¡QUE EL SEÑOR TE LLEVE! (III, Fin)

Hubo un momento, no sé si lo recordarás, después de complacer nuestros ardientes deseos, sobre todo los míos, que sospecho que quedaron mejor satisfechos que los tuyos, en los que asombrosamente, aun duraba la magia. Asombrosamente ¿verdad? O sea que después del tema, aún queríamos hablar y eso. Eso no me había pasado nunca. Ahí rodeados de los desconchones de las paredes, hundiéndonos en el desmadejado colchón, igual que antes nos habíamos hundido en el breve, pero profundo mar de la pasión más animal, y acertando a duras penas dos de cada tres veces a arrojar la ceniza en el cenicero, escuché tu historia dura de limpiadora, de madre soltera, de cómo poco a poco sacaste la cabeza, y entraste en una empresa, y te hicieron un poco jefa, y luego un poco más, nada exagerado. Y como te habías comprado el pisito desconchado, y que lo estabas arreglando poco a poco con tu esfuerzo. Y que al niño lo habías cuidado bien, que se había ido a Francia un tiempo, con su padre, que había pasado de ti, pero no de él.

 

Oye, pues me pareció una historia admirable. Me hubiera hecho falta que fueras un pelín más guapa, la verdad. Qué rabia. Solo por un poquito, o a lo mejor con que te operaras las tetas…

Mientras duraba la magia, quisiste saber quién era yo. Y cuando me lo preguntaste tú, fue la primera vez en mi vida que me lo pregunté yo.

Y tú y yo, al mismo tiempo escuchamos mi historia.

Empecé enchufado, con un puestecito majo, en oficina, que para lo poquito que había estudiado (No llegué a lo de las derivadas), era mucho más de lo que se podía esperar. Aunque claro, yo en aquella época, no me daba cuenta, y arriesgué. Me acusaron de unos chanchullos, sin ninguna piedad, y me pusieron de patitas en la calle.

-       Pero ¿Lo hiciste?

-       No es esa la cuestión.

 

Y ya supiste que ahí, a partir de los 16, había empezado mi cuesta abajo. Que me echaron de la chatarra, también, por algo parecido, que me hice un poco alcohólico. Que me rehabilité. Que volví a caer, y así, tantas veces, que ahora, te dije, que ahora no sabía si era o no. Supiste de mi historial de peleas perdidas. Supiste que no ingresé en prisión, por muy poco, pero, claro mi orgullo había permanecido intacto, porque robaba, sí, pero sólo a los cabrones de los turistas que venían a tocarse los cojones a nuestra ciudad.

-       Pero estarían de vacaciones.

-       No es esa la cuestión.

 

Al terminar mi historia, y sobre todo tras tu agresiva pregunta de que a qué me dedicaba ahora, y, mi terminante respuesta explicándote que ahora andaba de acá para allá, tuve la desagradable sensación de que no estabas del todo satisfecha con mi trayectoria levemente descendente.

Y se te notaba en la cara.

Y, aunque no eras guapa, guapa, lo que se dice guapa, pues consideré que eso no estaba bien. Y decidí sorprendente, aprovechar ese toque divino que tenéis las mujeres de sorprenderos, cuando os sorprenden.

-       Dame media hora y nos encontramos en el bar. A tomar café.

 

Vestí a toda prisa mi velludo cuerpo, me miré al espejo y me eché en cara lo descuidado de mi entrecejo, y lo que me desfavorecía la cicatriz de chivato en el párpado. (“¿Así que fuiste a la poli?-No es esa la cuestión”)

Y desparecí media hora. Y tú no te ibas a creer lo que te tenía preparado.

 

Y cuando yo entré en el bar, ya estabas tú, tan erguidita, tan educadita sin haberte pedido aun tu café, que me asaltó el amor cálido, aunque no fueses muy guapa. Y con toda mi ilusión de aquella mañana que no me había lavado le dije al Lore que nos pusiese sendos cafetitos, aunque no dije “sendos”, claro, que yo esa palabra no la trabajaba. Y dije que a mí me lo vistiera con un chorrillo.

Como un niño, me presenté frente a ti con mi cajita de regalo. Estaba nervioso, mierda, ¿Recuerdas? Y deseé con toda mi alma que aquello te encantase.

La abrí. Y saqué de las orejitas a un precioso gatito. Apenas destetado, atigradito, flexible, gordito, mimosón. Y pusiste cara de sorpresa. Una “O” preciosa de tus labios pintados. Si hubieses sido un poco más guapa…

Le acariciaste, y me preguntaste que cómo se llamaba. Y te contesté que ni puta idea, que no era esa la cuestión. Y me dijiste que tú le pondrías nombre, y yo te dije que daba igual, que para qué. Que como le ibas a cuidar. Y yo ni contesté, porque no te comprendía.

Y, bueno, finalmente, yo creo que algo entendiste mal. Porque cuando te dije lo de verás que fiesta, y arrojé al gatito donde las pirañas te pusiste a gritar como una loca, y yo creía que era de excitación, y, joder, me insultaste, que si cabrón asesino, que no se qué. Y yo, fíjate, mientras el gato se desmembraba por los mordiscos de las depredadoras, alucinaba con tus insultos, y también con los del Lore, que decía que vaya tío más bestia, que qué animal.

Y me dijiste que creías que el gatito era para ti. Y yo te dije que no sabía pero que si querías uno para ti, que yo se lo había quitado a la madre que los amamantaba en una obra a dos manzanas de allí…que si querías iba a por uno para ti. Pero que para qué lo querías.

¿Coincides conmigo en que aquello fue el fin? Lo de “No vuelvas nunca más a cruzarte conmigo, hijo de puta.” Parecía un punto y final a nuestra relación.

Y lo que te quería decir es que te echo de menos. Aunque no seas muy guapa.

¿Y tú a mí, loquita de los gatos?

 

           

 

FIN

¡QUE EL SEÑOR TE LLEVE! (II, Formas estridénticas)

Me senté sí, con mi peloti perfumado, poderoso, y abrí la primera bolsa de peces. Resultaba increíble, ya lo sé, pero sólo con el ruido de la primera bolsa, se movieron las pirañas y se pegaron al cristal de la pecera mirando en mi dirección. Yo creo que hasta me miraron a mí. Me seguían con la mirada.

-       Hola.

 

Ahora parece un hola muy claro, con su guión y su rotundidad de “¡hola!”, pero en aquel momento, era solo un murmullo, un prudente acompañamiento insonoro, de la magia de la depredación. Yo tenía entre mis manos un acontecimiento de la naturaleza. (Las pirañas oyen abrirse las bolsas, desde dentro de la pecera).

 

¿Cómo iba a oír tu “hola” tan silencioso?

¿Cómo?

 

Recuerdo que al no oírte, tampoco te presté más atención. Si que recuerdo borrosamente una cintura de mujer a mi lado, pero, sinceramente, me pareció un estorbo. Me parece que te fuiste. Y un poco más deprisa de la cuenta, de lo acostumbrado. Bueno, tampoco sabía yo como te solías ir tú.

Las pirañas se subieron a la superficie al unísono, y abrieron sus bocas hambrientas , esperando el maná. Y yo eché unos cuantos pececillos de los gordezuelos que estallaban en colores, y jodé…¡qué feria! Parecían los fuegos artificiales de mi pueblo. Rayos de fluidos verdes, naranjas, añiles, malvas, yo que sé, un escándalo. ¡Y luego los otros, los pequeñitos, aun mejor! Las pirañas se los tragaban de un bocado, y cuando estaban dentro se iluminaban, y aparte de que las pirañas se cagaban y meaban, es que además se encendían por dentro y se les veían las espinas y la ventresca. Fue el mejor espectáculo de mi vida. Fue de esos que no disfrutas del todo, porque desde que empieza temes que se acabe.

Y, claro, se acabó. Y me quedé con mi peloti perfumadito, mirando a la nada. Después de todo, las pirañas ya habían perdido su interés en mi, y me miraban como despreciativas. Me jodió bastante. Me parecieron unas ingratas, y, ojo, poco inteligentes, porque a lo mejor me enfadaba porque no me hacían caso y ya no les llevaba más peces chulos para que comiesen.

Me di la vuelta y allí estabas tú. La mujer más guapa del mundo, de las que no son muy guapas. Y recordé que ya me habías empezado a importar. Sentado elegantemente en mi taburete, levanté la mano sonriéndote y la sacudí, mientras musitaba un saludo genial:

-¡Hola!

 

La misma palabra, pero sonando patibularia dijiste tú

-       Hola.

 

Y yo que me había inyectado sensibilidad aquella mañana, quise saber lo que te pasaba. Es verdad que desde mi sitio. Y sonriendo:

 

-       ¿Pasa algo?

 

Y, coño, ni contestaste. Y me quise acercar a tu sitio, porque me tenías en ascuas, y parecía molestarte que hablásemos desde lejos, como si no quisieras que se enterase el resto de la parroquia. Y cuando estuve cerca de ti. Sentado a tu mesa,  repetí mi mejor frase del día:

-       ¿Pasa algo?

 

Seguías cruda:

-       ¿A ti que te parece?

Pero yo no tenía opinión, cielo no demasiado azul, estrella no muy luminosa, yo estás preguntas así, tan inesperadas no las sé contestar. Y me da miedo intentarlo, porque si yo digo una cosa, y resulta que era otra, pues a lo mejor, innecesariamente te he recordado esa, y tú ya lo habías olvidado.

Yo me senté a tu lado, aunque con cierta prudencia, porque no conocía del todo tu carácter, y, no había necesidad ninguna de llevarme un bofetón delante de la parroquia. Pero no me diste, y eso te lo valoré.

-       No sé. ¿Qué te pasa?

-       ¿O sea que no lo sabes?

-       No lo sé. Pero lo que sea que haya hecho si te ha dejado de ese mal humor, merece una buena mano de bofetadas. Estoy preparado.

 

Era un poco pronto para esa bala, tal vez. Pero casi consigo que sonrías.

-       No estoy de broma. ¿A ti te parece normal? ¿Tú crees que puedes entrar aquí e ignorarme de esa forma? ¡Por favor que me levantado y todo a saludarte, y me has ignorado! ¡Pero vamos que si a ti te parece normal…!

-       Ni siquiera me di cuenta de que estabas aquí, y ya si me dices que te has acercado a mí, y yo no me enteré, entonces es que estoy peor de lo que creía…lo siento. Ya sabes que con mi jueguecito de las pirañas pierdo el norte. Anda perdóname.

-       Desde luego se ve que a ti lo de las pirañas te encanta. Y vamos tiene su gracia y tal, pero esa obsesión…

-       ¿Y viste, princesa, como estallaban en colores?

-       Ya, ya lo vi.

-       ¿Y los eléctricos, que te pareció? ¡Se cagaban las pirañas! ¡Y luego se iluminaban, como un eructo lumínico!

-       UN eructo ¿lumínico? Ja,ja.

-       ¿Me perdonas, amor? NO volverá a suceder nunca más.

-       Invítame a un vodkanaranja y te perdono…

-       Jo, estoy sin un clavel, …

-       Bueno, te invito yo, anda.

-       Eres la mejor. ¿Subimos a tu casa, después?

-       Ay que querrás, sinvergüenza…

-       Ja,ja

-       Ja,ja.

 

Este diálogo no dura para siempre. La tercera parte será otra cosa. Tanta chorrada y contemplación…por favor venid.

Continuará.

¡QUE EL SEÑOR TE LLEVE! (I)

Ayer fue el día que decidí pararme a pensarlo. Y hoy, con el afán que da la claridad de ideas, te lo cuento.

Para lo bueno y para lo malo, recuerdo que nos conocimos en el Lore, el bar que tenía aquella pecera enorme, llena de pirañas. Un capricho del Lore. Recuerdo que yo entonces, gastaba enormes cantidades de dinero, en comprar peces de colores, en la tienda de animales de al lado, y, con el permiso duramente peleado (era pacifista, o socialdemócrata, no recuerdo) del Lore, me entretenía los viernes por la tarde, en ir arrojando pececillos vivos a las pirañas, y me divertía viendo como, los devoraban, las hijas de puta, partiéndolos a la mitad del primer bocado, y luego del segundo interrumpiendo las convulsiones espasmódicas, de las mitades que quedaban. Juro que era entretenidísimo. Ya echabas tú por allí tus cigarritos More, y tus carajillos en aquella época. Y si que me parece que no me fijaba en ti porque no eras guapa de romper, aunque, puedo decirte que me acostumbré a tus imperfecciones físicas, que no eran tantas, igual que supongo que tú te acostumbraste a mis rarezas, y a la pinta de solitario peligroso que me gastaba.

Un día, hablamos, aunque no consigo recordar por qué. Pero se me quedó grabado que dijiste que mi entretenimiento te parecía divertido, a pesar de que tu “amabas a los animales”. Me gustó tanto esa incoherencia, que empezó a parecerme irresistible tu manera de llevar la coleta, con esas gomas cutres y descoloridas, y tu sonrisa, amarilla, sí, pero amable y dulce. Y también ese hilo de olvidada juventud que destilaban los surcos de alrededor de tus ojos. Tus ojos casi negros, de un casi negro brillante, optimista.

Me costó, no te digo que no, pero ese día, deje que tú tiraras algún pececillo de esos a las pirañas, y no supiste, y de eso estoy orgulloso, que me jodía hasta el dolor físico dejarte lanzar a ti los pececillo, ¡Que me habían costado un huevo, y que eran mi puta diversión! Fue de justicia que me invitaras a un sol y sombra, me había dejado un capital en aquella tienda.

-       Tenemos unos japoneses, pero necesitan más cuidados, hay que cambiarles el agua más a menudo.

-       Eso no va a ser problema. ¿Son duros?

-       ¿Duros? No sé, ¿Cómo duros?

-       Correosos.

-       Er..creo que sí.

-       Pues póngamelos.

 

Ese día me fui a la pensión tan contento de haber hablado contigo. Me sorprendía pensando cosas para entretenerte al viernes siguiente, cuando volvieras a aparecer por el Lore. Pensaba en no quedar como un idiota inculto. No era misión fácil para todo un idiota inculto, pero había que liberarse de presión. Para quedarme tranquilo me bastaba con dar lo mejor de mí. Si con eso no bastaba, sabría que no estabas de dios, y punto.

 

Durante la semana, viví como en un paréntesis, seguía haciendo mis portes, con mi vieja furgoneta sin itv. Cobrando en metálico, para no dejar huellas al fisco. Todo como de costumbre. Aunque con la buena noticia de que a la semana siguiente, tendría un trabajo muy bien pagado en casa de un futbolista famoso. Un medio centro de escaso físico pero gran visión de juego, que no se lo pensaba dos veces a la ahora de chutar, y que metía el pie en cualquier circunstancia. Yo no era aficionado al fútbol como para saber más de él, pero sí que era consciente de que aquellos trabajos reportaban enormes beneficios adicionales, como propinas desorbitadas y regalos vendibles. Quién sabe si también podría afanar algo.

Los días me caían en la cabeza como cocos maduros, solo que sin provocarme traumatismos, y, por fin cuando llegó el viernes. Y yo ni siquiera me alegré, porque me parecía de justicia que ese viernes llegase de una maldita vez. ¡Sólo faltaría! El calendario solo había hecho su trabajo, no había que felicitarle ni nada.

Con mi mejor camisa, una que tenía todos los botones, y un buen lavado previo, me presenté en la tienda de animales de al lado del bar de Lore.

-       Hoy quiero unos que tengan carácter, que luchen.

-       Que luchen. No sé si le entiendo…

-       Pues por ejemplo, que si se caen en una pecera llena pirañas luchen un poco, que no se dejen comer así como así.

 

Me sorprendió la franca sonrisa del vendedor.

-       ¡Aaaaah! Pero usted los quiere para echarlos a las pirañas. ¡Tengo lo que usted necesita, hombre! ¿Cómo no lo dijo antes?

-       Pues la verdad, no sabía que existía esa especialidad, para vender. Pero dígame, ¿Qué me ofrece?

-       Pues verá, tengo estos peces regordetes, que estallan en fluidos de colores cuando un depredador los muerde. Y tengo estos otros, que son muy pequeñitos, pero se quedan vivos en el interior de las pirañas, y se iluminan una vez dentro, y dan descargas eléctricas, y las pirañas pierden el control de esfínteres…

 

Me llevé un buen puñado de cada, en una cutre bolsa de plástico, tan contento. Tanto que fui directo a la pecera y desde allí le pedí a Lore un gin tonic.

Y me olvidé de saludarte, siquiera. Bueno, tarde un poco. Mi querida princesa, al fin preciosa.

Te sigo contando en la siguiente entrega.

LA CAL, EL ANDAMIO, EL MOTONABO (III, Estocolmo existe)

Caminaba apoyado al cariñoso mocho, procurando frotarlo bien fuerte contra el suelo, para que se “recogieran” las huellas famosas, pero eso no quitaba para que aquello fuese una especie de baile somnoliento. Un baile silencioso.

 

            Pero imposible.

 

-       A ver, cuando limpies mira desde todos los sitios, que las huellas se ven desde muchas partes y no se ven desde otras. Ven aquí para que lo veas.

-       Lo creo todo.

-       ¡Que vengas, coño!

 

Me torturó mucho darme cuenta de que aquella era una demostradora cansina. Una de esas que se empeña en demostrarte lo que no has puesto en duda, a lo mejor no porque te lo creas, sino porque no tienes maldita la gana de discutir.

-       ¿Ves? ¿Ves? Mira el reflejo, ahí se ven las huellas.

-       Estamos de acuerdo, miraré desde todos los ángulos.

-       Y las recoges.

-       Las recojo, sí.

 

Ella se puso a repasar unos muebles de madera con una gamuza y con un trapo impregnado en algo, alternativamente. Lo hacía con aire distraído, tal vez pensando en aquellas verbenas del pueblo, cuando algún mozo aún la sacaba a bailar, y no como ahora, que solo bailaba pasodobles con su cuñada. Claro que entonces, probablemente llevaba favorecedores leggins, y no calcetines ejecutivos azul artificial. Yo repasaba las huellas una y otra vez, tratando de nadar en mi mundo interior, pero ejerciendo la suficiente presión como para no ganarme una regañina de Madame Flagelo. Ya me había despedido de mi dignidad, y además no había nadie a la vista que pudiera demandármela.

Pero se ve que la vista engaña.

 

-       ¡Pssst!

 

 Detrás de un sofá de verano, asomaba la cabeza pelada de Calero Papo. Me espanté solo con imaginar que pudiera descubrirle la Flagelo. Vi que estaba distraída mirando los reflejillos de su última frotada sobre un ¿Sinfonier, secreter,…? que no tenía cucos tapetes de punto encima. Y le hablé a Calero gritándole escandalizado, pero en voz muy bajita.

-       ¿Qué cojones haces aquí? Nos va a matar…

Calero abrió desmesuradamente los ojos en claro gesto de sorpresa.

-       ¿La vieja?

-       ¿Pilar? Sí, claro, Pilar. Nos va a matar.

-       ¿La llamas Pilar?

-       ¡Se llama así! ¿Qué quieres que le haga?

-       El que te va a matar es Víctor

-       ¿Victor?

-       ¡El sargento, so gilipollas! ¿Quieres largarte de una vez? ¡Por tu culpa nos van a empurar a los tres! ¡Que hay que encalar el garaje, coño!

-       Ya lo sé, pero creo que Pilar está emparentada con el general o algo.

 

En ese momento Calero Papo, estiró la mano y consiguió asirme del pantalón. Yo me deshice de su apretón mortal con el mocho. El me llamó cabrón o algo y se ocultó del todo tras el sofá.

-       ¿Le pasa algo al sofá?

 

La voz de Pilar sonó tan cerca, que tuve que girarme y, al ver que estaba a mi lado, pegué un respingo involuntario, y se me escapó una cantidad despreciable de pis. Por suerte se debió ir escurriendo dentro de la bota.

 

-       ¡Que si le pasa algo al sofá!

-       No, no que estaba pensando yo que si luego, apartaba el sofá por si hay huellas debajo.

 

Ella se movió rápido hacia uno de los brazos del sofá, como una ardilla.

 

-       Pues venga, agarra de ahí, que luego es tarde.

 

El temor de que descubriera a Calero Papo, me dio fuerzas para llevarle la contraria.

-       No, que he pensado que luego, ahora me quiero concentrar en las huellas que se ven.

-       ¡Anda, anda! ¡Agarra de ahí, que lo que no se haga ahora…!

 

Y yo, en una sorprendente y paradójica huída hacia adelante, le dije.

 

-       ¡No! ¡Mierda no! ¡Quiero hacer un buen trabajo, coooño!

 

Y aquello fue tan sorprendente, que , pienso ahora que ella también se vio sorprendida. Por eso soltó el bracete de sofá, y se fue andando toda tiesa, murmurando, algo como “vale, vale…”. Y yo me quedé apoyado en mi mocho, temblando, en silencio.

Calero Papo, tan práctico, me sacó de mi mundo, y me dijo:

 

-       ¡Bien tío, se la has pegado! ¡Ahora larguémonos! ¡Ya la has puesto en su sitio!

 

Nos interrumpió la Flagelo:

-       ¡Ven para acá, mira esto!

 

Le susurré a Calero que aguantase un momento. Y me dirigí junto a Pilar. E incluso le pude decir con calor:

 

-       Dime, Pilar.

-       Pies solo quería decirte que estás haciendo un bien trabajo. Ese suelo te está quedando bien, He sido dura contigo, y creo que he podido sacar lo mejor de ti, pero sin duda el esfuerzo lo estás haciendo tú…

 

Para cuando la señora Pilar terminó de hablar, yo tenía los ojos arrasados en lágrimas. Y más me emocioné, cuando mirando el suelo descubrí que reflejaba cada rayo de luz que le llegaba. Y me costó volver a mi puesto, porque apenas me podía ver, por culpa de las lágrimas. Así que cuando Calero Papo, me dijo la ordinariez de:

-       ¡Hala, vámonos a tomar por culo de aquí!

 

Tuve que decirle, en voz bien alta para que Pilar supiera que estaba allí:

 

-       No, mira, te vas a ir tú. Este es mi puesto. Ahora lo sé. Te deseo mucha suerte con lo tuyo. A ti y al carnero, pero yo pertenezco a este lugar. Adiós Calero Papo.

 

Pilar se quedó mirando con media sonrisilla, como Calero Papo, completamente alucinado, se levantaba muy despacio, y, completamente en silencio, caminó sin saltarse ni un paso, hacia la salida. Me vi obligado a decirle una última frase:

-       Una cosita te digo, Calero, hazme el favor de caminar pegadito a la derecha, que lo otro está fregado.

 

Y ahí debería haber acabado todo, en plan redondo. Digamos que la historia quedó un poco manchada, porque el Carnero debía estar esperando a Calero Papo, y se oyó la estúpida frase que soltó al encontrárselo.

 

-       No te lo vas a creer. Dice que se queda con la vieja.

FIN

LA CAL, EL ANDAMIO, EL MOTONABO (II, Ausencias nefastas)

Nos gustaba la cosita esa de llegar a la compañía (O sea, el edificio de dormir) y hacer notar que nosotros no habíamos hecho las actividades propias de la compañía, sino que habíamos estado encalando el plantón. (Plantón: Edificio-garaje, donde se guardaban los vehículos de la policía militar).

Nos gustaba restregarle al personal por la cara, el día de permiso que nos daban los mandos, por haber salido voluntarios, y nos gustaba sentir las envidiosas respuestas de nuestro amados compañeros miserables:

-       Pues no me cambio por vosotros ni de coña, todos los días tragando cal por un día de mierda.

 

Dormíamos a fondo, y por tanto las charlas con los compañeros duraban poco. Enseguida estábamos viéndonos con la altísima pared que había que encalar. Aunque simpre había algo de tiempo en el desayuno para disfrutar contra el despistado de turno.

-       ¿Habéis cogido las cosas de acampada?

-       Nosotros no acampamos. Nos quedamos encalando el plantón.

-       ¡Ah, qué cabrones!

 

Y ese “Ah, qué cabrones”, tan interjectivo,  nos sabía más dulce que las magdalenas y los churros descongelados revolcados en azúcar.

            No se podía negar que éramos seres humanos.

 

            Una mañana inopinada, minifaldera y apretada, una de las que nos gustan a los voluntarios, cuando ya llevábamos más de dos horas arreándole cal a la pared, y esperábamos ansiosamente al cervecero, apareció, en vez de este, una mujer.

 

            Llevaba en la mano derecha una fregona, y en la izquierda un cubo. Vacío. Iba vestida con una bata celeste, que se abría, como las fauces de una bestia terrorífica, pero en vez de mostrar una dentadura sobrecogedora, podía, si había mala suerte con el viento, mostrar unos muslos blandos y blanquecinos, surcados de ríos varicosos, y recortados por debajo de las rodillas con unos calcetines azules, del tipo ejecutivos, que herían el magro de la mujer, insertándose en la carne, como queriendo formar parte de la ajada estructura. Unos pelillos separados, negros y gruesos como maromas, trataban de salir por la gomilla de los ejecutivos, sin conseguirlo. Otros pelillos, se encabritaban, y sin más, atravesaban el hilo del calcetín, intensificando su negritud para distinguirse orgullosamente de las fibras artificiales, azules ellas.

            Y arriba la batalla se recrudecía. Los labios de verdad, en un gesto de vanidad, se habían desentendido de la línea del perfilador, y este a su vez del borde del pintalabios, formándose una suerte de empaste escalonado, que por increíble que parezca desfavorecía enormemente el resultado final.

            Yo estaba al cargo del motonabo, abajo e indefenso, por tanto.

 

-       Hola, soy Pilar. Me manda el sargento. Uno conmigo a recoger la sala de oficiales.

-       Ah, no, no. Seguro que se confunde, nosotros somos voluntarios.

 

Y dije voluntarios con una entonación magistral, que dejaba a las claras que muchísimo cuidado con andar perturbando a los voluntarios. Pero a ella esta entonación tan intencionada no le impresionó gran cosa. O acaso es que no la notó. Como el que no nota la presencia de un tiburón en su piscina y se baña alegremente. El tiburón se acaba desconcertando.

-       Pues a mí me manda el sargento.

-       ¡Eh, que se ha atascado el motonabo!- sonó desde arriba.

-       Un momento, buena mujer, voy a desatascar el moton…el cacharro.

-       Me manda el sargento que venga uno.

-       Que ya señora, que ya.

-       ¿Pero vais a venir uno? ¿Tú me dices que no vas a venir?

-       ¡Pero si yo no he dicho nada!

-       ¿Entonces vienes?

-       Bueno, pues, voy un momento.

 

Avisé a los chicos y me fui detrás de miss bata, por el acojone que me daba que se liara la cosa con un sargento de malhumor. Los chicos se quejaron algo amargamente, pero me pareció que le echaban mucha cara, a fin de cuentas el que se iba con miss glamour era yo.

-       ¿Dónde vamos, pues?

-       Ahí a la sala de oficiales.

-       Ah.

 

Al principio iba andando detrás de ella, pero enseguida me puse a su lado, para no tener que verla. No se dirigió a mi hasta que llegamos a la sala de oficiales:

-       Recoge esas huellas.

-       ¿Cómo?

-       Que cojas el mocho y recojas esas huellas.

-       ¿Eh, que recoja?

-       ¡Que limpies las huellas, coño!

-       AH, no. Yo estoy con lo del motona…

-       ¿Qué no? ¡Ahora mismo me voy a ver al sargento!

-       Vale, vale, vale, vale…no ha problema, las recojo, ya luego voy a lo del motonabo.

-       Ah. Ya me parecía a mi.

 

Y a mi. ¿De dónde iba a sacar agallas un corderito como yo?

 

Así que con mayor diligencia de la esperada, me agarré al mocho, y abrazado cálidamente a él (Pero pon agua limpia en el cubo, marranazo) esperé con ansia que la tercera parte de esta historia me liberara de mi terrible destino.

 

¿Estáis conmigo en esto?

 

LA CAL, EL ANDAMIO, EL MOTONABO (I, Musical de cuartel)

Por una desgraciada concatenación de aviesas circunstancias (Habrá quien diga que las circunstancias no pueden ser aviesas, pero sí que pueden) una mañana, de las primeras de otoño, como la de hoy, quizá exactamente la primera, pero de hace muchísimos años, me vi, en lo mejor de mi poderosa juventud, subido a un andamio, por primera vez en mi vida, y junto a dos compañeros de infortunio, Calero Papo, y el Carnero.

Calero Papo, que solo era uno, y el Carnero, se manejaban con profesionalidad y soltura por el andamio, y no se me antojaba tal cosa disparatada, porque ellos eran de origen modesto y lo más seguro, es que en la adolescencia hubieran ayudado a construir sus propias casas a sus padres, cosa que yo no, por ser mi familia de posibles de toda la vida, con casa en Mallorca, y capaz de pagar hipotecas de casas ya construidas como el que chupa pirulíes.

Esa era la verdad.

Tres puestos había para tres soles como nosotros. Uno abajo, vigilando el motonabo, un artilugio que conseguía, mediante una goma en un bidón lleno de cal , una absorción justa y proporcionada de la misma, lanzando la cal absorbida manguera arriba hasta un pistolón que blandía el segundo de a bordo, y que aplicaba sobre la pared del inmueble, dejando una capa blanca, que hería los ojos como aparición divina.

El tercer componente del equipo, sujetaba al del pistolón, ya que por el deficiente diseño del andamio, tenía que aplicar la luminosa capa de blanco en peligroso escorzo, y teníamos orden de no perder miembros del equipo, siempre que pudiera evitarse.

Ya. Pero ¿El del motonabo qué hacía?

El motonabo era un aparato antediluviano, y cada dos por tres se atascaba con la grumosa mezcla con la que se había fabricado la sal. Entonces había que sacar la goma sorbedora del bidón, y sacudirla a golpes contra la parte de fuera del mismo.

 

Esa mañana que ya llevábamos un tercio de la fachada, el tercio inferior, por supuesto, encalado, me había situado yo de motonabista, y Calero Papo sujetaba a  El Carnero, que aplicaba la mezlca purificadora, no ya con uniformidad propia del interés, sino con cierta habilidad suplementaria del que no es la primera vez que lo hace.

 

El Otoño, nunca pasa sin llamar porque es muy tímido o considerado, y por eso se retrasa siempre, así que hacía calor y hacia la una de la tarde mandaron a uno de por ahí (Uno de esos que anda por ahí sin hacer nada, a traernos un cubo lleno de hielo con tres cervecitas dentro)

 

Aproveché el siguiente atasco del motonabo para avisar a Calero Papo y a El Carnero de que nos habían traído unas cervezas.

-¡Cervezas!

Y me volví al criado:

-       ¿Has escupido dentro?

 

Y me miró con ese tándem de dolor-tristeza de cuando alguien se ofende porque dudas de él.

-       No pongas cara de echarte a llorar, nenaza, como hayas escupido te crujo. Lárgate.

 

Dejé resbalar un poco la mirada, al estilo presidiario, tras los pasos del humillado sirviente-soldadito, y haciendo como que no veía a Calero Papo y a El Carnero bajarse del andamio, pero a la vez extendiendo el brazo con las dos cervezas, hasta que llegaron y las cogieron. Luego cogí yo la mía.

 

Bebimos y fumamos recogiditos y a gusto, a la sombra, quizá, aunque era un sentimiento extraño para nosotros, hasta orgullosos del trabajo que estábamos haciendo, mientras veíamos como el resto de nuestra compañía hacía instrucción.

-       ¿Seguimos?

 

Dijo El Carnero. Le tocaba Motonabo, así que para el era como no seguir. Simplemente golpear el tubo cuando oyera algún juramento. A mí me tocaba de sujetador de Calero Papo, que hacía de pistolero. Pistolero y Sujetador tenían que tener cuidado de que la cal no les cayera en la cara, aun así había veces que una racha de viento traidor y fementido, te dejaba la acara blanca de repente, y picaba un poco. Algunas mañanas no teníamos ni que afeitarnos, porque la cal había hecho de veet.

 

En resumen, que básicamente, que aunque mili al fin y al cabo, aquello era más o menos el paraíso, y durante algunos días fuimos razonablemente felices. Tres machotes pintando. Relevándose en las tareas, trabajando en equipo. No lo supe, pero en alguno de esos ingredientes había algo que contenía el germen de la felicidad.

 

Pero, claro, todo se termina jodiendo.

¿En este caso, queréis saber como?

EL ARENQUE EN EL ABISMO (VI, Fin, Ahora sí que sí)

Una vez que tuvo su vodka en la mano, que la polaca, dicho sea de paso le sirvió con estricta profesionalidad, el Arenque empezó a calibrar todo lo que iba a sentir en el futuro haber perdido aquella oportunidad. De momento no lo sentía tanto, porque aquello estaba de mujeres hermosas a rebosar, y mal se tendría que dar para no caer en gracia a alguna.

            Se acercó al piano, y fue curioso que a medida que el se acercaba al piano, la gente que lo rodeaba se fue apartando, creando un efecto telón, y descubriendo ante el Arenque a una mujer morenaca, delgadita, pero curvilínea, que estaba tocando el piano con extraordinaria dulzura. Era una pieza (la canción) como de folklore americano, así tipo country, cantada por la hábil pianista con una voz dulce y sugerente, que él que no sabía inglés, supo enseguida que la letra era sobre el amor o las flores o el mar o el campo…

…but I shot a man in Reno

….just to wacht him die

 

            Bien morenaca de pelo, como ha quedado dicho, tocaba la mujer sin embargo el piano con sus pálidas manos, y sus uñas negras de esmalte. No de descuido.

            El Arenque, en cuanto vio que la cancioncita sobre las florecitas y los valles, tocaba a su fin, dio dos palmaditas rápidas a modo de aplauso de compromiso, y, quiso intentar lo que nunca le había salido bien.

-       Deja que te invite a una copa, artistaza.

-       Está bien-dijo ella sonriendo tímidamente.

 

Y juntos se encaminaron a la barra, con toda naturalidad, como si aquello le sucediese todos los días a el Arenque. El Arenque echó un vistacillo al reloj, con algo de disimulo, y cogió bastante impulso emocional, al darse cuenta de que sólo eran las 6, y que aún le quedaban otras 6 horas.

-       ¿Qué tomas?

-       Vodkanaranja-dijo ella.

-       ¡Pues yo lo mismo! ¡ea!

 

Cuando tuvieron sus bebidas, el Arenque tuvo cuidado de no probar las almendras que les pusieron de aperitivo, porque cuando tomaba almendras, si se descuidaba, empezaba a lanzar felipos como un bellaco, y ahora era el momento de triunfar. No de los felipos. Por eso le sorprendió tanto verse a sí mismo tomando almendras apenas quince segundos después de proponerse no hacerlo.

Qué cosas.

-       Te agradezco la invitación, ¿Eh? Pero en realidad ya sabes que en las Casas de Hadas Calientes no tiene sentido, puesto que las consumiciones son gratis.

-       ¡Ah! ¡Sí, si, por supuesto! No pretendía engañarte con respecto a eso, me refería a que te tomaras una copa conmigo.

-       Pero ¿No tienes miedo de que se te pase la hora? ¡Le pasa a todo el mundo!

-       ¿Ah, que todos sabéis lo que me pasa?

-       Todos, claro. Bueno, menos ese duende de ahí que no conocemos, y que por lo visto ha venido a olvidar la muerte de un amigo.

-       ¡Pobre!

-       Si, su mejor amigo fue ensartado por un desalmado.

-       ¡Vaya!, pues lo siento horrores, chata. Pero lo que me preguntas de la hora, estoy tranquilo, aun me quedan 6 horas para llegar al sitio, y está a media hora.

-       Pero no te confíes. La confianza será tu mayor enemigo.

-       Nada, nada, todo controlado. No me confío, es decir, estoy serio y concentrado, pero también tranquilo.

-       Bien, esa es la actitud. Así no tendrás problemas. Se podrá deshacer el encantamiento.

-       Ese será el único encantamiento que se deshaga, porque el encantamiento que me producen tus piernas morenas, y el otro, el de tu voz de terciopelo, me parece a mí que no se deshace por las buenas.

-       ¡Ja,ja,ja, anda hombre! Eso me decís todos y luego os cansáis de mi…

-       ¡Yo no, yo no, yo no!

De repente apareció la sigilosa polaca, dirigiéndose a la morena.

-       Será mejor que te ponga hielo en el vodkanaranja, con lo calentorra que estás ya lo habrás derretido.

-       ¿Qué es lo que has dicho?

La polaca no se arredró:

-       Que para ser tan finolis y tocar el piano tan ñoñamente, nos has salido inesperadamente putilla, vamos.

-       Te has tenido que volver loca para meterte con un hada pianista. Recuerda que solo eres una becaria, y que sin sacar la varita mágica del bolso, te puedo convertir en lo que me de la gana.

-       Si, puedes hacer lo que quieras de mí. Pero eso no cambia las cosas, calentorra. Así que ahora, si tienes lo que hay que tener conviérteme en lo que te de la gana. ¿Te atreves?

 

El Arenque no quería intervenir en una pelea entre hadas.

-       Bueno, me voy a acercar a la terraza un momento que…

-       ¡FLOASH!

 

Un rayo cegador voló desde la teórica posición de la musa morena, a la de la atractiva polaca, y tras estallar en la cara de la pobre, y disiparse la nube que se hizo a continuación, en vez de camarera polaca, apareció un…

-       ¡Dios santo! No me lo puedo creer- se oyó por parte de una figurante.

-       ¡Esto es demasiado!- dijo otra figurante.

-       Lo cuento en el pueblo y no me creen…-dijo una con el pelo rizado.

 

Realmente asombroso, lo que apareció fue ni más ni menos que un kimono.

Y también apareció (se hizo patente) la impresión indudable de que aquel hada morena, pianista y con las uñas cuidaditas, en el fondo era, más que otra cosa, una arrabalera.

-       No te jode, la zorra pelirroja…

 

De pronto se volvió hacia El Arenque, y como aprovechando el impulso del arrabal, le dijo, en toda la cara:

-       Y tú y yo, y mi equipo de hadas calientes subalternas, vamos ahora a tener una charla. Venga, vamos.

 

La pianista le extendió la mano, y el Arenque se la ofreció porque pensó que tenía tiempo de sobra, y era cierto, y porque esta vez, no sería él quien se arrugase. No pudo evitar pensar en la palabra “equipo”, y en si de repente, cumpliría alguna de sus fantasías más irrealizables. “¿Cuántas serían? Al  menos debían ser dos, para ser un equipo, más la jefa serían tres. Pero tal vez estábamos hablando de quince, más la jefa dieciséis…o cuarenta…¿Quién sabe”.

Estos y otros pensamientos de temas relacionados (¿Habrá bastante para todas? ¿Las hadas son todas tías? Las azafatas no son todas tías, por ejemplo) le acompañaron en el camino a la felicidad, que pasó por encima del kimono, ya abandonado y deshilachado, y que llegó a una especie de enorme salón, en cuyo centro, había una bañera, empotrada en el suelo, de no menos de cuarenta metros cuadrados, con un agua azulada, que se veía limpia, pero con todo, lo impresionante era el equipo de la pianista.

-       Te presento a mi equipo. No te digo los nombres porque las irás conociendo a todas, y no tenemos toda la tarde, también debemos pensar en tu prueba.

-       Me estás cayendo muy bien. Tú.

 

El equipo. Cincuenta y tres preciosidades de todos los colores y estructuras, cada una equipada con un irrigado cerebro, y otras cosas con interés primario. Y parecían simpatiquísimas. El Arenque no podía ni hablar ni fijar la mirada en ninguna de ellas. Y pensó que ojalá aquello fuese exactamente lo que parecía: El principio de una peli guarra.

-       Arenque, desnúdate y metete en agua calentita, luego cuando te avisemos te levantas, a ver lo que nos puedes ofrecer.

 

Y así se hizo. El Arenque sentadito en la enorme bañera, viendo como las cincuenta y tres subalternas ejecutaban una danza tremenda alrededor de la bañera, y vio como se le acercaban en la bañera, y le iban susurrando al oído:

 

-       ¿Qué nos vas a hacer, cochino?

-       Si, cuando te levantes, guarro

-       Si, guarro levántate, guarro.

 

Y el cerró los ojos

-       Vístete guarro.

-       Si, vístete.

-       Guarro, vístete.

-       ¡Cerdo, vístete!

 

Le extrañó el cambio de tono al Arenque. Y abrió los ojos. Y no os podeis imaginar lo que vio:

            El estaba en el vagón del metro, de pie, agarrado a la barra, solo que con los pantalones bajados del todo. Y el pasaje, que era de cincuenta y tres personas de toda índole, le abucheaba. Y luego todo pasó rápido. Aparewci´ço un enorme vigilante jurado, le pegó un estacazo y se lo llevó. Y al salir del metro, vio que la taquillera era clavada al hada pelirroja.

Y le dijo:

 

-       Hay un hada por ahí con tu cara. Si la ves, le dices de mi parte que es una hija de puta, y que no se hacen estas cosas.

FIN

EL ARENQUE EN EL ABISMO (V, Casi desenlace, La destreza no lo es todo)

-       Pues ya estamos en el desenlace, así que tú dirás.- dijo el Arenque, todo dispuesto.

-       Ya veo, ya. ¿Estás preparado?

-       Preparadísimo. Estoy deseando que se olvide el día de hoy.

-       Pues te deseo suerte en la prueba.

-       Gracias, ¿Qué tengo que hacer?

-       Es muy sencillo. Solo tienes que ir caminando por este sendero, llegar a una casa que está a una media hora. Entrar y volver aquí antes de la última campanada de media noche.

-       ¡Pero si sólo son las tres de la tarde! Me da tiempo de sobra…

-       No te pongas farruco, en esa casa tratarán de retenerte.

-       ¿Por la fuerza? ¿Cómo un secuestro?

-       No, no, mediante la tentación y el engaño, pero tú siempre decidirás cuando volver. Eso solo depende de ti, si te quieres ir te tendrán que dejar que te vayas.

-       ¡Ea! Pues allá voy.

 

Y, bastante confiado y alegre, El Arenque se lanzó por el sendero, dispuesto a demostrar al hada panocha que él era merecedor de cualquier prodigio que cualquier hada tuviera que obrar para ayudarle. Se volvió antes de poder fijarse en las lindas florecillas violetas que acampaban en el borde del camino y le dijo al hada:

-       ¿Nos damos dos besos?

-       Ni uno.

 

Y entonces sí, entonces se fijó en las florecillas, y pensó que eran un buen augurio. Y se fue bastante optimista, casi acolchando el paso, como se hace cuando alguien está muy contento.

El camino rozaba la perfección. Suaves pendientes que no llegaban a cargar los gemelos, tierra compacta que procuraba un andar firme, pero relajado, y cómodas chicanes que permitían arrimarse ora un piano, ora el otro. La prueba, por otro lado, no parecía de mucha dificultad, así que todo se arreglaría fácilmente. Lo único que perturbaba la paz de El Arenque, era el recuerdo de Archie (El duendecillo), ensartado en su espada, quejándose y mirándole todo el rato.

Pero había sido un accidente, caramba.

            Dejó atrás unas preciosas jaras pegajosas, que mostraban sin pudor sus flores blancas y como de trapo, y al mirar hacia la derecha, se encontró con la casa. La casa era de estilo colonial, con toda probabilidad, pero la enorme población de cigüeñas, apenas dejaba ver resquicio alguno de la fachada o del tejado, que ya se sabe que en arquitectura, es el tejado el que dicta el estilo. La puerta de entrada al jardín estaba abierta, y El Arenque la franqueó decidió, y sin fijarse en los delicados frutales que jalonaban el camino hacia la puerta de la casa, se acercó y llamó:

-       ¡Toc, toc!

-       ¡Pasa, chato!

 

Y pasó.

Era un inmenso salón, a cuya derecha, ocupando todo el largo, hasta la ventana del fondo, había una barra. Detrás de la barra, como 5 ó 6 espléndidas camareras, todas buenorras, la verdad, para atender a un montón de clientes, de toda condición; macarras, caballeros, mujeres guapísimas, mujeres hermosísimas, pálidas rubias, ardientes morenas, melancólicas altas, bulliciosas bajitas, y más camareras, todas de extraordinaria belleza, con plateadas bandejas llevando frescas y gigantescas cervezas, o coloridos cócteles, o vinos españoles.

El Arenque, escamado ante tal despliegue, y ciertamente impresionado, aunque todavía pensando en su prueba, más que en otra cosa, pegó un innecesario respingo cuando oyó una voz a su espalda.

-       ¡Vaya, por fin un cliente guapo! ¿Qué vas a tomar?

 

Después del susto, El Arenque se volvió. Una excepcional camarera castaña, con el pelo muy suave y onduladito, y que si fuera terrícola (Es decir no perteneciente a aquel mundo como de nunca jamás), sería claramente polaca, y vestida de uniforme negro clásico hostelero, pero que lo portaba con la misma elegancia que una modelo llevaría un Caprile, esperaba su decisión. El Arenque no solía saber que tomar en los bares, y pedía lo mismo que pedía el anterior a él, lo cual había hecho que desarrollara un paladar a prueba de cualquier cosa, se vio en un apuro ante la falta de “anterior” y pidió lo primero que se le pasó por la cabeza.

-       Ah, pues…un sol y sombra.

-       ¿Con este calor?

-       Ah, pues no, póngamelo con otro calor, si se puede elegir.

 

Aunque el chiste no era ninguna maravilla, la polaca se rio con muchísimas ganas, enseñando una boca descaradamente besable. Y El Arenque cogió confianza, y se sintió muy a gusto, y, aunque no se permitió descuidar la hora, por poder cumplir su prueba sin agobios, si que, por primera vez en mucho tiempo se sintió de buen humor y relajado. Y en cuanto tuvo su sol y sombra en la mano, (¡mierda no recordaba que fuese esa mezcla espantosa! ¡Se hubiera pedido un gin tonic!), se dedicó a pasear y a observar.

Aquel lugar tenía muchísimos ambientes. El Arenque se prometió salir antes de las 8 de la noche. Así que por mal que se diera, tenía cuatro horas para recorrer lo que correspondía a media hora, tiempo más que de sobra, y que le permitía disfrutar de la fiesta. O lo que fuera aquello.

Escuchó el clásico acorde de Fa sostenido menor de un piano. Se dirigió hacia ese encantador sonido, que ya había derivado por otros acordes y melodías, también bonitos, claro, pero no tan contundentes. Pegó un trago a su Sol y Sombra. Le dieron unas ganas terribles de vomitar.

 

-       ¡Qué malo está esto, joder!-Cuentan que susurró.

-       ¿Te traigo otra cosa, guapo?- Le respondió la polaca, que ya había cogido confianza, y le seguía a todas partes, con algo de sigilo.

-       Pues mejor que sí. Un bitter con hielo.

-       Al instante, príncipe. ¿Me llevo el sol y sombra?

-       Por dios, sí. Gracias.

-       De todas formas, tenemos vodka helado danés.

-       ¡Ah, pues el vodka helado me vendrá bien! ¿Puede ser con zumo de naranja?

-       Aquí puede ser, todo, y recalco todo, lo que tú quieras, amor.

-       ¡Vaya!-sonrió El Arenque- ¿Así que todo?

 

La polaca le miró fijamente.

-       Absolutamente todo.

 

Y el Arenque, pensó que toda una vida soñando con que alguna mujer, aunque no fuese ni la mitad de espectacular que la polaca, le dijese algo así. Y qué triste ver, que después, cuando llegaba la hora de la verdad, simple y llanamente…

            …se arrugaba.

 

-       Pues lo dicho, un vodkita.

 

Y la polaca se fue tras un indignado movimiento de melena, jurando en su lengua materna.

(Continuará)

 

Nota del Autor: Sé que dije que esta entrega era la última de este relato, y, creedme, me desprecio cuando miento así. Estoy temblando de rabia contra mi mismo, y, creo que me he dejado de respetar.

Si, aun así, os dignarais leer la siguiente y última entrega de este relato, ya sin mentiras ni ardides, este pobre y frío corazón tendría una alegría inmensa.

Inmensa, oiga.

EL ARENQUE EN EL ABISMO (IV, Duendecillo malvado)

Cierto era que el duendecillo (gnomo o enano del bosque, no estaba seguro El Arenque), estaba al otro lado, sin embargo, El Arenque estaba seguro de su pequeñez estructural por varios indicios; primero que tenía la cabeza desproporcionadamente grande con relación al cuerpo, segundo que estaba al lado de un manzano, y podía hacerse idea del tamaño de aquel ser, que no llegaba ni a la primera rama del árbol, pero la pista definitiva era que el pájaro llevaba una camiseta de manga larga roja, jubón verde y babuchas verdes también, y sobre todo un gorro típico de gnomo, en punta de color rojo, como la camiseta.

Enternecido por el aspecto bondadoso del duendecillo, pero no tanto como para ignorar que quizá tendría que destriparlo, El Arenque se cambió de mano la espada, y avanzó hacia el duendecillo con paso decidido. Éste le esperaba en actitud desafiante, apoyado sobre el tronco del manzano, con su hombro, con los brazos cruzados y sonriendo.

El Arenque seguía avanzando, el duendecillo seguía sonriendo. Por fin el duendecillo sonriente, le habló:

-       Acércate y dame la espada, debo clavarla en el suelo y ver si eres capaz de desclavarla.

-       ¿Rollo camelot?- dijo el Arenque, y dicho esto dio un traspiés, se cree que con la raíz desenterrada del manzano, y cayó hacia delante con el brazo armado extendido, de tan mala manera que la espada atravesó de parte a parte al duendecillo, que cayó pechos arriba, escupiendo sangre y temblando de mala manera.

-       ¡Oh, mierda, que mala suerte!

 

La vista del duendecillo agonizante, perturbaba al pobre Arenque, que deseaba, o bien que aquello fuese un mal sueño, o bien que su misión al final fuese la de matar al duendecillo, y que aquello del desclavado fuese una farsa que había ideado el duendecillo para desarmarle.

-¡ Quítame la espada, por favor, me duele!

 

Con una mezcla perfecta de miedo, prudencia y conmiseración, el Arenque puso un pie en el pecho del duendecillo, y de un fuerte tirón, desensartó la espada del cuerpo del pobre¿bicho?. El cual tras un último e inquietante estertor, estiró la pata. El Arenque sintió alivio, porque aunque no quería matar a la criatura, tampoco quería asistir a una larga agonía que le recordraa a cada rato lo manazas que había sido. También pensó, con el objetivo de obtener un inmediato alivio, que lo que había matado no era un ser humano, de ningún modo, y que probablemente aquello se parecía más a un bicho que a un ser humano. Aunque, claro, también era cierto que iba vestido, al modo de los humanos. Pero no hay que dejar de tener en cuenta que a muchos perros se les viste con abriguitos y hasta gafas de sol, como a las personas, y nadie pretende que sean personas.

 

-       ¡Bah, aquí no ha pasado nada! ¡Pues no hay problemas en el mundo!

Una vez tranquilizada su conciencia, cosa que no resultó fácil, pues estuvo a punto de recaer en la pena, cuando vio que las aves carroñeras del lugar la emprendían a violentos picotazos con el pobre duendecillo, una vez tranquilizada, como digo, se puso unas hierbas en los oídos para no oír el crepitar de las costillas del duende al ser rotas por los buitres, y renovado por dentro, se adentró en el bosque.

Luego, volvió sobre sus pasos, porque se había dejado la espada. La limpió de sangre y restos de vísceras sobre la hierba, y se la metió por el cinturón para no tener que llevarla con la mano, y volvió a emprender el camino de la espesura.

Buscaba, como ya habréis adivinado, el lugar donde clavar la espada y luego desclavarla, a poder ser sin que nadie notase la desaparición del duendecillo. Es difícil buscar algo, sin saber exactamente qué. Es decir el buscaba algo así como una marca en el suelo, un aspa, o en una roca, algo que tuviese que ver con clavar una espada en el suelo. ¿O es que acaso valía cualquier parte? A lo mejor era eso. Era que en realidad la prueba consistía en algo simbólico, como cuando alguien compra un coche a su primo y le paga un precio simbólico. Siendo así, a lo mejor pasaba la prueba simplemente pinchando en algo y luego desclavando. Aunque en realidad, técnicamente eso ya lo había hecho cuando había atravesado el pecho del notas del duendecillo. Y no había pasado nada.

Siguió mirando hacia el suelo, hasta que una voz familiar, le sacó de su búsqueda.

-       ¡Pst! Aquí arriba.

 

Era ella, el hada pelirroja.

-       Jodé, que alegría verte, verás-dijo El Arenque mientras se acercaba al hada.

-       ¡Chém ché, ché! – Le interrumpió ella-Tira esa espada antes de acercarte a mí, no quiero que me pase a mi lo mismo que a Archie.

El obedeció

-       ¡Ah! ¿Te has enterado? Pobre gnomo o duende o trasgo o elfo.

-       Claro que me he enterado, eres un desastre. Su familia está destrozada.

 

Al Arenque le sobrevino el llanto.

-       ¿LA familia? ¡Joder que espanto, que drama!

-       Tranquilo, todo ha sido una broma.

-       ¿Broma? ¿Entonces no lo he matado?

-       ¡AH, no, no, eso sí! Lo has matado del todo. Pero que no tenía familia, era un solitario.

-       Ah. Bueno, mejor.

 

El hada óxido férrico, saltó de la rama y se quedó de pie muy cerca de El Arenque.

-       EN fin, ahora hay que hacer otra prueba.

-       ¿Y la primera?

-       La primera la anulo.

-       ¿Pero exitosa o fracasada?

-       He dicho que la anulo, sin más.

-       Ya pero,…

-       ¡Ni ya ni mi chirri pelirrojo, coño, como si no hubiese existido nunca!

-       Es decir que la de ahora sería la primera, y no cuenta que se haya muerto el duendecillo. ¿Eh?

-       Joder, esto va a ser agotador. Menos mal que solo queda el desenlace.

 

Desenlace que sería un privilegio para mi que leyerais aquí. Porque siempre será mejor que os enteréis de primera mano a que os lo cuenten otros.

 

Y, vamos, que me caéis bastante bien.

EL ARENQUE EN EL ABISMO (III, HADA MADRINA)

El Arenque boqueó al estilo de sus congéneres en la volantilla. (Volantilla: Aparejo de pesca, bastante cuco) y preguntó inquieto:

 

-       Pero en plan metafórico, es decir no eres un hada madrina real, sino que eres una chica normal, pero que te he caído bien y quieres ayudarme, pero no es que seas hada-hada, de las de las varitas mágicas y eso… ¿no?

 

La pelirroja pareció enojarse ligeramente:

-       A ver, majo, a ver si reflexionas un poco. ¿Cómo crees que lo sé todo de ti? ¿Crees que te he buscado en la wikipedia?

-       Pero no tienes varita mágica…

-       Porque tú lo digas…

 

Y la pelirroja, con gesto de aburrimiento, sacó de su bolso Coach, un pedazo de varita mágica de color rosa, impresionante, rematada con una estrella también rosa, pero que reflejaba la luz en muchos otros colores, de una manera irisada, especialmente, en un malva denso espectacular, que provocaba la envidia de los otros colores, más nobles y sinceros, si se quiere, pero que no tenían el alma, el talento del malva.

 

-       ¿Pido tres deseos entonces?

 

El hada infló sus carrillos en un claro gesto de impaciencia, y luego expelió el aire manteniendo la lengua entre los labios, ejecutando una simpática pedorreta.

-       No, majo, esto no funciona así. Yo no he salido de una lámpara vieja, ni llevo turbante. Soy genial en lo mío, si. Pero no soy un genio.

-       ¿Y cómo funciona, pues?

-       ¿No sabes cómo va lo de las hadas?

-       ¡Pues no!- Dijo el Arenque un tanto enfadado.

 

El hada pelirroja, hizo otro gesto de impaciencia (Esta vez más leve, simplemente intensificó la mirada)

-       A ver, simplemente tengo que comprobar que lo mereces, que eres tan buena persona que te mereces que yo intervenga. Entonces lo arreglaré.

-       ¿Harás que se olviden todos de lo que hice, y que todo haya resultado como una especie de pesadilla?

-       Eso podría hacerlo,  hay muchas maneras de solucionar estas cosas. Pero, de todos modos lo primero es comprobar que lo mereces.

-       Estoy preparado. Pregúntame.

-       No hay preguntas. Son pruebas que tienes que superar.

-       ¿Pruebas? ¿Pruebas físicas?

-       No solo físicas, sino que exigen una mezcla de destreza, audacia y valor que determinarán si finalmente eres merecedor de que tu hada madrina, o sea yo, te ayude en este difícil trance. ¿Ya has hecho suficientes preguntitas?

-       Si.

-       ¡Pues que empiece el show, con la prueba número 1!

 

El Arenque se dispuso a prepararse. Pero no se preparó porque no sabía cuál era la prueba y no tenía ni idea de si tenía que prepararse para correr, para luchar con la espada, para restar un servicio liftado…

Por su parte el hada panocha se limitó a apuntar al azar con su varita mágica y ejecutar un golpe seco de muñeca, después del cual, se levantó una humareda espesa y morada, tal que a nadie le hubiera extrañado que el Arenque se despertase en el claro de un bosque completamente desconocido, a quizá miles de kilómetros del vagón de partida.

Como en efecto sucedió…

 

Cuando por fin, se disipó el humo, El Arenque se vio en un enorme claro de bosque, pretendió sacudirse los restos del viaje transmolecular, o lo que fuese y miró lo que estaba sujetando con su mano derecha, que le pesaba tanto. Y nada más mirar, como sucede tantas veces, salió de dudas, y también consciente de todo, pensó de refilón que el mundo de las hadas no era perfecto, ni cuidaban todos los detalles, porque él era zurdo y le habían puesto la espada en la derecha.

Se la cambió de mano y se lo apuntó para poder echárselo en cara al hadita pecosa en cuanto volviera. Este pensamiento se le fue incompleto porque le asaltó la sospecha de que tendría que matar un dragón, como hizo aquella vez San Wolffo. Y otros, también.

Y se preocupó, porque un dragón es peligroso.

 

Y sin dar tiempo a más, al otro lado del claro del bosque, precedido de la huida aventada de bandadas de pájaros sin especie ni raza, apareció, reluciente bajo el sol, un altivo, fiero, e inmenso…

…¿Duendecillo?

 

“¿Tendré que matar al duendecillo?” Se preguntó El Arenque.

 

Y no supo más, hasta la siguiente entrega.

EL ARENQUE EN EL ABISMO (II)

Bajó al metro, como os decía, y lo hizo de un modo que yo no sé explicar, pero que resultó muy metafórico de su caída al abismo. Sacó de la cartera su abono mensual de transporte, miró por un momento su propia foto, se extrañó un poco de estar tan feo (Le pareció que su cabeza era algo trapezoidal) y sacando el ticket, lo pasó por el torno.

 

            Funcionó.

 

            Miró de derecha a izquierda y trató de calcular a cuantos de los que veía les habían echado de su trabajo, con el afán humano, de comprobar si eran número suficiente como para que lo suyo no fuese considerado una anomalía. Como para poder decirse a sí mismo que aquello pasaba en las mejores familias.

 

            También pensó que el era como el típico sargento chiflado al que nunca ascienden por conflictivo e indisciplinado, pero que tiene una profesionalidad y un talento fuera de duda. Claro que lo suyo, fue más cosa de despiste que de rebeldía. El despiste no está bien visto.

 

            Despistes no.

 

            Linea 6, con el objetivo de deambular. Era la primera vez en su vida que iba a deambular. No es tan sencillo. Porque un inexperto como el Arenque sule hacerse el esquema clásico: “Deambularé. Pero ¿Por dónde?”. En realidad, preguntarse por dónde va uno a deambular, es incompatible con deambular. Se deambula por las buenas. Deambular con objetivo no es deambular, es merodear.

            El caso es que ahí estaba el Arenque, metido en el vagón, y buscando un sitio para sentarse. Vio uno libre, pero no se sentó. Si hubieran sido más, se habría sentado, pero un solo sitio libre tiene el inconveniente de que a la siguiente parada se suba una embarazada de siete meses, y es un corte cederle el asiento, porque a lo mejor no está embarazada, la tripa era porque se había aficionado a los bocatas de queso manchego. Y también era un corte no cederle el asiento, porque el resto de los sentados te miraban instándote a la cesión.

            En fin, un coñazo. Mejor no sentarse. La vida es complicada. Pensó entonces, agarrado a la barra del vagón, que no sabía los demás, que él sufría en oleadas. De repente le venía pensamientos amargos, emputecedores, destructivos. Pensaba que esta mañana era un genio de los informes auto-actualizables, y que un problema de despiste, es decir la mala suerte, le había convertido en un apestado. Si la gente del vagón supiese lo que había hecho, sin ninguna intención, abandonarían el vagón a la “mecagoendiez”. “A carajo sacao”

            Pero igual que venía una racha emputecedora, le venía un aire fresco en forma de autoestima. Y le daba por pensar que en realidad los informes auto-actualizables eran un invento suyo, y que una idea como esa, tenía que poder venderse en cualquier sitio. Por ejemplo en los Estados Unidos, con sus millones de dólares, vagando por las calles.

           

            Pero al instante, después de haber recuperado el resuello, venía una idea lúgubre, y pensaba que si la había sacado inoportunamente una vez, le podría volver a pasar en cualquier otra circunstancia inoportuna. Hasta en Estados Unidos. Con sus millones de dólares en alegres bandadas, sobrevolando los aparcamientos de varios pisos, y, y también porque no las capillas móviles, con sus reverendos sonrientes al volante.

 

-       Perdona, ¿Te quieres sentar?

 

Quien esto le preguntaba era una compasiva pelirroja. Bastante guapa, porque no era pelirroja desde el rojo, sino que su cabello era castaño, y se había ido alegrando discretamente gracias a paseos por el campo, y algo de deporte urbano, y, finalmente se había plantado en rojo apagado, pero la mar de contento. Y eso se notaba, en el brillo y en otras cosas. Como además, la pelirroja tenía una sonrisa muy bonita, y una voz algo grave y dulce, El Arenque se vio obligado a contestar con una descarguita de su encantadoramente triste buen humor:

-       No, muchísimas gracias, la tripita es por el queso.

-       Ja,ja..No ya sé que no estás embarazado, pero como lo estás pasando tan mal…

-       ¿Se me nota?

-       Se te nota, pero bueno, aparte de eso, es que yo lo sé.

El Arenque arqueó la gesta pretendiendo ser divertido, y, casi consiguiéndolo.

-       ¿Lo sabes? ¿En serio?

 

Y puso cara de sorpresa, que se consigue yendo a pronunciar una consonante palatal plosiva, pero sin llegar a pronunciarla.

 

-       ¿Quizá has sacado la chorra en la cafetería de tu oficina a deshora?

 

Un viento frío como de la taiga, pero impropio en un vagón de la línea 6, se apoderó de lugar. El Arenque, a punto de pasar a pescado blanco, apenas pudo preguntar:

-       ¿Acaso eres bruja?

Y la pelirroja hizo esta sorprendente declaración.

 

-       ¿Bruja? Hasta cierto punto. Más bien soy tu hada madrina.

 

Y esta vez El Arenque casi se cae de culo. La sorpresa lo invadió todo, para disfrutar a sus anchas de su propio y demoledor efecto.

            El vagón estaba a la altura de Condado de Bracamonte. Antes de llegar a la parada de Oficios del pasado, ocurrirían muchas cosas;

Que os cuento en la siguiente e imprescindible entrega.

 

EL ARENQUE EN EL ABISMO (I)

Fue un accidente. El Arenque  llevaba toda la mañana concentrado en un par de cosas, y que estaba supeditando todas sus necesidades a dar con la clave que le iba a permitir sacar un tipo de informe auto-actualizable y revolucionario, que le iba a sacar de pobre en el trabajo. Había conseguido mantener sus progresos en secreto, para poder venderlos todos juntos y recibir así una calurosa felicitación, cosa extraña en él, porque normalmente, solía ser un poco bocachanclas, y solía desvelar los secretos de sus diseños antes de tiempo, con lo que las expectativas crecían al mismo tiempo que menguaba el factor sorpresa, y cuando presentaba los informes resulta que ya los esperaba la dirección desde hacía tiempo.

 

            Esta vez había conseguido dominar a la naturaleza, y no solo había mantenido su último, auto-actualizable, y revolucionario informe en secreto, sino que incluso durante las últimas horas, había obviado sus necesidades más elementales y acuciantes: El pis y el café.

 

            Ya a punto de terminar su ilusionante proyecto, se levantó como hipnotizado, seguro del éxito y fue a premiarse.

 

            Fue un accidente: Se puso delante de la máquina del café, cuando la cafetería de la oficina estaba llena de gente, y en vez de pulsar el botón del cortado, se sacó la chorra. Como para mear.

            Tuvo mala suerte en que no se dio cuenta al instante, sino que tardó un ratito. De hecho sucedió que como estaba delante de la máquina, y de espaldas a la chusma, nadie se dio cuenta del pintoresco hecho de que llevara fuera el nardo, o sea que le podía haber dado tiempo a guardárselo, pero desgraciadamente, Bolibic, una cagaprisas, flaca y nerviosa, se asomó para decirle:

 

-       ¿Acabas ya?

 

Y ahí fue cuando se dio cuenta de que la estaba cagando en algo. Que se encontraba raro en el Punto Café, con la chorra fuera, que eso no se correspondía. Pero ya terminó de ser consciente del todo, al mismo tiempo que la Bolibic abría desmesuradamente los ojos para decir:

-       ¡Qué asco! ¡Por Dios! ¿Qué es eso?

-       ¿Eh? ¡Ah!

 

“¡Ah!”, coincidió con la plenitud de su consciencia, y en un hábil, pero delator movimiento se la guardó.

-       ¡Perdón!, ¡Espera!, ¡Perdón! ¡Me he confundido!

 

Pero ya era tarde. La Bolibic había salido corriendo, y pegando gritos histéricos.

 

            La historia fue cruel con el Arenque. Le permitió pasar una tarde de locos, esperando la llamada de personal. Le permitió pasar una tarde oscura, creyendo ver censura en la mirada de sus compañeros, y a él le parecieron hipócritas, pues algunos eran cerdos reputados en todos los sentidos, y finalmente, y aunque Bolibic no había aparecido por ningún lado, le permitió hacerse ilusiones de que finalmente no iba a pasar nada, porque aquella tarde no había recibido ninguna llamada de personal.

            Tal vez aquello quedase en nada.

 

            Pero después de una noche de no pegar ojo, la clásica noche de infierno depresivo, llegó a su mesa, y vio una nota de si jefe.

 

            “En cuanto llegues a mi despacho”

Y ahí estaba su jefe con el de personal.

            Y, en menos de veinte minutos estaba, como se dice vulgarmente en la “puta calle”.

 

-       Fue un despiste. Joder. Que soy yo.

-       Pero ¿Quién eres tú a fin de cuentas? Y no dudo de tu palabra, pero esto no se puede consentir.

-       Fue sin querer.

-       No se puede consentir.

 

Le dieron algún dinero, claro. Pero básicamente estaba en un apuro.

 

Bajo el arco que formaban las miradas mayoritariamente críticas de sus compañeros, y consciente de un modo doloroso de que era el centro de atención, salió echando leches, dejándose unas ray-ban, la alfombrilla de ratón en la que salía una caricatura muy chula de Carl Perkins, y unos guantes de serraje, que nunca había utilizado, y que eran regalo de un proveedor cariñoso, aunque poco práctico.

 

Y ahí estaba la famosa puta calle, esperándole con los brazos abiertos, o al menos eso parecía si se contemplaba la doble avenida que salía en curvas convexas de la puerta de la Compañía.

El Arenque debía coger el metro, así que pensando en plan práctico, valoró lo que llevaba en su caja y se deshizo de ello en una papelera. Y de forma mecánica, se puso a pensar en si podría ocultar en futuras entrevistas los lamentables hechos que de un día para otro lo habían dejado solo y desheredado.

 

Entró en el metro.

Y le dio por pensar que si se hubiera equivocado al revés, si hubiera apretado el dispensador de jabón, pensando que le podía servir un cortado, pues no hubiera pasado nada.

Si queréis, en la siguiente entrega desvelamos más cositas y contamos otras que ocurrieron, muy reveladoras.

Continuará

HUEVOS ROTOS (VARIEDAD MORCILLA) Y TÚ (II-Desenlace)

¡Atiza!, no eres nadie zampando huevos rotos. Con el vino eres parca, pero con la comida no tienes fondo. ¿Cómo conservarás ese tipín? Yo, al contrario, me he confiado al vino, y este me proporciona un sopor irónico e ingenioso. Además no he comido mucho, porque no puedo hacer compatible el hambre, que no deja de ser una debilidad, con un sentimiento tan noble como el amor.

            Fiel a la filosofía de “Si fracasas a la primera, niega que lo estuvieras intentando”, necesito gastar un momento en procurarme vías de escape. Del tipo:

-       ¡No, no, no! No he dicho que me gustas. Me gustas como persona, ¿Tú entendiste qué…? ¡Ja,ja,ja! No, pero no te ofendas, eres monilla y tal, pero no eres mi tipo, a lo que yo me refería era a que…

 

Pero para que esta estratagema sea efectiva es necesario que yo adivine tu no. No vale de nada si yo desnudo del todo mis sentimientos y luego pretendo recular. Hay que ir despacito.

Pero el vino es más cabrón…

-       Te amo.

-       ¿Cómo?

-       ¡Que te amo, coño!

-       Pero ¿En plan…?

-       Exacto. En ese plan. Me  gusta cómo sonríes, me gusta cómo te emputeces, me gusta tu diseño y me gusta tu motor…

-       Pero espera, espera…¿Qué quieres conseguir exactamente?

-       Que seas mi pareja de mus ¿No te jode?

 

Te reíste con ganas ahí. Eso me gustó tanto, que hubiera ocultado otros tres millones de pérdidas en sus caóticos informes.

-       Estoy centrada en mi trabajo. ¿Lo sabes?

 

Hora del farol:

 

-       Yo no he venido aquí a convencerte, eso no tiene sentido. He venido a informarte, de modo que si pones obstáculos, aquí se acaba todo y tan amigos.

 

Eso te gustó, jodía. Eso de verme en plan capitán decidido, eso de que tomara el mando y controlara la situación, te gustó. Te gustó un poco. No digo que te gustara así para toda la vida. Pero eso de verme tan dispuesto… ¡Pero si hasta a mi mismo me parecí irresistible!

Seguí hablando para sujetar tu sonrisa.

-       Una de las razones importantes por las que te quiero tanto es porque estás bastante buena. Más que bastante diría yo. Y eso es importante, no te creas. Y eso no cambia porque estés , ¿Cómo era? Ah, sí “centrada en tu trabajo”.

 

Lo digo entre comillas para que tú misma te des cuenta de la tontería que has dicho. Es el viejo truco de enfrentarte a tus chorradas, pero sin tener que desgastarme yo. De hecho te ves empujada a justificarte:

-       Me refería a centrada, en el sentido de distraída de todo lo demás. Y no me doy cuenta a veces de las cosas que pasan alrededor. Pero dime, aparte de estar buena, como tú dices, ¿Hay algo más en mi que te guste?

 

No me pillas.

-       Claro, ya te he dicho que el hecho de estar buena, es solo una de las razones importantes por las que me gustas, no la única, ni siquiera la primera.

-       ¿Y cuál es la primera?

 

Yo quiero decir “tu inteligencia”, pero no quiero que suene tan ordinario, tan vulgar. No hay problema, las palabras buenas siempre las encuentro.

 

-       Me gustas mucho, porque eres brillante. Muy brillante.

 

Se estaba cargando la atmósfera de amor contenido, en cualquier momento la iba a tener que besar, liberando toda la tensión. Pero necesitaba mi sorbete  para quitarme la intención de la morcilla.

-       Y así consideras que estoy a tu altura.

 

Eso se llama un torpedo en plena línea de flotación. Sólo existe una respuesta eficaz para ese tipo de proyectil. Y yo no había pasado tanto tiempo de estudio y reflexión, como para que un solo proyectil me pudiera mandar a pique. De modo que di la mejor respuesta posible.

 

-       ¡Ja,ja,ja! (Toma contramedidas)

 

Y llegó el sorbete y llegó tu nosequé sobre culís de mango. Y me liberé un poco espiritualmente, porque se había levantado la aduana de los besos. Y llámalo movida psicológica, pero me sentí invencible. Y me dije “¡Basta de centrocampismo! ¡Basta de dar pases sin sentido! ¡Hay que tirar a puerta! Y un eco dentro de mi repitió “¡Hagan fuego! Y me di cuenta de que yo, esa frase, no la había dicho, y llegué a la conclusión de que por muy dentro de mí que estuviese, aquello no era un eco. Otra cosa sería, pero un eco, no.

Un eco, no.

            Sentí la llamada.

 

-       Discúlpame un momento, pero hasta los chicos encantadores que se merecen besos como yo, tenemos que ir al servicio de vez en cuando.

 

Y voy y me levanto, y tú esperas pacientemente. Y voy al servicio. Y me da un espeluquín cuando estoy frente a la pared. Y después me lavo muchísimo las manos, y me las seco muchísimo también. Exageradamente. Y al salir, como voy un poco cargadito me equivoco de salida, y sin querer me meto en la cocina.

Y ahí estás tú. La otra tú. Sentada en un rincón entre ollas, fumando con la mirada perdida, con un pañuelo horrible que no puede tapar tus cabellos rubios. ¡Ese poder de las rubias sobre mi!. No veo el color de tus ojos, pero sé que son color hielo profundo. Y me gusta lo profundo que fumas. Y me gusta cómo te relajas después de la faena. Después de dar de comer a gente como yo.

Salgo de la cocina, ahora atino con la puerta correcta. Y te veo ( A la primera tú). Y no estás tan atractiva como mi cocinerita. Y creo que ya no te quiero. Y te lo digo, un poco.

-       Odio a los golden retriever en general. Me hice las fotos con un asqueroso chucho al que no conocía de nada. También salvé tu culo en la empresa, con la esperanza de que fuera mío. Estoy muy arrepentido. Me avergüenzo sólo de mirarte. Separemos nuestros caminos ahora. Antes de que me muera de vergüenza.

 

Te vas algo desconcertada, aunque pareces también aliviada. A mi ya me da igual. MI cocinerita rubia me espera. Me doy media vuelta mientras te vas, para dirigirme a la cocina de nuevo, pero ¡Un momento! ¿Quién eres tú, mulata? Una camarera que no había visto. ¡¡Dios mío!! ¡Qué cimbrearse más loco al caminar! Apuesto a que te arde la sagre latina por los cuatro costados…

 

 

FIN

HUEVOS ROTOS (VARIEDAD MORCILLA) Y TÚ (I)

Estamos delante de una fuente enorme de huevos rotos, variante morcilla, ya sabes; huevos, patatas, morcilla y pimientos de Padrón. Es tarde, y casi todos los clientes, a excepción de dos mujeres de cierta edad, que hablan de formas sin discutir, y nosotros, se han ido ya.

El cheff deambula tristemente por la sala, mendigando alguna palabra amable acerca de su mano con la carta. Pero ni tú ni yo, ni las fefas, hemos querido rebajar hasta tal punto nuestras peticiones de oreja.

-       “Sólo has hecho tu trabajo, macho, está bueno y punto.”

 

Se queda sin oreja.

Tú y yo sabemos algunas cosas que no nos decimos. Por ejemplo, sabes que he hecho un buen trabajo. Que te he traído a un sitio elegante, y , si bien reconozco que la morcilla no es el mejor de los ingredientes para provocar ternura, tienes que pensar que precisamente esta arriesgada elección, dota de cierto carácter estiloso a esta maniobra de seducción. Le da un cierto sello original, como de canción de Green Day. Gran melodía, bonitos arreglos, pero el pájaro se da rimmel.

Sé que te van los contrastes.

Otra cosa que debes saber, es que este sábado de seducción, no es fruto del talento o del genio. Ha sido un trabajo planeado con mimo y ejecutado con precisión, con el único objetivo de despertar tu interés. Un trabajo lento y de alta costura, como no te puedes ni imaginar.

Por ejemplo, hace seis meses me enteré de que te gustaban los perros. Particularmente los Golden Retriever. Casualmente al lunes siguiente, en mi puesto de trabajo, estaban mis fotos en el retiro con un precioso Golden Retriever que para ti era de mi propiedad. EN realidad, yo ni conocía al Golden Retriever, ni a su pazguato dueño, que consintió en hacerme unas fotos mientras jugueteaba con su perro. Barato me pareció el precio de quedar ante él como un rarito, con tal de impresionarte. Pero es que me costó un huevo que te fijaras en esas fotos. Te tuve que llamar a mi sitio con una excusa improvisada, pero tu cara al ver las fotos, y tus grititos de placer, al ver al perro (O a mí, vaya usted a saber) me compensaron las dudas. Cuando vengas a vivir conmigo, me tendré que comprar uno. O mejor, unas semanas antes, te diré que se ha muerto, o mejor que se ha muerto en mis brazos, que no pude hacer nada por salvarlo, después de arrojarme bajo aquel camión. Pero ¡ojo! No soy estúpido, te lo contaré como de pasada, sin darle importancia, haciendo que seas tú la que pregunte, y yo haciéndome el modesto. Pero sin que parezca que me lo hago, o sea en plan natural.

 

Hice más cosas, no te creas. (No puedo creer que me esté venciendo el sueño, aquí delante de ti). Aquella vez que la cagaste en un informe, esa información que hizo que la empresa palmara 3 milloncejos de nada. ¿Cómo que no te acuerdas? Dije que el dato te lo había dado yo mal. Pero no era así. Lo más genial de esta sutil maniobra, fue no decirte que eras tú, la que se había equivocado, sino esperar a que tú misma te dieras cuenta. En cuanto analizaras un poco los números, te percatarías, y entonces me admirarías, por haber cargado yo las culpas, y además, y todavía más tierno, por no habérmelo querido cobrar inmediatamente. Clase que tiene uno, qué puedo decir…

 

Por cierto ¿A qué esperas para darte cuenta?

 

Mi reverso tenebroso se descojona pensando en cuantos sueños masculinos de la oficina acabaré frustrando, si tú te decides a ser un poco mía. Ahora solo los frustra la amiga Pilar. Con su fórmula infalible: Años, kilos, vestidos translúcidos y tangas. Así que pasaré a ser su competencia directa.

 

Me miras un poco, te acercas la copa de vino a los labios pero casi no bebes. ¡Cachis! Pero ya no hay nada que pare esto. En cuanto lleguen los postres (Mi sorbete de mandarina al sake, y tu lo que sea) te diré cuantas cosas siento por ti.

Y tú tendrás que decir algo. No como hasta ahora que no haces más que zampar morcilla.

¡Morenaca!

 

MIEL SOBRE AUTOCOMPASIÓN

Bernardo perdió el amor. Fue de la noche a la mañana, y no una larga, desgarradora y agónica despedida, que es la que él había soñado. Pero es sabido que si las despedidas son largas, desgarradoras y agónicas, es que sigue habiendo amor. Y entonces lo que no hay es despedida.

            Dos no son dramáticos si uno no quiere. Y ella no estaba por la labor del dramatismo. Él hubiera dicho que el dramatismo era una característica más femenina que masculina, así que se sentía desconcertado, al verse necesitando que alguien llorara, preferiblemente ella. Y si ella no lloraba, el tampoco podía permitírselo.

            ¡Con lo bonito que hubiera sido un irse hacia la puesta de sol! Un cálido y húmedo alejarse derrotado, dejando la responsabilidad de la cruel decisión en ella, sabiendo que la conciencia iría horadando su entereza poco a poco, y, que un día, sin saber exactamente a efectos prácticos en que quedaría aquello, se arrepentiría.

 

            Pero ¿Cómo superar esto?

 

-       ¡Hasta nunca pelao!

FIN

AMPARO, LA SUERTE (II- Como lo siento)

Ella (Amparo) se despertó, no le dio opción a la pereza, y tras ducharse enérgicamente, y hacer todos los lavatorios habituales con presteza, tomar un cafetito, y sentarse a pensar en la cocina, un rato, acerca de por qué tenía la sensación de que la tarde iba a ser histórica, se decidió a pintarse cuidadosamente.

La pintura no era un arte que Amparo utilizase a menudo, sin embargo, conocedora de sus defectos, se le daba bien, y conseguía disimular su prominente calavera, con bastante efecto, y, de hecho, eran esos días en los que ella tenía más éxito. Sucedía que luego no mantenía la tensión, y la mayoría de sus citas conseguían tarde o temprano verla de cerca sin pintar, y aquellos no eran tiempos de valor, en los que se pudiera mirar a la muerte cara a cara, sin sentir rechazo. Además los del pueblo ya no se la creían pintada, sabían lo que había debajo.

Se puso un vestido negro nada largo, y las medias más oscuras que encontró, y unos zapatos negros con un tacón lo suficientemente incómodo como para resultar irresistible.

Claro que, el hecho de que la pista del circo fuese arena, le restó un poco de glamour al aspecto general que tenía ella sentada en sus silla de pista, con sus piernas cruzadas con estilo, evitando el desafortunado aspecto que suelen tener las piernas de abajo en esos trances.

Y ella, que se sentía bien, y que irradiaba esa particular belleza que no se encuentra cuando se busca, pero que cuando no se acuerda nadie de ella, sale de dentro a ocupar su lugar.

Así que los payasos se distrajeron un poco, mirándola.

Y el maestro de ceremonias, con sus elegantes chorreras también se distrajo lo suyo.

Y los cinco hermanos trapecistas, que, de acuerdo, ejecutaron sus volteretas y equilibrios con toda profesionalidad, pero que entre tirabuzón y enganche, le echaban miraditas pícaras. Pero, hay muchas mujeres que se sienten desconcertadas si les entran cinco hermanos a la vez, por muy bielorrusos que sean. Y Amparo, era de esas.

Se apagaron las luces, y sonó el rugido cercano de un tigre. Se encendieron las luces y resulta que no eran tigres, sino leones. ¡Imposible adivinar! Y en medio de ellos, con poderoso tórax envuelto en brillante chalequillo abierto, y pantalones ajustados, pero ajustados ajustados, calzado con imponentes botas de cuero negro, y tocado con elegante pañuelo piratón, apareció el domador.

Amparo no pudo reprimir un suspiro hondo y tremendo, pero el resto del público femenino no pudo reprimir unos gritos desaforados y elocuentes.

-       ¡Manga de zorritas calientes! – Se dijo Amparo, ya malherida por los celos de una relación visual de cuatro segundos y siete décimas.

 

No supo Amparo en que consistió exactamente el número del compacto domador. Pero le siguió en cada movimiento, se fijó en como con su mano firme sujetaba el aro ardiente por el que pasaban las fieras sin dudar, confiando en él. Y ella pensó que si él se lo ordenase, ella también pasaría por un aro ardiente, que coño.

Las zorritas calientes también se quedaron embobadas viendo como el apuesto domador agitaba el látigo, y pensaban que si a ellas les agitase el látigo así, con esa parsimonia ellas también se sentarían en el suelo, y sacarían su lengua relamiéndose los bigotes, (Caso de tenerlos que ya os digo yo que alguna sí que los tenía)

Amparo se concentro en el domador, para que nunca se le olvidase el tipo que le había hecho sentir tan salvaje, por el único que recordaba ella, sería capaz de cualquier cosa. Y se concentró tanto que viajó con su mente con el domador, al futuro y al pasado. Y cuando volvió la función había terminado y la gente se estaba marchando.

Y su domador se había ido también.

Ella había decidido quedarse, no obstante un rato, para poder seguir percibiendo olores, sensaciones, tesoritos inmateriales que pudiera utilizar para recordar en el futuro. Y se fueron apagando las luces. Y se fue quedando vacío y oscuro todo.

Y, alguien cogió su mano.

Y ella se pegó un susto morrocotudo y se le escapó un poquito de pis. Vio que quien le cogía la mano era el domador, y se quedó expectante, aunque con su independiente corazón latiendo a toda pastilla.

-       Me llamo Iván. Quiero que vengas conmigo.

 

Ese mensaje simple y directo, la dulzura de la entonación extranjera, el hecho de que le dijera primero su nombre,…o que ella estaba ardiendo por dentro…¡Vaya usted a saber!. El hecho es que ella obedeció sin rechistar.

-       Yo me llamo Amparo.

-       Tú te llamas su alteza.

 

Iván se la llevo por estrechos pasillos, a lo largo de los cuales se fueron cruzando, como era de esperar con gente vestida de colores chillones, y de las más variadas formas y tamaños, como correspondía a un circo que se preciara. Pero lo más interesante para ella, era que todo el rato atravesaban puertas en las que ponía “PRIVADO, PROHIBIDO EL PASO” y cosas así, que a ella, si se me permite la expresión, cada vez le excitaban más.

Tras recorrer otros pocos metros, en un apartado, solo que aun cubierto por la carpa, llegaron a la enorme de jaula de los leones, que estaba al fondo de la estancia de paredes de lona.

-       Te lo voy a hacer ahí dentro, que lo vean ellos.

-       Vale.

-       No debes de temer nada, ya han cenado, y después de cenar son solo gatitos.

-       No temo nada.

 

Así que entraron.

 

Y, bueno, qué contaros, para qué subiros la temperatura. ¿Decir que ella no acertaba a desabrocharle a él porque estaba demasiado caliente, y esto le ponía más y más nerviosa? ¿Y le ponía más y más caliente? ¿Decir que frustrada por no poder desabrocharle y sentirle de una vez dentro, se dedicó a morderle por encima del pantalón. Y que los leones bostezaban. Entonces tendría que contar, lo que le pareció a ella que el correspondiera a sus mordiscos, pegándole a su vez enormes y dolorosos mordiscos en su trasero. Pero a ella le encantaban. Y se lo quiso agradecer con una morada de deseo ojos contra ojos. Y le miró. Y sintió su mordisco en el culo. Y entonces pensó que si le estaba mirando a la cara…¿Cómo podía ser que le estuviese el a su vez mordiendo el culo?

Y ella se giró, y vio a su vez que quien el mordía el culo era un león.

Y, en realidad, de hecho, más que mordérselo se lo estaba masticando. Y, ella se lo fue a echar en cara a Iván:

-       Pero ¿No decías que ya habían cenado y que…?

 

Pero, desgraciadamente, a ella no le dio tiempo más, y el león la mordisqueó toda, dejando unos despojos irreconocibles. La experiencia de Iván le permitió salvar la vida, aprovechando que los leones se ententenían con ella. Pegó un ágil salto y salió por la trampilla de arriba. Era justo cuando llegó el crío que daba de cenar a los leones, Manolo.

 

-       Iván que dice el jefe que no metas a ninguna tía hoy en la jaula de los leones , que no van a cenar hoy porque están un poco gordos y los han puesto a régimen. ¡Ahí vá! ¿Quién les ha dado carne?

-       Joder, dijo Iván, menuda la que hay liada. Anda trae el caldero y la fregona. Y los dardos. Vaya currele que me espera esta noche…

 

En la morgue. A lo que íbamos:

 

Estamos en el depósito. El maquillador post mortem ha hecho un buen trabajo con  Amparo. De acuerdo, no se parece en nada a ella, con su pinta cadavérica, pero al menos parecía un ser humano. Su amigo, que le acompaña a veces cuando trabaja le dice:

 

-       NO se parece en nada.

Y el otro le responde ofendido:

-       A ver, macho para conseguir que se pareciera a ella en vida solo tenía que haberla despellejado. Lo que he hecho es mejorarla. Y, de todas formas si te esperas diez años, ya verás si se parece a ella o no.

 

 

 

FIN

AMPARO, LA SUERTE (I)

Sobre si técnicamente Amparo era guapa o no, pudo, de haber sido ella algo más popular, haberse suscitado un debate interesante. En un lado habrían estado, vestidos con sus túnicas virginales de góspel, el equipo de los “Bien mona que es”, y en el otro lado, vestidos a la patalallana, un heterogéneo grupo compuesto a su vez de grupúsculos, que aun estando de acuerdo en que era desagradable (Amparo), no se ponían de acuerdo en la razón. (Que si el carácter ácido, que si el gesto masculino, que si los andares desgarbados, que si todas estas cosas a la vez, que si ninguna de ellas y, en cambio no se podía soportar su voz estridente…)

 

El verdadero intríngulis de Amparo, es que siendo alta, morena, y de facciones agraciadas, sus ojos, sin embargo, se hundían más de la cuenta, presentando al mundo, en demasía el perfil de su calavera.

Así que quedaba un poco siniestra, un poco dibujada por Tim Burton, y eso no era apreciado por todo el mundo. Como no todo el mundo en el pueblo, conocía a Tim Burton, y además se habían quedado en el análisis superficial, el resultado final era que la chica tenía su éxito pero a la hora de la verdad, los chicos preferían quedar con otras.

Porque de hecho era bien grave que su calavera se insinuase tanto tras su fina piel. Que se viesen así de bien las redondas órbitas de sus ojos, y se notase perfectamente donde enganchaban sus dientes con la mandíbula. Y si comía, que lo hacía, se veían sus huesos moviéndose al ritmo esclavo de los tendones.

A nadie le gustaba eso. A nadie le gustaba que su circulación venosa facial y subcutánea no dejase lugar a la imaginación. Era así que en el pueblo, nuestra pobre Amparo no tenía grandes posibilidades de encontrar un hombre que la amase lo suficiente.

Porque por definición lo suficiente es bastante.

 

Puesta a pensar en frío, llegó a la conclusión de que la única solución a sus problemas era salir del pueblo. Pero se acercaba el día de San Maximiliano María Kolbe, patrón del pueblo, y no era cuestión de irse en plenas fiestas, cuando llegaba el circo. Su espectáculo preferido. El Circo Mónaco.

Ya se iría después.

(Además no se daba cuenta la tontita, de que en realidad esta era la segunda solución a sus problemas, la primera era salir del pueblo, pero la segunda era que gente nueva entrase al pueblo)

 

Por fin llegó el día del patrón, y el número fuerte, el circo (Puesto que la elección de reina de las fiestas se había convertido en la aburrida designación, año tras año, de Vanesa, la morenita de las curvas vertiginosas). En esta ocasión, Amparo, había sido diligente, y, recordando que nunca había conseguido estar lo suficientemente cerca, como para ver en toda su plenitud la función, ya estaba delante de la taquilla una hora antes de que la abriesen, para no quedarse sin una silla a pie de pista, como la de Jack Nicholson en el Staples Center.

Y se fue toda contenta, tras una hora de espera con su carísima entrada de a pie de pista, y su sonrisa un poco siniestra, como la de las banderas piratas.

Y, para celebrar que aquel era uno de esos días en los que hay un suceso tan importante que se planifica todo en función del suceso (Es decir, una final de copa de Europa, un concierto de Los Ciclones, o una paella de pollo y conejo para comer) se tomó un vermú rojo, y luego otro, y se fue a casa a comer y a echar la siesta hasta las siete, una hora antes de que empezara la función en el circo Mónaco, que había montado su modesta carpa en el recinto de la plaza de toros portátil.

Y las cosas se fueron haciendo según los planes. Unas patatas guisadas con carne, y dos vasitos de tinto de la Cooperativa, le dejaron en suerte ante una siesta pesada y feliz, en la que soñó que su piel se acolchaba un poco, y que ya no se le notaba tanto la calavera, y que estaba en la estación veinte minutos antes, peinada y lavada, y pintada, de que llegara el último tren. Y que cogía el tren, el último, e incluso lo cogía tan sobradita que tenía sitio para sentarse y entablar conversación con un atractivo joven, que tenía la barbilla partida, y, que por ello según algunas gitanas que se había topado a lo largo de su existencia, iba a tener cuatro niñas. Y a ella, bueno, no le venía mal tener cuatro niñas.

 

Pero hasta los días felices tienen sus momentos amargos, y el móvil despertador 3g, le despertó de su siesta a las 7 en punto. (Continuará)

 

En el desenlace, que es ya en la siguiente parte, todo se jode un poco. Os lo aviso porque si queréis un final feliz, lo mejor es quedarse aquí. Si lo queréis es un final sincero, leed la siguiente entrega.

Leed, leed la siguiente entrega.

 

UNA SEMANA DE VACACIONES

 

 

Calculo que estaré de vuelta el lunes 8 con nuevas historias, espero que os sigan resultando agradables. A mí me seguirá resultando agradable escribir, y mucho más, desde luego si me seguís leyendo.

            Sois bastante majos, la verdad.

 

            Y yo tampoco soy malo del todo. Hacemos un buen equipo ¿Eh?

 

            Besos.

MI AMIGO WOLFFO.

Estuve en el concierto que Paul Mc Cartney dio hace un tiempo en Barcelona. En el Palau Sant Jordi. Yo, reconozco que estoy enfermo con Mc Cartney, y que cualquier canción que saque, o aunque sea una música de ascensor, me parecerá lo mejor que he oído en mi vida. De hecho, por ejemplo, la canción Dance Tonight, es una especie de cosilla hecha con un ukelele, pues yo la tengo en todos mis cacharros de escuchar música. Y siempre pienso, ¡Claro, es justo la canción que había que hacer ahora, y no esas mierdas de Coldplay!.

Así que es posible que hoy acabe de sacar las cosas de quicio. En el concierto, había un ratito que Macca se queda solo en el escenario con su brillante acústica, para tocar Blackbird, y we can work it out, (casi nada), pero antes de atacar la definitiva Here Today (una maravilla), lee en español unas palabras, comenzando por estas tres:

-       Mi amigo John…

 

3 Palabras, sí. Mi amigo John. Porque después de peleas, envidias, carneros, respuestas a los carneros, …queda el hecho definitivo de que eran amigos con quince años. Qué grande ¿eh? Qué grande que después de todo queden esas tres palabras: Mi amigo John. Decid lo que queráis, pero era Mi amigo John. Si, Yoko y toda la mierda, pero Mi amigo John.

 

Pues ahí te voy, Wolffo.

No estoy valorando ahora que hayas tenido sacos de paciencia conmigo y mis cositas, que me hicieras padrino de tu hija, que me hayas implicado en tus proyectos, que me buscaras cuando desaparecí, y todo eso que no quiero ir desgranando, que tampoco hace falta que se sepa todo.

De lo que hablo es que cuando me diste tu libro, recién salido de la imprenta, con su portada, su título, y sus agradecimientos (Que ya ves tú la tontuna de idea…) se me vinieron las tres palabras a la cabeza.

-       Mi amigo Jordi.

 

Se me vinieron estas tres palabras, pero no solas. Se vinieron con los calores y los fríos de entonces. Se me vinieron con tremendo orgullo de que persigas tus sueños hasta el final. Orgullo de otro ..¿Sabes lo difícil que es para mí sentir eso?

Enhorabuena, me encanta. (Ya me lo he leído entero, haz otro)

 

Wolffo es mi amigo, pero os aseguro que su libro de recetas no es vulgar. Os hará sentir mil cosas, todas cálidas, todas dulces. Y os reiréis que te cagas. Ya sabéis donde podéis averiguar cómo conseguirlo, en “Las peroratas de Wolffo”. Creo que aun no está disponible pero le queda poco.

 

Mi amigo Wolffo.

PRETÉRITO GANSO (II)- FINAL

Le dio rabia que sus hebras disjuntas hubieran perdido el acomodo que tan dulcemente les dispuso la Tata con el peinecito marrón, y que cayeran bajo la gorra Ferrari en disposición “Amigos ya no tengo pelo, solo estas hebras”, y tomó la decisión de afeitarse la cabeza.

 

            Ya lo tenía que haber decidido antes.

 

            Los ojillos oscuros de Sepúlveda le miraban desde demasiado cerca. Tal vez pensaba que él estaba inconsciente por no haber respondido a su saludo, pero lo cierto es que esperaba que se incorporara el resto, sobre todo las chicas, y evitarse un cruce de palabras, por muy breve siempre lastimoso, con el amigo Sepúlveda.

 

-       ¿Qué tal tío?  Ya nos extrañaba tanto tiempo de baja, en ti. ¿Estás muy mal?

-       YA ves tío, un catarro.

-       ¿En serio?

-       No, no, es broma. Estoy mal. Si.

 

Vio que no se atrevía a preguntarle si iba a palmar pronto, y él, la verdad, que tampoco quería decir algo así, sobre todo por no asustar a las chicas. Vio que Patricia entraba, tintineando alegremente sus pendientes, y caminando a pasitos rápidos sobre unos tacones bien favorecedores. Pero se quedó al fondo y le dijo hola con la mano, y tal vez un “¿Qué tal?” sin voz. Se sentó en un taburete. Él se olvidó de Sepúlveda, y se dirigió a ella.

-¡Hola Patri, me alegro mucho de verte!

 

Y ella sonrió y volvió a saludarle con la mano. Incluso, dijo algo como:

 

-       ¿Cómo te encuentras?

-       ¡Bien, Bien!

-       Me quedo aquí para hacer sitio a los demás.

 

Al saludar con la mano, se dio cuenta de que había sacado de bajo las sábanas su esquelético brazo. Tal vez eso había espantado a Patricia. Volvió a meterlo bajo la sábana.

Y, aprovechando su visión de la habitación:

 

-       ¿Y los demás?

-       Miriam, la vasca sube ahora, esta aparcando.- Respondió Sepúlveda.

-       ¿Miriam la vasca? ¿La conozco?

-       No, pero es la que está…que ha venido a…que está con las cosillas, un poco hasta que tu…

-       ¿Qué me está sustituyendo?

-       ¡No, no! A ver, sustituyendo no…pero un poco. Sustituyendo, dice, ¡ja,ja!

-       No importa, yo me voy a pedir la baja definitiva.

-       ¿No vuelves?

-       Si vuelvo te jiñas. ¿Y a qué viene Miriam, que no me conoce?

-       A conocerte, claro.

-       ¿A conocerme?

-       Y, bueno, a preguntarte unas cosillas, que tiene dudas. Pero a conocerte.

-       Ya, ¿Y los otros demás?

-       Que vienen mañana, porque hoy les han liado para un rollo.

 

Todo aquello le pegó un poco de bajón. Casi se quita la gorra Ferrari, de hecho, pero le pudo el pudor. Sin embargo la situación se había vuelto tan desagradable que, no tenía muchas ganas de conversación. Ni de razonar.

            Al menos Patri habló:

-       ¿Por qué has dicho que si vuelves nos jiñamos?

-       Porque me estoy muriendo, Patricia.

 

Y el pensó que diez años trabajando juntos habían servido para algo, porque abrió la boca de modo desmesurado, y se puso las manos en la cara. Dijo algo, pero como tenía las manos en la cara no se le entendió. El tuvo que preguntar.

 

-       ¿Qué?

-       ¿En serio? Repitió ella.

-       Si, si. Bueno eso dice el Dr Ansúa. Que en cualquier momento vendrá el fatal desenlace. Que no hay esperanza para mi.

-       ¿Y cómo estás?

-       Si, tío-dijo Sepúlveda- ¿Cómo estás?

-       Bien, dadas las circunstancias.

-       ¿Y no hay ninguna esperanza, ninguna?- Preguntó Patri con un hilo de voz.

-       No, Ninguna.

-       ¡Vaya por Dios!

 

Y a él le pareció una expresión que no daba suficiente importancia a su estado. “Vaya por Dios” ¿Qué era eso?. Era lo mismo que hubiera dicho si se hubiera quedado sin un top negro de su talla en el Outlet.

 

-       Si-corroboró Sepúlveda-la vida es una mierda. Pero bueno, estamos aquí para alegrarte los últimos momentos. Para eso somos amigos desde hace más de diez años. Además, tú no hubieras querido vernos sufrir, ¿Verdad?

-       Eh, eh. Que aun estoy aquí. No es lo que hubiera querido, sino lo que creo.

-       ¡Bueno, bueno, no te mosquees! Que nosotros no tenemos la culpa. ¿Verdad Patri?

-        Perdona, salgo un momento, que tengo un sms.-dijo Patri.

-       ¿Has visto?- comentó Sepúlveda-pues la tengo casi en el bote.

-       ¡Pero, coño que me estoy muriendo, joder!

-       Eh, eh, tranquilo,  siempre estarás con nosotros.

 

Se oyó la voz grave y bastante sexy de Miriam la vasca, que, en sí, aparte de rubia, y con estilo, era un bellezón pálido.

 

-       Sepúlveda, no aguanto más, tú y tu amiguita sois basura. Me dais asco. ¿Tú eres su amigo? ¡Tú eres un cabrón! ¡Tú no eres amigo de nadie! Y la zorrita de los pendientes lo mismo. ¡Anda vete! Y de camino la coges a ella. Y os volvéis a la oficina.

-       Tú no eres nuestra jefa.

-       Puedo contarle a todo el mundo el asco que me dais. ¿Quieres eso?

 

Sepúlveda recordó que Miriam la vasca estaba bien relacionada en la empresa, y decidió irse cabizbajo. Antes de eso, le hizo un gesto a él, con el pulgar hacia arriba, y musitó un reparador:

 

-       Ánimo, tío.

 

Cuando Miriam la vasca, se quedó sola con él, cerró la puerta de la habitación y se acercó hasta donde el estaba, y, le puso las dos manos en sus mofletes resecos. Y con dulzura le besó en la frente, apartando un poco la visera Ferrari. Y le dijo:

 

-       Ya. Ya sé que no te conozco. Y tú a mi tampoco. Sólo se una cosa de ti. Sé lo grandes que son tus cojones. Me encanta la gente que no es vulgar. La gente diferente, la gente como tú, que no quiere hacer ruido para irse. ¿Me dejas que te bese otra vez? No hacer ruido para irse. No he visto tanta clase junta en mi vida. ¿Sabes?.

 

Ya llevaba un rato él, tratando de contener sus lágrimas, pero, él sabía que cuando alguien le reconocía una cualidad, enseguida se le ponía la lágrima en el ojo, y en las circunstancias actuales, no podía contenerse, y, coño. Pues lloró.

 

Y ella seguía.

-       Llora, llora fuerte, pero apóyate en mi blusa, porque ninguna mancha es más honrosa que la de tus lágrimas. Y te digo más, si nos hubiéramos conocido antes yo a ti no te dejo escapar.

 

Y así estuvo ella, un cuarto de hora, proporcionándole a él, el más ALTO CONSUELO que él había sentido jamás. E incluso para irse, le dijo:

 

-       Mira, me voy porque no me puedo permitir enamorarme de ti. Mañana vuelvo.

 

Y se dio la vuelta para irse. Pero llevaba la indeleble mancha de sus lágrimas en la camisa. Y ella se dio la vuelta, le miró a él de arriba abajo, con amor, coño, con amor. Con un amor que nunca se vio. Y el no sabía que decir. Pero ella sí:

 

-       NO sé si me harías un favor…

Y él le hubiera hecho cualquier favor.

 

 

En la cafetería del hospital, esperaban Patri y Sepúlveda. Charlaban animadamente. Apareció Miriam la vasca. Gritando.

-       ¡Pedid champán, ya lo tengo!

-       ¿En serio?

-       Apunta,coño,apunta: “K:|Miscampañas\Documentos\AñoActual\Ferrari.ppt” la contraseña es Patri.

-       Joder, que alivio, no teníamos nada.-dijo Sepúlveda.

-       ¿Y él que tal?- preguntó Patricia.

-       ¿Él?-respondió Miriam-si le llego a pedir su corazón sangrante latiendo me lo da.

-       Joder, gracias Miriam tía no sabíamos como sacárselo.

-       NO hay problema, cuando necesitéis a alguien sin escrúpulos, contad conmigo.

-       Si, ja,ja,ja.

-       Si,ja,ja,ja

-       Si.

FIN

PRETÉRITO GANSO (I)

Le hizo mucha gracia darse cuenta que aun en su lamentable estado, estaba pensando en cómo resultar irresistible a sus compañeros de trabajo, que venían a visitarle a las 12,00h.

¿He dicho a sus compañeros? Me refería en sentido estricto a sus compañeras. Seis o siete chicas, que tenían seis o siete atractivos cada una. Si, aquel era un buen grupo.

Marginalmente, venían acompañadas por unos cuantos de sus compañeros, de los que se podía prescindir perfectamente, pero él, cuando le avisaron de que tendría aquella visita, prefirió no decir que vinieran solo chicas, ya que eso pondría en evidencia sus aviesas intenciones de seducir.

Y uno, aun moribundo, debía conservar las apariencias.

 

Le sorprendió comprobar cuantas cosas aparentemente tontas, conservan su importancia aun en los umbrales de la muerte. Todo lo que era ahora, lo era hasta la muerte.

-       Del Madrid hasta la muerte.

-       Del PP hasta la muerte.

-       Le gustaba la navidad hasta la muerte.

-       Tocaría mal la guitarra, hasta la muerte.

 

Bien, treinta y siete kilos menos que en sus tiempos lozanos, no facilitaban, precisamente, una puesta en escena sexy y colorida. Por suerte, la máscara de oxígeno (Obligatoria, ante el riesgo de un “Ataque definitivo”, según el doctor Ansúa), tapaba sus macilentos y ahora pellejosos mofletes, y el gotero (También obligatorio ante bla bla blá) distraía la atención. Debía centrar la atención en lo profundo de su mirada azul, y en cómo encaraba la recta final. Y contar como baza a favor, con el detalle tan bonito que tienen las mujeres de tener en cuenta tanto los detalles, como para sustituir lo global por algún detalle bonito. Son capaces de apreciar los detalles: Sensibilidad.

-       ¿Me peinas un poquillo, guapetona?- le dijo a una enfermera que pasaba por allí.

-       Llámeme hermana.

-       Pero hermana guapetona, en todo caso.

 

Y la hermana le peinó con bastante dulzura, y le recordó a cuando su madre lo hacía, siendo el un enano. Y se acordó que entonces no pensaba que lo echaría de menos. De hecho no pensaba, en realidad.

Después de peinarlo, un poco dulcemente, como ya he dicho, la hermana guapetona y enfermera, cambió el gesto, y puso el gesto profesional de mirar el monitor. Y también de comprobar el gotero.

-       Como os gusta a todas ese programa, tata.

-       ¿Te traigo un vaso de agua?

 

El pensó que qué pena que no tuviese sed, porque sería un placer beber con sed, y ahora placeres tenía muy pocos.

Qué coño, no necesitaba agua.

-       No, hermana. Gracias. Ahora vienen a verme mis compañeros del trabajo. ¿Cómo estoy?

-       Muy guapo.

-       Qué bueno eres conmigo, tata.

-       Hermana.-dijo la monja enfermera, sonriendo, y se fue.

 

Miró un poco debajo de la sábana, y se vio flaquísimo.

-       Ya puedo sacarme algún detalle deslumbrante, porque de tipo estoy fatal.

 

Una cabeza conocida asomó a la puerta. Era, la increíble Pat, con sus increíbles pendientes, en sus bonitas orejas y con su pelo casi rubio. Un poco largo, como en dos tonos. Ella asomó la cabeza y le miró. Él la sonrió, pero ella volvió a salir y dijo en voz  alta que él oyó:

-       Aquí no es, coño, aquí hay un viejo. ¿Qué habitación era?

 

Y el por un momento pensó:

 

-       ¡Mierda se me olvidó ponerme el puto pañuelo!- pero cogió una gorra de Ferrari.-¡Me ha visto todo despeluchado! ¡Se lo contará a las otras! ¡Hay que reducir pérdidas!

Y luego oyó

 

-       Era la 239 Es esta ¿No?

-       ¿Es la 239 o la 293?

-       La 239, que no soy disléxico.

 

Y se asomó la cabeza de Luis Sepúlveda que no era disléxico. Y su cabeza volvió a salir, para decir.

 

-       ¡Eh, que está aquí, que es este!

 

Y volvió a entrar, para decir:

 

-       ¡Hola campeón! ¿Cómo estás?

 

Y, los demás no se fijó, pero el Sepúlveda entró con una amplia sonrisa, que son embargo resultaba desagradable.

 

(CONTINUARÁ)

LA MÁGICA INSIGNIFICANCIA

Yo al volante. De ida. Tan socarrón y altivo, tan al mediodía. Tan al sol por entre los valles. Mi bala de plata cruzaba como una flecha sobre el puente estrecho del pantano. Estrecho sí. Pero mi firme mano, y el peso de mi ciega confianza, hacían que, aun a escasos centímetros del borde del puente, no disminuyera en absoluto la velocidad, sino que, al contrario, la aumentase un poquito, quizá imprudentemente, a sabiendas de que ya estaba muy por encima del límite.

¡Bah!, La primavera le estaba pegando un buen repaso a las faldas de las colinas, que les salían por aquí y por allá sarpullidos de placer en forma de florecillas silvestres, tan pequeñas y tan pizpiretas.

Y nada de esto importaba mucho en realidad, porque a mi lado, sentada sobre su trasero mulato y festivalero, viajaba Isabel, la cubana. La joven brujita de los ojos negros. Viajaban ella y todo su glamour a mi lado, ella envuelta en un precioso vestidito medio lila quizá, pero algo cortito y yo iba disfrutando, aunque no en plan guarro, sino admirando dos piernas tan, tan…igualitas.

Ella iba callada, mirando al frente, y sin desviar la mirada del frente, más que para enviar algún sms por su móvil de última generación. Cualquiera hubiera dicho que era una borde altiva. Pero yo sabía que no.

Alcanzamos la autopista.

 

Y en la autopista nos hicimos menos iguales. Aun en las carreteras secundarias, con el balanceo por los baches, y lo corto de la velocidad, éramos dos seres humanos, que no se diferenciaban en el estatus, sino solo en detalles como las piernas de seda, el vestido lila y los pechos morenos y apretados. Que uno los tenía y el otro no.

Pero ya en la autopista se vio que yo era el chófer de su madre, y ella mi trabajo, un encargo de su madre. No sé porque pasó eso. No sé por qué la diferencia vino a interrumpir mis sueños de verano. Fue tal vez la compañía de los otros vehículos, o los camiones de transporte de animales vivos, o los “veículo longo”, o tal vez que se puso a hablar con sus amiguitos de la universidad de París La Sorbona, en ridículo francés.

Y que yo no entendía nada.

 

Pero definitivamente, cuando entendí que no pararíamos a hacerlo en los servicios de una gasolinera, fue cuando se quitó las gafas de sol, y mirando al frente, donde destacaban las enormes montañas de la cordillera cantábrica, me dijo, dirigiéndose a mi, por primera vez en todo el viaje.

 

-       ¿Sabes? Cuanto más admiro estas magníficas montañas, más me doy cuenta de lo insignificante que eres.

 

 

FIN

¡TUS HIJAS ESTÁN GORDAS!

Mucha gente no se cree que en Villalba de Guadarrama hay un microclima como un piano. Es gente que ha viajado mucho, que allá donde han ido les han explicado lo del microclima, para que no se les ocurriera ir a comprar mandarinas al pueblo de al lado, ni a tomar chatos a la capital: “Es que aquí el aire del monte hace como un reviraje que lo que consigue es que se enganche la humedad, y de ahí la clase especial de uva que tenemos.”

Todo este asunto del microclima se empezó a venir abajo, cuando un grupo de aguerridos excursionistas hizo oídos sordos a las recomendaciones de un gurú del microclima, y se fueron a comer un potaje de garbanzos al pueblo de al lado, y les supo a gloria bendita, y desde entonces funcionó el famoso “boca a boca”, diciendo que lo del microclima era un paparrucha.

Muchos grupos de excursionistas, desde entonces, abuchean a los lugareños que les salen con esas zarandajas, e incluso llegan a agredirles, hartos de tan manido asunto.

-       ¡Microclima tu puta madre!- Se oye decir a algunos.

-       ¡Microclima los cojones!- Se oye a otro.

-       ¡Vamos venga!- Dice uno que no quiere discutir.

 

Pero esta justa indignación, no debe de hacernos pensar que el microclima no existe. Es decir que el hecho de que algunos hagan un uso interesado y fraudulento del microclima, no implica que este sea una falacia absoluta.

 

De hecho, como ya he dicho, en Villalba de Guadarrama hay un microclima.

 

Fue por eso, que al salir el sol aquel día de noviembre, lo vi tan resuelto y fortachón, que no me cupo duda alguna de que el microclima se había presentado en esa parte de la sierra, dispuesto a convertir un día a priori frío y desapacible, en una auténtica jornada tropical de “ya tu sabes mi amol”.

Por eso me aticé un mojito a la una. Pero sobre todo, por eso estaban abiertas las ventanas de mi salón a las dos. Y, gracias a eso pude escuchar a mi vecino de abajo, soltar la siguiente perla:

 

-       ¡YO ESTOY GORDO! ¡TÚ ESTAS GORDA! ¡TUS HIJAS ESTÁN GORDAS!

Y tras un silencio fatigoso:

-       ¿SE PUEDE SABER POR QUÉ COJONES HACES TANTA COMIDA?

VERSOS AL TRASLUZ COTILLA (Soneto de Trastero)

Veo arces que no guardan el secreto
desde la luz de mi ventana abierta,
Veo al cotilla trasluz la sombra muerta
que con su orín pintó, en la pared, mi nieto.

¡Que hubiera sido, que no fui!-le espeto
al amargo dios, de la vida incierta
¿Por qué tu recuerdo siempre despierta
en mi la necesidad de estarme quieto?

Quieto sí. Quieto siempre yo me quedo.
Quieto al ladito del cálido fuego,
ocultándome de otro latigazo.

Ascendió a oficial el soldado miedo.
dígame adiós tu recuerdo, hasta luego
que verse así, mi amor, es un coñazo.

TU FUISTE, TU FUISTE, TU FUISTE (Soneto cajún)

Tú fuiste mi línea del horizonte,
mi Norte, mi Sur, mi sueño, mi vela,
mi limbo, mi infierno, mi luz, mi estela,
tú fuiste mi mar, mi ciudad, mi monte

Tú fuiste mi abismo, pero también mi remonte
mi calle, mi casa, mis juegos, mi escuela
tú fuiste mi prima, mi nuera, mi tía, mi abuela
y el cuerno punzante del rinoceronte.

¿Dije antes mi abuela? NO, perdón, dispensa
Mi abuela sorbía la sopa de forma estridente
Y dormía rugiendo, como las fieras

Pero el resto lo fuiste, y de forma intensa
y hoy mi triste corazón se arrepiente,
de no haber hecho nunca que lo supieras.

PODRÍA SER UN WESTERN COMO “DUELO AL SOL” (III)-FIN

Y ya que lo conseguiste…¿No habría que celebrarlo?

 

            Un temible tándem, en el que pedaleaban, por un lado mi poderosa conciencia con su infatigable ritmo que movía exigentes desarrollos, y que me quería echar en cara la falta de confianza que había demostrado en el Búfalo, y por otro lado la irresistible realidad, grandísima escaladora, que me seguía a todas partes con el cuentito de que yo jamás le había dirigido la palabra a el Búfalo, me impedía dar satisfacción a mi creciente curiosidad sobre cómo el amigo Búfalo había logrado ganar el duelo.

 

            ¿Habría estudiado? Pero yo no recordaba haberlo visto escribir ni una palabra. Y también es cierto que yo no era un ejemplo de capacidad de observación. Quizá habría escrito sin que yo lo observase. A fin de cuentas, me habían robado tabaco de esa manera. Pero mi instinto me decía que no. Que con algún misterioso y hábil mecanismo, el Búfalo había conseguido su propósito.

 

            Resolví preguntarle. Un día a la salida de una particularmente asfixiante clase de geografía. (No ya por el calor climatológico en sí, es que además el tema era la geopolítica del África Negra, y yo me imbuía de los factores climáticos de las regiones que estudiábamos) le esperé a la salida. Recuerdo que encontré el valor de dirigirme a él con la vieja táctica de no pensar en ello. Así que muy decidido y, creyendo derrotada de antemano a mi timidez, le miré.

 

            Y fue él quien me habló.

 

-          ¿Tú que miras, soplapollas?

-          ¿Yo? Nada. Que…

-          ¿Que qué miras, te he dicho?

-          ¡Que nada, que quería hablar con De Miguel, que está detrás de ti!

 

 

Bueno, pues aun así al pasar me atizó una colleja.

 

 

De manera que mi curiosidad plegó velas ante la hostilidad de el Búfalo, y se fue haciendo pequeña, hasta no ser enemigo frente a mi gigantesca cobardía. Pero aquello no iba a quedar así. Sólo tenía que esperar un tiempo, mantenerme alejado y volvería a la carga.

 

Veintidós años me parecieron un lapso razonable.

 

No, por favor, esta manera de hablar no significa que no pasara nada en aquellos veintidós años. Soplaron vientos, cayeron lluvias, los indicadores económicos se pusieron de todos los colores, me convertí en un atractivo ejecutivo de una multinacional, tuve tres novias, no se quedaron, tuve tres amigos, tampoco se quedaron, y la verdad que todo lo que empezó siendo importante en este relato, se sumergió en el mar del olvido, como una yogurtera, y nunca más se supo.

 

Hasta aquel día.

 

-          ¡Ring!

-          ¿Diga?

-          Soy Vergara.

-          ¿Quién?

-          Vergara el que aprendió a ser diestro.

-          ¿Quién?

-          ¡¡Del cole, hombre!!

-          ¡Vergara, ahora caigo! Perdóname chico, soy más despistado. ..¿Cómo te va? ¿Te casas? No es que me importe pero ¿Cómo es que tienes mi teléfono.

-          ¿Tu teléfono? Me dio tu número Márquez.

-          ¿Márquez?

-          Sí, hombre, el que decía que se había enrollado con la chica que limpiaba en su casa.

-          Ese era Arias ¿no?

-          ¿Arias? No, no, era Márquez. ¿O era Arias? Lo mismo eran los dos.

-          ¡Anda! ¿Y cómo tenía Márquez mi teléfono?

-          Ah, pues eso no lo sé. Oye que te quería comentar una cosa.

-          Dime, dime.

-          ¿Te acuerdas de Willy, el Grajo?

-          ¿El Grajo? Sí, claro, el de las chaquetas imposibles y las corbatas muy difíciles.

-          ..pantalones milagrosos…

-          Si, el de Historia, si. El grajo.

-          Pues te tengo que dar una mala noticia: Ha hecho su última migración.

-          ¿A dónde?

-          Vamos, que, en fin, que se ha muerto, que ha palmado, el pobre.

-          Ostrás…

 

 

Como ocurre en la alta literatura muchas veces, todo el desprecio y el odio (Bueno que no era odio, sino asquito) se me presentó en el acto, señalándome con su enorme dedo índice de color negro, y gritándome como solo los dedos índices gigantes de color negro saben hacerlo.

 

-          ¡Injusto, injusto!

 

 

Ahora me daba pena, el pobre Willy. Tendría su nombre de verdad. Y tal vez él me hubiera tenido cariño. Esperaba que no. ¡Que me hubiese odiado hasta la muerte!, bueno eso tampoco, no fuera que me persiguiera en plan fantasma…Seguro que tenía familia…espero que no una linda cría de tres años regordeta y con enormes ojos azules, preciosa, sino un repulsivo adolescente de 16, amargo y que no le doliese tanto…

 

                        Sería todo más llevadero.

 

Un luminoso día nos recibió en el cementerio. Hasta gorjeaban los pajarillos en un tono completamente irrespetuoso, desmadrado. Algunos de estos pájaros tenían el pecho lila, de un lila tan vivo, que hacía juego con las chaquetas de los empleados de la funeraria, tan falsamente compungidos.

 

-          Prefiero que finjan a que canten rumbitas, la verdad.- Dijo alguien.

 

 

Cuando me acerqué al cementerio, iba con la sospecha de que me encontraría a todos mis ex compañeros allí, en plan plañidera profesional, haciendo una ceremonia colectiva de la emoción. Pero que va. Allí había un cura, sí, y unos empleados de la funeraria, también. Y los pájaros, los del pecho lila y los normales. Y una señora mayor, supongo que la viuda, que no lloró gran cosa, ni dijo muchos “ayes” ni “¿Qué me has hechos”?y un señor de oscuro, con gafas de sol. Que todo el mundo, excepto yo, sabía que tenía que ser el Búfalo.

 

NI siquiera estaba Vergara. Él, que me había llamado para avisarme del entierro.

 

Después de decirle adiós con la manita, a Willy el Grajo, me acerqué a la cafetería del tanatorio, a fumar a gusto y a tomarme un cafetito, que se agradecen mucho en esos días de pájaros de pecho lila y curas ortodoxos. Y aunque bien se merecía el Grajo, unos pensamientos agradables, lo cierto es que ni ese esfuerzo hice, dedicándome en cuerpo y alma, al pensamiento de que necesitaba encontrar una novia buena y que me quisiera. Que le gustara tomar cañas conmigo, y que nos riéramos de nuestras cosas, y, yo a mi vez quererla también, y…

 

-          ¡Hombre, mi soplapollitas preferido!

 

Brusco, pero eficaz.

 

-          ¿Búf…Blázquez?

-          Búfalo, Búfalo, en el trabajo me llaman así también. Dame un abrazo, tío.

-          ¡Cómo no!

-          Joder, cuánto tiempo.

-          Si, je,je.

 

Me tenía un poco confundido la cordialidad de el Búfalo. De acuerdo, que ya había pasado mucho tiempo desde que habíamos estado en el cole, y que todas las zarandajas de la adolescencia se tenían que pasar, pero que de atizarme a collejas pasara a reclamarme abrazos calientes…

Tuvimos una charlita casi agradable y pasamos de los cafetitos a las cañas. Es verdad que yo no estaba del todo a gusto, poniéndome morado de cañas en la cafetería de un tanatorio, mientras a mí alrededor se cocían todos los grados de la tristeza, desde la tristeza aullante, hasta la apagada por la infravalorada resignación.

 

Pero el Búfalo y yo cada vez estábamos más cocidos, y éramos, dentro del respeto, cada vez más cariñosos el uno con el otro. Nos íbamos pagando las cañas el uno al otro, por riguroso turno, y, coño, nos estábamos como queriendo, dentro de una estricta heterosexualidad, por supuesto.

 

Hubo un silencio, y sin solución de continuidad, otro. Y entonces me dijo sonriendo:

 

-          ¿Quieres saber cómo lo hice?

 

Yo no sabía a qué demonios se refería, pero tenía unas inmensas ganas de caerle bien, y no me parecía oportuno, ni cortés preguntarle a lo que se refería, dado además el aire misterioso e interesante con que lo había preguntado.

 

-          ¡Pues claro!

 

Y fue, el estilo sencillo y leve con el que desgranó su historia, lo que me hizo al fin recordar.

 

“¿Recuerdas? Todo empezó cuando el Grajo me retó delante de todos. Ahora pienso que aquello era lo único que podía provocar que me esforzara en algo. Si te digo la verdad, llegué incluso a pensar en estudiar. Pero enseguida rechacé una idea tan estúpida. Si estudiaba el que ganaba el reto, en el fondo era él. Presumiría de haber conseguido encauzar a un antisistema, y me pondría a mí como ejemplo de sus hazañas. Pero, por otro lado, si suspendía, también ganaba él, así que la única forma en que podía ganar yo, era aprobar haciendo trampas. Y así empecé a pensar y a pensar. Pensé como no había pensado en mi vida.

 

Fue una experiencia.

 

Y, de tanto pensar se me ocurrió que podía seguirle, a ver si así se me ocurría algo. Y durante un tiempo le seguí. Le seguía a distancia, prácticamente a todas partes. Y durante días, me pareció que no iba a dar sus frutos. De hecho te confieso que llegué a pensar en abandonar. Y en las del abandono estaba cuando se me apareció su figura en sueños. Con su carpeta blanca gastada a cuestas. Siempre con ella. Y fíjate…

 

-          ¿Me pides otra caña?

-          Claro.

 

…Y fíjate que me di cuenta de una cosa. La carpeta estaba siempre. Nunca tenía una cartera, ni una bolsa ni nada. Todo lo llevaba a cuestas, y fue entonces ( Y es posible que no te lo creas) fue entonces cuando algún loco diablo oculto me guió por la senda del talento que yo no había transitado jamás, y me obligó a diseñar el plan perfecto.

 

Y llegó el día del examen. Y, conforme a mi plan, no escribí nada. Bueno, de hecho, aunque el plan no fuera ese, tampoco hubiera escrito nada, excepto quizá mi nombre y la fecha.

 

-          Pero entonces, si no escribiste nada ¿Cómo aprobaste…?

-          ¡Calla, coño!

 

 

De todas formas, no escribir nada, formaba parte del plan. Así que permanecí haciendo como que escribía (cosa bastante difícil), durante todo el tiempo. Y cuando por fin acabó el suplicio, aproveché la melé que se forma siempre al final de los exámenes, para escabullirme sin entregar el mío.

 

-          ¿No lo entregaste? ¿Hiciste el cambiazo? ¿Pero cómo?

-          Cálla la bocota ya, hombre.

 

Con toda tranquilidad, y esperando tener la pequeña suerte de que no corrigiera los exámenes aquella misma tarde, me fui a casa, y rellené el examen con ayuda de los libros. Eso, si, teniendo cuidado de no sacar una nota que no fuera creíble. Un 6 podía valer. Incluso casi era mejor un poco menos.

 

A la mañana siguiente, casi deslizándome por encima del rocío que se había condensado en el parque, pero pensando más en Rocío Corredor, una del cole de al lado, entré en clase del Grajo con la única misión de deslizar mi examen en su carpeta blanca…

 

-          Pero no podías, éramos muchos testigos. Era muy difícil acercarte a la carpeta sin que te viera.

 

Exacto. Era imposible, y aquí viene la parte artística del asunto.

 

Esperé pacientemente a que terminara la clase. Vi al Willy salir con su carpeta blanca, repletita de papeles, y obedeciendo al diablillo que me había inspirado, me acerqué a un crío de los de primero de EGB, de esos inocentes, de 6 años o así y le dije:

 

-          Chaval, mira…¿Ves a ese señor de allí?, dile que se le ha caído esto.

 

Y le di el examen, y vi desde lejos y medio oculto, cómo el Grajo, con su aire distraído habitual, acariciaba la cabeza del muchacho, y se metía el examen en la carpeta, junto con sus hermanitos. ¿Qué te parece?

 

-          Macho, me dejas loca, me parece brillante. ¡Dos cañas!

 

 

Y esta es un poco la movida, espero queridos lectores, que os haya gustado, en cualquier caso, podéis contar con mi amor incondicional. Eso sí.

 

PODRÍA SER UN WESTERN COMO “DUELO AL SOL” (II)

Si, si, los vectores no son cosa fácil (Y tú lo conseguiste)

 

 

En otras ocasiones que yo haya visto, los “duelos al sol”, una vez que se plantean adquieren un notable protagonismo, de manera que ya no dejan el papel protagonista hasta que se llevan a cabo. No fue el caso, aquí una vez que se supo que Willy “El grajo” y el Búfalo se enfrentarían en un examen de arte y muy señor mío, la cosa decayó, y tomaron su importancia otras cositas cotidianas, como el rumor de que Rufus era adoptado, o que a Vergara sus padres le llevaban a una escuela para que el chico aprendiera a escribir con la derecha, ya que era zurdo redomado.

 

Eso sí, las cosas cambiaron un poco desde aquel momento. Por ejemplo, Willy ya no preguntaba en clase a El Búfalo, seguramente con el afán de que nadie le acusase una vez ganada la apuesta de acosar al pobre herbívoro. Willy eligió desde ese momento a otras víctimas, víctimas que no tenían nada que ver con el duelo. Víctimas como yo.

 

-          Angulo, ¿Cuáles son las características del neoclásico?

-          No sé, ¿Moderación?

-          Moderación.

-          Si, como sencillez, como una vuelta a los esquemas del renacimiento.

 

Eso es lo que tenía yo, Angulo, muy buen rollito que envolvía una piedra de no tener ni puñetera idea. Creí dar con la frase ideal y la lancé.

 

-          Una huida de los esquemas recargados del barroco.

 

Willy que tenía el hombre su sentido del humor, expandió sus brazos y sobreactuó un tanto para decir:

 

-          ¡Un pañuelo, dadme un pañuelo! Qué frase tan bonita nos has dicho, Angulo. Te agradezco que seas tan lírico.

-          De nada,- dije yo tranquilamente para desactivar las risas de los pelotillas.

-          Hala, pues ahora descansa. ¿Melero?

 

 

Esto yo sé porque lo hacía, preguntaba a uno de los top gun, después de preguntarme a mí, porque mi respuesta no había sido lo suficientemente mala para que pudiera ser ridícula por si misma, y entonces necesitaba a un top gun para que quedara más patente. Y ni que decir tiene, Melero cumplió su cometido y desgranó una efectista descripción del neoclásico, que dejaba mi respuesta a la altura del betún. Pero a mí me daba igual, mi respuesta no había sido tan mala. Después, Willy “El grajo” se volvió hacia mí.

 

-          ¿Has entendido?

-          Sí, si. (Pero lo dije con la “u”, más despectivo: Sú, Sú)

 

 

Y miré, amenazadoramente, sí, pero sin que se pudiera probar ante un tribunal que mi mirada era amenazadora, al listillo de Melero.

 

Lo más importante, para mi desolación, es que el “Duelo al Sol” no formaba parte de las conversaciones del recreo, ni de ninguna otra conversación. Y para mi era decepcionante, porque yo me había empapado de cómo se había desarrollado todo, y quería saber cómo acababa, y que se viviera intensamente, y que todo el mundo estuviera pendiente. Pero a todo el mundo parecía darle igual. Seguramente es que todos daban por ganador del duelo a Willy, y nadie creía que el Búfalo pudiera hacer el esfuerzo de estudiar, aunque fuera sólo para un día. Bueno, de hecho, el Búfalo, aparentemente, se había rendido. Realmente sólo le veía observando, a su vez a Willy, durante los recreos y la hora de comer. Se hizo tan íntimo del Willy, como la carpetilla blanca que este siempre llevaba consigo, llena de papeles a reventar, y sin cerrar, como correspondía al clásico profesor desordenado.

 

El día del examen-duelo, la primavera, que había perdido un diente, en justa venganza pegó media vuelta de tuerca al clima, y la temperatura, un poco calurosa de por sí, subió un poco.

 

Pero no estábamos para zarandajas, ante la pasividad de la clase, que no la mía, allí se estaba llevando a cabo un duelo. Willy empezó a repartir las hojas, que según pude ver llevaban un sello anticambiazo, y las preguntas estaban correctamente mecanografiadas, dejando un espacio suficiente para las respuestas. Especialmente para mis respuestas, que solían ser cortas, aunque a mi me gustaba llamarlas concisas.

 

            Me fijé que al darle sus hojas de examen a el Búfalo, el Willy lo hizo con cierta suficiencia, no digo que las arrojase a la cara de el Búfalo, pero sí que las dejo deslizar sobre su mesa con cierta displicencia. Esto me hizo juzgar a Willy como mediocre y sin clase ninguna, como un ganador de los pequeños. Si en vez de eso, le hubiera dicho, “Te deseo buena suerte muchacho”, pues hubiera entrado a mis altares, donde habría podido tomar café con Kempes y Mc Cartney, entre otros. Pero al final, mejor que fuera mediocre y capullo, así mis preferencias estaban claras.

 

-          ¡Con el Búfalo perdedor a muerte!

 

Me concentré un poco en mi propio examen. Estaba muy pulcro, con su huequito para el nombre (Nombre:Juan) para los apellidos: (Apellidos: Rubio Alcázar) y para la fecha (Fecha: ….), y en seguida sin saludar, la primera hoja y el primer disgusto: Características Diferenciales del Neoclásico. Pensé que mierda, que ojalá hubiese prestado más atención a lo que había dicho el Melero no hacía tanto. Pensé que a lo mejor si hacía un esfuerzo para recordar…pero enseguida descubrí el camino fácil, tal vez la siguiente pregunta. Pero tras leer la siguiente pregunta llegué a la conclusión de que era más ardua que la primera. Por no hablar del resto de preguntas, que si quien pinto esto, que si quien pinto aquello, que si describe el estilo impresionista y cita tres ejemplos. ¡Tres! Y yo con la duda de si “Las señoritas de Avignon” era un cuadro impresionista, y caso se serlo, si sería de Degas. Y si era ¿Sería Degas impresionista, a su vez? Y el de “Esplendor en la hierba” ¿Era un cuadro o era un peli? Porque si era peli no me valía para nada. De ese no tenía claro el título, pero si que recuerdo que salía un paisano y unas mujeres todos tumbados en plan incómodo, merendando o haciendo el tonto…

 

Todas las preguntas, hasta la 10 eran extraordinariamente difíciles. De modo que hice un trabajito de aliño, extendiendo y dando de sí a tope todos los conocimientos que yo tenía del área, y buscando vericuetos y perífrasis que me dieran un perfil que añadir, al siempre parcial que ofrece la simple y desnuda sabiduría.

 

Diez minutos después, y con cincuenta de examen por delante, estaba en disposición de observar detenidamente a los contendientes. Willy, y el Búfalo.

 

Y la decepción fue tremenda.  Mayor aun que cuando me di cuenta de que jamás aprobaría el examen. Por lo que veía desde mi sitio, el Búfalo solo tenía puesto su nombre, y la fecha. Y, aunque no se había llegado a echar atrás en el asiento, como hacía otras veces, no escribía nada. Sólo hacía como que estaba a punto de empezar a escribir. Y así gastó el tiempo. Con esa postura de estar a punto de poner algo en el papel. Y sin acabar de ponerlo. Y yo, muy decepcionado, sobre todo con la falta de lucha, me dediqué a mi propio examen. Lo redondeé lo mejor que supe, y cuando Willy dijo lo que siempre decía:

 

-          Cinco, cuatro, tres, dos uno…¡Se acabó, señores!. Entreguen el examen ¡Ya!

 

Me levanté a la vez que todos, como siempre, y entregué mi examen metiendo la mano por entre la melée que se formaba alrededor de la mesa de Willy.

 

La mesa de Willy “El grajo”.

 

 

Willy metió los exámenes en su carpetilla blanca sin cerrar, la que llevaba siempre, de cartulina reblandecida por el sudor de su mano, y a lo mejor por el cambio climático, y se fue.

 

Y el se iría a sus cosas, no lo dudo, a cuidar a sus hijos o a ver una obra de teatro, o lo que sea que hacen los que pueden dormir después de catear a hordas de víctimas adolescentes. Pero a mi me dejó la decepción de ganar el duelo de una forma fría y terapéutica, por la vía no romántica de la fuerza. No con imaginación, no con estilo.

 

Solo teniendo razón. ¡Qué gris!

 

 

El asunto fue que no teníamos guardia del tiempo, y vino una semana con prisa, y pasó. Y llevaba otra pegada al culo, en plan macarra y esa otra también pasó. Y eso era un tiempo más que razonable para que a Willy le diera tiempo a corregir los exámenes y para que nos dijera los resultados.

 

Y entró de prisa en la clase, imponiendo silencio con su paso apretado, con su carpetita sobada bajo el brazo, y musitando un “buenas tardes” nada cariñoso.

 

Como intimidador.

 

La respuesta (como la voluntad de los electores) no fue unánime, sino que cada uno dio la medida de su propio estado de ánimo, ya fuera respondón, amenazante, timorato, pazguato, crecidito, alegre, ignorante...pero lo cierto es que la resultante de todo aquello fue un “Buenas tardes” intimidado.

 

Pero esto daba igual. Lo importante vino sin anunciarse. Willy cogió la carpetita blanca sobada que nunca se olvidaba, y fue sitio por sitio, recitando las notas en voz alta, al tiempo que nos daba los exámenes corregidos.

 

-          Muy bien, Ariza, un 7,75. Obregón, un 5,5, lo puedes hacer mejor. Müller, un 4,5, sigue así y te estrellarás, ya te dije que te estás confiando, y ahora empieza el sprint final. Maldonado, un 1,75, a ti no te digo nada, tú verás.

 

Y así iba caso por caso, el Grajo, repartiendo premios y castigos, en su papel de dios. Me tocó el turno.

 

-          3,75. Enhorabuena.

 

 

Pues me sobró el sarcasmito. Para lo que había estudiado un 3,75 era un meritorio y más que digno “insuficiente”. Pero por lo visto no había tenido suficiente:

 

-          ¡Ah, y te recuerdo que “Esplendor en la hierba” es una película, tal vez quisieras referirte a “Desayuno en la hierba”.

 

La clase se descojonó a gusto, incluso Maldonado, con su 1,75. El becerro. En aquel momento deseé que la mujer de Willy se lo estuviera haciendo con Domi, el jardinero. También lo deseaba por Domi, que era un tipo anciano, aunque muy majo, y que se merecía una alegría.

 

Willy sacó un examen. Y se dirigió al establo del  Búfalo. Lo llevaba en la mano izquierda y la levantó un poco. Y se dirigió a él. Y yo pensé que encima de ganarle, le quería humillar. El perro sarnoso de Willy “El Grajo”:

 

-          Blázquez. ¿Te acuerdas de la apuesta que teníamos?

-          Si.

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