vida. ¡Qué difícil! Tener que ocuparse de todo, a la vez que se resienten tus estructuras. Porque acabas pensando que si estás sola será por algo.

 

El abandono. Más cabrón…

 

¿Qué sería lo primero que haría si estuviera sola? Virginia toma el café con un terror, el abandono, y con su vestido de manga corta, negro, y con un discreto escote de pico. Y a lo mejor es de punto. Pero de eso no estoy seguro. ¡Qué sé yo la definición de punto!

 

Virginia ha conseguido que los rayos de sol de Mayo la tuesten un poco, y nadie, especialmente la del bajo B, hubiera creído que una mujer tan blanca hubiera podido tostarse un poco en los primeros días de Mayo.

 

Con el abandono a cuestas, subido en sus hombros, sin estar segura de si se lo va a llevar encima toda la vida o no. Sin saber a ciencia cierta si va a estar mejor algún día, remueve su café con un terror. El abandono. Está en la cocina de su casa, y ve un cuadro con utensilios de cocina, dibujados con un fabercastell del 4. Ni muy blando, ni muy duro. Y nota que la primera calada del día, le trae un aire de pesimismo agarrado al humo.

 

Es el momento más inoportuno para tomar una decisión, así que va ella y la toma.

 

Es lo que hacemos todos, siempre. La única diferencia es que ella, a diferencia de los demás, sí que encuentra un boli a mano, en su cocina, sí que encuentra un papel, en el que se pueda escribir. Y, finalmente, no se le derrama el café mientras escribe:

 

“…lo he pensado y no quiero estar contigo lo que me queda de vida. Ni aunque solo fueran diez minutos.”

 

Y salió, y puede que no lo creais, dispuesta a jugar una buena partida con el mundo. Sin reglas.

CINCO DÍAS Y UN DÍA (Epílogo honesto)

-          Como no tenía cataplasma de mostaza, se la he puesto de chimichurri, que pienso que hará el mismo efecto. Hale, adiós.

 

Y con esta frase, el doctor abandonó la celda, y dejó a nuestros tres héroes en la intimidad. Pingarro yacía bocabajo, en su litera, tratando de ventilar su culo herido, con aire fresco, haciendo movimientos extraños, intentando que el aire pasara a través de las juntas de ventilación de la cataplasma. Su voz sonaba, recia y viril, por qué no, pero amortiguada por la almohada. Decía:

 

-          ¡Escuece!

 

También hacía respiraciones rápidas con la boca. Y de vez en cuando, se daba a las interjecciones

 

-          ¡Ay ay ay ay ay!

 

Tremendamente molesto para Missini. Por eso tanto él como Luisín se entretenían en una noble conversación, apoyadas sus espaldas contra el gotelé más lejano al trasero incandescente de Pingarro. (Como osos rascándose contra los árboles, en los bosques de Alberta)

 

-          Sé que me tienes un poco de rencor, Luisín, porque todo parece indicar que te íbamos a abandonar aquí.

-          No, a ver, si me da igual, estáis en vuestro derecho. No pasa nada.

 

Pero esta frase contradecía la súbita inundación de sus ojos, por la tierna emoción que le produjo la confesión de un ser tan aparentemente frío como Missini.

 

-          No digas eso. Estás jodido. Si estás a punto de llorar.

-          ¿Llorar? Jajajá. Llorar dice. Que no, que me da igual. Te lo juro.

-          Estás molesto.

-          Que no, que a lo mejor un poco al principio. Igual al principio, pero no porque me pareciera mal que os fueseis, ni tampoco porque no me lo contaseis, ni porque aprovechaseis mis momentos de sueño., para planear a escondidas una fuga, sin contar en absoluto conmigo. Lo que al principio no me pareció del todo bien fue que una vez te oí que decías unas cosas…

-          ¿Qué cosas?

-          Bah, es que no quiero hablar de ello, ya me da igual.

-          No sé, tío no te entiendo. Pero me da igual, no te creo. Sé que estás jodido, y se como remediarlo. Te voy a contar la verdad.

-          No, pero a ver, si me da igual. Si yo con mi pacharán o mi orujo…

-          ¡Que te calles, coño, que te lo voy a contar! Escúchame.

-          Te escucho. Pero no estoy jodido.

-          Aquí la raíz del problema es la siguiente: Pingarro, el que tu crees una víctima del mundo, de los sentimientos, de la sociedad, no es quien tú crees. En realidad es otro.

-          ¿Nos ha estado engañando? Bueno, no me importa…

-          No, no exactamente. Ese que él nos contado que es, es. Pero también es otro. En fin, para no hacértelo más largo: Pingarro está poseído.

-          ¡Dioooooss! ¿Por el demonio?

-          No, no…¿De vomitar verde y eso, dices? No, no. Lo ha poseído un espíritu del que desconocemos su identidad. Yo le estoy haciendo los exorcismos correspondientes. Eso fue lo que viste en la azotea.

-          ¿Vosotros dos en bolas, en lo alto de los poyetes? ¿Eso era un exorcismo? ¿Pero tú sabes hacer exorcismos?

-          Pues claro, majadero, ya he dicho en más de una ocasión que yo escapé de la muerte, y aprendí, tras larga experiencia, algunos rituales que permiten deshacer encantamientos, brujerías y algunas clases de exorcismos. Y éste era uno.

-          ¿Pero cómo llegó a estar poseído? ¿Acaso una sesión de espiritismo? ¿Una aparición? ¿Un agujero blanco?

-          No, Luisón, eso no se sabe. Le pasa a quien le pasa y listo. ¿Qué te crees? ¿Qué eso sale en el BOE? Al pobre le tocó y listo. Y bastante ha sufrido ya. Como para remover el tema.

-          Bueno, y dime ¿Cómo se supo que estaba poseído? ¿Era bipolar? ¿Miraba extraño? ¿Hablaba lenguas extinguidas?

-          No, en mi caso se acercó y me dijo: Estoy poseído.

-          ¿Y le creíste?

-          Hombre, es que nade se inventaría algo así…Además, este asunto le está costando su dinero.

-          ¡Cómo! ¿Le extorsiona su poseedor?

-          No, hombre. ¡Qué ignorante! Lo que ocurre es que para los exorcismos hay que utilizar cierto tipo de material, como el agua irisada, sometida a unas conjuras, alas de grillo de Jericó, belladona del Carmen. Y claro de tanto pagarlo, pues el pobre no tiene más dinero…y no te creas que yo le he ayudado, pero a 500 € por sesión, la cosa no da para mucho…en fin supongo que esto ha llegado a su fin, cuanto antes sepa que se va a quedar para iempre así, pues mejor. Siento haberte molestado con esta historia, Luisín, pero no quería que pensaras que te habíamos estado engañando. El hecho de que la sesión se arruinara por tu culpa no tiene nada que ver, son accidentes.Voy a hablar con culorrojo.

 

 

Un aluvión de lágrimas emotivas acudió en bicicleta a los ojos de Luisín. Que, visiblemente conmovido espetó a Missini:

 

-          ¡Espera, oye, espera!

-          ¿Qué?

-          La próxima sesión corre de mi cuenta. ¡A la mierda el pacharán.!

-          De ninguna manera lo puedo aceptar. Tu gesto es muy noble, y precisamente le dije el otro día a no me acuerdo quien…

-          ¿A quien?

-          No me acuerdo, que tú eras un tío de lo más noble.

 

 

 

Luisín metió la mano por su colchón, y sacó un enorme mazo de billetes. Contó una cantidad que hacía más de tres cuartas partes del mazo y se la tendió a Missini.

 

-          La próxima sesión va de mi cuenta.

-          ¡No! NI hablar, no puedo aceptarlo. No fue culpa tuya, fue un accidente.

-          Por favor insisto.

-          No, no puedo aceptarlo porque a Pingarro no se le puede comentar nada de la posesión suya, no por él, que no le importa, sino por el espíritu posesor que si se entera de que te he contado esto va a montar en cólera y le va a hacer la vida imposible al pobre. Así que  jamás vamos a poder decirle que has cedido tan generosamente este dinero para su terapia. ¿sabes? Y ese gesto es una pena que tú lo hagas si él no puede agradecértelo. Exige demasiada nobleza por tu parte.

 

Luisín hizo un gesto grandilocuente, pero indefinido, y con voz solemne dijo:

 

-          Tú lo has dicho, yo soy noble. Y punto.

 

Missini, le dio un abrazo, aunque no le palmeó la espalda porque tenía cerrada la mano en torno al dinero.

 

-          Lo que voy a hacer es ir a decirle que hay dinero para una próxima sesión. Mantente apartado no quiero que ni siquiera sospeche de que estás al tanto. Vete a comprarte una botella de orujo, que te la mereces.

-          ¡Huy, ya no puedo! Ahora solo tengo dinero para sobrevivir. No puedo ya permitirme el orujo. Pero mira me iré a jugar al baloncesto. ¿Qué te parece?

-          Haz lo que te de la gana tío, pero vete. ¿A mí que me cuentas?

 

 

Cuando Luisín desapareció, Missini se acercó a la litera de Pingarro y le dijo:

 

-          ¡Eh, tú! ¡Despierta!

-          ¿Eh? ¡Oh, como duele! ¡Gñgñgñgñg!

-          Calla y escucha. Me he conseguido deshacer de Luisín y sus sospechas. Le he convencido de que lo nuestro no era una fuga, que era una apuesta. Total que a trancas y barrancas he conseguido que se lo creyera, pero me ha pedido una participación en los beneficios, y le he tenido que dar euros, doscientos.

-          Bien hecho. Qué pesado, el Luisín, que mamón.

-          Si, claro, pero me tienes que dar la mitad.

-          Por supuesto.

-          ¡¡Pero ya!!

-          ¿Ahora? Si es que no me puedo mover.

-          Bueno, espera un momento, que hay que arreglar más cuentas.

-          Si, eso, el dinero de la fuga esa transespìritual, ¿Me lo devolverás?

-          Pues no. Todo lo contrario, si quieres que lo volvamos a intentar me tienes que dar otros 500 euros. Ya te dije que el material no valía de una vez para otra.

-          Joder. Bueno pero ¡ay! Me da igual. Porque no me quiero fugar ya. Ya no quiero tanto al putón.

-          ¿Qué?

-          Que el tiempo ha conseguido que me desenamore, que ahora pienso más en mi.

-          ¿En serio?

-          En serio tío. Creo que ya no me importa tanto, así que no tengo motivos para fugarme, así por las buenas.

-          ¿La libertad, tal vez, la libertad salvaje, aquello que hablamos?

-          Me dejó de interesar.

-          Pues mira, eso lo respeto. De las pocas cosas que llegan a mi helado corazón, una es la determinación del ser humano en prescindir de todo lo que no case con sus criterios. De modo que salud y respeto.

-          Gracias, Missini. No sé por qué la gente dice que eres tan cabrón.

-          De nada. Únicamente te quería comentar una cosa…

-          Dime.

-          Pues verás, después de tu descripción de la canzonetista o puta, me ha ocurrido que la chica se me ha ido colando en el corazón , y poco a poco, bueno, pues se ha ido haciendo un hueco, y me pregunto si te importará que me la ligue yo, que si que me voy a fugar. La trataré bien y la haré muy feliz. ¿Qué te parece?

 

El silencio, con su manto de armiño, se sentó en su trono, dispuesto a reinar durante cuarenta años, pero no pudo evitar un sutil gesto de decepción antes de romperse en pedazos por la frase de Pingarro:

 

-          NO, no deja. Me fugo contigo. Coge el dinero de la bolsa que está colgada de la pared.

 

 

Próximamente y en una sola toma: Una sorpresa.

CINCO DÍAS Y UN DÍA (VI, Libertad y Transespiritualización)

Las lentejas, el pecho a la donostiarra, y los frixuelos (dos) al mascarpone, pesaban lo suyo en el estómago de Luisín. Por lo menos tenía la botella de pacharán, que iba a dejar en su celda antes de asistir a clase de baloncesto que tenían en el gimnasio.

 

Pero la botella ya iba mediada, y cuando llegó a su celda se derrumbó sobre la cama, y la verdad, la verdad dudosa que le dijo Loma, se mostró desnuda delante de él, y el pobre llegó al convencimiento de que esa verdad era verdad.

 

-          Se han ido.

 

Y él, que era un tío que jamás se había dado pena se encontró cara a cara con la imposibilidad de controlar sus lágrimas. La pena negra se instaló en su corazón y vino con dos enormes samsonites, lo que asustó a Luisín, pues eso significaba que venía para mucho tiempo.

 

Tomó un trago de pacharán y le supo fatal, como salado por las lágrimas. Y se durmió. Si supiera lo que había pasado, si supiera cómo habían conseguido fugarse habría soñado con eso.

 

Pero, amiguitos y amiguitas,…no tenía ni idea.

 

Así que soñó con enormes destilerías, dorados alambiques, y fuegos lentos.

 

Durante un ratito. Porque debido a algún proceso fisiológico, no demasiado extraño, pero muy molesto, un ligero pero traidor y evidente regüeldo de las lentejas, alcanzó su nariz por dentro. Fue muy desagradable, así que cambió de postura, tratando de evitar que aquello fuera a más. Empeño inútil, porque al cambio de postura, la insospechada bolsa de aire lentéjico y morcilloso que tenía dentro, se violentó y estalló en una sacudida interna, con un tremendo eructo incompatible con el sueño.

 

Se incorporó y decidió que iría a dar una vueltita por la azotea, en busca del viento fresco de marzo, que igual que los moscones primaverales que aguantan hasta Nochebuena, a veces se presentaba en Junio.

 

El viento de Marzo…¡Qué informal!

 

El acceso a la azotea era libre, no sólo por seguir la tradición de liberalidad en el presidio que sostenía el penal de Dárcona, sino porque el lejano peligro de suicidio, no suponía para la Dirección del penal ningún problema, sino que daba un poco igual.

 

Como todos sospechábamos, menos él, el viento fresco de Marzo no apareció por ningún lado, sino más bien, una palmadita de calor en toda la frente, y un relámpago fulgurante de parte del Sol. Esto le hizo guiñar los ojos y pensar por un momento en que el sistema visual del ser humano necesita largos periodos de adaptación antes de funcionar a pleno rendimiento, y si no era en general el del ser humano, al menos el suyo sí.

 

En segundos que a él le parecieron millones de años, fundidos en glaciaciones interminables, sus ojos se adaptaron a las nuevas y mediterráneas condiciones lumínicas, y pudo ver que estaba sólo en la azotea.

 

Aunque él notaba presencias, dos.

 

E hizo lo que todos hacemos en cuantito que notamos presencias en una azotea, siempre y cuando estemos decepcionados con el viento fresco de Marzo. Mirar hacia arriba.

 

Pues bien. ¿Habéis visto alguna vez una actuación en televisión de Los Diablos, o de Fórmula V? En lo que me gustaría que os fijáseis es en la presencia sobre el escenario. En cómo estos grupos aparecían medio por separado, cada uno de sus componentes en un poyete, dando una sensación de unidad pero al mismo tiempo de libertad interna.

 

Tal cual, pues, sobre cada uno de los dos poyetes de las antiguas chimeneas de Dárcona, ahora convertidos en simples pedestales, de unos dos metros de altura, aproximadamente, dos presencias en bolas con los brazos cruzados sobre el pecho, y las miradas perdidas en lo que parecía ser una orgía hipnótica, adornaban la azotea, como si fueran estatuas de dioses griegos.

 

-          ¡Missini, PIngarro, cabrones! ¿Qué coño hacéis? Me dijo el hijoputa de Loma que os habíais pirado. Pero igual quiso decir…

 

Missini se llevó un dedo desnudo a la boca desnuda en el internacional gesto de silencio.

 

-          ¡Chsssst!

 

El gesto tuvo efecto durante tres o cuatro segundos, pero el subconsciente de Luisín no consideró oportuno que lo mandasen callar aquellos dos tíos en bolas, y además tenía demasiadas cosas que decir.

 

-          …igual quiso decir que estábais pirados, ¿Por qué no habéis venido a comer? Yo pensé que os había perdido como amigos, hasta he llorado, cabrones, bajad ahora mismo para que os abrace, joder mierda, yo ya no quiero estar sin vosotros, la celda en una mierda sin vosotros, me da vergüenza decir esto, joé, que mariconada, pero mira es lo que siento. Yo no sé que voy a hacer cuando me den la condicional, me esconderé y no la recibiré. Me tendréis que traer la comida colegas, porque si no fijo que me encuentran para dármela en plan citación. Ahora mismo creo que no necesito ni beber, si acaso un traguito…

 

Pingarro, aparentemente sin escuchar la charla de Luisín se dirigió a Missini desde la altura:

 

-          Missini, esto así es imposible que funcione ¿No?

-          Pero del todo, es que no se calla el cabrón.

-          …porque yo bebía por falta de dos compañeros, pero es que ahora lo estoy viendo como algo que merece la pena, como los tres mosqueteros, o como los tres sudamericanos.

-          MIssini, si no se calla ¿Qué hacemos?

-          …como los tres tristes tigres.

 

Missini saltó ágilmente desde el poyete, y flexionó con elegancia las piernas al caer. Recogió sus pantalones y su camiseta y se los puso mientras nadie decía nada importante. Solo Pingarro balbuceaba desde su poyete.

 

-          ¿Lo estamos dejando? ¿No hacemos la transespiritualización?

-          A tomar por culo la transespiritualización. Baja y vístete.-dijo Missini

-          No. Yo lo sigo intentando, lo mismo quedan un millón de años hasta que vuelva a dominar las constelaciones su turno.

-          Saturno, no su turno. Y que te bajes.

-          No.

-          ¡Bájate, coño!

-          No. Yo quiero transespiritualizarme.

-          O te bajas o te zurro.

-          Vaaale, me bajo.

 

Pingarro también bajo de un salto, pero lamentablemente no fue tan certero como el de MIssini, y al caer rebotó sobre sus pies, cayendo de espaldas y recibiendo, no ya un fuerte golpe, sino un quemón que te cagas, porque el ladrillo de la azotea estaba bien caliente. Se retorció de dolor quejándose amargamente, mientras Missini hacía un gesto de fastidio, muy parecido al que se pone al decir:

 

-          ¿Por qué me has juntado, Señor, con estos inútiles?

 

Pero al mismo tiempo tocaba levemente con la punta de su bamba azul, el ahora rojo trasero quemado de Pingarro, mientras le aplicaba un balsámico:

 

-          Hala, venga, Pingarro, que nos van a ver. Vístete.

 

Pingarro se había hecho muchísimo daño, pero decidió no seguir quejándose muy alto, sino sólo con sollozos mudos. Mientras tanto, Missini y Luisín, tenían una amistosa conversación de hombres. Luisín se dirigió a Missini, poniendo su mejor cara de “No solo he bebido en la vida, señores”

 

-          ¿Qué me hacéis? Missini ¿Qué me haceis? ¿Os vais sin mi?

 

Missini hizo un gesto medio traicionero, para asegurarse de que Pingarro no les oía, y le cuchicheó a Luisín

 

-          De verdad que si me crees capaz de algo así, es que no ha merecido la pena.

 

 

 

Utilizaré el epílogo (O sea que no hay una VIII parte propiamente dicha), para rematar esta bonita historia. Eso sí, será un epilogo de lo más revelador…

 

 

Guapos.

CINCO DÍAS Y UN DÍA (VI, Fuga cruda)

Luisín entro en el comedor, y la música de los cubiertos al entrechocar, se le hubiera antojado una ópera barroca de Händel, caso de que el hubiera alguna vez oído alguna, consciente de lo que estaba oyendo.

 

Aspiró muy fuerte, y todo el aroma de las lentejas flirteó sin piedad con su hambre pura, y rezó, tal vez por primera o segunda vez en su vida, para que no hubiese mucha cola en el autoservicio.

 

De hecho no la había, así que se situó educadamente detrás de Larrauri. El fino timador.

 

-          Larra, no veo. ¿Hay lentejas?

-          Si. Lentejas.

-          ¿Con morcilla, chorizo, panceta, costilla?

-          Y puerros. Y patatas. Arroz blanco, no.

-          Bah, el arroz es una anécdota en las lentejas. ¿Y de segundo?

-          Diría que es pecho a la donostiarra. O redondo.

-          ¡Atiza! ¿Y de postre?

-          ¡Agárrate Luisín! De postre frixuelos al mascarpone.

-          ¡Oh!

 

Luisín avanzó tras Larrauri con un calentón gastronómico de aquí te espero, Manuel.

 

Siendo Dárcona, como era una penitenciaría de lujo, no se comía en vajilla fina, no obstante. Se prefería, quizá por mantener la atmósfera de prisión, o por no tener que ver reos fregando innecesariamente, se prefería, como digo, el sistema de las clásicas bandejas metálicas, con huecos donde poder arrojar el puré de patatas con el viejo estilo carcelario: A garcillazos.

 

-          ¡Splotch!

 

Una vez servido, y llevándose pan metido en el blusón, que allí daban poco y había que procurárselo de propina, se dirigió hacia su mesa de costumbre, donde se sentaba con Missini y Pingarro, y disfrutaba de la comida como solo él sabía hacerlo.

 

Pero esta vez no estaban ni Pingarro, ni Missini. Miró a su alrededor para ver si estaban en otra mesa, pero uno de los presos más pendencieros pensó que le miraba a él, y le tiró un húmedo besito. El pobre Luisín apartó la mirada procurando no poner cara de asco, porque tampoco quería ofender, y además nadie se resiste mucho rato a la llamada de las lentejas. Y él , tampoco.

 

Tres normas básicas regían en el comedor, había algunas más que tres, pero estas tres eran insoslayables:

 

1º) Sólo se puede repetir de segundo si repites de primero

2º) Tal vez no sepas utilizar los cubiertos, pero al menos utiliza las manos.

 

3º) Aunque no te gusten los filetes rusos, no los tires en las jarras de agua de las que van a beber tus compañeros. Cabronazo.

 

Luisín observaba todas las normas, e incluso cumplía la mayoría de ellas. Se sentó en una mesa en la que había tres presos anodinos, que nunca tendrían nombre propio en esta historia ni en ninguna otra. Uno de ellos, con cara de recopilación de música celta, no tardó mucho en abrir la boca:

 

-          ¿Y tus amiguitos?

 

Luisín pasó por alto el despectivo “amiguitos”. Y quiso hacer ver que aquella conversación no le interesaba lo más mínimo. Pero sin ofender:

 

-          ¿Tú tienes orujo?

-          ¿Yo? ¡Pero que dices! ¿Quién te crees que soy?

-          ¿Y Pacharán?

-          Pacharán sí. Eso es otra cosa. No es el vicio porque si del orujo,…

-          ¿Cuánto?

-          40 Euros la botella.

-          Vale. Tráemela. Toma los 40.

-          Perfecto, pues te pasas por mi celda y…

-          ¡No, no, tráemela ahora! La quiero ahora.

-          Pero, Luisín, no seas coñazo, que…

-          Si no me la traes ahora no la quiero.

-          Está bien…

 

El hombre se fue, y sus compañeros se quedaron sin saber qué decir. Aunque no se notó nada, porque hasta entonces tampoco habían dicho nada.

 

Transcurría en silencio la comida, solo rota por el sorber de la piel de la morcilla (diosa morcilla) de uno de los mamelucos que acompañaban al de la cara de recopilación de música  celta, hasta que Loma, el siniestro ser moreno, que era capaz de decir “buenos días”, y que sonara como “he visto tu muerte en los huesos del pollo”, y tu contestarle que no había habido pollo para comer, sino judías verdes y huevos fritos con pisto manchego, y el aun así salir del paso con un “pues figúrate como estará de clara, para yo haberla visto en los huesos del pollo”, hasta que Loma, como digo, se sentó en la mesa vecina a Luisín, justo a su espalda, de modo que Luisín solo pude apercibirse de la cercanía de Loma, por el frío que sintió en la espalda, y no porque aquel dijera nada. Pero toda su hambre pantagruélica, se esfumó, y Luisín, maldijo  porque aquel frescor le distrajera de sus lentejas y su redondo o pecho a la donostiarra, pero sin muchos aspavientos, porque sabía que Loma se había especializado en dar malas noticias, y no tenía intención de que Loma le diese una mala noticia. Y para eso lo mejor era que no se fijase en él.

 

De modo que en tensión e incómodo, pero sostenido por el hambre subyacente, Luisín volvió a sus lentejas. Uno de los esbirros, muy imprudente, o ignorante, se dirigió a Loma:

 

-          ¿Tu quieres algo? A 40 € el pacharán, eso ya te lo digo.

 

A Loma se le notó que disfrutó cuando dijo

 

-          No quiero nada, pero aunque lo quisiera daría igual. El guardia ha trincado al idiota de vuestro compañero con la botella de pacharán para éste, y están registrando su celda y las vuestras.

-          ¿Qué? ¡Anda ya! ¿Cómo lo sabes? ¡Es mentira!

-          Ah, pues será mentira entonces.

 

Pero la certeza del coñazo de la verdad flotaba por el comedor. Los mamelucos salieron corriendo, asustados, y Luisín, conocedor de las artes de Loma, se encogió aun más en sus sitio, y hasta trató de adoptar el color del entorno, pero eso no lo consiguió.

 

Tres temibles toquecitos sintió en su espalda.

 

Los ignoró.

 

Otros tres.

 

Más ignorancia.

 

Solo la gran colleja explosiva, dolorosa y restallante, le hizo volverse.

 

Un poco iracundo. Lo cual no era nada aconsejable cuando se trataba de Loma.

 

-          ¿Y tus amiguitos? ¿eh?

-          ¿Y yo que sé?

-          ¿Quieres saberlo?

-          No. Me da igual. (Solo quiero mis lentejas y este pecho a la donostiarra, y estos frixuelos adorables)

-          Tus amigos se han largado sin ti. Se han fugado.

-          Ja,ja,ja,ja

 

Si, claro que se rió. Al fin y al cabo la dignidad es necesaria en la vida. Pero el vio como la gris y lenta carabela de la verdad navegaba rumbo a su felicidad, dispuesta a despedazarla.

 

-          Se han fugado sin ti. Creen que eres un borracho que no sirve para nada. Por eso han pasado de ti, por eso no te han dicho nada, por eso, por eso. Por eso.

 

Y, aquella vez Luisín, preso de la ira, ya consciente del daño dio la única respuesta que un ser racional podía dar:

-          ¡Grrrrr!

 

Pero vosotros y yo sabremos en la séptima y última parte, si esto es una traición o un lamentable malentendido.

 

Venid. ¿no?

CINCO DÍAS Y UN DÍA (V, Tienen un plan)

Expectación

 

Un silencio doméstico y dócil se hizo en la celda, por fin.

 

Tosió levemente Luisín.

 

Expectoración.

 

 

Mientras todos los demás dormían una plácida siesta, (Plácida en lo interior, porque aquello se había convertido en una tamborrada desacompasada de ronquidos) Missini, Pingarro y Luisín permanecían, despiertos, en silencio. Éstos, porque tenían curiosidad por saber lo que les tenía que decir Missini acerca de la causa por la que había soltado todo aquello de que el vino de la muerte, y aquel, porque no estaba seguro de continuar adelante. Así que aunque se dice de las palabras que se las lleva el viento, en realidad no sucede así, sino que las palabras ocupan espacio, y se tienen que ir cuando llegan las nuevas.

 

Y aquí quería yo llegar. Al no haber palabras nuevas, las ya dichas se quedaron pegadas a las paredes. Especialmente las que llevan “s”, que son las más pegajosas. Que además coincide que son las que más humedad aportan, con lo cual el ambiente era cálido y húmedo. Alguien tenía que empezar a hablar, para que aquellas palabras pegajosas se fueran de paseo.

 

Luisín se había hecho con una botella de pacharán en el comedor, de manera que hubiera sido una heroicidad por su parte mantener los ojos abiertos un minuto más. Especialmente con la sugerencia perfecta del coro de ronquidos, que en graves, medios y agudos, abarcaba todas las líneas del pentagrama.

 

Habló Missini, y todas las palabras que se habían dicho antes salieron a toda leche de la celda, por entre los barrotes. Sobre todo las que llevaban “s”, las pringosas. Las nuevas venían susurraditas:

 

-          Lo dije porque tenía un plan, Pingarro.

-          ¿Eh? No te oigo.

 

Missini sacó su cabeza desde la litera de arriba, y , aunque por esas cosas de la física o de la perspectiva, le quedaba al revés a Pingarro, no por ello perdía su expresión un ápice de severidad y de trascendencia.

 

-          ¡Pssst! Habla bajito que no quiero que nos oiga Luisín. Tengo un plan. (Esto lo dijo sin hacer voz, ¿Me explico?)

-          Tienes un plan. Claro. ¿Un plan para hacer qué?

-          ¿A ti que te parece? ¡Para escaparnos, Pingarrín, para escaparnos!

-          ¿Para escaparnos? Vamos a ver, yo estoy condenado a cuatro meses y un día. Luisín a tres meses y un día…

-          ¡Como si la condena es de cinco días y un día! No se trata de eso, coño, que tienes una estrechez de miras…

-          NO me extraña que tú quieras irte, con 15 años sobre el cuerpo. Pero ¿Yo?. Además, con lo bien que nos tratan aquí…

-          Solo quiero decirte una cosa, Pingarro, y luego, serás libre de tomar tu propia decisión. Pero solo dime esto. ¿Qué es para ti la libertad?

-          Yo que sé.

-          Déjame ayudarte. ¿Qué sentiste cuando llevabas al hombro a la canzonetista aquella?

-          ¿Canzonetista?

-          Bueno, la puta, no quería decirlo así…

-          No era puta, no vuelvas a decir eso.

-          No era puta, de acuerdo. Pero dime, en aquel preciso instante en que llevabas a la chica encima de tus hombros, ¿No sentiste que nada importaba, que solo estabais tu y ella, y, como mucho la carretera? ¿No sentiste que no había pasado ni futuro, ni agua ni sed, ni morcilla ni salami, ni frío ni calor? ¿No sentiste, en definitiva, que eras un esclavo de la libertad?

 

En ese momento, hubo un silencio abrupto. Pingarro se quedó pensando, con su mirada físicamente fijada en la perilla del revés de MIssini, pero en realidad, en la realidad óptica, fija en la nada, en su recuerdo, en aquel momento sublime:

 

-          ¡Un puto esclavo de la puta libertad! ¡Eso es, Missini! No me sentí mejor en mi vida.

-          ¿Ves, mastuerzo? Eso es lo que yo te ofrezco. Ser esclavo de la libertad, al menos una vez más en tu vida. Una oportunidad de oro, de vivir.

-          Pero, por unos meses de condena, me juego la vida entera. Cuando salga de aquí…

-          ¡Cuando salgas de aquí volverás a ser un idiota irrelevante, arrastrando tu maltrecha dignidad frente a la cupletista, y le dirás que estuviste en la cárcel, y que ni siquiera tuviste huevos para hacerte un tatuaje…!

-          Perdona, lo del tatuaje me lo voy a hacer, solo que estoy esperando el momento bueno, y no me he decidido aun por el dibujo, que me gusta el dragón de komodo, pero también el guardiamarina peruano…

-          Se dará media vuelta y se reirá de ti…Y habrás pasado cuatro meses aquí, para nada. Pero yo te digo una cosa, yo te digo que si te vienes conmigo, si me ayudas, lo primero que vamos a hacer es ir a por tu chica, y esta vez bien organizados, y no hará falta que nos la llevemos a la fuerza, porque quedará loca por ti, en cuanto sepa que eres un proscrito.

-          La verdad es que sus amigos tienen pinta de malotes.

-          ¿Ves? ¿Y yo de que tengo pinta?

-          Si, de malote también. Alguien en quien no confiar.

-          ¿Confiarás en mi, por lo tanto?

-          Ea. Si. Cuéntame el plan.

-          Pues verás…

 

Existía en el penal una férrea disciplina en cuanto a los horarios. El final de la hora de la siesta, e inicio de los talleres de por la tarde, acababa de producirse, y sonó una bonita canción de Fastball (Love is expensive and free), en lugar de un estridente timbre, como ocurría en otros lugares, en los que la política de reinserción no era la línea directriz.

 

LA bonita letra de la canción, despertaba con dulzura a los reclusos (You can talk to me about powder kegs, and how I`m sitting on one right now, you can talk to me about candles of both ends burning, from the outside in…) y Luisín, que ya estaba bien endulzado con el pacharán, también fue despertando , con un encantador y gatuno estirarse.

 

-          Mira, dijo Pingarro, que micifúnico.

 

 

Missini, nunca se sentía satisfecho por nada, porque eso en su personalidad, era un momento fugaz. Así que ya no estaba satisfecho por haber incorporado a su equipo al pobre Pingarro. Ya estaba buscando nuevas preocupaciones. Bajó de su litera ágilmente, y se dirigió con paso ligero a la puerta de la celda, que se abría mediante un sofisticado sistema automático. Antes de que sonara el cencerrito que anunciaba la apertura de la puerta, Pingarro se dirigió a Missini afablemente, con una cucharada de cariño calentito y leal

 

-          Yo hoy iré al taller de literatura ¿Y tu?

 

Missini ni siquiera se volvió para decir:

 

-          No sé. A otro cualquiera.

 

Y sonó el cencerrito que anunciaba la apertura de la puerta, liberando por un momento y un espacio limitados  a los reclusos.

 

Maqueta de la libertad que les esperaba.

 

¿Les seguimos en la V parte, no?

 

¿Me vais a decir que no a estas alturas?

CINCO DÍAS Y UN DÍA (Tres en una celda, IV. Pero tres)

El cielo, plomizo bandido, le había escamoteado  al día las últimas migajas de sol. Este singular hecho atmosférico, había dejado a la llanura, toda tonta con sus manos abiertas, y con los ojitos cerrados, pero ya cogiendo nada.

 

Tan erguida, tan orgullosa, aunque tan pequeña, la torrecita de la prisión descollaba en el centro de la llanura mendiga, con su, curiosamente enorme puerta, que vista con ojos locos, daba la sensación de ser su boca, haciendo un redondo “oh” de decepción por ver escapar a su propia sombra, prisionera irredimible, de la luz del sol, escamoteada a su vez, según se ha dicho antes, por el cielo.

 

 

Plomizo bandido.

 

La prisión de tan tieso y elevado orgullo, sabedora de la brillante elegancia de su ladrillo oscuro, solo tenía por aquel entonces, 16 prisioneros, que entraron todos solteros pero, paradójicamente, con esposas, repartidos en 5 celdas de 3, y una de uno. Las celdas se disponían alrededor de un patio central interior, en la altura que correspondería a un entresuelo, formando un collar de guaridas de malhechores, alrededor de un símbolo de la libertad, como es, para todos, un patio interior.

 

Un noble guardia cuidaba de que nadie se escapara.

 

¿Un noble guardia?

 

Muy noble.

 

Ya, pero ¿Solo uno?

 

Solo uno.

 

Y es más, por las noches, ni un solo guardia, ni noble ni ruin.

 

Esto era posible merced a un histórico error que se mantuvo durante siglos. En aquellos tiempos, y esto hablando del siglo XVI, siglo que tantos pintores de renombre ha dado a la humanidad, y bien poquito que se le ha reconocido, por cierto, pues veréis…en aquella época se encargaba de asignar las partidas presupuestarias para prisiones, un tal Bernardo Rey, hombre de confianza del ministro de finanzas de entonces, no se si os acordais, Don Luis Infante Moro. A lo que íbamos, este Bernardo Rey cometió un error cuando fue  a asignar la partida anual correspondiente para la prisión de Dárcona.  Parece ser que en el momento preciso en que estaba redactando la cifra correspondiente a Dárcona, entró en la habitación una camarera, se cree que Doña Patricia Sanrromá, con un llamativo vestido, que, por hablar claramente, dejaba a la vista un balconazo espectacular. Como si fuera francesa, la chica, vamos. Como quiera que el cometido principal de la muchacha era hacer la cama, y eso exigía de ella constantes flexiones de tronco que aumentaban, por increíble que parezca, la visibilidad del balconazo, a Don Bernardo Rey se le fue la mano, y calzó dos ceros de más a la cifra presupuestaria para Dárcona. Cuando le llegaron las cuentas a Don Luis, le preguntó al cartero macarra que qué significaba aquella cifra tan disparatada para un penal tan pequeño como Dárcona.

 

-          Las firma el rey, Don Luis.

 

Y aunque el cartero se refería, a Don Bernardo Rey, el bueno de Don Luis Infante Moro creyó que era el mismísimo monarca el que firmaba aquellas cuentas, y no preguntó más y las firmó. El monarca, el Rey de verdad, cuando vio que las cuentas las firmaba el mismísimo ministro, las dio por buenas sin revisarlas.

 

Y desde entonces, la prisión de Dárcona tiene un presupuesto de aúpa. Y los diferentes administradores se encuentran con grandes sumas de dinero que tienen que gastar si quieren que se les de al año siguiente, y entonces hacen obras en las celdas, gastan en buenos cocineros, excelente materia prima…o sea que se vive de cojón de mico.

 

…así que desde entonces nadie quiere fugarse de la cárcel. Y nadie se ha fugado. Y, considerando, equivocadamente, que era una cárcel de la que era imposible fugarse, decidieron que para qué tantos guardias, y fueron reduciendo el cuerpo de guardia, hasta que, en la época contemporánea, se alcanzo el número de un guardia.

 

Por eso solo hay un guardia en Dárcona.

 

Y majísimo.

 

Sin embargo, todas estas peculiaridades, no impedían que la prisión compartiera los objetivos generales de Instituciones Penitenciarias, y muy especialmente los que afectaban a la política de reinserción, y era por eso que el director de la prisión Juan Ignacio Vergara, que firmaba Juan I. Vergara, y al que los reos conocían como “La Juani”, ponía especial empeño en que se participase en los talleres.

 

-          Y este es el taller de literatura.

 

 

La celda 12 C.

 

-          Yo vine del otro mundo.- dijo Missini desde lo alto de su litera, como si tal cosa.

 

Tal vez si lo hubiese dicho desde la litera de abajo, la frase hubiese caído en saco roto, y se hubiera hecho añicos contra el suelo. Pero Pingarro, precisamente desde la cama de abajo, quedó impresionado por ver salir la frase de arriba abajo, y no quiso que aquello quedara sin discutir:

 

 

-          ¿Te refieres a la cuarta dimensión?

-          No, tontolnabo, me refiero a que volví de la muerte.

-          Bueno, pero yo secuestré a una bailarina. Tampoco soy un angelito.

-          Me caí al mar desde una plataforma petrolífera.

-          Ah, ¿Y tu Luisín?

-          Ya te lo conté, hombre, me liaron en un conflicto en la playa.

-          Ah. Y, Missini, lo de caerse al mar. ¿Fue ahí que te moriste?

-          No, es que no voy a contar nada. No lo he dicho para eso.

 

Pingarro quería con toda su alma, y por su falta de carácter, seguir siendo amable, pero , como en cierto modo, también era humano, no pudo dejar de sentir como la fatiga se le agarraba al gaznate con sus pinzas coloradas de centollo cocido, y solo dijo:

 

-          Ah. Por cierto, estoy en el taller de literatura.

-          No lo he dicho para eso…

-          Nos enseñan a hacer sonetos estrictos. Nada de métrica libre.

-          Lo he dicho para otra cosa…

-          Y, por muy inspirado que estés, no te pasan una en la gramática.

-          Para una cosa muy especial…

-          ¿Quieres oír uno?

-          Para una cosa que voy a decir ahora…

 

Miradme a la cara y decidme que os la vais a perder…

CINCO DÍAS Y UN DÍA (Missini, Pingarro y Luisín Parte III, Luisín)

Tras arrastrarse por la vida durante 42 años, tras vivir, o mejor dicho macerar en alcohol, Luisín tomó una decisión:

 

-          Ya tengo 42 años, y he llevado una existencia de lo más arrastrada, perdiendo todo mi prestigio, quedando como un mendigo, solo para conseguir una copa de orujo más. Es una vergüenza. He mirado a los ojos a mis amigos durante toda mi vida, y como a los quince segundos he tenido que desviar la mirada porque en mí se notaba la dependencia. Y eso me avergonzaba. Y ya no quiero volver a sentirme más así. Se acabó sentir vergüenza. Beberé sin sentirla. Si yo pudiera elegir ocho cosas que hacer antes de morir, elegiría beberme ocho botellas de orujo.

 

Todo el que le conocía (Mayoritariamente camareros, bodegueros, catadores, industriales de la hostelería, mozos de almacén, tahúres,…) pensaba que Luisín no servía para nada.

 

 Ni servía para nada, ni vivía para nada, ni hervía por nada.

 

Pero, eso sí. Ahí estaba.

 

Llegó Abril en el pueblo, y se empezaron a hacer, como cada año, montones de fiestas privadas, en la playa. Cada piarita de vecinos lleva sus bebidas, y a veces hacían queimada, y cantaban alegres canciones. Dábase por aquel entonces la circunstancia, de que Luisín había perdido su piso, y su mula y su carro y más cosas, y vivía en la playa, y se acostaba prontito. Pero claro, tal vez, por efecto de los briks de vino, su sueño era lo suficientemente espeso para no despertar con bailes y canciones, pero, desde luego, no tanto como para permanecer inmune al olor de la queimada.

 

Dios orujo.

 

La noche que luego sería recordada como la menos esperada, Luisín roncaba tumbado en la arena, inocentemente dormido, soñando con que las cosas habían ido de otra forma, y que no era un ser tan desgraciado como para no poder echarle la culpa a otro. El olor del orujo quemando le despertó sin piedad, y el se sintió mal, por haber sido sustraído de su mundo digno, y trasladado al real. Así que al principio, el orujo le cayó mal como persona, y le tuvo rencor. Pero ese maldito espíritu práctico que Luisín tenía (Lo único que tenía aparte de negras las uñas) le inyectó la idea de que, hay que sacar de lo perdido lo que se pueda, y una vez fuera de un mundo maravilloso, y metido en el infierno, se dijo que tal vez con ese aroma, hubiese un poquito para él. (Se trata de la misma reacción que tiene un perro dogo al entrar en una carnicería, la conocéis ¿eh?)

 

Tal vez la vista , el sentido del riesgo, y una antigua novia llamada Lita, le engañaran, pero el olfato no. Si él olía orujo, es que había orujo. Levantó como pudo la cabeza, y en medio de la oscuridad trató de ver el clásico resplandor de la higuera donde se calienta la queimada. Sin embargo, lo único que vio fueron dos enormes montañas que le tapaban la visión general de la línea pura de la playa. Pensó que era un cataclismo planetario, hasta que se dio cuenta, por un movimiento involuntario, de que aquello no eran dos montañas, sino sus pies. Se río un poco, pero no mucho, que para algo él era un desgraciado, y al apartar sus pies envueltos en aquellas bambas negras medio descosidas, si que al fin vio el resplandor de la clásica hoguera queimante, y las sombras titubeantes de chicos y chicas bailando por aquí y por allá. Y los no menos clásicos:

 

-          Jijijí

-          Jajajá.

 

Inmediatamente, y son necesidad de dedicar toda su atención a ello, porque le salía natural, se puso en pie, y se dirigió con paso vacilante a la alegre reunión, procurando llevar el paso silencioso y refrigerante (porque hiela los corazones de los herbívoros) de los grandes felinos, sin conseguirlo del todo, pero al menos evitando que fuese una trinitoluénica estampida de grandes bóvidos.

 

Algo intermedio, pues.

 

Siempre que molestaba a un alegre grupo de jóvenes queimantes, se llevaba una botella de orujo a cambio de dejarles en paz. De modo que, aun consciente de que el silencio que produjo no era de respeto y bienvenida, se metió en medio del grupo y se dirigió a una de las jóvenes.

 

-          Usted… ¿Es casada?

-          Jijijí.

 

Y le dio un enorme abrazo maloliente. Otro de los chicos, siguiendo el plan de Luisín, pero sin saberlo, cogió una botella de orujo, y la agitó al aire, mientras gritaba.

 

-          ¡Eh, tú, toma te doy esto si te vas!

-          Vale.

 

Y, sintiendo menos satisfacción que la que cabría de esperar que sintiera al salirle el plan rodado, fue a coger la botella que le ofrecía el chaval. Pero antes de que lo consiguiera, salió de la oscuridad otro joven y dijo estas palabras:

 

-          No me sale de los cojones. Este tío me hizo lo mismo el año pasado. ¡Vete de aquí ya, sin botella!

-          Yo, sin botella no me voy.

-          Tú te vas de aquí, pero ya.

 

Y acompañó estas palabras con un señor empujón. Tan señor que el pobre Luisín reculó y fue a caer sobre la hoguera, derramando el contenido del caldero y apoyando sus culo sobre las brasas. Sintió tanta humillación, tanta congoja, pero sobre todo, tanta rabia porque se le chamuscara el culo, que cuando aun nos e había apagado el fulgor rabioso del revoloteo de las chispas, asió un enorme tronco que ardía en la hoguera, y lo lanzó contra donde se suponía que estaba el joven.

 

Pero el joven no estaba allí.

 

Eso sí, estaba el otro joven, el que le había ofrecido la botella.

 

Pero estaba ya de cuerpo presente, vamos, lo que tardó en morir del impacto.

 

Mirad dentro de vuestro corazón…

 

¿Os extraña mucho que acabara en la celda 12 C del penal de Dárcona?

CINCO DÍAS Y UN DÍA (Missini, Pingarro y Luisín Parte II, Pingarro)

Pingarro. Un campeón.

 

 

Los primeros años de su vida, aquella bonita aldea que tenía como máximo valor, un imponente grupo de olmos que crecía decidido,  orgulloso, presumido, junto al humilde, pequeño, silencioso y escondido arroyo, se convirtió, poco a poco en el escenario ideal de sus correrías.

 

Pingarro nació en la familia de los herreros del pueblo. Lo mismo su padre, que su tío, compartían una herrería que calzaba a los caballos de las granjas de alrededor, caballos de la clase trabajadora por cierto, de gran espíritu profesional, sí, pero bastante piojosos a decir verdad, y con las orejas peladas de recibir palos, dicen que por su tozudez y torpeza.

 

Nuestro Pingarro, tuvo que ver a los dieciséis años, como su padre y su tío comenzaban una alegre discusión, que poco a poco fue degenerando y acabó en una pelea con todas las de la ley, por una cuestión de cuentas, en la herrería.

Resulta que cortaron la amistad y si hubieran podido el parentesco, pero lo peor fue que los documentos de la herrería, por una cuestión de herencia y dejadez en los papeles, estaba a nombre del tío de Pingarro; Eladio, y que la cosa había funcionado como una cooperativa por amor fraternal. Pero una vez finiquitado el amor fraternal, el padre de Pingarro, José Manuel, acabó en la puta calle, se acabó el dinero, y tuvo que hacer lo que todos estáis pensando.

 

Convertirse en feriante nómada.

 

No tenía más remedio que irse del pueblo, de todas formas, porque la vida allí, como en la atmósfera sulfúrica de Venus, se hacía

imposible, particularmente en la escuela, donde los críos se burlaban con frases hirientes del pobre Pingarro.

 

-          ¡El oficio de tu padre no tiene ningún sentido en la era del automóvil, chaval!

-          ¡Era evidente que la dejadez de tu padre por las tareas burocráticas acabaría por volvérsele en contra y le devoraría desde dentro!

 

Y además de esto también le decían gilipollas, imbécil y carahuevo.

 

 

 

Pasó un poco el tiempo, y con esa escasamente literaria modorra con la que la vida se pone a arreglar las cosas (Y que por respeto os ahorro)

todo fue encajando y la familia de Pingarro se vio subida a un camión, modesto, pero que llegaba perfectamente a la categoría de camión, un camión lento de motor, pero que corría con el ímpetu del que cree que en los pueblos en feria le recibirían con los brazos abiertos.

 

 

            Ligero error.

 

                        En realidad les recibían con los brazos cruzados.

 

                        Y ellos tenían que trabajar sin ayuda.

 

            Pero no lloremos aun. El caso es que padre, madre e hijo, hicieron una experiencia en lo de montar y desmontar el tiovivo (sencillo, de columpios y cadenas, nada de coches de policía, troncomóviles, carrozas de princesa o tazas de café gigantes y rotatorias) y lo que al principio era tedioso y pesado, después, el milagro de la maña, hizo que a veces hasta les sobrara tiempo para ir a tomar el vermú. Y esto fue así durante unos años.

 

           

 

            A sus dieciocho años recién cumplidos, nuestro Pingarro no era un pimpollo. Aparte de que se peinaba raro, no siempre por culpa suya, porque su madre no tenía ni puta idea de cortar el pelo, aparte de eso, es que tenía unos brazos larguísimos, unas piernas larguísimas, y eso le hacía un andar desmadejado y roto, y además, no tenía ningún cuidado en combinar ropa, decía muchas palabrotas,…y aunque en las ferias no le faltaba oportunidad de hablar con las chicas jovencitas, de toda índole, que llevaban a sus sobrinos, o a sus hermanos o, en otros casos a los hijos de sus señoras, a divertirse en la feria, normalmente la conversación se limitaba a las onomatopeyas que soltaba nuestro Pingarro cuando tenía que arrancar a los niños llorones de los columpios, cuando los angelitos berreaban del disgusto que agarraban cuando se tenían que marchar a casa.

 

            Por si fuera poco, Pingarro se mostraba poco delicado en el momento de sacar a los niños de los columpios, cosa que disgustaba bastante a las muchachas, no tanto a las que eran familia de los pequeños (Porque ya se sabe que en general a los sobrinos se les quiere regular), pero si a las que tenían una responsabilidad laboral, porque se ponía en juego su trabajo. De manera, que por su edad, la naturaleza reclamaba a Pingarro para relacionarse con chicas, pero su torpeza, o su inexperiencia, lo hacían imposible.

 

            Y naturaleza venga a pegar gritos.

 

            Y Pingarro nada, sordo como una tapia.

 

 

            Pero alguna inquietud tuvo que notar el, porque una tarde-noche, en la que pudo salir a dar una vuelta, y que refrescó mas de la cuenta, el pobre Pingarro se metió en un bar a tomar un café.

-          Un café.

-          Aquí no servimos café. ¿Tienes 18 años tú?

-          Si.

-          Pues no hay café. Pero hay cerveza si quieres. Y además ahora baila Luci.

-          ¿Luci?

 

El camarero le puso una cerveza, sin vaso.

 

-          Se mira pero no se toca. ¿Comprendes?

-          ¿La cerveza…?

-          No, a Luci. No seas panoli.

-          A Luci no la pensaba tocar.

 

Cuando salió Luci, fue como si explotara una granada de mano. Vestida de cow-boy, en tonos blancos de diversa blancura, con esos flecos que bailoteaban con ella sin perderle el ritmo en ningún momento. La parroquia que era numerosa por estar en fiestas, movía la cabeza arriba y abajo, siguiendo el desenfrenado vaivén de las caderas de Luci.

 

Fuera de lo que era el show, que consistía en un arrancarse la ropa frotándose contra la barra que no tenía restos de cacahuetes, la cosa técnicamente no pasaba de dos o tres demipliés, y tres o cuatro grandes piruettes sabiamente enlazadas. Suficiente para conseguir el calor y el entusiasmo del público. Los había que hablaban desde la frialdad del que está acostumbrado:

 

-          Este espectáculo lo vi yo en Texas. En inglés está mucho mejor.

 

Hasta los que perdían la cabeza:

 

-          ¡Estás regüena, cacho burra!

 

 

Y luego, diferente a todos, estaba nuestro Pingarro, con su bocota abierta, y en sospechoso silencio.

 

Totalmente enamorado. Pegó dos enormes saltos con sus saltamónticas piernas, y la agarró de la cintura, y antes de que pudiese reaccionar nadie, salió a escape, corriendo calle arriba con su nerviosa carga, que no hacía más que darle patadas fortísimas. Pensó en subirla al camión, pero el camión no se lo había traído. Así que decidió seguir a la carrera. Pero la guardia civil, que asistía al espectáculo, salió en su persecución. Y de una manera un tanto cómica porque nuestro Pingarro pensaba que iba corriendo a todo meter, pero no sabía que por el peso, en realidad su velocidad de crucero era la de un anciano andando, y que el sargento de la guardia civil que le perseguía, lo hacía andando, mientras fumaba.

 

-          Chaval. ¿Qué tal si te paras y nos devuelves a la stripper?

 

La guardia civil pone mucho empeño en los secuestros. Decid la verdad. ¿A alguien le extraña que Pingarro acabara en la celda 12 C, del penal de Dárcona?

 

Aviso, parte III imprescindible, esta daba un poco igual, no la leais si no queréis. (¿demasiado tarde?)

CINCO DÍAS Y UN DÍA (Missini, Pingarro y Luisín Parte I- Missini)

Missini, qué grande.

 

Su madre nunca le quiso. O tal vez a lo mejor le quiso unos días. Sin embargo, fue de los labios de su cansada madre, de los que salió la expresión:

 

-          Este hijo mío ni siquiera me cae bien.

 

Pero era algo común en la casa, porque al padre de Missini, tampoco le caía bien su mujer, y madre del chico, por lo que un buen día los abandonó.

 

-          Hijo mío, la abandono a ella, que es una gilipollas, pero no a ti. Aunque claro, en la práctica, a ti también, porque me voy con una patinadora húngara que esa si que me cae de puta madre. Y por otro lado aunque tú no me caes tan mal como tu madre, que repito que es gilipollas, yo creo que a ti te abandonaría también aunque no estuviese ella…bueno que me estoy enrollando. Adiós.

 

 

El colegio. Tampoco Missini, ni su cabello moreno cortado a lo George Harrison de Sergeant Peppers, ni sus ojos de color avellana y forma almendra, ni su andar despistado y ausente, ni la precocidad que demostraba su pelusa a los 16, cayeron bien. E incluso hubo gente dada a la superchería que se empeñó en que el tenía algo que ver en los altos índices de violencia que se daban en las aulas en las que el estaba presente, o en los salones recrativos donde pasaba esos ratos.

 

Expulsado.

 

Y de los salones recreativos, también.

 

Se puso entonces a trabajar en la pesca. Se enroló en un barco pequeño de pesca artesanal, con una tripulación alegre y simpática, cuyo humor fue evolucionando a medida que convivían con Missini. Y se fueron agriando hasta ser un grupo humano de lo más chusco. De hecho pronto dejaron de ser un grupo humano, y se peleaban cotidianamente. Y eso que solo eran tres y Missini. En una de las peleas, en las que MIssini nunca intervenía personalmente, sino que permanecía fiel a su papel de cizaña, la tripulación se mató en tandas, y él fue el único superviviente. Y el tío consiguió llevar a puerto el barco, y, una vez libre de sospechas de participar directamente en aquella horrenda matanza, por una de esas estrambóticas y singulares leyes del mar, se quedó con el barco. Y lo vendió. Y se fue al Índico, a una isla.

 

 

Se acostaba con todas las mujeres de vida licenciosa que se encontraba, por un módico precio, y bebía con todos los marineros rudos que se tropezaba por las cantinas, y tanto bebía que alguna vez le pareció que hizo viceversa, y nunca quiso profundizar en aquel periodo.

            Igual que se va a acabar el mundo, también se acabó el dinero del pobre Missini, y pasó de ser un simpático extranjero con perilla, a ser un gorrón con perilla. Y a Missini que era un malvado, le dolía su corazoncito, al ver qué pronto se había olvidado la gente de todo el dinero que él se había gastado con ellos.

 

Y se vio tan desesperado, que buscó trabajo. Y tan desesperado pareció que se lo dieron. Eso sí, en una plataforma petrolífera metida en medio del mar de los peces malotes, y le adelantaron la primera paga, y llegó a la plataforma completamente mamado, y antes de que le fueran a presentar a su jefe, pegó un traspiés, y se cayó al mar. Y no se supo más.

 

En su pueblo esperaron 7 años para darle por muerto. Y le hicieron un precioso funeral, pero la madre no quería ir, y tuvo que ir el cura de la parroquia a convencerla.

 

-          Señora, que es su hijo. ¿Cómo no va a ir al funeral?

-          ¡Que no voy, coño, que me da igual!

-          Señora, le suplico…

-          Ná ná ná, no me suplique, no me suplique. Menos suplicios…

 

Al final, la pobre mujer consintió en ir, a condición de que no la obligaran a llorar, y mucho menos a arrojarse encima del ataúd, como abriéndose las entrañas.

 

Bueno, pues el funeral, precioso. Es cierto que nadie encontró una buena palabra que fuera bastante verdad como para que alguien se la creyese, o al menos no se partiese de la risa mientras la oía. Pero se hicieron unas vehementes súplicas a Dios, para que tuviese la bondad de admitirlo en su gloria, sin pasar factura al pueblo, eso si. Y, sin tener en cuenta tampoco los graznidos de las veteranas de la parroquia, que se empeñaban una y otra vez en constituirse en coro de la iglesia.

 

Paciencia infinita.

 

Y, si, esta historia podría haberse acabado aquí, sin más. Pero no. Seis años después de este inmerecido funeral, y mientras la madre de Missini, hacía una ensaladilla deliciosa, gran alimento, sin pepinillos, enfrascada en sus cositas, y oyendo con atención un programa musical de la fm, se oyeron dos golpetazos en la puerta: ¡Toc, toc!. Y ella fue a abrir sin estar segura de si habían llamado a la puerta o era la música de la radio, pero abrió de igual forma. Allí estaba Missini, como 13 años después. El desaparecido.

 

Se tiene por histórica la frase de bienvenida de su madre:

 

-          Pero… ¿Tú no estabas muerto?

-          ¿Y tú?

 

No se quedó en el pueblo el gran Missini. Después de obligar al párroco a que desenterrara las posesiones suyas que habían enterrado, y especialmente un cinturón de hebilla gorda que le había costado una pasta, y medio obligar a todo el pueblo a desllorar lo llorado, se piró.

 

 

            Ingresó en una especie de banda que atracaba bancos, dieron unos cuantos golpes, y luego, cuando consideró que había aprendido el oficio, se fue por su cuenta. Sus excompañeros, quizá celosos por su iniciativa de actuar por su cuenta, o tal vez rabiosos porque había desenterrado el botín y se lo había llevado, lo denunciaron a la policía y consiguieron que lo detuvieran.

 

Así que no es tan raro que acabara en la celda 12 C del penal de Dárcona. ¿eh?

 

BRATHIPUR, JOYITA DE LA MARGEN IZQUIERDA (VI- Fin. Reembolso)

Como un equipo de natación sincronizada, de esos que el juez ruso trata injustamente, en cuanto a la ejecución, que no a la dificultad artística, que en eso es el juez japonés el que se encarga de ahogar sus ilusiones, los cuatro elementos vivos de la escena, a saber: No Mithana María, Mithana María, Santón y Osete, se movieron a la vez ejecutando cada uno su parte de la coregrafía: Bajada de la moto de Santón y Nomithana María, y hábil despliegue de la pata de cabra por parte del Santón, mientras se quitaba el gracioso casco pío morado, y, a la vez, Nomitahana María se quitaba el suyo y se sacudía el pelo haciendo un mohín delicioso. Simultáneamente magistral fruncimiento del ceño por parte de Osete, crispación de manos al volante y Mitahana María absolutamente nada, ofreciendo su imagen de reservada, pero también, sin querer apaciguando el lucir extenuantemente brillante del sol de Brathipur, que es poco conocido. Con la luz negra de sus preciosos ojos.

 

El Santón comenzó a caminar, y Nomithana María después de él, como si le hubieran dicho que aguantase un par de pasos. Osete baja la ventanilla, y en un tono de voz un poco alto, pero cuya nitidez frustró una estúpida ráfaga de viento esdrújula, que dio sobre una rueda de una bici abandonada y la hizo girar y por ello chirriar y por tanto ahogar la voz de Osete, dijo:

 

-          ¿A qué vienes tú aquí?

-          ¿Qué?

-          ¡Pirrión, pirrión! (Chirriar)

-          ¿A qué vienes tú aquí? Es una conversación privada.

 

El Santón ya estaba cerca de la ventanilla abierta de la furgo. Con la respiración agitada (Solo que yo elimino el jadeo por respeto al lector), dijo:

 

-          No te puedes llevar a esa mujer.

-          Mira, vamos a hablar tú y yo. Y vamos a dejar todo clarito de una vez.

 

Se dirigieron por acuerdo inconsciente hacia un bonito circulo de palmeras que había al lado de la cuneta. Y se pusieron en medio a discutir. Mithana María y Nomithana María, se sentaron juntas en la furgoneta. Y como la conversación de ellas dos tiene más trascendencia, de lejos que la del Santón y Osete, y como a mi no me gusta utilizar el truco del “Simultáneamente, en el círculo de palmeras bla bla bla…”, pues mejor oímos a las chicas.

 

No Mithana era un carácter, pero era bajita, así que le costó lo suyo subir al asiento que había dejado vacío Osete, y, por si fuera poco, además de subir al asiento de manera poco académica, medio teniendo que bajarse el sari que se le subía por su nervioso culito, además, como digo, encontró el asiento ya calentito, y, lo que son las cosas, lo que hubiera sido una sensación agradable en Finlandia, no lo era tanto en Brathipur, famosa joyita de la margen izquierda.

No Mithana era de esas mujeres, que aparte de ser de culo nervioso, cumplen a rajatabla la ley no escrita de que a las amigas no hace falta preguntarles las cosas, sino que ellas te lo cuentan porque saben que necesitas saberlo. Aun así, quiso no forzar las cosas, quizá porque a pesar de ser amiga de Mithana María, sabía de lo rarita que era, e hizo la media pregunta universal:

 

-          ¿Qué?

-          Aquí, con el calor. ¿Y tú?

-          ¡Qué qué te ha dicho, por Dios! ¡Qué te ha dicho el gran pequeño!

-          Me parece que le gusto. Lo ha dicho de una manera preciosa. Me parece que ha dicho que no le importa cuántas desgracias le traiga mi amor…que le da igual si le destruyo.

-          Eso es amor destructivo.

-          Por un lado me ha gustado el estilo dramático, tan español, pero también, hija, te paras a pensar por qué cree el que yo le voy a acarrear tantas desgracias. No sé que se piensa que soy, este, ¿Una especia de maldición?

-          Leí que estos españoles se dan mucho al dramatismo, y que no suelen creer en la felicidad simple, sino que piensan que la felicidad hay que pagarla, que al final hay un equilibrio y que si eres feliz un tiempo, tendrás que ser desgraciado otro tiempo.

-          Bueno, hija, hay que reconocer que no son normales, pero, bueno nosotros tampoco es que seamos el paradigma del sentido común, mira como vamos vestidas, con estos saris…

-          Desde luego, con la ropa que hay en Zara Brathipur…

-          ¡Huy y en Mango Brathipur!

-          ¡Ja,ja,ja!

-          Si…ja,ja,ja…

 

 

Simultáneamente, en el círculo de palmeras, ( Si que soy mentiroso, si, que decepción) dos hombres, Santo y Osete, discutían con agrios argumentos. Osete golpeaba…

 

-          Es que no te entiendo Santón.

-          Llámame Rudolph.

-          No te entiendo, Santón.

-          No entiendes ¿qué?

-          ¿Tú no tienes que permanecer célibe toda tu vida? ¿No es esa la costumbre?

-          Así es. ¿Crees que eso significa que tengo que dejarte el camino libre?

-          Pues claro. ¡Anda éste!

-          Pues no. Porque yo soy Santón, pero humano. Y prefiero que Mithana María permanezca célibe toda la vida a que te pertenezca a ti.

-          ¡¡Pero por qué!!

-          Porque me caes mal de toda la vida. Así de simple.

-          ¡Qué sinvergüenza eres!

-          ¡Huy que insulto tan gordo, que triste me pongo!

-          Estoy es lo que voy a hacer, Santón, voy a ir a la furgoneta, voy a traer a Mithana María, y le vas a decir todo lo que me has dicho a mí, haciendo énfasis en que no quieres que sea feliz, y que prefieres que se joda ella, con tal de que me joda yo. ¿vale?

-          ¡Haz lo que te de la gana!

-          Pues allá que voy.

 

 

Y Osete se fue caminando hacia la furgoneta, dando grandes pisotones en el suelo, para intimidar mostrando su cabreo. Y, de una manera automática, cuando se aproximaba a la furgoneta, se dio cuenta de que podía oir la conversación entre Mithana María y No MIthana María, y ya que podía, la oyó:

 

-          ¿Pero a ti te gusta, él? ¿Le vas a decir que si?

 

Y se hizo un silencio natural, expectante, como si al tío de los redobles se le hubiesen olvidado las baquetas en el bar de raciones. Pero fue un silencio cortito para lo que podía haber sido. Mithana María lanzó su respuesta como un masai lanza su venablo:

 

-          Noyo, ¿estás loca? Ese tío me da asco, asco. ¿Cómo piensas que le voy a decir que sí? Antes me arrojo a la fosas de los áspides. Me están dando náuseas…

-          Pero entonces ¿Te gusta el Santón?

-          ¿El Santón? Dios mío si me toca ese saco de piojos me arrojo al Ganges, o al Bramaputra, al que sea más hondo. Ese todavía me da más asco.

-          ¿Entonces quien te gusta a ti?

-          ¿A mí el sudanés?

-          ¿Cuál?

-          ¿Cuál? ¡Todos! ¡El sudanés, en general!

-          Ja,ja,ja,ja

-          Si, ja,ja,ja…

 

No os diré como se sintió Osete, porque esta información se le oculta al narrador, pero si os puedo decir, que sigilosamente, tomó el camino de las palemras y se dirigió al encuentro del Santón. El cual en cuanto lo vio llegar le dijo socarronamente:

 

-          ¿No traes a Mithana María?

-          Escúchame con atención. Desafortunadamente he oído una conversación entre las chicas en la furgoneta…

-          Si, ahora vas a decirme que has oído que Mithana María me odia o le doy asco o algo así para que yo me quite de en medio. Pierdes el tiempo, porque yo…

-          ¡Todo lo contrario, estúpido Santón! ¡Me voy a arrepentir de hacer esto! El que le da asco soy yo. Por más que me duela reconocerlo a ti te ama. Repito: te ama. ¿No es increíble?

 

El pobre Santón se llevó las manos a la cabeza.

 

-          ¡Dios mío me ama! ¡Qué mala suerte, no puede ser mía!

-          No me puedo creer que seas tan gilipollas. Renuncia a tu fe, calamar, ella lo merece.

-          ¿Cómo voy a hacer eso?, Perderé el respeto de todos…

-          Es que no te la mereces, para que quieres tú el respeto, teniéndola a ella. ¿No te das cuenta que ella lo vale todo?

-          Joder, eso es verdad. ¿llamo al gran Santón?

-          Toma mi móvil. No pierdas el tiempo, estas cosas e ir a clubes de mala reputación hay que hacerlas en caliente…

 

El narrador sabe que el bobo del Santón hizo su llamada de renuncia, que a petición de Osete le cambió la furgo por la moto, y que se pegó un buen disgusto cuando más confiado estaba. Y teniendo por testigo a No Mithana María que se descojonaba de la risa

 

Sabe que Osete, cogió la moto y se fue en dirección a Calcutta, donde pasó unas aventuras que ya os contaré.

 

Osete, además, a pesar de su poco edificante comportamiento de rata vengativa, mientras sentía el azote del monzón relleno de mosquitos contra su cara pensó esta frase tan bonita como inútil en estas circunstancias:

 

“El impulso del perdón, es la esencia de la verdadera grandeza.”

 

Fin- Besos. Euros.

BRATHIPUR, JOYITA DE LA MARGEN IZQUIERDA (V- Perder 10 €)

La furgoneta, ella, tan cuca, tambaleante y polvorienta, pero tan decidida y obediente al tiempo, tomó, bajo la enorme y firme mano de Osete, el camino al campo de los sudaneses. Por un par de veces, en el fondo agradecido del silencio, la mano de Osete, tocó la rodilla de Mithana María, accidentalmente o por que hubiera querido el destino, que lo mismo era. Mithana María no hizo un gesto de náusea, ni mostro un calor apasionado ante tal hecho. Quizá una elegante y sutil subida de colores, acompañada de un discreto apartarse. Pero muy liviano. No podía esperar que alguien tan rudo como Osete, percibiera aquello como un rechazo.

 

-          Bueeno, pues allá que vamos ¿eh?

 

Y nadie esperaba de Osete que pudiera seducir a la bella Mithana a través de la conversación. De hecho él confiaba más en su aroma, por ejemplo, o en su sonrisa, que en su lenguaje. No le extrañó que Mithana siguiera mirando al frente, agitándose levemente, eso sí, al compás del traqueteo.

 

Nada pues, hacía presagiar que allí fuera a ocurrir nada aparte de un simple traslado en furgoneta. Sin embargo, recordemos sutilmente que las cartas estaban ya boca arriba, que Osete ya le había dicho a Mithana María que tenía algo que decirle, y Mithana María había respondido que ella más.

 

Osete, por difícil que le pareciera la situación, no estaba escaqueándose ni nada, solo estaba haciendo balance del alcance y las consecuencias de su loco amor por Mithana María.

 

“Es magnífico que sea calladita. Aunque tal vez cuando consumamos el estar el uno al lado del otro, podría hacer un esfuerzo por ser más extrovertida, porque algún día habrá que alternar, con lo que me gusta a mi decir en los bares, estas gambas están pagadas, así que es muy importante que en esto vayamos evolucionando, por otro lado es terriblemente hermosa, lo cual me asegura problemas con mis amigos, que son mis amigos , si, pero que también son seres humanos, y ya sé que al principio serán respetuosos, pero luego con la confianza, y para diferenciarse del resto del pueblo, tratarán de tocarle el culo, así en plan broma, pero poniendo los pulpejos de los dedos a fondo, para sentirlo plenamente, sé que lo harán, y lo peor es que tratarán de averiguar la ropa interior que lleva, así al tacto, y yo me daré cuenta y, aunque quiera, no podré disimular, y tendré que ser expeditivo, como los defensas galeses, y quedarme sin amigos. Probablemente el hecho en sí tenga lugar en una barbacoa, en mi casa, y los tenga que echar a todos de allí. Y, entonces sus mujeres , las de mis amigos, se ofenderán, porque ellas no pueden ni imaginar lo golfetes que pueden llegar a ser mis amigos, y cuando les cuente las cosas como son, no querrán creerme, y pensarán que estoy loco, y les dirán a sus maridos algunos secretitos que algunas tienen conmigo de hace algún tiempo. Y todo se conocerá, y Mithana María se enterará de todo, me abandonará, y me quedaré sin amigos y sin Mithana María, que se irá toda cabreada, y, por venganza se casará por el rito cingalés con el puto Santón. Y al cabo del tiempo sentiré toses y picores, y habrán sido estos dos, que me habrán hecho algún extraño vudú, o maldición, y acabaré muriendo entre insoportables picores y…

 

            …y me da igual.”

 

-          Mujer.

-          ¿Qué?

-          Me da igual.

-          Lo malo que me traigas me da igual.

-          ¿Te voy a traer algo malo?

 

 

Dominador de la comunicación gestual, Osete, dejó de mirar la carretera, y miró a Mithana María, de una forma tan directa, que hizo que , a su vez Mithana María, no tuviera otro remedio que mirarle a él. Y le dijo :

 

-          ¡A ver, morena! Haz el favor de sintonizar onda romántica, y escúchame con tu corazón. Lo que te digo es que si por estar juntos, todas las desgracias que han existido, existen y existirán en el mundo se cernieran sobre mi, o se apostaran en la puerta de mi casa para morderme por turnos, cuando saliera por la puerta para sacar a pasear con mil correas todas las razones que tengo para amarte, pues que me daría igual. Es más ¿Sabes lo que haría si no tuviera razones para amarte?

-          ¿Qué?

-          ¡Amarte!

-          ¡Oh! ¿Tú me amas a mi?

-          Y te diría que amarte es poco. Pero no me lo quiero quedar dentro.

-          ¡Qué sinrazón!

-          ¿Sinrazón?¿Tú te has visto la mirada de sombra que tienes? ¿Tú has visto el cimbrear de tu talle aovillando? ¿Tú has visto como se te mueven las lolas ahora mismo? ¿Tú has visto lo misterioso y mágico de tus largos silencios? Sinrazón dices…Sinrazón es nacer, conocerte y pasar de largo sin intentar raptarte y llevarte a Murcia, a de dónde demonios sea yo, que ya no me acuerdo, que tu mirada me tiene hipnotizado que tus silencios me dejan sordo, que tu agitar me hace bailar ritmos que ni siquiera conozco, que…¡Que te quiero, jodía!

-          ¿Qué ritmos?

-          ¡No sé, no los conozco! Creo que solo alguien como tú, podría apartar a un Santón de su poste y hacer que su fe se tambalee, y que decida pasar la noche admirándote.

-          Pero No yo no le dejó…

-          Pero el caso es que tú hiciste que su fe se tambaleara.

-          A mi me da igual, como buena cingalesa, yo sólo creo en el té.

-          La fe del té. Mithana María

-          Qué…

 

(Ojo, fue un “qué” dulcísimo, )

 

-          Tienes que decirme si me amas o no. Tienes que decírmelo.

-          Pues para en la cuneta, que nos va a pasar como en las pelis cutres, cuando el narrador no se da cuenta y tiene al personaje conduciendo durante horas sin mirar a la carretera.

-          ¡Ups! Es verdad. Espera.

 

Con una casualmente hábil maniobra, Osete dejó perfectamente clavada la furgoneta a la derecha del camino, dejando espacio suficiente en su carril, y visibilidad perfecta, como mandan los cánones. Luego miró a Mithana María.

 

-          De todas formas, por si no me has oído bien, te voy a hacer otra vez la pregunta. Te la voy a hacer más concreta y definitiva. ¿Te vienes conmigo, princesa de ojos oscuros?

 

Mithana María le miró por un momento, con el consabido (y un poco aburrido ya) efecto de esparcir la sombría luz de su mirada por doquier. Juntó graciosamente sus manos, y puso sus labios para decir una eme. (“m”, una eme). Pero, por casualidad, justo en ese instante una jawa a todo lo que daba inundó la atmósfera con su noble y grave roncar. A bordo de ella, nuestro amigo el Santón, y agarrada a la huesuda cintura del Santón, No Mithana María, que además, se acomodó perfectamente al invertido que ejecutó el Santón, para parar la moto al lado de la furgoneta donde Mithana María y Osete, debatían sobre su futuro.

 

Osete miró a través de la ventanilla, y aunque no se notara nada, de momento estaba enfadadísimo.

 

Porque la cosa se complicaba un montón.

 

 

¿Doble o nada a que el siguiente es el último de esta serie?

 

Indicio: Después de terminar esta humilde historia, regresaré al Drama Carcelario, para intentar cautivaros. Ved que título: “Cinco días y un día”

BRATHIPUR, JOYITA DE LA MARGEN IZQUIERDA (IV-Molicie)

No Mithana María, viendo que ya no podía más, y no queriendo seguir bajo la lluvia de palabras del Santón, resolvió echarlo de allí, y poner las bases para no tener que escucharle más…

 

            …en toda la vida.

 

Lo hizo de esta manera:

 

-          Mira no sé ni si entiendo algo de lo que me dices. Vete de aquí y ya te no quiero ver más ni por aquí, ni cerca de Mithana María. ¿Lo has entendido?

-          Bien. Solo quería explicar.

-          Ché ché ché no vas a explicar ya nada, cago en mi puta vida, lo que vas a hacer es irte.

-          Bien.

-          Adiós. Si te vuelvo a ver por aquí te capo.

-          Si. Adiós.

 

De este modo las cosas, la nave quedó en relativa paz, con la camita de fondo, del murmullo de los cánticos ahogados por la pena de la derrota eterna, de las nobles y varoniles voces, de los humillados hijos del Sudán.

 

Las chicas, salvo por la respiración agitada por el disgusto de no Mithana María, dormían profundamente, sin molestar al cuadro de caza, y con la tranquilidad inconsciente de que el Santón ya no estaba en la nave.

 

A la mañana siguiente, como si todos nos hubiéramos trasladado molécula por molécula de una manera ultrasónica, moderna, se oía en la nave, con toda claridad, el bullicio fabril. Todos los aovilladores, los veteranos entre los que se encontraba nuestro Osete, y las chicas cingalesas (gracias, Kott), Mithana María, las que no lo eran, y específicamente la que no lo era ni de coña, trabajaban a destajo, procurando sacar el máximo número de ovillos de algodón, para sentir el toque mágico de la satisfacción que da el deber cumplido, y de forma secundaria, ¡Qué coño! Para sacarse unas perrillas.

 

Osete, al principio, sacaba más ovillos que nadie, porque su concentración era de nivel “ojos apretados”, y porque tenía la rabia contenida de ser extranjero y necesitar (Aunque él no quisiera reconocerlo) el respeto de los demás habitantes del pueblo. Concentrado 100%, claro, pero también era humano, de manera que durante unos instantes juzgó oportuno levantar la mirada. Y pudo descubrir que Mithana María casi conseguía su misma velocidad aovillando, y también descubrió que podía observarla impunemente, porque ella estaba un par de puestos por delante. Y él estaba a su espalda. De acuerdo, no podía ver sus ojos turbadores, pero a cambio tenía una excelente perspectiva de su rotundo, macizo, y presumiblemente moreno culo. Que, siguiendo, por la continuidad de los cuerpos, el frenético movimiento aovillador de sus manos, temblaba con agitación más propia de una sambista de Río, que de una tranquila turbadora cingalesa (¡¡Ole, Kott!!) Y todo esto, perdón que insista, bajo un sari refulgente de falsas esmeraldas bordadas, que aumentaba la frecuencia aparente del bamboleo.

 

Tal vez este fue el momento en el que Osete perdió velocidad, y estaba más dedicado a valorar el coste de ser destruido por una belleza como Mithana María, pero ese también fue el momento en el que sintió una de esas collejas incomodísimas, que te hacen arder el cuello por la palmada, te estiran la espalda por el impulso del golpe, y te acaloran de la vergüenza que sientes porue todo el mundo se ha dado la vuelta, alucinado.

 

-          Ahora si tienes huevos me miras a mí el culo.

-          ¿Tu quien eres?

-          Te voy a decir quien no soy. No soy Mithana María. Porque si en vez de estarle…

-          ¡Un momento, un momento!

-          …porque si en vez de estarle mirando el culo

-          ¡Pero un momento!

-          …mirando el culo, repito…

-          ¡Pero…!

-          …repito, a Mithana María, me lo miras a mi, en vez de darte una colleja con la mano, te la doy con una hoz.

 

Lo que quería Osete, es que el asunto se silenciara lo antes posible, de manera que no respondió, ni siquiera hizo ademán de hacerlo, y además, por si esto fuera poco, trató de buscar un gesto que demostrara que si no respondía ni hacía ademán de hacerlo no era por desprecio a su interlocutora (que sí, que lo era, en realidad) sino que simplemente deseaba que las cosas se quedaran así. Pero también se decía interiormente, en esa diezmilésima de segundo, que no era sano mostrarle lo que él quería a No Mithana María. No era útil que ella supiera que él quería que el tema pasase de largo, porque ella era su enemiga, y podía hacer que sucediese todo lo contrario, que el tema se quedara allí para siempre. Y toda esa complicación en su cabeza le hizo sentir verdaderamente cansado, y su mente trató de buscar caminos apartados de las complicaciones, y se vio en una playa de Thailandia, pescando sollas con jamón.

 

…y eso no venía a cuento.

 

Mithana María, y todas las que no eran ella, pero que tampoco eran No Mithana María, o sea todas aquellas que no tenían mirada de luz negra turbadora, ni un genio del demonio, se enteraron perfectamente de la situación, y aunque si alguien hubiera dedicado un momento a escudriñar sus rostros, hubiera visto la acritud del gesto “Aquí hay una crisis, que se acabe ya”, lo cierto y verdad es que la mirada ordinaria del ser humano, no hubiera distinguido ninguna alteración y hubiera pensado que las cings eran sordas, o autómatas. Ellas seguían trabajando.

 

Y se abrió la puerta.

 

Y el que apareció fue Rajiv Luis. Y todos los rostros, no por protocolo, que Rajiv Luis era un tío muy moderno, sino por respeto natural se inclinaron hacia abajo. ¿Todos? Bueno, quizá el de No Mithana María permaneció con la mirada hacia delante, fija en el jefe. Y detrás del jefe apareció el Santón, con su culo plano. Y los rostros volvieron a elevarse, excepto el del Santón que tornó a mirar hacia abajo por respeto a la gente. Y el de Rajiv Luis, que tornó a mirar hacia arriba porque un maldito fluorescente estaba haciendo guiños.

 

De todos modos se acabó imponiendo el silencio, y cuando estuvo claro que el silencio ganaba la partida, Rajiv Luis comenzó a caminar entre los aovilladores, y se paró delante de Osete. Y le tocó el pecho con la punta de su dedo reluciente vestido con su manicura francesa y su anillo de oro blanco ruso, coronado con rubí de rojo fuego:

 

-          ¡Tú!

-          ¿Sahib?

-          ¿Qué es sahib? Bueno, da igual. Tú ve a por algodón al campo de los sudaneses. Acompáñale tú, para calcular los bultos. Coged la furgoneta.

 

Vosotros quizá penséis que aquello era algo sin trascendencia, pero si añado el dato de que la persona designada para acompañar a Osete era MIthana María… ¿Cómo se os queda el cuerpo?

 

 

Osete y Mithana María, salieron juntos de la nave, en dirección a la oficina de Rajiv, para recoger las llaves de la furgo. Osete, que tenía a su favor cierta audacia en las artes amatorias, hasta ahora probablemente inútil, se dirigió a Mithana en el camino de la nace a la oficina, y le dijo.

 

-          No te conozco de nada. Pero tengo algo que decirte.

Y ella, abrió la boca por primera vez en esta historia, para decir:

 

-          Y yo más.

 

¿Es enigmático o no?

 

 

Me apuesto diez euros a que el próximo capítulo es el último. Leedlo, por favor.

BRATHIPUR, JOYITA DE LA MARGEN IZQUIERDA (III-Pulimentos)

Aparentemente pues, todo estaba en silencio, en la nave de las aovilladoras. Se oía la respiración tranquila de las mujeres, acompasada por el sueño expectante de su primer día de trabajo, y, de fondo, se escuchaban los cánticos de los sudaneses, apenas perceptibles, y que hablaban de pasadas glorias guerreras. Glorias guerreras de los egipcios que les habían ganado todas las batallas de la historia.

 

Los sudaneses dormían (canturreaban) en una nave gemela a la de las ceilanesas, prácticamente anexa a ésta. Y, aunque cantaban bajito, la gravedad de sus voces, y quizá la de sus rostros (Bueno, ésta no) propiciaban que se oyeran sus tristes canciones, aunque fuera como un rumor, en la nave de las chicas. De hecho, una de las chicas, que no era Mithana María, pero que, a pesar de ello tenía el oído sensible, y el alma ligera, y prácticamente impermeable al sueño, se incorporó a medias en la cama, e, incrédula chistó a su compañera más cercana:

 

-          ¿Qué es eso?

-          Los sudaneses que canturrean bajito.

-          ¿Por qué canturrean?

-          Si te refieres a por qué canturrean bajito, te diré que son himnos de derrota, todos ellos. Son sus batallas contra los egipcios, que las perdieron todas. Y claro son un poco vergonzosos.

-          ¿Y contra los numidios?

-          También las perdieron todas.

-          Pero no me dirás que perdieron todas las batallas contra todo el mundo.

-          No te lo diré, pero así fue.

-          Pues mira iba a ir a darles un toque, porque son un coñazo, pero ahora me da pena.

 

Por supuesto, la bondad de la chica, que no era Mithana María, como le ocurría a la mayoría de las demás, tuvo la inmediata consecuencia de que la pobre criatura no pegó ojo. Y sus ojos, que estaban deseando pegarse, como venganza decidieron adaptarse cada vez mejor a la oscuridad de la nave. Cada vez mejor. Llegó un momento en que pudieron distinguir un cuadro de aliño con unos perros con clase persiguiendo a un zorro macarra. Se podía distinguir incluso la oscura alcayata de la que colgaba el cuadro, incluso hubo un momento en el que se distinguían hasta las pinceladas de la oscura pintura de la oscura pared de la oscura nave.

 

Así que era imposible que la chica que no era Mithana María, ni ninguna de las otras que no eran ella, dejara de ver los ojos oscuros de nuestro Santón.

 

Sus ojos santones (je,je,je)

 

-          ¡Santón! ¿Qué haces ahí?

 

El Santón puso su cara de hombre sorprendido en su buena fe. Y hizo un gesto un poco suave y dulce, a decir verdad, pidiendo silencio a la histérica chica, cuya actitud amenazaba con despertar a toda la nave. Fue el clásico gesto de besarse la falange del índice estirado, sin chascar los labios en plan beso que le das a tu tía.

 

El efecto fue inesperado. En lugar de acusar el efecto balsámico de la orden digital del Santón, la ceilanesa anónima, pero que no era Mithana María, vamos ni de coña, después de ponerse las botas de montar, de ensillar y de atar fuerte los estribos…

…montó en cólera.

 

-          ¿Qué tu me mandas a mi callar, mamarracho? ¿Qué tu me mandas a mi callar? Te voy a decir una cosita para que te vayas enterando, ¿Tú qué haces aquí, so guarro?

-          Psssst, ¡Por favor!

 

 

A ver, fue un “por favor” entre admiraciones, como gritado, pero sin volumen, casualmente sería un poco como Osete, que tenía hechuras de grande, solo que en pequeño…

 

-          ¿Pssst? ¿Psst de qué? ¿A que te doy?

-          Si no le importa que me explique, señora…

-          Pues explícate, a ver.

-          Pero por favor, no despertemos a las demás. No es necesario, ya que todo vas a quedar satisfactoriamente explicado.

-          ¿Satisfactoriamente de qué?

-          Por favor permítame tomar asiento al lado de su cama…

-          A mi no te me acerques , Santurrón

-          Santón.

-          No te me acerques. Desde ahí. Venga. Dí que coño haces aquí.

-          Muy bien, sencillamente, soy el protector de esa chica.

-          ¿De quién, de Mithana María?

-          Sé, vamos de “DON”.

-          ¿DON?

-          Dulces Ojitos Negros.

-          Ah, si, entonces MIthana María. La voy a despertar a ver que dice. ¡Jaca, despierta!

-          Pst, pst,. No es necesario, mujer. Espera un poco.

-          Es que me parece muy sospechoso, no pareces tener ni media guantá.

-          Es que, soy protector de su espíritu. No un guardaespaldas.

-          ¿El qué? ¡Jaca, despierta!

-          Espérate, coño, deja que te explique.

-          No sé, es que lo estás empeorando cada vez. Pero venga, explícate.

-          ¿Puedo cogerme al ancho entero de la página?

-          Y hasta comillas, si quieres, pero no te me alargues. Porque yo estoy alargando el brazo, y te doy un soplamocos ligerito. Así que arrea.

 

Y el amigo Santón, se molestó en urdir esta brillante explicación.

 

“Este pueblo feliz y risueño. Un pueblo que confía en el futuro, que cree en el trabajo, en la solidaridad, en la paz, en el amor, en fin en todas esas paparruchas. Un pueblo ingenuo. De modo que cuando llega alguien con un poco de picardía, enseguida se hace con las riendas del pueblo, y no para hasta conseguir lo que quiere. Ya te resumo, que veo que tu brazo coge impulso. Este caso se ha dado, porque un indeseable impío, malicioso, y donjuanesco truhán ha llegado a Brathipur. Y por mi visión de aura he podido saber que quiere seducir a Mithana María, y, en definitiva, romperle el corazón. Ese no es otro que el contrahecho, Osete. Un cabezón, panocho y pequeñín, con facciones de malhechor. Y estoy aquí para limpiar los chacras de Mithana. Porque soy un Santón.”

 

Y el efecto, y las consecuencias que tuvo aquello, os la contaré en el próximo capítulo.

 

Mirad una cosita, me he pasado la vida suplicando. No me cuesta nada suplicaros una vez más que no os perdáis el siguiente capítulo.

 

BRATHIPUR, JOYITA DE LA MARGEN IZQUIERDA (II)

Como era de sospechar, nadie echó cuenta de la llegada de los recolectores de algodón a Brathipur. Por supuesto, se trataba de fornidos muchachos del Sudán, que probablemente arrancaran suspiros de anhelo en las mujeres de Brathipur, pero no consta en sitio alguno. Por el contrario, la llegada de las aovilladoras fue todo un acontecimiento en el puerto fluvial. Muchos de los habitantes del pueblo, ya casados y fieles a ultranza, expresaron su llamémosla impotencia, aunque no era tal, necesariamente, empleando un tono ácido y criticón con las muchachas:

 

-          ¡Juas, juas! Mira aquella que pantorrillas gasta.

-          ¿Pantorrillas? ¿Y la nariz de aquella otra?

-          ¿Nariz? ¿Y las manos de esa?

-          ¿manos? ¿Y el gañote de aquella?

 

Sin embargo, los solteros, a excepción de Osete, por forastero y desconocedor de las costumbres locales, y del Santón, porque le pìlló trabajando en el poste, aullaban como lobos cabreados, ante la vista de las aovilladoras de Ceilán. Por supuesto, mucho del tema era debido al marketing, porque en todas las leyendas de Brathipur se hablaba de la tremenda y misteriosa belleza de las mujeres de Sri Lanka, y, aunque puede que objetivamente no fueran más bellas en su conjunto, que las chicas de Brathipur, o las de Sonora, por ejemplo, el hecho de que los cronistas antiguos las tuviesen por tales, hacía que esa belleza teórica se tuviese por cierta e indiscutible.

 

Excepto si estabas casado y eras de Brathipur. (Fiel a ultranza)

 

Teníamos a los casados de Brathipur abucheando con todas sus fuerzas, y echando en cara defectos físicos exagerados o simplemente inexistentes a aquel grupo de mujeres, por lo demás inocentes. Sin embargo, cuando Mithana María bajó del barco, y la sombra negra que proyectaban sus ojos negros se detuvo silenciosamente sobre la gente que allí esperaba, casados incluidos, y cuando esa misma sombra, solo que ahora dulce y cuca, se posó sobre los aulladores solteros, provocó un cambio radical en los hombres. Y este cambio no consistió en que los casados abucheadores se pusieran a aullar, y los solteros aulladores pasaran al abucheo, no. Simplemente que el silencio, enamorado de la sombra, quiso hacer méritos y se impuso entre el gentío.

 

Osete, que había callado hasta entonces, calló aun más. Pero vosotros y yo sabemos, que su silencio, al contrario que el silencio de los demás, que era orgulloso y mal tío, era sólo la manifestación externa de la firme determinación de conquistar a Mithana María. Tras llegar nosotros a esta conclusión, y lo que es más importante, tras llegar Osete a esta conclusión, que tampoco es seguro que llegara al menos en los términos que están aquí descritos, se dio media vuelta, y se topó con el Santón. Del alma (Si, ya sabéis, cuando el alma es el que habla las palabras nunca se quedan atoradas) le salió:

 

-          ¿Qué haces tú aquí?

 

Y el Santón, que había comido ajos evidentemente, y poco más, porque era muy de ayunar, pero vamos que ajos sí, tuvo que responder todo amargado:

 

-          A ver si ahora me vas a decir tú, nada menos que a mí, donde puedo estar y donde no.

-          Yo no te digo nada, pero no me parece la tuya una actitud muy santónica, a decir verdad.

-          Ya, pero es que tu, extranjero, y perdona si recalco lo de extranjero, no tienes ni repajolera idea del santonismo.

-          Yo no tendré ni idea, pero estar aquí a mirar a las mujeres no es muy de Santón, que digamos.

-          ¡A ver si te enteras, tú no tienes nada que decir de mi! ¡No me dirijas la palabra!

-          Perdona, yo te dirijo la palabra si me da la gana, y tú me contestas o no, lo que quieras. ¿Vosotros no sois célibes?

-          ¡Que te den!

-          Pues vaya Santón.

-          ¡Pues vaya mamón!

 

Y la discusión siguió en términos poco académicos durante un rato, pero fue perdiendo interés, y en cambio el traslado de las mujeres ceilanesas a la nave donde vivirían y trabajarían durante la campaña del algodón, fue cobrando cada vez más atención entre solteros callados y casados callados. Hasta Osete y el Santón dejaron por un momento de discutir, y miraron en dirección a la carreta que llevaba a las mujeres a la nave, justo a las afueras, muy cerca del poste donde el Santón hacía sus … lo que fuese que hacía.

 

Y la gente del pueblo, aunque tenía tema para hablar de sobra, y tenían una excusa perfecta para romper la rutina, no lo hicieron. Acabaron yéndose a sus casas a pasar el resto de la tarde, ocupándose de cosas diversas, como cenar, mear, ver la tele, recargar el móvil, regar las plantas, doblar las películas en plan gracioso, criticar al alcalde, soñar con valientes saltos en paracaídas, pasteurizar leche de cabra, que de todas formas estaba asquerosa, mirar satisfechos a su sembrado, llegando a la consoladora conclusión de que ·des poco pero es mío”, mirar satisfechos a su sembrado sin llegar a esa conclusión, adormecerse imaginando un mañana mejor,…

 

Osete, por su parte, se echó en su cama con una inquietud que le recordaba a su adolescencia y juventud. Vino a darse cuenta de que él no había dejado de ser un joven querendón, como pensaba , sino que no había encontrado a la mujer que había de robarle la consciencia. Y lo sabía seguro porque ahora sabía que estaba enamorado. De Mithana María.

 

Y este panorama podía resultar inquietante, o no. Pero lo que le hubiera resultado de lo más inquietante era haber sabido que el Santón, estaba en su poste fuera de horario. Y que el poste, como se ha dicho antes (O sea sin improvisar, ni nada) estaba pegadito a la nave donde dormían todas las ceilanesas aovilladoras, y especialmente donde dormían los ojos negros de Mithana María.

 

Y no solo los ojos, sino el páncreas, el hígado, el epigastrio, y muchísimas cosas más (mitocondrias, qué se yo), envueltas en su naturalmente perfumada piel de seda oscura, y formando el armonioso conjunto Mithana María.

 

Y os advierto que esa era una situación muy peligrosa. ¿Confiáis en mi?

BRATHIPUR, JOYITA DE LA MARGEN IZQUIERDA (I)

No podía ser Oso, porque no era grande, todo lo contrario. Pero tampoco podía ser Osito, porque, siendo menudo, no resultaba tierno, ya que era contrahecho, y aunque sus medidas globales, tal vez si correspondieran a un oso pequeño, su nariz, sus manos, sus pies, sus orejas y sus ojos, eran enormes.

 

Por eso el mote de Arturo Cabanas estaba perfectamente puesto, y se ajustaba a su aspecto externo, sin que sobrase ni un pellejito: Osete.

 

Osete, fuera de mote, tenía el pelo color fuego, y se le había quedado con tupé de forma natural, no porque él se lo peinase así. Y como todos los pelirrojos tenía la cara sembrada de pecas, y la tez pálida como la de un vampiro con resaca. Y nunca fue nadie para nosotros, hasta que viajó a la India.

 

            Llegó a la India tras un número indeterminado de meses caminando desde su casa, que estaba cerca de Tudela, y no penséis que sin haber pasado por un montón de aventuras, que quizá tuvieran la categoría suficiente, para ser consideradas por otros lectores, pero que para unos lectores como vosotros, maduros, y tal, no pasarían de ser estúpidas anécdotas que no conducen a ningún sitio.

 

            Por eso no las cuento.

 

            El caso es que Osete, llegó a la población conocida como Brathipur, sin haber hecho demasiadas preguntas, y supuestamente, de manera casual. Se sabe que llegó desde el norte, por lo que sin ninguna duda tuvo que recorrer el camino ribeteado de piedras blancas con agujeros, que está cada vez más apretado por los olmos rebequeros que crecen junto a las piedras blancas. Los olmos rebequeros se llaman así, porque un misionero se dejó un día una rebeca en las ramas de uno de ellos, y como jamás se les vio dar otro fruto, los nativos acabaron pensando que esos olmos, daban rebecas, así que se les conoce como “olmos rebequeros”. (De todas formas, tampoco son olmos, sino chopos de Cafarnaún)

 

           

 

            En la entrada de la población propiamente dicha, (Es decir el camino corresponde al término municipal, pero no a la población en sí) se alzaban dos postes iguales, rematados por sendas piedras blancas, también con agujeros. Sólo se diferenciaban en que la del lado izquierdo según se entra a Brathipur, se adornaba con un santón que se sentaba allí (O sea que podía llamársele perfectamente el sentón) a purificar su alma y a ofrecer consuelo espiritual a los viandantes que lo necesitasen, o que creyesen que lo necesitaban. El Santón era santo, de eso no cabía duda, pero no al uso, no un santón en los huesos, sino más bien fornido y triponcete, y de estos que se le salía el culo por los lados de la piedra, y se le descolgaba, y porque el taparrabos era acolchado tipo pañal, que si no seguro que llevaría marcados los agujeros de la piedra blanca sobre la que se sentaba. Sus muslos, demasiado peludos para lo que se espera en occidente de un santón descendían en poderosas columnas, que no resistían la comparación con la endeblez del poste que lo sujetaba, lo cual daba la apariencia de un hecho milagroso, y, en realidad, para mentes inquietas, realzaba la espiritualidad milagrosa del conjunto. Ya se sabe, justo por quebrantar, aparentemente todos los principios del equilibrio y la sostenibilidad, y toda la mandanga.

 

            El primer encuentro entre el Santón y Osete, tuvo lugar, justo cuando el bueno de Osete, llegaba al pueblo, lo que ya fue una notable casualidad, ya que, por convenio, el Santón no estaba sentadito todo el día en la piedra, él hacía sus ocho horas y punto, de manera que este encuentro solo tenía una posibilidad entre tres de haber ocurrido así.

 

            ¿Remueve algo esto en vuestro interior?

 

            En el mío no, por más que miro.

 

 

-          Buen hombre, ¿Brathipur?

-          Todo recto.

-          ¿Hoteles, hay?

-          Sólo una pensión. La bella Azurita.

-          ¿Habrá camas?

-          Habrá

-          Adiós, pues. Gracias.

-          Muy bien.

 

Osete caminó con paso vacilante, y después se dio la vuelta, y le dijo al Santón.

-          Tenga unas monedillas por las molestias.

-          Gracias.

-          Es que no sabía si…

-          Gracias, gracias, no me ofendo, ni nada.

 

Esta vez Osete siguió en dirección a la aldea, seguro ya de haber actuado correctamente, al darle una propinilla al Santón, que esta gente vivía de la limosna. Aunque-pensó- el cabrón estaba bien gordito para ser un ser espiritual…

 

Osete consiguió alojamiento muy económico, y un trabajito medio bien pagado, y que consistía en organizar el algodón crudo, en ovillos. Allí su jefe, Rajiv Luis, le trató con decencia durante una temporada larga, y le permitió desarrollarse como ser humano, integralmente. Así, con casa, comida y trabajo, Osete fue razonablemente feliz, justo hasta el día en que un exceso de producción de algodón, desencadenó una serie de acontecimientos, que pusieron en muy serio peligro la estabilidad emocional y, entendámonos, quien dice emocional dice espiritual del pobre Osete.

 

Efectivamente, no lo diré con cifras, pero un año de esos, en que las lluvias llegaron en su tiempo, se quedaron lo que se esperaba, y hubo una cantidad de viento razonable, y los días de sol justos que venían indicados en los paquetes de semillas de algodón, sucedió que se batieron todos los records de producción, hasta llevarlos a niveles inesperados. Como paradójicamente, era de esperar.

 

Rajiv Luis, ante este hecho, reaccionó como correspondía a un empresario despierto, e hizo un par de llamadas importantes. Una de ellas, para conseguir braceros sudaneses recolectores de algodón en su país, y, otra, que fue la que podría calificarse de error garrafal, a su primo Mahatma Nicanor, de Sri Lanka, para que le llevara unas cuantas aovilladoras de su empresa, que permitieran aliviar las tareas de Osete, y de otros pocos aovilladores de Brathipur, que no iban a dar abasto.

 

Fue una auténtica desgracia, que entre estas aovilladoras se hallase la incomparable Mithana María. Y, sobre todo, muy mala suerte que Mithana María fuese la usufructuaria de unos ojos de un negro intenso, inolvidable.

 

Siempre, el amor. ¿Eh?

LO DEL PACÍFICO SUR (VI No a la vida vilipendiosa. FIN)

Mira que te lo avisas antes: “Voy a estar pensando todo el rato en ello, para que se me hagan larguísimos los minutos y pueda vivir más tiempo”. Y de repente te distraes, y llega la hora.

 

Aun me quedaban dos sorbitos de cerveza, escaso consuelo. Y no sabía como alargar la conversación. Alguna cervecilla quedaba en la pizpireta mochila del guía. Y fue cuando estaba mirándola , que supe que, solamente si decía algo verdaderamente importante, algo escandaloso, podría ganar como cinco minutillos que...

 

-          ¿No te preparas?

 

 

Y pensé que todo se me veía encima, como una avalancha. Y, como esos capitanes de submarino inconscientes, que dan la orden de bajar a 17.000 pies, aun cuando el experto segundo les dice que la “maldita bañera” solo aguanta hasta 13.000, puse al máximo a mi mente, y di la orden de decir lo primero que le pasase por delante, con tal de que cambiase aquella situación.

 

            -  Guía. ¿Eres maricón? Dime la verdad.

            -  Venga, olvida eso ahora. ¿Lo vas a hacer a lo lucio?

            -  ¿A lo lucio?

-  Ya sabes, en bolas Se llama a lo lucio porque el trasero blancuzco de los clavadistas, se asemeja al lomo de un lucio al sumergirse en el mar.

-  ¡Qué curioso! ¿Pero eres jula?

- Es que no veo que mi opción sexual tenga que ver en esto…

 

            Hasta nosotros, llegaban los grititos de los aerosurfistas, desde el mar. Eran apenas audibles, pero con una buena traducción simultánea éramos capaces de impregnarlos del dramatismo que perdían por la distancia. Yo al menos lo era. El guía no sé.

 

-          ¡Tírate ya

-          ¡Tenemos frío!

-          ¡Por favor!

 

            El guía cerró el suministro de las cervezas, y ató el cordón de la mochila, para dar la conversación por cerrada. Me molestó un poco, porque tenía pintada la faz con la expresión de la vil sospecha. Y fue más allá.

 

-          Oye, ¿Tu me estás vacilando?

 

Aquí no solo pintaba el, así que yo cogí el lápiz del orgullo y me pinté la cara con la sombra de la ofensa grave.

 

-          Te digo una cosita, majete. Si no hay respeto te dan por el culo y me voy de aquí. Yo no sé si tu sabes quién soy yo. Yo he sido campeón de Castilla de clavada.

-          Y yo te digo a ti otra cosita. Como no saltes enseguida, vas a comprobar mi opción sexual enseguida.

-          Pues eso.

-          Pues eso más, y te callas.

-          Y te callas tú, más.

-          Tu más.

-          Y ahora déjame en paz que tengo que hacer mi clavado, y me distraes.

 

Así que sin más, me subí al punto más alto del acantilado, y me despeloté. Me quité rápido los calzoncillos, porque no recordaba que eran de los blancos tipo años 70, como con trampilla por delante y no ajustados, pero dentro del tipo slip. Además, no me gustaba nada la caída que me hacía el tórax hacia adelante, porque mi tripita estaba cubierta de pelo, como la de un ratoncillo juguetón y cariñoso, y llamaba la atención.

 

Nunca te esperas el frío que hace cuando estás en bolas. Y a aquel frío atmosférico, había que sumarle el frío de la soledad del clavadista en bolas. Miré hacia abajo, y vi a los tres aerosurfistas como si fueran arándanos, fríos y morados (¿O eso eran las endrinas?). Se oían sus vocecillas, como si estuvieran maldiciendo, pero me quedé tranquilo con respecto a eso, yo no les estaba obligando a quedarse ahí, esperando mi salto.

 

Después, de la que seguía mirando hacia abajo me di cuenta de que no me había quitado las chirucas, ni los calcetines burdeos, y , pasando por encima de que no pegaban los calcetines con las botas, tampoco quedaba muy fino yo, con las botas puestas.

 

Puse los brazos en cruz, sin darme cuenta de que otra figura, se situaba detrás de mi. Me dispuse a calcular la secuencia de llenado de la poza, para lo cual me puse a contar el tiempo entre llenado y llenado.

 

-          ¡Una!

Y el agua llenaba la poza

-          ¡Dos!

Y lo mismo, otra vez.

-          ¡Tres!

 

Pero el tres no lo había dicho yo, sino el guía, que se había puesto detrás de mi. Y, lo peor, también había saltado. Me laceró su grito desgarrador.

 

-          ¡Cabróoon! ¡Me quería tirar contigooo!

 

Y yo le brindé mi excusa desde arriba.

 

-          ¡Pero yo estaba contando la secuencia del oleaje, no estaba contando para tirarmeeee!

-          ¡Excusas, yo quería volar contigoooooo!

-          ¡Así que eres gay, después de todooooo!

-          ¡Como me mate lo vas a comprobaaaar!

 

Y ahí si que digo que me di la vuelta, me vestí sin saber que si me ponía mi ropa, y no paré hasta llegar a mi casa.

 

Y muchas veces mi conciencia le pregunta a mi espíritu, si puede vivir con esa posible muerte ahí, siempre presente.

 

Y yo no sé, porque cuando se ponen a discutir mi conciencia y mi espíritu, nunca les escucho.

 

Nota de Buch: Próximamente una gran aventura en La India.

LO DEL PACÍFICO SUR (V, Serio, muy serio clavadista)

-         Que envidia, qué huevos...- decía el guía.

 

 

Reconozco que aplacé el problema dentro de mi cabeza, con cierta tranquilidad, ya que estaba seguro de que ni de coña iba a saltar, por mucho que me encendieran las risitas nerviosas de admiración de mis nuevas amiguitas de traseros redonditos. Sobre todo Laura.

 

-         ¡Va, salta, salta!

-         A ver, chicas, es mejor que hagáis vuestro aerosurf, y ya luego me esperáis abajo. Lo veréis mucho mejor.

 

 

El guía, por esas cosas que pasan, y, que desconciertan mucho, como cuando tus padres no te regañan tanto como tu esperabas por alguna trastada, se tornó en fiel aliado.

 

-         Es mejor que vosotros aprovechéis el viento, ya que lo necesitáis. Va a empezar a caer la tarde, y aquí aparte de refrescar, como en todas partes, es que el viento se calma un montón, porque aquí el sol tiene el sueño muy ligero y si no hay silencio absoluto, pues no se pone, y se mosquea y hay tormentas solares, y no se puede hablar por el móvil.

 

 

Y fue como cuando hablan esos líderes balsámicos, que todo lo calman, y que gracias al respeto que se han ido ganando a base de repartir estopa, que se les hace caso en todo sin rechistar. (Para entendernos, como cuando papá para el coche tras horas de jauría, de repente, y se da la vuelta, y todos los niños se callan y se acojonan, o vice-versa)

 

Luego, viendo que por una vez le hacían caso los jovenzuelos, y se ponían a ponerse sus trajes de aerosurf, y a darse el pisto poniéndose talco en las manos, cintas en el pelo, y haciendo toda clase de estiramientos inútiles, se volvió hacia mi, y con una especie de extraño deje cálido, imposible de describir para alguien como yo, me dijo:

 

-         Llevo unas cervezas en mi mochila. ¿Nos las tomamos?

-         ¿Qué marca son?

-         Oceanic beer, por supuesto.

-         Ah, pues vale.

 

 

No me sorprendió el sabor amargo de la cerveza. Ya sabía que la cerveza era amarga, no soy gilipollas. Pero si que me sorprendió el larguísimo ceremonial que se traían los juniors para ponerse a hacer. Había un poco de hambre, y por suerte el guía traía unos cacahuetes salados. No me sorprendió su sabor salado, de los cacahuetes.

El aerosurf es un espectáculo digno de ver. Se trata de un ballet aéreo, en el que merced al principio de sustentación de los planos de diseño, los ejecutantes se lanzan al vacío, y ejecutan prodigiosas piruetas encima de sus tablas, como si navegasen sobre el mar, solo que en el aire. Es cierto que es un prodigio, no un milagro, así que en realidad los aerosurfistas van cayendo suavemente hasta el mar.

 

Muchísimo menos arriesgado que mi clavadismo, dónde va a parar. Por tanto se justificaba plenamente mi aspecto chulesco, y mi cara de superioridad, mientras las chicas y el italiano se dedicaban a hacer ejercicios de estiramiento. Hasta tal punto me metí en el papel, que me lanzaba los cacahuetes a la boca, y masticaba con desdén, tratando de humillar a aquellos aerosurfistas, que probablemente presumían en sus barrios de lo valientes que eran, pero que no tenían valor para practicar el clavadismo, como yo.

 

-         Bueno qué..¿Empezáis? Que hace un poco de frío, ya.

-         Si, si empezad, ya luego os cuento como se tira Adolfo.

-         Bueno, si nadan hasta el rincón lo pueden ver desde abajo.

-         Eso, luego nadad hasta la roca, y allí veis como se tira.

 

 

Piero ya se sentía tan inferior, que empezó a comportarse como un niño:

 

-         ¡Eh, Adolfo! Levántate para ver mi “Grand Piruette”. Ya verás que chulo. ¡Y me dices si te parece que está bien!

 

Laura se sintió en la obligación de reivindicarse.

 

-         ¡Que no Adolfo! El Grand Piruette de Piero es una mierda, quédate con mi “descapsulador”...

 

Hasta que Adolfo, antes de que Diana tomara el mismo camino, paró todo aquello.

 

-         ¡A callar!  Y empezad ya.

 

 

Y dicho y hecho, los tres desparecieron con sus tablas en el barranco, mientras el guía y yo seguíamos con las cervezas “Oceanic Beer”. Intenté medio levantarme para asistir al ballet de los tres aerosurfistas, pero nuestro guía me detuvo en seco. Yo estaba ya un poco perjudicado por la cerveza, y el guía también, así que para evitar que me levantara, me puso una mano en el pecho y tiró de mi hacia atrás.

 

-         ¡Pst! ¿Dónde vas?

-         A ver lo de estos ¿No?

-         Pero qué dices, hombre. Anda tómate otra lata.

-         No si me la tomo, pero ¿No se enfadaran?

-         Pero chaval, Rodolfo...

-         Adolfo

-         Adolfo, ¿Tu te crees que ellos pueden mirar a ver si nosotros les estamos mirando? Luego dentro de cinco minutos, cuando hayan llegado al mar, nos asomamos y les decimos que qué bárbaro y todo eso.

-         Ah, vale. Venga esa Oceanic beer.

-         Así me gusta. Adolfo ¿Qué eres tu, vasco, pues?

-         No. Yo soy de un pueblo que se llama Pola de las Canteras

-         Gallego.

-         No, castellano leonés.

-         Ah, eso no conozco.

-         Y tu ¿Cómo aprendiste español?

-         Ah, verás, porque mi madre es alemana.

-         ¿...?

-         Me metí a clases de alemán.

-         ¿Y?

-         Nada, al final aprendí alemán.

-         Ahora no entiendo.

-         Pues nada, que el que puso los carteles en la escuela de idiomas se equivocó, y donde era alemán puso “Se dan clases de español”, y donde era español puso algo como “Deustch no sequé”

-         O sea que...

-         Todo el alemán que aprendí era español.

-         ¡Dios santo! Y tu madre...¿no se daba cuenta?

-         Ella no me entendía cuando yo hablaba el alemán, pero pensaba que era culpa de ella, que ya no se acordaba.

-         ¡Válgame el cielo!

-         Y lo peor es que no sólo me paso a mi, al final hubo una generación entra de alumnos que aprendieron el idioma que no querían.

-         ¡San Ignacio me asista!

 

 

Nos interrumpieron tres chapoteos:

 

-         ¡Chof! ¡Chof! ¡Chof!

 

 

 

Y tal como habíamos planeado, nos asomamos un poquito, y dejamos caer una lluvia de bravos, quebárbaros y asombrosos, sobre los tres felices e ilusionados muchachos. Que nos saludaron desde abajo.

 

Y llegó mi turno, claro.

No os lo deberíais perder.

 

LO DEL PACÍFICO SUR (IV, ¿Clavadista o Aerosurfista?)

Apreté el paso de lo lindo, ya que no estaba puntuando nada en simpatía ni en oportunidad. Notaba como mis botas se agarraban al camino, y como mis nervudos gemelos ( Por lo menos para mi edad) , hacían tracción, y subían mi cuerpo a gran velocidad por la pendiente.

 

            Y así fue durante los primeros 10 pasos.

 

            Después ya se sabe. Caes en la rutina, en la insatisfacción, en yoenverdadnoqueríaesto, y poco a poco te vas relajando, a medida que tu inseguridad le va dando empujoncitos a tus objetivos primeros. Esos que parecía que habías tomado con toda la determinación del mundo.

 

            Con un ritmo que daba mejor resultado del que cabía pensar, a juzgar por el lento bambolear de sus caderas, me pasó Laura, que seguía dentro de sus pantaloncitos blancos. Y después de ella, Diana, que tuvo el detalle de volverse al adelantarme , y decirme:

 

-         Qué, viejo verde, poniéndote morado ¿eh?

 

 

Quizá no fue suficiente la humillación, porque Laura dijo a su vez:

 

-         Déjalo, pobrecito. No me importa.

 

Y un tercer clavo en mi cruz, cuando me giré y vi que Piero si que tenía clavada su mirada en los traseros de Laura y Diana. Tanto que sus ojos se habían ido cada uno hacia su lado. Pero en realidad, los ojos disparados les sientan bien a los italianos. Y, por ejemplo, a los grecochipriotas, fatal.

 

Poco a poco, suavemente, todos me fueron pasando. Piero y el guía iban charlando animadamente, contándose chistes, riendo a carcajadas, mientras yo, a duras penas podía respirar. Si me llego a reír me ahogo.

 

Tampoco tenía motivos, la verdad.

 

Poco a poco, se me iban perdiendo de vista, ya no distinguía los culos de sus dueños, y perdí interés. Traté sin embargo de no entregar la cuchara, y recordando las etapas míticas del tour de Francia, decidí buscar un ritmo propio, en el que me sintiera cómodo. Sabiendo de antemano que el ritmo más cómodo era el ritmo de no caminar y sentarme encima de una piedra a descansar. Pero ese ritmo aparte, me concentré en hacer mi propia ascensión de la cuesta.

 

Y seguramente dio la hora de comer. Pero yo seguí con mi ritmo, intentando alejar una aparición recurrente de alitas de pollo que se empeñaba en seducirme. Aparecían por aquí y por allá, revoloteando sin cuerpo, con un bonito color dorado. También las patatas fritas cortadas en cuadraditos, jugueteaban frente a mi gaznate, con trocitos caiditos de pimiento verde, que también querían jugar. Y me acordé que había despreciado el desayuno, y me llamé estúpido, un par de veces. Pero no me hundí, seguí caminando. Y, la cumbre de aquella cuesta, que al principio parecía tan lejana, se ve que se descuidó , y la acabé alcanzando.

 

Despistada.

 

El camino hacía una cuña y se quedaba como muerto, de repente, sobre un prado. En ese prado estaban sentados mis compañeros, descansando. Al lado de sus inmensas mochilas. Me miraron todos, menos el guía, que se escarbaba las uñas con una navajita, sólo para dejarnos claro que él era guía y esto no era más que un sucio trabajo, y que nosotros prácticamente éramos ganado, o algo así y que él era todo paciencia bendita.

 

Respecto a la mirada de mis colegas excursionistas de pago, era para decirme que no me echaban en cara que llegase tarde, simplemente porque aunque se riesen de mi, ellos eran buenas personas, y sin necesidad de ser petardos como, por ejemplo, yo.

 

El Guía se me levantó, guardo su navajita limpiaúñas, y me dijo que le siguiera.

 

-         Ven que te voy a enseñar tu sitio.

-         ¿El mío?

 

 

En vez de contestarme, apretó el paso, y me acercó prado a través, a un enorme vacío, un acantilado acojonante, y desde el que apenas se vislumbraba el final. Una especie de poza que se llenaba y vaciaba de agua al ritmo del oleaje. El guía me miró, con lo que parecía admiración, pero que no podía ser:

 

-         ¿Sabes? Os admiro. Admiro los cojones que tenéis los clavadistas.

 

Sin intentar averiguar lo que significaba “clavadista”, para ese hombre, traté de averiguar misterios todos los misteriosa colaterales:

 

-         ¿Por qué piensas que soy clavadista?

-         Pues está clarísimo. Por la mochila. Es tan pequeña que no cabe la tabla. Fíjate en las mochilas de los demás, ellos llevan ahí sus tablas de aerosurf, pero tu la tienes vacía. O sea que no eres aerosurfista.

-         De acuerdo, no soy aerosurfista, lo has adivinado. Pero podría ser, que se yo,...nada. ¿no?

-         ¿Nada? No en esta isla. Amigo, aquí todos los turistas son o aerosurfistas o clavadistas, aquí el nada no existe. Nadie es tan gilipollas de venir a esta mierda de isla, para nada. ¿me equivoco?

-         Clavadista, si. Eso soy yo.

 

Y, de pronto, tan de pronto como el mar inundaba la poza, se me ocurrió una pregunta:

 

-         Perdona, Guía, una cosa, ¿Qué es el clavadismo para ti? Igual no tenemos el mismo concepto.

 

Y esta fue su heladora respuesta:

 

-         El clavadismo se inventó en Acapulco, y consiste en arrojarse al mar desde una altura respetable, en sincronía con las olas, de modo que la caída coincida con la llegada del agua, evitando heridas, o lesiones que puedan llegar a ser incompatibles con la vida.

-         Exacto. Eso es.

-         Por cierto, me han dicho los chicos que ellos prefieren ver tu salto, y luego hacer su aerosurf...que si a ti te da igual.

 

 

Ahí estaba mi tabla de salvación, flotando.

 

-         No, no, es que yo quiero ver su aerosurf, ¡De ninguna manera! Que salten ellos primero, y luego yo me vengo a mi barranco y salto yo. Además, a mi me gusta saltar solo, porque soy de clavadismo solipé, que es una técnica que no permite el público.

 

El tonto del guía se puso las manos en la boca en plan altavoz:

 

            - ¡Qué no quiere! ¡Que os quiere ver a vosotros!

 

Y los otros tres, a saber, Diana, Laura y Piero, llegaron a la carrera

 

-         ¡Por favor, por favor, por favor!, venía gritando Laura, desde dentro de sus pantaloncitos blancos, y su top, que no lo había nombrado porque me daba vergüenza...

-         Por favor, por favor...dijo también Diana, que parecía dispuesta a todo.

 

 

Solamente Piero no me rogaba. Hasta me dio la razón en el tema.

 

 

-         Chicas, dejadle, saltemos nosotros en nuestras tablas.

-         ¡¡Que te calles, maldito italiano narigón!- le dijo Laura, desde su tanga az...sus pantaloncitos blancos.

 

 

Y el calor de las chicas, y los celos del italiano, me produjeron una sensación la mar de peligrosa. Podéis creerlo. Y si no lo creéis no dejéis de leer el último capítulo.

 

Se puede escribir mejor, pero no contando cosas tan intensas...

LO DEL PACÍFICO SUR (III, Tuan-Nutú. El cerro. ¡guau!)

Creo en el amor.

Notas de Viaje: Creo en el amor.

 

            Tras pasar la tarde entre cafés que imitaban a los parisinos de la parte de fuera del barrio latino, volví prontito al hotel, para descansar y estar en forma a la mañana siguiente, para hacer la excursión. La excursión que me había vendido la encantadora y esquiva asturiana, que evitaba mi cariño, con elegancia, con risitas, pero que a la vez se metía en mi cabeza, con la vana intención de hacerme olvidar a mi antiguo amor.

 

Por cierto ¿Cómo se llamaba?

 

Notas de Viaje: No decir “oye tú” a mi amada cuando vuelva. Si hay tiempo averiguar de una vez si ella me ama a mí.

 

 

Reconozco, que en los viajes, soy presa fácil de la excitación. Pienso que cualquier cosa puede salir mal, y estoy continuamente nervioso. Y así fue como casi no pude desayunar, a pesar del glorioso desayuno que se nos proponía a los clientes del hotel. Hasta el café estaba bueno. Pero fue lo único que probé, porque me atenazaban los nervios, pensando que la furgoneta no llegaría y me quedaría colgado. O que llegaría pero le habían dado mi nombre mal, y preguntarían por otro nombre, quizá el de un turista portorriqueño al que le gustaba el golf y las parrilladas de verdura, y que se iría él de excursión. Y yo no.

 

Así que a los bollos chorreantes de miel, a los huevos tan frititos, al chorizo, a las patatas fritas, a los fríjoles, al bacón, a una especie de pescado ahumado, a unas tartaletas de hojaldre rellenas de mermeladas exóticas, a unas pechuguitas de pollo bien maquilladitas, a unos esparraguitos verdes todos alineados, y a unos chinos que desayunaban a grandes risotadas, pero aparentemente sin ofender a nadie...

 

No les hice ni caso.

 

Así que salí al exterior, a la puerta del hotel. Con la sencilla, pero pesada tarea de esperar a la furgoneta. Un aborigen bajito, aceitunado, y con pinta agradable, pero no tanto como para perder la cabeza, se me arrimó:

 

-         ¿Vas al cerro?

-         Si.

-         Pues sube, está ahí la furgoneta.

-         Pero esa es de “Viajes Globalia”, no de mi agencia.

-         Somos todo el mismo. Viajes Globalia, Vayaviajepuntocom, Global Tours, Oceanic Tripping, ...

-         Ah. ¿Cuántos somos?

-         Son dos chicas, un italiano, y tu. Y bueno,  y yo.

-         Pero eso no son dos chicas, son tres chicos.

-         No, me refiero a...bueno sube. Que solo faltas tu.

 

 

Me senté al lado del italiano, y justo delante de las chicas, que habían preferido situarse al fondo, probablemente para hacer el gamberro o sabe dios. El italiano enseguida confesó llamarse Piero, y por un momento me pareció que trataba de ocultar, mediante la búsqueda de perspectivas y perfiles poco habituales, que poseía una nariz descomunal. Empeño inútil.

 

-         Pero no te preocupes, majo, a vosotros los italianos, yo no sé por qué, tener una nariz descomunal no os sienta mal.

-         Gracias, señor.

 

 

Las chicas, por su parte, no tenían la nariz grande, y eran alegres y dicharacheras. Una de ellas, Laura, era chilena, de la zona de Atacama, y la otra, Diana, de Montevideo, Uruguay. Se habían hecho amigas.

 

La furgoneta mitsubishi blanca, arrancó con decisión. En cambio la nuestra, la general motors negra, aun pedorreó un rato antes de salir en dirección al cerro. Yo estaba un poco cortadito, por las chicas, a las que no sabía si tratar de tu, o no dirigirles la palabra, o solo sonreírles, o qué. Me dirigí a Laura.

 

-         Laura, ¿Tu que tal? ¿Por qué te dio por venir a este lugar?

-         No sé.

 

 

Ante la lacónica respuesta, desvié mi mirada en dirección a Diana. Pero antes de que pudiera preguntarle...

 

-         No. Yo tampoco lo sé.

 

 

Se veía claramente, que una vez más, el género femenino no se me estaba dando nada. Así que hablé con Piero, durante todo el trayecto. Pero cada dos por tres nos interrumpían ora Laura, ora Diana, que se dirigían a él de esa forma coqueta y descarada con la que nunca se dirigió a mi ninguna mujer. Terminé por pensar que el italiano les gustaba, y eso me hizo sentir mal, como fuera de sitio. Tan solo hallé consuelo en el libre pensamiento de que el conductor kunuofano tampoco despertaba pasiones entre las chicas. Esto me duró hasta que me pareció oír (Ya no sé si por traición felona de mi mente, o por mi finísimo oído) que Laura, tras lanzar una moneda al aire, decía algo así como:

 

-         Bueno, pues el italiano para mi, y el que no lo es para ti.

 

 

Lo bueno que tienen las islas de Micronesia, al contrario de lo que pasa, por ejemplo con Groenlandia, es que son muy pequeñas, y aunque te desplaces en una petardeante GM negra, enseguida llegas a los sitios. Tras subir una estrecha carretera durante un par de kilómetros, el conductor paró el vehículo y nos dijo que a partir de ahí tendríamos que seguir a pie, y que cogiéramos las mochilas y que si yo necesitaba ayuda para bajarme de la GM.

 

-         De ninguna manera.

 

 

Es más, me alegre de ser de mochila pequeña, mientras que los demás llevaban unas mochilas enormes, descomunales, yo llevaba mi mochila de combate, pequeñita y práctica. Sin nada que temer. Creo.

 

-         Guía...¿Había agua potable por aquí...¿no?

-         Si. En la cumbre. En media hora estamos allí.

-         Ya, claro, ya me habían dicho.

-         Bien. Vamos a subir por el antiguo sendero Lomé Kufu. Esta senda la utilizaban los antiguos guerreros, llevando a cuestas las cabezas de los enemigos abatidos en el valle. Después veremos a mitad de camino, los palos donde ensartaban las cabezas y llamaban a los dingos para que se las comieran.

-         Que simpáticos. Que mal carácter ¿eh?-dije yo.

-         ¿Te importa no interrumpirme? No quiero perder el hilo.

-         Perdón.

 

Intervino Diana

 

-         Vamos a tratar de no ser graciosos ¿eh? Que hemos venido aquí a aprender.

-         Claro, claro. Perdón. – Y miré al italiano, buscando su complicidad.

-         No, busques mi complicidad, me dijo. No es momento de bromas, es hora de escuchar a nuestro guía.

-         Perdón, yo...

-         ¿Ya me vas a dejar seguir? Si no quédate en la furgo.

-         ¡Que no, que no! Que ya me callo.

 

 

Una gran cuesta se apareció ante nosotros. Yo apreté el paso para que vieran que yo era un excelente compañero de viaje.

 

            Fue una tontería. Ya veréis.

LO DEL PACÍFICO SUR (II, Kunuofa)

Resumir un viaje de 48 horas es imposible. No hay nada que yo pueda contar que os pueda dar, siquiera una idea aproximada, de mi estado de ánimo al bajar del avión en Kunuofa, (Micronesia) isla que en las fechas del viaje constituía una Monarquía de Rey gordo, independiente, pero no demasiado, del imperio británico.

 

Yo había pisado en esas 48 horas, el aeropuerto de Londres, el de Johannesburgo, el de Perth, el de Wellington, el de Nauru, y, finalmente el aeropuerto internacional, pero sin exagerar, de Kunuofa. Sinceramente, yo ya me sentía viejo, y me veía nadando en la decrepitud, de manera que no  podía exigirme a mi mismo una actitud curiosa y activa en esas primeras horas, en las que tanto el jet lag, como el hambre, la sed y otras calamidades, minaban mi carácter, y , con toda sinceridad, me hacían mantener una inevitable actitud arisca desde el principio.

 

-         ¿Viene de vacaciones?

-         Si. (Si te parece vengo a hacer negocios al centro financiero de este puto palmeral)

-         ¿Cuánto se va a quedar?

-         15 días (Depende de lo que haya para comer)

-         ¿En qué hotel se va a alojar?

-         Hilton Square Cook (Y si no hay sitio, en el burdel en el que trabaja tu madre)

 

 

Merced a la incapacidad del aduanero para leer mis pensamientos, y a mi prudente actitud de no decirlos en voz alta, pude pasar el último trámite, y sin que luego, ya descansando en la cama de mi habitación pudiera recordar cómo, recogí mi maleta y tomé un taxi. Que por cierto, y tal y como anoté en mis notas de viaje (Notas de Viaje) en aquellas latitudes responden al sugerente nombre de “taxi”.

 

De hecho, y por brillante actitud interna, pude deducir que en el taxi me quedé frito, y que el aceitunado y simpático taxista me tuvo que despertar para poder completar el timo de soplarme 45 €, por recorrer el trayecto hasta mi hotel, descubriendo yo, ya en mi habitación, que el aeropuerto se veía desde la habitación.

 

Notas de Viaje: Cabrones con los taxis.

 

Me duché, me olvidé de todo, y me metí en la cama tan redondito y mimoso. Me acurruqué y durante unos instantes pensé que debía estar componiendo una figura de gran ternura, y que cualquiera que me viera estaría descansando tanto como yo. Dormir tan profundamente creo que me alivió tanto de las penurias del viaje, como de los disgustos de aduana y taxi. De manera que cuando desperté, sin tener repajolera idea de la hora que era, me sentí un hombre diferente.

Diferente, sí, pero conservaba mi excelente oído, porque oí unos timidísimos golpes en la puerta.

 

-         ¡Adelante! Rugí como un tigre.

 

 

 

Y tras el rugido, se abrió lentamente la puerta, y una vez que se abrió apareció una mujer de tez morena, pelo negro, menuda, delicada. Un bellezón kunuofano, vamos. Empezábamos bien.

 

-         Con permiso.

-         Caramba, ¿Habla usted mi idioma?

-         Si. Soy de Lugones (Asturias)

 

 

Notas de Viaje: No confundirse tanto.

 

 

-         Ah,..¿Y a que debo el placer?

-         Mire, soy de la agencia de viajes, vengo a informarle de las excursiones optativas que...

-         Ah,. Pero no, no, disculpe, yo soy explorador viajero, no necesito...es decir no utilizo...o sea que...soy experto y tal.

-         Bueno, pero aunque no necesite yo se las explico y usted mira a ver si le interesa.

 

 

Y pensé que menuda tontería prescindir de la compañía de una mujer tan guapa y simpática, y que tenía una voz tan acariciadora. Claro que en vez de hacerle explicarme las excursiones en mi sórdida habitación que era un campo de batalla de ropa, consideré que ella apreciaría que la invitara a un café en el bar del hotel.

 

            Y lo hizo.

 

 

            El bar del hotel tenía una terraza junto a una piscina llena del vecino océano, pero por algún truco de magia, tenía un color verde esmeralda acrílico.

            Ella fue quien rompió el ruidoso silencio:

 

-         Yo tomaré cham...ah, no eso es de mi otro trabajo, perdón tomaré una fanta.

-         ¿Otro trabajo? ¿cuál?

-         Da igual da igual. Mire

-         Mira.

-         Mira, ...

-         Mira Adolfo.

-         Yo Estrella. Mira Adolfo. Aunque tu seas un viajero experto, aquí vienen pocos españoles, y te aseguro que hay rincones que de ninguna manera podrías descubrir si no es por nuestras económicas excursiones. Por ejemplo el catamarán austral, las cataratas fluvial-volcánicas.

 

 

La preciosa asturiana me indicó una serie de destinos de manera muy florida y pausada, utilizó sus indiscutibles encantos comerciales para seducirme, y finalmente decidimos que al día siguiente haría una excursión al interior de la isla, al cerro Tuan-nutú, para conocer la civilización tongana que hubo en el siglo pasado.

 

-         Tal vez te tomarías un daikiri, conmigo, más tarde...

 

 

Ella echó su cabeza para atrás, y se dio un manotazo en el pelo, que se agitó como una ola negra, presagio tal vez de mi negra suerte con las mujeres.

 

-         Que prontito nos olvidamos de la gente- Disparó mi conciencia a bocajarro.

 

 

Estrella interrumpió las tonterías de mi conciencia, con un simpático

 

 

-         No. Tal vez en otra ocasión. Ahora debo irme que tengo más trabajo.

 

 

Probablemente para ella no fue importante, pero yo fui consciente enseguida que me había llamado “Trabajo”.

 

-         Bien. Última cosa.

-         Tu dirás...

-         ¿Tienes idea de la hora y el día que es?

-         Si, mira son las 16,43, y hoy es martes.

-         Perfecto. En ese caso iré a dar un paseo por la ciudad.

-         Kunuofa City te gustará, es muy agradable. Te darán de comer en cualquier terraza, sino te gusta la comida del hotel. Aquí se come las 24 horas.

-         ¿Todo el mundo?

-         No, ja,ja,ja...

-         ¿Tu vendrás a la excursión con nosotros?

-         No, ja,ja,ja...recuerda a las 9 en recepción, preguntarán por ti.

-         Adiós, ja,ja.

-         Adiós.

 

 

 

Debo decir que la ciudad respondía exactamente a lo que se podía esperar de una capital de una pequeña monarquía de rey gordo, casi independiente del imperio británico que se hallase en mitad del océano pacífico a unos miles de kilómetros de cualquier sitio , calles a medio asfaltar, pocos coches, preciosas vistas al mar desde cualquier sitio, y construcciones frágiles, que intentaban no desafiar al “gran jouvut”, el cataclismo que viven esperando todos los pueblos oceánicos, desde los maoríes (Brig.-Brig), los papuanos (Etelé Davassi), los Pascualinos (el quilombo), y los kunuofanos, como ya he dicho el gran jouvut”. El sentido de estas construcciones es que el gran espíritu del cataclismo pierda motivación por derribar las casas de los indígenas, pensando que no merecía la pena. No es que fuera una manera muy brava de luchar, pero, de momento, a ellos les iba bien.

 

Como al día siguiente desde las 9 de la mañana en que me venían a buscar, tenía la excursión al interior, decidí tomarme la tarde con calma, y me acerqué al paseo marítimo, donde una serie de modestas terrazas, a decir verdad prácticamente vacías esperaban a comensales de deshora como yo, que llegaran con el jet-lag a cuestas y no se enterasen bien de lo que comían, ni de lo que pagaban.

 

 

Pronto empieza lo calentito...

LO DEL PACÍFICO SUR (I)

Muchos de los, para otros destinos, intrépidos viajeros que conozco, cuando se trata del Pacífico Sur, pegan un respingo, y dan un paso atrás. Ellos han oído hablar de la desaparición de islas enteras, con sus poblaciones de niños, mujeres, guerreros, cabras y berberechos, a causa de los terribles fenómenos naturales que, de vez en cuando se presentan por aquellas latitudes. Y no os vayáis a creer que os hablo de viajeros miedicas, de los que buscan el abrigo de lujosas posadas, y le hacen la vida imposible a los porteadores, no. Los exploradores de los que os hablo, son veteranos curtidos en latitudes inhóspitas, picaduras de mosquito, climas adversos, remonte de ríos salvajes, ataques de fieras, lentas persecuciones de todo tipo de carroñeros, asistencia a interminables danzas folklóricas,...

 

De otro modo no formarían en la vida parte de la Sociedad Geográfica de Pola de las Canteras.

 

Aquel año, ahora me sonrío al pensarlo, todos lo exploradores de la sociedad, a excepción de Roque Pérez, que se había borrado porque decía que le fatigaban los viajes, pero al que seguíamos considerando miembro, para ver si se arrepentía de habernos abandonado por el dominó, todos los restantes, pues, cuatro, hicimos inventario del mundo explorado y del que nos quedaba por explorar. Para facilitar el asunto, considerábamos que si alguno de nosotros había estado en un continente, el continente quedaba explorado, de manera que fue sencillo hacer la contabilidad. Atanasio había estado en Roma (Europa), César había estado en Estambul (Asia), aunque por nombre le hubiera correspondido el viaje de Atanasio, Marcelino visitó Acapulco (América), y yo, que había viajado el primero, estuve en Tánger (África). Ya hacía tiempo que habíamos intercambiado impresiones, y lo conocíamos todo de esos cuatro continentes.

 

Atanasio dijo lo que pensábamos todos:

 

-         Queda Oceanía, pues. Y te toca viajar a ti, Adolfo.

-         ¿Y Pangea? – sugirió Marcelino.

 

Atanasio le corrigió con amabilidad.

 

-         Ese continente es de antes de la deriva de las placas tectónicas.

-         Ah- dijo Marcelino- Qué historia, macho. Las placas, que japutas.

 

 

Y lo dijo en plan burlón, guiñándonos los ojos a los demás, para hacer quedar a Atanasio como pedante, pero le salió mal, no nos reímos ninguno, porque nosotros sabíamos lo que eran las placas tectónicas y su deriva, y no entendíamos los guiños de Marcelo. Aunque sabíamos que era ignorante vocacional, y , el pro ejemplo no sabía que le habíamos admitido como miembro porque era un tío con mucho dinero y, la verdad, fácilmente manipulable.

      Era una especie de productor, para entendernos.

 

 

Escudriñamos con mucho detalle toda la cara b de la Tierra. Ese enorme Pacífico donde se sitúan no sólo el pedazo de inmodesta isla de Australia, sino también la más modesta Nueva Zelanda, y ya después Fiji, Tonga, y lo que viene siendo la Micronesia en general.

 

Sólo nos vimos interrumpidos en una ocasión por nuestra abundante camarera, Carolita, que nos trajo unos anisetes, excepto a César, que estaba mal del estómago y tomaba solo Schweppes (Sués) de limón, del tiempo.

 

Yo me inclinaba por visitar la Micronesia, pero no ya por mí, sino porque luego, a la vuelta , organizábamos unas conferencias muy lucidas, a las que iba mucha gente del pueblo, donde contábamos nuestras aventuras, y respondíamos preguntas, y presumiamos, y yo no quería morirme tan soltero y a veces iba a las conferencias una prima de César, que me gustaba en secreto, viudita, muy sexy, y que solo tenía una pregunta (¿Comen perros allí?) en general, pero que a mi me gustaba que estuviera, y que conociéndome si me gustaba que estuviera es que me gustaba, y la verdad, a la chica le sacaba 16 o 17 años. (Claro, yo tengo 50 y ella 31, y ¡Anda, si son 19, toda la vida calculando mal!)  Y el problema mío es que no sabía cómo decírselo (Decirle que me gustaba, lo de la edad ya lo debía de saber, creo que mejor que yo, por lo visto) Además no me apetecía ser la comidilla del pueblo, así que el tema estaba parado por un tiempo (hasta que me muriese o algo)

 

Como digo, organizábamos todo aquello, para contarle a la gente (A fin de cuentas contribuían también a través de la comisión de fiestas) lo que había en los exóticos parajes. Así que dije, que era una tontería ir 15 días a Australia, para contarle a la gente lo de los canguros, los koalas, y los ornitorrincos. Que lo mejor era ir a Micronesia a ver Atolones...

 

-         ¿Atolones? ¡Atolones los de ésta!-Interrumpió Marcelo refiriéndose a Carolita. Ella no lo oyó, sino le hubiese matado, seguramente.

 

...islas a punto de inundarse, ejemplares humanos de extrañísimas costumbres, paises sin moneda acuñada, fumarolas, géyseres,..

 

-         ¿Géyseres?..¡Géy...!

-         ¡Cállate, hombre!

 

Y ya me empecé a gustar y desarrollé un argumentario sólido y brillante, llenito de preguntas retóricas y opciones verbales(era/ese)...

 

Así que César se puso en pie, y sofocando un eructo traidor de Sués de limón, dijo con toda solemnidad:

 

-         ¡Burp! Entonces de acuerdo. En quince días sales. Diseñaremos un itinerario espectacular. A ello.

Y en medio de un bullicioso jaleo, entretenidísimo para los presentes, pero aburrido, sin duda para los lectores, y para la voluptuosa Carola, y que por eso no me molesto en reproducir, se auilataron todos los detalles de mi viaje.

 

Y os digo una cosa muy importante. La historia que sigue es espectáculo puro. Esencia de espectáculo. ¿A que visto ahora no lo parece?

VACACIONES II

Desde mañana día 01, hasta el oróximo 12 de Noviembre, no apareceré por la red, con motivo de unas vacaciones.

 

Esto no significa que no os quiera.

 

Es más, significa todo lo contrario.

 

He dejado la historia que tenía entre manos toda terminadita.

 

Hasta pronto.

 

Volveré más reflexivo y serio.

 

Besos.

AXIOMAS PARA ANA (Final Normal, o sea, sorprendente como siempre, IV FIN)

Creo que supe, en cuantito que entramos, que no me iba a ofrecer una copa. Es la clase de intuición de cuyo resultado no albergas duda ninguna, porque lo ves con claridad meridiana. De hecho, ni siquiera lo comentas porque es tan claro, que no ves mérito en ello, ni por tanto, posibilidad ninguna de ganar puntos.

 

-         ¿Quieres una copa?

-         Er, pues sí. Cualquier cosa, lo que tomes tú.

 

 

Por suerte, tampoco apuesto sobre estas intuiciones.

 

 

Nos sentamos en un sofá, sobre el que inconscientemente pasé la mano, dando a entender aquello de “Aquí mismo si te empeñas, por mi no hay problema”. El sofá era de una especie de terciopelo que a quien coño le importa.  Y me fijé, poniendo la copa en la trayectoria, para no parecer un salido, y que pareciera que apreciaba la turbidez del gin tonic, en sus compactas y sólidas piernas. En sus preciosos zapatos. En la blusa sobre la que me iba a avalanzar en cuanto terminase la cuenta atrás. De hecho nada podía pararme.

 

-         Te ducharás ¿no?

 

 

Del trillón largo de frases que existen, sólo había dos que pudieran detenerme, la primera , “confieso que soy tu hermana”, y la otra “Te ducharás ¿no?”. En verdad, entonces y ahora sigo pensando que de hecho es lo más higiénico. Pero confieso que me hubiera saltado ese paso. En aquel momento.

 

-         Por supuesto. Ni falta hacía que lo dijeras.

 

 

 

Me gustan mucho los cuartos de baño. Sobre todo los ajenos, con sus colonias y jabones caprichosos, con sus olores caprichosos. Los geles, los acondicionadores de pelo, todo lo huelo. Hasta las mascarillas. Hasta un frasco de colonia juvenil “Chispas”, que había por allí encima. Me desnudé, intentando no dejar la ropa de cualquier manera, y le dí al agua. Demasiados enfriones me chupé, por hacer como en las películas, y darle al grifo una vez dentro de la bañera. ¡Y un cuerno! Le di desde fuera, y la verdad que el calentador respondió a las mil maravillas. Dentro me sentí como en casa, con el agua bien caliente golpeando en mi espalda, y tan doméstica me parecía la ducha, que olvidé que tan solo me estaba limpiando para trinc...para hacer el amor con Ana, y empecé a hacer una serie de jueguecitos rituales que hago en casa. Como rascarme el pecho mientras me lo enjabono, pesarme el tema mientras me lo enjabono, hacer abluciones violentas, echando el agua hacia arriba, para que choque con...¿Tal vez demasiados detalles? Quizá sí. Me di la vuelta. Y de la impresión, me pegué un resbalón que por poco me desnuco contra el borde de la bañera. Conseguí sujetarme con la jabonera, y la tía se mantuvo en el sitio sin ceder, lo cual le agradecí...

 

Ella estaba allí. No desnuda, no, aun peor. Vestida con su espectacular y moderna ropa interior de color azul, pero no azulón como la ceja que llevan encima del pico los patos raros, sino un azul entre cobalto y eléctrico, no celeste, por más que la situación estuviera tomando tintes celestiales.

 

Esta vez si que decidí no abrir la boca para hablar. Sin embargo si que pensé que tenía que haber algo que yo pudiera hacer para que aquella escena y sus detalles, sobre todo sus detalles, como el agua resbalando por el tejido azul, y dejando al trasluz todo lo que cabía esperar, no se me borrasen jamás de la cabeza.

 

Empecé a pensar su nombre. Obsesivamente, incluso a decirlo entre dientes mientras la abrazaba con fuerza.

 

-         ¡Ana, Ana, Ana, Ana, Ana....!

 

 

Y dejé de decirlo para que no me tomara por un loco. Pero ¿podéis creerlo? ¡Su nombre siguió sonando!

 

-         ¡Ana, Ana,Ana....!

 

 

Y no era yo. Así que seguramente la falta de afecto práctico me había alterado el cerebro porque

 

-         ¡Ana, Ana, Ana....!

 

 

Seguía sonando dentro de mi...

 

-         ¡Como estés en la ducha prepárate que vas a llevarte lo tuyo y lo de tu prima!

 

 

¿La voz del ratón?

 

 

La propia Ana, se deshizo de mi abrazo, que ya era lánguido y frío. Y contestó a lo que, incontestablemente, no eran voces internas. (Por otro lado, mejor)

 

-         ¡Ven mi amor, estoy con un amiguito!

-         ¡Oye, no! ¿Qué pasa?

 

 

Como el tiempo no es eterno, no tardó en aparecer la cabeza del ratón (dentro ya estaba la cola del león, je, je, no sé de verdad de donde saco el buen humor, son cosas de Buch), que miró, me vio, y luego miró a Ana. Y le dijo con una voz tierna y cariñosa que me dio como miedo:

 

-         Pero Ana, cariño, ¿Otra vez?

 

Ella miró hacia abajo, y también desde el cariño, contestó:

 

-         Si, lo siento.

-         Anda, sal, que quiero hablar contigo.

 

 

A mi no me hacían ni puto caso. Pensé que Ana me había engañado, y que estaba casada con el ratón (¿?) Y que éste nos había pillado. Se fueron los dos juntos, abrazados, solo puede oír que ella decía algo así como:

 

-         ..marcha...boquete.

 

 

 

Y allí me quedé, dentro de la ducha, cayéndome el agua en la espalda, y ya relajado. Me salí a la espera de ser ejecutado por el ratón. Me sequé pensando que no me dejaría avasallar, que aquello no era culpa mía, y que si que era violento, pero que no era culpa mía. Me senté, con una toalla blanca alrededor de la cintura, y pensé que aun podía llevar una minifalda si quisiera, y que tenía un trasero mono.

 

Esperando al ratón

 

Y el ratón llegó.

 

No quise interrumpirle en la ducha, por la situación, pero, aunque seguía manteniendo la tensión de temer por mi vida, tenía, por otro lado el suficiente nervio como para fijarme en que llevaba bigote. Un bigote negro, poblado y gruñón, de los que tapan el labio superior. Yo seguía con mi minifaldita, la verdad, tan mono, pero él pareció no fijarse en absoluto.

 

-         Pulgón...

-         Ah, ¿Me reconociste? Ante todo quiero decirte que me perdones, pero es que yo no he tenido la culpa....y

-         Lo sé, lo sé.

-         ¿Lo sabes?

-         Si.

-         Dijo que yo le gustaba.

-         Lo sé. Pulgón, se lo dice a todos.

-         ¿A todo quienes?

-         Verás, es que ella está enferma.

-         ¿Enferma? ¿Enferma de qué?

 

 

Pensé que no era fácil que por un abrazo..., aunque claro también me agarró el ciruelo..., y luego pensé que estaba siendo muy egoísta, y que por lo menos podía poner cara de no estar pensando en mí.

 

-         Es adicta. Adicta al sexo. Vamos, que se los intenta tirar a todos. De hecho se lo hace con bastantes...

-         ¿Con bastantes?

-         Con casi todos, vamos. Perdona que te lo diga claramente, pero no eres nada especial para ella. ¿Te fijaste en el conserje?

-         Si, aquel tipo enorme, con cara de obispo de Mondoñedo...

-         Exacto.

-         Pues ese fue de los primeros...

-         ¡Que me dices! Y oye, una pregunta, si no es indiscreción.

-         Dale, dime.

-         ¿Tu te casaste con ella? ¿Es tu mujer? ¿Cómo fue...?

-         Es una historia muy larga, pero te la resumo que Buch no puede más. Resulta que ya sabes que yo llevaba un retraso hormonal...

-         Ni me había fijado...

-         Pues sí, y el caso que cuando empecé a fabricar testosterona lo empecé a hacer así a lo bestia. Y me convertí en una máquina de sexo. Total que tuve que ir a terapia y allí coincidí con ella. Y ahí seguimos, unas veces cuida ella de mi, y otras yo de ella.

-         ¡Que fuerte! ¿Tu eres adicto al sexo, entonces, también?

-         Ya te digo. ¡¡Y levántate que no puedo más!! La minifalda te queda de puta madre, guapo!!.

AXIOMAS PARA ANA (Lo prometido es duda, ¿Habrá una cuarta?)

 

-         ¿Pulgón?

 

 

Tantos años sin oírme llamar por mi mote, hicieron que me volviera tan súbitamente, que hasta me dio un poco de mareo, de esos mareos que se dan cuando los ojos son más lentos que el cuello. Debió ser por eso, que no me di cuenta al instante, sino que necesité 4 ó 5 segundos para ser consciente de que aquella mujer que me llamaba por mi mote de adolescencia (De todos menos del ratón), era Ana.

 

Antes de que se me ocurriera decir ni una sola palabra, me di cuenta de que Ana seguía estando de rechupete. Es más, probablemente había mejorado con el paso del tiempo. Es verdad que de cuarentona, estaba más compacta, más dura, quizá. Y tal vez algún mezquino le pusiera reparos a las arruguitas tontas que le adornaban los alrededores de los ojos. Y algún tiquismiquis haría mención a que estaba ligeramente más ancha que cuando era una niña. Pero para mí todo eso estaba bien. Además su mirada avellana arrebatá, era aun más cautivadora e hipnotizante que antaño. Y, para que quede constancia de ello, y que no se olvide, seguía teniendo unas piernas vertiginosas, y esi sin querer hablar de sus tetas, que seguramente eran un prodigio de sustentación. Al menos, desde fuera lo parecían.

 

Así que esa mujer que me hablaba desde el otro lado de la callecita Néstor Carrascosa, era ni más ni menos que Ana.

 

¿Algo habrá que decirle, no?

 

-         ¡Ana! ¡Dios mío, cuanto tiempo!

 

 

Miré a un lado y al otro antes de cruzar, y una vez que crucé, me abrí de brazos, y me dispuse a besar a la compacta “Ana”, en sus dulces mejillas. No sé si fueron mis ganas, mi torpeza, o qué, el caso es que nos acabamos pegando un pico muy caluroso.

 

-         ¡Vaya, si que me echabas de menos!

 

 

Yo, al ser imbécil, agradecí que fuera ella quien introdujera el humor. Porque la situación era de lo más rara. No me distraje, no obstante de mi brillante oratoria:

 

-         ¿Qué tal? ¡Perdona! ¿Qué tal? ¡Perdona!

-         Bien...¿Qué fue de ti? La gran promesa...

-         ¿La gran promesa, yo...?

-         Me gustabas...

-         ¿Yo a ti? Pero aquel novio tuyo del Abel...

-         Para entretenerme...mientras llegabas tu.

-         Pero no me dijiste nada...

-         ¿Eres tonto? ¿Cómo te voy a decir yo que me gustas?

-         Pues como lo haces ahora...

-         Ahora lo puedo hacer, porque ya no importa. Tú estarás casado...

-         ¡No, no, no! ¿Y tu?

-         ¡Anda, pues yo tampoco!

-         ¡Nuestro amor es posible, pues!

 

Y así que la conversación era tan fluida, de repente se hizo un silencio ensordecedor. Y ella me miró. Y me miró con ese clásico mirar que en realidad significa “Bésame, pulgón”. Y nada, pues fui ahí a por sus morros. En plena calle.

 

Y ella me apartó de un manotazo certero. Tan certero que la uña pasó por mi ojo, y me salió un lagrimón, y me tuve que apretar el ojo para que no me doliera tanto...

 

-         ¿Amor? Dijo ella, mientras yo apenas prestaba atención, tratando de disimular las lágrimas de dolor.- Aquí no hay amor, olvídate. Sólo que me gustas. ¿Qué es eso de amor?

 

 

Otra cosa no, pero capacidad de adaptación tengo un montón. Así que enseguida y a pesar de las lágrimas reaccioné:

 

-         ¡Ja,ja,ja! ¿Amor? ¡¡Era broma, ángel cándido! ¿Qué amor? Me refiero a que seamos amigos, que nos llamemos y tal.

-         Mira guapo, para mi eres un asunto pendiente y punto. ¿Vamos a mi piso?

-         Claro.

 

 

Y así fue como la ilusión de una vida, se iba a cumplir. Es cierto que no tan dulcemente como podría pensarse, pero al menos, si tuviera delante a los chicos, estoy seguro que palidecerían de envidia.

 

Y, la verdad, también estaba muy contento por Buch, porque se demostraba que no todos sus personajes eran unos perdedores.

 

Y paré de pensar cosas así, porque empezaba oírme como “Quisiera dedicar este polvo a toda la gente que creyó en mi...”

 

Íbamos en su coche. Yo en completo silencio, solo mirando de reojo sus magníficas piernas. Sin ni siquiera pensar en decir: “La verdad que en Madrid, en esta época refresca mucho, haría falta una rebequita”. Pero sudando, la verdad por poder decir algo que no fuera un chiste, o una obviedad. Me giré a ella y le dije, por fin:

 

-         ¿Y bueno, que tal?

-         De verdad, la cosa está hecha, es mejor que te calles.

 

Entonces me dediqué a desearla. Tan erguidita, conduciendo, con su mirada llena de personalidad, con su faldita azul, que dejaba ver que ahí había tersura de la buena. Y ese escotazo tan poderoso. Y eso yo lo iba a disfrutar en 5 minutos. Tal vez en quince por el puto atasco. Me figuré, ya torturado por el silencio, que ella era la clase de tíos que le gustan así un poquillo antipáticos y dominantes. Así que la audacia era una buena aliada:

 

-         Este coche es una mierda.

 

 

Me asusté, porque Ana paró el coche en plan padre desesperado con los hijos.

 

-         Mira, te libras porque no sé porque te tengo tantas ganas. No hagas que me arrepienta, solo tienes que callarte.

 

 

Y yo obedecí.

 

Parece que llegamos, se me aceleró el corazón, pensé:

 

-         No des un gatillazo, no des un gatillazo.

 

 

Subí las escaleras tras ella.

 

-         Perdona, solo una pregunta más. ¿Qué es lo que te gusta de mi?

 

 

Y ella por toda respuesta se dio la vuelta, y me agarró de un sitio tal, que ni siquiera podía pensar en soltarme. Y yo no dije nada; solamente pude pensar, mientras ella se volvía para abrir su puerta, que era el momento ideal para dar paso a la 4ª y última parte. Y ya sé que era el momento para dejar de pensar, pero aun tuve un último ratito para esta reflexión:

 

- ¡Ojalá lleve la ropa interior de color azul!

AXIOMAS PARA ANA (Como mucho serán tres, por éstas ¡chuikk!)

Así, mientras los autobuses de la EMT, pasaban del azul al rojo, mientras despertábamos a la naturaleza, pero ignorantes de que habíamos estado dormidos, mientras el Ratón trataba de completar el examen de ingreso a la pubertad, con un éxito relativo, y mientras, como ejemplo de civilización, se pintaban las rayas delimitadoras de las plazas de parking en la zona común del barrio, la cosa se empezó a mover.

 

Ana, como era esperar de su nombre, sus ojos, su pelo y sus piernas de las que no he hablado, pero que veía cuando se ponía la minifalda de los viernes, había crecido con muchísima corrección, y a la vez que conservaba su impecable sonrisa, y todos los demás encantos físicos de los 12, podría decirse que sumaba más encantos.

 

De hecho, y, por favor, necesito que me creáis, la chica había conseguido incorporar a su mirada un pellejito translúcido de misterio que nos infundía cierto temor, pero que también, y al mismo tiempo, y es en este detalle donde necesito vuestra fe, hacía que el amor hacia ella, nos rebosara mucosas afuera. Y no solo a los grandes capos de la barriada, como Teneté, Bonk, Bala y yo mismo, dicho sea de paso “Pulgón”, sino también a los parias como “Tinto”, “Leixa” y “Búfalo”. Y otros más que no eran parias, siquiera, y que no merece la pena ni nombrar, y que podemos resumir con un levemente despectivo “Esos”.

 

De repente estuvimos diez minutos sentados, quizá quince, y pasaron dos años, y ya fumábamos todos y éramos hombres (menos “Ratón”, claro, que se nos quedaba atrás ). Y por alguna razón que no recuerdo, estábamos sentados una noche, en un banco, con un poco de miedo, claro, porque ya nos había pasado antes que nos habíamos sentado por un rato, y habían pasado dos años de una tacada, cuando apareció Ana, así en Octubre, con una camiseta de manga larga, unos vaqueros azul claro, y con sus estiraditos y planchados 19 años. Al principio ni siquiera sospechábamos lo que iba a hacer, y si lo hubiéramos pensado nos habríamos caído de culo, pero el caso es que franqueó con un encantador saltito el seto que la separaba de nosotros, y dijo, sin más, sin pensar que aquello era un hito:

 

-         ¿Me puedo sentar aquí con vosotros?

 

 

Y se sentó. Tal vez solo le incomodó al Ratón, que deseaba reuniones exclusivamente masculinas, para ver si había suficiente contaminación hormonal, y acababa de realizar el tránsito.

 

El caso es que Ana resultó ser no sólo una mujer de increíble belleza, sino que además, entraba a las bromitas, no se enfadaba por comentarios de mal gusto evidente, pero tampoco tomaba la iniciativa, al punto de no resultar ordinaria, ni estrecha, sino que era...¿Cómo se dice? Ah, si, perfecta.

 

Durante un tiempo, ni teneté, ni bonk, ni bala ni yo, ni mucho menos los parias ni los esos, conseguimos nada que contar de Ana. Simplemente se sentaba con nosotros, o se tomaba una cerveza en el Abel, pero nada más. Ninguno nos ganábamos su confianza, como para una charla a solas, ni en el gesto de Ana, se podía apreciar ninguna preferencia. Nos peleábamos por ser compañeros suyos en el futbolín del Abel, y ella decía, cuando te tocaba tenerla de compañera:

 

-         ¡Pobrecito mío, yo soy malísima, vamos a perder!

 

 

Pero ¿Quién le explicaba a ella, que eso daba igual? Que lo importante para cada uno de nosotros era tener la posibilidad de compartir alegrías en los goles anotados y resignación en los encajados, y ver la cara de envidia de los del equipo rival, que tenían que soportarse mutuamente, aunque ganaran.

 

Después, a la noche, que estábamos los chicos solos, el que había jugado de pareja con la diosa, siempre tenía más interés que los demás en comentar el partido, y no tanto futbolísticamente, sino más volcados en que si ella le había pasado la mano por el hombro cuando consiguió parar aquel remate a bocajarro, del eternamente sonriente, pero frío, delantero rival. O que le había dicho “me gustas” al oído, aprovechando un parón en el juego, cuando la bola había salido volando y se había colado en el gintonic de la ludópata interina del Abel.

 

Y así, en el Abel, quizá en el recinto más inadecuado para que una historia digna tuviese un momento importante, sucedió. Estábamos en pleno torneo de futbolín, y quiso la casualidad que yo formara tándem con la bella Ana. Seguramente íbamos perdiendo cinco a cero, creo que incluso uno de los centrocampistas rivales, al que le faltaba un cacho de cadera, y tenía el bigote desteñido, había conseguido batirnos. Pero en una jugada maestra, con cierta intervención de la fortuna, la bola pasó de nuestra defensa a nuestra delantera, y la diestra Ana, en un topetazo de dudosa legalidad, agarró un disparo seco que entró en la meta contraria como una exhalación. Tras unos momentos de duda, y justo en un instante en que hubiera podido abrazarla sin ánimo de roce, sólo por celebración, Ana se dio la vuelta hacia la puerta y dijo:

 

-         ¡Hola, Nico!

 

 

Y para mi asombro, el tal Nico, un pedazo de armario enorme y pelado, se acercó y le administró a la bella Ana, un pico en todos los hocicos. Yo, con una de las mayores caras de gilipollas que se han conseguido desde la Baja Edad Media hasta la era moderna, seguía chinchando a los otros con nuestro golito, mientras con el otro ojo, trataba de pasar una sobredosis de incredulidad, justo hasta que ella habló:

 

-         Chicos, este es Nico, mi novio. Nico, estos son del barrio.

 

 

Si, ya sé que pensáis que sabéis exactamente cómo me sentía. Quisiera remarcarlo, no obstante. El primer sentimiento, claro, era el de la pérdida de cualquier clase de esperanza acerca de Ana, esto ya de por sí no era superable en escasos minutos. El segundo era que Ana, sin que fuera de una manera descarada, nos había engañado. Me explico, nosotros no nos teníamos más que a nosotros, no teníamos otros amigos por ahí que un día se presentaran en el Abel inopinadamente. Ella en cierto modo, “había fingido” que era una pringada como nosotros, para introducirse en nuestro mundo, sin que supiéramos exactamente con que fin. Por si esto fuera poco, va y se da un picorrotazo medio húmedo con el pailán aquel. Y por rematar el puyazo, nos había definido como “los del barrio”, es decir los domésticos, los prescindibles, igualando de paso, a líderes con parias, y con “esos”.

 

Así que eran muchos puñales punzando al mismo tiempo, y otro que faltaba era cuando “Ratón”, que no tenía todavía nuestra sensibilidad sentimental, porque aun era medio niño, empezase a comentar esto en el mismo tono que se comenta si un “paria” ha dejado de bajar a la calle. Y así, se me ponía una irresistible acidez en el estómago, y la cosa no fue a más, porque Ana tuvo el buen gusto de irse con su novio, a la barra, pidiéndole a un ser sin importancia que la sustituyera como mi pareja, frente a nuestros rivales de futbolín. Así el Nico los cojones se la podía comer a besos en la barra del Abel.

 

Como buenos chicos, decidimos autocastigarnos haciendo comentarios insidiosos sobre el tal Nico, que eran evidentemente falsos, y cada comentario hacía más evidente nuestra debilidad y su fortaleza. Él era el que tenía lo que nosotros queríamos, y nosotros solo nos teníamos a nosotros. Una mierda, vamos.

 

De aquélla quedó tan socavada nuesta credibilidad, porque seguramente Ana escuchó alguna de nuestras risitas de gilipollas, o alguna de nuestras bromitas graciosas, o alguno de nuestros insultitos ingeniosos, que yo, al menos, no recuerdo que volviésemos a coincidir en el banco, o en el Abel todos juntos, con Ana, sino que a partir de ahí se quebró toda confianza, y los encuentros con Ana eran casuales, individuales, y nunca de pararse a hablar, sino de intercambiar sonrisas tontuelas y un mirarse diciendo “Esto ya no es lo que era”.

 

Y la vida, ese distribuidor de destinos, nos fue separando.

 

Todos nos hicimos algo mayores. Excepto quizá Ratón, que iba con algo de retraso.

 

Fue entonces, cuando teníamos más de 40 años, que sucedió algo extraordinario. Y no fue un terremoto.

 

 

(Continuará)

 

 

 

AXIOMAS PARA ANA (En una sola toma, o dos)

En este relato, me esfuerzo al máximo para que salga bonito, y que lo disfrute una persona que lee este blog de vez en cuando y que lo está pasando fatal. Quién sabe si le puedo arrancar una sonrisa...

 

 

Yo no sé si sabéis, apostaría que sí, pero no lo sé, que en todos los barrios del mundo, en los que hay chicos y chicas de alrededor de 12 años, nunca existe un empate a la cabeza de la belleza femenina. De hecho, y no admito discusión sobre este extremo, siempre hay una reina del barrio indiscutible. En nuestro caso, y en el de nuestro precioso barrio que no sabíamos apreciar en aquel entonces, la que ostentaba año tras año ese título era Ana.

 

Si la vierais, no sabríais por qué, pero estaríais de acuerdo conmigo. Sus ojos, no eran azul intenso, como se suele exigir, sino avellana arrebatá, que tampoco son muy comunes, aunque los que no entienden mucho, ni han cultivado nunca el vigor de su sensibilidad, los confunden con los ojos color castaño, que no están mal, tampoco, pero entendedme, necesitas un buen par de cejas arqueadas tipo Mc Cartney, para sacarles partido. Si, como digo, los tienes avellana arrebatá, como Ana, entonces no hay problema., porque cada mañana el sol, les arranca unos reflejos dorados, e iluminan tanto la sonrisa, que, cuando cesa el piar de los pájaros urbanos, y cuando dejan de pasar camiones, se puede oír el choque de los corazones rotos, de los muchachos cayendo al suelo. Y se oyen las discusiones, después, cuando todos tratan de recuperar sus corazones, y unos han cogido el de otros, y esos otros no encuentran los suyos, y miran como sospechosos a los unos, y los unos se ofenden...

 

Ese es el gran inconveniente de ser la reina del barrio, el que todos los chicos se enamoran de una. En fin, quiero que penséis que la cosa entonces no era como ahora, entonces, a los 12 años, lo normal era ocultar el amor, y tratar de sofocarlo en una marmita llena de fútbol, de películas, de música...de modo que los niños de 12 años, por lo menos los de aquel barrio, teníamos la facultad de convivir perfectamente con nuestras frustraciones, sin que se nos notase mucho. La consecuencia de este silencio, era que Ana, vivía tranquila, sin pretendientes molestos, pero probablemente consciente, vía miradas furtivas, del inmenso y romántico amor que despertaba en nosotros. En todos nosotros. Bueno, en realidad en todos no, porque Rafael  “Ratón” Delgado, llevaba retraso en su desarrollo, y tenía voz de pito, y le seguía gustando el lego, y no participaba mucho de nuestras conversaciones animales.

 

Le estábamos esperando...

 

 

Nosotros, los chicos, nos organizábamos por ranking. Era muy sencillo. Había uno que era el mejor en todo, y el siguiente era el segundo en todo, y así sucesivamente, de modo que no nos complicábamos con puntuaciones complejas, como en los saltos de esquí, o en el mus. Todo era fácil y evidente. Eran verdades sólidas sobre las que construir férreas teorías. Eran axiomas.

Del pelo de Ana, no he hablado por no enamorarme, pero no tenía un color ni una longitud que llamase la atención. Y eso que en aquellos tiempos, la longitud del pelo era de por sí un elemento importante, aunque no para los muchachos, sino para las madres. Había muchas madres que creían que sus hijas eran auténticos bellezones, solamente porque tenían un pelo larguísimo, hasta la cintura. Aunque tuvieran un narigón como un piano. Pero ahí estaban los muchachos, y las amigas de la chica, para, al menos una vez en la vida ponerla en su sitio, y no creyera todo lo que su madre le decía. Pero su pelo, hablábamos de su pelo. Su pelo era oscuro, aunque no negro, color “¿Por qué habéis frotado la caoba con ceniza?”. Y tenía un corte graciosísimo, que no sé explicar, pero que era como una cortinilla de un lado, que le tapaba un poco la cara, y más cortito por el otro, cosa que yo llamaba, sin ningún elemento científico que me apoyara, “peinado francés”.

 

Su cuerpo era menudo, aunque no llegaba a la categoría de bajita, me refiero a que era muy delgada, y no demasiado alta, de modo que si en vez de 12 hubiera tenido 19, y tuviera un novio que la llevara a casa, y este novio una madre, y la madre del novio la viera, diría: “Qué poquita cosa ¿no?”

 

Pero eso no era verdad. El resultado final de esta Ana desestructurada que os he descrito, era un conjunto armónico y valiosísimo. A la que todos queríamos sacar por ahí, para presumir.

 

Los chicos. El ranking. El mejor en todo era, sin duda el “TNT”. El teneté, para entendernos. Todos esperábamos que él acabara con Ana, porque otra cosa crearía en el barrio un montón de desequilibrios conflictivos. Sin embargo, como segundo ahí teníamos a “Bonk”, y como terceros había vario, yo, “Bala”, entre otros. Detrás un grupo de friquis, que la verdad, y dicho con toda crudeza, eran simples comparsas que hacían lo que se les decía y punto. Quizá en diez años, acabaran por ser ingenieros, y ni siquiera nos mirasen como a los top como seres humanos, pero a nuestros dice eran extras.

 

(La escena erótica es en el siguiente, me quedé sin papel)

LOS ROMANOS SON AMOR, SOL (Esto si que no lo esperaba, FIN)

De esa manera en la que salen a veces las cosas, de esa manera en la que no recuerdas el camino que has seguido, cosa comodísima, por otra parte, porque me libera de contarlo, me encontré en mi carro grande (carru, ru, rui, IV declinación), tirado por mi caballo Evropa, y acompañado por las tres mujeres de mi vida, a saber; Claudia, Silvia, y Neli. Y no se me desenfocaba ninguna.

 

No sabíamos exactamente el rumbo que llevábamos, ni tampoco sabíamos el que queríamos llevar, todo lo fiábamos al buen hacer de Evropa, que caminaba con ánimo percherónico, y cierta dejadez, como pensando, todo envidioso, que esta historia no iba con él, y que el jamás haría algo semejante porque le parecía una inmensa equivocación. Que allá yo.

 

No hablábamos. En mi caso, no era por soso, como mis amadas, sino que tenía miedo de que al decir cualquier cosa, de algún modo, sirviese de excusa para  deshacer el hechizo, para acabar con la delicada e increíble magia que había llevado a un desgraciado como yo, a estar con las tres mujeres más hermosas del mundo.

 

Al terminar de subir una colina, vimos una suerte de valle circular, rodeado de montañas, como corresponde a cualquier valle, que se precie, y era hermoso como ninguno que yo hubiera visto nunca, y se lo hice notar a mis damas, las cuales convinieron conmigo en que tampoco habían visto nunca unas laderas tan bonitas. Abajo, haciendo de fondo de olla, una ciudad enorme, dedicada básicamente al comercio. Noté como las chicas se miraban entre sí, y capté la indirecta:

 

-         Tal vez queráis bajar a ver esa ciudad, sin obligarme a mi a tamaña tortura. Si eso lo que queréis, tomad mi carro, y yo me quedaré tras esa roca, dormitando por un rato. Que el descanso siempre es reparador y agradable.

 

Así fue como cuidando de la olla que era el valle, pero de espaldas a ella y tumbado tras una roca, tuve mi primer momento de relax. Mordisqueé una hierbecilla con fruición, pensando de repente que podía contener alcaloides letales para mi, o para cualquier ser humano. Escupí la hierba, maldita, y me limité a intentar dormitar, sin hacer una clásica escena campestre.

 

El cielo estaba algo oscuro, amenazante, pero confíé en mi suerte y no me moví ni un palmo. Sabía que probablemente no me dormiría, pero igualmente tendría el placer de deshacerme de mis torturantes sandalias, y sentir el viento previo a la tormenta en mi cara.

 

Porque la cosa tenía pinta de tormenta...

 

 

Ya se habían perdido mis chicas hacía mucho rato, cuando oí el primer y poderoso trueno. Diría que aquello era una tormenta tropical. Porque no era ya el trueno, sino que se sentía calor al mismo tiempo. Calor y lluvia al mismo tiempo es cosa del sur. Pero tampoco venía mal en la península itálica, una buena tormenta del sur. Yo permanecía atento a la magia climatológica, pero me negaba a abrir los ojos. Me imaginaba a mis lindas compañeras volviendo empapadas, con sus vestidos de lino blanco, medio transparentes, caminando sobre la hierba y riéndose con picardía, sabedoras de que el asunto este de las transparencias acuáticas, era un asunto al que yo siempre había sido muy sensible....

 

-         ¡Estruendoff!

 

 

Otro trueno intimidador. Pero yo tenía que seguir imaginando a mis chicas , corriendo sin fatigarse, a mi encuentro, en busca del calor que tal vez sólo un ardiente latino como yo, les podría proporcionar. Pero al mismo tiempo..¡Qué responsabilidad! También tendría que ser equitativo en las miradas, y no sólo adorar a Silvia, y no sólo adorar a Claudia, y no sólo adorar a Neli. Y no sólo adorar a dos de ellas. Era menester exigirme a mi mismo, el amor absoluto.

 

-         ¡Esprrrrrendátorgui!¡Brulumbububu!

 

 

¡Cuarto de hora de trueno! Y ni rastro de la lluvia que debía de mojar mi rostro, y no tanto mi rostro como a las chicas. Sus vestidos blancos de lino empapado, que solo de pensar en ellos un ardiente calor me recorría el rostro y me secaba la garganta. Ahora que lo pienso

 

-         ¡GURRUMBLUBLUM.....!

 

 

Mucho calor, y mucho trueno. Desde luego el trueno que turbaba mi paz en ese momento, llevaba más de veinte minutos de estruendo. Y eso es exagerado. Y el calor tormentoso también era exagerado hasta para una tormenta subtropical. Hasta para un mediodía en el desierto. De hecho creo que se me estaban chamuscando las cejas, y las pestañas. De modo que no tuve más remedio que abrir los ojos, aunque supiera que eso era el fin a algo tan divertido como una siesta romántica. Y cuando los abrí me llevé un disgusto espantoso.

 

La ladera sobre la que yo yacía, estaba completamente cubierta por una especie de cosa gris, que en cuanto me levante comprobé que era ceniza.

 

-         ¿Ceniza? Me dije asombrado.

 

 

También pude comprobar que también estaba disgustado porque yo mismo estaba cubierto por la ceniza, y mi elegante vestimenta también. Pero eso no fue lo peor. Cuando miré hacia arriba vi que detrás de la cima de la colina, hacía el lado del valle donde estaba el agujero, en cuyo fondo quedaba la ciudad, había un ruidoso chisporroteo, como si toda la olla del valle se hallase cubierta de un mar de fuego, como de...¿lava?

 

Y, cuando llegué a la cima de la colina, me di cuenta de que lo que yo había tomado por una tormenta ruidosa, no había sido otra cosa sino la erupción de un enorme volcán, que disfrazado de colina, estaba frente a mi. Y esa constatación geológica, con ser terrible no lo fue tanto como la terrible cerveza de que el valle se había rellenado por completo de lava, sepultando la ciudad bajo la ardiente colada, que casi rebosaba por encima de los montes, y que de puro milagro no me había alcanzado a mi. (Lo cual hubiera sido ya el colmo del disgusto)

 

Cuando tuve la certeza interior de que me había quedado sin amores, de que me había quedado sin amor, tronó y se puso a llover. (A buenas horas) Y yo me puse un poco triste, y derramé unas lágrimas que me dieron una sed terrible, y mucha congoja, y bastantes espeluquines y suspiros hondos y tristes. Y entonces, cuando ya parecía que remontaba me acordé de que mi caballo, y mi carro habían corrido la misma suerte que mis chicas. Y llanto sentido otra vez. Y que mis sextercios estaban en el carro. Incluso mi vino. Y otra vez...llanto amargo.

 

La desazón, el disgusto, la tristeza, me comía por dentro.  Y así estuve, y quien no quiera creerlo que repase en que lamentable garito perdió su inocencia, durante dos días, sin dejar de llorar, y bebiendo de los charcos sucios por la ceniza.

 

Al cabo del segundo día, cuando estaba por oscurecer, pero a la noche le daban acojone los ruidos de hacía dos días, y no se atrevía. Distinguí, caminando hacia mi entre nubecillas frescas de niebla arrastrada por entre los matojos, la figura de una ancianita, toda envuelta, de la cabeza a los pies de negro. El rato que anduvo hacia mi, incluso cuando ya era evidente que me había visto, no anduvo en plan raro, como solemos hacer todos, cuando alguien espera de nosotros que sólo caminemos, sino que siguió con el mismo paso, cansino, pero firme, hasta que casi porque en el mundo nadie tenía nada más que hacer...llegó hasta mi.

 

-         ¿Has llorado?

-         No...

-         No mientas, nenaza,..¿Has llorado?

-         Se me han saltado un poco las lágrimas, por la ceniza.

-         Mentiroso. ¡Dime porque has llorado, nenaza!

 

 

 

Y de repente supe que aquella aparentemente insensible mujer, pero en el fondo llena de amor, iba a comprender lo que me ocurría. De modo que se lo referí. Y así fue que le referí la historia, y que me miró con sus ojillos de entre gris y marrón, y me dijo, con algo menos de dulzura de la esperada:

 

-         ¡Coño, que putada, me largo!

 

 

Y se fue un poco más deprisa de lo que se vino. Antes de perderla quise saber una cosa.

 

-         ¡Mujer!, ¿Qué ciudad es esta donde lo he perdido todo? ¿Cómo se llama este maldito sitio, que ha quedado cubierto por el magma ardiente?

-         ¿Lo de ahí abajo, dices?

-         Eso, sí.

-         Pompeya. Era muy bonito.

 

 

 

FIN

LOS ROMANOS SON AMOR, SOL (Repentinvm, IV)

Después de enamorarme de la morena como un loco, supe que el resto de mi vida iba a ser una frenética búsqueda de lo que yo pensaba que me daría la felicidad. Fui pasillos , habitaciones, hasta una unas mazmorras, que deseé que no estuviesen allí llenas de enamoradizos responsables de la hacienda pública, encadenados y suspirando por las hijas de Gonzo. (Y la morena)

 

Seguí, desenfocando y enfocando a mis chicas, con la aportación reciente de la egipcia, y mientras caminaba apresuradamente por los pasillos. Observé al fondo a mi objetivo, Gonzo, al que veía a través de una puerta entreabierta, mostrándome su perfil. Yo avancé, gozoso, a su encuentro, mientras gritaba su nombre al viento con apelativos cariñosos:

 

-         ¡Gonzhi! ¡Zo! ¡Gun!

 

 

Y el caso es que en el trayecto, no me cuadraba que Gonzo no se girase a mirarme, sino que me echara una mirada de reojo, nada cariñosa. Y habíamos estado compartiendo un aperitivillo hacía unas horas. Me dio un poco de tiempo a cabrearme.

 

El caso es que acabé llegando a donde estaba Gonzo, y justo me dio tiempo a decirle:

 

-         ¡Gonzo!

 

 

Antes de darme cuenta, por el siempre culpable rabillo del ojo de que Gonzo no estaba solo en aquella sala. Es más, estaba muy lejos de estar solo en aquella sala. Lo primero es que la sala era enorme. Pero lo peor es que, sentados a una mesa inmensa en forma de U, había no menos de 50 o 60 nobles, a los que me temo que mi amigo Gun, trataba de convencer de algo. Y también sospeché que mi llegada no había supuesto ninguna ayuda en aquel empeño. Tras un silencio agresivo, Gonzo no tuvo más remedio que informar a su alma de mi presencia. Entonces se giró, y con una frialdad borrascosa y despacible, me dijo:

 

-         ¿Puedo ayudarle en algo?

 

 

Por supuesto, ante aquella plancha, y el posterior baño de agua del mar báltico (bálticae), reaccioné enseguida para quitarme de en medio. Mostrándole las palmas de las manos con el internacional gesto de no dar importancia (apartandola cara, no se si me explico) respondí:

 

-         Bah, deja, si eso te comento luego.

 

 

Yo ya era consciente en aquel momento de que mi suegro ya nunca sería mi suegro de un modo civilizado, así que salí corriendo en busca de mis chicas, para hacerles la consulta de mi vida. Por el camino me crucé con la que hubiera podido ser mi encantadora suegra, la esposa del senador. Pero yo ya no iba a tener su bendición, así que no estaba obligado a tratarla bien

 

-         ¡Aparta, coño!

 

 

Y finalmente, con mi audaz plan perfectamente pergeñado, me presenté en la sala de música, donde las dos rubias Claudia y Silvia, bailaban al son de una música afro, que tañía la egipcia con bastante arte, en un arpa de lo más hortera. No había nadie en la sala, pero si lo hubiese habido lo hubiera echado con cajas destempladas, así que era ahora (por aquel momento) o nunca (por nunca jamás)

 

Me planté en medio de la estancia, para que se me viera bien, y dije con voz firme, señalando a la egipcia:

 

-         ¡Cleopatra! ¡Deja de tocar el arpa!

 

 

Ella obedeció, y las chicas dejaron de bailar al cesar la música (no eran gilipollas). Pero la egipcia tenía su carácter.

 

-         Perdona, guapo, pero yo no me llamo Cleopatra, me llamo Neli.

-         Vale, Neli, sentaos todas y escuchadme, tengo una oferta que haceros.

 

 

Las tres obedecieron sin rechistar, probablemente acostumbradas al matriarcado de la bruja chocona.

 

-         Iré al grano. Os quiero a las tres con amor infinito. ¿Qué os parece?

 

Silvia, que había empezado a negar con la cabeza, en cuanto dije “os”, me respondió.

 

-         No puede ser. No puede haber tres infinitos juntos en un mismo corazón. Y eso que eres majete y nos gustas, pero la verdad es la verdad.

 

Tuve que hacer gala de mis conocimientos matemáticos, cuya utilidad por fin encontraba.

 

-         Silvia, eres guapísima, pero e equivocas en esto. ¿Crees que no pueden caber tres o más infinitos juntos, y eso ocurre todos los días a nuestro alrededor.

-         Ni de coña, majo.

-         Te lo demuestro, empieza a decirme los números en orden

-         I, II, III, IV,...

-         ¿Cuanto tiempo podrías estar así?

-         No mucho, porque me aburriría, o me daría sed.

-         Ya, ya, pero quitando causas humanas, ¿Cuántos números hay?

-         Eh...pues infinitos.

-         Ahora dime los números pares.

-         ¿Los que hay que saltarse uno?

-         Esos.

-         II, IV, VI, VIII,...

-         Muy bien. ¿Cuántos  son?

-         ¿Infinitos?

-         Exacto.

-         ¿Y los impares?

-         Infinitos. Claro.

-         Ergo...

-         ¿Qué?

-         Por tanto...

 

Intervino Claudia en mi ayuda.

 

-         Por tanto 3 infinitos caben juntos. ¿no?

-         ¡¡Exacto!! ¿Nos vamos a vivir juntos?

-         Por mi vale.

-         Por mi también. Nos gustas.

 

 

Solo la egipcia permanecía en silencio

 

-         Nefertiti ¿tu que dices?

-         ¡¡Que no me llamo Nefertiti, gilipollas! Pero vale.

 

 

Y me fugué con las tres.

 

 

Ahora solo me queda por contaros, como se jodió todo.

LOS ROMANOS SON AMOR, SOL (Saetas, III)

No sé cuanta gente sabe lo que es pasar un puente andando, completamente enamorado. Pero de esa gente, quizá la milésima o millonésima parte, sabe lo que es cruzar el puente Trajano andando, completamente enamorado. De ésos, solo el uno por mil saben lo que cruzar el puente Trajano andando, completamente enamorado, por partida doble. Y de esos solo dos de cada ocho, saben lo que es cruzar andando el puente de Trajano, completamente enamorado, por partida doble y siendo zurdo. Y menos aun los que lo hacen que se hayan tatuado un sauce llorón en la tripita.

 

Se puede decir que era un caso único.

 

De modo que no esperaba ayuda de nadie, y no ya ayuda, sino aunque fuera un triste “No sabes como te comprendo, precisamente a mi...”

 

Pero ¿Sabéis? Yo no estaba triste ni agobiado. Estaba confuso, claro, como inconsciente. Por un lado pensaba en Silvia, y tenía claro que era la mujer de mi vida. Por otro lado pensaba en Claudia, y Silvia se hacía borrosa, hasta casi desaparecer, hasta que yo mismo me decía: “¿Cómo pude pensar en Silvia como la mujer de mi vida?” Pero entonces al “oír “Silvia , mi mente se ponía otra vez a resbalar, y entonces era Claudia la que se emborronaba y casi desparecía por completo, hasta que, precisamente por emborronarse tanto, me fijaba en ella, y me empezaba a obsesionar otra vez, hasta que se enfocaba bien de nuevo, y era la otra la que se desenfocaba y perdía importancia en mi vida.

 

La fatiga me llevaba sin rumbo, y pensé que necesitaba más tinto para aclarar las ideas, y para centrar mi vista, que ya empezaba a cansarse  de emborronar y enfocar, ora una ora la otra.

 

-         Pero si es mental, la vista no interviene.

-         Pues me da igual, me cansa igualmente.

 

 

Así pues, dejé de darles trabajo a mis bonitos ojos color miel cruda, con reflejos tipo radio de bici en verde perejil, y centré mi agudeza visual en localizar una tabernae con terraza, para también así, adorar como se merecía al dios de la media tarde de Roma.

 

Roma, Romae, el verano ¿qué me trae?- Pensé a lo tonto.

 

Pronto, localicé una tabernae, que disponía de una espléndida terraza con un montón de mesas vacías. Pedí vino, y unas olivas de esas que están como machacadas, y un poco naranjas, que será por el pimentón o el azafrán vaya usted a saber, y por un momento, por un momento breve conseguí que el sol calentara agradablemente mi túnica, y que el fresco me aliviara el escozor de los pelillos tirantes, en mis musculosas y velludas piernas.

 

La verdad que la túnica corta, me quedaba de maravilla. Realzaba mis cuadriceps, gemelos y rótulas, dándome un aspecto de gladiador, que no es por nada pero que muchas veces me paraban por la calle y todo, diciendo que contra quién luchaba la próxima vez , que si contra Zenón de Tebas, o que contra el Novio Nubio. Y yo que, otra cosa, no, pero sentido del humor, tenía por arrobas, me inventaba rivales y escenarios, “No, peleo en Pompeya, contra el Tigre Otomano, estallará el Vesubio...” y creí seguir pensando sobre mi, pero en realidad, Silvia se había metido en mi cabeza, y yo no era capaz de echarla, eso solo lo podía hacer el pensamiento de Claudia. ¡Y vaya si lo hacía!

 

Me apreté otro trago de vino, para desinhibirme un poco más, y también por curiosidad gatuna. Quería saber en que quedaba todo esto. Me imaginaba que al final, la que quedara enfocada, sería mi amor verdadero. ¿O tal vez no? Tal vez la que quedara borrosa, como envuelta en la bruma del amor, sería la apropiada.

 

Y seguí preso del terrible juego mental.

 

Y además, seguí bebiendo unos tragos.

 

Refrescó un poco. Y el valor que es friolero se metió dentro de mi (Quiero que pensar que por mi garganta), y me hizo tomar una decisión: Contarle a mi suegro toda la movida y asumir las consecuencias de cualquier cosa que pasara.

 

Pagué mis consumiciones arrojando elegantemente un saquillo con uno sextercios, y me pusé en pie. Me vino un vahído y reculé torpemente, pero aun en medio de mi torpe paso, provocado por el tinto, pude ver con el rabillo del ojo, como una madre sujetaba a su pequeño hijo, para que no se acercase a mi, por miedo a que yo fuera un borracho, y pensé que era un precaución innecesaria, porque yo no era peligroso ni nada, solo estaba un poco confuso, y además enamorado, binamorado, para ser exactos.

 

Tomé el camino de la casa del senador Gonzo, decidido, y, como no lo seguía exactamente por el centro, pensé que iba a tardar lo mío, y que bueno, que siendo positivo me daría tiempo a meditar perfectamente lo que quería decir, y que dentro de mi mente daría tiempo a que se aclarase la situación, y alguna de las dos quedara desenfocada, o se me perdiese el interés, por razones que en aquel momento ignoraba, pero que a lo mejor se me hacían patentes a lo largo del camino.

 

Y había tiempo de sobra, no había ninguna necesidad de precipitar la situación, hasta que tuviese que pedirle al senador que permitiera establecer relaciones con alguna de sus hijas. O con las dos, si no me decidía.

 

Cuando llegué estaba a punto de anochecer, y yo sabía que no era de buen romano acercarse a una casa ajena después de la caída del sol, así que apreté el paso, sin apenas saludar al centurión.

 

 

-         Buenas.

-         ¿Qué, otra vez por aquí? Algún temita que no se concluyó...¿eh?

-         Claro, claro.

 

 

Fue una víctima de mi estado de ansiedad, lo consideré una baja de guerra, y sin dejar que mi conciencia examinara siquiera el cadáver, continué hacia dentro dela casa, en busca de Gonzo.

 

-         ¿Gonzo? ¿Gun? ¿Gonchi?

 

 

De pronto, como aparecida de dentro de un templo a Osiris, apareció ante mi, una escultura viviente de piel bronceada, y cuerpo esculpido en ébano, de ojos rasgados, y negros, ataviada al modo de la servidumbre, de blanco, pero que en ella no era modo de servidumbre, sino de emperatriz, con un pelo negro, sedoso y a la vez compacto, cogido con una gruesa trenza, que iba abrazada con una cinta blanca también y...

 

...y por tercera vez aquel día...

 

...me enamoré...

 

cuando os cuente más....

LOS ROMANOS SON AMOR, SOL (Reverberismos, II)

Quedé encantado con mi breve charla de trabajo con el amigo Gonzo, el senador. Ya me imaginaba en la tabernae, con mis amigos medio de los bajos fondos, diciéndoles, “va, tengo un colega senador, que dice que...”. Y sus bocas abiertas, pero no mucho por no querer mostrar toda la admiración que me tendrían, pero al fin esa admiración pudiéndoles y ellos rabiosos por no poderlo evitar...

 

Y entró Silvia, con una jarra de vino y dos vasos, todo sobre una bandeja. Y, desde luego, la bandeja con su decoradito de aves zancudas, su puentecito y su estanque, y sus guardas vigilando el puente, y sus frutales en plenitud, y sus alegres costureras ociosas como dando palique a los guardas, era bien bonita, pero ni la décima parte de Silvia. Vestida de romana, a la usanza de los patricios, con su vestido blanco, de tirantes, con su escote playtex, con esa gargantilla dorada, que lanzaba sugerentes destellos, siempre a juego con su tez apenas bronceada, y, sobre todo, ese moño italiano, que dejaba caer como descuidadamente, pero no, dos hebras de color azafrán abandonado, parte de su hermoso cabello.

 

Los pendientes, dos esmeraldas, probablemente de Anatolia, se columpiaban con brío desde sus orejitas, y hacían un sonido metálico y suave, que acompañaba muy bien el tono re menor de Silvia, cuando graciosamente dijo:

 

-         Aquí os dejo el vino, papá.

-         Gracias, hija, te presento a Cayo Mauro, un puestazo en hacienda.

 

 

Como yo sabía perfectamente, porque era muy aficionado y se me daba muy bien, con la mayoría de las mujeres se ganan puntos, si simplemente te callas. Así que decidí ser parco:

 

-         Señorita, encantado.

 

 

Pero detrás de esas dos palabras, tan inocentes en apariencia , se escondía el calor no refrigerable, y la agitación frenética, del amor más profundo que jamás se haya visto en el imperio.

 

Yo, Cayo Mauro, estaba irremediablemente enamorado de Silvia.

 

Y, aunque en otras partes sucede que se da un respetuoso silencio casual para dar cabida y aire, a los sentimientos intensos, en esta ocasión no fue así, y el senador se cargó la atmósfera de un plumazo:

 

-         Nena, dile a tu hermana que nos traiga unos dátiles.

-         Los dátiles se los ha dado mamá al titi.

-         ¿Al mono titi?

-         Al mono titi, sí.

-         Odio a los monos. Pues que traiga unas nueces.

-         Vale. Adiós señor.

 

 

Amor verdadero.

 

 

            Gonzo y yo nos pusimos a tomar unos vinos con toda confianza, y yo, sin duda ayudado por el calor interno que producen las mejores cosechas de tinto, le empecé a ver como a mi suegro, y, lo que es peor, empecé a venderme sin mucho disimulo...

 

-         Tal, como lo veo yo, el problema para una jovencita de esta edad, es el peligro de que caiga en manos de cualquier bárbaro, porque ahora los jóvenes no respetan nada, y hay pocos que como yo, se pudieran comprometer con una muchacha con el único ánimo y propósito de hacerla feliz. Ese es el deber de un hombre en esta vida. Y le digo, ¡qué coño! Te digo Gon, que cuando yo encuentre a la mujer de mi vida, sólo me preocuparé de que sea la mujer, no te digo ya, senata, la mujer más feliz de la Roma actual, sino la mujer más feliz que haya pisado jamás Roma.

 

 

Te hablo de amor, guni. ¿hay algo más importante?

 

 

Después de haber lanzado toda mi artillería, me quedé esperando una respuesta por parte del senador. Estaba ansioso por saber si había captado mi mensaje, y, si lo había captado , quería saber si compraba la mercancía. Pero en lugar de una respuesta común, escuché esto:

 

 

-         ¿Cómo está el tribuno Petrus? ¿Crees que comprará esos terrenos junto al Adriático?

 

Antes de que pudiera responderle, apareció su otra hija. Apenas la miré porque, claro, yo ya estaba enamorado, y cuando un hombre tiene ocupado el corazón, es muy difícil que encuentre un momento para fijarse en otra mujer. Ciertamente no pude dejar de admirar, sin embargo, su garboso paso, con su bol de nuececitas, y su rubio y fosco cabello, y sus singulares facciones ligerísimamente mofletudas, y su piel sonrosada, sin asomo de bronceado, pero lisa y suave. Sus formas de mujer se me hicieron evidentes, a pesar de mi poca atención, y también pude ver, con el rabillo del ojo, lo finas que eran sus muñecas y brazos, y lo bien que le sentaban los brazaletes egipcios y la diadema de zafiros tripolitanos. Con un resto de atención pude ver que tenía tambioén los ojos azules, pero que iban festoneados en un verde no declarado, no de esos verdes que dicen abiertamente que son verdes, sino de esos otros, más del sur, que callan como perras hasta que los descubres.

 

Y, sin querer miré dentro de mí. Y (os vais a descojonar) me di cuenta de que me había vuelto a enamorar.

 

Dos veces enamorado. Tengo que contaros el resto, ya veréis.

LOS ROMANOS SON AMOR, SOL (Solivianteces, I)

El mundo romano es casa. Lo demás es barbarie, es brutalidad.

 

 

Claudia y Silvia de Damasco, eran dos preciosas bárbaras que procedían del norte de Siria, donde se daba una raza muy parecida a los bárbaros del norte, en sus físicos blancos y rubios. Aunque en su versión femenina era bien diferente, porque si bien las mencionadas bárbaras del norte, eran mujeres rubias, si, pero rotundas y anchas, las susodichas Claudia y Silvia eran de cuerpo delicado y ademanes femeninos.

 

Las dos eran rubias sí. Las dos tenían ojos azul claro, sí. Pero eran distintas. Claudia era de una belleza menos evidente que la de Silvia. Mientras que Silvia era abiertamente guapa, en cambio Claudia, escondía gran parte de sus atractivo con unos mofletes que le conferían cierto aire infantil. Esto no iba en detrimento de su belleza en absoluto, simplemente la ocultaba a los estrechos de mira, para ofrecérnosla, al menos visualmente a quien la sabíamos apreciar. Como además se tocaba con un peinado de bucles muy pronunciados, aun se reducía más el círculo de sus admiradores.

 

Pero ahí estábamos.

 

 

Silvia y Claudia, fueron arrancadas de su lugar de origen con apenas unos meses de edad. Y, si ellas no sabían quienes eran sus padres, nosotros, pues ni puta idea, claro.  Pero se asumía , por parte de todos que sus padres adoptivos eran el senador Gonzo, y su esposa Regina. Las compraron como esclavas, claro, aunque por su corta edad no esperaban de ellas duros trabajos, tales como limpiar la cera de las velas, o fregar los mosaicos de los baños sin estropear los monigotes, sino que lo que esperaban era básicamente amor. O sea, que no compraron dos esclavas, sino que compraron dos hijas.

 

Y, desde el principio, todo fueron ventajas. En primer lugar, como eran dos bebés, y a esa edad no se sabe si las niñas van a ser lindas o no de mayores, les salió la operación muy económica. Pero es que además, las niñas resultaron ser buenísimas, nada caprichosas, y muy responsables. Además, aunque no eran gemelas-gemelas, o sea no eran bivalvas, o unívocas, o monótonas, binoculares...aunque no eran de esas, siempre se portaban más o menos igual, de manera que las broncas para una valían al mismo tiempo para las dos, y no había que duplicar broncas. Ni broncas, ni mimos, ni ignorancias.

 

Las chicas se liaron a cumplir años, y enseguida el senador se dirigió a su esposa:

-         Joer, Reggie, estas chicas van a dar que hablar, tienen doce años y ya tienen senos.

-         ¡Anda, ya, ¿Qué dices?

-         Hazme caso en lo de los senos, maja, soy senador.

-         Ja,ja,ja,ja ¡Que simpático eres, Gonzo, como me lo paso contigo!

 

Y Gonzo también se rió, y llegaron las niñas, tarde y no sabían de qué, pero también se rieron. Se les notaba que eran rubias, en la risa. Risa rubia.

 

Las chicas se empeñaron en cumplir los dieciséis, y lo hicieron, según se dice, antes de tiempo. La causa fue que cuando era su catorce cumpleaños, la madre adoptiva, que tanto las quería les dijo.

 

-         Chicas, vamos a poner dieciséis velas en vuestro cumpleaños, así que esta vez, en vez de catorce vais a cumplir dieciséis. Después os apuntáis este detalle, y cuando vayáis a cumplir cuarenta, os quitáis dos velitas con todo el derecho. Veréis que ilusión os hace.

-         ¿Es este nuestro regalo de cumpleaños? Preguntó Silvia con una sílaba de decepción, entre las diez o doce que formaban la pregunta.

-         ¿Es? Preguntó Claudia, sin decepción, porque en su caso o la decepción era del 100% o no era. Y tampoco quería ser injusta con su madre adoptiva. (¿Adoptante?).

-         No, chicas por dios, claro que no. Ya veréis, ya.

 

Me falta hablar de mi. Y, diré, que, yo, en Roma, era alguien. Tenía un puestazo. Me encargaba de cobrar los impuestos a senadores, a los patricios, los tribunos, los mosaiqueros, algunos manumitos de buena fortuna, y empresarios de circo, de la zona oeste, antes de llegar al mar, claro, no iba a ponerme a cobrar impuestos a las chirlas (¿No te jode?)

 

El caso es que mi relación de cercanía con las capas altas de la sociedad, me abría las puertas de sus casas, y me trataban con gran confianza y me daban tisanas o vino o a veces avellanas peladas.

 

Pues bien, quiso la ventura que un buen día me hallase en la puerta de el senador Gonzo, con ánimo de informarle de unos negocios que podía hacer por permiso del césar. Antes de entrar, me topé con el centurión de guardia, con su SPQR y todo, que después de revisar mis papeles, me dijo:

 

-         Le advierto, señor, que las hijas del senador son majísimas.

-         Nada, pero ni tiempo tendré para fijarme, si voy a hablar de negocios, ni las veré siquiera. Joé, me ha pillado unos pelillos la tira de cuero de las sandalias y estoy que veo las estrellas.

-         Ah, señor, debe darles sebo de caballo, para que deslicen bien.

-         Ya pero el sebo de caballo hurele fatal ¿no?

-         Ya, pero ¿los pies? Esos también huelen fatal...¿eh? Sobre todo a nosotros los romanos, que vamos con el pie al aire por decreto.

-         Pues también es verdad, en fin probaré.

Y entre en casa, entero. ¿Queréis saber como salí? Si...¿no?

ANGUSTIA SECRETA SU CONDICIÓN (Secreta de secretar, no de secreter)

Si me preguntáis si alguien en la vida (quitando a la madre, claro está) quiso más a Pilar, que su esposo Fernando, os diré que no. Pero esto podría no deciros nada, puesto que a lo mejor nadie quiso nunca gran cosa a Pilar, y Fernando a lo mejor la quiso un poquillo, yo que sé, como se quiere a un primo de un amigo.

 

No es esta la cuestión, damas ,caballeros y Wolffo.

 

La cuestión es que, fruto del amor, y probablemente de algo más, Pilar se quedó embarazada.

 

La ilusión, como un conejito regordete, brincaba escaleras arriba, escaleras abajo, por el ahora luminoso dúplex, y en un momento atacaba a Fernando, y descansaba Pilar, pero enseguida que se veían el uno contagiaba a la otra, y vice-versa. Y nadie descansaba del todo nunca. Y así durante 9 meses. Ya sabéis...

 

Y nació el crío, y de común acuerdo le pusieron Carlos, nombre de emperador (como Pez). Y acordaron, con amor, y con ese cariño que nace del observar sin ser visto, que lo bautizarían en la fe, más adelante, sin fecha fija.

 

Y de una casa llena de cariño, de felicidad y de pañales, salió un día Fernando, para resolver cuestiones burocráticas, entre otras registrar al crío, a todos los efectos legales, con su nombre, apellidos y cualquier característica que le exigieran. Cuando se disponía a entrar en su coche, que había dejado pulcramente aparcado, más o menos como siempre...

 

-         ¡Fernando!

-         ¡Ignacio!

-         ¡Cuánto tiempo, chato!

-         ¡Que bárbaro, blá blá blá!

-         Si, je, je ¿una caña?

-         Vale, pero una solo, que tengo que ir a registrar a mi hijo.

-         ¿Has tenido un hijo?

-         Si, hace poco.

-         ¡Caramba! ¿Y qué nombre has elegido?

-         Carlos.

-         A mi me gusta más Miguel Ángel. ¡Dos cañitas!

-         Espera a que lleguemos al bar, hombre.

-         Es verdad. Perdona.

 

 

En la dulce casa, del dulce amor, mientras Fernando hacía más o menos el recado, Pilar se dedicaba en cuerpo y alma a su hijo, tanto que se le achicharraron unas pencas de acelga que había puesto a hervir. Sin embargo, lo que en otro tiempo hubiera sido una tragedia irreparable, ella se lo tomó a risa:

 

-         ¡Ay, la madre que me parió! – Se dijo sonriendo, mientras metía la cacerola bajo el grifo. Reflexionó y pensó que la maternidad le había conferido optimismo y auto estima, pues entre otras cosas ahora adoraba a su viejo Citröen AX.

 

 

Cumplió gustosamente con sus deberes de mamá, y cuando el niño se puso a dormir, puso más pencas a achicharrarse en otra cacerola. Y añadió una patata, y , para darle un toque exótico, sin tener que pensar demasiado, añadió unos polvos de un frasco donde decía: “Hierbas provenzales”. Y se sentó en el sofá a leer ávidamente la revista “Papá y Mamá”, concretamente el artículo, “El príncipe ha cagado, como afrontarlo”.

 

Pronto llegó Fernando, al que ella recibió con un sugerente:

 

-         ¿Has hecho los papeles del niño?

-         Si, hombre, sí.

-         Déjamelos ver.

-         Que no, que no. ¿qué quieres ver? Los voy a guardar en el cajón. Que no se pierdan.

-         Ah.

 

 

 

Y durante una temporada, no ocurrió nada más sino que pasó el tiempo, en largas zancadas, eso sí, pero sin hacer ruido. Pilar se dedicaba casi por entero a largas conversaciones con el niño:

 

-         Mi Carlitos- decía con arrobo.

-         Carlos de mi alma- En otras ocasiones.

-         Este Carlos que guapo es.

-         Mi Carlos.

-         Dulce Carlos.

-         Salado Carlos

-         Carlos.

 

 

Y, por extraño que pudiera parecer, ya que no cuadraba nada, Fernando iba poniéndose cada día de peor humor. Venía huraño del trabajo. Se ponía la tele, y rezongaba, murmurando de mala leche, cada vez que hoy la canción del verano:

 

-         Mi gran amor Carlos.

-         Mi tesoro Carlos.

-         La hipoteca de mis sentimientos, Carlos.

 

 

Y Fernando, cada vez de peor humor.

 

Y Pilar reflexionó.

 

Y llegó a la conclusión de que Fernando estaba celoso.

 

Pero se estaba precipitando, la tontina.

 

En cierta ocasión que Pilar se habia dirigido a su hijo en términos de vasallaje no menos de 50 veces en una hora (Carlos, mi rey, Carlos mi emperador, Carlos mi príncipe, Carlos mi marqués, Carlos mi duque, Carlos mi señor, Fernando no manches de migas la alfombra...) observó la evidente inquietud y nerviosismo de Fernando, que se estaba comiendo las cáscaras de los pistachos, y pensando que aquello era ahora o nunca le dijo:

 

-         Fernando, o me cuentas lo que te pasa, o aquí va a pasar algo muy gordo.

-         No me pasa nada, mujer.

-         ¡Que me lo cuentes!

-         No seas pesada, de verdad, todo está fenomenal.

 

 

 

Y ella insistia, porque había mordido a su presa. Y no la iba a soltar. Y este peculiar hecho se unió a que Fernando quería liberarse de su sufrimiento de una vez, a la pesada losa que le machacaba la cabeza...

 

-         Esta bien, te lo voy a decir. No puedes seguir llamando Carlos al niño.

-         ¿Qué?

-         No puedes, el niño no se llama así.

-         ¿Cómo, explícate?

-         Preferiría que lo dejáramos ahí.

-         ¡¡Que te expliques!!

 

 

Y claro Fernando le tuvo que explicar que cuando iba al registro, se encontró con el liante de Ignacio (Ya sabes lo liante que es), y que se tomaron un par de cañitas, y que cuando le contó lo del niño el Ignacio no hacía más que repetirle lo mucho que le gustaba el nombre de Miguel Ángel, y Miguel Ángel para acá, y Miguel Ángel para allá. Y que cuando lo dejó, resulta que se despistó y al llegar al registro no se acordaba bien del nombre que le había dicho Ignacio, y del que le había dicho ella, y que entonces dijo uno al azar y al llegar a casa se dio cuenta de que se había equivocado. Y decidió ocultarlo...

 

 

-...para no hacerte daño, mi amor.

-         ...pero entonces el niño se llama...

-         ¿Y si le ponemos un mote, “El posturas”, por ejemplo?

-         ...el niño se llama...

-         Si, esto...Miguel Angel.

-         Pues me cago en tu puta madre...

 

 

 

Y pasó un poco de tiempo hasta que se oyó de nuevo en el salón...

 

-         Miguel Ángel, mi rey

-         Que me dejes, mamá...no seas pesada.

 

 

FIN

LA MUY INTENSA HISTORIA MIA (Final terminante , VI)

Tras pasar suavemente mi mano por la piel ligeramente erosionada de su rodilla, decidí, ante lo que me parecieron suspiros de apremio, (y esto me recordó que tenía tres multas sin pagar del ayuntamiento) pasar sin dilación a la cabeza del fémur. De ningún modo quisiera parecer triunfalista, pero esto dio lugar a una serie de gruñidos de aprobación, que no eran sino la evidente rendición de Olga a mi seducción.

 

Y todo fue en un tobogán de suave pendiente, con pequeñas subidas de temperatura, y vértigos ligeros. Suaves roces, cruces de frescos alientos, abrazos sin saber lo que se abrazaba, búsquedas ansiosas, pero sin hacerse notar, frases murmuradas, y entrecortadas, imposible averiguar el idioma. Gestos de estar al límite...

 

Sonrisas culpables.

 

Vamos, que al final me la calcé.

 

Tras aquella batalla, ella se quedó dormidita, y yo, que lo merecía también,  me asomé, no obstante a la ventana de la alcoba. Llevaba el clásico cigarrillo ruso en los labios, y se me quemaron los visillos un poco. Pensé que Olga no me lo echaría en cara, porque siendo revolucionaria y tal, no le importarían mucho los visillos. Quizá incluso me felicitara por haberlos quemado, ya que no me había felicitado por el caliente revolcón.

 A pesar de que abrí la ventana, esperando oír el ulular relajante de la brisa que busca la taiga, y de saber de cierto que “taiga” tiene las mismas letras que “gaita”, no oía sino el fuerte respirar de Olga.

 

 

Roncaba como una diosa.

 

Si las diosas roncan como un mamut.

 

Dejé que la brisa gaitera me enfriase la cara, y aunque no me hubiera dejado, la cabrona lo hubiese hecho igual. Y, de pronto, surgiendo de la oscuridad, y como si se tratase de algún espíritu que me conociera, oí claramente mi nombre, eso sí con cierto acento del sur.

 

-         ¡Pst! ¡Ojeda!

 

 

Yo, que tenía el culo calentito, por haber cumplido ciertos caprich..er, porque hacía calor, sentí como su temperatura bajaba, y bajaba. Despacio, si, pero bajaba.

 

-         ¡Ojeda!

 

 

Tenía que ser la muerte, o algo. Tan fría, tan directa. Tan “Hola, vengo a por ti, no me cuentes tu vida”. Tan silenciosa, tan sorda de no querer escucharte.

 

-         ¡Ojeda!

 

 

Tan insistente, con esa voz tan...

 

-         ¡Ojeda, sordo los cojones!

 

 

Y, de repente, ataviada con un precioso vestido color camaleón indeciso, se apareció Irina bajo la ventana. Ya me parecía a mi que la muerte no podía decir cosas así. Pero al alivio, dio paso enseguida, a la angustia. A la angustia de pensar que mi dormida diosa nos sorprendiera, y apareciera por detrás de mi, y se liase a tiros con Irina. ¡O aun peor! ¡Que se liase a tiros conmigo!

 

Tuvo que ser por eso que mi conversación no fue brillante.

 

-         ¡Irina, tenemos aquí liada una revolución de pelotas, hemos secuestrado al cónsul, nos hemos hecho con su casa y toda la pesca! ¡Y ella es mía!

-         Pero, incauto ¿Tu estás en el ajo?

-         ¿Cómo? ¡Y desde el principio! Casi te puedo decir que fue idea mía.

 

 

Esto lo dije en un tono de voz autoritario y orgulloso, para que se enterara de lo que valía un peine. Irina, que siempre me había mirado como se mira a un teórico, no a un hombre de acción, pues bien, Irina, he aquí un hombre de acción. Creedme, por dios os lo pio que me creáis. Por encima del terrenal placer que acababa de experimentar con Olga Dementieva, pero muy por encima, y a pesar de lo que podáis pensar, el placer que sentí al ver la cara de admiración de Irina, ya sabéis, ese placer puro y espiritual que reside en las satisfacciones del alma, no lo había sentido antes, y estoy por apostar que no lo volvería a sentir jamás.

 

-         Te suplico que bajes a contármelo....

-         Irina no puedo...

-         ¡Salta, cobarde! ¿Te atreves a montar una revolución, y no te atreves a saltar aquí para contármelo?

-         Saltar no es problema, pero si me ven mis compañeros...

-         ¡Pero no seas mindundi, coño!

-         Es que tengo guardia ahora en un ratín.

-         Pero ¿qué me estás contando? ¿No te atreves...?

-         Bueno va.

 

 

Y salté desde la ventana. No fue realmente una caída elegante, porque al aterrizar me fui un poco de culo, pero el seto amortiguó mi caída. Yo era presa de la excitación.

 

-         Irina, ah, Irina te cuento.

 

 

Ella señaló a un señor de abrigo negro y sombrero negro y entrecejo negro que andaba por allí, que francamente no sé que hacía.

 

-         Espera, Ojeda, te presento al inspector jefe Latkov. Cuéntaselo a él. Él ha venido para eso. Claro, que quizá primero te detenga.

-         Pero ¡Irina! ¿Serás puta?

-         No. Soy policiía secreta, y que me dejes pringao, que eres un pringao.

 

 

Y aunque lo parezca, eso no fue todo, asomada a la ventana estaba mi diosa, a la que tuve, que se había despertado, y ala que le quería dirigir un grito bien aspaventoso y revolucionario, solo que se me adelantó:

 

-         Lo han cogido, al gilipollas. Sergei ven acá, satisfáceme.

 

 

 

Y así fue como vinieron mis huesos y mi alma dolorida a parar a esta prisión inmunda, no solo con el corazón destrozado y seco, sino también con el orgullo mancillado”

 

-         ¿Qué os parece, compañeros?

-         Que nos dejes de dar la tabarra y te quites de la cola del rancho.

 

 

FIN

LA MUY INTENSA HISTORIA MIA (Hipervelocidad , IV)

Aparece le condesa. Pero en vez de ir vestida de condesa, iba vestida de caqui, con pantalones militares, botas militares, una estrella roja militar y una camisa militar. Llevaba también una pistola al cinto. El que me besó a mi saludó a la condesa en correcta posición de firmes. La condesa sin hacer caso le dio un empujón al que abofeteaba al cónsul, y ella  tomó su lugar y le dio, a su vez un par de bofetadas derecha-revés al cónsul. Después, se dio la vuelta y empezó a gritar órdenes cortas y fáciles, como se hace con los perros y se sentó en una bonita silla Luis algo, frente a la mesa donde se habían firmado importantísimos tratados unos meses antes. Su perfecta cara continuaba siendo perfecta a pesar de su evidente transformación política. Posó sus ojos verde oscuro sobre mi, y me hizo una seña para que me acercara. Como un pitbull orgulloso de su amo, obedecí al instante.

 

-         Escúchame, te imagino lo suficientemente listo como para saber lo que está pasando. Estamos ya en tiempo de guerra y no me puedo permitir perder el tiempo. ¿Entiendes lo que te digo?

-         Hasta ahora, sí. Condesa.

-         Ya no hace falta que me llames condesa, a partir de hora me tienes que llamar Olga. O Comisaria. Pero prefiero Olga.

-         Olga, sí. Entiendo lo que dices.

-         Bien, pues sigue escuchando con atención. Lo cierto es que vivimos unos tiempos de máximo sacrificio, donde no se permite que los sentimientos interfieran en la consecución de nuestros objetivos sociales. Sin embargo, debo confesar que me gustas y, que mientras no seas una carga para la revolución, puedes, ejem, estar conmigo.

 

 

Yo no sé si fue a causa de mi impío encierro, o de la impresión de que la condesa-comisaria cayese en mis redes, que no fui capaz de articular una respuesta en condiciones, tan solo un estúpido:

 

-         Fenomenal ¿no?

 

Y nos besamos allí, rodeados de un montón de camaradas más bien apestosos, que seguían a su trabajo, sin dar importancia a aquel asunto de su jefa. Solamente, mientras besaba los labios más calientes y suaves que nunca había ni imaginado, vi de reojo que el cónsul se agitaba en su silla. Por un momento temí que el vigilante le pegase un tiro, sobre la marcha. Olga se dirigió hacia allá, con determinación. Y según llegó, sin ni siquiera pararse a pensar, le arreó otro par de guantás al pobre cónsul. Y, luego se le ocurrió la feliz idea de invitarme a mi a cascarle al pobre desgraciado. Y yo, que no tenía ninguna animosidad contra Kicefas Werpurevirggis, me vi entre la espada y la pared, por un lado no parecer un capullo ante Olga, y, por otro lado, con ese humano y cálido sentimiento de conmiseración hacia un semejante. La papeleta la resolvió el propio Kicefas, lanzándome un escupitinajo asqueroso que me dio en toda la pernera del pantalón. En aquel entonces no había cosa que me diera más asco, así que me enrabieté, y le di un sopapo que lo derribé con silla y todo, e incluso se dio con su gran cabezón contra el suelo, y me pareció que sonó a gong.

 

Pero las cosas no suelen salir perfectas; por sorpresa, mi recién besada conquista bramó enfurecida:

 

-         ¿Qué haces, idiota? No nos interesa matarle.

-         ¡Me ha escupido!

 

Ella optó por burlarse:

-         ¡Me ha escupido, me ha escupido! Hay que ser un poquito más profesional. Yo me he casado con este tío y he estado aguantando sus chorradas durante una buena temporada. Le hubiera podido matar en cualquier momento. Pero no lo hice. Porque soy una profesional. Porque sé que si lo mato, nos quedamos sin revolución. Preferí esperar el momento, y ahora nos firmará la transferencia de todas sus propiedades, y podremos financiar una revolución en condiciones. Claro que si lo has matado, entonces todo esto no habrá servido para nada y tendré que acabar contigo, mi pequeño idiota.

-         ¡Coñe! Espero que no. Estará solo inconsciente.

 

 

Ella se dio la vuelta y se dirigió a uno de los revolutas (expresión inventada y coloquial) que estaba por allí, con gafitas redondas.

 

-         ¡Tú, Dimitri, reconócele!

 

 

Yo pregunté a Olga, un tanto alarmado:

 

-         Pero ¿Este Dimitri es médico?

-         No, es linotipista. ¿No te jode? ¡Pues claro que es médico!

 

 

Por suerte para mí, el guarro cónsul comenzó a toser, señal de que muerto no estaba, lo cual me salvaba a mi la vida de momento, aunque yo era consciente en todo momento de que el que con revolutas se acuesta, lo más seguro es que se lleve un tiro.

 

Pronto me acostumbré a mi nuevo status. No salía de la casa, por lo que yo ignoraba si la revolución había triunfado, porque podría ser perfectamente que el ejército hubiera rodeado la casa, y estuviese en plena cuenta atrás, preparados para disparar los morteros. Desde luego, en lo que se refiere al interior de la residencia del cónsul y de su traidora esposa, la revolución había triunfado por todo lo alto. Los revolutas se habían apoderado de la nevera, del despacho, de las sillas, de las mesas, de las camas, y, sobre todo, yo, este latino seductor, me había apoderado de la esposa del cónsul. ¿O era que ella se había apoderado de mí?

 

Mi integración en el mundo revolucionario fue total. Pronto comencé a compartir tareas de intendencia con los chicos, y, aunque no me tenía que poner firmes cuando me hablaba Olga, si que ponía mucho interés y me aplicaba al máximo. Pelaba patatas, limpiaba los baños, hacía alguna guardia no muy comprometida, dormía con mi diosa, dormía con mi diosa...

 

Y una noche, justo la tercera o la cuarta, cuando uno empieza a hacer cosas nuevas, me dio por acariciar sus interminables piernas. Pero no acariciar como las noches anteriores, los muslos y ya está, sino que empecé a acariciar un cachito de arriba, y luego le daba un besito. Y luego acaricié otro cachito, y ¡zas! Otro besito.

 

Y otro, y otro. Y así hacia abajo. Y pasé mi mano por su rodilla, por una de ellas, vamos, muy despacio, notando un poco el menisco, creo, y el ligamento cruzado externo, y cuando hice eso, por asociación de ideas pensé en su cruzado mágico, y también pensé, pero un poco solo en el significado perruno de la palabra “cruzar”. Y, si alguien quiere saberlo, me pregunté si en esqueleto sería también más mona que la media, o si por el contrario en lo que es el esqueleto somos todos iguales, o si era todo lo contrario de todo lo contrario. Me interrumpí un rato en lo que era la pierna, y di un ligero palmeo en su trasero que sonó a mármol rosa, claro. Y ella dijo:

 

-         ¡Oh!

 

 

Y volví a su pierna. A su rodilla, a la misma de antes para no desperdiciar que ya había cogido temperatura.

 

            Y ...no creeréis lo que sucedió después.

LA MUY INTENSA HISTORIA MIA (Topar en duro, III)

Un dolor agudo en la rodilla, cuando me quise ocupar mentalmente de él, otro más bestia me paralizó la corva de la otra rodilla. Fui a neutralizarlo con mi mente, y, antes de que lo pudiera alejar del todo, la muñeca derecha. Eran subalternos, yo era el victorino.  Otro dolor lacerante que parecía que no pudiera serlo más, y de pronto, otro que, por llevar la contraria lo era más. “El alegre concurso de los dolores lacerantes”, solo para dolores lacerantes, para dolores agudo o dolores tipo “cien mil cuchillos ardientes que se te clavan en el muslo”, ver otras categorías.

 

Estaba oscuro. El suelo era duro. Hacía frío. Estaba cansado.

 

 

Y encima me picaban un poquillo las nalgas...

 

Pero por encima de mi estado lamentable en lo físico, me quedaba en el interior, como se quedan las primeras filloas pegadas en la sartén, la angustia de saber lo que me habían hecho aquellos tipejos, y también la angustia de no saber, ni remotamente donde estaba, aunque por las trazas del asunto, yo juzgaba que seguramente me hallaba en el interior de la casa del cónsul, en alguna mazmorra que tendrían, para este tipo de menesteres (Y por aquí tenemos las mazmorras, muy típicas en las grandes casas clásicas de Kaliningrado, para encerrar españoles bocazas )

 

Aquella era una de esas situaciones incómodas que derivan de la estupidez de pensar lo de: “No se atreverán a tanto”. Y van y sí que se atreven. Y una vez que se atreven, la cosa no tiene muy buen remedio.

 

Traté de llevar a cabo la inútil actividad conocida como “Evaluación de daños”, cuya única conclusión es “Ah, pues estamos jodidos”, o la más consoladora “Ah, pues no ha sido para tanto”. Sin embargo, me palpé el rostro y los miembros en busca de posibles fracturas, porque la verdad, no tenía nada mejor que hacer. Como estaba a oscuras, no conseguí diagnóstico ninguno, pero suponía que no tenía más que un par de moratones, y algún chichón. Para diagnosticar distensiones, elongaciones, y otros traumas no tenía yo ciencia suficiente.

 

Dentro de mí, mantenía la esperanza de que aquel cautiverio no fuese de aquellos en que los carceleros se pasan a atizar al cautivo cada vez que se aburren, y que todo quedase en una lección que yo ya había aprendido de sobra. Porque yo ya no necesitaba a la condesa. ¿Verdad, Ojeda?

 

 ¿Ojeda?

 

No me pude responder adecuadamente, porque aunque aun sentía los efectos de la paliza. Y, sin embargo, a pesar de los pequeños dolorcillos joputas, del picorcillo de nalgas, y de la angustiosa situación en que me encontraba, de repente me di cuenta de una gran verdad:

 

Que iba a ser para siempre esclavo del amor de la condesa.

 

Y hubo otra verdad que me rondó por la cabeza:

 

Si le hubiera dedicado tiempo, habría sido un notable jugador de tenis.

 

Pero esta última era de esas verdades satélites, que acompañan a las verdades grandes y notorias, sólo para molestar, igual que cuando te peleas con un amigo y le dices que se quite de delante, y él te responde que tiene derecho a estar ahí, porque la calle no es tuya, y que puede estar pegado a tu nariz si quiere, siempre que no te la toque, y te tienes que aguantar.

 

Pero esta vez la verdad intrascendente, la tenística, salió de mi cabeza sin dar el coñazo, y por fin pude centrarme en lo mío. Y fue como una explosión de alivio.

 

-         ¡¡PEROPROMPPPPTTTOOOFFFF!!

 

 

Para ser una explosión metafórica, aquello había sonado bien real.

 

-         ¡¡PEROPROMPPPPTTTOOOFFFF!!

 

E incluso se repetía y se somatizaba, porque ahora había notado yo un pequeño temblor.

 

-         ¡¡PEROPROMPPPPTTTOOOFFFF!!

 

Ahora el temblor había sido real. No me tenía que engañar con eso. Y otra verdad, pero ésta independiente, coqueta y respingona se abrió paso dentro de mi melón, interrumpiendo a la verdad grande e importante de mi

 

-         Amo esto a la son condesa cañonazos.

-         ¡Esto son condesa!

-         ¡Amo a la cañonazos!

-         ¡Esto son cañonazos!

-         ¡Amo a la condesa!

 

 

Y los dos conceptos quedaron claros , a pesar de la oscuridad de mi celda, dentro de mi mente agotada.

 

Pero más realidad vino a complicar las cosas. Hubo grandes voces y golpetazos contra la pared de mi celda.

 

-         ¡Revolución! ¡Pum!

-         ¡Camaradas! ¡Bang!

-         ¡Burgueses! ¡Zis!

-         ¡Burgueses! ¡Zas!

 

Y, de pronto, simbolizando la caída de tantas cosas que nos retienen, si se quiere, como las vergüenzas, las ataduras espirituales, las normas de conducta, la difícil situación económica, las leyes, la policía, la superpoblación...

 

o sin simbolizar nada, así, porque le daba la gana...

 

            Se derrumbó la pared de mi celda.

 

 

            Estaba delante de la salita de la casa del cónsul. La visión era espectacular. Había humo por doquier. Unos cuantos hombres armados rebuscaban por los cajones, otro apuntaba al cónsul, que se había sentado en un sillón, los que habían derrumbado el muro me miraban sorprendidos. El que estaba apuntando al cónsul empezó a abofetearlo, del derecho y del revés.

 

            Sólo me dio tiempo a darme cuenta de una cosa, antes de que un tío sucio y con barba pobladísima, me arrease un abrazo y un par de besotes.

 

            Aquellos eran revolucionarios.

 

 

            Cuando os cuente más, vais a decir que estoy majara. Pero no me importa. Soy un perseguidor de la verdad.

LA MUY INTENSA HISTORIA MIA (La clave es “selecto”, II)

-        -...fue, entonces, más o menos, que recibí comunicación de Madrid, instándome a ponerme en contacto con el cónsul de Finlandia en la ciudad, para resolver ciertos negocios de terceros muy influyentes en la esfera política de altura.

 

 

No quise demorar por más tiempo el cumplimiento de una orden tan directa, y sin ahondar en los motivos que me empujaban a ello (mi profesionalidad, y sobre todo el temor al castigo) resolví visitar en su residencia de Moscú, al señor cónsul, cuyas señas, me fueron facilitadas por el cochero de confianza de un escritor de mala reputación, que resultó ser, en grado muy lejano, primo de Irina. Gran prodigio, éste, por otro lado, porque era casualidad pura.

 

Al cónsul, Kicefas Werpurevirggis, le conocía ya porque habíamos coincidido en algún acontecimiento de la noche moscovita, e incluso habíamos bebido juntos. A él, precisamente le había comentado lo impresionado que estaba yo, con la extraordinaria belleza de la señora condesa de Kaliningrado. Y quizá estas palabras fueron agitadas en la botella de Vodka, y el espíritu del licor, las sustituyó por otras, más directas.

 

-         Cónsul, esa tía de verde está regüena, y vaya trasero de mármol.

 

 

Pero en cambio el cónsul no se dejaba llevar por el “espíritu”, y respondía a mis frases catalogables en ambientes muy estrictos de groseras, con un estilo de lo más caballeresco:

 

-         Y tiene una cultura de lo más notable, y una interesantísima conversación. Particularmente destacable es su dominio de las artes pictóricas, con especial mención del barroco español, que conoce en profundidad.

-         Si, Si, cónsul. A ésta “la” daba yo arte pictórica que te cagas...

 

 

Así pues, no siendo el cónsul un desconocido para mí, se me antojaba que la tarea era fácil, o al menos no era lo que se dice una labor de titanes.

 

            Fui anunciado con toda sencillez, por un mayordomo de los que dejan en evidencia que tienen más clase que uno, y que son mayordomos y tú no por circunstancias extrañas, pero que lo normal hubiera sido todo lo contrario.

 

 

-         Ojeda.

 

En el salón me esperaba el cónsul, que dejando a un lado la copa de brandy que, por decirlo así, se estaba apretando, vino hacia mi con los brazos abiertos.

 

-         ¡Mi apreciado Ojeda! ¿Así que me trae negocios?

-         Pues si señor cónsul, fíjese que...

-         Pero por favor, Ojeda, déjese de señor cónsul, llámeme por mi nombre.

-         Er...sí, claro, hum...¿Willbert?

-         Werpurevirggis.

-         ¡Claro!

-         Pero me permitirá ante todo, que le presente a mi esposa.

-         Si que se lo permito...

 

 

El cónsul se levantó y dio una voz potente pero educada. No un grito desgarrador.

 

-         ¡Tesoro!

 

 

Y, aunque a tal voz, hubiera podido presentarse un cofre antiguo bien cerrado, o las joyas de la corona de los Windsor, quien verdaderamente se presentó fue la condesa de Kaliningrado. Y es mi deber decir, que mi primer sentimiento, fue de gozo, porque solo verla era un espectáculo, sin embargo, y según supe después por unos brujos celtas, el gozo es un sentimiento tímido, al que no le gusta llamar la atención, ni hacerse notar, cosa que si gusta a los malabaristas búlgaros, por ejemplo, y de este modo, al ser tan tímido enseguida se apartó, y quien apareció después fue el sentimiento de vergüenza, al recordar las palabras que le había dirigido al cónsul en aquella fiesta (lo de regüena y eso). Confié ciegamente en la discreción del señor cónsul.

 

-         Esta es mi esposa, Olga Dementieva, que está esperando una disculpa, por su nefasto comportamiento.

 

En ese momento, claro, dejé de confiar. Me sobraba la lengua en la boca.

 

-         Por supuesto, toma claro. ¿Qué comportamiento...? Ah, lo de...Ah, pero yo no quería. No, en absoluto, de hecho, y ¿Era usted, vuecencia, su majestad...? ¡¡Excelencia!! No, ilustrísima, yo...

 

 

Habló ella, ante mi penoso intento.

 

-         Kicefas, esto no es necesario en absoluto, estoy seguro de que el caballero lamenta mucho...

-         ¡Oh si, oh si! ¡Lo lamento todo profundamente!

 

 

Yo mezclaba chorros de confusión, con cucharadas de vehemencia, en un mortero que ya llevaba ira picadita por la encerrona, y todo esto machacado por el mazo de Kicefas Werpurevirggis, que ya me estaba cayendo fatal.

 

Aproveché un momento de silencio, para hablar en mi favor.

 

-         De todas formas, aunque es cierto que el tono no era el indicado, me permito decir que todos mis comentarios fueron de elogio hacia la condesa.

 

 

El Kicefas respondió con inmediatez.

-         Precisamente traigo aquí un papel donde apunté todos, y subrayo, todos sus comentarios al pie de la letra.

 

 

Y sacó un papel de su bolsillo, y lo comenzó a desdoblar...

 

-         ¿Dónde están mis gafas?

-         Si son de cerca estarán aquí al lado-dije yo para relajar la tensión.

-         En el aparador, cariño.- Eso ya no lo dije yo, sino la condesa.

 

 

Kicefas se acercó al aparador, y yo aproveché para aprender lo que era un aparador, pues era una cosa que había leído mucho, y nunca había tenido oportunidad de ver. Finalmente Kicefas, el mazo de Kicefas, el pelmazo de Kicefas, leyó:

 

-         “A esta la daba yo arte pictórico que te cagas” Pasando por encima del incómodo “esta” del incorrecto “la”...¿A qué se refería con lo de arte pictórico?”

 

 

Y, como ocurre ciertas veces en la vida, una ráfaga de ingenio se te para delante de la cabeza, y clavando mi mirada firme en los ojos verde oscuro de la bellísima condesa, dije con gran determinación:

 

-         A nada. O sea, a nada.

 

 

Y me pareció que ella me sonreía con la mirada, que a fin de cuentas le había gustado que aquel pícaro español, sin clase ninguna, le hubiese recordado que ella era un pedazo de mujer, y no formaba parte de la colección de arte del puñetero Kicefas. Y seguramente, y esto lo vi en las motitas oscuras de sus ojos, y en el ligero pero determinado ademán de sus manos, ella estaba arrepentida de haberse ligado de por vida, a un ser frío y protocolario, y no, por ejemplo a un ardiente latino como yo. Y empujado por este apoyo tácito, decidí acabar con aquella farsa:

 

-         ¿Sabes lo que te digo, Kicefas? Que me humillo ante ella lo que haga falta, porque ella es una diosa. Pero paso de ti. Que te den morcilla.

 

 

Kicefas, sorprendentemente, salió disparado de la estancia, y aprovechando el momento, volví mi mirada hacia Olga. Pero ella también salió de la estancia.

 

A cambio, y como en los problemas de matemáticas de salen dos personas y entran tres, y luego salen cuatro, y...A cambio, como digo, entraron tres fornidos rusos.

 

No sé si alguna vez os han dado una paliza. Siq euréis saber como es, no os perdáis la tercera parte, donde además de seguir con esta extraordinaria historia, se aprovecha para hacer algo de crítica costumbrista.

 

Sea lo que sea...

SONETO PARÉNTESIS (Interrumpimos la emisión)

Perdonad amigos, antes de continuar con la tremenda historia carcelaria, se me ha colado este tonto soneto en la cabeza, y lo quería compartir con vosotros.

 

En una ocasión

 

Que tu voz falsa y lamentable hable
parte punzante de la escabrosa rosa,

que yo no se como voz tan espinosa, osa

hacerse oír. ¡Irresponsable sable!

 

Urdes con un tan destacable cable,

Y es tu hablar tan belicosa cosa

Que siempre va a caer la recelosa losa
en aquel de quien tu voz lo hable. ¿Loable?

 

Tu opinión a nadie le interesa, esa

Que hace un ruido tan molesto. Esto

Y el que no te ocupes de tu vida ida

 

Hace de tu amistad la espesa pesa

Desagradable como el incesto, cesto

Donde yace tu desabrida brida.

LA MUY INTENSA HISTORIA MIA (Otro Selecto Drama Carcelario, I)

- Vine a caer aquí, tras deambular durante un tiempo sin el corazón en el sitio, sino más bien desplazado de él, por hallarse roto, y según me confirmaron tiempo después grandes expertos, por los síntomas que yo relataba, incluso pisoteado con saña.

 

De el delito concreto que aquí me trajo, no doy razón, porque en realidad, lo que aquí me llevó fue el vivir sin corazón. Porque es el corazón el que guía a las almas para que caminen por los senderos de los buenos sentimientos, y para que respeten el honor propio, el de los propios antepasados, y el de los demás, y sin corazón no existe esta guía, y por tanto de lo único que puedo considerarme culpable es de haber perdido mi víscera cardiaca, a manos de una mujer, que en tal grado atrapó mi alma, que ni siquiera ahora pasado el tiempo, y apercibido yo de la cruda realidad, tengo ánimo para hablar en su contra, o para relatar con detalle todos los hechos que me han llevado a la penosa situación que ahora padezco.

 

Sin embargo, soy consciente de que hay cosas que la naturaleza ha puesto en el carácter del hombre, que éste por digno que sea, o por bien enseñado que esté, no puede evitar. Cosas como el instinto de conservación, que no solo es propio de la raza humana, sino que otros seres vivos, como los perros, los lobos, o incluso zorros y coyotes, llevan a rajatabla y siguen sus designios. De este modo yo, obedezco también a mi instinto de conservación, pues en el orden de los animales, no me considero mejor que un gran depredador como el lobo.

 

Así pues, es mi instinto de conservación, inevitable, como he dicho, el que me impulsa a relatar el desgraciado avatar que aquí me trajo.

 

Por penosas circunstancias que me está prohibido detallar, di con mis huesos en Moscú. Allí tenía que llevar a cabo un trabajo muy delicado que me exigía introducirme en la alta sociedad moscovita, asistiendo a fiestas, bailes, y cenas, en los que se daban cita los más escogidos títulos nobiliarios de la aristocracia del lugar. Fue en una de esas cenas, donde degustábamos caviar del Caspio, y salmón del Volga, y bebíamos vodka con moderación, cuando me presentaron a Olga Dementieva, condesa de Kaliningrado y familia, mediante enrevesados parentescos de la mayoría de las monarquías europeas. Al principio (y he comprobado que esto pasa a veces) no fui consciente de estar ante un bellezón. Por mis pesares personales, y mi, hasta entonces patética existencia , no reparé a primera vista en sus ojos verde intenso, ligeramente rasgados, ni en su rostro ligeramente tostado, ni en su pelo negro, recogido en un elegante moño italiano, ni en su poderosísimo escote (sin llegar a ser cómico), ni en su envidiable altura. No hacía falta ver más, para imaginar que seguramente poseía unas piernas perfectas, y no quiero entrar en más detalles, solo que yo hasta entonces no era consciente.

 

La segunda vez que la vi, reconozco que me sentó mal que encima fuera simpática. “Deja eso para las que lo necesiten, tu eres una diosa, no tienes que ser simpática”, recuerdo que pensé, y, enseguida, como todos los machos, comencé a calibrar mis posibilidades. “Ninguna, claro”.

 

Aquella mujer, era demasiado para mi, sin ningún genero de dudas. Yo no estaba a la altura. Ni siquiera a una altura lo suficientemente cercana como para que ella pudiera verme. Irina, una amiguita especial que había hecho yo durante mi estancia, y que de vez en cuando me acompañaba a las fiestas, oyó mi primera declaración a ese respecto:

 

-         ¡Esta mujer es demasiado para mi!

 

 

Y antes de salir de mi vida para siempre, Irina respondió

 

-         Ah, pero yo no, yo estoy a tu mierda de altura ¿No?

 

 

De pronto, recién estrenada mi libertad, sucedió una cosa que me aceleró el pulso.

 

Ya os contaré, ya.

GENTE BUENA, COSAS MALAS (ESCENARIO IV, Apoteosis Escabrósica y Final)

En el quinto día de la dejación de las responsabilidades defecatorias de Gabriel, Pat no necesitaba ningún sobresalto. Los nervios la tenían completamente alterada. Llamó a la guardería.

 

-         ¡Dime que hoy si, dime que hoy si!

-         Lo siento. Las señora Pill le ha visto el culo limpio.

-         Pero, ¿Qué le estáis dando de comer, por Dios!

-         Te aseguro que los demás niños...

 

 

Cuando llegó Gabriel aquella tarde, tuvo la tentación de no darle la merienda, porque pensaba que podía reventar, pero el pequeño tenía hambre voraz, y, además ya era de por sí de apetito desordenado, así que ante las protestas del pequeño, que quería su suizo con jamón york, y su plátano, cedió. Eso sí, mientras veía como Gabriel merendaba, cogió el teléfono y marcó el número de su pediatra.

 

-         Actualmente estoy disfrutando de unos días de descanso en...

 

 

Pat se sintió traicionada. Y tomó la decisión que llevaba mascando desde hacía algún tiempo, y que es la decisión que da sentido a esta historia. Se puso un guante de plástico, en su mano derecha, cogió el bote de lubricante, y se entafarró uno de sus dedos, el corazón. Después llamó a Gabriel.

 

 

-         Gabriel, hijo mío, quítate pantalón y calzoncillo, mamá te va a curar.

-         ¿Quitate..?

-         Y vas a perdonarle a mamá lo que te va a hacer, porque es para curarte.

-         Perdonar...

-         Ven, anda ven.

-         ¡No!

 

 

Y Gabriel echó a correr. Pat estaba sentada en la silla, con el dedo que estaba untado de vaselina estirado, y con cierta cara de culpabilidad. Se levantó a duras penas, porque donde estaba sentada era en una de las sillitas de Gabriel, muy bajita, y le costó un poco incorporarse, pero a pesar de todo, lo hizo y persiguió a Gabriel, regañándose un poco interiormente, eso sí, por no haberse dado cuenta de que cualquier niño que se queda en canicas, lo primero que hace, es echar a correr. Debió haberse dado cuenta.

 

Sin embargo, el pequeño no huía de Pat, como ella pensó con cierto orgullo, (“Se lo ha olido, es un genio”), sino que en realidad lo que ocurría era que Gabriel había elegido casualmente aquel momento para echar de menos, con toda su alma, a su lindo y rojo camión de bomberos...

 

Pat consiguió, mediante un placaje poco ortodoxo, derribar al muchacho justo en el recibidor. Y como siempre fue una mujer rápida de reflejos, observó que el pequeño estaba en el suelo, boca abajo, y un poco en pompa, y decidió “operar” sobre la marcha, y justo en ese momento en que estaba apuntando al objetivo para no fallar, la llave dio dos vueltas y apareció Nicolás en la puerta.

 

Y del susto se le cayeron las gafas.

 

 

-         ¿Qué haces, desdichada? ¿Qué haces?

-         Le voy a curar. Y le voy a curar ahora mismo, puedes formar parte del problema o de la solución...

-         ¡Parte de guerra que te voy a dar, bestia! ¿no ves que le puedes desgarrar?

-         Mejor eso a que reviente con toda su mierda

-         ¡Pero qué va a reventar, qué va a reventar!

-         ¡Está lleno de mierda! Hace quince días que no caga...

-         ¿Quince? Pero si fue el lunes que llevaba uno

-         ¡Quince, cinco, yo que sé! ¡Se lo voy a sacar todo!

-         ¿Le vas a ....? ¿Con esas uñas, animal?

 

 

Pat se miró las manos, pero todavía con cara de decir,: “A ver listo...¿Qué es lo que les pasa a mis uñas?” Y enseguida se le apagó la acritud, porque es cierto que Pat, tenía gusto por llevar las uñas afiladas, y de hecho, la uña del corazón, ya había roto el guante...

 

Pero era la hora de las decisiones heroicas, y no había tiempo para chorradas...

 

 

 

Simultáneamente en la Guardería “Luces de Meón”:

 

Virginia paseaba por el interior de la guardería, cuando esta se quedaba al fin vacía de niños. Reflexionaba sobre sus asuntos:

 

            “Si no le gustase no me llamaría, aunque a lo mejor me llama para que le cuente sobre Eva, y, claro, esa furcia sabe como engatusar a un hombre, porque ella lo da todo desde el principio, y a lo mejor resulta que eso es lo que quieren los hombres....”

            Pero, lo que son las cosas, a lo mejor aquella tarde no era la ideal para reflexionar, porque se dejaron oír unos suspiros de tristeza , o de agobio, que no es fácil distinguir, desde la guarida/despacho de Eva. Virginia llamó a la puerta toda educadita.

 

-         ¡Crick, crick!

-         Pasa.

-         ¡Eva! Te he oído suspirar y me he dado cuenta de que seguramente estarás agobiada por el trabajo, que sepas que te estoy ayudando desde hace una semana...

-         ¿Agobiada? ¡Ah, no, no! Es que estoy metida en el grupo de teatro, y me han dado el papel de una mujer atormentada por la pasión...y estaba ensayando.

-         ¡Ah, que susto me has dado, hija! Pues nada, que usted lo ensaye bien.

-         Oye, oye, ¿Qué eso de que me estás ayudando?

-         Ah, bueno, limpio el culo de uno de los niños, ya sabes poco a poco. Luego otro y otro, y así hasta liberarte un poco. A ti y a la señora Pill. Que es lo mismo.

-         Ah, pues muchas gracias, y dime...¿Qué culo estás limpiando últimamente?

-         El de Gabriel, el hijo de la loca.

-         Ah, pues te has buscado uno muy bueno. Ese no ha cagado en toda la semana.

-         ¿Qué no? Y dos veces al día, guapa.

-         ¿Qué? No puede ser, me lo hubiese dicho la señora Pill.

-         No apostarás...

-         Voy a llamar a la señora Pill.

 

 

Como esto es una historia real, no puedo deciros que Virginia y eva se quedaron mirándose todas desafiantes en lo que llegaba la señora Pill, pero tenía que haber sido así, a todas luces. Por fin llegó la señora Pill.

 

            Eva tomó la palabra.

 

-         Señora Pill. ¿conoce usted a Gabriel, el hijo de la loca?

-         Si. ¿Es eso todo?

-         No. Dígame ¿El niño va normal de cuerpo?

-         Incluso diría que por demás. Dos veces al día.

-         Pero ¿Cómo puede ser? Usted cuando yo le pregunto si le ha limpiado el culo me dice que no.

-         Y es completamente cierto, se lo limpia “ésta”. Que ha cogido costumbre. Si usted quiere saber los culos que limpia la Virginia, se lo pregunta a ella, y si quiere saber los que limpio yo, me lo pregunta a mi.

-         Pero yo entendía que no cagaba que tenía el culo limpio por que no cagaba...

-         Pues tiene un problema de entendederas, Eva.

 

 

 

El final de la historia solo tiene un punto de interés. ¿Llegó a tiempo la información a casa de Pat? ¿O fue el niño operado?

 

 

Os cuento: A tiempo. Hubo suerte esta vez.

GENTE BUENA, COSAS MALAS (ESCENARIO III, Estrepitosismos)

Pat la extrema, que no os lo he dicho antes , pero imagino que ya lo sospechabais, tenía un rostro la mar de expresivo. Este humilde narrador, no cree que eso sea bueno ni malo en sí, o sea que no forma parte del conjunto de cosas que uno pueda describir como buenas o malas, de igual modo que las artes marciales no forman parte de la clase de cosas que uno puede describir con colores. ¿El jiu-jitsu es amarillo?.

 

En realidad, el expresivismo tremendista de Pat, sin ser bueno ni malo, tenía consecuencias. Durante su infancia, sus aspavientos contagiaban a cuantos la rodeaban, y se sobresaltaban con sus sobresaltos

 

-         ¡Aaaaaaahhhhhh!

-         ¿Qué pasa, que pasa?

-         Mira, una mariposa...

 

Y en su adolescencia, aun duraba el efecto

 

-         ¡Aaaaaaaaaahhh!

-         ¿Qué pasa, qué pasa?

-         Tengo una arruga en la falda...

 

 

Y, un poco más adelante...

 

-         ¡Aaaaaaaaahhhh!

-         ¿Qué pasa, que pasa?

-         Mira que móvil tan precioso...

 

 

Y, claro finalmente, todos aquellos que vivían alrededor de Pat, aprendieron  a calibrar sus corazones, y llegó un momento en que no se sobresaltaban al mismo ritmo que Pat. , con el tiempo, ni a la mitad, y ya después de algún tiempo se sobresaltaban si veían que Pat no lo hacía.

 

Y esto le ocurría a todo el que trataba con ella. Así que a su marido, ¿Recordáis? El reflexivo y cachondo Nicolás, no le asustó lo más mínimo, cuando vio, al llegar a casa, que Pat tenía el rostro acidísimo, y gesto de querer compartir a toda costa su honda preocupación:

 

-         Se te ha perdido el pintalabios ¿eh? Pues parece que no te lo estás tomando muy mal, la verdad...

-         No tiene gracia, ¿Sabes? El niño no ha cagado. He llamado a Eva y me ha dicho que la señora Pill no le había limpiado.

-         ¿No ha cagado? ¡Maldito canalla! ¡Castiguémosle!

-         ..no sé si sabes que eso puede ser una obstrucción intestinal.

-         Ah, pues me siento mejor, menos mal que has entrado en obstrucciones intestinales punto com, si hubieras entrado en dengue. com, ya lo teníamos con una enfermedad tropical, que es muchísimo peor.

 

 

De todos modos, Nicolás, no estaba solo en este sobrellevar aspavientos de Pat, el pediatra , que tenía menos paciencia, eso sí, le había respondido aquella misma tarde a su llamada urgente y tremendista.

 

-         ¿Pero cuánto dices que lleva sin ir al baño?

-         Hoy.

-         ¿Hoy? ¿Hoy y ya? ¡Me cago en ...! ¡No me llames hasta que lleve una semana sin ir al baño!

-         ¿Una sem...?

-         ¡tututututututututu!

 

 

Aquella noche Pat durmió con cierta tensión, se levantó tres veces en plena noche para comprobar si Gabriel se había librado por fin de los productos de la digestión. Y, cada vez volvió a la cama decepcionada. Y, otras tantas veces se levantó, fue a la cocina, cogió el bote de laxante en polvo para niños, y, dubitativa, lo volvió a dejar. Y, tres veces se levantó, aunque no tenga nada que ver con esta historia, a rematar tres albóndigas que habían sobrado, una de cada vez...

 

Por la mañana Pat estaba agotada, pero sacó fuerzas para telefonear a Eva. Y pedirle que vigilara especialmente a Gabriel.

 

-         No te preocupes, siempre le pregunto a la señora Pill los culos que ha limpiado, y los que no, hacemos un seguimiento diario, tenemos una base de datos,....

-         No, ya, ya , pero que le eches un ojillo, si a las 4 ves que aun no ha hecho llámame. ¿Si?.

-         Tranquila, no se me va  escapar detalle. Pero, vamos que lo tenemos todo en base de datos, en Lynux, o sea que no va a escapar detalle. Es la costumbre que tenemos ¿Sabes?

-         Si, el Lynux, ya entiendo.

 

 

La mente de Pat, era muy cabrona, y no es hablar por hablar, os puedo asegurar que ante la noticia de un día sin cagar, ya se imaginaba a Gabriel completamente relleno de mierda, y esto torturaba su alma sin un momento de descanso.

 

Así que la llamada de las 4 adquirió tintes dramáticos...

 

 

-         ¿Pat? La señora Pill no ha limpiado el culo de Gabriel en todo el día. Aunque parece que todos los días va al baño.

-         ¿Va? Pero no hace...

-         Claro no hace.

-         No caga, pues.

-         Es una manera de decirlo.

-         ¡No caga!

 

 

 

Y su alma seguía torturada, y llamaba al pediatra

 

-         El teléfono que está marcando no se haya operativo en este momento...

 

 

Y para ella, su niño se convertía en una olla a presión, a punto de reventar.

 

Y entonces un par de días, escondidos entre las discontinuidades espacio-tiempo, pasaron de puntillas.

 

Y Pat miró su mano y tomó una decisión que es la clave de esta historia.

 

Si quisierais saber en que acabó todo, no os deberíais perder el desenlace tremendo de este relato.

GENTE BUENA, COSAS MALAS (ESCENARIO II, La Guardería)

La guardería, “Luces de Meón”, la componían un local, en el papel de cosa, y dos personas, en el papel de “personas”. Eva Salcedo , y Virginia Retomás, como nombre figurados, por supuesto, los nombres verdaderos son justo en el orden contrario, Virginia Retomás y Eva Salcedo.

 

            Virginia definía las líneas estratégicas, un poco como si dijéramos la opinión editorial y el grado de compromiso con la corona, y cuidaba de las cuentas. Por el contrario Eva, era la que se ocupaba de domesticar en la medida de lo posible aquella jauría, darles de comer, darles de merendar, y perdón, pero también de limpiarles el culo, (dicho sea con el máximo respeto, claro), y, lo que es más importante, de dar el parte de incidentes a los padres que llamasen interesados.

 

            Pero además, existía en el centro, otra profesional, aunque a tiempo parcial, la señora Pill, que se dedicaba a acompañar a los pequeños al baño. Ese era su cometido, tan tonto, como imprescindible. Y, bueno también tenía un rasgo muy característico de su personalidad: Era monosilábica. Y no hay más que decir. (También era algo corta, pero claro, tampoco quiero mezclar juicios con hechos, así que dad por no expresado este juicio)

 

            Dicho todo esto, y sin perjuicio de callar otras cosas que no contribuyen a explicar ni a poner en solfa el modo en que se desarrollaron los acontecimientos, debo decir que Virginia, tenía una cualidad sobresaliente, y que era definitoria de su personalidad, mucho más que sus preciosos bucles de “rubia a duras penas”, y sus enormes y expresivos ojos oscuros...(y no quiero abundar en otros detalles como su marmóreo trasero, su melosa sonrisa, sus cejas tan simetriquitas,....) y esta cualidad que sobresalía por encima de sus cualidades físicas y sus defectos de personalidad (narcisismo, egoísmo, avaricia....) era su enorme y hercúlea conciencia.

 

            ¡Qué! ¿Cómo se nos queda el cuerpo?. Su conciencia. Una conciencia atlética, que intervenía, aunque a posteriori, claro en todos los actos y pensamientos de la fascinante Virginia.

 

            Por resumir, y para que se vea claro que este pobre narrador, no tiene ningún interés en adornar esta surrealista historia, diré que en aquellos momentos, lo que más torturaba a Virginia, era la profesionalidad a prueba de bomba de Eva. Eva trabajaba con afán de agotarse. Era incansable con los pequeños, comida, merienda, limpieza de culo, comida, merienda, siesta, juegos, ...y, en modo alguno, la feíta Eva veía afectado su buen humor por la cantidad ingente de trabajo que era capaz de resolver.

 

 

            De este modo las cosas funcionaban así. A las 11,30h, la señora Pill, entraba en el aula, y entonces Eva preguntaba:

 

-         Niños...¿Quién quiere ir al baño?

 

Y los niños que querían ir al lavabo (si, las niñas también), o que no habían entendido la pregunta y querían levantar la mano, pues la levantaban, y la señora Pill se los llevaba al baño, ellos hacían, ella los limpiaba, y se los devolvía a Eva.

 

Como una cosa es ir al baño, y otra muy distinta obrar, y, con el fin de llevar el estadillo al día, Eva le preguntaba a la señora Pill.

 

-         ¿Cuántos pompis?

 

 

Y la señora Pill señalaba a los niños a los que había tenido que limpiar el culo, de modo que Eva podía apuntarlo en un papel y luego responder tranquilamente a aquellos padres que llamaban interesándose por si su hijo o hija, había obrado.

 

Pues bien, de pronto todo empezó a complicarse. La conciencia culturista de Virginia la asaltó cuando ella se disponía a entrar en su despacho.

 

-         “¿Me puedes decir por qué consientes que Eva haga todo el trabajo aquí, y tu no pegas un palo al agua?, ¿Por qué ella se ocupa de todo?

 

 

Claro, por favor, pensad que la conciencia no se expresa con sintagmas, ni fonemas, ni monemas, así que la expresión no existió, pero la idea era esa, podéis confiar en este narrador, al menos para esto.

 

Por otro lado, a Virginia no sólo le afectó profundamente este recordatorio de su conciencia, sino que además tuvo que soportar que su imaginación le presentara a su conciencia como una mujer mucho más joven y mona que ella, y no sólo eso, sino que tuvo que verla sentada en la silla de su despacho de directora estratégica, no ya con los pies apoyados sobre la mesa, que ya hubiera sido demasiado, pero si en una pose chulesca, que rozaba lo despectivo. Pero en el fondo, y permitid que este desgraciado narrador se meta en la cabeza de Virginia, ella sabía que “Conci” tenía razón.  Y en ese mismo instante, que para ilustraros, puedo decir que coincidió con un altercado vecinal en una urbanización de Madrid, que daría mucho que hablar aunque no aquí, en ese mismo instante, como digo , Virginia elaboró un plan para hacer el bien en secreto, para darle una lección a “Conci”.

 

Y lo que es peor, decidió llevarlo a cabo.

 

 

Y eso complicó un montón las cosas.

GENTE BUENA, COSAS MALAS (ESCENARIO I)

Tengo una amiga extrema. Para sus amigos, la gente extrema, la que engulle las emociones más distantes entre sí, y luego se transparenta y te muestra como hace la digestión, es la gente más entretenida del mundo. Lo que me ocurre con Pat (Nombre figurado, por supuesto, su nombre verdadero es Ingrid Fajardillo Colmacaustín, c/ Adelfas 45, 3º, 2ª) es que la mayoría de las veces, su capacidad de emocionarse ante las cosas de la vida, te sobrepasa tanto, que llegas a pensar que el si el hecho de ver que un niño está tirando de las trenzas a su hermana, no te hace sollozar de emoción significa que tienes el corazón de hielo, recubierto por una capa de nitrógeno helado, que en el fondo es sólo una máscara que oculta a un muerto emocional.

 

 

            Pero no, la loca es ella...¿no te jode?

 

 

            Pat se casó. (con otro gran amigo mío, por cierto), y de hecho esta casualidad me hizo preguntarle un día a Pat.

 

-         Pat, dime, ¿Acaso fui yo el catalizador de vuestro amor?

 

Y esta fue su lacónica respuesta.

-         No.

 

 

Pero no quiero desviarme del tema. Lo curioso de Pat es que una vez al año me proporciona buenas historias. Historias reales. Eso sí. Y, vosotros que escribís, sabéis lo arrastradas que son las historias reales. A nadie le gusta escribir historias reales. Sobre todo porque no se le han ocurrido a uno, y además porque, en realidad no se le han ocurrido a nadie, han salido así. De modo que yo, en condiciones normales jamás escribiría una historia real. Pero es que las historias que le ocurren a Pat, siempre tienen algo extremo, por ejemplo esta historia es espeluznante, y no se puede dejar de contar. Ese es el motivo por el que renuncio a todo el mérito creativo en esta ocasión, y me limito a narrar unos hechos delirantes. Os gustará a las mamás.

 

La Historia en sí

 

Pat, ya os he dicho, está casada con un amigo mío. Y yo no fui el catalizador de aquello. Pero además Pat tuvo un hijo, al que yo intenté que llamaran Buda, por su enorme cabeza pelada, pero que al final no me hicieron ni caso y le pusieron de nombre Gabriel, un nombre quizá apropiado para un paisano, pero inadecuado para un bebé, se mire como se mire (lo mismo le pasa al nombre de Antonio, Antonio es nombre de adulto. Aunque perdón, ahora que lo pienso Antonio es inadecuado para un bebé, pero mucho más inadecuado para una bailarina italiana, claro)

 

Gabriel crecía sano y feliz, protegido por su familia, y en un ambiente de buen humor, con una madre extrema, como ya he comentado y un padre cachondo y reflexivo, al que por no gustarle sonreír todo el rato como hacen otros (que parecen gilipollas, no es por nada) la gente que no le conocía, le atribuía un carácter circunspecto y meditabundo, y eso era injusto, porque la mayoría de la gente no tenía ni idea de lo que significa la palabra “circunspecto”.

 

Por lo demás, el pequeño Gabriel comenzó a ir a la guardería, “Luces de Meón”, llevando por aquella época, una vida relativamente tranquila, peleándose por los juguetes que no eran suyos, abandonando los que sí lo eran, renunciando a la merienda tradicional de leche con galletas chiquilín, y, en cambio comiendo cantidades razonables de tierra de macetas, gomas milan, y algún tornillo. Lo que se conoce vulgarmente como “hacerse un hueco en la manada”.

 

Para los niños, vosotros os habéis olvidado ya, pero podéis creer tranquilamente lo que os digo, los primeros años de vida se componen de ciertos hitos que hay que superar, y, de hecho se superan siempre. Pero un niño nunca está seguro de eso, ni de lo contrario, así que la vida en esa edad es un riesgo continuo. ¿Qué hago si con 24 años, me sigo cagando encima?. Una madre, sobre todo una madre, tiene un tremendo papel de vigilante de funciones biológicas, que, al principìo es muy fácil. Por ejemplo, para saber si un bebé va regularmente de cuerpo, no hay nada como mirar el pañal. Si el pañal tiene una sustancia desagradable, que se conoce como mierda, entonces no hay duda ninguna.

 

Pero Gabriel no se quedó en esa tierna edad en que es exigible que los padres olisqueen los pañales en busca de la caquita (que en realidad es mierda) . Todo lo contrario. El amigo Gabriel, fue avanzando en un desarrollo vertiginoso, de manera que comenzó a hablar (Bueno, tal vez no como Castelar, pero se hacía entender) y pronto empezó a no hacerle falta el control directo de funciones corpóreas, y un día, su madre, Pat la extrema, en ese afán manipulador de las madres, comenzó el asedio al pañal.

 

-         Amor mío, príncipe de las cunas...¿Cuánto te quiere mamá?

-         Mucho.

-         ¿Y Sergio es tu amiguito?

-         Si.

-         ¿Y te has fijado que Sergio ya no lleva pañal?

-         Fijado...

-         Sergio no lleva pañal. ¿sabes por qué?

-         ¿Sabes?

-         Porque ya es mayor.

-         ¿Mayor?

-         ¿Tu eres mayor?

-         ¿Tu? ¿Si?

-         ¿Si?

-         ¿Si?

-         O, sea, ¿A que tu también eres mayor?

-         Si.

-         Pues entonces hay que quitarte el pañal ¿verdad?

-         No.

 

 

Pero, quizá me estoy entreteniendo en la anécdota, lo cierto es que el pequeño Gabriel acabó por superar su dependencia del pañal,

 

Y ahí lo dejamos de momento hasta la segunda parte.

 

Para la segunda parte (esta historia consta de tres partes, como las clases de volcanes, peleano, vesubiano y stromboliano, y como los insectos, cabeza, tórax y abdomen ) vamos a describir con todo lujo de detalles el escenario II, es decir la guardería. Donde empiezan a ocurrir cosas, que, por separado no significan nada, como no significa nada la palabra “umberpélido”, que es inventada, pero que juntas forman probablemente la historia más inconcebible que hayáis leído jamás, y ya sabéis que yo no soy amigo de la frivolidad y tal.

TONI SALVIAS FUE CAPITÁN PIRATA ( VII-La Pera-Final)

No nos hagamos líos, la cosa es muy sencilla; Salvias y su tripulación estaban acercándose, aunque muy lejos, aun, justo por la popa del barco de findus, sin ser vistos, primero por que los tripulantes iban todos callados en silencio absoluto, y segndo, porque era noche cerrada. Salvias los tenía a todos en cubierta, apretaditos, porque apenas cabían los diecisiete, dispuestos a escuchar la última arenga de Toni Salvias antes de emprender el desafío de abordar el barco congelador.

 

-Ahí delante lo tenéis. El findus. Ahí está nuestra comida.. Delante de nosotros. Mañana, cuando amanezca, con el primer rayo de sol, tomaremos el barco y saciaremos nuestra hambre. Y luego seguiremos nuestro rumbo, pase lo que pase, bien sea porque estaremos pescando en los mares eternos, bien porque hayamos triunfado. En cualquiera de los casos, y a pesar de lo que pudiera parecer debi deciros que habrá sido un placer mezclar mi sangre con la vuestra, haber luchado hombro con hombro, espalda con espalda, culo con culo, derrochando el valor. Así que para irnos a dormir sólo añadiré una palabra: Gracias.

 

Por primera vez en todas las arengas del capitán sonó un atronador aplauso, de congoja y de sinceridad, cálido, lento. Keblinsky sentía como le dolían las mejillas, porque las lágrimas saladas resbalaban por ellas, y de paso, por las quemaduras que tenía del sol, y eso le hacía llorar aun más. Zenon lloraba también, con total inocencia, recordando como la lucha purificaba el espíritu, e incluso el ex – capitán, llevaba la cara cubierta por las manos, mientras sollozaba tiernamente, y decía:

 

-         ¡Esta loco, está loco!

 

 

La noche dejó que el palo mayor pinchara su enorme culo negro, y dejó ver las estrellas de puro dolor. La tripulación se fue a dormir poco a poco, y el silencio se hizo en cubierta, apenas se oía el murmullo...

 

-         ¡Está loco, está loco!

 

 

Había un cartelito puesto en la entrada al camarote comunitario:

 

“A ver, mañana antes de que amanezca, todos en cubierta preparados para el abordaje”

 

 

Y, pronto, como podréis comprender, el cansancio, la tensión, y el agotamiento que produce el estar al margen de la ley, aunque sea a la fuerza, actuaron como una mecedora en el barco, y aquello se convirtió en una sinfonía de ronquidos, respiraciones pesadas y charlas inconscientes. Sin embargo, no todos dormían, ni mucho menos. Toni Salvias acodado en el             puente, sufría. Pensaba en lo que haría, después del abordaje. En cómo, lo que había sido un arranque de mal humor, le había llevado a cambiar tanto su vida, que pensaba que después de aquello no tendría ningún futuro, en que la pena por piratería, seguramente no bajaría de un número inimaginable de años:”..aquel que delinquiera en alta mar...”. Luego se hizo fuerte, pensó en el futuro inmediato, en la emoción de un abordaje, de un abordaje a bofetadas, claro, porque el único que tenía un arma era él. Pero lo que contaba era la perfección del plan. En primer lugar se pondrían todos en fila , junto a la borda, y justo cuando amaneciera y pudieran ver, Zanon lanzaría el cabo con el gancho para sujetar al findus, y después saltarían todos gritando para acojonar, y sin dudar ni un instante, pegando mamporros bajo el fuego de bengalas, hasta que se rindieran y les dieran toda la comida, e incluso se llevarían al cocinero o cambiarían los barcos, o...¡snzzzzzzzss zzzzzzzzzzz zzzzzzzzzzz!

 

 

Un inoportuno dolor de cabeza despertó a nuestro Salvias. No sé si a vosotros os pasa, pero Salvias antes de mirar ninguna hora, antes de siquiera abrir los ojos, sabía que se había dormido. Sospechaba que serían las doce del mediodía, y que sus hombres le habrían  quitado la pistola, que no se habían atrevido a quitarle hasta entonces, porque sabían que Salvias tenía el sueño ligero, y despertaba como un perro pequeño de pelo corto, cuando un perro pequeño de pelo corto, despertaba. Todo rápido. Pero seguro que le habían drogado, porque no recordaba ni como se había dormido, ni haberse despertado en medio de la noche, en una de sus alertas rutinarias. Y se puso un poco triste, porque llegó a la conclusión de que le habrían atado, y hasta le daba pena comprobarlo, así que se metió la cabeza entre los hombros e intentó dormir, hasta que le entregaran a las autoridades.

 

-         Qué, jefe,...¿Vamos?

-         ¡Kablinsky!  ¿Qué hora es?

-         Las cinco de la mañana.

 

 

O sea, que en realidad no se había dormido.

 

-         Estamos con usted

-         ¿Estáis todos en mi camarote?

-         No, que estamos en espíritu, con usted. Al principio, no, por la violencia y eso, pero ahora estamos con usted. Bueno, el otro capitán no está con usted, dice que si quiere que le mate, pero que él no va a hacer el ridículo y...

-         ¡Basta, Kablinsky!¿Están los hombres a estribor? ¿Está Zanón dispuesto a lanzar el gancho?

-         Están todos allí, solo necesitan saber si va a ir usted, o si va a mandar la operación desde aquí.

-         ¿Desde aquí? ¿Estás loco? ¡Yo en primera línea, como todos!

-         Como todos menos el ex capitán.

-         Exacto.

-         Le esperamos allí.

-         Espera, ayúdame a vestirme...

-         No. Eso no. Adiós.

-         Pero...

 

 

 

Toni Salvias se vistió con la velocidad del rayo, y , por primera vez se sentía un capitán de verdad. Un capitán pirata. Y resonó en sus oídos (fuera de tono, que no eran oidos de primera) la canción:

 

            Viejo capitán Fabián

            Pippi quiere ser igual que tu

            Y conquistar Pakistán

            A lomos de un tiburón...

 

Quizá porque se había roto la cañería correspondiente de la adrenalina, o vaya usted a saber por qué, el caso es que Salvias se hallaba en estado de euforia incontenible. Con tres dolorosos tropezones, por culpa de la impenetrable oscuridad llegó a la altura de sus hombres, y aun antes de poder hablar con ellos, ya se había tropezado una vez más, esta vez, contra el pecho de hormigón de Zanon.

 

-         Cuidado, hombre.

-         Perdón, honesto marinero.

 

Se dirigió a la tripulación:

-         Chicos, ahora en cuanto se haga de día, saltamos sobre la cubierta del barco este. Esperemos a que amanezca.

 

 

Y, bueno, mejor os enteráis por vosotros mismo de lo que pasó:

 

Después de unos minutos de espera, Salvias se impacientó:

 

-         ¿A que hora amanece en estas latitudes?

 

 

Sólo Zanon respondió, el resto de la tripulación seguía con la mirada hacia el este, intentando vislumbrar la borda del barco enemigo.

 

-         Y yo que sé.

 

 

Y siguieron esperando.

 

Y, bueno, me da vergüenza decirlo, pero no amanecía. Y la tripulación empezaba a construir un murmullo motinero.

 

-         No está amaneciendo nada...

-         Hoy no, pero ayer amaneció con toda ortodoxia.

-         ¡Toma y anteayer!

-         Anteayer no te puedo decir, porque no me fijé.

-         Pero te lo digo yo.

-         Pero a mi lo que digas tu no me vale para nada.

-         A ti no, pero a lo mejor a tu mujer sí.

-         A que te meto...

 

 

Toni Salvias miró su reloj. Las 11,30h de la mañana. Por raras que fueran aquellas latitudes, que no lo tenían porque ser, pues no estaban tan lejor, y por muy peculiar que fuera la vida en el mar, las 11,30h de la mañana era una hora extraña para que fuese de noche.

 

Encerrado en sus pensamientos dio una vuelta sobre si mismo, y el espectáculo que vio le dejó sobrecogido:

 

Por todas partes menos por una era de día. Por detrás del barco, solo había medio-amanecido, y antes de que pudiera comunicárselo a los muchachos, extendió las manos hacia delante, y pudo tocar el negro de la noche.Y, coño, tenía un tacto metálico, era sólido. Es decir por donde no había amanecido la noche se había transformado en metal. Ya se imaginaba los periódicos: “Medio amanece en alta mar, y la parte que no amanece es de metal”.

 

Pero, paradójicamente, se le hizo la luz, en medio de aquélla oscuridad. El cielo nocturno metálico no era tal, sino el findus. Y no era de noche, es que el findus era tan grande y alto comparado con su barco, que no se veía el final. Y ellos eran una nuez al lado de un melón. Lo que tenían a estribor era el casco del findus, que era tan enorme que les tapaba medio cielo.

 

Y, él con aquello no había contado. La verdad. No sabía por qué pero siempre había pensado que todos los barcos eran más o menos igual de altos, y no sabía bien por qué no era así.

 

-         Echadme al mar en la chalupa. Voy a investigar.

 

 

 

Quizá hubiera sido más estético que alguien hubiera dicho:

 

-         ¡Oh, no mi capitán, no arriesgue su vida por nosotros!

 

 

 

Pero nadie dijo nada ni parecido. Echaron a Salvias al mar, en la chalupa. Una vez en el mar, Salvias puso en marcha el motor de 155 caballos, y salió por detrás del findus a investigar.

 

¡Si, si, a investigar! En cuanto despareció de la vista de sus hombres, puso proa al puerto de valencia, que casi se veía en la lontananza y se fue cagando rayos. Y después de eso, vivió normal, sin ser feliz que lo flipas, ni siendo un desgraciado depresivo. Una cosa normal.

 

Otra cosa que os puedo decir, para que podáis saber, por qué aquello no tuvo consecuencias legales para Salvias, es que en un periódico ilicitano, se leyó, cosa de seis meses después el siguiente titular:

 

¿Piratas en velero de competición en pleno siglo XXI?Pues sí, señores, parece ser que se hn producido ataques piratas en nuestras costas, a cargo de un antiguo velero de competición cuya tripulación se daba por perdida en naufragio y blá blá blá...

 

 

FIN

TONI SALVIAS FUE CAPITÁN PIRATA ( VI-Penúltimo)

Aquí se cuenta como Toni Salvias se hace con el barco, lo secuestra junto con sus tripulantes. Enganchamos al final de este capítulo con la actualidad, cuando se disponen a abordar el findus. Pero esa será al final, ahora contemos como Toni Salvias se hace con barco y tripulación.

 

¡Que linda lucía toda la tripulación con sus polos azules, con su leyenda en la espalda “Toni Salvias”, sus pantaloncitos cortos, beiges y sus zapatos náuticos. Cada uno en su puesto. Salvias en el suyo, en la popa, detrás de la línea que separaba al dieciocho, de la tripulación útil. Se preparaban para ir al campo de regatas, donde les esperaba el barco vietnamita, un equipo de gran talento, lleno de expertos navegadores. Un reto difícil, de ahí la tensión que se respiraba, y que se descargaba cada vez que algún miembro de la tripulación pasaba cerca de Toni Salvias, que estaba sentadito, sin decir ni mú, el pobre.

 

-         Grumete, tu sobre todo estate quieto, no molestes.

-         Oye, este es un tema serio, no des el coñazo ¿eh?

-         Oye, si tienes ganas de mear no te podemos pasar la cuña,así que haz pis ahora, o luego por la popa, ja,ja,ja.

-         Oye que...

-         Oye tu, mira que...

-         J,a, ja, ja

 

 

El capitán, no del todo ajeno a esta situación, fue a abrir la boca, para reclamar la total concentración de la tripulación, mientras el barco se dirigía ya, con briosos saltitos sobre las olas y empujado por todo el trapo, hacia el campo de regatas. Pero, sólo abrió la boca, porque de repente sonó un ruido así:

 

-         ¡¡RECHUFLOASSSSSS!!

 

 

Y según se hizo ese ruido, la vela mayor, ardió en un segundo, transformándose de gran superficie blanca, a cachito de tela negro que cayó sobre cubierta.

 

Desconcierto.

 

 

 

-         ¿Rechufloasss?

-         ¿Qué pasa? ¿qué pasa?

-         ¿Qué está pasando?

-         ¿Qué pasó?

-         ¿Qué pasará?

-         ¡No pasarán!

-         Paxariños...

 

 

Y luego el desconcierto se detuvo en seco, porque sonó una voz, varonil, decidida, serena. La voz de nuestro Toni Salvias, el dieciocho. Que desde su posición y blandiendo una pistola de bengalas humeante, parecía un gigante en plenitud, más que un vejete coñazo.

 

-         Prestad atención, manga de julais.

-         ¿Qué pasa? ¿Qué pasa?

 

 

Salvias, que tenía munición suficiente para que eso no supusiera un problema a tener en cuenta en esta historia, desplegó el brazo con el arma ya recargada, y apuntó hacia Calvin.

 

-         ¡Tú! Tírate al suelo. ¡Bang!

 

 

Y os digo aquí y ahora que si Calvin no se hubiera tirado al suelo le hubiese dado en toda la cara. Sonaron voces con los acordes que pretendía Salvias:

 

-         ¡Está loco, está loco!

-         ¿Qué pasa, que pasa?

-         El vejete está loco.

-         ¿Quién?

-         Está loco, está loco.

-         Pero..¿quien?

-         ¿Qué pasa, que pasa?

-         ¡Está loco! ¿Quién? ¿Qué pasa?

-         ¡BANG! Que os calléis o me cargo a alguno...

 

 

 

Silencio.

 

 

-         Muy bien, ahora el timonel que vire a Nordeste.

-         Pero el campo de regatas...

-         ¡BANG!

-         Vale, vale.

-         Los demás a callar y todos juntos en la cubierta.

 

 

 

Y esta fue la manera en que ocurrió que un barco de competición se vio convertido en un barco pirata.

 

Solo queda contaros como terminó todo.

 

Fue la pera.

QUERIDOS

Mis queridos amigos, hubiera querido terminar esta saga ants de irme de vacaciones. De hecho aun tengo mañana. Y quien sabe, quizá...Pero no. Me conozco, conozco bien mis límites, porque los tengo muy cerca. Así que lo dejamos para el 16 de Julio, fecha para la que, si Dios quiere, estaré de nuevo al pié del cañón. Por la historia descuidad, la tengo metida en mi cabeza de principio a fin, y sabremos del avatar de Salvias tarde o temprano. Para después de terminar esta, tengo una bien pensada que abrirá una nueva sección: SALUD.

 

Hale, guapos.

 

 

besos.

TONI SALVIAS FUE CAPITÁN PIRATA (¿Qué fuiste tú, artista? V)

En este episodio no jugamos con el tiempo. Me quemé un dedito cocinando y no estoy para gaitas.

EN EPISODIOS ANTERIORES: El palomo se jubila, le regalan un viaje en barco, hay movidas y se mosquea.

 

 

Una cosita os quiero decir, a veces no se pillan las cosas a la primera. A veces te van explicando y explicando, y explicando, y tu, te esfuerzas mucho y frunces el ceño y aprietas el culete...pero nada.

 

Pues bien, este caso fue todo lo contrario. Toni Salvias captó el comentario despectivo de Calvin, un sudafricano majísimo, a la primera. Os recuerdo que la frase de Calvin fue:

 

-         ¿Ha llegado ya el puto vejete?

 

Y luego bajó por la escalera.

 

Ahí quedó expuesto el sudafricano delante de Toni Salvias.

 

-         Perdón ¿tu eres...?

-         ¿El puto vejete? Si. Pero ya me voy.

-         Eh, eh, ¿Dónde vas?

-         Me voy a cubierta a respirar. Aquí no se puede.

-         Ah.

 

 

Toni se fue todo ofendido, pero caminaba con frialdad, para que las cosas no se pusieran en plan irreversible, y le echasen o algo. De hecho, aparentó, con un caminar pausado y tranquilo, un aplomo tan evidente, que le pareció que se estaba ganando a pasos agigantados el respeto de los que allí estaban. Tal sensación era agradable, lástima que cuando subía por las escaleras, oyó el clásico “¡pfff!” del que no se puede aguantar la risa, y cuando salió a cubierta, pudo maldecir a gusto su magnífico oido, porque le llegaron las voces de los estúpidos indiscretos de abajo.

 

-         ¡Pfffff! ¡Qué gilipollas!

-         ¿Gilipollas? Estirado gilipollas.

-         Viejo, estirado y  gilipollas

-         Viejo, estirado, amargado y gilipollas

-         Viejo, estirado, amargado, gilipollas...y gilipollas

-         Gilipollas, gilipollas.

-         ¡Gilipollas!

-         ¡Ssssst! ¡Que te va a oir!

-         Ah, perdón ¡GILIPOLLAS!

 

 

Y se oía fenomenal, la verdad. No bien hubo caminado cuatro metros desde la puerta donde todo se oía , cuando una voz con acento del este de Europa le espetó desde el muelle.

 

 

-         ¡Oye tú!

-         ¿Yo? ¿si?

-         ¿Ha llegado ya Calvin y su gente?

-         No sé, han llegado unos, pero no sé si es Calvin, yo a Calvin no lo conozco.

-         ¿No conoces a Calvin? ¿Quién coño eres?

-         El dieciocho.

-         No jodas que llevamos un dieciocho...

 

 

Y Kablinsky se dirigió como pudo hacia la pasarela para pasar a bordo. Se medio cruzó con Toni Salvias e ignoró la mano que éste, a pesar del tono seco y áspero le tendía. Luego bajó las escaleras que le conducían bajo cubierta, donde estaban el famoso Calvin y sus secuaces.

 

            Y, perezosamente, todo se seguía oyendo.

 

 

-         ¡Polaco! ¡Bienvenido!

-         Calvin, chicos....

-         ¿Quién es ese merluzo de arriba?

-         El dieciocho. Creo.

-         ¿El dieciocho? ¡Dieciocho patadas en los huevos le vamos a dar!

 

Y tal. (Sabéis como digo ¿no?)

 

 

Salvias estaba a punto de cabrearse. Y esto para los que le conocéis, debería ser suficiente. Y miró por un momento al mar. Y se entretuvo dejándose hipnotizar por la espuma que formaban los remolinos alrededor de la cadena del ancla. Y no apartó la mirada (Porque la tenía enganchada al agua, que ya lo he dicho, coño) cuando el resto de la tripulación pasó por delante de él. Y luego llegó el capitán, que no sabía que le quedaba de capitán lo justo.

 

-         Disculpe caballero.

 

Toni Salvias, el dieciocho era una gran persona, en realidad, así que cuando oyó que el capitán se dirigía a él en términos tan educados se conmovió en muy alto grado, y pensó que a lo mejor resulta que las tripulaciones eran rudas, salvajes y de escasa educación, pero que sin embargo  el capitán era otra cosa, y se veía compartiendo regata con el capitán, mientras se intercambiaban confidencias levemente burlonas, acerca de la tripulación, de sus maneras,  de sus inexactitudes gramaticales. Pero eso, si, muy condescendientes en general, no iban a ser iguales que ellos...

 

-         Disculpado, es culpa mía.

-         ¿Es usted el veterano que pedí?

-         Ah, no sé, veterano soy, desde luego, ¿Usted pidió un dieciocho?

 

 

Toda la educación que el capitán había mostrado se esfumó por arte de birlibirloque, en cuantito que Salvias dijo “dieciocho”. Las manos del capitán salieron disparadas hacia arriba, y, por no ser menos los brazos detrás, inmediatamente las manos se dieron cuenta de que solas no iban a ningún sitio, y se dejaron caer sobre la cabeza del capitán.

 

-         ¡No jodas, un dieciocho, me cago en toda la mar!

-         Caramba, yo...

-         ¡Mira que avisé! ¡Mira que dije que si llevábamos un dieciocho no podríamos ganar ni una puta regata, joder, que los italianos y los belgas van sin dieciocho...

-         Mire, perdone, pero....

-         ¡A popa! ¡A popa ya!

 

 

Salvias se fue muy humillado a popa. Pero con un latido en la sien izquierda, la mar de sospechoso. La mar de peligroso. La mar.

 

Y seguro que imagináis lo que pasó cuando, sentado en la popa, descubrió una tapa de madera con la inscripción:

 

“Pistola de bengalas”

“No es para jueguecitos”.

TONI SALVIAS FUE CAPITÁN PIRATA (¿Qué fuiste tú, melón? IV)

Nos situamos antes de la parte I y de la III, pero justo después de la II (Yo no sé vosotros pero yo ya tengo un lío...)

 

Con toda la ilusión que cabía en su cuerpo, y llevando aún un poco más en plan satélite, como en órbita alrededor de su cabeza, Toni Salvias se preparaba para ir al puerto a empezar su viaje.

 

“Tripulante dieciocho” reverberaba en su cabeza una y otra vez. Y luego maldecía porque le parecía de poca clase ilusionarse tanto.

 

“Estúpido esto es una limosna de la empr...¡Tripulante dieciocho!” Y no había manera de acabar un solo pensamiento en condiciones.

 

“Pero no es malo ilusionarse, no es...¡Tripulante dieciocho!”

“¡Tripulante diec...! ¡Tripulante dieciocho!” Y sus propios pensamientos interrumpieron a sus propios pensamientos.

 

Y se vio metido en su taxi (Al puerto, señor) y sintió el fresquito del aire acondicionado, y le dio un espeluquín. Y Ni el taxista ni Toni Salvias dieron más de si hasta que llegaron al puerto, momento en el que Toni pagó y el taxista se largó, pensando que vaya mierda de papel había tenido en esta historia.

 

Toni llegó a la puerta de acceso, donde enseñó su pase verde y magnético. El operario (otro prescindible de esta historia) pasó el pase por una ranura, también magnética o digital o informática o virtual, y le dio instrucciones a Salvias para que llegara a su barco sin problemas, dejando, como se hace casi siempre sin saber por qué, para el final la mejor indicación: Es verde y se llama “EKOKE”.

 

Toni respiró. Es cierto que llevaba haciéndolo todo el día, y toda la vida, si se me apura, pero no con aquella intensidad que pones en las cosas, cuando al fin la ilusión gana la pelea, y las inseguridades se ocultan todas cobardes, esperando otro momento más adecuado. Es la famosa estrategia de los buitres del valle de la muerte (Ver : La de muerte estrategia valle del)

 

Era demasiado temprano. La hora de embarque se había fijado a las 17,00h , y apenas acababan de dar las 16,00h. Como siempre, Toni había desconfiado de si mismo y había pensado que necesitaría más tiempo en encontrar el barco de lo que finalmente había necesitado.

 

Todo verde, flotando sobre el agua  del puerto, con las velas arriadas, se meneaba el EKOKE. Delante de la escalerilla de acceso, que he intentado averiguar cómo se llama en el caso de los barcos, pero que resulta que ese día cuando iba a la biblioteca se me cayó...

 

Todo verde, el EKOKE. Delante de la escalerilla del barco, un vigilante controlaba los accesos. Al menos en teoría, ya que no se había visto aun que nadie accediese al interior del EKOKE. Toni se acercó al vigilante y se señaló el pase, que llevaba prendido de su polo, de igual manera que en el pelo llevaba prendido un clavel, la protagonista de la copla:

 

Y para no olvidarse de él

Y que él, la reconociera en el cielo

Llevaba prendido en el pelo

Un encendido clavel...

 

 

El vigilante levantó la pistola lectora de códigos, y la pasó por el pase de Toni Salvias.  En la pantalla digital, en caracteres rojos sobre fondo negro se leyó: 18. Y al mismo tiempo sonó:

 

-         ¡Pitirruí!

-         ¿Pitirruí?

-         Pitirruí. Su pase es correcto. Como los de Zidane, amigo. Tripulante 18, si quiere puede pasar. Ahora puede darse una vuelta por el barco. Luego cuando lleguen los tripulantes ya se va usted a popa, y procura estarse quieto, que esta es una competición muy seria ¿sabe?.

 

 

Toni Salvias pasó por la estructura que daba acceso al barco y se acomodó en la popa. Quizá el resto de la tripulación tardara todavía media hora en aparecer, así que en lo que los demás interpretaríamos como un síntoma de indecisión,y que él no se molestó en interpretar, se levantó nada más sentarse y comenzó a caminar a lo largo de la cubierta, cotilleando, pero, al igual que la portera del Centro de Aceleración de Partículas de Bakú, sin entender gran cosa. Una maroma con un nudo de culo de puerco aquí, una manivela allá, un timón por aquí.

 

Salvias bajó por unas escaleras y se encontró en las tripas del velero. Que, a diferencia de las tripas de un profesor de chelo, no están llenas de intestinos y magdalenas, sino de bancos para sentarse y armaritos con botiquines, y botones. También había una silla, donde se leía “Capitán”, y unas botellas de agua mineral.

 

Oyó pasos y voces.

 

Voces que lo complicaron todo

 

-         ¿Ha llegado ya el puto vejete?

 

 

La continuación podría haberse titulado “La ira de Salvias”, no os digo más.

TONI SALVIAS FUE CAPITÁN PIRATA (¿Qué fuiste tú? III)

Volvemos al mar.

 

Cuando me ofrecían más macarrones en el colegio, yo siempre cabeceaba diciendo que sí enérgicamente. Eran unos macarrones pegados y plastosos, con tomate y chorizo de baja calidad, pero a mi me encantaban. Así que cabeceaba enérgicamente.

 

            Pues a lo que iba. Igual que hacía yo, el barco “EKOKE” cabeceaba con energía. Por supuesto, nadie le había ofrecido al “EKOKE” un plato de macarrones plastosos, que se sepa. El barco cabeceaba por la virulencia de las olas, que eran a su vez virulentas por la velocidad del viento.

 

            ¿Y por qué era veloz el viento?

 

            No deseo profundizar en ello.

 

            Afortunadamente, y creedme que no hay mejor manera de empezar un párrafo que con esta palabra, toda la tripulación estaba hecha a la mar. Se trataba de marineros expertos, que no se dejaban impresionar por una piara de olas crecidas. Sabían pisar con firmeza, agarrarse a cuantos salientes encontraban, y caminar por una cubierta que se inclinaba a veces hacía un lado, a veces hacia otro, a veces hacia delante y a veces hacia atrás. Una cubierta-yenka, para entendernos. Y aun tenían tiempo para reírse del capitán Salvias, que tenía un mareo de narices, y a duras penas podía sujetar su estómago para vaciarlo de ...nada, pues no había nada que echar. Se reían, claro, pero se reían a escondidas, con la risa esa apagada que lleva una capita de miedo.

 

            Kablinsky, el caña, que era polaco, por cierto, se dirigió a su compañero Zanon, un haitiano majísimo que se ocupaba de recoger el espinacher en las vertiginosas viradas. Podría parecer que Kablinsky era mucho más alto que Zanon, pero no es cierto. Es que la cubierta estaba inclinada y lo hacía parecer.

 

-         Zanon.

-         Si.

-         ¿Qué pasa, tío, como estás?

-         Pues ya ves. ¡Qué situación!

-         Ya ¿eh?

-         ¡Puff!

-         Lo que yo te diga.

-         Ni más ni menos.

-         ¿Soy yo o está refrescando?

-         Está refrescando. Aquí al atardecer siempre hace falta una chaquetita.

-         Zanon. Una cosa.

-         Ya me dirás.

-         Oye, esto hay que solucionarlo, no podemos seguir así, secuestrados por el 18. ¿Qué clase de marineros somos? ¡Qué vegüenza!

-         Kablinsky, nosotros no somos rudos marineros, desengáñate. Somos regatistas, o sea pijos. Llevamos un polo diseño de Ducco & Sarmenti, no gruesos jerseys de lana, no olemos a pescado, sino a Old Spice, no tenemos callos en las manos, sino pringue de 45 € el frasquito, y sobre todo, cobramos una pasta.

-         Pero tú eres haitiano ¿no?

-         ¿Y...?

-         Pues, hombre, no te ofendas, pero muchos pijos en Haití no hay, sois más bien tipo indígena, enormes...¿no? Lo que te quiero decir es que quizá tu podrías apuñalar al vejestorio, y quitarle la pistola de bengalas, porque no sé como decírtelo, tu tienes, como menos que perder...¿no?

-         No entiendo lo que me estás diciendo. ¿Es porque soy negro?

-         ¡Huy! ¡Para nada, para nada! Me ofendes. Es porque tu sabes apuñalar ¿Eh?

-         ¡Pero tú de donde sacas que yo sé apuñalar!

-         ¿Pero no eres haitiano? Allí en los barrios bajos, andaríais peleando todo el santo día, tus compañeros del cole te querrían quitar la comida, se meterían con tu madre, todo eso ¿no?

-         Keblinsky, yo pensaba que el más gilipollas del barco era Joao. Estaba equivocado. Eres tu.

-         ¡Para nada! Yo te pregunto.

-         Pues he aquí mi respuesta: No.

-         ¡Pues muy bien! Pero no hace falta mosquearse ¿Sabes?

-         ¡Anda ya!

 

 

Kablinsky se dio la vuelta para irse. Y mientras se daba la vuelta dijo una frase decisiva:

 

-         Al final si que parece que está refrescando.

 

 

Roló el viento. Y, así a la ligera, un barco cargado de víveres se recortó en el horizonte. Era la presa. El capitán dio las órdenes oportunas para ir situándose al pairo disimuladamente. El abordaje tenía que ser toda una sorpresa, porque el velero era mucho más pequeño que la presa.

-         Mi capitán. ¿cómo sabe que lleva comida?

 

 

El capitán, respondió a la pregunta del segundo sin hablar. Simplemente le cedió los prismáticos. El segundo los tomó, y mirando a través de ellos, pudo ver como en enormes letras rojas el barco desvelaba su condición de despensa:

 

-         Findus.

 

 

A partir de ahora sucederán hechos insólitos. Aunque la parte IV será también de recorrido histórico.

TONI SALVIAS FUE CAPITÁN PIRATA (¿Qué fuiste tú? II)

Hace diez años:

 

-         Adiós.

-         Adiós.

 

Toni Salvias se acababa de jubilar.

 

            Hace unas semanas:

 

Toni Salvias se acercaba cada día, desde hacía nueve años y unas semanas a su antigua empresa, y charlaba durante un tiempo con el conserje, y con todo el que salía, porque sentía que aun le profesaban ese afecto y cariño de cuando aun trabajaba allí. El era distinto a otros jubilados, a él no le hacía falta, afortunadamente, ir a contemplar las obras del puerto, no le hacía falta parar a la gente de “poramordedios” para que hablasen con él. Sus compañeros hablaban con él, porque él era aun un tío gracioso y entretenido. No un jubilado en realidad. Él hubiera podido seguir trabajando.

 

            Pero no quiso. Porque ya estaba bien.

 

            Y no es que lo diga yo, esto no es una opinión de este pobre cronista, este humilde contador de cuanto acontece, éste que no puede conseguir que se pare el universo para que dejen de ocurrir cosas por un momento.

 

            De hecho, no le dieron una cena de despedida, como si hicieron con otros, porque sabían que formaba parte para siempre de la plantilla, de un modo espiritual. Tan espiritual que no le hicieron un regalo, como si habían hecho con Adolfo (Fito), ni le habían hecho socio de honor, como si hicieron con Fito (Adolfo) y con otros.

 

-         No te vamos a hacer socio de honor porque tu honor está fuera de toda duda.

-         ¿Y el de Fito?

-         ¿Qué Fito?

-         Adolfo. El honor de Adolfo.

-         También. Pero es distinto. Entre tu y yo, el necesita estas tonterías para vivir, pero, por ejemplo, nosotros no tenemos necesidad de ser socios de honor, ni de cenitas ni de homenajes, somos hombres de acción. Aun así, tengo una sorpresa para ti...

 

 

Ante los ojos de trabajador de Toni, el joven, impetuoso y guapetón Director General, abrió el cajón, mientras con sorprendente coordinación guiñaba un ojo, levantaba el índice de la mano libre, silbaba “Death of a Clown”, y del cajón abierto sacaba un polo precioso azul intenso. Cuando lo desdobló, mezclando otros seis o siete gestos atmosféricos (creadores de atmósfera) en la pechera se podía leer el nombre de la empresa en enormes letras blancas: “EKOKE Comunicación”. Pero Toni apenas pudo leerlo, porque en otro gesto teatral, el Director General le dio la vuelta, y mostró a Toni el dorso de la camiseta, sobre el que ponía en letras también blancas:

 

Toni Salvias.

 

 

-         Sé lo que estás pensando. Estás pensando: “¿Después de tantos años, me regalan una camiseta?

-         No, por Dios, en absoluto.

-         Pero la realidad, es que este regalo es sólo una pequeña muestra del regalo verdadero.

-         ......

-         Ahora es cuando tu preguntas ¿Qué es?

-         Si, ¿Qué es?

 

El Director General se echó para atrás en su sillón, y cruzó los dedos sobre su tripilla.

 

-         Como bien sabes, somos una empresa que apuesta por la comunicación, por encima de todo. Creemos en la publicidad en medios masivos, y también en medios estratégicos.

-         Por supuesto, claro.

-         De ahí, que desde hace 10 años participemos en las Regatas Internacionales de Vela, patrocinando al barco español. ¿sabías esto?

-         Einsss, algo  me suena.

-         Pues bien, este año, todos los tripulantes del barco llevarán en competición la camiseta que acabas de ver. O sea, cada uno la suya. Pero iguales. Y aun hay más.

-         ¿Hay más?

-         Si. El tripulante 18 de nuestro barco, serás tu.

-         ¿El 18?

-         Exacto.

-         Pero si yo no tengo ni idea de vela.

-         No, el tripulante 18 no hace nada. Es un invitado a bordo. Todos los barcos tienen un invitado al que se le llama 18.

-         Siempre quise navegar...

-         ¡Pues se me vaya preparando, grumete!

 

¿A que nos vamos imaginando por donde va la historia, malñandrines?

TONI SALVIAS FUE CAPITÁN PIRATA (¿Qué fuiste tú? I)

-¡Arriad las jarcias , bastardos! ¡Sobran diez personas en este jodido velero, asi que ya sabéis! ¡Tu, gafotas, seguro que quieres probar el agua por primera vez en tu vida! ¡Lástima de engendro!

 

            En medio de la tormenta, las órdenes del implacable capitán resonaban como cañonazos en medio de la tormenta. De hecho, los truenos parecían petardillos al lado del vozarrón enérgico del temible e impío capitán. De pronto un giro inesperado a estribor.

 

-         ¡Maldito timonel! ¿Te tengo que pegar un tiro? ¿O me tengo que cagar en tu puta madre? ¡Vuelve a hacerlo si tienes algo entre las piernas, maldito badulaque!

 

 

La extraña tripulación se sentía intimidada ante las voces y la actitud negativa del capitán. De hecho, cuchicheaban entre ellos, cuando creían que el capitán no les escuchaba:

 

-         Para nada este hombre hace equipo.

-         Para nada.

-         Así estamos desmotivados.

 

 

Aquella misma mañana, una de Mayo, cualquiera, en realidad, el capitán Salvias convocó a toda la tripulación en cubierta. La tripulación apenas cabía, y el efecto era extraño. Claro, en aquel tipo de barcos, generalmente, la tripulación nunca estaba toda junta en cubierta, porque, al menos la cuarta parte de la gente andaba encaramada por los mástiles, siempre. Esa fue una de las cosas que cambió el capitán Salvias. A partir de entonces, todas las mañanas toda la tripulación junta, hombro con hombro, juntitos, como una gran hermandad homogénea y unida. Y azul.

 

Pero aquella mañana, el discurso fue especial.

 

“Basuritas;

 

Esta mierdecilla flotante, no tiene cocina. Tiene unas velas enormes, y, por lo visto tiene trinquete, foque, y mayor, aunque yo no sé nada de eso. Pero no tiene cocina. Hasta ahora nos hemos alimentado de sandwiches de atún, pero los sandwiches se pueden acabar de un momento a otro. Así que he aquí lo que haremos: Vamos a aprovisionarnos. ¿Y cómo? Vamos a abordar un barco. Con dos cojones.

 

¿Cómo se os queda el cuerpo, mierdecillas azules?

 

No os voy a explicar la vieja táctica del abordaje porque la desconozco totalmente, así que lo vamos a hacer a las bravas, acercándonos al barco en cuestión, y saltando adentro pegando bofetadas, porque este barco pirata tiene velas enormes, claro, pero no tiene armas. Pero en fin, supliremos las armas por nuestro proverbial valor racial. A mis setenta y cinco años no hay nada que pueda asustarme, la muerte no es el final. Cantemos”.

 

Aquel discurso era de lo más inquietante. Aquella tripulación pirata nunca había abordado un barco, aquel capitán no sabía nada de navegación, a sus 75 años. Aquel barco de ninguna manera parecía estar preparado para una singladura pirata.

 

¿No os parece que hace falta una explicación?

 

Remontémonos al pasado.

AMARGO PERO RICO (En una toma)

Junto a los que pasan por ser los acantilados más altos de Europa, o a lo mejor sólo los más altos de la Europa continental, nos entreteníamos muchas tardes en juegos inocentes. La mayor parte de las veces estos juegos no tenían la menor trascendencia, pero ayudaban a pasar las tardes, sin acordarnos de lo miserables que eran nuestras familias,  de que el papá de Piru bebía, de que la mamá de Incan fumaba y otras cosas, pero sobre todo, olvidábamos que Lacoste no era tan miserable como nosotros, y se permitía caprichos, y sobre todo que no se manchaba jamás.

 

Lacoste era amigo nuestro, pero eso no quitaba para que le deseáramos las mismas privaciones que ya gozábamos nosotros. La ruina de la tienda de textiles de su padre no hubiera estado mal, o una caída de los precios de las telas en Sanghai, o un terremoto, lo que fuera. Sin embargo, mientras algo de aquello no ocurriese, seguíamos siendo una pandilla unida. El Piru, El Incan, el Lacoste, y yo, El brama.

 

Aquel año, cuyo número exacto no recuerdo, pero que llovió mucho en verano, y me parece que se publicó un disco de Supertramp, descubrimos por casualidad un divertimento muy curioso. Resulta que en pleno prado de los acantilados el Incan se agachó, culo en pompa, para recoger el llavero de la calavera, que se le había caído. Así que va el Incan y se queda expuesto de culo, y entonces de la nada aparece un animal oscuro y pequeño, corriendo, pega un brinco y se da de cabeza contra el culo del Incan. El Incan pega un pequeño traspiés y se da la vuelta. Yo mismo me quedé mirando al animal, y cuando superé el impacto y la sorpresa descubrí que era...

 

-         Incan. Es una cabra.

-         ¡Un bebé cabra! ¡Qué hija de puta!

 

 

Enseguida le cogimos el truco. No hacías sino ponerte en pompa, y la cabrita, con ímpetu máximo te intentaba cornear el trasero con sus pequeños cuernitos, y su poquita fuerza de bebé. Aquello resultó más divertido de lo que resulta contarlo. Hasta el punto de que ya subíamos al prado de los acantilados para recibir el topetazo del bebé cabra.

 

Lo hacíamos los cuatro (espera éramos cuatro ¿no?...) cada vez que nos aburríamos, subíamos al prado, y aunque la cabrita no estuviese a la vista, era poner la pompa, y aparecía de la nada como una exhalación, a darnos nuestro suave merecido.

 

Solo que pasaba una cosa. Al noble Lacoste, jamás le llegaba a embestir. Y eso que era de nosotros el que cargaba con el culo más grande y almohadillado, de manera que no conseguíamos entender aquello.

 

Llegó el último mes de escuela, y con él el legendario sprint final en pos de buenas  calificaciones. Sólo estaban al alcance de Lacoste, realmente, pero todos lo intentábamos con alguna fe.

 

Después de aquel mes de locos, subimos al prado, dispuestos a recibir nuestros empujoncitos. Y así, uno por uno nos fuimos poniendo y recibiendo, hasta que fue el turno de Lacoste. Este arguyó que no le apetecía, pero nosotros nos pusimos pesadísimos diciéndole que no privara al animal de probar su presuntamente suave pandero.

 

Y esto fue lo que ocurrió:

 

El cabrito cogió carrerilla, encogiéndose hacia atrás, como un toro de lidia, incluso, ahora cuando hablamos de ello, Incan asegura que rascó con su pezuña en el suelo. El caso fue que el cabrito no se arrancó, sino que desde detrás, oculto tras uno matorrales, un enorme chivo saltó por encima de el pequeño cabrito y completó la acción, propinando un tremendo testarazo en las nalgas de Lacoste, que salió volando, y sin poderlo remediar cayó por el acantilado.

 

Se mató, claro.

 

 

 

Luego se sucedieron hechos silenciosos. Piru espantó a los dos chivos con un grito, y una piedra. Y luego nos asomamos al abismo. Desmadejado y en una postura inverosímil yacía el pobre Lacoste. Todo pequeñito, claro, aquello estaba altísimo.

 

Un extraño suspiro salió del cuerpo de Piru. Luego empezó a convulsionarse, seguramente por la extrema tristeza. Sus hombros temblaban, sus manos cubrían su rostro. Me asusté. Nunca había creído que el dolor espiritual causase...

 

-         ¡Aaaaaaaaaaa! ¡aja,ja,ja,ja,ja,ja!

 

Se estaba riendo.

 

Incan y yo nos miramos alucinados.

 

-         ¡Pero tío, que se ha matado el pobre Lacoste! ¿por qué te ríes?

-         ¡Ah,ajajajajajaja!, perdón ji,ji,ji,ji, ya lo sé, pero jajajajajaja no puedo.....

 

 

Miré a Incan, indignado, como queriéndole decir...¿Qué hacemos con este? Pero aluciné , viendo que Incan se había contagiado del momento.

 

-         Ja,ja, la verdad es que ji,ji,ji ha tenido su gracia. El chivo todo gordo ahí, ja,ja,ja

-         ¿Verdad? Ja,ja,ja,ja. ¿Quién se lo podía imaginar?

 

 

Les miré. Les miré con tanta seriedad e indignación que se hizo de repente un silencio bestial, absoluto. Parecía que estaban reflexionando. Pero de repente se oyó, a lo lejos.

 

-         ¡Beeeeeeeeeee!

 

 

Y entonces resonó la clásica pedorreta de aguantarse la risa:

 

-         ¡Pffffffffffffffffff! Ja,ja,ja,ja,ja,ja,ja

-         Ji,ji,ji,ji,ji

 

 

Y ahí ni yo mismo me pude aguantar.

 

Total que estuvimos tres buenos cuartos de hora descojonaos de la risa.

 

-         ¡Vaya disgusto que le vamos a dar a su madre!, pero no me había reído tanto en mi vida...

 

FIN

 

DANIEL Y MOMONINI (Amor Sulfúrico, VI Conciencia Larga FIN)

En aquel entonces, yo tenía un concepto demasiado alto de la conciencia, y, me di cuenta tras catear a Sunai, en la asignatura de Geografía y Medio Ambiente, y también, como tutor suyo, en comportamiento y actitud, de que eso de la conciencia no era para tanto, no tenía tanto poder, la muy creída.

 

            Por el contrario, el evidente sabor reparador de la venganza, o la rabia, o lo que fuese aquello, tapó cualquier atisbo de arrepentimiento que pudiese haber en mi persona. De manera que me había convertido en un cabroncete sin escrúpulos, y recuerdo que me gustaba.

 

            En cualquier otro momento, las lágrimas de madre de hijo cateado de Momonini, hubiesen conseguido de mi cualquier cosa. En cambio, utilicé consuelos joputas, de esos que mas que consolar, joden.

 

-         Créeme, Momonini, le va a venir bien. Es una cura de humildad.

-         Pero ¿el tiene conocimientos suficientes?

-         Vamos a ver, entre los conocimientos también está la modestia, la bonhomía, y nuestra labor no consiste solo en que los chicos sepan los afluentes del Mekong, sino también en que sepan integrarse en una sociedad....

-         Ya, ya, pero ¿Él sabe los afluentes del Mekong?

-         A ver, él conoce algunos de los nombres, claro, pero no es de lo que se trata.

-         ¿Y en comportamiento? ¿Por qué te los has cargado en comportamiento?

-         Vamos, a ver, por favor, no se trata de discutir ahora que si por qué esto, y que si por qué lo otro. Tengamos un poco de perspectiva....

 

 

 

Cuando ella se dio la vuelta y se fue, pensé que la había convencido. Pero al final, resultó de aquellas veces que das una victoria por segura, te cambias de ropa, y cuando vas a por el premio te dicen “¿eh?”, y se ríen de ti, y ves como otro se va con el premio.

 

Daniel vino aquella misma tarde, enfurecido.

 

-         ¡A ver, enséñame el puto examen de mi hijo! ¿Qué mierda de milonga docente le has endiñado a mi mujer? Como vea el examen de Sunai, y esté como yo creo que está te vas a acordar de mi...

-         A ver, creo que estás excesivamente nervioso.

-         ¡Que me enseñes el examen!

-         Mira con este tono no te enseño el examen ni nada.  Es más, mira lo que te voy a enseñar...

 

 

...y ejecuté un “calvo” portentoso.

 

 

No sabéis todo lo que se pueden llegar a complicar las cosas. Daniel, enfurecido fue a hablar con la dirección. La dirección me reclamó el examen. Llegaron a la conclusión de que el examen no estaba para suspender, sino para sobresaliente. Me cayeron dos meses de empleo y sueldo.

 

-         Mejor que dos meses suspendido de sueldo, solamente.

 

 

Lo que quería ser una pequeña e inocente venganza, pasó a ser una especie de batalla. Daniel se fue después, todavía insatisfecho, como villano que era, al Juzgado y consiguió para mi una condena de seis meses, que tuve que cumplir porque había sido declarado prófugo del servicio militar hacía unos años, y eso contaba como antecedentes. Ante eso, la dirección, tan pusilánime decidió despedirme. Según me despidieron ingresé en presidio. Intenté reiniciar una especie de rumia de la venganza de la venganza, pero ví que me faltaba talento, y que me llamaba más la atención la música. En la cárcel estaba de moda otra vez el “skiffle” y yo, la verdad, era un especialista.

 

-         Tábano, tienes visita. Y menuda visita.

 

 

Ingresé en Los Kometax, como guitarra, lo pasábamos bien. Teníamos grandes armonías en nuestras voces, y empezábamos a sonar.

 

-         Visita ¿yo?

-         El tábano eres tú. ¿no?

-         Si. Pedazo de tía, sólo si es tu madre la respetaré, pero no lo parece.

 

 

Realmente los Kometax era todo mi horizonte. La geografía la había olvidado , y además, realmente era aburrida.

 

Efectivamente, la diosa Momonini se apareció ante mi, en el locutorio. Antes de esperar a que yo cerrase la boca, se sentó delicadamente tras el cristal, que no estaba tan limpio como en las películas, y descolgó el auricular con sus finas manos, sujetándolo junto a sus orejitas, dejando ver sus uñitas pintaditas de naranjita.

 

-         ¿Qué haces aquí? ¿No estáis satisfechos? El puto niño irá a Harvard, si le sale de los cojones.

-         Sólo he venido a averiguar una cosa...

-         Bueno, pero rápido, tengo un grupo de “skiffle”, ¿sabes? Y...

-         Solo quiero saber por qué lo hiciste.

-         Lo hice porque soy malo.

-         Tu no eres malo.

-         Soy malo.

-         No, a ti te pasaba otra cosa.

-         ¿Ah, si? ¿qué?

-         Que me querías, que yo te gustaba. He tardado en darme cuenta, y he pensado mucho, y como no me explicaba nada, al final he llegado a esa conclusión. Yo te gusto. Actuaste movido por los celos.

-         No pienso contestar a eso.

-         Tu a mi también me gustas.

 

 

¿Sabéis cuando el corazón decide ir por su cuenta, y le dice al tórax, agárrate macho que me disparo? Pues eso fue lo que me pasó a mi.

 

-         Estoy seguro de que no vas a repetir eso que me parece que has dicho.

-         Me gustas, no quiero seguir viviendo sin ti. Cuando salgas dentro de dos meses, te estaré esperando, y nos iremos tu y yo a vivir juntos.

-         ¿Y tu marido?

-         Que se joda.

-         ¿Y tu hijo?

-         Ese no es hijo mío. Aguanta dos meses, que no te podré venir a ver. Pero te estaré esperando a la salida.

 

 

¡Ahhhh! Momonini mía. No sabía como ponerme de rodillas para dar gracias a Dios, por brindarme aquel momento de felicidad, y enseñarme que yo también puedo ser feliz, y que ahí fuera me esperaba una diosa de la belleza y del arte. Y di por buena la cárcel, las sanciones, el mal rollo, las dificultades económicas....

 

Pasé dos meses ansiosos, me echaron del grupo de skiffle porque solo se me ocurrian canciones románticas., pero me daba igual. Los últimos días pasaban despacio como el timo por el tracto digestivo. Y yo me venía arriba, en los momentos de esperanza, y abajo en los de ansia. Y me agotaba tanto arriba y abajo.

 

Pero todo llega, y llegó el día de mi liberación. Y cuando atravesaba las puertas , camino de la libertad, y de mi ser venerado, con toda la cara alta y orgullosa, se me acercó, Max, el vigilante.

 

-         ¿Algun problema, Max?

-         Ninguno, ha llegado esta nota para ti, de una tal Momonini.

 

 

La nota decía esto:

 

“Hola...¿Te acuerdas de todo lo que te dije en el locutorio? Era mentira. Quería que sufrieras por todo el daño que nos has intentado hacer. Así que aquí no habrá nadie esperandote y que sepas que me pareces un pringao. Jódete , hijoputa.

 

            Descojonándose de ti

 

 

            Momonini”

 

 

Bueno, aquello me hizo un daño...

DANIEL Y MOMONINI (Amor Sulfúrico, V Esquivo Nirvana)

Los meses se miraron unos a otros. Se dijeron...¿Lo dejamos ya?, y, con el voto en contra de Abril, mes inquieto donde los haya, dejaron de pasar.

 

Tras las duras palabras que tuvimos Daniel y yo, la cosa se distanció un poco. El siguió con su musa salida de una concha, y yo con mi vida amargadita y seca, aunque también algo cálida. El primer sabor agradable de la envidia se me había pasado, y solo quedaba un poco de acidez, y también un poco de inquietud, porque resulta que la envidia es de paladar largo, como el Abadía de Retuerta, si se me permite la comparación.

 

Pero lo importante es que estaba tranquilo. Que ya había asumido que si cae una diosa sobre la tierra, no es obligatorio que sea para mí. Y puede, por ventura ocurrir que sea para un amigo, lo cual dificulta la digestión, pero no la impide.

 

Digerido pues, el ácido sulfúrico de la frustración, me volví a mis quehaceres, a mis clasecitas, a mis asnitos, y a mi geografía prescindible, y me volví tan doméstico que sólo me faltaba una rebeca verde sobre los hombros, y unas gafas de cerca sobre las narices, para parecer del todo inofensivo.

 

Durante mucho tiempo, nada supe de Daniel y Momonini, ni de la albóndiga, bueno de la albóndiga genérica sí, porque estaba en el menú del comedor los viernes, por detrás de la ensalada mixta, y por delante de los merengues rosas, pero me refiero a la albóndiga auténtica.

 

Nunca supe que les fuese mal a Daniel y Momonini. Pero lo sospechaba. Es verdad que cada vez pensaba menos en ellos, pero cuando iba los viernes al comedor, y veía las albóndigas, me acordaba de ellos, y les diseñaba finales prematuros y dramáticos, como por ejemplo, que Daniel se hacía de una secta, y ella huía conmigo...pero claro, conmigo no estaba, así que eso no podía ser. Pero hablaba de finales prematuros, no de finales posibles.

 

Afortunadamente en algunas ocasiones, y desgraciadamente en otras, es un hecho claro que el trabajo y las tonterías diarias acaban pringándolo todo, y luego no se reconocen las cosas con las que uno andaba pensando todo el tiempo.

 

 

Sunai Singh era un chico hindú, con la mirada brillante y despierta, y que aprendía geografía como nadie. Ninguno de mis otros alumnos llevaba los 12 años como él. Era una roca de responsabilidad, envuelto en un halo de la más alta educación asiática. Con un terrible pasado, eso sí. A sus padres los apiolaron en una especie de revuelta religiosa, o así, que hubo en su región. Poco después lo adoptó un matrimonio español, que no solo se ocupó de él, si no que también le respetó sus apellidos hindúes, en palabras de su padre adoptivo “para que siga sintiendo el orgullo de su raza”.

 

La sintonía educativa entre Sunai Singh y yo era absoluta, no sé, quizá era que el chaval no daba ningún trabajo, y eso me satisfacía enormemente, o quizá era que el chico respondía a los estímulos docentes con brillantez, y convertía en fácil el trabajo. No me extrañó nada, que me eligiera su tutor. E incluso, ya domesticado me pareció que era un asunto con el que uno podía sentirse feliz. Y si yo no fuera un solterón, y, por ejemplo me hubiese casado con una cubana, y ella estuviese en casa esperándome y al llegar me obligara a tumbarme en el sofá y con la mano me tocara el cabello y la frente y me preguntase (con su acento de varadero):

 

-         ¿Es que tu eres feliz...mi amol?

 

Pues si hubiese sucedido yo hubiera respondido.

 

-         ¿Por primera vez, Jennifer Ramírez, no albergo dudas a ese respecto?

-         ¿Qué tu estás diciendo?

 

 

Y me hubiera ido al baño, ya un poco cansado.

 

 

 

Pasó una cantidad de tiempo razonable. Y llegó aquella época de febrero, tan inopinada, en la que los tutores les dicen a sus tutelados:

 

-         Avisa a tus padres para una entrevista, malandrín.

 

 

Pues eso es lo que yo hice con Sunai.

 

-         Avisa a tus padres para una entrevista, caracandao.

-         Claro.

 

 

 

No habiendo nada que mencionar, o habiéndolo pero infortunadamente caído en alguno de los huecos de mi delicada memoria, llegó el día de la entrevista. Yo llegaba tarde porque me habían entretenido unos macarrones con bechamel gustosísimos y, con cierto apuro por no saber que clase de padres adoptivos me iba a encontrar.

 

Pero cuando entré en mi despacho y vi que estaban Sunai, Daniel y Momonini (la diosa de la concha) , haciendo un cuadro de familia feliz, con Daniel y Momonini, riendo sentados en las sillas de las visitas , mientras Sunai hacía una parodia de mi, con un cojín debajo del jersey, que no hacía ninguna falta, me di cuenta de que no sería en esta reencarnación en la que yo conseguiría un poco de felicidad. Esquivo nirvana...

 

 

Daniel, el bocazas, quiso estropear mi momento de disimulo ante aquella ostentosa burla:

 

-         Oye, perdónanos , por favor.

-         Perdonar...¿el qué? Insistí en el disimulo

 

 

El bocazas siguió

 

-         El niño, que te estaba imitando...

-         Ah, pues no me había dado ni cuenta...pero ¡bueno! Ha sido una gran sorpresa para mí que seais vosotros los padres de Sunai. Ni me lo podía imaginar.

-         Ah, pues nosotros creíamos que lo sabías. Lo trajimos al colegio porque queríamos que tuviese al mejor profesor de geografía. De todas formas los nombres de los padres aparecen en la ficha tutorial.

 

“¡Rayos!”- Pensé, “Conviene leerse de vez en cuando las fichas tutoriales.”

 

-         Ah, la ficha tutorial, si, la leí, claro pero no caí en el asunto.

 

Momonini permanecía callada, y Sunai también, aunque Momonini le hacía gestos a Sunai para que se apartase el flequillo de la cara. Al mismo tiempo, me di cuenta que el niño me caía fatal. Y Daniel. Sólo me caía bien Momonini, aunque un poco mal también. Por estar con Daniel, claro. Y por haberse domesticado, y me vino a la cabeza la canción “Linda prima”, pero mi mente no fue capaz de dar con una de las notas de la melodía del estribillo.  Me pareció que Momonini estaba domesticada. Y eso me pareció mal. Una diosa salida de la concha, domesticada.

 

Estuvimos hablando un buen rato de motivaciones, dislexia, esfuerzo, sprint final, actividades de cara al verano, de la evolución de Sunai. Y yo por más que pensaba en cómo hacerles daño, sobre todo a Daniel, utilizando el poder que me había caído en las manos, no daba con la solución. Y entonces mi conversación se volvía estúpida y pastosa, y entonces intervenía Momonini y lo dejaba en evidencia preguntando en voz toda altota si me pasaba algo:

 

-         ¿Qué si me pasa algo? Que te quiero, coño, y que valgo más que él.

 

 

Me consolaba pensando en lo que pasaría si dijera eso. Pero no lo dije. Ni, de hecho, me consolé, tampoco.

 

Momonini se levantó.

 

-         Creo que Sunai está en las mejores manos.

 

 

Pero fue una cosa que jamás debió decir.

 

Y no os creais que me gusta mentiros diciendo que un capítulo es el último, y luego no lo es. Lo hago, pero no me gusta hacerlo.

 

El siguiente capítulo desvelará todos los misterios, y ...

DANIEL Y MOMONINI (Amor Sulfúrico, IV Acidez)

¿Y como pudo ser?

 

No sé, porque me duele recordarlo, porque yo tengo, como ya he dicho la miseria de que no me importa tanto no conseguir algo que juzgo imposible, como que el otro lo consiga.

 

Llamé a Daniel, para corroborar su fracaso. El caso es que los había dejado juntos, y como Daniel jamás dejaba que la realidad se interpusiera en su mundo de ilusión, quería comprobar que estaba bien jodido.

 

-         Dani.

-         ¿Qué pasa, tío?

-         Dani..¿Cómo estás?

-         No lo vas a creer, colega.

-         ¿Qué?

-         Momonini.

-         ¿Te pegó?

-         ¿Qué si me pegó?

-         O sea, ¿Se enfadó?

-         ¿Qué si se enfadó?

-         ¿No? ¿Entonces?

-         Hemos unido nuestro destinos.

 

 

Esta frase todavía no me dolió, porque estaba seguro de que Daniel había interpretado mal, algún comentario de Momonini, por ejemplo, Momonini le había dicho algo como “ Vete ya a la mierda”, y el había oído “No quiero que mi amor por ti se pierda”. O tal vez aquello de “Unir nuestros destinos” se refería a algo de tipo profesional, como montar una galería de arte a medias,o un restaurante de cocina sueca...

 

-         Ajá...¿Vais a montar una especie de sociedad?

-         Claro: “La sociedad del amor eterno”

 

 

Y añadió el veneno para mi:

 

-         Nos amamos.

 

 

Y, tontamente, pasaron seis meses.

 

Os quiero ahorrar ciertos detalles. Sólo os diré que Daniel y Momonini salieron juntos cada día durante esos seis meses. Y cada día yo hacía votos secretos, íntimos y neblinosos para que aquella relación se fuese al garete.

 

Muchos días no sabían salir solos, y entonces me avisaban a mi y a la albóndiga para que fuéramos con ellos, y , claro, Daniel era envidiado, pero yo no. Y, me explico, no es que la albóndiga fuese horrorosa ni nada de eso, pero es que al lado de Momonini, cualquier mujer e incluso cualquier samoyedo, oscurecía, y resaltaban por encima de todo sus defectos. Pero ni siquiera eso era tan malo, como el hecho de que estuvieran todo el rato besándose y gastándose bromas, haciéndome infeliz.

 

Y luego, cuando no salían era peor. Entonces se me venía encima la chapa agónica de Daniel:

 

-         No sabes que tía. Es como un amigo, un compañero, se puede hablar de todo con ella.

-         Si, eso está fenomenal.

-         Y, luego es muy comprensiva, me dice que salga por ahí contigo, y con otros colegas, pero yo es que no puedo, no me sale. Cuando no estoy con ella solamente puedo echarla de menos.

-         Es guay, si.

-         Me complementa como individuo. Parecía que estaba ahí esperándome.

-         Ya ves, colega.

-         Y te digo una cosa, y tu sabes bien, que yo no soy de los que se emocionan fácilmente. Pero es que es verla, y saber que siempre estaremos juntos.

-         Bueno, eso nunca se sabe.

-         No, a lo mejor tu no lo sabes, pero los que lo hemos sabido alguna vez, lo sabemos.

-         Insisto.

-         Insistes porque no te esfuerzas en encontrar la felicidad. Yo me lo he currado, y ahí estoy, feliz de la vida.

-         Eres un poquito pesado, Daniel, ¿Tu que sabes de mis movidas?

-         Sé que no maduras. Pero es que te hace falta encontrar a alguien. ¿Cómo te va con la albóndiga?

-         A la albóndiga y a mi, no nos va nada, no somos nada, ni lo seremos, y metete en tus asuntos. A lo mejor resulta que tienes cosas de las que no te estás preocupando lo suficiente, ¿eh?

 

 

 

No sé exactamente, porque utilicé la vieja táctica del ventilador y los gusanos carroñeros en un campo de estiércol. Pero funcionó. Daniel me preguntó a quince bajo cero.

 

-         ¿Qué has querido decir exactamente con eso?

-         Nada.

-         ¿Entonces por qué lo has dicho?

-         Por nada.

-         Lo habrás dicho por algo, nadie dice las cosas por nada.

-         Yo sí. Yo digo las cosas por nada.

-         O sea que eres tonto.

-         A lo mejor.

-         Adiós.

 

Y fueron y pasaron dos meses. Tiempo suficiente para que la rutina siente su ancho culo sobre todo, y las cosas se pongan en un modo que todos las comprendamos.

 

 

 

 

 

El siguiente capítulo es el definitivo y final. No se lo vayan a perder.

DANIEL Y MOMONINI (Amor Sulfúrico, III Momonini)

En “La mamita”, y habiendo llegado media hora antes al lugar de la cena rara, yo trataba de hacer comprender la situación a Daniel. Y Daniel se empeñaba en no poner ni un tantito así de voluntad por comprender.

 

-         ¿Pero está buena?

-         Es que no lo sé.

-         Vamos a ver, la albóndiga no está buena, eso lo sabemos. Pero de la otra no tenemos ni idea. ¿Y aun así, quedas?

-         Si. La verdad, que no sé...

-         Tío, creo que eres tonto.

-         ¿Y tu? Tu también has venido ¿no?

-         Es distinto. Yo he venido por curiosidad.

-         ¿Curiosidad? Si tu a la albóndiga no la podías ni ver, no hacías más que mostrarle todo el rato tu desprecio.

-         A mi modo la apreciaba.

-         Daniel, por favor. No hacías más que martirizarla.

-         Éramos muy pequeños. Además tu no te quedabas atrás.

-         Perdona, pero tu tenías las ideas.

-         Claro, claro.

 

 

Cuentan que hubo un enmudecimiento histórico en la iglesia Saint Michael, en Glasgow, cuando la duquesa Le Boeuf entró en la misma el día de su boda. Era tenida por la “enmudecida” más notoria de los últimos quinientos años. Se paró el viento, cesaron los cantos de los mirlos, aunque estó apenas se notó porque soplaba un viento de cojones, cesaron a un tiempo los cocheros de agitar los cascabeles de las fustas, cesaron las conversaciones,.....pues bien, tal vez aquello había sido el récord durante un buen montón de años. Pero si hubiera justicia en el mundo, aquel record hubiera tenido que anularse oficialmente cuando dos mujeres entraron en “La Mamita”. Vosotros ya sabéis a quienes me refiero, malandrines. Verdaderamente, la entrada de la mujer de las dos que más se parecía a una albóndiga, hubiera pasado desapercibida por si sola, incluso, quizá hubiera arreciado una pañolada, o un ligero rumor de insultos.

 

La otra mujer, sin embargo, acalló las conversaciones, el sol se ocultó tras una nube, completamente avergonzado de quedarse sin brillo, los camareros se hubieran tropezado entre sí, de no haberse quedado estáticos e hipnotizados, las sopas dejaron de hervir, las lubinas salvajes se transformaron en arenques domésticos, se redondearon las esquinas de los cachitos de zanahoria cortados en juliana de las guarniciones de los muslos de pavo, a los que les dio un ataque de celulitis, las orejas de los conejos al ajillo se quedaron tiesas, donde quiera que estuviesen, el pan duro se arrojó a las jícaras de leche que había en la cocina, un cliente con el pelo negro encaneció de pronto, otro con el pelo blanco sufrió una involución temporal, otro que odiaba las jotas se puso a cantar una (“Que putada que putada, ser un pez espada). Un cacereño que comía ravioli se hizo chino para siempre...

 

Los últimos en enterarse fueron nuestros amados idiotas preferidos: Daniel, y yo mismo.

 

Cuando la al...Rebeca y Mónica se acercaron a la mesa, yo estaba aun buscando defectos en la piel, en la nariz, en la frente, en cualquier sitio. Pero no había nada. Eso era yo, pero es que a Daniel le había entrado en pérdida la mandíbula.

 

-         Hola Dani, hola narrador. Os presento a Mónica.

 

 

Me suena todo que se oyeron unos clarines. Ahora, después de tanto tiempo no estoy seguro. Yo me quedé petrificado ante la belleza de aquella mujer. Petrificado, lo cual implica callado. Pero Daniel, por ejemplo, no se calló. Cometió el error que cometen todos los estúpidos. Intentar hacer méritos de inmediato, y abrió la boca:

 

-         Ho-ho-la, Mo-mo-ni-ni. Hola Mo-mo-ni-ni. ¿Qué que tal tal?

 

 

Y os aseguro que verla de pie, fue una revelación, pero es que cuando se sentó a mi lado y frente a Daniel, apenas podía respirar. Y me parecería un insulto pretender describirla. Es más, confieso que no puedo. Lo único que puedo describir es el efecto que producía en nosotros, cómo de repente me sentí poco para ella. Pero que no lo dudé ni un instante. Es decir, no estuve pensando: “¿Soy o no poco para ella?” Nunca me planteé esa pregunta, no hubo dudas. Hasta la dorada a la plancha me decía:

 

-         Supongo que ni por un momento pensarás que...

-         No lo pienso, pero no porque me lo digas tu. Sino porque lo he pensado yo. A ver si te crees que una dorada a la plancha me va a decir a mi...

-         Por eso, por eso, porque ni de coña...

-         ¡Que te calles, deja de joderme!

 

De todas formas, a pesar de las conversaciones con mis platos (Los pimientos de padrón estuvieron especialmente picantes conmigo), la cena transcurrió de modo agradable, y pensé durante la mayoría del tiempo, que Daniel no estaba tampoco a la altura, y que ya que yo no podía llevarme a la chica, al menos él tampoco. Y esto me hizo crecerme, y durante la última parte de la cena, estuve ocurrente y gracioso. Y Momonini se reía de mis chistes, y les sacaba punta y me los devolvía afilados, y yo se los afilaba un poquito más y todo formaba parte de un reto encantador que consistia en saber quien acabaría rompiendo la mina, y jijijí y jajajá. Y, lo mejor, Daniel y la albóndiga, a sus cosas, y yo hablando con Momonini. Y Daniel intentaba meter baza, y Momonini le pegaba un corte que para qué. Y entonces yo pensaba “Vale, yo lo tengo imposible, pero tu, aun más...”

 

 

No entiendo que es lo que salió mal. No sé cómo ocurrió que tras la satisfacción de pensar que mi amigo no conseguiría a la chica, me tuve que llevar aquel disgusto a la mañana siguiente.

 

¿Cómo fue que Daniel se llevó a la chica, eh?

 

 

 

Y la llamo chica por no decir diosa...

 

DANIEL Y MOMONINI (Amor Sulfúrico, II)

Tan pronto como ella hizo esta conclusión, y sin apenas tomarme medio minuto de embarazoso silencio, llegué a una conclusión.

 

-         La albóndiga.

 

 

Me pareció cruel tomarle la palabra a mi antiguamente despreciada albóndiga, y haciéndome el sueco, acerca del mote, hice visible que me daba cuenta de quién era ella.

-         ¡Rebeca! Qué gran sorpresa. ¿qué haces tu por aquí?

-         Si. Cuando nos conocimos me llamabais la “Albóndiga”

-         Eran Daniel y los otros, y nunca delante de mi...

 

 

Esto, que hay pervertidos que lo llaman mentir, no es mentir. Se llama mentir, también, pero es un concepto amateur de la mentira, porque el que la dice no obtiene un beneficio de ella. Y echarle la culpa a Daniel...bueno Dani había hecho muchas cosas para ser castigado en la vida, y muchas de ellas quedaron impunes, así que aquel acto mío no era más que una pequeña reparación de la injusta suerte que había tenido Dani en toda aquella mitad de su vida.

 

-...de todas formas, déjame decirte que ahora mismo sería      imposible    relacionarte con una albóndiga, porque estás delgadísima y estupenda (esto me quedó en plan mariconada)...

 

-         ..oye, disculpa, no quiero cortarte ni nada, pero necesito localizar a Daniel.

-         ¿A Daniel? (No sé porque se me ocurrió preguntar eso, para darle pié tal vez)

-         Si. A Daniel. Verás, es un poco largo de explicar. Pero tengo una amiga muy interesada en conocerle.

-         ¿Una amiga? (Ya si que renuncio a explicaros la causa de mi brillantez en las preguntas)

-         Mónica. Le conoció por una foto, que teníamos los tres. Una en la que tu me agarrabas por los brazos y Daniel me daba collejas. Éramos pequeños. Pues resulta que mi amiga vió en la foto a Daniel, y no lo vas a creer pero está empeñada en conocerlo.

-         ¿Una foto?

-         Si, o sea , ella es la psiquiatra que me trató por una depresión que tuve a los 22 años o así. Desde entonces somos amigas. Hace poco, estando ella en casa, me puse a hacer limpieza de cajas chinas con fotos, y salió aquella foto, y a ella le venció la curiosidad y se emperró en conocer a Dani. Me pregunto si podrías arreglar una cena entre ellos...

-         Mejor aun podemos cenar los cuatro, así no será tan violento.

-         Estupendo..¿esta noche?

-         Perfecto. A las diez en “Mamita”.

-         Pues entonces ya me voy.

-         ¡Oye, oye, Rebeca, una cosa!

-         ¿Si?

-         ¿Es guapa tu amiga?

-         ¿Guapa? Es la mujer más guapa del mundo, la que mejor tipo tiene, y la más simpática, la más morena, la más deportista, la más culta, lo tiene todo.

-         ¡Anda, anda! ¿Será para tanto?

-         ¿Tu sabes como la llamamos?

-         Mónica ¿no?

-         No, la llamamos Momonini, porque los hombres al conocerla tartamudean.

-         ¡Madre mía! Pues entonces a las diez en “Mamita”

-         Hecho.

 

Y se fue. Y yo pensé: “Si, vale quiere conocerle a él, pero si está tan buena, acabará conmigo” Y también pensé otra cosa de la que no estoy orgulloso:

 

-         Ponte guapa Rebeca, o mejor dicho, date perejil, “albondiguilla”

 

 

La lectura del capítulo III, es clave para la comprensión de la obra, aunque reconozco que la comprensión de la obra no es clave para nada.

DANIEL Y MOMONINI (Amor Sulfúrico, I)

Si por los hechos fuera, podría empezar a relatar esta historia desde cualquier instante de la misma, y, luego con recuerdos o apariciones o varias cositas, podría dar marcha atrás, y luego hacia delante, y daría igual. Os resultaría increíble. Pero fascinante. O en realidad, mejor pensado, diríais: “Caramba, que historia tan notable, y que bien contada, y qué cuerpo granítico debe tener el autor”. Diríais eso, por supuesto. Y como sois educados habría una cosa que no diríais, pero seguro que la tendríais dentro:

 

-         Esto no puede haber pasado nunca, no me lo creo.

 

 

Y yo tendría mi respuesta lógica, contundente, y preparada para resolver vuestras dudas:

 

 

-         Jodé que no.

 

 

Momonini, que se escribe junto, pero se pronuncia separado, no nació. No sé como llego al planeta, pero sé que no nació. No cagó pañales ni lloró mocos, ni berreó, ni fue al cole ni nada. Un buen día, ya sabéis, buen día, un día de esos en los que los jardineros están regando los jardines, y a ti no te apetece aun que te rieguen, pero que sabes que en una semana o así te va a apetecer...un buen día, apareció sobre el planeta. Esto que lo vayáis sabiendo. Y ahora vayamos a mi barrio.

 

Ya dije que clase de día era, si no queda claro, puedo decir también que era de esos días en los que se sabe, de antemano, que algo especial va a suceder. Y, muchas veces te confundes, porque por ejemplo, se rompe la fuente de la plaza, y ¡date! Te crees que era eso lo que iba a pasar, pero a las dos horas, detienen a un exhibicionista, y resulta que era el ferretero, y vuelves a decir ¡date! Ahora si que si. Era eso. Y no, porque ese día, a los quince minutos descubres que...

 

Pero tratándose de Momonini, podéis creerlo, todo da igual.

 

A la hermana de Luis Trompeta, la llamábamos Albóndiga, y era fea para lo que se estilaba en los locos 80. (Quizá tampoco era ningún bellezón para el estilo de los locos 90, ni en los locos 2.000, de hecho probablemente era fea para cualquier año loco, o jacobeo...) Albóndiga siempre se venía con nuestra pandi, a pesar de que como buenos cabrones adolescentes, nos dedicábamos básicamente a fastidiarla por diversión.

 

Y esto es lo primero que no vais a creer.

 

Pasaron veinte años de golpe.

-         ¿veinte años?

-         Si, veinte años.

-         Joé.

-         Ya.

 

 

 

Yo me había convertido en un apuesto y diligente ejecutivo de la compa..(perdón, estaba mintiendo, me arrepiento)

 

Yo era un humilde pero alegre profesor de instituto, alegre, por haber conseguido trabajar en mi decimosexta cosa preferida, la enseñanza de la geografía. Y ya había llegado a la conclusión de que la economía de cualquier país cuyo nombre no te suene, es básica la mandioca. Un buen día, de esos que he nombrado al principio, un día en el que me había quedado solo en el aula pues todos los alumnos se habían marchado ya. Cuando estaba refrescando la memoria, pensando en si la capital de Mongolia era Ulan Bator, observé con el rabillo del ojo como alguien con una chaquetilla encarnada, se acercaba con pasos tímidos hacia mi silla.

 

Levanté la vista.

 

-         ¿Le puedo ayudar?-dije , encantador.

-         ¿No me conoces?

-         AH, pues perdona pero no...

-         Soy Rebeca.

-         ¿Rebeca?

-         La hermana de Luis.

-         ¿Rebeca la hermana de luis?

-         ¡¡LA ALBÓNDIGA!!, dijo ella, resignada.

 

 

 

Veréis que guiso...

ELLA, LA PETARDILLA, CONTESTA AL CANALLA. SONETO RESPUESTA

En realidad, pelma, no es suficiente

Tu verso, más que lindo, meritorio

no llega a transfomar en “donjuantenorio”
a un gusano que se cree serpiente

 

Si nos ven juntos ¿qué dirá la gente?

“¿Qué diferencial entre ellos tan notorio?”

¡Un saco de críticas! ¡Que repertorio!

¡Qué huella, qué baldón, para mi frente!

 

No me sustraeré, pues al hecho

de que es mejor no remar, sin remo
que ahora la vergüenza me avasalla

 

vayamos dejando esto, en barbecho

porque amigo mío, mucho me temo
que ni siquiera das para canalla

SONETO DEL CANALLA UN POCO ARREPENTIDO

Vengo a ser, aunque aproximadamente

lo que se suele conocer como canalla

ese que las “mata”, pero luego se lo calla

y no pasa nunca un mes sin que las cien cuente

 

¿Las cien? Y hasta más que de repente

desde la cúspide de oro de mi atalaya

de conquistador que al paso las desmaya
pienso que algún mes llegué a las ciento veinte

 

Así que ahora de mi asombro yo no salgo

al ver tu clara expresión aburrida

ignota para mi en otras mujeres

Si a tantas conocí, será por algo
entonces ¿qué es lo que te pasa a ti, mi vida?

¿Por qué, tu, petardilla, no me quieres?

 

 

No se pierdan la respuesta de ella, oigan.

POR LA FAZ. NO A LA PERRA (V). FIN

-         ¿Qué toma, caballero?

-         Un tinto.

 

 

Toda la moraleja de esta historia, se lió como un pañuelico al cuello de Dimas, y se le iba haciendo un nudo cerebral. Y de repente se puso a pensar en congrios, sin venir a cuento.

 

-         Congrios. Congrios guisaditos con patatas y guisantes.

 

 

Pero una voz insegura interrumpió sus pensamientos, que luego, aunque Dimas no lo supiera se iban a ir a la fauna abisal, y por derivación al verbo avisar, y luego a los traidores...

 

La voz insegura correspondía a un ser humano, aproximadamente. Iba con mono de faena y llevaba un cubo y una fregona.

 

-         Soy el Farlopa..¿Me ha llamado?

 

 

Dimas se giró sorprendido hacia el lugar de donde venía la voz.

 

-         ¿Yo? Que vá. ¿Se cree que me dedico a llamar a gente con mono de limpieza si tengo dudas existenciales?

-         Está hablando conmigo, caballero- dijo el barman detrás de la barra.

-         Oh- alcanzó a decir Dimas. (y si hubiera sido un personaje de tebeo hubiera dicho ¡Que plancha!)

-         Farlopa, repara la zona-dijo a su vez el barman-

-         Perdona un momento. ¿Tiene dudas existenciales?

-         Existencial la patada en los huevos que te voy a meter...

-         ¡¡Eh, eh!! Que no estoy hablando contigo, estoy con el abuelo profundo.

-         Si que las tengo-dijo Dimas.

-         Efectivamente-corroboró Dick. (Dick no es personaje de este cuento, es de Enid Blyton, y me hacía gracia que lo único que hacía el tío era corroborar)

-         Bueno, me voy que yo no soy de esta movida –dijo, Dick

-         Adiós Dick, dijo Dimas.

-         Adiós Dick, dijo el barman.

-         Adiós Dick, dijo el Farlopa.

-         Si, tíos-corroboró Dick.

-         A lo que íbamos señor Dimas, ¿Me ha dicho usted antes que se llama Dimas, o lo he acertado yo por las buenas?

-         Lo acertó, lo acertó.

-         ¿Quiere que le ayude a tomar una decisión, acerca de su duda?

-         Si, venga.

 

El Barman se puso a lo suyo, pero a partir de ahora (ahora en el cuento, amiguitos, no ahora, ahora, ¿entendemos?) cada dos por tres señalaba un manchurrón humejigoso en el suelo y decía:

 

-         Farlopa, repara la zona. (O sea que cada vez que suene esta frase, la dice el Barman)

-         Señor, Dimas-dijo Farlopa-usted no sabe si quiere vivir ¿A que no?

-         Si. No sé. O sea, no. Que es verdad lo que dice, usted.

-         Farlopa , repara la zona (¿Recordáis?)

-         Es verdad que no sabe si quiere vivir.

-         Es cierto. Si.

-         Quiere usted ¿Un pespaljonio?

-         No sé lo que es.

-         Pero yo se lo ofrezco. ¿lo quiere?

-         Venga. Vale.

-         ¿Por qué lo quiere si no sabe lo que es?

-         Por si acaso es algo bueno.

-         Farlopa, repara la zona.

-         ¡Pues he ahí la clave,. Hombre!. Usted sí que quiere vivir. No sabe lo que le puede ofrecer la vida, pero ¿Y si es algo bueno?

-         Ondiá, pues es verdad.

-         Claro, tonto.

-         Farlopa, repara la zona.

-         Pues curado. Le ha curado el Farlopa.

-         Farlopa, repara la zona.

 

 

 

Dimas agradeció la curación a su sanador el Farlopa. Apuró el vaso de tinto, y abrió la puerta. Y salió.

 

-         Farlopa repara la zona.

 

 

-         ¿Sabes?-le dijo el Farlopa al barman cuando se quedaron solos- esa frase que dices tu de “Farlopa repara la zona” si pintas las letras en una cartulina morada clara, y luego las recortas en con una tijera redonda, y las pegas con cola de carpintero y agua en otro orden, podría ocurrir que se leyera la frase “Por la faz, no a la perra”

-         Puede, pero sin coma.

-         Sin coma.

 

 

Por otro lado y a su bola, Dimas cruzó la calle y le pasó por encima un camionaco de diecisiete mil toneladas que acabó con su vida dubitativa.

 

-         ¡Chofff! –corroboró Dick.

 

 

 

FIN

POR LA FAZ. NO A LA PERRA (IV). CASI FIN, PERO NO.

Dos cosas le llegaron a la cabeza a Dimas, cuando caminaba por la acera. Primera, la idea no descriptible con palabras, pero contundente y muy clara, en el “lenguaje” en que el que quiera que se desarrollen los pensamientos, de una desesperación diáfana (¿o no?). Y, la otra cosa que le llegó a la cabeza fue una estúpida lluvia fría, con gotas duras y pequeñas, como los laterales derechos galeses, y que no le dejaba pensar en paz.

 

            Pero la desesperación, (Y ahí, se equivocaba Dimas) no era en realidad un pensamiento. Ni tampoco un pimiento. “La desesperación no es un pimiento”, sino un sentimiento. Y la lluvia de gotas duras y pequeñas, le dejaba sentir. Y, él, que siempre se había reído de la gente con agobios mentales, porque nunca los había sentido, tuvo que capitular, y después de capitular, aun tuvo que recapitular, y se dio cuenta de una cosa:

 

-         Me he dejado la boina  donde el loquero.

 

 

Pero también se dio cuenta de otra:

 

-         La vida es rara.

-         ¿Perdón? – le dijo un viandante.

-         No iba con usted, señor, estoy hablando solo.

-         Ah.

-         Por ir con prisa.

-         ¿La vida es rara por ir con prisa?

-         La vida es rara y punto. Lo que pasa por ir con prisa es que me he dejado la boina.

-         Ah. Perdón ¿eh? No pretendía cotillear ni nada. Yo soy solo un viandante, a fin de cuentas. Adiós.

-         Hala, adiós.

La lluvia de gotas pequeñas y duras, dio paso, no sin cierta resistencia , a otra lluvia más negra, grande y blanda...y...y...y...

 

            Y ortodoxa.

 

 

            Dimás miró al suelo, y vio a una pobre hormiga de esas gordas y escandalosas, que, víctima de un goterón luchaba afanosamente, por disfrutar de a lo mejor quince minutos más (porque resulta que estos bichejos viven poquísimo tiempo) de vida. Y eso que igual, con todo el esfuerzo el hormigarraco consigue salir del charquito, y después se lo zampa un cuervo o un puto gorrión.

 

            Así que Dimas, a pesar de la lluvia, pensó.

 

 

-         ¿Por qué lucha este animalillo desgraciado por su vida? Su vida nos pongamos, como nos pongamos es una ful. Es corta y azarosa, todo lo que le pasa es malo. ¿Qué es , que es? Y se paró en medio de la calle. Y se dijo solemnemente: ES INSTINTO.

 

 

Y una vez que supo de lo que se trataba, se le ocurrió que le apetecía un tinto, y entró en el primer bar que vio.

 

 

Y  fue una idea putapénica, podéis creerlo.

 

Pero ya os contaré, ya.

POR LA FAZ. NO A LA PERRA (III). EL TEST

Culonogal habló con claridad y de manera concreta.

 

-         ¿Alguna duda?

-         De momento no. Cuando me empiece a explicar ya le diré.

-         El test de Tagamata se hace así. Es una serie de preguntas y respuestas. Del resultado final pretendemos extraer una serie de claves que permitirán definir exactamente cuales son sus intereses, y cuales son los puntos de reactivación de su motivación en la vida.

-         ¡Da buten!

-         ¿Ha entendido?

-         Mas o menos.

-         Pues cuando quiera.

-         ..............

-         ...............

-         ..............

-         ..............

 

Lourdes hizo un levísimo, y a la vez elegantísimo mohín de impaciencia, y, por fin habló.

-         ¿Y bien?

-         No me ha hecho ninguna pregunta...

-         Ah, perdón, es que en un Tagamata las preguntas las hace el tarao. Perdone que no se lo explicara.

-         ¡Vaya! Por fin algo original. ¿Y puedo preguntar lo que quiera?

-         Pues claro, pero yo también puedo responder lo que quiera. Así que le recomiendo que no haga preguntas muy personales, porque yo soy más sincera que un calamar.

-         Pues entonces pierde la mitad de la gracia.

-         El Tagamata no tiene gracia ninguna.

-         ¿Preparada?

-         Si.

-         Allá que voy ¿eh?

-         Si.

-         ¿Empiezo?

-         ¡Venga coooño!

-         Voy. Si ahora pudiera elegir ¿Preferiría no haber nacido?

-         No.

-         ¿Preferiría haber nacido hombre?

-         No.

-         ¿Preferiría alguna otra cosa en general de lo que es?

-         No.

-         ¿Es todo perfecto en su vida?

-         No.

-         ¿Cree que la vida puede ser perfecta?

-         No.

-         ¿Cuándo ve gente pisoteada por la vida, piensa que la vida es una mierda?

-         No.

-         ¿Piensa, como yo, que caso de que la ligase, después de la historia tanto usted como yo sentiríamos una sensación de vacío de lo más incómoda?

-         Usted ni idea. Yo sí. Y también, a lo mejor de asco.

-         ¿De asco? Serás...

 

 

Se abrió la puerta y apareció “El Monje”. Y habló en tonillo profesional, en una especie de código de la profesión...

 

-         ¿Cómo va todo, un k.37?

Eso lo dijo dirigiéndose a Culonogal. Culonogal, ignoró a Dimas, y se dirigió a “El Monje”

-         Exacto, un k37 indudable, quizá con algún matiz del 36

-         Eso pensé yo nada más verle, un 37, con reflejos del 36.

-         ¿Entonces, un tratamiento de Surpes Criolítico?

-         Sin duda sería lo más indicado. A no ser que sufra de Ingaudia

-         ¿Ingaudia? No es factible por el Perservadurismo Angiónico.

-         ¡Genial! A mi que me parecía Engorasmudia Piridiforme Aguda?

-         Es que es muy fácil de confundir pero la Engorasmudia suele dar Doblez de Stevens, que no se detecta en el Tagamata.

 

Cuando iban por el Perservadurismo, ya estaba Dimas en la puerta. Y Ya la había abierto.

 

-         Tu, listillo. Y tu fea. ¿sabéis lo que os digo? ¡¡Que no tenéis ni puta idea de nada, que me largo de aquí, porque no tenéis más que rollo, y estási vacíos que te cagas. Adiós.

 

 

Y nosotros nos vamos hasta el próximo, definitivo y sorprendente capítulo, no sin advertir que Culonogal y “El monje” no se habían dado ni cuenta de que Dimas se había ido, y seguían discutiendo en su encantadora jerigonza.

 

Ahí está.

POR LA FAZ. NO A LA PERRA (II)

Una vez determinada la existencia de un problema, y de la necesidad de resolverlo (Porque luego hay problemas que se sabe que están ahí pero que no se resuelven porque no tienen solución, ejemplo, la tía Consuelo es coja, y los hay que no se resuelven porque no tienen mayor importancia, ejemplo, acabo de comer pimientos y tengo regüeldos ) Dimas tomó la resolución de visitar a un psicólogo de gran prestigio, Fernando Bra, el “Monje”.

 

 

            Al entrar en el despacho, Dimas agradeció que hubiera un perchero donde colgar el sombrero que otrora había ocultado su pelambrera roja, y que ahora ocultaba su pecosa calva. Tras un breve intercambio de frases de bienvenida intrascendentes, y de tomar ambos asiento entre sonrisas corteses, dejando de por medio la mesa del despacho, “El Monje” le pidió a Dimas que expresase de la manera mas sencilla posible la inquietud que le había llevado hasta allí.

 

 

-         Señor Bra. Más que una virtud se trata de una certeza: Ya lo he dado todo en la vida. Vengo a ver si existe un motivo oculto que no se me haya ocurrido antes, para que yo siga viviendo. O si debo de acabar con mi vida de una vez, y caso de ser así, si a usted se le ocurriera algún modo que no diera que sufrir, y a ser posible que no diera que hablar tampoco.

-         De modo que quiere usted suicidarse...

-         No, sólo si llego a la conclusión de que no existe esperanza de ser feliz para mi.

-         Es usted desgraciado...

-         No. Soy nada. Aburrido, diría yo.

-         Cuénteme cosas que le guste hacer.

-         No hay nada, hoy en día que me guste hacer.

-         ¿Le gusta no hacer nada?

-         Tampoco. Pero no es que lo odie, es que me da igual.

-         Desilusión.

-         Si. Pero me da igual, también la desilusión.

-         ¿No hay nada que le haga ilusión?

-         Bueno, quizá las cosas primarias, ducharme, que me regalen algo por mi cumpleaños, que me mire con interés una mujer...nada por lo que merezca la pena vivir, la verdad.

-         Parece estar determinado...

-         Tampoco exactamente, es que me da igual.

 

 

En ese momento entró la enfermera Lourdes, con su pandero de nogal, y sus tacones de matar. Y sus ojos afilados que rasgaban corazones, y sus mejillas suaves y tostadas y su boca hecha para besar y no para comer quisquillas, ni para ninguna otra cosa. Y susurró al oído de “El Monje” una corta frase, pero que tuvo un resultado demoledor. “El Monje” se levantó y se dirigió a Dimas, mientras se iba:

 

-         Ahora Lourdes le hará el test de Tagamata. Necesitamos recopilar una serie de datos. Sea lo más sincero posible en las respuestas. Yo he de ausentarme durante unos minutos, enseguida estoy con usted.

 

Como Lourdes era la mujer más hermosa del mundo, a Dimas, sensible a este tipo de hechos, no le pareció mal la sustitución y se dispuso a contestar las preguntas de Culonogal.

 

Que ya veréis qué preguntas...

POR LA FAZ. NO A LA PERRA (I)

Aquella mañana, tal vez sintiendo que llegaba el final, pero eso sí, sin estar seguro, el abuelo quiso hacer un balance de su vida.

 

-         Y ahora ya ¿Para qué? Si sale malo le va a quedar mal cuerpo, y no se puede rectificar, ya.

 

Así le habló Benjamo, el portero, cuando el abuelo se lo comentó. Pero el abuelo no se quiso callar

 

-         No se trata de un para qué. No se trata de un para qué.

 

 

 

Así que aquella mañana el abuelo Dimas, que fue pelirrojo, y traductor en un crucero turístico, que nunca le gustaron las nueces, que era zurdo, que no le daba importancia si no se le decía “buenos días”, que supo ejecutar los golpes difíciles del tenis mejor que los fáciles, que, con toda honestidad, jamás le concedió importancia a ganar, ni siquiera cuando lo hizo y que gozó del favor de muchas mujeres sin creer merecerlo...sintió que no tenía más novedades que aportar al mundo.

 

Y esto, contra lo que se pueda pensar, aquello no le entristeció, sino que lo aceptó de muy buen talante, y se dijo que bastante gente había conocido y que aunque no tenía nietos, la gente le conocía por “el abuelo” por su carácter dulce y apacible y, que en resumen un buen montón de gente le quería.

 

            Pero el dilema, como un perro gorroneando cachos de filete, seguía ahí. ¿Dejar que las cosas sigan su curso? O ¿Acabar con todo de una vez? Le vinieron a la mente las declaraciones de Mondáriz, el futbolista que dejó el fútbol a los 39 años.

 

-         No quiero arrastrarme por campos de regional.

 

 

Ese era un punto incuestionable. Ahora tenía 78 años. ¿Y si vivía hasta los 102, o más? Se pasaría 24 años despidiéndose. Y el problema de las despedidas largas, es que la gente acaba deseando que te pires de una vez. Y lo malo es que se les nota.

 

Pero, claro, a su vez, la solución final no estaba exenta de problemas. Uno importante, por ejemplo, era el dolor. Otro era el miedo. La combinación de ambos también tenía lo suyo.

 

Y, así, muy a lo tonto, Dimas se vio envuelto en la célebre trampa de “cuando no hay que tomar una decisión, hay que tomar la decisión de no tomarla”, que aparte de ser una paradoja y una movida, es un coñazo.

 

(Ya se que esto parece muy tranquilo, pero agarraos por lo que viene)

SONETO FEHACIENTE DE LOS PLASTAS, PESADOS y PALIZAS

Hay quien siempre vende su barato rato

sin que se sepa exactamente que excusa usa

y su eterna melodía de difusa fusa

con su lánguido chirrido sin recato cato

 

Si me dan la ocasión lo remato. Mato

al que se alargue en la lengua ilusa lusa
en la cálida española o la abtrusa rusa
porque yo siempre le cojo al alegato gato

 

Que deja ya de golpear el pesado sado

yo del habla sin fin el despido pido
y que el fin fatal de esta odisea sea

Que reine sin final el pelado hado

del silencio total que dormido mido

Que tanto charlatán marea, ¡ea!

SÉ PERFECTAMENTE LO QUE ES UN BLUES (Y LO DEMUESTRO)(IV, FIN)

Salí para que no se me cayera la tarde encima, y por no desperdiciar la oportunidad de conocer a alguien, quien sabe. Hacía viento, no estaba agradable, pero no te pelabas de frío. Los navajos estaban ahí, encima de la colina, pero me había olvidado de ellos, de repente me había venido un chorrito de optimismo, y pensé que a lo mejor las cosas se arreglaban solas, si no les hacía caso. A veces pasa.

 

¿No?

 

 

Entré en un bar. Pedí un pacharán por el viejo procedimiento de pedirlo sin más:

 

-         Un pacharán.

 

 

Me lo bebí y pedí otro (Mismo procedimiento, claro). Cogí el periódico y me fui a una mesa. Me llevé el pacharán, claro, no soy tan bobo. Me supliqué con sinceridad que no acabase contándole un rollo al camarero, porque no es digno, y sobre todo, porque estoy seguro de que a cualquiera que le contara mi historia reciente le daría un ataque de risa, y  si hay algo que no necesitara era a un barman conteniendo la risa a duras penas, mientras oía mi historia.

 

Quise utilizar el truco de pensar que todo iba a salir mal, para averiguar que era lo peor que podía pasarme.

 

Así que pensé que, por ejemplo, no iba a encontrar un trabajo jamás. O sea, que al final me convertiría en un mendigo. Viviría en la calle, porque me echarían de casa, pasaría calor en verano y frío en invierno. Olería fatal, enfermaría seguramente y echaría muchas toses. Pero a cambio adoptaría un perro majo, que me miraría con ojos dulces y me querría, y también el hecho de no tener madriguera me daría libertad. Por supuesto tendría que pedir limosna, o vender sonetos, luego los regalaría, porque los versos no serían endecasílabos perfectos.

Después imaginé que mi ex encontraba a alguien muy gracioso que la hiciera reír a todas horas, y un día pasarían por delante de mi esquina, la que me habían dejado las mafias , y me miraría de reojo, y yo me ocultaría bajo los cartones, y, que mála suerte, la tía me reconocería y me daría 45 €, y yo venga a darle las gracias, y la tía lloraría de pena y se iría, pero murmurando, y yo me sentiría caliente por eso, pero luego ella enseguida se olvidaría de todo porque el tontito le contaría un chiste buenísimo y yo la oiría reírse..¡con ganas!, y sabría que yo no le daría ya ni siquiera pena.

 

Torcu, claro, me denunciaría por no tener seguro ni nada, y cuando le contase a mi abogada Guiss la movida, pensando que se trataba de una tontería, vería como ella se echaba las manos a la cabeza y empezaba a decir

 

-         ¡¡Eso es gravísimo, pero gravísimo ¡!

 

Así animado me daría al alcohol, por supuesto, pero no tendría dinero para pagarlo y entonces retomaría los 45 €, y me compraría vino barato y tendría una temporada para sumirme en la inconsciencia. Y allí viviría, por un tiempo.

 

 

 

            Tal cual se lo conté, finalmente,  al camarero, entonces me miró y me dijo:

 

-         Tal como yo lo veo, está a punto de caer en un barranco de tristeza y depresión. Los navajos se van a quedar hasta el último pelo de su cabellera. ¿Hay algo que le haga a usted ilusión?

-         Bueno, me gusta la música.

-         Pues entonces componga un blues.

 

Y mirándome a través de un meritorio plano americano añadió:

 

            - Le va  a salir de cojones.

SÉ PERFECTAMENTE LO QUE ES UN BLUES (Y LO DEMUESTRO)(III)

Y, como ya había acabado el vino, me abrí una cerveza, y después de abrirla la cogí con mi mano sensible, y me di cuenta de que estaba calentorra. Y no me la quise beber, porque no me gusta la cerveza caliente. Pero reflexioné, eso sí, y me dije que tenía que haber sido un corte de luz larguísimo, para que se calentase una cerveza que llevaba una semana en la nevera.

 

A veces, las pistas están ahí, diciéndote a gritos lo que está pasando, y tu no las quieres escuchar en ese momento, porque piensas que las pistas son unas pesadas, y sus primos los indicios, también. Fue por eso, por mi falta de atención que cogí una de las apetitosas alitas para freírla y la miré de cerca para asegurarme que no tenía restos de plumas, y pude oler con toda claridad el aroma del gato muerto. Que era pollo muerto, en realidad. Las alitas se habían echado a perder en el corte de luz, también.

 

Me dio un asco tremendo. (puaj).

 

Me fui a la cama.

 

Sabía que difícilmente iba a poder con aquellos navajos, pero mi máxima ansiedad era que las cosas no empeorasen. Y me dolía también un poco la cabeza. Y para redondear el momento, me dio por pensar que alguien que tenía una desgracia muy grande, como en aquel momento yo, no estaba a salvo de las pequeñas putadas cotidianas, como golpearse un dedo del pie con una puerta, o coger una gripe. No hay nadie del destino que diga, “Oye, un momento Pequeño Golpe en el Dedo del Pie, Catarro, Gripe, Pillada de mano en la puerta del coche, Pinchazo, Multa de Tráfico... , al chaval dejadle, que ya lleva bastante encima...

 

-         ¡BROOOOOOOOOOONG!

 

 

Ese timbre no me había yo dado cuenta de que era tan estridente...se vé que la desgracia persistente me había sensibilizado. Me apeé de la cama y fui a abrir la puerta maldiciendo un poco. Me torturé algo en el camino al darme cuenta de que me había pasado la mañana en la calle y se me había olvidado comprar el pan. Cada vez que confirmo lo desastre que soy, me desanimo tanto, me pongo tan triste, que no tengo ganas de ponerle remedio, y así para siempre.

 

Era Torcu.

 

-         Oye una cosita. ¿Me puedes decir el seguro que tienes? Porque si es el mismo que yo, ya llamo yo y lo arreglo.

-         Ah, pues no sé, no tengo ni idea, tendría que mirarlo y...

-         ¿Lo miramos ahora?

-         No, ahora no puedo, tengo que salir.

-         Es un ratín...

-         Si eso mañana.

-         ¿A las nueve?

-         Es..er...vale.

-         Adiós, entonces, hasta mañana a las nueve.

-         Adiós, Torcu.

 

 

Me vino a la cabeza la idea de buscar un trabajo un día de estos. Y, encontrar uno bien bueno, en el que me pagaran tanto, que pudiera comprarme una casa bien lejos de Torcu, y pudiera irme sin vender la mía, y el tío venga a llamar a mi puerta, y venga nadie a abrirle. Por supuesto tendría que quitar el cartelito de cartulina del buzón, para que el panoli no pudiera identificarme, y tuviera que buscarme por internet. Cuando me encontrara en mi nueva residencia, le daría diez mil euros y le diría: “Toma, para que pintes tu mierda de casa, de mi parte que te la pinte Gauguin”.

 

Tampoco era imposible que encontrase, una vez bien situado, una novia estupenda. Una vecinita, claro. Guapísima con su carácter de dulce de leche, con su melena rubia nórdica y sus ojos azules (Sin desdeñar la posibilidad de topar con la otra vecinita, la ardiente latina de origen venezolano, todo fuego y pasión, un poquito celosa de más, para que engañarnos, pero todo perdonable, porque serían celos causados por el inmenso amor que me tendría). Y qué bonito oirla decir una y otra vez aquello de:

 

-         Nunca he conocido a un hombre como tú.

 

Cuando hubiera pasado algo de tiempo, algo razonable, suficiente para ir ascendiendo en la empresa, ocurriría. Me encontraría a mi ex. Por fatalidad ella iría con sus bolsas de comercios de oferta, y yo con mis paquetes de “comosellamelechorbodelasjoyascaras”, casualmente me preguntaría por mi vida, y, yo sin ahorrarle detalles dolorosos, le diría la verdad y un poco más.

 

Solo le ocultaría un detalle.

 

Que la echo de menos.

 

 

Quizá leyendo esto el final os resulte impensable.

 

 

Pues a mi más. Ya veréis.

SÉ PERFECTAMENTE LO QUE ES UN BLUES (Y LO DEMUESTRO)(II)

Un buen truco cuando se te acumulan los indios, consiste en imaginar que tu cabeza es una durísima pelota de hormigón. Pero te esfuerzas mucho en eso, hasta que parezca verdad. Después te imaginas a los navajos tirándose con su cabeza contra tu nueva cabeza de hormigón. Y los ves como se van esparciendo sus sesos, puaj. Entonces empiezas a coger fama de indestructible (para ti mismo, claro), y ya no te queda más remedio que hacerte fuerte para no decepcionar.

 

Es un truco magnífico.

 

Aunque, claro, vale para dos o tres navajos, para números mayores (así en plan tribu) no sirve.

 

En realidad, no sirve, después de todo.

 

 

Durante un par de días, en los que no me apercibí de ningún ataque navajo adicional, pude dar mi paseos de parado todo tranquilito y cabizbajo, atiborrándome, como si fueran pipas sabor Tijuana, de cantidades obsecenas de autocompasión, y también de cierta satisfacción de comprobar cómo a pesar de la que me estaba cayendo, aun tenía arrestos suficientes como para no subirme al Edificio Alto, con un subfusil de mira telescópica, y liarme a tiros con los ciudadanos. Con dos cojones.

 

Después de ese par de dias lamiéndome las heridas, descubrí al tercer navajo mirándome desde lo alto de su caballo, y el caballo en lo alto de la colina pelada. (Añado que se le había ido la mano con las pinturas de guerra, y más que Colmillo Afilado, parecía Tonetti).

 

Subía por las escaleras, cansina y relajadamente, camino a mi casa,  y al pasar por le descansillo anterior al mío, se abrió la puerta de mi vecino, y apareció mi vecino, en bata, joder.

 

-         Oye, ¿Puedes entrar?

 

Llamadme raro, pero os aseguro que la visión de un tío con bata, le resulta letal a mi legendario buen carácter. No era precisamente una tentación entrar en su casa, no sólo porque tenía prisa por freírme unas alitas de pollo, que me esperaban e la nevera desde ayer.

 

-         Tengo prisa, Torcu.

-         Es un momentito.

 

 

Fui tras él, observando que sus piernas flacas y no con muchos pelos, pero los que había muy largos, como si hubiesen aprovechado el alimento mejor. Pude observar en plenitud todas las fotos ridículas de su especie de familia, su hijo, su mujer, su él. Entendí que era mi deber fingir cierto interés acerca del motivo por el que Torcu me había hecho entrar en su casa.

 

 

-         ¿Qué pasa?

-         Ahora verás.

 

 

Pensé que se habría aprendido algún truco coñazo de magia con cartas, y que me lo querría enseñar, aunque también pensé que yo nunca le había dado motivos para que él dedujese que a mi me gustaban los trucos coñazo de cartas. Otra posibilidad infernal que se me pasó por la cabeza es que pudiera haber creído que podía enseñarme impunemente sus álbumes de fotos, o el manual de uso y entretenimiento de su coche nuevo. Pero ¿por qué ahora después de cinco años de vecindad?

 

Torcu se paró en medio del saloncito. Y luego señalando hacia el techo me dijo:

 

-         Mira.

 

 

Obedecí. Y siguiendo con mi mirada la dirección que marcaba su índice, vi en el techo unas líneas negras que daban lugar a unas confusas formas, que, la verdad, me recordaban a algo...y esto me tuvo unos instantes confuso, hasta que di con el quid.

 

-         ¡Jodé! Saturno devorando a su hijo ¿no?

 

Torcu me miró dolido:

 

-         ¿Qué? Eso son manchas de humedad, salidas de tu cuarto de baño.

 

 

El tercer navajo.

 

 

Como sentí, cuando subía por las escaleras, hacía mi casa, haber anulado la semana anterior aquel carísimo seguro del hogar.

 

Luego ví un cuarto navajo, pequeñín. El reloj marcaba las 00:00 y lo hacía de manera intermitente, es decir que se había ido la luz, durante algún tiempo por la mañana. Pero esto no parecía haber tenido consecuencias.

 

Y, coño, prontito me vi un poco optimista, con mi vasito de tinto a punto, delante de la sartén, dispuesto a olvidarlo todo, frente a la ventana de la cocina, aspirando el aire calentito que me cauterizaba el alma, si. Hacía una gran inspiración, soltaba el aire, y me enchufaba un traguito de vino. Encendí el fuego. Pasé las alitas por harina. Las iba friendo...

 

Y, de pronto, me vino a la nariz un repulsivo olor. Y me pareció que la vecina era una guarra diogenista, que su gato la había palmado, y que la tía había dejado el cadáver en el patio interior, justo para que yo lo oliese mientras freía una docenita de alitas de pollo.

 

Cerré la ventana.

 

Y el olor a gato muerto ahí seguía...

 

...cuando os cuente la movida...

SÉ PERFECTAMENTE LO QUE ES UN BLUES (Y LO DEMUESTRO)(I)

¿Habéis estado alguna vez en Louisiana? ¿Habéis sufrido su pegajoso y asfixiante calor? Tal vez no. Tal vez aun no sabéis que en aquellos lares chocarte con un mosquito implica hacer un parte del seguro. Tal vez no sabeis que el Missouri se convierte en caldo de pescado, en aquellas latitudes, y que los perros aullan a todas horas por el calor, y que los enfermos, que despiertan tras un periodo de inconsciencia, creen hallarse en el infierno.

 

No lo sabéis.

 

Aunque esto no importa demasiado, porque esta historia tan cuca, transcurre en Chamberí. Pero el calor se parecía al de Louisiana.

 

¿Habéis estado alguna vez en Chamberí? ¿Tampoco? ¡Joder, empecemos desde el principio!

 

El meollo de la cuestión está en la táctica de ataque de los crueles navajos. Pero creo que no quiero empezar por ahí. Tampoco quiero empezar por el intenso hecho de que me hubieran despedido del trabajo aquella misma semana calurosa de Julio. Ése era el primer navajo, subido al primer caballo, sobre el perfil de la colina.

 

-         Tenemos interés en llegar a un acuerdo contigo,,,bla bla blá.

 

 

Y llegamos. Y después cuatro mañanitas de paseos. Y después, pero muy poco, incluso antes de comunicarle a nadie la humillante noticia de mi despido, apareció el segundo indio. Mi novia me llamó.

 

-         Verás, hay un tema, muy serio que te quiero comentar.

-         ¿Quedamos entonces?

-         No, no hace falta. Mira, por respeto a ti te lo voy a comentar sin darle vueltas a lo tonto. Me gusta otro.

 

 

Ella lo dijo tan seguido que no lo entendí a la primera.

 

-         ¿Te gusta otro? ¿Otro qué?

-         Otro chico. Vamos otro señor. Mi profesor de Semántica. No es culpa mía, estas cosas pasan, o sea que no puedes enfadarte ni nada. La vida es así, de manera que no te pongas a llorar ni me lo pongas difícil. Si no lo haces por respeto a ti, hazlo por el amor que me tienes a mi.

-         Pero ¿Es que ya no me quieres?

-         Te tengo un afecto infinito. Un cariño mastodóntico. Una amistad paquidérmica, una estima inabarcable. Pero esto ya no funcionaba...

-         ¿Pero que dices? ¿No te jode? Si precisamente el otro día...

-         Mira te estás poniendo en un plan que la verdad me parece que me estás perdiendo el respeto...

-         ¿Respeto? Me han echado del trabajo, guapa. Asi que no me toques los cojones. ¿Desde cuando vas con el vejestorio?

-         Mira, esto ya ha dejado de ser asunto tuyo. Es mejor que no me vuelvas a llamar. (tututututututututut)

 

 

Lo peor de la soledad es que no tienes a nadie a quien dar pena. Ahí estaban mis dos navajos. Subidos a sus caballos con sus narices erguidas, sus lanzas, sus plumas, sus caballos pintos, sus rostros patibularios. Sus fuertes brazos de guerreros que me desafiaban, y, yo les tenía miedo, el paro y el desamor, tan fuertes tan crueles.

 

Pero si hubiera sabido lo que vendría después, ya no le hubiera dado tanta importancia a dos navajos...

BARRENA, EL RECLUSO QUE SE HIZO PERDONAR (IV, fin)

Al oír al exclamación, “El impávido” se quedó mirando a Paulino, en total silencio. Luego se agachó, recogió una piedra del suelo, y la lanzó con destreza a la cabeza de Paulino. Le dio entre los ojos. Paulino cayó como caería un fardo descargado con desgana desde el Sea Princess II, al puerto de Rotterdam.

 

            Y se murió.

 

           

            No es que nos diéramos cuenta al instante, lo que ocurrió es que uno de los que andaba por el patio había sido íntimo de un forense.

 

-         Está muerto, señores.

 

 

Alguien quiso aportar:

 

-         ¿De un traumatismo?

 

 

Y el amigo del forense:

 

-         Pues mayormente de una pedrá.

 

 

Estupefactos, los amiguitos de Paulino, se repartieron en dos equipos,

por un lado los que no se sustrajeron a la posibilidad de ver la movida y se quedaron por ahí, y por otro lado los que se dispersaron espontáneamente intentando buscar compañeros de conversación ajenos a la movida.

 

            Pero ninguno protestó.

 

 

 

Por suerte para “El impávido”, en las cárceles no existen los crímenes, como tal. Y se convino, sin que hubiese oposición alguna, que aquello había sido un lamentable accidente.

 

 

 

Asistí al funeral. Asistimos todos. El capellán Carballo hizo una precioso resumen de la personalidad de alguien, y luego decidió que ese alguien era Paulino. Poco importó que ni sus propios padres reconocieran aquella semblanza, ellos le agradecieron el esfuerzo mucho más que si hubiese descrito la personalidad del indeseable que era Paulino. Se conformaron buenamente con no volver a verlo en la vida presente, y por un momento me pareció verles un gesto de temor, ante la perspectiva de tener que encontrárselo en la otra vida.

 

             

            Pero eso, si ocurrió no fue importante para mi.

 

 

            Lo único importante fue que cuando asistí a la siguiente conferencia de graderío del “Impávido”, sentí que debía ya integrarme en el equipo de los veteranos, y así cobrar un poco de prestigio. Así que cuando llegó a la `parte del arrastre por parte de las mulillas, desde mi asiento de “cerca, pero no demasiado” dije:

 

            -¡Ole de corazón, maestro!

 

 

            Y se hizo un silencio de respeto. El “Impávido” alzó la mano para imponer el silencio, pero ya digo que no hacía falta, porque silencio ya había y dijo:

-         ¿sabes lo que te digo? Y me miró.

 

 

Y yo pensé, que el tío me iba a decir: “Dame un abrazo, coño”. Y entonces habló delante de todos, para que se enterasen bien:

 

-         Te digo que eres un mierdecilla pelota y, que al menos el Paulino, ése, tenía dos cojones. Así que quiero que te pierdas de mi vista. Coño.

 

 

Y no hubo lugar a “peros” ni a “quemediceusté” ni a aspavientos ni ademanes de ningún tipo. El “Impávido” me incrustó en la mierda, y allí seguí una temporada larga.

 

 

            ¿Cómo lo ven?

BARRENA, EL RECLUSO QUE SE HIZO PERDONAR (III)

...otras veces, como iba diciendo me imaginaba a “El impávido” que se ponía a lanzar su discurso de la vez que lidió un desecho de tienta, y cómo decía que aquello había estado bien, claro, pero que el ya veía el cartel, y como lo dibujaba con las manos y decía su propio nombre con toda solemnidad:

 

-         Tomás Héctor Barrena “El impávido”. Matador de toros.

 

 

Y entonces me imaginaba cómo saltaría Paulino con sus malas pulgas:

 

-         ¿Hola? Vamos a ver, te lo voy a decir así para que te vayas enterando. Tío nos tienes hasta los huevos de tus películas taurinas. Nos tienes a todos hartos menos al cagao. ¿A que si, a que a ti te da igual?

 

 

Y me señalaba a mi. Que en verdad me daba igual, pero claro, ahora tenía que contestar otra cosa.

 

 

-         Pues no. No me da igual.

-         ¡Ah, vaya! ¿Quieres que le de una lección al tontito del torero?

-         No.

-         ¿Quieres que me la de él a mi?

-         No.

-         Y ¿Tampoco te da igual?

-         No.

 

Y se daba la vuelta y se dirigía al personal:

 

-         ¡Pasen y vean al pedazo de gilipollas que tenemos aquí, que ni le da igual ni todo lo contrario!

 

 

A mi me fastidiaba que lo que iba a ser una lucha de tiranosaurios salvajes, o al menos de perros rencorosos , al final fuese un debate sobre mis incoherencias.

 

            O sea, que dejé de imaginar.

 

Y, ya sé que no me vais a creer ni de coña, o que vais a levantar la ceja en plan escéptico, pero sucedió que de repente pasó todo el tiempo que necesitaba que pasase, y, bueno, con todo lo inventado que parezca, no hay nada en mi mente anterior a la escena de los novato-satélites al encuentro de los veteranos, que rodeaban a “El impávido”, sentados a su alrededor. Le dejaban, eso sí sitio suficiente para levantarse, hacer el paseíllo, agarrar el capote, morderlo un poco y efectuar ademanes de lidia.

 

            El pelotón de Paulino iba en formación infantil. Es decir, todos detrás de Paulino, sin osar por un momento adelantarle, pero, al mismo tiempo intentando mantener prietas las filas.

 

            Yo, el conejito sin madriguera, no estaba ni con uno ni con otros. Estaba como “My back pages”:en Mi.

 

 

            Me había sentado en la grada, pero a unos 30 metros de los veteranos, y, viendo venir de frente a los pardillos. Bueno, a decir verdad, no todos los pardillos estaban con Paulino, había algunos que jugaban al baloncesto con veteranos de buena voluntad, que tampoco estaban con Héctor Tomás Barrena, “El impávido”.

Desde mi sitio, oía el discurso de “El impávido”.

 

“Me habían dicho que podía torear en pelotas, si quería. Pero yo no quise. Hacía un frío de narices. El animal estaba intacto, por lo demás, lo habían desechado por una leve cojera, pero me dijeron que había sido una pequeña cojera temporal, que luego se había curado, pero que el bicho era ya invendible...

 

-         ¿Invencible?

-         No, coño, invendible. Que nos se puede vender.

 

 

Me dejaron el tentadero guapo, el que parece una placita de juguete, que tiene sus burladeros pintaditos recién de rojo, y también tiene una pequeña tribunita, y allí se sentó el dueño, el secretario, y el que iba a ser mi apoderado si todo resultaba bien: Manuel Pizarro Santana.

 

En una tienta, no sé si lo sabéis , no hay música. No hay público. Todo se hace en silencio, por eso se oye el frisfris del capote, o de la muleta, su roce contra el traje de campo, su arrastrar por el albero, su...”

 

-         ¡SU ARRASTRAR TE CALLAS!, ¡ALBERO!

 

 

Efectivamente, el combate de grandes carnívoros había comenzado.

 

¿No se merece un capítulo final para el sólo?

BARRENA, EL RECLUSO QUE SE HIZO PERDONAR (II)

No tiene ninguna explicación, pero, a veces, cuando se sabe que las cosas van a estallar, las japutas se hacen esperar. Es como si se tomasen un respiro, como si requiriesen para reventar la atención plena de todos:

 

-         ¿Atentos? ¡Boum!

 

Es una tontería, claro.

 

 

Barrena se mosqueó porque el teléfono público se rompió cuando estaba justo regañando a su novia, porque ella, la muy estúpida, le había contado, a su vez, lo que se había puesto para salir el Domingo a tomar los martinis con sus primas. Y resulta que por aquella descripción de la indumentaria de la muchacha, a Barrena le pareció que la tía iba a dar que hablar. Y, lo peor de todo fue que se le calentó la boca y dijo aquello tan dañino de:

-         Me cago en tus primas de los cojones.

 

 

Y la respuesta de la chica :

 

 

-         ¿Sabes lo que te digo?

-         ¿Qué?

-         Pues que...tututututututututu

 

 

 

Y, lo que pasó es que Barrena “El impávido”, sin torcer el gesto, haciendo honor a su nombre, cogió el teléfono con ambas manos y lo arrancó de la pared. Y luego, todo caballero, se entregó (Aunque no hacía falta, claro...)

 

-         Una semana de aislamiento.

 

 

Durante esa semana, Paulino se me acercaba de vez en cuando y me decía:

 

-         Que bien se está sin el plasta de Barrena.

 

Y, yo le contestaba:

 

-         Je.

 

Y así rechazaba cualquier compromiso.

 

 

Y el resto de la gente conocía que existía un desafío latente entre “El Impávido” y Paulino. Todos deseaban que allí pasara algo, y sabían que algo tenía que pasar. Hubo a quien le tocaba salir en libertad esa semana y maldecía con toda su alma.

 

Cuando ya se vislumbraba el final de la semana, la expectación era tan grande que no se hablaba en el patio de otra cosa. En el comedor ya no se comentaba que las albóndigas suecas de los sabados, como mucho serían suecas, pero de albóndigas nada.

 

Todo esperaba al gran desafío. Paulino, el pardillo no pardillo, y “El impávido” al que nadie le ha puesto nunca las peras al cuarto. Al que todos aguantábamos el mismo rollo desde hacía años, y al que nadie se había dirigido para echárselo en cara. Nadie.

 

Lo iba a hacer un pardillo. Que quería dejarnos a los demás pardillos por pardillos. Yo ya me imaginaba a Paulino con el pie encima de “El Impávido” que yacía con la lengua azul frigodedo . Y se veía que la lengua era azul porque la tenía fuera. Y la tenía fuera porque estaba kaput. En mi imaginación Paulino se dirigía a todos nosotros desde su posición de matador de leones:

 

-         ¡Y os digo que basta de veteranos capullos que nos quitan las albóndigas suecas más suecas o más albóndigas! ¡Y que nos roban los calcetines del tendedero! ¡Y que se ponen sus programas preferidos en la tele, y nunca ponen telecinco! ¿Queremos que la situación se vuelva justa?

-         ¡¡Si!!

 

Y, Paulino negaba con la cabeza, un poco desesperado

 

-         Que no, coño. Que lo que queremos es ser ahora nosotros los que disfrutemos de las albóndigas, de los calcetines, de la tele, de las suecas...ahora los reyes somos los pardillos. ¡Todos los pardillos somos los reyes! ¡Todos menos tu!

 

 

Y el cabrón me señalaba a mi. Y continuaba.

 

-         Que eres demasiado pardillo para ser pardillo.

 

Y otras veces (esto lo cuento en el próximo)

 

(1) BARRENA, EL RECLUSO QUE SE HIZO PERDONAR (I)

Lo decía a menudo, ante quien le quisiera escuchar:

 

-         Algún día veré mi nombre en el cartel

 

Y lo dibujaba con sus manos

 

-         Tomás Héctor Barrena, “El Impávido”.

 

Nosotros no tenemos por qué saberlo, pero el se refería a un cartel taurino. Y entonces se ponía a pegar pases, o a hacer como que mordía el capote, o se daba el paseíllo sin más, haciendo los vientos con la boca.

 

Aquello era todo un espectáculo en el patio, pero como los veteranos le respetaban, no iba a ser yo ni ninguno de los pardillos los que nos riéramos de él. Así que hacíamos como que no le veíamos, a pesar de que él me buscaba insistentemente con la mirada, como hacen en la vida libre los pesados. Pero con un pesado normal tu puedes desviar la mirada, pensar en tus cosas, o incluso, llegado el caso, decirle que te deje en paz, e incluso aun tienes el recurso de pegarle un soplamocos, con todo tu ser. O matarle.

 

Pero no había recluso que se atreviera a algo así con el “Impávido”. De modo que cuando se ponía así nos callábamos y le aguantábamos la mirada y la faena, por penoso que resultase. Y, a lo mejor, teníamos que desperdiciar la hora de patio de por la mañana prestándole toda nuestra atención a su faena, sin poder releer la última carta de la novia (En mi caso la incomparable y morena Gatanegra) o el Marca, o estudiando geología, o releyendo la carta de la novia de otro.

 

Un buen día, en esa época en que los copos de nieve aun no caen descaradamente, sino que flotan todos finos y ligeros en el aire, se me acercó un recién llegado (Paulino), y me dijo:

 

-         ¡Que coñazo, el tío ese torero! ¿No? El próximo día le digo algo.

 

 

Le sonreí comunicándole con mi gesto lo muchísimo más veterano que era yo con respecto a él, y luego dejé en el aire un poco de ralladura de suficiencia, antes de decirle:

 

-         Verás, eso aquí no funciona así.

 

Y nada más decir esa frase, que conceptualmente es tan redonda, sentí un mordisquito de rabia, porque me saliera rimada. Pero la idea estaba en el aire (impregnándose de la suficiencia que había dejado antes)

 

-         Pues a mi me da igual como funcione. Ya verás como le paro los pies.

 

Y entonces me di cuenta de que lo que me pasaba a mi es que tenía mala suerte. Porque si habían entrado veinte pardillos a principio de mes. Diecinueve se meaban si les hablaba uno más veterano. Y me tenía que tocar a mi el rebelde. El tonto del culo. Que además me iba a crear problemas de personalidad, porque, después de hablar con él, me gustaba la personalidad de rebelde, y antisistema, y sin embargo no tenía valor para eso, así que me apetecía boicotear a Paulino, para que no descollase ni nada.

 

Bueno en realidad me apetecía matarlo, o mejor aun que lo matase “El Impávido”.

 

Le respondí:

 

 

-         ¿Tu le vas a parar los pies? Ja,ja.

 

La cara que puso Paulino me dio miedo. Pero más aun que se me acercase, me pusiese algo metálico, frío y quizá de alta conductividad en el cuello y me dijese en voz baja, junto a mi orejita:

 

-         Si quieres te paro los pies a ti primero, so gilipollas.

 

 

 

Entonces yo me fui todo cobardón porque no tenía respuesta ni nada. Pero aunque reconozco que no tuve valor para responderle como merecía si que deseé con todas mis fuerzas que alguien lo hiciera por mí. Se vino conmigo la injusticia palmaria de ver a un pardillo subírseme a las barbas, y no poder impedirlo, porque soy un hombre de paz, porque no creo en la violencia verbal, y porque si todo salía bien, Barrena, “El impávido” le estoquearía sin más a la primera ocasión.

(continuará)

(XXX) LA BRUMA DEL ZAMBEZE NO ES LO QUE PARECE (IV-FIN)

Desde la oscuridad, y con el extra de atención que da el acojonamiento sincero, Ungo sentía, oía, y notaba en el vaivén de la canoa, las pesadas zambullidas de los inmensos reptiles. Sin embargo, aún confiaba en la palabra del viejo borracho Sibebam:

 

-         Jamás he tenido constancia...bla bla blá...

 

Y entre sacudida y sacudida de la canoa, reflexionaba, y pensaba: “¿Por qué iba a mentir alguien sobre algo así? No sé, no es como decir ayer cacé un león y lo maté mordiéndole en la yugular..eso por lo menos queda bien, pero ¿Qué se gana con una mentira así...?”

 

Se le interrumpió el pensamiento, había notado un golpe seco en la canoa. Y, lo peor, alguno de los reptiles estaba tan cerca de la canoa, que el remo había tropezado con algo tan duro como un membrillo, o como la cabeza de un cocodrilo. Y nadie tiraba membrillos al Zambeze, últimamente.

 

A Ungo le entró acidez de estómago. También cierta aceleración del ritmo cardíaco, y un poco de calor. Pero solo había una cosa que le sostenía agarrado a la canoa, por dentro (por fuera resultaba inútil) y era la fé en Sibebam. El viejo borracho.

 

Y Ungo pensó que había una cosa que le podía salvar en aquel instante. Y era que pudiera hablar con Sibebam. Pero, claro, Sibebam no estaba en la canoa.

 

Y, mucho mejor así, la verdad. Porque es que resulta que el pobre Sibebam estaba muerto. Así que menudo susto si se aparecía en la canoa todo rígido, o en plan calavera...¿Me explico?

 

Claro, que no todo quedaba ahí. Estaba el viejo truco.

 

¿El viejo truco? ¿Ah, pero hay un truco?

 

Si. La movida de los espíritus. Tal vez para nosotros, acostumbrados a los adelantos de la ciencia, a los router wifi, a la música electrónica y tocar la oparina en calle peatonales, nos resulta difícil o casi imposible de creer que los africanos de la ribera del Zambeze contacten con los espíritus de los muertos con esa facilidad tan grande. “Es una cuestión de procedimiento” nos dirían, igual que nosotros les contestamos así cuando se asombran por las capacidades, por ejemplo, de nuestros análisis de sistemas, o cuando se les dice que aquí ya hace muchos años que se juega sin líbero.

 

-         ¿Sin líbero?

-         Sin líbero, como lo oyes.

 

Así que nadie se puede sorprender, si Ungo, en medio  de la oscuridad de la noche, y de su casi lucha con los cocodrilos, entonó ciertas palabras mágicas, que no quiero escribir aquí, aunque me las sé, no vaya a ser que alguien las lea en voz alta y se líe la de dios.

 

            -¡Plop!

 

            En medio de la canoa, aunque transparentándose con el ancla. Apareció Sibebam, como con una luz interior. O sea, se veía que era un espíritu. Ungo, mientras luchaba a brazo partido con los reptiles, intentando darles remazos en la cabeza, en lugar de perder el tiempo asombrándose y tal, se dirigió decidido al espíritu de Sibebam.

 

-         Óyeme una cosa.

-         Coñó. ¿Me has convocado?

-         Oye...

-         Nunca me había convocado nadie...gracias, tío.

-         De nada, oye...

-         Dime

-         Oye...¿Es verdad que tu dijiste que un cocodrilo jamás atacaría una canoa?

-         Yo no he dicho eso en mi puta vida.

 

Ungo, ante tal revelación, se indignó..alzó los brazos al cielo y gritó:

 

-         Pero ¿Qué me estás diciendo? ¿Cómo que no?

-         Pues no, tronco. Yo lo que dije es que yo no había visto en mi vida que un cocodrilo atacase una canoa. Pero es normal, yo nunca había ido al río. Vamos, que hoy es la primera vez.

-         ¡Que cabrón...!

 

El espíritu de Sibebam alzó los brazos, como pidiendo calma.

 

-         Pero no te preocupes. Benítez el geólogo-biólogo me dijo una vez que los cocodrilos jamás atacaban las canoas.

-         ¿Le puedo convocar?

-         Creo que este no está muerto. Pero quédate tranquilo, te juro que lo dijo. Se acercan por curiosidad, pero deja de darles remazos y ya verás como se acaban yendo.

 

Ungo obedeció y se sentó. Y como por encantamiento los plastas de los reptiles se fueron alejando de la canoa. Y un poco de paz llegó a la canoa. Sibebam, medio transparente se dirigió a Ungo.

 

-         ¿Cuánto tiempo voy a estar aquí?

 

Y Ungo, distraído por la maravilla de ver que los cocodrilos se apaciguaban y se iban.

 

-         Yo que sé. Estoy muy contento de haberme librado de los cocodrilos, tío.

-         Yo también me alegro. ¿Cómo se va un espíritu  convocado, me voy nadando y tal? ¿Puedo volar?

 

Ungo se encogió de hombros.

 

-         De esas cosas no sé. Supongo que será algo natural, espiritual. Pero ¿tienes prisa?

-         Hombre, prisa. La verdad no me apetece verlo.

-         ¿El qué?

-         Lo tuyo.

-         ¿Qué es lo mío?

-         Ah, pero ¿Tu no sabes lo de la cascada?

-         ¡Ay la virgen! ¿Qué cascada?

-         Nadie rema a favor de corriente porque acabas en la cascada sin remedio. O sea que te quedan 50 metros de vida. Por eso me quiero largar, chaval.

-         Coñó.

 

 

Fin.

(XXX) LA BRUMA DEL ZAMBEZE NO ES LO QUE PARECE (III)

En los ríos africanos, sobre todo, en los ríos del sur, se da una movida que quizá desconozcáis. O tal vez no. Tal vez sois unos listillos de mucho cuidado y lo sabéis todo ya antes de leerlo. Quizá me he dejado yo los cuernos en África para nada, para saber lo que todo el mundo ya sabe.

 

El asunto es que los herbívoros bajan al atardecer a saciar su sed a la ribera del Zambeze. Y eso sin duda es una oportunidad para un cazador como Ungo. Y a Ungo le gustaba la carrillada de Ñu. La cebra no, porque sabía a caballo, la verdad. Sin embargo, lo que a primera vista parece una oportunidad, viene contaminada de fábrica con un peligro. Los carnívoros. Los carnívoros saben que el Ñu bebe al atardecer, y como no son bobos, ellos también se acercan al río, a ver si pillan.

 

Así que el río es un peligro.

 

Y Ungo era un hombre prudente. Y toda esta información el la conocía y la procesó en su cerebro y se dio cuenta de lo peligroso que podía ser pelearse con un león por un cacho de Ñu, habida cuenta de  lo difícil que podía ser llegar a un acuerdo con el felino sobre el despiece del herbívoro.

 

Claro que,...el hambre es más jodía...

 

 

 

Pero sucedió que el hambre, tan mala que es, le debió iluminar esa parte del cerebro tipo turbo que te da un extra de ingenio. Y fue así, y no de otra manera que a Ungo se le ocurrió acercarse al embarcadero del poblado, que no era poblado propiamente dicho, y mangar una canoa para bajar por el río, sin peligro de ser devorado o zarandeado por los cocodrilos, y sin tener que volver a pasar por las cercanías del poblado, con todo lo que eso significaba.

 

Sería de gran lirismo contar aquí los planes que hizo y ejecutó nuestro amigo Ungo para hacerse con una canoa. Sin embargo hacerse con una canoa no era difícil en aquel embarcadero sin vigilancia. La única dificultad era desatarla. Y no es que fuera poca dificultad, porque ya se sabe que deshacer nudos para un manazas es la segunda cosa más difícil del mundo, solamente después de quitarle el plástico a un CD. Pero fue cuestión de una decena de “¡Mierda!” y ocho “¡Que mala suerte!”.

 

De modo que antes de que se acabara el atardecer, Ungo se hallaba a bordo de una canoa, en medio del Zambeze. Y con su remo de doble pala dispuesto a atacar las oscuras aguas del río. A favor de corriente, eso sí. Porque en contra perdería, con toda seguridad.

 

Los cocodrilos que tomaban los últimos rayos del sol de la tarde (Quedamos en que aun no había anochecido ¿no?) levantaron su cabeza de una forma que si no se tratase de cocodrilos depredadores y cabrones podría calificarse de coqueta e interesante. Y no contentos con eso se zambulleron en el río más o menos a la vez, y se dirigieron a la canoa de Ungo a toda velocidad. No pasaba nada, Ungo sabía, desde que se lo había oído comentar a Sibebam, el viejo borracho, que los cocodrilos no atacaban nunca a las canoas.

 

Era por una movida espiritual o algo. Concretamente le había oído decir en plena fiesta dela cosecha, en la taberna de Olmeda:

 

-         Jamás he tenido conocimiento de que un cocodrilo ataque a una canoa.

 

Dar crédito a un borracho puede pagarse caro.

 

Y no saber geografia, también.

 

Vamos, que Ungo lo tiene muy mal para que el siguiente capítulo no sea el último.

(XXX) LA BRUMA DEL ZAMBEZE NO ES LO QUE PARECE (II)

Como suele suceder, las cosas se fueron complicando tontamente, hasta que Ungo se vió sentado (Como si fuera un interior izquierdo indisciplinado) en el banquillo. En este caso el banquillo de los acusados. En la ribera del Zambeze, por extraño que os pueda parecer, no se estila nada respetar al acusado, y lo natural es darle collejas y empujones e insultarle. De este modo cuando Ungo entró en la choza del juicio, los asistentes al mismo le estuvieron dando caña de la buena:

 

-         ¡Tira, desgraciado!

-         ¡Payaso, que eres un payaso!

-         ¡Canalla!

 

Y, él, avanzaba torpemente tratando de protegerse de los collejones con los brazos, mientras decía:

 

-         ¡Que me deje señora!

-         ¡Que me deje, señor!

-         ¡Dejadme, niños!

-         ¡Si me queréis, dejadme!

 

Pero la verdad es que nadie le quería. De todas formas, aquello duró poco, y en el momento en que Ungo llegó a su sitio en el banquillo, se hizo el silencio.

 

Sin dejar tiempo a la especulación, ni a que se entablaran los debates, que sobre derecho internacional han hecho famosa a la ribera izquierda del Zambeze, apareció el Juez con su toga blanca. Se levanto todo el mundo. Se sentó el Juez. Se sentó todo el mundo. El juez habló:

 

-         Desterrado. Se levanta la sesión.

 

El abogado defensor se levantó, iracundo.

 

-         Pero señoría, ¿Cuánto tiempo?

 

-         No sé. ¿Qué ha hecho?

 

-         Llegar tarde.

 

-         Pues un año. Adiós.

 

 

Y Ungo, bastante triste, se levantó del banquillo y se fue de la mano de la Policía Local a buscar lo necesario para pasar un año fuera de casa. Como media hora después se vio en la puerta de salida del poblado, con un hatillo, una lanza, y su mirada, la mirada que había de salvarle la vida, descubriendo enemigos, piezas, depredadores, signos del mal tiempo, signos del buen tiempo...

 

Ungo se puso sus gruesas gafas, y partió.

 

Su dolor, y su sorpresa (A lo mejor él era el que llegaba más tarde, eso no lo discutía, pero otros y no quería señalar, pero que podían ser a lo mejor el hijo del jefe, o un amigo suyo, pues resulta que esos a lo mejor robaban fresas o pimientos o, aun peor, mandioca, y a esos no les pasaba nada. ¿No?) le impedían pensar con frialdad. No eligió ni Norte ni Sur, echó a andar por un camino que conducía a la ribera del río. Del Zambeze, claro. Nuestro amiguito pasó por el bosque, cruzó el claro, y, sin darse importancia llegó a la ribera del Zambeze.

 

Ahora le quedaban tres opciones.

 

La primera era cruzar el río. No parecía muy buena idea, porque los cocodrilos del Zambeze eran unos muertos de hambre, y se ponían muy agresivos cuando algo cruzaba su territorio. La segunda, dar media vuelta y coger la ruta norte o la ruta sur, que se internaban en la selva. Pero esa segunda opción requería pasar otra vez por delante del poblado, y sufrir las preguntas estúpidas del personal.

 

-         ¿Te has equivocado?

 

-         ¿Qué haces, tío?

-         ¿Dónde vas?

 

Y la tercera, y que resultó ser la elegida por nuestro héroe, fue la de permanecer, hasta lo noche junto al Zambeze, para luego, a oscuras, retomar el sendero hasta el poblado y luego dirección sur. O norte. Eso ya lo decidiría.

 

Una cosa preocupaba a Ungo. Una cosa aparte de la comida, claro. Y era el aburrimiento. ¿Qué se supone que hacía un desterrado? Porque un preso ya se sabe que tiene que hacer pintadas en las paredes, ir al gimnasio a ponerse cachas, responder cartas, sacarse un título, o aprender un oficio, ingresar en un taller de teatro, escribir un libro, putear a los novatos, proclamar su inocencia,...pero ¿Un desterrado? Un hombre solo, al fin y al cabo. ¿Cómo iba a escribir un libro? Si ni siquiera tenía boli.

 

Y con respecto a la comida. Bueno, Ungo era un cazador de suficiente nivel, y se supone que podría subsistir, pero si hubiera sido un hombre reflexivo y mínimamente organizado se hubiera llevado en el hatillo un par de bocatas, para los primeros momentos. El clásico bocata de foie grass que te salva la vida.

 

Asi está la cosita, majos. ¿Qué queréis que os diga?


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